¿Por qué te sometes?

Alan Plessinger



Descargo: Xena, la Princesa Guerrera y los nombres, títulos y argumentos usados en ¿Por qué te sometes? son propiedad exclusiva de MCA/Universal. El autor no pretende infringir sus derechos de autor al escribir este fanfic.
Alan Plessinger

Título original: Why Do You Submit? Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Capítulo 1

Gabrielle, mi Gabrielle, estaba cada vez más furiosa. Daba vueltas de un lado a otro por mi celda, echando humo, cada vez más iracunda.

—¿Por qué siempre haces esto? —gritó—. Plantas cara a reyes, dioses, señores de la guerra, pero el cincuenta y uno por ciento de un pueblecito de nada elige a este memo de magistrado, ¡y te sometes a él como un perro apaleado!

—No es un memo, Gabrielle. Es un buen hombre. Conoce los hechos y conoce la ley.

—Xena, no puedes permitirle que te haga esto. Él no lo entiende.

—¿Y da igual que sea culpable?

—Sí, eres culpable, eres culpable de muchas cosas. Así que ¿por qué no te entregaste sin más hace mucho tiempo?

—Tal vez debería haberlo hecho —dije.

—Xena...

—¿Vamos a fingir una vez más que fue una persona distinta la que hizo todas estas cosas?

Gabrielle se acercó a mí y me cogió la cara entre sus manos. Santo Dios, cómo la quería.

—Xena, eres la mejor guerrera que he conocido en mi vida y esto es simplemente una guerra con otro nombre. Cuando vayamos a ese tribunal, Xena, vas a luchar por tu libertad, codo con codo conmigo. Esta vez no voy a librar sola tus batallas legales. Si te quedas ahí sentada en silencio, como has hecho otras veces, ¡te juro que te doy una bofetada delante de todo el mundo!

—Tú no harías...

—¿Que no? Espera y verás. Vamos a convencer a ese magistrado de que ya has pagado con creces por tus crímenes.

—¿Y si no lo conseguimos?

—Entonces nos marchamos. Si no ve la verdad, no merece la pena tratar con él.

—No puedo.

—¡Mira esta cárcel, Xena! ¡Este sitio es un chiste! Podrías escaparte de aquí sin esforzarte siquiera. Es casi como si quisieran que te fueras.

—Gabrielle, por favor, intenta entenderlo. Tengo que aceptar la responsabilidad de las cosas que he hecho.

¡Es la horca, Xena!

—Lo sé.

Me soltó. Retrocedió unos pasos y me miró. Luego meneó la cabeza.

—No lo vas a hacer —dijo—. No sé por qué me preocupo. No te vas a someter a estos imbéciles. Xena, la Princesa Guerrera, dejándose llevar al cadalso, permitiendo que le coloquen una soga al cuello. Es ridículo. Tiene gracia.

—Y supongo que no permití que me enviaran al penal de la Isla del Tiburón.

Una vez más, meneó la cabeza, como si yo fuera una niña recalcitrante. Dio unos golpes en la puerta de la celda para que el guardia la dejara salir.

—Tengo que ponerme a estudiar —dijo—. Volveré dentro de unas horas. Prepararemos tu defensa.

Y se fue.

Fui a la ventana de mi celda y la observé mientras se iba. Si realmente sólo me quedaban unos pocos días de vida, no iba a negarme ese placer.

Oí martillazos a lo lejos. Estaban levantando el cadalso.

Habían traído guardias de refuerzo de alguna parte para encargarse de mi ejecución. Los oía marchando en formación.

Recordé que una vez Gabrielle me preguntó, después de una batalla especialmente exitosa, después de que se apagaran los vítores de los aldeanos:

—¿No te gusta todo esto, Xena?

No supe qué responder. Es cierto, habíamos derrotado a un tirano sin pérdida de vidas por nuestra parte y los aldeanos estaban encantados, Gabrielle estaba encantada, todo el mundo estaba encantado menos yo. Yo estaba aliviada, pero nada más.

Ahora me doy cuenta de que el motivo de que no pudiera contestar a esa pregunta era porque la pregunta no era la adecuada. Es como si yo dijera: "Gabrielle, ¿te gusta respirar? Lo haces muy a menudo".

Ni lo odio ni lo disfruto. Lo hago porque necesito hacerlo para que mi alma sobreviva. Eso es todo. Y no me puedo creer que tenga que terminar así.

No temo a la muerte. Ya sé de qué va. No temo el dolor, ni el hambre, ni el frío. Lo único que temo es una eternidad sin mi dulce Gabrielle.

Gabrielle se volvió y me sonrió. Sabía que estaría mirándola.


Capítulo 2

La noche antes de que me fueran a ejecutar, tuve un sueño. Soñé que Gabrielle no existía.

Mi vida era la misma, viajando de pueblo en pueblo, luchando por el bien supremo donde me necesitaran. Pero sabía que faltaba algo en mi vida. Sentía un anhelo difuso y doloroso, pero no sabía qué era.

