Me deja, no me deja

Ella Quince



Este relato utiliza personajes cuyos derechos de autor pertenecen a MCA/Universal y Renaissance Pictures. No se pretende infringir sus derechos ni se obtiene beneficio económico alguno con este uso.
Calificación de violencia: oscuro. La violencia es inevitable en cualquier relato basado en los últimos episodios de Xena, la Princesa Guerrera.

Título original: Leave Me, Leave Me Not. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2010


Ni siquiera la luz amortiguada del atardecer lograba disimular las cicatrices de la sequía en el valle de debajo. El exceso de sol y la escasez de lluvia habían secado la hierba del prado hasta convertirla en ásperas líneas marrones que cruzaban el suelo. Una delgada cinta de plata podría haber sido un río, pero se encontraba por lo menos a un día de viaje del pico pedregoso donde estaba Xena.

La guerrera se volvió hacia su acompañante.

—Skelos debe de ser mucho más pequeño de lo que recordaba. Ni siquiera se ven los tejados desde aquí. —Levantó ligerísimamente el labio. Gabrielle no la miraba, pero Xena sabía que la bardo oiría el desdén de su tono—. De hecho, si no fuera porque no me parece posible, yo diría que Skelos ni siquiera está en este valle.

La bardo no dijo nada.

—Por una vez, estás calladísima. A lo mejor una buena cena te afloja la lengua... ah, se me olvidaba, nos hemos quedado sin comida y sin agua. Íbamos a conseguir provisiones en Skelos... que no está donde tú pensabas que iba a estar.

—Xena, el mapa indicaba...

—Ah, claro, el mapa. El mapa que yo te dije que estaba mal. Pero no me creíste, ¿verdad?

—Es que pensé...

—Pues ése ha sido tu primer error —dijo Xena suavemente—. Pensar nunca ha sido tu fuerte, Gabrielle. Pero esta vez me he fiado de tu “buen” criterio. Y mira dónde nos ha traído.

—Lo siento.

—Siempre lo sientes. Pero a veces me pregunto si no harás estas cosas a propósito. A lo mejor te preocupaba que fuera a hacer daño a los pobres campesinos de Skelos y decidiste protegerlos trayéndome a este páramo miserable.

Se movió tan deprisa que Gabrielle no tuvo ni tiempo de encogerse. La bofetada le partió el labio a la joven y la lanzó al suelo.

—Me parece que vas a tener que pagar por este acto de misericordia. —Levantó la mano de nuevo—. En cuanto a mí, esta noche lo voy a pasar bien, después de todo.

La bardo ni intentó defenderse del siguiente puñetazo de la guerrera ni de sus patadas. Se limitaba a gritar:

—¡Xena, no! Por favor, Xena... Xena...

...Xena...

—¡Xena! Xena, despierta.

La voz la sacó de la oscuridad; un zarandeo insistente la obligó a incorporarse. La cordura regresó acompañada del olor a leña y el recuerdo de una velada tranquila en el campamento con...

...Gabrielle.

Xena tomó una temblorosa bocanada de aire antes de abrir los ojos. Casi se echó a llorar al ver la cara ilesa de la bardo. Así y todo, no pudo contenerse y alargó la mano para buscar —con caricias cuidadosas y ligerísimas— señales de contusiones en la joven sentada a su lado.

—¿Estás bien?

—Claro que estoy bien —dijo Gabrielle dulcemente—. Sólo ha sido un sueño, Xena, un mal sueño.

—Oh, peor que malo. —La guerrera sintió un escalofrío en la espalda, que le dejó un frío gélido a su paso.

Gabrielle echó la manta por los hombros de Xena y luego la estrechó en un abrazo reconfortante.

—Ha sido uno de... esos... sueños, ¿verdad?

Xena asintió, sin decir nada, esperando a que el calor volviera a su cuerpo.

El tono de la bardo se transformó en un suave susurro.

—Esto ya lo habíamos arreglado, ¿te acuerdas?

—Querrás decir que dejé que me convencieras para que me quedara.

—Tal vez sea así. Pero ahora ya es demasiado tarde para que te eches atrás. Prometiste que nos darías otra oportunidad de estar juntas. —Antes de que Xena pudiera protestar, dijo—: Y sí, yo prometí marcharme si alguna vez volvías a hacerme daño. Así que tenemos un trato.

—Menudo trato. Yo no me juego nada y tú te arriesgas a que te mate.

Tras un largo silencio, Gabrielle dijo:

—Te voy a contar un secreto, Xena. Si me hubieras prometido que nunca más me volverías a hacer daño, seguramente no te habría creído. Y si hubieras contado con que me quedara contigo, me habría marchado. Pero cuando vi que tenías miedo por mí, cuando intentaste protegerme enviándome de vuelta con las amazonas... pues entonces decidí que te importaba lo suficiente como para cambiar.

—¿Pero y si no puedo? ¿Y si querer cambiar no basta? —¿Y si, después de todas las amargas lecciones que había aprendido, seguía sin lograr controlar sus ataques de rabia?

—Da un poco de miedo —reconoció Gabrielle—, quererte tanto que estoy dispuesta a ponernos a las dos en peligro. Porque sé lo que te harías a ti misma si...

—Si llegara a matarte —dijo Xena, haciendo un esfuerzo para superar el nudo áspero que tenía en la garganta—. No podría... no querría... vivir con eso.

—Justo. Así que tú también te juegas la vida al quedarte, ¿no?

Xena asintió a regañadientes. Si el poder curativo de Ilusia no hubiera eliminado las heridas de Gabrielle, ahora las dos estarían muertas.

—Pero... me sigues teniendo miedo.

Tal vez fuese un truco de la luz danzarina de la hoguera, pero la mirada de Gabrielle pareció desviarse a un lado.

—¿Por qué lo dices?

—Esta mañana, con el mapa. No discutiste cuando dije que estaba mal.

—¿Por qué iba a hacerlo? En estas cosas sueles tener razón.

La risa de Xena sonó forzada.

—Ya, pero eso nunca te lo ha impedido, ¿no?

—No, supongo que no.

—Gabrielle... quiero volver a lo que teníamos antes.

—Y yo , Xena. Pero va hacer falta tiempo. —Obligó a la guerrera a tumbarse de nuevo en el petate—. Venga, vamos a dormir. No tardará en amanecer.

Cuando se acomodaron juntas, con las piernas entrelazadas y los cuerpos bien pegados el uno al otro, la bardo dijo con tono apagado:

—Ya no me despiertas por las mañanas.

Ah. Así que se ha dado cuenta, pensó Xena.

—Te gusta dormir hasta tarde.

—Sí, es cierto. Pero antes me sacabas de la cama, y ahora... Me tratas con tanto cuidado, como si me fuera a romper, o como si ya no tuvieras derecho a pedirme nada, ni siquiera que me levante a tiempo.

El fuego crepitó cuando un tronco se hundió más en las cenizas.

—Pues escucha —dijo Xena—. Yo te saco temprano de la cama si tú me dices de vez en cuando que no tengo razón. ¿De acuerdo?

—De acuerdo —dijo Gabrielle—. Siempre y cuando pueda seguir quejándome de tener que levantarme al amanecer —añadió con un bostezo.

—Mmm. Y yo me aseguraré de recordarte que siempre tengo razón.

—No la tienes —murmuró Gabrielle.

A Xena se le cerraron los ojos.

—Sí la tengo.

Las dos seguían sonriendo cuando el sueño las hundió en un mundo sin pesadillas.


FIN


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