En sus sueños

Sam Ruskin



Descargos
Nota: Todos los descargos habituales se aplican a este caso. Xena, la Princesa Guerrera y todos los personajes relacionados no son de mi propiedad, y con este relato no se pretende infringir en modo alguno esos derechos. Pertenecen a otras personas. Creo que todos sabemos a quién, pero si no lo sabéis, la próxima vez leed los títulos de crédito. La gente se esfuerza mucho para que aparezca su nombre en ellos. Las personas de maravilloso talento que han traído a nuestra vida esta leyenda y estos personajes se merecen todo nuestro respeto. Por no hablar de gratitud. Ciertamente tienen los míos. He dicho.
Subtexto: La verdad es que no sé muy bien qué poner aquí. Hay, creo. Aunque no hay nada que pueda ofender. Eso espero, en cualquier caso. Con todo, el relato da por supuesto que los sentimientos que hay entre estas dos mujeres no se limitan a la "amistad". Tácitos, pero existen claramente. Si los sentimientos de este tipo entre dos mujeres os ofenden, id a otro sitio. No leáis mi historia. Y mientras viajáis (a otro sitio, me refiero) tal vez podríais hacer un ligero examen de conciencia. No os vendría mal.
Momento: Este relato ocurre poco después del episodio Anfípolis asediada. Naturalmente, es mi idea sobre lo que "podría " pasar y no parte del desarrollo real de la serie.
Puede que ahora sea un buen momento para mencionar que éste es mi primer intento de escribir fanfic. Se agradecen comentarios, pero debéis saber que me muero de miedo. Podéis poneros en contacto conmigo en: SamRuskin6@hotmail.com.
Ah, ha llegado a mis oídos desde que escribí esto que hay gente que no tiene claro mi sexo. Pues bueno. Por qué tiene que tener importancia me resulta un misterio, pero soy Samantha. ¿Todavía no está claro? Soy una mujer. (Sí, lo habéis adivinado. Ésta es la versión revisada de la primera. Pero ha cambiado poco, sólo he corregido unas pocas meteduras de pata. La misma historia. La misma bardo. El mismo terror al pulsar Enviar :-)

Título original: In Her Dreams. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


Está oscuro. Sólo el vacilante resplandor anaranjado de la hoguera permite a Xena ver la figura de su amiga dormida.

¿Amiga?, piensa en silencio. Sí. Mi amiga querida, preciosa, adorada. Y más. Tantísimo más. Eva se agita y Xena alarga la mano rápidamente para arreglar las mantas del bebé, asegurándose de que está bien. Lo está y vuelve a quedarse dormida arrullada por la suave canción y las cálidas manos de su madre.

Ha sido un día muy largo, pero Xena no puede dormir. No sabe por qué. Probablemente todos esos años de montar guardia. Cuesta perder las costumbres, piensa para sí misma. Añadiendo otro leño al fuego, Xena se apoya en una gran roca y observa las figuras dormidas de las dos personas más importantes del mundo para ella: Eva y Gabrielle. Se pregunta si saben lo mucho que las quiere. Probablemente no, se da cuenta con un suspiro. Distraída, se pone a frotar la espada con la pequeña piedra. El movimiento familiar y el sonido rítmico cumplen con su cometido y por fin su cabeza se apoya suavemente en la roca. Está dormida. Duerme bien. Sin sueños. Sin demonios que perseguir. Sin señores de la guerra de los que huir. Sólo... un momento... ¿qué ha sido eso?

—He dicho que no. Basta. No lo hagas. No. No lo voy a hacer. No... yo... deja de besarme...

Gabrielle movía la cabeza de un lado a otro en sueños y hablaba claramente. Más claramente que de costumbre, y Xena la había oído hablar en sueños muchas otras veces.

La voz de la bardo iba subiendo de volumen, cada vez más impaciente. No. Impaciente no. Enfadada. Gabrielle estaba enfadada con alguien. Ahora Xena estaba despierta.

