¿Qué es lo que tiene?

Alan Plessinger



Descargo: Xena, la Princesa Guerrera y los nombres, títulos y argumentos usados en ¿Qué es lo que tiene? son propiedad exclusiva de MCA/Universal. El autor no pretende infringir sus derechos de autor al escribir este fanfic.
Alan Plessinger

Título original: What Is It About Her? Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Capítulo 1

Meg tenía los brazos doblados sobre la mesa y la cara hundida en los brazos cuando la bardo de Potedaia entró en su establecimiento. El pelo negro de Meg caía suelto sobre sus hombros. En una mano sujetaba con descuido un vaso de vino. Era tarde y el local estaba vacío salvo por la bardo y la doble de Xena.

—¿Meg?

Meg levantó la cabeza con cierto esfuerzo y un ojo azul se quedó mirando a Gabrielle.

—Sí, eso es —contestó—. Sólo soy Meg.

—Hola. Me preguntaba... ya sé que esto no es una posada, exactamente, pero me preguntaba si podrías alojarme unos días. Puedo pagarte.

Meg se incorporó despacio y apoyó una mejilla en la mano.

—Sí, claro, ¿por qué no? Todo el mundo pasa por encima de la buena de Meg y se aprovecha de la buena de Meg. ¿Por qué ibas a ser tú distinta? ¿Tu guerrera te ha vuelto a dejar tirada?

—Sí, me temo que sí.

—Joxssssser no está aquí, sabes. Se marchó ayer.

—Lo sé. Créeme, lo sé.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Nada. Es que preferiría no pasar unos días con Joxer, eso es todo.

—¿Por qué no? ¿Qué tiene Joxssssser de malo, así de repente?

—Nada. Joxer no tiene nada de malo. Si te gusta un tipo como él.

—Oh, ¿y qué clase de tipo es? ¿Dulce y maravilloso? ¿Fuerte, alto y guapo? ¿Mmmm? ¿Adorable?

—Bueno, ¿a ti no te parece que a veces es un poco iluso? Se cree un gran guerrero.

—Oh, por favooor. Podría barrer el suelo contigo, si no tuvieras siempre encima a esa pava guerrera con mala uva.

Eso no era cierto, pero Gabrielle no lo comentó. Dejó su vara y se sentó en la mesa frente a Meg. Ésta se bebió el resto del vino.

—¿Estás borracha?

—Vaya, pero si estás hecha toda una pequeña detective, ¿eh? ¿Y sabías que Joxssssser está total y desesperadamente enamorado de ti? ¿Eh? ¿Sabías esa cosita, cosita?

Gabrielle se encogió de hombros.

—Sí, supongo que lo sabía. Llevo ya un tiempo haciendo todo lo posible por no saberlo.

—No estoy dispuesta a oír una sola palabra en contra de Joxsssser en mi essstab... bleciiii... imien... nto... qué palabra... tan larga.

—Perdona.

—Lo único que le oigo decir es que si Gabby-elle esto, que si Gabby-elle lo otro. ¿Qué es lo que tienes? ¿Pero qué tienes que es tan bueno?

—Nada. A lo mejor esto no ha sido muy buena idea. Buscaré otro sitio donde alojarme.

—Oh, no me hagas favores, bardo de Pote-blabla. Te quedas.

—Vale. Gracias.

—Sí, de... gracias... muchas de nadas, por las gracias.

—Ya. Si me quedo aquí, no echo tanto en falta a Xena. Es casi como estar con Xena, aunque, por supuesto, yo nunca tendría problemas para distinguiros incluso de lejos.

—Ah, cállate, Gabby-elle. ¿Te crees que es fácil tener una cara famosa? ¿Te crees que es fácil parecerse a una persona famosa? La de veces que tengo que oír: "¡Oh, te pareces a Xena! Claro, que tú no eres Xena y nunca serás Xena, porque Xena es una gran guerrera y tú eres una ramera borracha con la cara de Xena pegada a tu cara".

—Eres demasiado dura contigo misma, Meg.

—¿Ah, sí?

—Eres una buena persona.

—¿Entonces por qué no puedo tener a Joxsssser? ¿Eh? ¿Por qué no puedo tener a mi pequeño Joxsi-Joxsi? ¿Qué más quiere de mí? Se lo hago gratis, dejo que se aloje aquí, le doy comida y dinero. ¿Qué es lo que quiere de mí? ¿Qué le pasa?

—No lo sé.

—Pues tú te lo pierdes, bonita. Puede que no tenga su corazón, pero la parte que tengo es mejor de lo que podrías imaginarte en toda tu vida. Hala.

—¿En serio?

—Oh, cielo, no tienes ni idea. Oh, cariño.

Meg bostezó y miró a Gabrielle. La gravedad estaba tirando despacio de su cara desde el lugar que ocupaba en la palma de su mano y deslizándola hacia la mesa. Era una pequeña avalancha de carne.

