Ésta es Tara, mi ayudante

Alan Plessinger



Descargo: Xena, la Princesa Guerrera y los nombres, títulos y argumentos usados en Ésta es Tara, mi ayudante son propiedad exclusiva de MCA/Universal. El autor no pretende infringir sus derechos de autor al escribir este fanfic.
Esto es un relato tipo "¿Qué habría pasado si...?". El "¿Qué habría pasado si...?" debería ser evidente si habéis visto el episodio Perdonada.
Alan Plessinger

Título original: This Is Tara, My Sidekick. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2004


Capítulo 1

Tara se vistió rápidamente y recogió su morral con sus pertenencias. Su hermana Lila oyó que se marchaba. Se incorporó en la cama.

—¿Dónde vas? —preguntó.

—Voy a seguir a Xena. Quiero ser guerrera, como ella. Ella quiere ser buena persona y si viajo con ella, tal vez yo también pueda ser buena persona.

Lila se levantó de la cama y se acercó a Tara.

—Pues que te den —dijo Lila.

—¡Cállate! —dijo, y golpeó a Lila con el puño justo en la boca, con la fuerza suficiente para tirarla.

Lila se quedó mirándola desde el suelo. Estaba tan acostumbrada a que Tara le pegara que ya casi ni lo notaba.

—¡Espero que te maten, zorra asquerosa! —dijo Lila.

—¡Cállate! ¡Voy a unirme a Xena y a convertirme en una buena persona!

—Pues no has empezado muy bien —dijo Lila.

—¡Cállate! ¡Puedo ser buena persona! ¡Vosotros, que sois una panda de desgraciados, sois los que no paráis de decirme que no soy buena, eso es lo que me lleva a hacer cosas malas!

—Vete al Tártaro.

—¡Cállate!

—Vas a ser un asco de persona vayas donde vayas. No nos eches la culpa a nosotros.

—¡Cállate!

—El arte que tienes al hablar va a dejar muy impresionada a Xena.

—¡Cállate! —gritó Tara, y salió corriendo por la puerta.


Capítulo 2

Gabrielle estaba sentada en la taberna hablando con un sacerdote de Apolo. Habían robado una urna valiosa e importante y el sacerdote necesitaba la ayuda de un héroe para recuperarla. Estaba intentando dar con Hércules. Los bardos solían intercambiar noticias y mantenerse al tanto de dónde estaban diversos héroes.

Gabrielle le dijo lo que sabía y el sacerdote se marchó.

Gabrielle se quedó ahí sentada, trabajando en un pergamino, y entonces el contenido de una copa de vino salió volando de la mesa de al lado y aterrizó encima del pergamino.

Miró a la jovencita que había tirado el vino.

—¿Te puedo ayudar en algo? ¿Hay algo que no te gusta?

—Tu cara —dijo Tara.

—Pues no la mires —dijo Gabrielle, y continuó trabajando. Tara lanzó un puñado de gachas de avena y alcanzó a Gabrielle en un lado de la cabeza.

Gabrielle se levantó.

—¿Por qué no me dejas en paz? No te he hecho nada.

—¿Qué clase de cobarde eres? ¿Por qué no luchas conmigo?

—No voy a luchar contigo —dijo Gabrielle.

Tara se lanzó sobre ella de inmediato, le tiró del pelo e intentó arrancarle la oreja de un mordisco. Gabrielle gritó y trató de quitarse de encima a la jovencita.

Xena volvió a entrar en la taberna y las separó.

—¿Qué Tártaro pasa aquí? ¿Quién eres tú? —le preguntó a Gabrielle—. ¿Qué le has hecho a mi ayudante?

—Nada —dijo Gabrielle.

Xena miró a Gabrielle y la creyó al instante. Se volvió hacia Tara para que le diera una explicación.

—Sólo me estaba divirtiendo un poco, Xena —dijo Tara.

Xena echó un vistazo a la oreja de Gabrielle.

—Estupendo. Hay que darte puntos.

Se volvió hacia Tara y le pegó un puñetazo en la mandíbula.

—¡Oye! ¡No le hagas daño! —dijo Gabrielle.

—Tú no me digas... —dijo Xena, y se calló al ver la expresión preocupada de Gabrielle.

—¡Métete en tus puñeteros asuntos! —dijo Tara.

Xena estuvo a punto de darle otro puñetazo, pero se contuvo.

—Soy Xena. Ese asco de cría es Tara, mi ayudante.

—Gabrielle.

—Venga. Vamos a curarte.

Xena llevó a Gabrielle a su campamento. Era de noche y Xena no tardó en encender una hoguera.

—¿Por qué estabas comiendo gachas por la noche? —le preguntó Xena a Tara.

—Nadie se las come —dijo Tara—. Se piden para tirárselas a la gente.

Xena envió a Tara a buscar más leña para el fuego, reprimiendo las ganas de darle una patada en el culo al pasar. Xena sacó sus cosas, lavó la oreja y le aplicó un ungüento. Luego se puso a coser la oreja, con puntos muy pequeños. Gabrielle se agarraba las manos con fuerza y intentaba no pensar en el dolor.

Cuando acabó, Gabrielle le preguntó a Xena:

—¿Eres una heroína?

Xena se echó a reír.

—¿Yo? ¿Una heroína? No. ¿Por qué dices eso?