La gente reaccionaba ante mí como los aldeanos de Potedaia, aquella noche en que conocí a mi alma gemela. Muchas gracias, ahora vete. Yo era un problema. Nadie se alegraba de verme, todo el mundo se alegraba de verme marchar. Los aldeanos susurraban a mi espalda. Me echaban miradas nerviosas. Los niños me tenían miedo.

Me decía a mí misma que no era menos de lo que me merecía. Intentaba que no me afectara.

Una noche me dieron una bolsa de lona con pan, queso y carne y me pidieron que me fuera. Pregunté si podía comer bajo techo, porque estaba lloviendo. Me dijeron que no. Observé los rostros de todos los aldeanos de esa pequeña posada, buscando alguno que no estuviera nervioso o asustado de verme, buscando algo de gratitud por lo que había hecho por ellos. Nada.

Salí y me quedé bajo el alero del tejado, mirando el aguacero, aferrada a mi pequeño fardo. Me dolían las heridas con la humedad.

Pensé: No pueden hacerme esto. No pueden tratarme como a un perro, después de todo lo que he hecho por ellos.

Volví dentro, me senté y me puse a comer.

El posadero, un hombre inmenso, vino y me dijo:

—Vete, Xena. Nadie te quiere aquí.

—Me iré cuando termine.

—Ahora.

—Vete al Tártaro.

Me agarró y lo tumbé de un puñetazo. Intentó atacarme de nuevo. Me levanté y saqué la espada. Se quedó paralizado.

Otros hombres se levantaron, sacando sus armas. Los miré y vi el valor en sus ojos. Estaban dispuestos a luchar para proteger su pueblo. Ellos eran los héroes. Yo era la tirana.

¡Maldita sea! ¿Acaso no comprendían que las cosas habían cambiado?

O tal vez no habían cambiado tanto, a fin de cuentas.

Envainé la espada, cogí mi pequeño fardo y me fui.

Me adentré en la lluvia, pensando que las cosas no debían ser así. Fui hacia Argo. Se me encogieron los músculos del estómago y caí de rodillas. Me apoyé en un poste de la cerca y me eché a llorar. Miré aterrorizada a mi alrededor, porque nadie debía verme llorar. No había nadie en quien confiara lo suficiente como para dejar que viera mi llanto.

Me quedé mirando la lluvia. Estaba totalmente sola, sin amigos, sin amor en mi vida, sin nadie que confiara o creyera en mí, sin nadie a quien le importara que viviera o muriera. Mi propia madre me odiaba y no podía reprochárselo.

Pensé que si al menos conseguía averiguar qué era esa parte que faltaba en mi vida, ésa sería la clave. Y de repente se me ocurrió un nombre. Y eché la cabeza hacia atrás y grité ese nombre en medio de la noche.

¡Gabrielle!


Capítulo 3

—¿Qué pasa? ¿Qué te ocurre?

La había despertado. Nos habían permitido pasar nuestra última noche juntas en mi celda. Estaba dormida en mis brazos.

—Sshhh, tranquila. No pasa nada, sólo era una pesadilla —dije, como si la que hubiera gritado fuera ella y no yo—. Sigue durmiendo.

No pensé que mi Gabrielle fuera a querer dejar las cosas como estaban, pero lo hizo. Volvió a quedarse dormida, pero sólo después de murmurar:

—Tú nunca te someterás, Xena. Te conozco. Nunca permitirás que te hagan esto.

—Sshhh —dije.

La luna entraba en la celda, reflejándose en mi chakram, que estaba en el rincón. Gabrielle lo había metido de contrabando en la celda, como siempre.

Tenía razón. La seguridad de este sitio era un chiste. A lo mejor sí que querían que me escapara.

Pero me habían declarado culpable. Gabrielle luchó apasionadamente. Argumentó que el tribunal no tenía jurisdicción, puesto que yo era una poderosa fuerza del bien en toda Grecia, no sólo en este pueblecito, y que se necesitaría el fallo de un tribunal superior para acabar con mi papel de protectora de los inocentes.

Yo ayudé a Gabrielle todo lo que pude. Nunca negaría que era culpable, pero solicité al tribunal que se me permitiera seguir expiando mis crímenes a mi manera.

Pero la ley no funciona así.

Elevé los ojos al cielo y recé al Único Dios Verdadero. En los últimos tiempos le rezaba mucho. Quería creer que había una deidad ahí fuera realmente merecedora de mis plegarias, y estaba decidida a creer que Él era esa deidad hasta que se demostrara lo contrario.

Querido Dios, ya sé que tengo que hacer esto, pero es tan difícil. Intento tener fe en que hay un propósito más importante en todo esto. Quiero creer que esto no habría ocurrido sin un motivo. Pero es tan difícil, Dios, es tan difícil dejar este amor perfecto. Después de todas nuestras peleas y de todas las cosas horribles que nos hemos hecho mutuamente, nuestro amor sigue pareciendo más fuerte cada día que pasa. Y no puedo despedirme de ella, aunque crea que es lo que debo hacer. Por eso rezo, Dios, pero no sé qué estoy rogando. Supongo que estoy pidiendo fuerzas para pasar por esto, si es lo que debo hacer. Y si no es lo que debo hacer, por favor, ayúdame a verlo. Y acabe donde acabe, por favor, déjanos estar juntas. Por favor. Por favor.

