Guerrera... bardo... ¿diosa del amor?

Kim Pritekel y Maria Autobee



Descargos: Ojalá fueran mías, pero es sólo un sueño. Son de RenPics. ¡Cómo se atreven! Pero gracias por dejar que salgan a jugar...
Subtexto: Sí, lo hay. Esto es ficción alternativa, a fin de cuentas.
Violencia: Para nada.
Nota: Bueno, niños, esto es una pequeña tontería que se nos ha ocurrido a una amiga y a mí. Es una historieta de nada, así que no seáis muy duros.
Si os apetece decirme lo maravillosa que soy como escritora o que doy asco, sois libres de hacerlo en: XenaNut@hotmail.com

Título original: Warrior... Bard... Goddess of Love? Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


El sol calentaba en lo alto y sus rayos abrasaban como los legendarios rayos de Zeus. Gabrielle iba caminando por delante, haciendo botar la vara en el camino de tierra mientras daba saltos, repasando su último combate.

—¡Fue genial, Xena! ¡Bam! Le diste tal golpe a ese tipo que me parece que va a tardar bastante en despertarse. ¡Yuujuu! —Se volvió para sonreír a su compañera—. ¿Xena?

—¿Eh? —dijo Xena, que al oír su nombre salió del ensueño en el que se había sumido contemplando el trasero firme y redondo de la bardo moviéndose debajo de la falda. Escuchad mi historia sobre Gabrielle... empezó a cantar Xena por dentro, pero entonces cortó sus fantasías lascivas a media estrofa. Sacudió la cabeza para despejarse la mente—. Sí. Sí, fue genial. —Echó un vistazo al sol—. Hace calor. Vamos a parar un poco hasta que refresque.

—Vale. ¡Eh! —exclamó Gabrielle—. Mira. —Señaló a través de un seto de árboles—. Un lago. ¡Vamos a nadar, Xena!

Xena dirigió la mirada al lago, frunciendo el ceño. De repente, se imaginó a la bardo desnuda y mojada. Apartó la imagen de su mente. Mala idea, pensó.

—Escucha, tú ve a nadar, Gabrielle. Yo voy a ver si consigo algo de comer.

—Venga, Xena. Hace demasiado calor para hacer nada salvo refrescarse. ¿Y si atrapamos unos peces mientras nadamos? —dijo Gabrielle esperanzada, rezando para que sus auténticas intenciones quedaran ocultas bajo sus ruegos inocentes. Xena sonrió.

—Ve tú. Volveré dentro de nada.

Maldición. Gabrielle suspiró.

—Vale.

—Llévate a Argo y átala a una rama cerca de la orilla para que pueda comer y beber un poco —dijo Xena, luego se dio la vuelta y se marchó en dirección opuesta.

Gabrielle guió a Argo entre los árboles y encontró un lugar agradable y en sombra para atarla, con mucha hierba salvaje que podía comer. Tras atender a Argo, hizo un molinete con la vara para enfrentarse a un adversario inmenso, cuyas ramas y hojas dejaban un estúpido agujero en sus defensas para un ataque.

—¡Ja! Creías que me ibas a engañar con esa maniobra, ¿eh? Venga, adelante. Dame una alegría —dijo entre dientes, con las piernas separadas en la postura de combate que le había enseñado Xena, vara en ristre.

Argo se puso a comer muy contenta la hierba de la ribera hasta que vio las suculentas hojas de la rama baja del árbol que tenía al lado. Mientras tiraba con los dientes, observaba a la molesta rubita de Xena combatiendo con la vegetación. Estiró el cuello intentando alcanzar el estupendo ramillete de hojas tiernas que había en el extremo y tensando la rama. De repente, Argo notó que la rama se le escurría de entre los dientes y se convertía en un arma tipo látigo que iba directa hacia el trasero de la bardo.

¡¡ZAC!!

Con un grito, Gabrielle dio un salto cuando algo la atacó por detrás. ¡Un ataque por sorpresa! La vara salió volando de las manos de la bardo al tiempo que Gabrielle se caía de bruces en los arbustos que tan empeñada estaba en atacar.

