Esta guerra se ha acabado

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Hola a todos...
Veamos. Éste es mi primer fanfic. Si queréis leerlo, tenedlo presente si lo criticáis.
Estoy convencida de que Xena y Gabrielle son amantes. Esta historia lo refleja. Sin embargo, no hay nada indecente, y cuando leáis el relato veréis por qué.
Este fanfic contiene la canción This War Is Over de Melissa Etheridge (de ahí el título).
Además, y esto es lo más importante, Xena y Gabrielle pertenecen a Ren Pics y otras personas de gran talento llamadas Lucy y Renée. No obtengo beneficio económico alguno por esto, y tampoco tengo nada que daros si me demandáis. :-D
Por último... si queréis escribirme para decirme qué tal lo he hecho, mi dirección de correo electrónico es: larecha20@hotmail.com.
Vuestros comentarios serán apreciados. :O (Ésa ha sido la palabra difícil del día. :-)).
Una última nota:
Este relato está dedicado a Trillseeker, otra tirada como yo, y a todos los demás xenites que han desfilado antes que nosotros. Que no caigamos todos en el silencio.


Título original: This War Is Over. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2010


—Gabrielle...

El nombre flotó en un susurro por encima de un par de labios silenciosos.

Una sola lágrima resbaló por la cara de la guerrera, hasta caer sobre los párpados cerrados de su bardo.

—Te quiero, Gabrielle. Siempre te querré. Nada puede impedirlo.

Xena colocó la tela encima de una cara pálida, inmóvil y bella.

Siempre bella.

Siempre suya.

Enganchó el lugar de descanso de la bardo a Argo y se montó en su yegua.

—Vamos, Argo. Vámonos a casa.

El tranquilo balanceo de la yegua no aflojó en absoluto la dureza de su postura. La pena había dado rigidez a su cuerpo, igual que la muerte se la había dado al de Gabrielle.

Siguieron adelante en silencio kilómetro tras kilómetro, lágrima tras lágrima, que iban cayendo sobre la silla de montar y alimentaban el pequeño arroyo hasta el suelo.

Se detuvieron para pasar la noche en un pequeño claro y Xena sacó los petates y organizó el campamento, y luego fue en busca de algo que comer.

—Ahora mismo vuelvo, amor.

La falta de respuesta hizo que se volviera...

Y entonces sus ojos se posaron en el pequeño bulto de un cuerpo que yacía en su lugar de descanso. Luego repasó el campamento con la mirada y su mente por fin registró lo que había hecho.

Vio los dos petates, colocados el uno junto al otro, como siempre. Vio el hoyo para la hoguera rodeado de piedras, a la espera de que Gabrielle encendiera el fuego. Vio las cantimploras que esperaban a que Gabrielle las llenara. Vio el estuche de los pergaminos junto a los petates, esperando a que la mano de su dueña lo abriera y se pusiera a escribir sus aventuras del día en los pergaminos que contenía.

Su rostro se llenó de un agotamiento desconocido y dio la espalda a la escena para adentrarse en el bosque a cazar su cena. Ahora sólo un conejo... no dos. Un solo odre de agua. Un sólo puñado de tubérculos. Un solo plato. Un cuenco. Una cuchara. Una taza.

Una guerrera. Una mujer triste y rota que viviría esta noche en el silencio que se había hecho en un día como hoy. Ayer mismo, de hecho. Aún se acordaba.

Siempre se acordaría.

Se le había roto uno de los cierres metálicos del peto y habían entrado en la siguiente aldea para ver al herrero.

Se volvió hacia su bardo.

—No te metas en líos. No quiero pasar aquí mucho tiempo.

Gabrielle se volvió hacia ella, con el rostro iluminado por una sonrisa pícara, y la respuesta de siempre en los labios:

—¿Cómo? ¿Yo? ¿Meterme yo en líos? Lo dirás en broma.

Xena no pudo evitar sonreír. Nunca podía evitar sonreír con Gabrielle.

—Sí, ya... vale. Ve a visitar el mercado y a gastar unos dinares, o lo que sea que hagas cuando tienes que perder el tiempo.

Su amante sonrió y se dio la vuelta haciendo aletear su falda corta y su melena de un rubio dorado. A mitad de la calle oyó un silbido de admiración y se volvió para lanzar una sonrisa seductora a la guerrera alta, morena y mortífera a la que tanto apreciaba.

Xena recorrió el resto del trayecto hasta la herrería y se detuvo fuera cuando oyó el tema de conversación. Acercándose con sigilo al costado del cobertizo, ladeó la cabeza y escuchó a las dos voces que hablaban.

—Ya sé que no queríamos que supieran nada, Menos. Esta vez es inevitable. Si queremos que uno de nuestros espías permanezca dentro de su campamento, vamos a tener que entregar a uno de los nuestros. Ya sospechan... y si no capturan a nadie, se van a volver muy desconfiados. Nadie va a conseguir ninguna información si están en guardia todo el tiempo.

—Es que no comprendo por qué tiene que ser Telus. Es un buen tipo. Lo sabes. Uno de los mejores que tenemos sobre el terreno. Va a ser una pena que lo perdamos.