—Oh, cariño —dijo cuando su cabeza golpeó la mesa.

—Vale, Meg, creo que buscaré mi propia habitación.

—Mmmm-mmmm.

Un suave ronquido dejó claro que la conversación había terminado. Gabrielle se planteó intentar llevar a Meg a su propia habitación para que durmiera, pero decidió que seguramente Meg no se lo agradecería y tal vez prefiriera dormitar donde estaba. Se conformó con coger una almohada, levantar con cuidado la cabeza de Meg y ponerle la almohada debajo.

—Ojalá pudiera hacer algo más por ti, Meg —dijo—. Joxer necesita que alguien le dé la charla. O a lo mejor unos cuantos golpes más en la cabeza.

Gabrielle se fue a buscar una habitación.


Capítulo 2

Al día siguiente Gabrielle se levantó a las diez, pero Meg seguía roncando cuando ya pasaba de mediodía. No era habitual para Gabrielle estar levantada antes que Xena, o que alguien que se pareciera a Xena.

Por fin, Meg se levantó de la mesa que le había servido de cama, enderezó el cuello para quitarse una contractura, agarró una escoba y se puso a trabajar para dejar el local listo para los clientes. Gabrielle la ayudó, limpiando los mostradores y las mesas. Algunas de las chicas estaban levantadas, pero no arrimaron el hombro. No era parte de sus obligaciones laborales.

Meg chasqueó los labios y sacó la lengua, tratando de examinársela. Se sentía como si unos animalitos peludos se hubieran pasado toda la noche durmiendo dentro de su boca. Se movía con imprecisión y guiñaba los ojos a la luz del sol de la tarde.

—Gabrielle, en cuanto a anoche...

—No te preocupes por eso.

—No, no, no debería pagarlo contigo. No es culpa tuya que esté enamorada de un pedazo de patán insensible y adorable.

—Bueno, yo misma soy culpable de haberle hecho pagar el pato a Joxer a veces por algunas cosas. No siempre lo he tratado muy bien. A lo mejor estoy intentando que se plantee la posibilidad de enamorarse de otra persona, no lo sé.

—Eso no funciona. Cuanto peor lo tratas, más le gusta.

—A lo mejor deberías empezar a tratarlo mal.

—Lo he intentado, Gabrielle. De verdad que lo he intentado. Pero me mira con esa gran sonrisa de bobo que tiene y no puedo hacer nada. Ojalá supiera qué es lo que tienes tú que todo el mundo te quiere.

Las interrumpió el sonido de un llanto fuera de la puerta. Una mujer de mediana edad se había detenido a descansar en un banco al lado de la puerta y, por alguna razón, estaba llorando.

—Ay, vaya —dijo Meg—. No puede quedarse ahí fuera. Me va a ahuyentar a los clientes. ¿Quién va a querer pasar ante una cosa así? ¿Qué voy a hacer?

Gabrielle no contestó, pero pasó junto a Meg en dirección al llanto.

Se sentó al lado de la mujer.

—Hola —dijo.

La mujer no le hizo caso y siguió llorando.

—Me llamo Gabrielle. ¿Puedo ayudarte?

La mujer se secó las lágrimas y miró a Gabrielle.

—Lo siento. No quería molestar. Ahora me marcho.

—No, no, no molestas. Es que he pensado que a lo mejor te venía bien hablar con alguien.

La mujer miró a Gabrielle de arriba abajo.

—Gracias, querida, pero no creo que alguien de tu edad pueda comprenderlo.

—Ya sé que no he vivido tantos años como tú, pero he visto muchas cosas en mi vida y he conocido el dolor.

—¿Qué dolor podrías conocer tú?

—Perdí a mi hija. Murió.

La mujer miró a Gabrielle sorprendida. Los ojos de Gabrielle estaban llenos de tristeza y pena al decir aquello.

Gabrielle vio por el rabillo del ojo que Meg estaba escuchando a escondidas, al otro lado de la puerta.

—Pues de verdad que no pareces tener edad suficiente.

—Pero la tengo —dijo Gabrielle—. ¿Cómo te llamas?

—Helena.

—Helena, ¿a quién has perdido?

—He perdido a mi hijo. Lo colgaron ayer.

Helena se tapó la boca con la mano al decir aquello. Jadeó sin aliento.

—Lo siento —dijo Gabrielle—. Supongo que hasta ahora no habías dicho eso en voz alta.

Helena sacudió la cabeza. Bajó la mirada al regazo y cerró los ojos con fuerza.

—Me han dicho que ya me acostumbraré a la pérdida —dijo Helena.

—Quien te haya dicho eso nunca ha perdido a un hijo —dijo Gabrielle—. No te acostumbras. Lo máximo que puedes hacer es aprender a vivir con ello.

—Era malvado —dijo Helena—. Violó y mató a una niña. A más de una.

Helena miró a Gabrielle, esperándose ver algo de conmoción o espanto.

