La viuda Afrodita

Alan Plessinger



Descargo: Xena, la Princesa Guerrera y los nombres, títulos y referencias usados en La viuda Afrodita son propiedad exclusiva de MCA/Universal. El autor no pretende infringir en modo alguno los derechos de autor al escribir este fanfic.
Se incluyen detalles sobre la Temporada 5.
Alan Plessinger

Título original: The Widow Aphrodite. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Premio Xippy


Afrodita se materializó al lado de Gabrielle como tantas otras veces. Se sorprendió al ver a Gabrielle doblada sobre sus pergaminos, llorando.

—¡Gabrielle! ¿Qué te pasa?

Gabrielle levantó la cara mojada de lágrimas para mirar a la diosa.

—Afrodita, ¿es que siempre tienes que aparecer sin avisar y asustar a la gente?

—Lo siento, pequeña.

—Deja de llamarme así.

—Perdona. Es que me siento sola.

Gabrielle apartó a un lado sus pergaminos y se levantó.

—No pasa nada, Afrodita. Yo también me siento sola. No debería pagarlo contigo. Has perdido a tu marido. Debes de echarlo muchísimo de menos.

—Pues sí. Y también te he echado de menos a ti, Gabrielle.

—Yo echo de menos a Joxer. Y a mis padres. Y a Cyrene. Hasta echo de menos a Ares, ¿te lo puedes creer?

—Claro que puedo. Pero en realidad no es a Joxer ni a Ares a quien echas de menos, ¿verdad? Confiesa. Eva ha ocupado tu puesto en el corazón de Xena.

Gabrielle confirmó sus palabras con un sollozo.

—Lo siento, Gabrielle. Por cierto, ¿dónde están?

—De caza. Pero incluso cuando Xena está aquí, es como si no estuviera aquí conmigo. Ya no. Ahora me siento como una extraña. Siento como que sobro. Las dos se ponen a hablar de cosas y se callan cuando entro en la habitación. Me saca de quicio.

—¿Odias a Eva?

Gabrielle hizo un gesto negativo con la cabeza.

—Le tengo rabia, eso es cierto. Después de todo lo que pasé yo con mi propia hija y de todo lo que ha hecho Eva, no soporto que obtenga el perdón de la Princesa Guerrera. Pero quiero a su madre demasiado para llegar a odiarla. Es sólo que desearía que las cosas pudieran ser como eran antes entre Xena y yo. Echo de menos las pequeñas caricias, las sonrisas, esas miradas especiales entre las dos. Esa luz que había en sus ojos y que era sólo para mí.

—Ojalá pudiera hacer algo por ti, Gabrielle, pero ya sabes que a Xena no le gusta que nadie se entrometa.

—Lo sé.

—El Único Dios Verdadero me ha permitido vivir, pero sin creyentes ya no tengo en absoluto tanto poder como antes.

—Lo siento. No debería quejarme de mis problemas. Tú tienes que ocuparte de tu propia vida.

—Al menos tengo vida. Y el poco poder que me queda lo estoy usando para ayudar a la gente. Eso es algo que he aprendido de ti.

La diosa se acercó más a Gabrielle y le acarició la mejilla con una mano.

—Gabrielle, tú me has cambiado. Lo sabes, ¿verdad?

—Sé que eres mucho más amable que cuando te conocí.

—Te quiero, Gabrielle. Te quiero tanto.

Rodeó a Gabrielle con los brazos y la estrechó.

—Afrodita...

—Tranquila. Sé que no me correspondes. Es que tenía que decírtelo.

Las dos se apartaron, a tiempo de ver un chakram que pasaba silbando entre sus caras, a punto de cercenarles la nariz, y que se empotró en un árbol cercano.

¡Apártate de ella! —gritó Xena. Iba sosteniendo a Eva, que entraba cojeando en el campamento. La pierna de Eva tenía una herida y chorreaba sangre. Gabrielle corrió hasta Eva y la atendió.

—¿Qué ha pasado?

—Me ha atacado un jabalí —dijo Eva—. Estoy bien.

Pero no era cierto. Estaba claro que había perdido mucha sangre y estaba débil. Gabrielle la ayudó a echarse en el petate y se puso a limpiar y vendar la herida.