Xena dejó de recoger bayas y volvió la cabeza bruscamente en la dirección del grito de Gabrielle. Vio la vara que salía disparada de la línea de árboles y volvía a caer con un sonoro golpe y un fuerte "¡Aay!". Meneando la cabeza y poniendo los ojos en blanco, volvió a dedicarse a sus bayas.

Gabrielle se frotó la cabeza cuando la vara aterrizó a sus pies y luego se soltó de los matorrales, frotándose el trasero. Malhumorada, cogió su vara y se dirigió al agua fresca y cristalina.

De pie en la orilla con la vara al lado, Gabrielle contempló su reflejo, que la miraba a su vez con ojos decepcionados.

—Muy hábil, Gabby —dijo en voz baja y luego tiró la vara en la arena y se desnudó.

Xena caminaba entre los densos árboles, deteniéndose ante los arbustos que tenían las bayas más maduras. Sacó una baya grande y jugosa de su bolsa. Hizo rodar el fruto entre los dedos para comprobar su firmeza y su mente empezó a divagar, volviendo a Gabrielle. Se llevó la baya a los labios y la mordió. Cerró los ojos cuando el jugo oscuro se derramó en su boca expectante. Se preguntó si Gabrielle sabría así de dulce. El ruido de un chapoteo en el agua sacó a Xena de su fantasía. Gabrielle debía de estar en el lago. Adentrándose más en la vegetación, Xena recordó la vez en que le enseñó a Gabrielle a pescar a su manera, es decir, desnuda. Sonrió por dentro.

—Mete la mano debajo de esta piedra. Inténtalo —le explicó Xena.

—Vale —dijo Gabrielle, metiendo la cabeza debajo del agua. Xena recordó la emoción de Gabrielle al atrapar a su primer pez con las manos justo antes de que las interrumpiera ese grupo de fanáticos enloquecidos—. ¡Lo he conseguido!

Ese día Xena había tenido cuidado de clavar los ojos en otra parte. Hacía ya tiempo que se había fijado en el cuerpo de la bardo, en todas sus curvas jóvenes y firmes. Ya había visto a Gabrielle en distintos grados de desnudez: cuando se viaja con alguien y la única privacidad que existe es la naturaleza, la gente acaba viéndose, y con frecuencia. Aún así, últimamente la princesa guerrera se sentía muy afectada por Gabrielle.

Xena se chupó los dedos para quitarse los restos de jugo de baya y siguió caminando, dejando que sus pies escogieran el camino, con la mente perdida en sus pensamientos y recuerdos. En sus labios se formó una sonrisa pícara mientras pensaba. Giró a la izquierda y entró en un pequeño claro en medio de la densa vegetación. Xena salió de su ensueño y se encontró de frente con el lago y con una figura solitaria que chapoteaba en sus aguas. Sin querer, retrocedió rápidamente entre las sombras del grupo de árboles que tenía a ambos lados y que formaban una especie de arco de sombra. Por alguna razón, no quería que Gabrielle la viera. Se apoyó en el tronco de un árbol cercano, olvidándose de la bolsa llena de bayas. Gabrielle era una visión impresionante, con ese cuerpo esbelto y musculoso que se deslizaba grácilmente por el agua tranquila. De vez en cuando se detenía en el agua, que le llegaba justo por encima de los pechos, con los hombros fuera del agua, y con las manos se apartaba el pelo rubio rojizo de los ojos. Observaba su entorno un momento (¿tal vez buscando a Xena?) y luego volvía a sumergirse en el agua fresca. Xena se sentó. La colina donde crecían los árboles estaba a poco más de un metro por encima del agua, de modo que Xena podía observar desde lo alto. Sabía que no estaba precisamente bien oculta. Si Gabrielle miraba con atención, la vería. A Xena le daba igual. Estaba disfrutando demasiado de la vista para que le importara.

