El precio

Ella Quince



Este relato utiliza personajes cuyos derechos de autor pertenecen a MCA/Universal y Renaissance Pictures. No se pretende infringir sus derechos ni se obtiene beneficio económico alguno con este uso.
Calificación de violencia: oscuro. La violencia es inevitable en cualquier relato basado en los últimos episodios de Xena, la Princesa Guerrera.

Título original: The Forfeit. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2010


El pozo del corral era más profundo de lo que se esperaba, lo cual puso a prueba unos músculos que ya empezaban a ponerse rígidos y a doler. Tras tirar del cubo lleno hasta colocarlo en el pretil, Xena metió las manos en el agua fresca y empezó a quitarse metódicamente la mugre de su último combate. Había menos sangre que de costumbre, pero había acabado sudando al tratar de dar con formas de desarmar a los granjeros y comerciantes sin hacerles daño de verdad. La pérdida de una extremidad suponía a menudo la pérdida de un modo de ganarse la vida para un granjero, y una vida de pobreza para una familia entera era una condena excesiva por un acto mezquino de crueldad.

Mientras se lavaba, Xena oyó la risa de un niño que salía de la pequeña cabaña que había allí cerca, y sonrió al pensar que las amables bromas de Gabrielle ya habían tranquilizado al asustado niño.

—Guerrera, estoy en deuda contigo.

Se volvió en redondo, consternada al ver que alguien se había acercado a ella por detrás sin que lo detectara. Este desconocido podría haberla matado fácilmente de un golpe contra su espalda indefensa. Ante su alivio, sin embargo, los sosos rasgos del hombre y su expresión cordial no traicionaban intención alguna más allá de un saludo amistoso, y su túnica sin adornos era demasiado escueta para ocultar armas.

—Le has salvado la vida al niño —dijo, como si la desconfianza de ella lo instara a dar más explicaciones.

Xena se encogió de hombros sintiéndose incómoda. Prefería que fuese Gabrielle quien se ocupara de estas demostraciones de gratitud.

—No merecía morir a manos de esa panda de borrachos. La fealdad no es un crimen.

—¿Fealdad? ¿Tú también veías a un monstruo mientras luchabas por protegerlo? Cuando lo trajiste de vuelta a casa, tu joven amiga dijo que era precioso. —El hombre sonrió ante el silencio de Xena. Ésta controló su expresión sin piedad, pero él pareció leer sus pensamientos como si fuesen un pergamino abierto—. Así que pensaste que Gabrielle estaba siendo amable, por dar gusto a una madre angustiada. No, guerrera, la bardo ve mejor que tú. El niño es mi hijo, el hijo de un dios, y es precioso.

La imagen del hombre se difuminó, revelando un rostro completamente distinto: una perfección fuera del alcance de la carne mortal. Éste no era un dios que conociera, y había conocido a unos cuantos.

—¿Apolo?

Él aceptó su saludo inclinando la cabeza.

—No suelo mostrarme ante los mortales... pero tú no eres como la mayoría de los mortales. Y ya te has encontrado con otros como yo.

—Con demasiada frecuencia —dijo Xena con sequedad.

Si se sintió insultado por su insolencia, lo disimuló bien. O tal vez era bien consciente de la verdad de lo que afirmaba.

—Bueno, Xena, ¿qué me pides, qué le pides a un dios, por lo que has hecho?

Meneando la cabeza y apoyando la mano en el cubo, dijo:

—No quiero nada aparte de poder usar el agua de tu pozo. Si sabes quién soy, también sabrás que yo misma tengo una deuda que pagar, y muchos remordimientos por la vida que he llevado.

—Ah —dijo el dios, con un ceño pensativo—. No me lo rechaces tan rápido. Puedo aliviarte uno de esos remordimientos. Elige un día, un momento, y dejaré que lo cambies.

Casi se echó a reír. ¿Un día? ¿De tantos? Xena repasó sus amargos recuerdos... y encontró el que más cicatrices había dejado a su paso.

—Has elegido —dijo Apolo. Tenía los ojos oscuros, impenetrables.

—No —dijo Xena—. No, sólo he...

Pero al hablar él, el agua del cubo había empezado a girar, y la mirada de Xena se vio arrastrada, inexorablemente, a su torbellino. Hipnotizada por las corrientes, sintió que caía, que atravesaba la superficie del agua, que se hundía cada vez más y más...

...hasta que recuperó el pensamiento consciente en una mazmorra de piedra en Britania. Un caballero asesinado yacía a sus pies, con la cara amoratada y crispada en una mueca, y un bebé que parloteaba suavemente jugaba con el collar que se había usado para estrangularlo.

Esperanza... vulnerable, indefensa...

Xena sacó su espada de la vaina y avanzó un paso. Sin embargo, a pesar de su sigilo, Gabrielle percibió el peligro que corría su hija y luchó por despertarse.

—Xena, ¿qué haces?

Si no actuaba deprisa, la bardo intervendría. Incluso ahora Xena veía cómo la confusión adormilada de Gabrielle iba dando paso a la alarma.