—Has dicho que es tu ayudante. Ése es un término que usan los héroes.

—En otra época pensé que podría ser una heroína, pero sólo me estaba engañando. No eran más que sueños. Supongo que no debería llamarla mi ayudante. Eso es insultar a todos los héroes auténticos. No, soy la cosa más alejada que hay de una heroína. Soy una señora de la guerra.

Había un matiz de profunda pena en la voz y los ojos de Xena al decirlo.

—No te comportas como un señor de la guerra.

—¿Por qué? ¿Es que conoces a alguno?

—No, gracias a los dioses. No de cerca, pero los he visto de lejos. No hablan con sus hombres, los zarandean y les gritan.

—Oh, eso sé hacerlo. Sé cómo mantener la disciplina de mi ejército.

—¿Y dónde está tu ejército?

—Lo perdí.

—¿Por qué? ¿Cómo?

—Qué cotilla eres, ¿no?

—Soy bardo. Así acumulo historias.

—¿Eres bardo?

—Antes era bardo itinerante, pero las cosas son demasiado peligrosas para que una mujer viaje sola. Hay ladrones, asesinos. Violadores.

—¿Te han violado?

—No. Eché a correr como Hermes. Me escapé. Pero faltó poco.

Xena se miró las manos.

—Yo mataría a quien intentara hacerte eso.

Xena cogió un palo puntiagudo y atizó el fuego.

Gabrielle preguntó:

—¿Y cómo perdiste tu ejército?

—Ah, la vieja historia de siempre —dijo Xena, contemplando las llamas—. Demasiado buena para ser mala, demasiado mala para ser buena.

—¿Qué ocurrió?

—Tengo una norma estricta contra la matanza de mujeres y niños en cualquier aldea. La violación de mujeres es otra cosa. Tenía que permitirlo o quedarme sin soldados para mi ejército. Miraba hacia otro lado e intentaba no pensarlo. Una noche decidí que no podía seguir consintiéndolo. Lo cual fue una estupidez por mi parte. Mis guerreros empezaron a desertar por la noche, marchándose a otros ejécitos. Una noche pillé a uno de ellos que se iba y tuve que darle un castigo ejemplar. Y la situación fue a peor. Me atacaron todos a la vez.

Xena partió el palo en dos y lo tiró al fuego.

—Maté a siete de ellos. Los demás huyeron como ratas. Pero ahora mismo estoy reuniendo otro ejército.

—¿Y violarán a las mujeres de las aldeas?

—Sí. No tengo elección.

—Xena, tú no quieres ser señora de la guerra, ¿verdad?

Xena miró sorprendida a Gabrielle.

—Es lo único que sé hacer, Gabrielle. Si no lo hago yo, otro lo hará.

—Dijiste que querías ser heroína. ¿Qué pasó?

—Gabrielle, ésta no es la clase de historia que se puede contar en una taberna. No tiene un final feliz, a menos que mañana me atraviese una espada.

—Por favor, cuéntamelo. Siento curiosidad.

Xena miró a los ojos bondadosos de Gabrielle, llenos de aceptación, y se dio cuenta de que tenía que dejar claro lo mala persona que era, porque Gabrielle simplemente no lo entendía.

—Vale. Mi primera heroicidad fue salvar a Tara y al resto de su aldea de ser esclavizados. A los aldeanos les dio igual que los salvara o no. Querían que me fuera. De modo que regresé a Anfípolis, mi pueblo. No sabía que Tara me estaba siguiendo. Me enteré de que un señor de la guerra con el que en otro tiempo tuve una alianza se iba a apoderar del pueblo y quise avisarlos.

—¿Qué ocurrió?

—Que intentaron lapidarme.

Gabrielle colocó la mano con ternura sobre los dedos de Xena. Ésta se volvió y la miró.

—¿Tara estaba allí?

—Sí.

—¿Dijo algo?

—Sí. En cuanto me alcanzó la primera piedra, gritó: "No vas a aguantar eso, ¿verdad?" Y me alcanzaron más piedras y yo intenté aguantar y mantenerme tranquila y concentrada, y Tara seguía gritando: "¡Mátalos, Xena! ¡Mátalos a todos! No vas a aguantar esto, ¿verdad?" Y de repente me di cuenta de que no, no iba a aguantarlo. Cogí la espada y maté a su líder, el que había llevado la voz cantante. Los demás huyeron.

Xena se calló, esperando a que Gabrielle reaccionara.

—¿Qué ocurrió entonces?

—Que salve a mi pueblo del señor de la guerra. Tara no paraba de decirme que no lo hiciera. Decía que podíamos empezar a ser heroínas otro día y que nos fuéramos a un sitio donde los aldeanos no hubieran intentado matarme. Pero salvé Anfípolis y mi madre me dijo que me marchara y no volviera nunca. Y después de eso, las cosas fueron bien, durante un tiempo. Conseguí salvar a muchas personas inocentes.

—¿Y cómo te sentías al hacer eso?

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir que cómo te sentías al hacer eso.

Xena contempló el fuego.

—Me sentía bien.

Entonces Xena bajó la vista al regazo y cerró los ojos.

—Me sentía maravillosamente, Gabrielle. Por los dioses, qué bien me sentía. Nunca hasta entonces me había sentido tan bien y tampoco desde entonces. Durante ese breve período me sentí hasta orgullosa de mi vida y orgullosa de lo que estaba haciendo. Deseaba tener a alguien con quien poder compartirlo.