Gabrielle avanzaba con sus potentes brazos, moviendo las piernas con fuerza. Qué sensación tan maravillosa sentirse tan libre, pensó al salir a la superficie una vez más. Lo único que faltaba era Xena. Gabrielle se quitó el agua de los ojos cuando algo oscuro le llamó la atención. Sorprendida, tomó aire con fuerza y luego lo soltó despacio con un brillo risueño en sus ojos de verde esmeralda. Xena. La guerrera estaba sentada entre unos árboles. A esta distancia, Gabrielle veía la expresión de Xena, una expresión de lujuria total y absoluta. ¿Por ella, como esperaba? Llevaba varios meses intentando llamar la atención de Xena. Justo cuando creía que la tenía, Xena desaparecía entre los árboles que rodeaban el campamento para hacer una "comprobación de seguridad" y regresaba como una hora más tarde, totalmente ajena a Gabrielle y con aire satisfecho. Era de lo más frustrante, sobre todo porque Gabrielle sabía perfectamente por qué Xena se iba a dar esos paseos nocturnos. Gabrielle quería gritarle que no tenía el menor motivo para hacer eso cuando ella estaba allí, esperando y deseando a Xena. Sabía que la guerrera tenía miedo de hacerle daño o asustarla. Todos estos temores eran totalmente infundados. Gabrielle había pensado mucho en la relación que había entre Xena y ella y sabía que quería ir mucho más lejos. Amaba a Xena y sabía que ésta la amaba a su vez: lo veía cada vez que esos ojazos azules se volvían hacia ella. Si Xena no captaba sus poco sutiles indirectas, tal vez ya iba siendo hora de hablar. Sonrió por dentro al recordar la historia más reciente que había estado escribiendo la noche anterior en sus pergaminos.

—Afrodita, muérete de envidia —dijo Gabrielle con aire satisfecho. Echó otra mirada de reojo a Xena, quien, como sabía, no tenía ni idea de que había sido descubierta.

Xena se cruzó de piernas y apoyó las manos en las rodillas, totalmente concentrada en el lago y la figura que había en él. Gabrielle salió a la superficie y se pasó las manos por la cara y el pelo, soltando largos chorros de agua que le acariciaban la piel bronceada antes de caer de nuevo al lago. Xena se lamió los labios, con los ojos relucientes y tan ardientes que podrían haber abrasado a Gabrielle en el sitio. Gabrielle se quedó allí un momento como pensando y luego se volvió hacia el claro que había entre los árboles cerca de Argo, donde se habían separado.

—¡Vamos, Xena! ¡El agua está genial! —gritó. Bien. Eso quería decir que Xena no había sido descubierta espiando. Xena miró hacia donde estaba Argo y advirtió una pila de ropa cerca de la orilla del lago: la ropa de Gabrielle.

—Por amor de Zeus —susurró por lo bajo. De repente, se sintió como si no estuviera a la sombra de los árboles, sino directamente bajo los rayos ardientes del sol. Volvió a lamerse los labios, que se le habían quedado secos como un pergamino. Gabrielle se sumergió de nuevo en el agua para emerger en una zona menos profunda. Xena se quedó boquiabierta cuando se alzó del todo en el agua, que le llegaba a la cintura, casi celosa del agua que resbalaba por su cuerpo. En la mente de Xena, todo ocurría a cámara lenta. Gabrielle surgió de la tranquila superficie como una ninfa acuática. Se quedó allí de pie, con los ojos cerrados. Sus pechos hermosos y firmes relucían a la luz del sol, con los pezones erectos.

—Parece que el agua está fría —murmuró Xena por lo bajo. Gabrielle echó la cabeza despacio hacia delante, arrastrando todo el pelo con el movimiento, y luego volvió a echarla hacia atrás. Como una cuerda de fuego, su pelo salió lanzado hacia atrás para acariciarle la espalda. Qué belleza.

Xena sacudió la cabeza para despejársela. Estas tonterías poéticas eran cosa de Gabrielle, no de ella. Pero estaba en trance. Cuando el pelo salió volando hacia atrás, también lo hizo Gabrielle. Grácilmente, se dejó caer de espaldas en el agua fresca, dejando que la cubriera. Xena ardía. Quería bajar corriendo hasta allí, sacar a su amiga del agua y devorarla allí mismo, en la orilla. Un gemido grave escapó de su garganta.