—¡He dicho que no! Deja... ¡deja de besarme! ¿Qué es lo que no entiendes cuando te digo que no...?

Gabrielle empujaba a una figura invisible. Los músculos de sus brazos se tensaron y se aflojaron varias veces al luchar con alguien en su sueño. ¿O no sería más adecuado describirlo como una pesadilla? Xena se preguntó si debía despertarla. Pero se quedó sentada absorta. ¿Quién estaba besando a su dulce bardo? ¿Y por qué estaba Gabrielle tan furiosa por eso?

—No quiero. ¡Basta! ¡No... quiero... hacer... esto! ¡Basta! Esto está... está... ¡mal!

Gabrielle estaba realmente luchando contra un desconocido... ¿qué desconocido? ¿Mal? ¿A qué se refería? Xena tomó aire de repente. Santa madre de Zeus. Ya sabía a qué se refería. Gabrielle tenía una pesadilla sobre...

—He dicho que no... no voy... a hacer esto... ni siquiera en sueños. No quiero... tendrás... que... matarme... primero. Ahora, ¡quita... de... encima... Ares! ¡He dicho... que no!

¿Ares? ¿Ha dicho Ares? ¿Qué Tártaro se propone ahora? Está intentando dormir, pedazo de... espera. Con el corazón desbocado, la guerrera se esforzó por pensar. Gabrielle está durmiendo. Alguien está intentando...

—¡¡¡¡AAARRRRREEEEESSSSS!!!! ¡Ven aquí, cabrón! ¡AAAHOOOORAAAAAA!

El brillante estallido de luz blanca hizo que Xena entornara los ojos.

—Más vale que merezca la pena, Xena. Estaba... ocupado —dijo con una sonrisa suficiente.

—Sí y sé con qué... o debería decir con quién... estabas ocupado. —Cogió la pesada espada que había estado afilando siglos atrás, le parecía ahora. Haciendo veloces molinetes con la hoja por el aire, se colocó dos pasos más cerca del dios de la guerra—. Ares, te lo advierto, mantente fuera de los sueños de Gabrielle.

—Eeeh... ¿disculpa? —Echó a un lado la arrogante cabeza y sonrió con desprecio a la Princesa Guerrera—. ¿ me adviertes a ? Oh, esto sí que es bueno.

La punta de la espada se detuvo bruscamente justo encima de lo que debía de ser el ombligo de Ares. Al dios de la guerra se le pusieron los ojos muy redondos.

—¡Eh, cuidado con eso!

—¿Qué pasa, Ares? ¿Tienes miedo de que se me resbale? —Xena alzó una ceja y sonrió maliciosamente al dios de la guerra, al tiempo que dejaba que la punta de la espada bajara un par de centímetros más—. Uuuy. Vaya, eso sí que sería una desgracia... incluso para un dios. —El aire vibró con una risa gélida.

—Xena. —Apartó la espada con sumo cuidado—. Lo has dejado claro, querida. Fuera de los sueños de Gabrielle. Entendido. De todas formas no es nada divertida. Se me resiste, incluso en sueños. Es fuerte... tal vez hasta más fuerte que tú, Xena. Mmmm...

La espada se colocó justo debajo de su fuerte mandíbula.

—Ni lo pienses, Ares. Aléjate de ella. Lo digo en serio.

Xena había cubierto la distancia que los separaba y ahora estaba tan cerca que tuvo que bajar la espada para evitar cortar al dios de la guerra. Aunque no le serviría de nada cortarle. Al menos con esta cosa, pensó.

—¿Qué problema tienes exactamente, Xena? ¿Y por qué es asunto tuyo si visito los sueños de alguien?

—Ares, me importa un bledo de quién sean los sueños que visitas. ¡Pero aléjate de Gabrielle! Puedes tener a todas las jovencitas de los pueblos del mundo entero que te dé la gana, me da exactamente igual. Hay cientos, tal vez miles que estarían encantadas de recibir una visita del dios de la guerra. Sin duda unas cuantas hasta te darían ese hijo que tanto deseas. Pues adelante.

