Momentos tristes

Ken Rogers



Descargo: Xena, Gabrielle, Argo y cualquier otro personaje mencionado de la serie original son propiedad de Renaissance Pictures, Studio USA. No se pretende infringir sus derechos de autor. Esto es un fanfic para divertirse. Puede que algunos de los personajes sean suyos, pero la historia es mía. Copyright julio de 2001. Revisado 1 de diciembre de 2001.
Aviso: Clasificado para adultos por violencia y una relación amorosa entre dos personas adultas con consentimiento mutuo. Si os ofendéis fácilmente, haced el favor de leer otra cosa.
Escribidme a: kenrogers2002@yahoo.com. Los comentarios y críticas constructivos o la simple charla, tanto si os ha gustado como si no, se agradecen mucho. Nada de críticas destructivas, por favor.
Aviso: Si no habéis visto Una amiga en apuros, ¡ALTO! ¡Este relato destripa el episodio!

Título original: Sad Moments. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2011


El sol de la mañana temprana soltaba destellos en las aguas cantarinas del arroyo, al tiempo que los pájaros trinaban y piaban saludando al nuevo día. Una brisa ligera y fresca agitaba las ramas de los árboles y el pelo dorado de la rubia menuda sentada junto al arroyo. Tenía la mirada gacha al contemplar el agua sin verla. Las lágrimas caían por su bonito rostro.

—¿Gabrielle?

Pegó un respingo, sobresaltada, y se apresuró a secarse la cara.

—¡Ah, Xena! ¡Me has dado un susto! —dijo sin volverse.

—Gabrielle, ¿estás llorando? —preguntó Xena, al arrodillarse junto a la bardo, apoyando la mano en su hombro.

—¿Llorando? No, qué va. Es que se me ha metido algo en el ojo —dijo, frotándose un ojo—. Seguro que uno de esos mosquitos tan pesados.

—Gabrielle. Mientes de pena. Mírame —dijo.

Gabrielle se volvió despacio y miró a la guerrera.

—¿Qué? —preguntó. Tenía la voz un poco ronca.

—¿Qué te pasa? —preguntó Xena suavemente, al ver sus ojos hinchados.

Gabrielle perdió la serenidad y se lanzó a los brazos de la guerrera. Xena la estrechó con fuerza, acariciándole el pelo, mientras la bardo sollozaba en su cuello.

Xena no sabía qué hacer y esperó impotente mientras Gabrielle lloraba. Por fin se apartó de Xena y sonrió a la guerrera con timidez.

—Lo siento, Xena. Vamos. Tengo que terminar de prepararme. —Dio la espalda a Xena, se levantó y echó a andar hacia su campamento.

—Gabrielle.

Gabrielle se detuvo y se volvió hacia ella.

—¿Qué? —preguntó.

—¿Qué te pasa? —preguntó de nuevo Xena con ternura.

—No me pasa nada, Xena. Me pongo rara todos los meses. La cosa femenina. Ya sabes. —Se volvió y echó a andar de nuevo hacia el campamento, y Xena la siguió con ceño preocupado.

Gabrielle se puso a recoger las cosas para el trayecto del día. Xena se quedó al borde del campamento, con los brazos en jarras, mirándola.

Terminó de recoger las alforjas, ensilló a su caballo, cargó sus cosas y luego agarró el arzón de la silla para montar. No había dicho palabra mientras recogía.

—Gabrielle —dijo Xena suavemente.

Se detuvo con el pie en el aire y miró a Xena.

—¿Qué pasa ahora?

—Me duele que me mientas —contestó.

A Gabrielle se le llenaron los ojos de lágrimas y dejó caer el pie al suelo.

—Perdona, Xena —dijo con tristeza.

Xena fue hasta ella y la abrazó.

—Por favor, dime qué te pasa —dijo con ternura, y Gabrielle volvió a derrumbarse.

Cuando le dejaron de temblar los hombros, por los sollozos, y se hubo calmado, dijo, con un hilito de voz:

—Te echo de menos, Xena.

—Estoy aquí, Gabrielle. Siempre estaré aquí para ti.

—Lo sé, Xena. No podría vivir si no estuvieras.