Gabrielle emergió en el agua más baja, rozándose la rodilla en una piedra al ponerse de pie. Le soltó un gruñido por lo bajo. Gabrielle echó la cabeza hacia delante para sacudirse el pelo como le había visto hacer a Xena con Hower. Por el rabillo del ojo vio que Xena estaba pendiente de cada uno de sus movimientos. Este pequeño espectáculo hacía vibrar su cuerpo. Cada centímetro de su ser clamaba por las caricias de Xena, por sus manos, su lengua, su... ¡¡SPLASH!! Gabrielle se tragó una buena cantidad de agua al caer de espaldas. ¡Por qué resbalarán tanto estas piedras del fondo! gritó por dentro. ¡Al Tártaro con todo! Lo había echado todo a perder. Bajo el agua, se dio la vuelta y volvió a nadar hacia el centro, escupiendo el agua y respirando hondo mientras avanzaba. No soportaba ver a Xena riéndose de ella.

Unas gotitas de la bebida tropical con sabor a frutas relucieron al sol al salir despedidas de los labios rosas de Afrodita, diosa del amor, que tenía los ojos cerrados mientras se carcajeaba de los pobres intentos de la bardo.

—Muy hábil, nena escritora —sonrió y luego se miró con asco—. ¡Puaj! Me ha hecho escupirme encima esta cosa pegajosa. ¡Grimoso! —Se pasó una mano por el muslo desnudo. Con un ágil movimiento de dedos, la desagradable "cosa pegajosa" desapareció. Levantó la mirada y vio a Gabrielle nadando directamente hacia ella—. Ya es hora de enseñarle cómo se lleva a cabo una seducción —dijo la diosa con un brillo malévolo en los ojos azules. Observó a la bardo mientras ésta pasaba nadando a su lado.

—Tonta, tonta, tonta —iba mascullando Gabrielle por lo bajo.

—Ah, ¿y soy yo la que se tiene que morir de envidia, seductora de pacotilla? Por favor, no me hagas reír.

Gabrielle se volvió en redondo para mirar detrás de ella. Sentada como una reina encima de un objeto flotante de color rosa fucsia y vestida con una... cosa diáfana de color rosa claro estaba Afrodita, diosa del amor. En la mano tenía una jarra helada con trozos de fruta clavados en un palo que sobresalía y que tenía encima una cosa extraña en forma de disco.

—¿Eh? —dijo sorprendida, parpadeando rápidamente mientras observaba el rostro de la diosa—. ¿Lo has visto?

—¡Bah! En serio, ayudante, das pena. Necesitas trabajar mucho en ese terreno y, por lo tanto, me necesitas a moi.

—¿En qué terreno... qué estás... oye, por qué...? —farfulló Gabrielle, dominada por la rabia. Olvidando que estaba en medio de un lago, dejó de mover las piernas al tiempo que se ponía en jarras. De repente se tragó una buena cantidad de agua—. ¡Uaaaj!

—Pato al agua —rió la diosa—. A lo mejor Ares tiene razón. ¿Pero qué ve Xena en ella?

Xena observó mientras Gabrielle se daba la vuelta y nadaba hacia el centro del lago. La bardo se quedó flotando en el agua, al parecer concentrada en algo que tenía delante. Xena frunció el ceño consternada. Vio que los labios de Gabrielle se movían como si estuviera hablando consigo misma. De repente, Gabrielle se hundió debajo del agua. Xena se puso en pie de un salto, dispuesta a salir corriendo y salvar a su amiga.

—¡¡¡Puajjj!!! —exclamó Gabrielle, escupiendo el agua y agarrándose a la cosa flotante de Afrodita. Ésta alargó la mano para ayudar a la apurada bardo a subir a la balsa.

—¡Uuuf! ¿No te parece que huele a pescado? —dijo la diosa arrugando la nariz.