Gabrielle miró a Xena, que tenía a Afrodita sujeta al árbol apretándole la garganta con una mano.

—¡Xena! —dijo Gabrielle—. ¡Tranquilízate!

Pero Xena no le hizo caso.

—¡Me haces daño! —dijo la diosa.

—Pues te voy a hacer algo más que eso. ¡Deja de meterte en nuestros asuntos, Afrodita! Ya no somos tus juguetes.

—¿Qué te ha pasado, Xena? ¿Cuántas veces más vas a hacer daño a Gabrielle con esa cosa? ¿A que ni siquiera le has pedido disculpas por la última vez?

—¡Cállate! ¡Cállate! ¡Las Furias son las que se tienen que disculpar! ¡Obligaron a Gabrielle a matar a mi hija! ¡Lo que hice lo habría hecho cualquier madre!

—¡Suéltame! ¿Es que no te basta con haber matado a mi marido?

—¡Maldita sea, yo no pedí ser la que desencadenara el Crepúsculo y si a los demás dioses no les hubiera entrado la manía homicida, podría haber hecho las paces con ellos! ¡Se llevaron su merecido, todos ellos! ¡Si Hefestos no quería morir, que no hubiera intentado matar a mi hija!

Por fin, Gabrielle se plantó a su lado.

—¡Suéltala, Xena! ¿Por qué eres tan cruel con ella? ¡Nos ha ayudado a las dos!

—No te metas en esto.

—¡No! Llevo demasiado tiempo sin intervenir. Afrodita no ha venido aquí para causar problemas y no estaba intentando apartarme de ti. Sólo quería hablar. El Crepúsculo ha terminado, los dioses ya no son nuestros enemigos. ¡Y ahora suéltala!

Xena la soltó, pero en sus ojos seguía habiendo una expresión amenazadora y sedienta de sangre.

Afrodita echó una mirada furibunda a Xena y la apartó diciendo con sarcasmo:

—Con permiso.

Fue hasta Eva, que seguía en el petate, y acercó las manos a la herida. Xena estuvo a punto de lanzarse contra ella de nuevo, pero Gabrielle la detuvo sujetándola del brazo. Hubo un breve estallido de bioluminiscencia y la herida quedó curada.

Afrodita se levantó.

—Ahora va a descansar. Ya irá recuperando las fuerzas.

—Gracias —dijo Gabrielle.

Como una niña de tres años a la que hubiera que recordarle sus modales, Xena dijo a regañadientes:

—Sí, gracias.

—De nada. Antes de conocer a Gabrielle no tenía ni idea de lo bien que sienta ayudar a las personas. Incluso a alguien como tú, Xena.

—Lo siento, Afrodita. Todo esto ha sido muy difícil para mí. He perdido veinticinco años de mi vida.

Xena echó un rápido vistazo para asegurarse de que su hija dormía. Bajó la voz.

—Mi hija creció sin mí y Ares la convirtió en un monstruo. Y ahora que ha visto el mal que ha hecho, se niega a defenderse, y hay mucha gente que la quiere ver muerta. Antes, sólo quería matar, ¡y ahora creo que sólo desea morir! Cada minuto que pasamos juntas podría ser el último. No puedo perder a otro hijo, Afrodita. No puedo. No lo voy a hacer. ¡Maldito sea Ares! ¡Eva tenía todas las ventajas! ¿Cómo pudo hacerle esto?

—¿Es que no lo sabes? —dijo la diosa, y luego se le puso cara de haber dicho algo que no debía.

—¿Que si no sé el qué?

—Nada. No sé si debería decírtelo. Mi hermano se jactaba de ello.

¿Qué le hizo? —preguntó Xena.

Gabrielle dijo:

—Afrodita, tenemos que saber todo lo que podamos sobre Eva si queremos ayudarla.

—Yo no voy a ser la que te empuje a buscar venganza, Xena. Ni contra mi hermano ni contra nadie más. ¿Sabes perdonar?

El rostro de Xena pasó por varios tipos de emoción, de la ira a la tristeza, de la pena al dolor, hasta que dijo, simplemente:

—Sí.

—Espero que le tomes la palabra, Gabrielle.

—Lo que tú digas.