Xena la llevó hasta el tronco caído que había usado como parte de su campamento y se sentó con ella, mirándola a los ojos relucientes de lágrimas.

—Entonces, ¿cuál es el problema? —preguntó, confusa.

A Gabrielle se le volvió a hundir la expresión y la emoción le embargó la voz.

—Que estás muerta, Xena. Que te echo de menos.

—Gabrielle, llevo muerta casi tres años —dijo con leve exasperación.

Gabrielle agachó la cabeza.

—Hoy se cumplen tres años —susurró.

—Oh. —Xena puso la mano bajo la barbilla de Gabrielle y le levantó la cabeza, para mirarla a los ojos llenos de dolor. La besó dulcemente y luego la abrazó con ternura—. Lo siento, Gabrielle. Yo... es que nunca has... yo creía que ya lo habías superado.

Gabrielle echó la cabeza hacia atrás de golpe lanzando llamaradas por los ojos.

—¡Superado! —Se levantó de un salto y se alejó de Xena, con el cuerpo rígido de rabia.

Se volvió hacia Xena temblando de pies a cabeza.

—¡Superado! ¡Xena, estás muerta! ¡Eres mi alma gemela y estás muerta! —gritó. Avanzó hacia la guerrera, con ánimo violento—. ¡Maldita seas, Xena! —Le pegó una bofetada con todas sus fuerzas, tirándola del tronco.

Xena rodó y se puso en pie, incapaz de creer lo que acababa de ocurrir. Retrocedió ante la iracunda bardo.

—Gabrielle.

—¡Cállate, Xena! ¡No he terminado! —dijo, abalanzándose sobre ella—. ¡Nunca más vuelvas a decir una cosa así! No eres un perro, Xena. No eres un caballito que tuve. ¡Eres mi ALMA GEMELA! —vociferó—. ¡Jamás lo superaré! ¡Todavía me quedo dormida llorando casi todas las noches! ¡Tu muerte sigue tan clara en mis pesadillas que es como si hubiera ocurrido hoy! ¡Cómo puedo superar eso! —Alzó los puños al hablar y se puso a golpear inútilmente la armadura de Xena—. ¿Cómo puedo, Xena? ¿Cómo voy a poder superar eso alguna vez? —Abrazó a Xena sollozando sin control.

Xena volvió a estrecharla entre sus brazos y la besó en la cabeza, mientras las lágrimas se derramaban de sus propios ojos.

—Perdona, Gabrielle. No lo sabía. No lo sabía.

—¿Cómo ibas a saberlo, Xena? ¿Cómo ibas a saber cómo son mis noches? ¿Cómo ibas a saber cuánto odio ver cómo te desvaneces con el sol y lo largas, lo horriblemente largas que son mis noches mientras espero a que regreses por la mañana? —Gabrielle levantó la cabeza y miró los hermosos ojos azules de Xena—. Te amo, Xena. Eres mi vida. Cuando no estás aquí, mi vida se acaba. Muero por ti cada noche, Xena.

—Lo siento muchísimo, Gabrielle. ¿Por qué no me lo has dicho antes? No tenía ni idea de lo que estabas pasando. Si me lo hubieras dicho...

—¿Para qué, Xena? —dijo con tristeza—. No podemos hacer nada. Ahora estás en otro sitio. Al menos te tengo parte del tiempo. Es que echo de menos tenerte de verdad. Algunos de mis recuerdos más queridos son de nuestras noches tranquilas junto a una agradable hoguera. Ni siquiera era lo que nos decíamos, era simplemente estar contigo, aunque no dijéramos nada. Y las noches en que nos tumbábamos bajo un cielo despejado y veíamos imágenes en el cielo y la mayor parte de las veces ninguna de las dos veía la imagen que veía la otra y eso era parte de la gracia. Era hacer la cena después de que tú trajeras pescado o un par de conejos. Era verte entrenar, o cuidar a Argo, o simplemente afilar tu espada. Son los pequeños detalles lo que echo en falta, Xena. Frotarte la espalda, o ayudarte a cuidar de tus heridas, o cuidar de ti cuando te ponías enferma, pero eras demasiado terca para pedir ayuda. Echo de menos esas cosas, Xena. Echo de menos todas esas cosas.

