Tristezas de la primera vez

Alan Plessinger



Descargo: Xena, la Princesa Guerrera y los nombres, títulos y argumentos usados en Tristezas de la primera vez son propiedad exclusiva de MCA/Universal. El autor no pretende infringir sus derechos de autor al escribir este fanfic.
Alan Plessinger

Título original: First Time Blues. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


El canto de los pájaros despertó a Gabrielle a la bella mañana. Bostezó, se estiró y alargó la mano para tocar a su amante. No estaba allí, pero daba igual. Gabby ya no tenía miedo de que Xena fuera a abandonarla en algún lugar por su propio bien. Eso no iba a ocurrir. Después de lo de anoche, no.

Hacía una mañana maravillosa, una mañana perfecta, la mañana más perfecta de toda la creación, y la felicidad de Gabrielle era incontrolable. Se incorporó y buscó a su amante y la vio sentada en un tronco de espaldas a Gabrielle, afilando su espada. Xena se detuvo al oír a Gabrielle acercarse por detrás. Xena agachó la cabeza.

—¡Buenos días! —dijo Gabrielle, con una voz llena, rica, suave como la seda y maravillosa. Parecía dar miles de significados a aquellas dos palabras. Nadie que la oyera decir esas dos sencillas palabras podría dudar jamás de que Xena y Gabrielle fueran otra cosa que amantes.

Xena miró a Gabrielle con los ojos llenos de dolor y tristeza. Al hablar, su voz estaba cargada de desolación.

—Juré que jamás te haría eso —dijo Xena.

Ni siquiera su preocupación por Xena podía empañar la felicidad de los ojos de Gabrielle.

—¿Por qué no? —preguntó.

—Me he aprovechado de ti, Gabrielle.

Gabrielle se echó a reír. Luego lo lamentó, porque Xena estaba sufriendo de verdad.

—¿Cómo puedes decir eso? ¿Tú me quieres, Xena?

—Acabo de encontrarte. Apenas te conozco.

—Contesta la maldita pregunta.

Las dos se quedaron algo sorprendidas por la repentina osadía de Gabrielle.

—Si te quisiera, ahora mismo te llevaría de vuelta a Potedaia. No dejaría que echaras a perder tu vida quedándote conmigo.

—Dime que no me quieres y consigue que me lo crea. Yo misma me iré. Mírame y dímelo.

Xena miró a Gabrielle y dijo:

—Mi corazón está tan lleno de amor por ti que casi no puedo soportarlo.

—Bien. Y yo te quiero a ti.

—No puedes.

Gabrielle puso una mano en la rodilla de Xena.

—Xena, no puedo hacer otra cosa salvo quererte. Jamás podría querer a nadie tanto como te quiero a ti y ahora tenemos que cargar la una con la otra. Yo tengo que cargar con una guerrera taciturna y colérica y tú tienes que aguantar a una embrollona charlatana y molesta. Querías ser una persona decente, pues esto es lo que hacen las personas decentes. A veces se enamoran y obran en consecuencia. Lo expresan. Y no hay nada de que avergonzarse. Nada. Nadie se ha aprovechado de nadie. Anoche me diste tanta felicidad, y no era sólo el placer, era la alegría de ver y sentir por fin lo mucho que me quieres. Dime, tú te has aprovechado de mujeres en otras ocasiones, ¿verdad? Sabes lo que es. ¿Se parecía en algo a lo de anoche?

Xena se levantó y dio la espalda a Gabrielle. Ésta se levantó y se colocó delante de ella.

—¿Y bien?

—Nunca he experimentado nada parecido a lo de anoche.

—¿Entonces cuál es el problema? Anoche fue la noche más feliz de mi vida. ¿Por qué no lo fue para ti?

—Tal vez porque tú te lo mereces y yo no.

Gabrielle cogió las manos de Xena entre las suyas.

—Vale, a lo mejor no te lo mereces. Has hecho cosas terribles y yo ni siquiera conozco la mitad. A lo mejor no te mereces enamorarte. Pero yo no puedo vivir sin ti, Xena. No estoy dispuesta a vivir sin ti. Si me dejas, me moriré, te juro que me moriré. Si me dejas, será la cosa más horrible que hayas hecho en tu vida. Así que dime, ¿me merezco yo eso?

—¿Cómo sabes que no hay nadie que no pueda darte lo que te he dado yo?

—Porque lo sé, ¿vale? Ahora deja de hacer preguntas estúpidas y bésame.

Xena abrazó a Gabrielle y la besó, y la lengua de Gabrielle jugó un poco en la boca de Xena. Cuando terminó el beso, se separaron y se miraron. Gabrielle sonrió y su nariz se arrugó de esa forma maravillosa y adorable que hacía que Xena se derritiera. Xena sonrió por primera vez esa mañana y se le escapó una carcajada extraña, sorprendiéndola por completo.

—La vida tiene gracia, ¿verdad? —dijo.

—Ah, sí, la vida es una juerga, Xena.

—¿Cómo es posible que alguien como tú quiera a alguien como yo?

—No lo sé. Vamos a dedicar un par de vidas completas a averiguarlo juntas, ¿vale?


FIN


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