Cosas que pasan

Quest




Título original: These Things Happen. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2011


Era una noche oscura y tormentosa, y el viento azotaba la posada, aullando como un espectro. Bueno, tal vez más bien como un lobo quejándose de nudos en el pelo. Vale, sólo era viento, pero hacía mucho ruido, y eso tenía a Xena despierta.

Soltando un gran suspiro, se incorporó en la cama, preguntándose qué idea retorcida y disparatada de bondad la había llevado a conseguir esta vez una habitación propia para Gabrielle. Siempre dormían juntas, en la misma habitación, en la misma cama. Era cómodo. Así estaban calentitas, demonios. Pero le había dado por pensar que tal vez la bardo querría algo de intimidad de vez en cuando. Y, como tenían dinero, había propuesto la idea cortésmente.

Efectivamente, Gabrielle no la había rechazado. De hecho, parecía bastante intrigada por la idea de tener una habitación para ella sola. Pero ahora Xena estaba aquí metida, en esta habitación de postigos destartalados, helada, sola y despierta. Demonios.

Se levantó de la cama, se envolvió en la pequeña manta y fue a la ventana. Entonces, helada por la corriente que entraba por las grietas, se alejó de la ventana y se golpeó las espinillas con una banqueta hábilmente oculta. ¿Cómo Tártaro había acabado eso en medio de la habitación? Y encima debajo de un manto negro. Ella ni siquiera tenía un manto, demonios. Debía de ser del anterior huésped. Ojalá estuviera muerto. O al menos durmiendo en una fría alcantarilla, sin su maldito manto. Demonios.

Un golpecito en la puerta desvió sus gruñidos en esa dirección. La abrió de golpe en pleno gruñido.

—¿Qué Tár...? —Pausa—. Ah, Gabrielle. —Xena sonrió lánguidamente, tratando de hacer como que no había estado a punto de arrancarle la cabeza a la bardo—. Mm, ¿qué haces levantada?

Gabrielle tuvo cuidado de poner cara seria y logró parecer de lo más inocente.

—Pues es que no podía dormir, ¿sabes? Supongo que es que no estoy acostumbrada a dormir sola después de tanto tiempo. —En realidad, había estado durmiendo como un tronco, hasta que el ruido que hacía Xena la despertó. Pero eso no lo iba a comentar—. Así que he pensado que a lo mejor, si no te importa que te moleste, podría dormir aquí, en el suelo o lo que sea.

Xena soltó un suspiro de alivio e hizo un gesto señalando la cama.

—No seas tonta. No hace falta que duermas en el suelo. Pasa y métete en la cama.

Gabrielle se apresuró a acurrucarse en la cama y dio unas palmaditas en el sitio que quedaba a su lado.

—¿Vienes?

—Sí, claro. —Xena se metió en la cama y tapó delicadamente a la helada bardo con la mayor parte de la manta. Gabrielle sonrió a la pared cuando el brazo de Xena le rodeó la cintura y su cálido cuerpo se pegó a la espalda de la pelirroja.

—Oye, Xena, he estado pensando. La verdad es que no me gusta mucho dormir sola. ¿Y a ti?

—Mmmm mmm —contestó Xena medio dormida—. A mí tampoco. Buenas noches, Gab.

—Buenas noches, Xena.

Por la mañana, el viento se había calmado considerablemente. Al fin y al cabo, hasta un lobo con el pelo lleno de nudos tiene que dormir en algún momento. Pero por desgracia, lo había sustituido una manguera cabreada conectada directamente al congelador del Olimpo, que al parecer volvía a estar estropeado. Lanzaba una densa lluvia helada sobre el pueblo, a cubierto detrás de unas nubes de aspecto muy feo. Su objetivo parecía ser crear una pista de patinaje, o tal vez una piscina muy poco apetecible, con las calles del pueblo. (No se acababa de decidir, por lo que iba alternando métodos...) Por supuesto, los lugareños no sabían nada de eso. Sólo sabían que hacía un tiempo asqueroso y que no querían salir a la calle.

Incluidas en este sabio grupo de gente que quería quedarse metida en casa estaban Xena y Gabrielle. Pero por alguna razón, Xena también tenía la necesidad de seguir adelante y reanudar sus viajes incesantes. Tal vez fuese la temprana influencia de los estoicos en su formación filosófica, o tal vez sólo era que había leído demasiadas novelas espartanas de aventuras...

En cualquier caso, al amanecer en punto, Xena se levantó y se puso a preparar sus cosas para marcharse. Al cabo de un ratito, Gabrielle abrió un ojo con dificultad y se quedó mirando a su ajetreada amiga guerrera.

—¿Qué haces?

Xena dejó de llenar una alforja.

—Prepararme para partir. Tenemos que emprender viaje, ya sabes.

—Ah, ¿no me digas? ¿Y dónde tenemos que ir, con tanta prisa?

—Pues a sitios —respondió Xena con brillantez—. Así que más vale que te levantes y empieces a pensar en el desayuno.

Gabrielle gimió.

—¿Y cuánto crees que lograremos avanzar hoy, con semejante diluvio?

Xena abrió la boca para contestar que seguramente podrían hacer sus buenos veinticinco kilómetros, pero Gab se adelantó a su afirmación apisonándola con un comentario adicional:

—¿Y que Argo te siga dirigiendo la palabra al final del día?

Xena se detuvo, pensándoselo. La última vez que había sacado a Argo bajo un aguacero, el resultado había sido muy poco satisfactorio, y aunque en el momento sospechó que la yegua estaba fingiendo... Suspiró.