El hombre bajo miró a su compinche.

—Sabes que no tendrá la más mínima oportunidad cuando lo atrapen.

—Lo sé. Pero es la única manera.

Resultó que había una guerra entre su gente y la gente de un territorio vecino. Alguien tenía que detenerlos.

Ese alguien era Xena.

Lo único que no sabía era que Gabrielle iba a ser la que pagara por su decisión de luchar en esa sangrienta batalla.

Que Gabrielle iba a ser la única baja de una guerra en la que ni siquiera quería participar.

Luchó... luchó esforzadamente durante largo tiempo. Todo por el bien supremo. Todo porque Xena la necesitaba allí.

Y murió por una causa en la que creía.

Y murió en brazos de Xena, sabiendo que había llegado su hora, y que había sido un buen día de lucha.

Le caía sangre de los labios hasta formar un charco en el suelo mientras los soldados se congregaban en círculo a su alrededor. Alrededor de la oscura guerrera y su bardo, tan llena de luz. Una luz que se apagaba con cada segundo que pasaba.

Se le pusieron los labios azules y sus ojos perdieron el brillo, pero seguía viva.

Tenía tanto que decir. Pero no le quedaba tiempo para decirlo.

—Me prometiste una cosa hace mucho tiempo.

Xena asintió, con el rostro bañado en lágrimas.

—Cúmplela por mí, Xena. Siempre has sido una mujer de palabra.

Xena se inclinó y besó a su alma gemela, saboreando el gusto metálico de la sangre, sabiendo que iba a ser su último beso en esta vida.

—Te quiero, Xena. Te estaré esperando al otro lado.

Se le cerraron los ojos y se le aflojó la cabeza.

La bardo había muerto.

Xena levantó la mirada del lugar donde se había detenido y notó el peso del conejo en la mano, y se dio cuenta de que lo había cazado por mera costumbre. Regresó al campamento, se sentó, se preparó la cena y se la comió.

Cayó la noche. Seguía reinando el silencio. El sueño estaba siempre a un pensamiento de distancia. Y el sol de la mañana se alzó temprano y alegre, como siempre.

Xena recogió el campamento, apagó el fuego, enganchó la carga de más que llevaba y se alejó del campamento sin mirar atrás.

Su destino era Anfípolis. Quería que Gabrielle fuera enterrada junto a Liceus. Sin embargo, ésa no era la única razón de que volviera a casa.

Estaba cansada.

Cansada de luchar. Cansada de perder lo que quería. Cansada del dolor.

Sabía que Anfípolis tenía un sitio para ella... y estaba preparada para ocuparlo.

Al menos durante un tiempo.

Necesitaba un tiempo para llorar. Para recuperar en parte una idea de quién era y dónde estaba, y de qué iba a hacer cuando el dolor se asentara un poco.

Se ha dicho que el tiempo puede aliviar la tristeza. Hacer que se transforme en un leve dolor molesto que queda relegado al fondo de la vida. Pero el tiempo no alivia en nada la pena pura, sino que le recuerda a uno que ha sobrevivido al dolor desgarrador de un día más.

Llegó a su pueblo unos días después y se bajó de Argo de un salto, para llevarla al establo. Tras coger en brazos el cuerpo de su alma gemela, entró en las cámaras mortuorias y la instaló en la cripta entre las telarañas y el polvo. Depositó un beso en la frente cubierta, y captó el levísimo rastro del olor de su amante bajo el potente olor de las especias de enterramiento en las que había envuelto a Gabrielle.

—Ya te veré, Ri. Te quiero.

Colocó la tapa encima del féretro y se volvió para marcharse. En el umbral estaba su madre, con los ojos llenos de lágrimas. Alzó los brazos para estrechar a Xena, devolviéndole el abrazo que ésta le daba.

Cirene miró a Xena con aire interrogante.

—¿Gabrielle?

—Muerta.

Una sola palabra, que describía perfectamente el vacío de su interior. Sólo quedaba una explicación sobre su decisión.

—Vuelvo a casa.


Esta guerra ha acabado (This War is Over) - Melissa Etheridge
Quítame el escudo.
Llévate mi espada.
No la voy a necesitar
más.
Encuéntrame un cielo
y dame mis alas.
Congelada y rota,
pero libre.
Y diles que estoy bien,
que vuelvo a casa.
Diles que estoy bien.
Estoy sola.
Esta guerra ha acabado.
Vuelvo a casa.
Quítame la vergüenza
Entiérrala hondo
No la voy a necesitar
más.
Encuéntrame un sol
y dámelo entero
Derrite todas las cadenas
que llevo en el alma.
Y diles que estoy bien,
que vuelvo a casa.
Diles que estoy bien.
Estoy sola.
Esta guerra ha acabado.
Vuelvo a casa.
Quítame el dolor
Llévame despacio
No voy a luchar aquí
más.
Diles que estoy bien,
que vuelvo a casa.
Diles que estoy bien.
Estoy sola.
Esta guerra ha acabado.
Vuelvo a casa.


FIN


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