Aguantar

Raine



Xena, la Princesa Guerrera, sus personajes y las imágenes para la portada de la historia son propiedad de MCA/Universal Television y Renaissance Pictures. Yo sólo las tomo prestadas y, por supuesto, no obtengo beneficio económico alguno, sólo pretendo entretener.
Este relato gira en torno a una relación afectuosa entre dos mujeres, en qué consiste esa relación es decisión del lector.
Me quedé un poco molesta al ver el final de la temporada, La maternidad, de modo que tuve que dejar todo lo que estaba haciendo y escribir algo para sentirme mejor. Este relato no tiene nada que ver con mi Xenaverso, así que vamos a suponer por un momento que todo lo que ha ocurrido en la serie ha ocurrido de verdad. Este breve relato tiene lugar justo después de La maternidad. Decidme qué os parece.
Rainedrop@angelfire.com. ¡Estoy deseando oír vuestros comentarios!

Título original: Holding On. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2011


Premio Xippy


Gabrielle no sabía muy bien cuánto tiempo llevaban allí, contemplando a Eva mientras ésta dejaba que una araña se moviera por sus manos. En un momento dado, Xena alargó la mano y cogió la de la bardo. Ahora, Gabrielle se aferraba a esa mano como una mujer que se estuviera ahogando se aferraría a un salvavidas. Era lo único en lo que conseguía concentrarse, la piel lisa y fresca de la mano de Xena, el calor creado por el contacto y la familiar cicatriz entre el pulgar y el índice de Xena que Gabrielle acariciaba ahora con el dedo.

Cuando el sol se puso tras las lejanas montañas, Xena propuso acampar. Sin decir palabra, las tres se ocuparon de sus tareas. Tras los acontecimientos del día, a Gabrielle le dolía la cabeza sordamente, lo cual era un recordatorio constante de lo que había ocurrido. Gabrielle no sabía si debía sentirse traicionada, furiosa o agradecida. Lo único que sabía era que todo aquello le había producido una profunda tristeza. Había un distanciamiento entre la guerrera y la bardo que nunca le había parecido tan grande. Hasta ahora, Gabrielle siempre había tenido esa semilla de esperanza implantada en su interior, pero ahora se sentía tan estéril... tan vacía. No era un distanciamiento que se hubiera creado a causa de los hechos de este día, sino un distanciamiento que llevaba un año creciendo y que, con toda sinceridad, Gabrielle estaba convencida de que había empezado con el descubrimiento de que Xena estaba embarazada.

El fuego bailaba y crepitaba alegremente, proyectando un cálido resplandor sobre los tres rostros sombríos situados alrededor del consuelo de la hoguera ardiente. Gabrielle no lograba levantar los ojos para encontrarse con los de la guerrera, por lo que sólo conseguía contemplar las llamas ciegamente, repasando mentalmente lo que había dicho Xena.

—Has recuperado a tu hija —dijo Gabrielle, estoicamente.

—No, hemos recuperado a nuestra hija —corrigió Xena con una sonrisa de orgullo dirigida a Eva.

Ese sencillo reconocimiento debería haber reforzado los lazos de su relación, pero en cambio las palabras le sonaron huecas y se hundieron como un peso muerto hasta el fondo del alma de Gabrielle. Llevaba tanto tiempo esperando a que Xena las dijera, tal vez demasiado.

Un silencio doloroso se extendió por el campamento, hasta que Eva ya no pudo soportar su intensidad. Dando las buenas noches con un gesto a la guerrera y la bardo, Eva se arrodilló sobre su petate y se tumbó, echándose una ligera manta azul por los hombros. Se le cerraron los párpados involuntariamente, su respiración adoptó un ritmo lento y regular y al poco se quedó dormida. Xena se quedó mirando a la joven, con la mente llena de posibilidades fallidas y deseos truncados. Eva parecía muy inocente y joven al dormir, y sin embargo, había siempre algo más oscuro bullendo bajo la superficie.

Xena soltó un profundo suspiro, relegando la inquietud al fondo de su mente, y se puso a pensar en la silenciosa bardo sentada al otro lado de la hoguera. Sólo con mirar su cara Xena se quedó sin aliento. Los ojos de Gabrielle carecían de expresión y estaba abrazada a sí misma como si intentara consolarse. Parecía sola y perdida.

Xena se levantó y cruzó la corta distancia rodeando la hoguera. En silencio, se sentó al lado de Gabrielle y escudriñó su rostro en busca de alguna emoción. No tenía palabras para ella y ya sólo eso le producía una punzada de dolor en el pecho. Se le ocurrió entonces una cosa y tuvo que hacer un auténtico esfuerzo para no echar todo lo que tenía en el estómago. Se le escapó una leve exclamación de entre los labios, lo cual hizo que la bardo mirara de reojo a la guerrera. En sus ojos había preguntas que Xena no sabía si alguna vez podría contestar.

La idea terrible dio paso a las palabras, mientras Xena luchaba por dominar sus emociones.

—Te estoy perdiendo, ¿verdad? —preguntó, con desesperación.

—¿Qué? —logró soltar Gabrielle—. No me estás perdiendo —contestó, al tiempo que pensaba: Soy yo la que te está perdiendo a ti.