—¿Xena?

Un golpe rápido y certero y...

No, guerrera, la bardo ve mejor que tú.

Con un sollozo ahogado, Xena tiró a un lado su espada. El eco de la voz de Apolo la obligaba a razonar y a valorar la distinta decisión que tenía que tomar. Cayendo de rodillas al lado de Gabrielle, dijo:

—Esto va a ser más difícil de lo que pensábamos. Esperanza ha matado a Goewin.

—¡Ay, dioses! —Gabrielle se quedó blanca al oír la trágica noticia, pero cogió a su hija sin dudarlo, y acunó a Esperanza entre sus brazos—. Todavía no controla su propia fuerza, Xena. Tendremos que vigilarla, impedir que vuelva a hacer daño a alguien sin querer. Podemos enseñarle.

Tragando con dificultad, haciendo oídos sordos a los balbuceos del pánico y la rabia que la instaban a matar a su enemiga, Xena dijo:

—Sí... lo haremos. —Y así se comprometió a proteger a la progenie de Dahak.

Y en ese instante, ante sus ojos se desplegó un nuevo futuro: los días y los meses completaban sus ciclos a tal velocidad que se sintió mareada al verlos. Primero vio la huida desesperada de las banshees, luego el largo y difícil viaje de regreso a Grecia para refugiarse con las amazonas. La bardo y ella se instalaron allí, viendo cómo Esperanza crecía hasta hacerse adulta en unos pocos años. Ésta era la recompensa de Gabrielle por su compasión y su fe: Esperanza, hija de la violación, el miedo y el mal, apaciguada y educada en las costumbres de su madre, una joven diosa que había alcanzado la madurez sana y salva.

Y Solan seguía vivo...

Xena abrió los ojos y se encontró ante el rostro inescrutable de Apolo.

—¿Es éste el pasado que querrías cambiar, guerrera?

—Sí —dijo Xena con voz ronca—. Pensé que ese día estaba haciendo lo correcto, pero intenté matar a una niña inocente, matar a la “esperanza”. Si lo hubiera logrado...

—Si lo hubieras logrado, ni todos los dioses del Monte Olimpo podrían haber salvado a la humanidad de la destrucción —dijo Apolo—. Su sangre derramada habría abierto una puerta para que Dahak entrara en vuestro mundo.

Así que lo que más había temido era cierto. Estremeciéndose por el peso de una nueva culpa que caía sobre sus hombros, dijo:

—Pues déjame enmendar el daño que he causado al perseguir a Esperanza.

—Muy bien, tal y como deseas que sea, así será. Y nadie sabrá jamás lo que has hecho. —Alzó una mano siguiendo un elegante arco y trazó un grácil dibujo en el aire.

Mientras lo observaba, Xena sopesó sus palabras y sus cejas se juntaron en un ceño como una marca oscura de aprensión.

—¡Espera!

Apolo detuvo su movimiento.

—Nunca he conocido a un dios que me diera buena suerte. Nunca he aceptado un favor que no haya lamentado. Y has dicho algo...

Con una levísima sonrisa, Apolo esperó.

—Nadie sabrá jamás... —Xena miró al dios—. ¿Y yo qué? ¿Recordaré lo que ha ocurrido, recordaré que una vez intenté matar a Esperanza?

Él hizo un gesto negativo con la cabeza.

—Puedo permitir que cambies lo que hiciste ese día, pero si conservaras todos los recuerdos del tiempo que ha transcurrido desde entonces, cambiarías más cosas de las que permite nuestro trato.

—¡Vete al Tártaro! —exclamó Xena—. ¡No puedo aceptar este “regalo” tuyo!

Imperturbable ante sus maldiciones, Apolo enarcó una ceja inquisitiva.

—Dahak me conoce demasiado bien. Si olvido todo lo que nos ha sucedido a mí, y a Gabrielle... y a Solan... entonces buscará otra forma de provocar mi rabia. En los últimos años he aprendido por la fuerza a tener misericordia: fue mi falta de compasión lo que creó a la Esperanza que mató a mi hijo. Si renuncio a esa lección, perderé la poca ventaja que tengo para luchar contra Dahak. Y el combate está ya demasiado igualado.

—Entonces —dijo el dios con calma—, ¿qué día querrías cambiar?

La desesperación oscureció el azul de sus ojos hasta convertirlo en un gris pizarra.

—No puedo prescindir de ninguno. Los necesito todos, hasta el último y más odioso de ellos.

—Y unos cuantos más, todavía —dijo él con delicadeza—, pero ya no tantos como antes. —Como el fiero resplandor del sol al acercarse al horizonte, el brillo ardiente de Apolo la cegó, pero también calentó su corazón con una oleada de alegría. Luego, a medida que su imagen se apagaba y se desvanecía, su voz, como campanas al viento, resonó con claridad en su mente—. Vuelve con tu amiga, guerrera, y mira otra vez a mi hijo.

Así lo hizo, y efectivamente era un niño precioso.


FIN


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos cortos
Ir a Novedades