—¿Y Tara?

—Tara sólo buscaba una excusa para romper cabezas y golpear a la gente. Le daba igual el por qué. No lo entendía. Para ella no era más que un gran chiste.

—¿Y por qué lo dejaste?

—No contaba con ciertos detalles. No sabía que Ares, el dios de la guerra, iba a intentar tentarme para que volviera a ser una señora de la guerra. Se hizo pasar por mi padre, desaparecido hacía mucho tiempo. Me hizo creer que una aldea era responsable del asesinato de mi padre. Y perdí la cabeza, Gabrielle. Me hice con el control de un ejército y me apoderé de la aldea. Y mi padre, el que creía que era mi padre, murió en mis brazos, y yo di la orden que sabía que iba a dar. Dije: "¡Matadlos a todos!" Y Tara estaba a mi lado y soltó un grito de júbilo, como si fuera lo que llevaba esperando toda su vida.

Xena miró a Gabrielle, con los ojos llenos de rabia y dolor.

—Y lo hicieron. Y se acabó el sentimentalismo y la salvación de mujeres y niños. Una aldea entera ya no existe porque fui una estúpida y porque me dejé manipular y retorcer con tanta facilidad por Ares. Hice más daño como heroína que el que podría hacer jamás como señora de la guerra.

Xena se dio cuenta de que estaba a punto de echarse a llorar y apretó las manos con fuerza y reprimió el llanto. La mera idea de lo que diría Tara si la veía llorar le daba tanta rabia que tenía ganas de dar de bofetadas a Tara.

—Y eso es todo. Decidí dejar de engañarme. Hace falta algo más que fuerza y habilidad para ser una heroína, hace falta carácter, y yo no lo tengo. Soy una señora de la guerra y eso es lo único que seré toda mi vida.

—Lo siento —dijo Gabrielle.

—¿Lo sientes? ¿Por mí? ¡No te atrevas a sentir lástima por mí!

—Lo siento por todas esas personas inocentes a las que nunca has llegado a ayudar, porque decidiste rendirte.

Xena estaba a punto de contestar con rabia, pero llegó Tara con los brazos cargados de leña y Xena descargó su rabia en cambio contra Tara.

—¡Ahí estás! ¿Dónde Tártaro te habías metido? ¿Cuánto se tarda en recoger un poco de leña? ¡Ven aquí!

Tara soltó la leña y se acercó a Xena. Ésta la agarró por los brazos. Tara sabía lo que iba a suceder y trató de escapar, pero Xena la agarró con fuerza.

—Gabrielle, ven aquí.

Gabrielle fue y se quedó ante las dos.

—Golpéala.

—¿Qué?

—Golpéala con fuerza. Ahora mismo.

—No.

Tara se echó a reír e intentó darle una patada a Gabrielle, pero Xena plantó un pie delante de sus piernas.

—No le tengas miedo, Gabrielle. Me aseguraré de que nunca más vuelva a tocarte.

—No voy a golpearla.

—Gabrielle, ésta es la única forma de librarse de la rabia y el odio. Lo sé.

—No estoy enfadada y no la odio. No voy a golpear a nadie y tú tampoco la vas a golpear, Xena. Deja de maltratar a esta pobre chiquilla.

Gabrielle se alejó de las dos. Xena apartó bruscamente a Tara y fue detrás de Gabrielle. Tocó a Gabrielle en el hombro y Gabrielle se volvió hacia ella.

Tocó la cara de Gabrielle con cautela.

—¿Qué?

—Nada —dijo Xena—, es que... eres real.

Gabrielle sonrió y su sonrisa era bella y radiante.

—Claro que soy real —dijo.

—Escucha, Gabrielle, te voy a compensar por esto. ¿Cuánto tiempo hace que no te das un buen baño caliente?


Capítulo 3

Era la primera vez que Gabrielle se daba un baño caliente. No podía creerse el gusto que daba estar metida hasta el cuello en la maravillosa agua cálida: ni demasiado caliente, ni demasiado fría. Se reclinó y disfrutó de ello.

Se puso tensa al oír que venía alguien, temerosa de que fuera Tara. Pero se relajó y sonrió al ver que se trataba de Xena.

—Hola —le dijo a Xena.

—Hola. Sólo quería asegurarme de que estabas bien —mintió Xena.

—Oh, estoy muy bien. Esto es maravilloso.

—Pues te dejo en paz.

—No, no te vayas. ¡Métete conmigo! Tanta agua para una sola persona es un desperdicio. Esta bañera es enorme.

—No me parece buena idea.

—¿Por qué no?

—No sé. Tara me está esperando.

—Invítala a ella también.

—Ésa sería una idea aún peor.

—Vale, pero al menos tú sí puedes bañarte conmigo, ¿no?

—No.

—Xena... —dijo, y alargó la mano con gesto de invitación. Xena sonrió y ladeó un poco la cabeza, contemplando a Gabrielle, que le sonrió a su vez.

¿Cómo consigue hacerme esto?, pensó Xena mientras empezaba a quitarse la ropa. No puede ser sólo su sonrisa, ni esos ojos asombrosos e increíbles. ¿Qué es lo que tiene que hace que me den ganas de hacer cualquier cosa por ella?