—Sólo quería avanzar mucho hoy. Odio los retrasos...

Gabrielle se encogió de hombros, disimulando una sonrisa de triunfo al entrar a matar.

—Bueno, ya sabes, son cosas que pasan. La verdad es que no se puede hacer nada al respecto... ¿Qué tal si comemos algo?

Al final, Xena volvió a sacar las cosas de la alforja y fue abajo, para regresar poco después con una bandeja bien cargada. Una sabrosa sopa caliente de limón, gruesas rebanadas de pan crujiente con aceite de oliva, un buen trozo de feta y otro de jamón curado, y una jarra de vino dulce ligero. Gab se incorporó y cogió la bandeja, y Xena se sentó en la cama a su lado.

—¿Esto te parece bien?

Gabrielle sonrió con encanto y mordió una rebanada de pan.

—Mmmm, es perfecto. Gracias. —Al cabo de una larga pausa acompañada tan sólo del ruido hecho al masticar, Gabrielle carraspeó—. Bueno, ¿a que esto es mejor que cabalgar todo el día bajo la lluvia?

Xena se encogió de hombros, disimulando una leve sonrisa. Gabrielle enarcó una ceja y, tras colocar la comida en una mesilla, le clavó un dedo a Xena en las costillas.

—¿Me vas a decir que pasar el día aquí calentita en la cama no es mejor que cabalgar bajo la lluvia helada?

Poco después de eso, su amistosa discusión creció hasta convertirse en una guerra plena de almohadas, lucha libre y cosquillas. Por supuesto, Xena podría haberse impuesto de inmediato, pero sólo haciendo ciertas cosas que podrían haber hecho daño a su compañera. Así que, por aquello de jugar, las cosas se prolongaron durante varios minutos. Pero por fin Xena atrapó a Gabrielle encima de la cama, sentándose a horcajadas encima de ella y sujetándole los brazos.

Siguieron intercambiando insultos, tipo “rubita insolente, descarada y parlanchina” y “loca del cuero, terca, cabezota y masoquista”. Pero hasta este creativo equipo acabó quedándose sin insultos (o al menos sin los que podían usar sin hacerse auténtico daño...) y se quedaron mirándose intensamente a los ojos.

Aunque parecía que esto podía resultar interesante, fue en ese momento cuando unos fuertes golpes en la puerta las interrumpieron.

—¡Eh, vosotras dos, abrid! ¿Seguís vivas ahí dentro? No voy a consentir que me rompáis los muebles...

De modo que Xena se levantó de un salto y fue a la puerta, para explicarle al iracundo posadero que de verdad, no había nada roto, ni siquiera en peligro de romperse. (Aunque, para ser totalmente sinceros, sí que habían roto un puntal de la cama, pero no lo sabían. De hecho, la cosa no se descubriría hasta finales de diciembre, cuando un huésped de proporciones bastante generosas se sentó con demasiado brío.)

Así que, despidiéndose con una advertencia de que moderaran los decibelios, el posadero volvió a dejar solas a nuestras intrépidas luchadoras de almohadas. Algo cansadas, se terminaron los restos (ahora fríos) de la sopa y el pan y se tumbaron para echarse una larga siesta.

Cuando se despertaron, estaba oscuro fuera y su aliento parecía congelarse y caer al suelo en cuanto lo expulsaban. Xena se levantó para asomar la cabeza por la ventana.

—Genial. Estamos atrapadas por la nieve.

Gabrielle pareció preocupada un momento y luego contentísima.

—Oye, pues ahora sí que me alegro de no estar en el camino. A estas alturas estaríamos sentadas temblando en un montículo de nieve.

Xena asintió y (estremecida) encendió el fuego en la pequeña chimenea. En cuanto prendió bien, extendió el oportuno manto negro (que resultó estar oportunamente forrado de piel) y se sentó delante del fuego para entrar en calor. Gabrielle captó inmediatamente la conveniencia de estar cerca de su principal fuente de calor, y además, el fuego también tenía buen aspecto... Así que cogió la manta de la cama, se acomodó al lado de Xena y apoyó la cabeza en el hombro que se le brindaba.

—Gracias por mimarme hoy. Sé que querías seguir adelante, pero me hacía mucha falta un día de descanso. Gracias.

Xena sonrió.

—No hay de qué. A mí también me ha venido bien.

—¿En serio?

—Sí, en serio.

De modo que se quedaron ahí sentadas en agradable silencio, contemplando las llamas. Pudo haber pasado apenas un momento o tal vez una eternidad. Pero por fin Xena advirtió que su brazo estaría mucho más cómodo rodeando a Gabrielle, y Gabrielle descubrió que estaría más cómoda apoyada totalmente en Xena. Así que cambiaron de postura y se pusieron cómodas. Y a un cambio de postura le fueron siguiendo otros hasta que, de repente, se quedaron flotando a un beso de distancia. Y por alguna razón, eso les pareció más cómodo.

Una cosa llevó a otra, como suele ocurrir con estas cosas, y mientras un cuerpo se fundía con otro, el fuego se consumió hasta las brasas. Por fin se detuvieron, y Xena pasó una mano despacio por el pelo de su amante.

—Sabes, cuando nos levantamos esta mañana, no tenía ni idea de que acabaríamos así esta noche.

Gabrielle le sonrió con picardía y se echó a reír.

—Bueno, ya sabes, son cosas que pasan.


FIN


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