—Cállate, Afrodita —dijo Gabrielle entre dientes. Tosió, escupiendo más agua.

—Oye, Xena no es la única que sabe hacer eso del boca a boca, ¿sabes? —dijo Afrodita con las cejas enarcadas y una sonrisa. La bardo se puso como un tomate.

Xena se detuvo en seco al ver un resplandor de luz dorada al lado de la bardo y entonces apareció la diosa del amor en persona.

—¿Qué Tártaro es esa cosa en la que está sentada? —se preguntó Xena en voz baja, con los ojos clavados en las dos mujeres sentadas en medio del lago.

Gabrielle miró hacia la orilla y vio a su amiga. Xena se encontró con su mirada y las dos se quedaron mirándose un momento.

—Vosotras dos lo que necesitáis es como darle caña y poneros a ello de una vez —dijo la bella diosa con una sonrisa pícara. Gabrielle le clavó dos puñales de esmeralda.

—No sé de qué hablas —balbuceó y de repente se puso a mirar a todas partes menos a Afrodita o a Xena.

—Ya, ya, lo que tú digas. Escucha, pequeña, este rollo que os traéis la nena guerrera y tú puede que os engañe a vosotras, pero cielito, yo soy la diosa del amor y reconozco el deseo cuando lo veo. —Con un chapoteo, Afrodita lanzó la jarra helada por encima del hombro y se incorporó, mirando profundamente a los ojos verdes de la bardo—. Vale, chata, éste es el trato. Yo estoy dispuesta a ayudarte a pillar a la nena guerrera si tú haces tu tarea como bardo y le hablas al mundo entero de la bella y gran Afrodita y de lo absolutamente maravillosa que soy.

Gabrielle puso los ojos como platos por la sorpresa y sacudió la cabeza.

—¿Qué quieres decir? Yo estoy muy bien, Afrodita.

—¿Ah, sí? ¿Entonces por qué estás matando el rato en medio de un lago y Xena está salivando en la orilla?

—Pues porque... pues...

—Ya, eso me parecía. Bueno, ¿hacemos trato o no?

Gabrielle asintió de mala gana.

—Está bien.

Muy contenta de sí misma, Afrodita dio una palmada con esas manos de cuidada manicura que tenía.

—¡Oh, estupendo! —La diosa agitó la mano y la balsa rosa empezó a moverse a toda velocidad por el agua.

—¡Hey! —exclamó Gabrielle, aferrada al borde de la balsa.

Xena estaba en la orilla del lago, con los ojos clavados en la cosa flotante y rosa que se acercaba rápidamente. Con un agudo chirrido, la cosa flotante y rosa se detuvo, pero la bardo no.

—¡Ahhhhhhhhhh! —Gabrielle salió volando por el aire y lo único que podía parar su vuelo era la princesa guerrera.

—Uuuy. Me parece que todavía no tengo bien controlado este cacharro. Hay que frenar antes de parar.

—¡Buena idea! —dijo la bardo entre dientes mientras se levantaba de encima de Xena, que estaba aplastada cuan larga era en la arena de la orilla.

—Oye, se hace lo que se puede —sonrió Afrodita—. Además, he dicho uuuy. ¿Qué más quieres? ¿A mi primogénito? Chao —Con un simple gesto de muñeca, la diosa y su llamativa cosa flotante rosa desaparecieron con un resplandor de luz dorada.

Gabrielle se volvió para mirar a su amiga.

—Lo siento —dijo con una sonrisa cohibida. Se miró a sí misma y se dio cuenta de que seguía muy desnuda. Le fue bajando un lento rubor de la cabeza a los pies. Xena siguió la ola de calor a medida que recorría el cuerpo de la bardo, con una alegre sonrisa en sus labios generosos. Por fin la bardo cobró ánimos para mirar a Xena a los ojos.

—Bueeeno, ¿qué hacemos ahora?

—Qué no haremos. —Sonrió al tiempo que le colocaba a Gabrielle una mano en la nuca y poco a poco iba llevando su cabeza hacia ella...


FIN


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