Xena se quitó la armadura, la ropa de cuero y todo lo demás que llevaba. Gabrielle seguía con la mano extendida como invitación mientras esperaba a que Xena se desnudara. Cuando Xena entró por fin en la bañera, cogió la mano de Gabrielle. Xena se quedó paralizada y sus ojos se clavaron en los de Gabrielle.

—No es más que un baño caliente —dijo Xena.

—¿Qué?

—Nada.

Se metió en la bañera, se relajó y sonrió a Gabrielle.

—A veces —dijo Xena—, me da como una cosa y empiezo a pensar que las cosas tienen mucha más importancia de la que tienen en realidad.

—¿Como la violación de las mujeres de una aldea?

—Gabrielle, no sé por qué te he contado esa historia. Normalmente no hablo tanto de mí misma. Sé que eres bardo, pero espero que no le cuentes a nadie lo que te he dicho.

—No lo contaré. Deja que te lave la espalda, Xena.

—No es necesario.

—¿Por favor? Quiero hacerlo. Yo te lavo la espalda y luego tú puedes hacérmelo a mí.

—Mm, vale.

Se lavaron mutuamente y Xena dijo:

—Gabrielle, no quiero que pienses que aquí va a pasar algo.

—¿Qué quieres decir?

—Pues que como las dos estamos desnudas, pues ya sabes. No quería que tuvieras miedo de que fuera a ocurrir algo.

—¿Como qué?

—Como ya sabes...

—¿Como hacer pis en la bañera?

Xena se volvió en el agua y miró a Gabrielle.

—Sí, eso es. Hacer pis en la bañera.

Gabrielle miró muy seria a Xena, luego sonrió, echó la cabeza hacia atrás y estalló en carcajadas.

—¡De verdad debes de pensar que tengo tres años! —dijo—. ¡Como si nunca hubiera leído a Safo! ¡Hazme el favor! ¡Hacer pis en la bañera!

Xena bajó la mirada hacia el agua y sonrió. Luego se echó a reír. Siguiendo un impulso, salpicó a Gabrielle con un poco de agua. Gabrielle la salpicó a su vez y al poco se estaban salpicando la una a la otra como un par de crías.

Cuando terminaron se quedaron ahí sentadas, sonriéndose. Xena no sabía muy bien qué pensar de lo que acababa de ocurrir.

¿Qué ha pasado?, pensó.

Con un esfuerzo, dejó de sonreír y se levantó.

—Vale, me tengo que ir —dijo.

—No, quédate, Xena. ¡Venga! Me encanta estar contigo.

—¿Que te qué?

—He dicho que me encanta... estar contigo.

Xena miró a esta joven maravillosa y pensó: Ésta es una vida de la que no puedes formar parte. Ésta es una vida que no te mereces. Ni siquiera un solo día.

—Adiós, Gabrielle.


Capítulo 4

Xena se secó rápidamente y se vistió en la estancia exterior, salió de la habitación y avanzó por el pasillo. Dobló la esquina y se apoyó en la pared, observando la entrada de la habitación.

Ah, cuánto envidio a tu marido, quienquiera que resulte ser, pensó. Y ruego a Ares que nunca llegue a conocer a nadie como tú en alguna aldea que conquiste, porque eso me detendrá en seco. Pero es improbable. No podría haber otra como tú en ninguna parte.

—Ahí estás. ¿Qué Tártaro estabas haciendo? —dijo Tara detrás de ella.

—Comprobando cómo estaba, como ya te dije.

—Tienes el pelo mojado. ¡Estabas en la bañera con ella! Te estabas tirando a esa zorrita, ¿no? ¡Ah, se acabó! ¡Voy a ahogar a esa pequeña cretina! ¡La voy a matar!

Xena agarró a Tara del pelo y la estampó contra la pared.

—Escúchame bien, putilla asquerosa, ¡jamás vuelvas a hablar así de ella! Te lo juro por todos los dioses que ha habido y habrá, ¡si alguna vez vuelves a hacerle daño, te mataré, Tara! ¡Juro que te destruiré! Te arrastraré detrás de un caballo y te tiraré por un acantilado, y si quieres descubrir lo que se siente con eso, no tienes más que creer por un segundo que no lo digo en serio, ¿me oyes?

—¡Suéltame! ¡Xena, ese bichejo te está ablandando!

¿Ablandando? —dijo, y levantó a Tara del suelo. La sostuvo contra la pared con una sola mano aferrándole la garganta. Tara tiró de los poderosos dedos que le rodeaban el cuello.

—¿Xena? —dijo la voz de Gabrielle detrás de ella. Estaba atisbando por detrás de la puerta.

—No pasa nada, Gabrielle.

—Xena, por favor, déjala. No le hagas daño. Por favor.

Xena aflojó la mano y dejó que Tara cayera al suelo.

—Lo siento, Gabrielle —dijo Xena, y Gabrielle volvió dentro.

Tara se quedó mirando a Xena, con los ojos rebosantes de odio.

—¡Lo siento, Gabrielle! ¡Lo siento, Gabrielle! ¡Intentas estrangularme y lo único que dices es Lo siento, Gabrielle! ¡Te juro que voy a romperle el cuello a esa santita!

Xena golpeó a Tara en la frente, haciendo chocar su cabeza con la pared. Tara se alejó de Xena, sujetándose la cabeza.

—Está bien, no le haré daño, pero no puedes impedir que la odie.