Xena lloraba sin tapujos mientras Gabrielle hablaba, sintiendo su dolor reflejado en sus propios sentimientos. Sentimientos que se le daba muy bien ocultar, incluso a sí misma.

—Gabrielle. No te imaginas cuánto anhelo yo esas mismas cosas. Me encantaba mirarte mientras preparabas la cena, o cuando estabas sentada escribiendo tu diario, o un pergamino nuevo. Echo en falta escucharte hablar del día, o contar tus historias, o escucharte defender una de tus ideas nuevas. Yo también echo de menos estar tumbada bajo las estrellas discutiendo contigo por las cosas que veíamos en ellas. Añoro las noches en que me costaba dormir y miraba al otro lado del fuego o a mi lado y veía tu cara, tan de niña cuando duermes. Mis noches no están menos colmadas de dolor que las tuyas. Tú lo eres todo para mí y durante la mitad de cada día no puedo estar contigo.

—Oh —dijo Gabrielle, observando el rostro de su alma gemela—. No me habías dicho nada, Xena.

—Tú tampoco, Gabrielle —contestó.

—Es que... yo creía...

Xena sonrió.

—Lo sé. Creías que mi viejo caparazón me protegería de todo eso. —Alargó la mano y acarició la cara de Gabrielle con los dedos—. No es cierto desde que te conocí, Gabrielle. Tú me enseñaste a amar y a querer y lo que más quiero y amo eres tú.

Gabrielle se apoyó en su hombro.

—Lo siento, Xena. Supongo que estaba siendo egoísta. Nunca has dicho nada, por lo que pensaba que a ti no te molestaba tanto como a mí.

—Yo pensaba lo mismo, Gabrielle —dijo suavemente.

—¿Xena?

—¿Qué?

—Yo dejaré de vivir esa mentira si tú también lo haces —contestó.

—Creía que nunca me lo ibas a pedir —dijo Xena—. ¿Gabrielle?

—¿Qué?

—Todavía podemos hacer muchas de esas cosas que echamos de menos, ¿sabes?

—Cierto. Salvo lo de las estrellas —reconoció.

—¿Podemos empezar hoy, Gabrielle? —preguntó Xena.

—¿Qué te gustaría hacer? —preguntó Gabrielle.

—De todo, ¿pero podemos acampar temprano? Podemos cambiar nuestro día y convertir las tardes en noches.

Gabrielle la miró y sonrió de oreja a oreja.

—¡Te froto la espalda si tú me la frotas a mí!

—Sólo si tú me cuentas una historia cuando nos vayamos a la cama —dijo Xena.

Gabrielle le ofreció la mano.

—Venga, princesa guerrera, vamos a acampar ahora.

Xena sonrió y le cogió la mano.

—Sí, bardo mía.

Cuando Gabrielle tuvo organizado el campamento de nuevo, se volvió hacia Xena.

—¿Me contestas una pregunta?

—Si puedo.

—¿Por qué me has dejado que te pegara, Xena?

Xena cogió las manos de Gabrielle al tiempo que se sentaba, tirando de la bardo para que se sentara a su lado.

—Gabrielle, puede que sea una guerrera boba, pero no soy estúpida del todo. Sabía que mi muerte te había hecho muchísimo daño. Cuando descubrí que podíamos seguir juntas, juré que me haría tan real para ti como me fuese posible.

—Pero tenías que saber que te iba a pegar, a tiempo de hacer lo que sea que haces para que te atraviese.

Xena se quedó cohibida.

—No me lo esperaba, Gabrielle. Me sorprendiste, y de todas formas no lo habría hecho. Tu dolor es mi dolor, Gabrielle, y en ese momento necesitabas pegarme y seguramente yo necesitaba que me pegaras, por ser una tarada insensible.

Gabrielle sonrió.

—Gracias.

—¿Por qué? ¿Por dejar que me atizaras? —preguntó Xena.

Gabrielle le dio un manotazo en broma.

—No, tonta. Por comprenderme.

—Ah. Ya. Claro. —Xena se levantó y alargó la mano—. Vamos, reinita amazona.

—¿Dónde vamos? —preguntó Gabrielle, cogiéndole la mano.

—Me debes un lavado de espalda y una historia antes de ir a la cama.


FIN


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