—Lo noto, Gabrielle. No me puedo quitar de la cabeza esa imagen tuya, tirada inconsciente en el suelo, tu sangre en mis manos —susurró Xena, sobrecogida—. ¿Qué te he hecho? —preguntó en medio de un sollozo silencioso, al tiempo que posaba la mano en la cabeza de Gabrielle, donde había tenido la herida.

Gabrielle se miró las manos temblorosas y trató de expresar sus ideas con palabras.

—Hiciste lo que tenías que hacer —contestó como aturdida.

—No, tenía que haber otro modo. Siempre hay otro modo, Gabrielle. No eludas el tema, por favor —rogó Xena.

—Vi a Esperanza —confesó Gabrielle de repente. A Xena se le puso la cara triste en cuanto oyó el nombre—. Se me apareció, Xena, y dijo que sólo yo podía detener la violencia, que tenía que ser valiente por ti.

—Lo siento muchísimo, Gabrielle —dijo Xena suavemente.

—Y también se me apareció Joxer, diciendo que tenía que matar a Eva... —añadió Gabrielle sorbiéndose las lágrimas—. Y me quedé en blanco. Cuando me desperté, estabas arrodillada a mi lado y pensé, ya está. La he perdido. He hecho lo único que jamás podría perdonarme.

—Gabrielle, no, no has hecho nada malo. Por favor, tienes que saberlo. No sé cómo decirte cuánto lo siento —dijo la guerrera con un susurro sollozante.

Una lágrima ardiente resbaló por la mejilla de Gabrielle, cuando miró a los perfectos ojos azules de la guerrera. Lo que más deseaba la bardo era coger a Xena de la mano y huir de todo esto... fingir que nunca había ocurrido. Pero Gabrielle sabía que éste era el único día que jamás podrían fingir que no había ocurrido, y que si seguían huyendo, acabarían alejándose en direcciones opuestas.

—No sé qué sentir, Xena, con todo esto —reconoció por fin—. Ahora hay algo entre nosotras que antes nunca había habido y eso me asusta.

—¿El qué, Gabrielle? ¿Qué es?

—Siento que ya no me necesitas, Xena. —A Gabrielle le costó decirlo, pero ahora ya estaba dicho y no podía volverse atrás.

Xena parpadeó para controlar una tormenta de lágrimas, meneando la cabeza con incredulidad.

—¿Es que hago que te sientas así?

—Xena, no... —empezó Gabrielle, pero la interrumpió.

—Dime, Gabrielle. ¿Hago yo que te sientas así? —preguntó Xena con tono tajante.

Gabrielle se frotó los ojos irritada y gritó:

—¡Sí! —Apoyó la cabeza en las manos y se echó a llorar con sollozos entrecortados y dolorosos.

Para Xena fue como una cuchillada en el pecho, de lo real que era el dolor. Se quedó sin aliento y se le atragantaron las palabras. ¿Cómo he podido hacerte esto? se preguntó.

—Ay, Gabrielle —susurró Xena. Se acercó más a la bardo y alargó los brazos para estrecharla entre ellos. Gabrielle hundió la cabeza en el pecho de la guerrera y se aferró a ella con todas sus fuerzas. Xena estuvo largo rato abrazando a la mujer, derramando sus propias lágrimas sobre el pelo dorado de Gabrielle, mientras la mecía suavemente. Apoyó la barbilla en la cabeza de la bardo y cerró los ojos, buscando las palabras necesarias para convencer a Gabrielle de que la quería por encima de todas las cosas.

Por fin, Gabrielle se apartó de la guerrera y se secó las lágrimas que le corrían por la cara. Xena puso la mano bajo la barbilla de la bardo y la obligó a mirar a la guerrera a los ojos.

—Hubo un tiempo en que yo estaba necesitada y llegaste tú y me trajiste consuelo y amor, dos cosas que nunca había conocido de verdad. Me robaste el corazón, curaste mi pasado y, si algo sé en esta vida, es que te necesito. Puedo poner todo lo que soy a tus pies sin temor a que me des la espalda —dijo Xena solemnemente—. Tú, Gabrielle, eres mi camino en esta vida, y me causa un gran dolor saber que tienes que preguntártelo siquiera... saber que te he dado motivos para dudar.

—Xena —dijo Gabrielle, pronunciando el nombre con enorme reverencia—, todo eso son cosas que he hecho en el pasado. Dime por qué me necesitas ahora. —El corazón de Gabrielle tenía que oír las palabras.

—Porque, Gabrielle, te quiero. Te necesito más que respirar. No me imagino la vida sin ti, porque tú eres mi vida.

Gabrielle soltó una débil carcajada de alivio, seguida de un sollozo. Se hundió en la calidez de los brazos de Xena y dejó que la pena de un año se alejara flotando en la brisa fresca y ligera que le apartaba a la guerrera el pelo de la cara.

Gabrielle levantó los ojos para encontrarse con los de Xena y, con una sonrisa que le iluminó la cara, dijo:

—Te he echado de menos, Xena.

Xena cerró los ojos con doloroso alivio y dejó que las lágrimas le cayeran libremente por la cara.

—Lo sé.

Xena bajó la cabeza y depositó un beso tierno y ligero en los labios de Gabrielle, regodeándose en la serenidad que ese mero acto era capaz de darle.


FIN


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