Xena golpeó a Tara de nuevo en la parte posterior de la cabeza mientras bajaban por el pasillo.

Tara dijo:

—Ándate con ojo o le diré a tu jefecilla que me estás haciendo daño. Te vas a meter en un lío.


Capítulo 5

La noche siguiente Xena no podía dormir y dejó a Tara durmiendo para adentrarse en un claro y contemplar las estrellas. A Tara no le interesaba contemplar nada que no pudiera romper o destruir.

Mientras observaba el cielo nocturno, oyó a Gabrielle detrás de ella. Sin mirar, dijo:

—Hola, Gabrielle.

—¿Cómo has sabido que era yo?

—No es difícil recordar el sonido de tus pasos. ¿Qué haces aquí? ¿Quieres otra oportunidad para pegar a Tara?

—No.

La rodeó y miró a Xena directamente a los ojos.

—Quiero viajar contigo.

Xena se echó a reír.

—Gabrielle...

—Pero no con Xena la señora de la guerra. Con Xena la heroína.

—Gabrielle, eso no es más que un sueño de locos.

—Quiero formar parte de ese sueño.

—Gabrielle, no malgastes el tiempo conmigo. No soy una heroína. Jamás lo seré. No tengo el carácter necesario para seguir el camino de la virtud.

—Yo creo que sí. Creo en ti.

Xena sacudió la cabeza.

—No tengo nada en lo que puedas creer. ¿De verdad piensas que te puedes convertir en buena persona sólo por desearlo? Eso creía yo, pero no es cierto. Los héroes nacen, no se hacen, y yo nací para ser señora de la guerra y saquear aldeas y matar sin remordimientos.

—Sientes remordimientos.

—Ah, ahí es donde te equivocas, Gabrielle. No siento remordimientos porque nunca he dejado de asesinar y nunca lo dejaré. Si lo dejara, tendría que enfrentarme a lo que he hecho y vivir con ello. Todos los hijos de tantas madres a los que he enviado al otro lado, toda la sangre, todo el dolor y el horror que he causado, y tendría unos remordimientos que jamás terminarían. Es mejor tener siempre otra aldea que conquistar, siempre otra batalla que planear, porque o hago eso o me enfrento a las pesadillas cada noche de mi vida.

—No te enfrentarás a ellas tú sola.

—Gabrielle, por favor, olvídate de mí. Soy una causa perdida. Yo no tengo la capacidad para el perdón que tienes tú. No voy a defraudarte como he defraudado a todas las demás personas de mi vida.

—Xena, sé que puedes hacer grandes cosas. Sé que llevas el bien dentro de ti.

—¿Cómo lo sabes? ¿Porque te he cosido la oreja? Un pequeño acto de bondad no significa nada.

—Te quiero, Xena. Lo sé porque te quiero.

Xena miró atónita a esta mujer. No tenía ni idea de cómo responder a esta idea increíble.

¿Cómo sería despertarse al lado de una mujer como ésta todas las mañanas? ¿Cómo podría ser digna alguna vez de la felicidad que Gabrielle podía darle? ¿Una felicidad que podría arroparla como una cálida manta?

¿Cómo podría ser alguna vez digna de este amor?

—Gabrielle, ni se te ocurra bromear con una cosa así. No me conoces. Me conoces desde hace dos días. Mi madre me conoce de toda la vida y me odia. Me dijo que me fuera de Anfípolis y no volviera jamás.

—Volverás. Algún día te recibirá de nuevo con los brazos abiertos. Te lo prometo. Xena, vas a tener que fiarte de mí con este tema. Sé que lo deseas. Noto cuánto deseas ser buena persona y hacer cosas buenas por la gente. ¿Recuerdas cómo te sentías? Yo también lo sentía, sólo de oírte describirlo. Quiero ayudarte a que vuelvas a sentirte orgullosa de tu vida, porque ya no tienes ánimos para ser una señora de la guerra.

—Gabrielle, por favor, no puedo seguir escuchándote. Por favor, aléjate de mí. No te conviene tener nada que ver conmigo. Soy peligrosa. Soy una persona horrible.

—No, no es cierto —dijo Gabrielle, y avanzó un paso hacia Xena.

—¡Para! ¿Te crees que esto es un juego? —dijo Xena, y golpeó a Gabrielle con el dorso de la mano, con fuerza suficiente para derribarla y dejar un buen moratón.

Xena miró a la contusionada Gabrielle y se esperaba que Gabrielle la mirara conmocionada y horrorizada, pero Gabrielle la miraba como si no hubiera motivo para sentirse sorprendida.

—¿Quieres viajar conmigo? ¿Quieres saber cómo es? ¡Pues así es como es, y pregúntale a Tara si no es cierto! Le he dado palizas e incluso he intentado matarla simplemente por cabrearme, ¡y a ti podría hacerte lo mismo, en cualquier momento, sin avisar!

—Lo sé —dijo, levantándose.

—¿Qué quieres decir con que lo sabes?

—Sé lo difícil que va a ser apartarte de tu pasado y buscar tu camino hacia la redención. Pero estoy aquí para ayudarte y no permitiré que te rindas. Y si pierdes el control y me pegas, tendré que esperar que recuperes el juicio antes de que me mates.

—¿Y si no lo recupero?

Gabrielle avanzó y se quedó lo más pegada a Xena que pudo.