—No siempre sabemos qué es lo que lleva a la gente a cometer maldades. A veces la gente simplemente nace con el mal en su corazón —dijo Gabrielle.

—No paro de pensar en qué he podido hacer para que acabara siendo así.

—No, no puedo creer que sea por nada que tú hayas hecho. Lo único que podemos hacer es esforzarnos todo lo posible y darles todo el amor que podamos.

La mujer meneó la cabeza, negando este mensaje. Se echó a llorar de nuevo. Gabrielle abrazó a Helena y Helena se pasó un rato llorando en su hombro.

—Toda la gente de este pueblo me odia —dijo Helena.

—¿Por qué dices eso?

Helena se apartó de Gabrielle para mirarla a los ojos.

—Yo sabía que era culpable. Tendría que haberlo entregado. Pero me prometió que era inocente. Y yo me obligué a creer en él. Podría haber salvado algunas vidas si lo hubiera entregado.

—Ninguna madre de este mundo habría hecho otra cosa.

—Ojalá pudiera creerlo. Daría prácticamente cualquier cosa por creer eso.

—Es cierto.

—No te he contado lo peor.

—Que una parte de ti se alegra de que se haya ido.

Helena la miró, sobresaltada por el reconocimiento.

Miró a Gabrielle a los ojos para ver si la estaba juzgando, pero en sus ojos sólo había una bondadosa aceptación. Había algo en esos hermosos ojos verdes que parecía decir: "Está bien. Está bien".

—¿Qué clase de monstruo puede pensar tal cosa de su propio hijo? —preguntó Helena.

—No eres ningún monstruo. Mi hija tampoco era buena. Tardé mucho tiempo en reconocerlo ante mí misma, pero el mundo está mejor sin ella.

Helena cerró los ojos y respiró hondo.

—No creía que pudiera haber alguien más que sintiera eso.

—Todos llevamos cosas en el alma que creemos que nadie podría aceptar o entender jamás. Sólo la gente malvada de verdad cree que todo lo que ha pensado o hecho está bien.

—Gabrielle, ¿por qué te has acercado para hablar conmigo? Todos los demás tienen miedo de dirigirme la palabra.

Gabrielle se encogió de hombros.

—Como he dicho, me pareció que necesitabas a alguien con quien hablar. Escucha, ¿has comido ya? Ven dentro, te invito a una comida caliente.

—No —dijo Helena—. Tengo dinares. No necesito caridad.

—No es caridad. Es simplemente un poco de amabilidad de una madre con otra. No te va a pasar nada por aceptar que te invite a una comida caliente.

Helena se levantó.

—Tengo una idea mejor. Ven a mi casa. Prepararé la comida para las dos.

—Vale. Puedes hablarme de tu hijo. De todas las cosas buenas.

Se marcharon juntas.

Dentro de su establecimiento, Meg se sentó, sin aliento por el asombro.

Caray, pensó. ¿Cómo lo hace? ¿Podría aprender a hacerlo yo?


Capítulo 3

Dos días y dos noches después de que Gabrielle se fuera con Xena, Joxer el sucedáneo de poderoso guerrero entró con mucho ruido metálico en el establecimiento de Meg, llamando a Gabrielle.

—Llegas tarde —dijo Meg—. Xena y ella se marcharon hace dos días.

—Jo —dijo Joxer—. Nunca la alcanzo.

—Ya —dijo Meg. Estaba bebiendo de nuevo y todavía no estaba tan borracha como cuando llegó Gabrielle, pero llevaba un buen ritmo.

—No te dirían en qué dirección iban, ¿verdad?

—No. Siéntate y tómate una copa conmigo, Joxer.

Sonrió a Joxer con lascivia. Sus ojos azules relucían con mirada traviesa.

—La verdad es que debería ponerme en marcha —dijo Joxer.

—¡Oh, vamos! ¿Dónde vas a ir? Mira la hora que es. ¡Ya pasa de medianoche! Venga, siéntate, no vas a ir a ninguna parte.

—Bueno, vale.

Se acercó a la mesa con su estruendo metálico y se sentó.

—Toma un poco de vino, Joxer.

—No, gracias —dijo él—. Tengo que estar despierto y preparado para el combate, con todos los sentidos alerta, los instintos perfectamente afinados, preparado para entrar en acción al instante.

—Sí, eso está muy bien, Joxer —dijo ella—. Trabaja en ello.

Meg vació el vaso y se sirvió más vino.

—Joxer, cuéntame cosas de Gabrielle.

Se quedó sorprendido.

—¿ quieres que te hable de Gabrielle?

—Sí. ¿Conoces alguna buena historia sobre Gabrielle?

—¡Que si conozco historias buenas sobre Gabrielle! ¿Te enteraste de lo que hizo Gabrielle cuando Ares se hizo pasar por el padre de Xena?

—No. Cuéntamelo.

Y los dos enamorados de Gabrielle, la recién inscrita y el miembro fundador, estuvieron hablando hasta altas horas de la noche.


FIN


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