—Eva fue violada. Por cuatro jóvenes. Eran seguidores de Eli.

¡Maldito sea!

—Ares nunca lo reconoció, pero estoy bastante segura de que jamás habría ocurrido sin su influencia.

—No me lo puedo creer —dijo Gabrielle—. ¡Seguidores de Eli!

—Mi hermano se le apareció entonces. La ayudó a encontrar a uno de ellos. Y lo que le hizo... fue espantoso, Gabrielle. Tardó una semana en morir. Ares le enseñó cosas que ni te imaginas.

¡Maldito sea! ¡Maldito sea!

—¿Qué les pasó a los otros tres?

—¿Quién sabe? Ares podría haberla ayudado a encontrarlos también, pero no lo hizo. En la mente de Eva, siguen libres en alguna parte, burlándose de ella, riéndose de lo que hicieron. Y Eva es la que le metió a Octavio la idea en la cabeza de masacrar a los seguidores de Eli. El resto ya lo sabéis.

—Ares no ha perdido facultades —dijo Xena, y se alejó furiosa.

Gabrielle intercambió una mirada con Afrodita que indicaba que convenía que se quedaran a solas. Afrodita asintió e intentó volver a abrazar a Gabrielle, pero a ésta no le pareció prudente. Afrodita se desvaneció.

Xena estaba de pie con un antebrazo apoyado en un árbol, de espaldas a Gabrielle. Ésta se acercó y colocó una mano con suavidad en el hombro de la guerrera.

—No es excusa, Gabrielle —dijo Xena—. Eso no es excusa para una sola de las vidas que ha quitado.

—Lo sé. Pero explica muchas cosas.

—Sabía que tenía que haber ocurrido algo para lanzarla por ese camino, pero una vez en él, se entregó como un animal salvaje sin nadie que la domesticara. Tenía a Ares para mantenerla en ese camino y nadie que le enseñara otro.

—Si Ares se pusiera de verdad a ello, sería capaz de convertir a cualquiera en un asesino. Tendríamos que haber estado allí para ayudarla. Esto no habría ocurrido.

—Yo creo que simplemente estaba muy consentida, Gabrielle. Odio decirlo, pero es cierto. Tenía todos los privilegios, pero no tenía modo de hacer frente a la adversidad porque era algo desconocido para ella.

Gabrielle volvió a Xena hacia ella y la miró a los ojos.

—Ahora nos tiene a nosotras —dijo Gabrielle—. Y siempre nos tendrá.

—¿De verdad? ¿No va a perder a una de sus madres?

—¿Por qué piensas eso?

—No sé. Afrodita...

—¿Te han entrado celos?

—¿No es evidente?

—Hace mucho tiempo que no veo síntomas de celos por tu parte, Xena.

Xena cerró los ojos y bajó la cabeza hasta que su frente tocó la de Gabrielle.

—Lo siento, Gabrielle. Lamento la forma en que te he estado tratando, pero esto ha sido tan difícil. No paro de pensar que estoy a punto de perder a mi hija. Al Único Dios Verdadero le van mucho los mártires.

—Shhh, no digas eso.

—Siento haberte hecho daño, Gabrielle. Siempre les echo la culpa a las Furias, pero yo me dejé llevar por la rabia y no tengo excusa. Te debo muchísimo y parece que lo único que hago es hacerte daño.

—Te perdono. Yo tampoco soy una ganga, Xena. He hecho muchas cosas que te han hecho daño. Pero tenías razón en lo que has dicho. Lo que hiciste lo habría hecho cualquier madre.

Xena envolvió a Gabrielle entre sus brazos y la estrechó y Gabrielle le devolvió el abrazo, cosa que no había hecho con Afrodita. Gabrielle soltó un leve suspiro de felicidad. Hacía ya tiempo.

—Te quiero —dijo Xena—. Creías que no era capaz de decirlo la primera, ¿verdad?

—Te quiero, Xena.

De repente, Xena se dio cuenta de una cosa.

—Has estado llorando.

Gabrielle asintió.

—Te echaba de menos.

—Si apenas hemos tardado una marca en volver.

Gabrielle sonrió.

—Lo sé. Pero ya has vuelto. Así que todo va bien.


FIN


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