—Pues entonces honra mi recuerdo.

Gabrielle estrechó a Xena en un abrazo. Sin pensar, los brazos de Xena rodearon a Gabrielle y Xena levantó la vista hacia las estrellas, sin poder dar crédito a la idea absurda de que esta dulce muchacha quisiera tener la menor relación con ella. Abrazó a Gabrielle con fuerza, aunque sabía que debía apartarla y luchar contra las lágrimas que se avecinaban. Llevaba años sin llorar. Tenía miedo de que si empezaba, no pudiera parar jamás.

Xena la abrazó aún más fuerte y le acarició el pelo.

—Gabrielle, yo...

Y llegó el llanto, y Xena dejó caer la cabeza sobre el cuello de Gabrielle y su cuerpo se estremeció sin control. Tara se echaría a reír si lo viera. Sus hombres se burlarían y ella tendría que dar un castigo ejemplar a uno de ellos. Sólo con Gabrielle estaba a salvo.

Y qué segura se sentía entre estos brazos. Sentía que podía confiar en que Gabrielle protegería su alma hasta las puertas de la eternidad. Qué bien se sentía. Se sentía como si tras una vida de vagar errante, por fin hubiera encontrado un hogar en brazos de Gabrielle.

Se apartó de Gabrielle y la miró directamente a los ojos.

—Nadie ha creído nunca en mí —dijo Xena—. Nadie.

Gabrielle le tocó la cara con ternura y Xena decidió que nadie salvo Gabrielle podría volver a tocarla de esta manera.

—¿Por qué haría alguien una cosa así por mí? —preguntó Xena.

—A veces hay algo que sabes que debes hacer. A veces hay un momento y un lugar que te parecen correctos. Éste es nuestro momento y nuestro lugar.

Xena pensó, pero no se atrevió a decir: ¿Cómo ha ocurrido esto? Eres mi dueña, Gabrielle. En dos días has tomado posesión de mi corazón y de mi alma.

En voz alta, dijo:

—Gabrielle, ¿de verdad puedo hacer esto? Por favor, no me mientas. No tienes ni idea de cuánto deseo hacer esto.

—Xena, todo irá bien. Puedes hacerlo.

—Más vale que no te equivoques o jamás te perdonaré.

—Oh, Xena —dijo—, no me equivoco.

—Gabrielle, si vas a viajar conmigo, no puedo seguir viajando con Tara.

—¡No! ¡Xena, ella también te quiere! ¡Se ha mantenido a tu lado en todo momento! Merece una oportunidad de descubrir el bien que lleva dentro.

—Créeme, no tiene el menor interés en descubrir el bien que lleva dentro. Lleva años envenenándome el alma y yo le he hecho lo mismo a ella.

—Xena, si vamos a estar juntas, va a haber ocasiones en las que tendrás que hacer las cosas a mi manera.

—Tal vez, pero ésta no es una de esas ocasiones. Ya va a ser bastante difícil con nosotras dos solas. No me la voy a llevar, Gabrielle. No voy a hacerte eso y no me lo voy a hacer a mí.

—¡Pero no es más que una cría! Al menos yo soy adulta. Apenas.

—Creo que conozco a alguien que puede ocuparse de ella. Pero no irá por su voluntad. Tendré que conseguir polvos somníferos. Gabrielle, ¿sabes dónde está la aldea de los centauros?

Gabrielle asintió.

—Reúnete conmigo en el tótem de las afueras, dentro de dos días a medianoche. Preparada para viajar.


Capítulo 6

Tara se despertó en una cama desconocida. Éste no era el mismo sitio donde se había quedado dormida. ¿Qué estaba haciendo aquí? Se incorporó en la cama y buscó a Xena. Echó las piernas al suelo y se sentó en el lado de la cama. Tenía la cabeza atontada. Pensó en intentar levantarse.

Un centauro apareció en la puerta. Así que se trataba de la aldea de los centauros. El centauro entró en la habitación con ruido de cascos.

—¿Dónde está Xena? —preguntó ella.

—Xena se ha ido.

—¿Qué quieres decir con que se ha ido? ¿Que se ha ido dónde? No se iría a ninguna parte sin mí.

—Te ha dejado una nota —dijo el centauro, y le pasó un pergamino. Tara tuvo que levantarse para cogerlo.

Tara pensó: Estos monstruos malolientes están construidos lejísimos del suelo. ¿Cómo consiguen hacer las cosas? Todo tiene que estar hecho a su medida. ¿Pero qué hacemos aquí? Me alegro de que no vayamos a pasar mucho tiempo con estos animales.

Tara desenrolló el pergamino. Apenas sabía leer y tenía que ir pronunciando las palabras, moviendo los labios al leer.