—Gracias —dijo sarcásticamente—. Creo que lo haré. Pero primero creo que voy a terminar lo que he empezado, antes de ser interrumpido tan groseramente...

Miró atentamente para ver las contracciones de ese músculo del cuello. Por los dioses, le encantaba pelear con ella. Hasta pelear con palabras era divertido cuando se trataba de Xena.

—Ares. —Ahora la voz era grave, casi como un gruñido—. Te podría haber matado en varias ocasiones y no lo he hecho. No hagas que me arrepienta.

Él alzó la mano.

—Lo siento. Tengo prisa...

—¡No te atrevas, hijo de bacante! —gritó Xena a la resplandeciente bola blanca que tenía delante.

—¡¿QUUEEEEE?! —Había vuelto y no estaba contento. Los dos gritaban. Estaban prácticamente con la nariz pegada.

—¡Aléjate de Gabrielle, Ares!

—¿O qué?

—¡Lo digo en serio! Aléjate de ella. Mantente fuera de sus sueños. Sé lo que quieres. Los dos sabemos lo que quieres. Lo que haces. ¡Pues con Gabrielle no! ¿Te enteras?

—¡Sí, me entero! O sea, te oigo, Xena. Alto y claro, Princesa Guerrera. ¿Pero qué problema tienes? Porque no es como si...

—¿No es como si qué?

—Pues, a ver, te comportas como...

—¿Como qué? —Estaba cada vez más furiosa.

—Por Hades, Xena. Te comportas más como un marido celoso que como una amiga. ¡No es que vaya a hacerle daño a la mujer!

—No, Ares. No vas a hacerle daño a la mujer. Porque no vas a tocar a la mujer. O sea, a Gabrielle. No vas a tocar a Gabrielle. ¿Te enteras?

Ahora sí que estaba empezando a cabrearlo. El posible entretenimiento de este pequeño enfrentamiento verbal estaba desapareciendo rápidamente. ¿Quién se creía que era para amenazarlo? A fin de cuentas, él era el dios de la guerra y haría lo que le viniera en gana.

—Se acabó la discusión, Xena.

—Vaya, en eso tienes razón.

Con una mirada que produjo escalofríos en la espina dorsal del dios de la guerra, Xena se metió despacio la mano entre los pechos y sacó un pequeño hueso.

—Qué... de dónde... eso no será...

Entornando los ojos hasta que su mirada fue como un carámbano de hielo, susurró:

—Ah, pero claro que lo es, Ares.

Se oyó tragar al dios de la guerra en varios kilómetros a la redonda.

—¿Y verdad que fue una suerte que a Hércules se le ocurriera cogerlo antes de que Zeus dejara de ser de este mundo?

—Pero yo creía...

—MMMMmmmmm. Seguro que lo creías. Ahora... en cuanto a Gabrielle...

—¿...Qué pasa con Gabrielle? Quiero decir... conmigo.

Xena volvió la cabeza de golpe y vio a su bardo arropando con las mantas a Eva, que seguía dormida.

—Ahora no, Gabrielle.

—Xena, ¿qué hace aquí Ares? Oh, dioses... eso no ha sido sólo un sueño, ¿verdad? Oh, creo que voy a vomitar...

—¿Disculpaaaa?

—¡Cállate, Ares!

—Xena... ¿qué estás haciendo? —consiguió preguntar Gabrielle entre los espasmos que se habían apoderado de su estómago—. ¿No es eso la costilla de...?

—Sí. Respira hondo, Gabrielle...

—Bueno, todo esto es muy conmovedor, pero tengo que...

Quieto ahí, Ares. Tú y yo tenemos que dejar esto zanjado... de una vez por todas. Sabes lo que puedo hacer. Ahora debes saber esto: te mataré si vuelves a tocar a Gabrielle. ¿Queda claro?


FIN


Continuación: Revelando secretos


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