Noche de paz

Ella Quince



Este relato utiliza personajes cuyos derechos de autor pertenecen a MCA/Universal y Renaissance Pictures. No se pretende infringir sus derechos ni se obtiene beneficio económico alguno con este uso.
Contenido sexual para adultos: Algunas escenas del siguiente relato presentan a Xena y Gabrielle en un contexto romántico y sexual. Si este tipo de situación os molesta, es ilegal donde vivís, o si sois menores de edad, por favor, no sigáis leyendo.
Atención, que ésta NO es una historia de Navidad...

Título original: Silent Night. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2010


—No.

—¿No? —La mano de Xena se detuvo a escasos centímetros del pecho de Gabrielle—. ¿Cómo que no?

—No es no, Xena. ¿Qué es lo que no entiendes?

La guerrera dejó caer la mano sobre la cama, agitando los dedos por el deseo frustrado de tocar a la mujer que yacía a su lado, de apartar la gastada camisa de lino que se pegaba tan seductoramente al cuerpo de la bardo.

—Bueno, ¿y por qué?

La pregunta de Xena fue recibida con un silencio terco.

—Nunca hasta ahora has dicho que no —señaló—. ¿Qué pasa?

—No pasa nada. Es que no estoy de humor. —Con un ceño repentino, Gabrielle le pegó un manotazo a la guerrera en el estómago cubierto de cuero—. ¡No empieces!

—¡Oye! ¿Qué he hecho?

—He visto esa sonrisita. No me crees.

—Gabrielle, llevas “de humor” todas las noches desde hace dos meses enteros. Me has quitado años de vida...

—Pues qué curioso, porque no he oído ninguna queja —masculló Gabrielle.

—Era una simple observación —dijo Xena con una amplia sonrisa—, no una queja. De queja nada, te lo aseguro.

—Mmmff.

—Así que aquí estamos, en una cómoda posada, en una cómoda cama, por primera vez desde que empezamos a...

—No uses esa palabra, Xena —se apresuró a decir Gabrielle—. Ya sabes que no me gusta esa palabra.

—¿No me digas? —Xena enarcó una ceja todo lo que pudo.

—Bueno —dijo la bardo, coloradísima—, en el calor del momento... tal vez... pero eso es distinto.

—Vale, vale. —Con exagerada paciencia, Xena repitió—: Así que aquí estamos, en una cómoda posada, en una cómoda cama, por primera vez desde que empezamos a... —Se mordisqueó el labio pensativa y luego dijo—: A hacernos muy, pero que muy amigas...

Gabrielle soltó un suspiro de alivio.

—...y a chingar como conejos.

—¡Esa palabra tampoco!

—Así que, ¿qué pasa? —insistió Xena.

La guerrera la miró mientras las mejillas acaloradas de Gabrielle se oscurecían hasta teñirse de un precioso tono escarlata, pero ni siquiera el agudo oído de Xena logró captar lo que la joven murmuró por lo bajo.

—Gabrielle, no te oigo.

Rechinando los dientes, la bardo dijo:

—El problema es que todo el mundo me oirá. —Gimió al ver la cara de desconcierto de Xena y luego explicó hablando muy bajito—: Las paredes... son demasiado finas.

—Ah, eso. —Mordiéndose el labio para no echarse a reír en voz alta, la guerrera asintió compasiva. Cuando pudo hablar, dijo—: Sí, eso podría ser un poquito... embarazoso. —Jugueteó inquieta con el dobladillo de la camisa de Gabrielle.

—Xena... —le advirtió Gabrielle cuando la mano de la guerrera se coló despacio por debajo de la tela.

—Bajar mañana por la mañana... —Xena se puso a hacer dibujos sobre la piel desnuda—, ...con todo el mundo mirándonos... con todo el mundo sabiendo que hemos pasado la noche...

—¡No, no lo digas!

—...siendo muy amigas. —Se acercó más para olisquear la suave nuca de la bardo—. Sólo hay una solución...

—¿Y cuál es? —preguntó Gabrielle, un poco sin aliento.

Con un susurro ronco, Xena dijo:

—Vas a tener que ser muy, muy silenciosa.

—Ahh... —La bardo tragó, con fuerza, mientras unos dedos esbeltos le acariciaban la parte interna del muslo—. No sé si puedo hacer eso... sobre todo si sigues haciendo... lo que estás haciendo.

—Oh, te puedo dar un incentivo. —El pulgar de Xena acarició ligeramente una zona muy sensible—. Cada vez que hagas ruido, incluso el más leve gemido, me pararé.

—Oh, dioses.

—Shhhh —dijo Xena con una sonrisa depredadora—. El juego empieza ahora.

Y resultó ser un juego deliciosamente largo. Pero la guerrera conocía muy bien a su bardo, y el final fue totalmente previsible, aunque algo más intenso de lo que se esperaba.

—Es evidente que vas a necesitar practicar más —la riñó Xena al tiempo que estrechaba a la joven entre sus brazos. Esa palabra —la que a Gabrielle no le gustaba— seguía resonando en los oídos de Xena y seguramente había resonado por toda la posada... más de una vez, por si alguien no se había enterado a la primera.

—Se me ocurre algo mejor, Xena —murmuró Gabrielle, reviviendo. Sus labios empezaron bajar mordisqueando por el pecho de la guerrera y sus manos tironearon del cuero que ya estaba algo torcido—. puedes enseñarme a ser muy, muy silenciosa.

Oh-oh.

Más tarde —muchísimo más tarde— Gabrielle comentó:

—Creo que has rajado la jarra de vino. Está goteando.

—Muy graciosa —jadeó Xena. Estaba demasiado agotada para incorporarse y verlo con sus propios ojos, pero teniendo en cuenta lo que le dolía la garganta, la acusación podía tener algo de cierto—. Mira que es mala la cerámica tebana —masculló.

—Vale —dijo Gabrielle con una sonrisa ufana—. Pero ahora que las dos hemos perdido este juego, ¿quién baja primero mañana?

La princesa guerrera se sonrojó levemente al pensar en enfrentarse a cualquiera de los demás huéspedes de la posada... e incluso a los habitantes del pueblo. Al contrario que la bardo, Xena no era especialmente púdica, pero sí que valoraba su dignidad, que ahora estaba tan hecha trizas como las sábanas.

—A lo mejor deberíamos...

—¿Irnos antes de que amanezca? —sugirió Gabrielle.

—Me parece un buen plan.


FIN


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