Tara,
Lo siento, pero nos separamos. Voy a viajar con Gabrielle. Los centauros te cuidarán bien. Les he dejado hasta el último dinar que tenía. Si vas a odiar a alguien, y sé que lo vas a hacer, ódiame a mí, no odies a Gabrielle. Ésta es decisión mía.
Sé que es una guarrada y lo siento, pero necesito hacer esto. Es mi oportunidad de hacer algo bueno con mi vida. Sé que tú siempre has pensado que intentar ser buena era un gran chiste, lo cual es la razón de que ya no pueda seguir viajando contigo. No espero que lo comprendas, pero lo de Gabrielle va en serio. Ella es todo lo que siempre he deseado ser y me ha hecho pensar y sentir cosas que llevaba mucho tiempo sin sentir. Me ha dado el valor para intentar cambiar mi vida.
La amo, Tara. Adelante, ríete, pero es cierto. La necesito. Necesito estar con ella.
Me siento fatal por esto y me siento fatal por la forma en que te he tratado. Al menos los centauros no te pegarán tanto como yo. Ésta no es la forma correcta de emprender una vida de hacer el bien, pero no tengo elección.
Lo siento.
Xena

—¡Esa pequeña zorra! —gritó Tara y tiró el pergamino al otro lado de la habitación—. ¡Esa cretina pelirroja! ¡La voy a matar! ¡Juro que la voy a matar!


Capítulo 7

Tara estaba sentada junto al fuego y se preguntaba qué era lo siguiente que iba a hacer. Sólo le quedaba comida para unos pocos días y el pueblo más cercano estaba demasiado lejos para llegar andando en un día o incluso en tres.

De repente, deseó haber prestado atención a Xena cuando intentaba enseñarle a poner trampas y sobrevivir en el bosque.

Recordó aquella noche de hacía un año, cuando Xena la abandonó en la aldea de los centauros. ¿De verdad pensaba Xena que se iba a quedar con esos monstruos? En cuanto descubrió dónde guardaban los dinares que les había dejado Xena, cogió el dinero y huyó como una ladrona.

Encontró una taberna dispuesta a servirle y se puso como una cuba. Luego estuvo pasando de una banda de ladrones a otra, haciendo trabajos, ganándose su confianza, descubriendo dónde guardaban el botín, cogiéndolo y huyendo. Cinco bandas en un año.

Pero por fin se había corrido la voz y ninguna banda quería tener nada que ver con ella. Tendría que haber guardado parte del botín en lugar de perderlo en el juego o fundírselo en alcohol y comilonas.

Justo cuando se preguntaba si Autólicus estaría dispuesto a acogerla, Gabrielle entró en el claro.

—Tú —dijo Tara con tono grave y amenazador.

—Hola, Tara. Te traigo una pequeña ofrenda de paz.

Llevaba una bolsa de tela en la que había un poco de carne seca y queso.

—Preferiría morirme de hambre antes que aceptar nada tuyo.

—Siento que pienses así. Xena y yo hemos estado hablando. Si quieres, nos gustaría que viajaras con nosotras de nuevo.

—No es "de nuevo", zorra estúpida. Éramos Xena y yo y nada más. ¿Y dónde está Xena?

—Por aquí cerca.

—Bien —dijo Tara, cogiendo un leño humeante del fuego—. Así puede volver a coserte la oreja.

Atacó a Gabrielle con el leño. Gabrielle bloqueó fácilmente el golpe con su vara, golpeó a Tara en el estómago y le levantó los pies por el aire.

Tara se quedó mirando a Gabrielle desde el suelo, asombrada. Había oído historias sobre Gabrielle y su vara, pero no se las creía.

—No he venido a luchar, Tara.

—¿Te crees que te tengo miedo sólo porque tú tienes ese palo?

Tara volvió a levantarse y se lanzó contra Gabrielle. Ésta apartó las manos de Tara de un golpe antes de que pudieran aferrarle la garganta. Metió la vara detrás de las rodillas de Tara y la tiró al suelo.

—¡Quédate ahí, Tara! ¡No quiero tener que volver a pegarte!

—¡Tú me quitaste a Xena! —vociferó Tara, y fue directa contra Gabrielle. Ésta hizo un giro y golpeó a Tara en la nariz con la vara.

La nariz chorreó sangre.

Gabrielle se dio cuenta de inmediato de que era demasiado. Tara cayó al suelo y se echó a llorar. Xena apareció ahí al segundo, como si hubiera salido de la nada, y estrechó a Tara entre sus fuertes brazos.

—Soy mala —sollozó Tara—. No sirvo para nada.


Capítulo 8

Gabrielle se disculpó por lo que había hecho y las dejó a solas. Se sentía avergonzadísima.

Xena mojó un trapo en el arroyo cercano y lavó la sangre de la cara de Tara.

—Dime la verdad, Tara, ¿alguna vez has querido de verdad ser buena persona o era algo que decías por decir?

—No lo sé. Supongo que nunca me lo planteé en serio. Sólo quería salir de ese estúpido pueblo y alejarme de mi familia y quería viajar contigo porque me parecías una tía molona.

—Oye, que todavía soy molona. Se puede ser buena persona y seguir molando. Soy una guerrera vestida de cuero, ¿a que mola?

—Sí. Bueno, ¿y viajar con la pequeña reina de la belleza está resultando ser todo lo que pensabas que iba a ser?

—Bueno, este último año ha sido muy duro. En su mayor parte ha conseguido mantenerme en el buen camino, pero ha sido duro para las dos. Supongo que te alegrará saber que hubo una ocasión en que intenté matarla.

—Ojalá pudiera haber estado ahí para verlo.

—Tara, si le abrieras tu corazón, te darías cuenta de la persona tan maravillosa que es. Lo único que has hecho es intentar hacerle daño y ella lo único que ha hecho es preocuparse por ti e impedirme hacerte daño.

—Me acaba de dar una paliza, Xena.

—Eso se llama defensa propia. Me he asegurado de que lo hacía bien antes de dejar que se acercara a ti. ¿Por qué la odias?

—Odio a todo el mundo. Y todo el mundo me odia a mí.

—Ella no te odia. Intentó convencerme para que no te dejara. Se ha pasado la mayor parte de este último año preocupada por ti y preguntándome si podíamos invitarte a que volvieras.

—Pues qué bien. Quiero volver a viajar contigo, Xena, pero sin ella. ¿Pero quién preferiría a una cría fea como yo antes que a alguien como ella? Las dos sois tan guapas que seguro que os pasáis el día mirándoos la una a la otra. Y yo tengo que abrirme de piernas sólo para conseguir que los tíos me hagan caso.

—Tara, no tienes por qué vivir así. No tienes por qué ser así. Puedes cambiar toda tu vida con dar un solo paso en la dirección adecuada. Nadie lo sabe mejor que yo. Pero Gabrielle y yo no nos podemos separar, Tara. No te creerías cuántos lo han intentado. La amo, Tara. Me hace tan feliz. No soporto estar sin ella, así que, por favor, no me lo pidas. Sé que te traté mal y lo lamento. No sé si te trataba tan mal porque no eras buena o si no eras buena porque te trataba tan mal. Tal vez las personas como tú y como yo empezamos a hacer el bien porque llevamos tanto tiempo siendo malas que estamos hartas y estamos preparadas para probar otra cosa. A lo mejor tú todavía no has llegado a ese punto, no lo sé. Pero ésta es tu gran oportunidad. Ven con nosotras, Tara. Cambia tu vida.

Xena le ofreció la mano a Tara. Ésta la miró y el gesto no le dijo nada.

—Dile a la rubita que se muera y hablaremos.

Xena la dejó y subió la colina para hablar con Gabrielle. Tara se levantó y se puso a recoger sus cosas y meterlas en su morral.

¿Por qué tenía que haberla dejado Xena? Ella se había quedado con Xena cuando nadie más quería hacerlo y entonces llegó esta bobalicona con sus mohínes y le robó a Xena.

Ah, lo que daría por los viejos tiempos en que Xena era temida y odiada. Por mucho que Xena la golpeara y por mucho que ella odiara a veces a Xena, Tara estaba segura de que si se hubiera quedado con Xena el tiempo suficiente, ella también podría haber sido temida y odiada.

Ahora lo único que oía era: Oh, ¿te has enterado de lo que han hecho Xena y Gabrielle? ¿Te has enterado de lo que le ha pasado a Gabrielle? ¿Te has enterado de lo que le ha pasado a Xena?

Podría haber sido ella. Podría haber sido famosa.

Gabrielle volvió a bajar por la colina. Tara aceleró la recogida, porque no quería enfrentarse a ella.

Gabrielle se acercó a Tara y dijo:

—Tú ganas, Tara. Es tuya.

Y se alejó.

Tara se volvió para mirar a Xena, que bajaba por la colina hacia ella. Maldición, su rostro estaba lleno de dolor. Xena intentaba ocultarlo, pero la tristeza y la rabia e incluso el miedo eran evidentes en sus facciones y en su lenguaje corporal.

Tara miró la espalda de Gabrielle. Ésta no había mirado atrás y no había dejado de caminar.

Echó a correr detrás de Gabrielle y la detuvo.

—¿Qué quieres decir con "es tuya"?

—Ya tienes lo que quieres.

—¿Ella te ha dicho que te largues?

—Tara, ya tienes lo que quieres. ¿Qué más da cómo lo hayas conseguido? Cuida bien de ella.

Gabrielle siguió caminando.

—¡Maldita sea! —gritó Tara—. ¡Estoy hasta las narices de ti!

Cogió una piedra de buen tamaño y se la tiró a Gabrielle a la cabeza. Gabrielle se detuvo y se sujetó la cabeza, luego se volvió y miró a Tara.

—Ay —dijo.

—¡Eso es por darme una paliza y por pensar que eres mejor que yo! ¡Pues no eres mejor que yo! ¡Me odias, y si no me odias es que eres más estúpida de lo que pareces! ¡No te necesito y no necesito a Xena! ¡No os necesito a ninguna de las dos para ser buena! ¡Puedo ser buena por mi cuenta si quiero!

Tara echó a andar furiosa por el camino, alejándose de Gabrielle. Xena llegó detrás de Gabrielle y se quedó mirándola mientras se alejaba.

—¿Así que el cambio de ayudantes se pospone?

—Sí.

—Gracias a los dioses. No sé qué habría hecho sin ti. ¿De verdad estabas dispuesta a marcharte?

—Si no me hubiera quedado más remedio. Tenía la esperanza de que Tara no me lo permitiera.

Xena puso una mano en el cuello de Gabrielle y luego la subió y tocó la cara de Gabrielle con ternura. Gabrielle se apoyó en la caricia.

—Gabrielle, cada vez que pienso que me has asombrado más de lo que podrías asombrarme en tu vida, vas y haces algo como esto. Eres pura magia, Gabrielle.

—Si tan mágica soy, ¿por qué no consigo llegar a esa pobre chiquilla? Estoy muy preocupada por ella, Xena.

—Lo sé. Estoy segura de volveremos a verla. De una forma u otra. Vamos, deja que eche un vistazo a ese chichón que tienes en la cabeza.


FIN


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