Se me escapó una pequeña lágrima. Eso era prácticamente todo lo que me podía permitir.

Querido Dios, durante toda mi vida me he sentido como una mujer a la que le faltara una parte. Como si me faltara un brazo o una pierna. Y entonces apareció Gabrielle en mi vida y me pareció que a lo mejor a ella también le faltaba una pierna. Y pensé que tal vez... si nos agarrábamos la una a la otra, con todas nuestras fuerzas... tal vez... entre las dos... tal vez podríamos... de algún modo... aprender a bailar.

Mi alma gemela se movió entre mis brazos. Le acaricié esa cara preciosa. Soltó un suspiro de satisfacción.

Mi sueño rara vez ocurría en la vida real. Cuando llegábamos a un pueblo que necesitaba nuestra ayuda, Gabrielle se encargaba de llegar a conocer por su nombre a todos los aldeanos que podía. Empezó a hacerlo durante el primer año de estar juntas. Y en las pocas ocasiones en que intentaban tratarme de esa forma, Gabrielle era bien capaz de achantarlos con la mirada y llamarlos a todos por su nombre, regañándolos y haciendo que se sintieran avergonzados.

Sólo hubo una ocasión en que no logró hacerles cambiar de opinión. Nos obligaron a marcharnos, y Gabrielle no podía creer que pudieran tratarnos así. Siempre se trataba de "nosotras", nunca de "mí". Se pasó una semana dándole vueltas enfurecida al tema. En un momento dado, me miró extrañada y dijo:

—¿Y no estás enfadada?

Y yo la abracé impulsivamente. No hacía eso con nadie salvo con Gabrielle.

No, Gabrielle, no estoy enfadada. No tenía por qué estarlo. Ya lo estabas tú por mí.

Y te amo por ello.


Capítulo 4

Gabrielle se marchó por la mañana. Me abrazó y dijo:

—Hasta luego.

—Gabrielle —dije—, respeta mis deseos.

Me abrazó de nuevo y me susurró al oído:

—No puedo rescatarte sin tu ayuda.

Los guardias la llevaron fuera.

Me sujetaron con grilletes las muñecas a la espalda y luego me pusieron grilletes en los pies. La cadena que me sujetaba los tobillos era lo suficientemente larga para que pudiera caminar a zancadas normales. Así podría al menos tener un poco de dignidad mientras me llevaban a la muerte, en lugar de tener que avanzar a trompicones hasta el cadalso como un personaje cómico.

Me quedé de pie encima de la trampilla mientras me ponían la soga al cuello. Examiné a la muchedumbre en busca de Gabrielle, pero no se la veía por ninguna parte. No podía verme morir.

Miré hacia el sol guiñando los ojos y me pregunté cómo sería la eternidad, esta vez. ¿Regresaría? ¿Cuántas segundas oportunidades puede tener una mujer?

Me preguntaron si tenía algo que decir. Por alguna razón, pensé en ese viejo chiste de taberna sobre el primer hombre de la historia que fue ahorcado. Al responder a esa misma pregunta, dice: "Sí. ¡Me parece que esta cosa no es segura!"

Pero sacudí la cabeza y no dije nada.

Y de repente, allí estaba Gabrielle. Daba la impresión de estar por todas partes, abriéndose paso hacia el cadalso a fuerza de sais a través de una falange de guardias. Venían hacia ella de todas partes. Me pareció que iban a ser demasiados para ella.

Oh, Gabrielle, ¿por qué no has podido aceptar mi decisión? No soy digna de que luches por mí. No soy digna de que mueras por mí. ¿Es que no te das cuenta? Y ahora necesitas mi ayuda y no puedo salvarte. No puedo hacer nada.

Estaban soltando la trampilla, pero había un problema de funcionamiento. Notaba cómo se movía debajo de mí mientras intentaban soltar el mecanismo. Era el momento. Sólo me quedaban unos segundos de vida.

Gabrielle. Adiós, Gabrielle.

—No puedo hacerlo. No puedo. ¡Quiero vivir! ¡Maldita sea, merezco vivir!


Capítulo 5

Me sorprendí a mí misma con mis propios pensamientos. Entonces cayó la trampilla, pero yo ya había saltado por el aire. Lo siguiente que supe es que estaba colgada boca abajo de la viga transversal por la cadena que me sujetaba los tobillos, como una trucha en un arpón. No podía hacer nada mientras tuviera esa maldita soga al cuello y no podía quitarme los grilletes de las muñecas sin algo con que forzar el cierre.

Entonces Gabrielle subió corriendo los escalones, armada con una espada que había cogido de alguna parte. Ya se veía cuánto la habían superado en número. Cortó rápida y limpiamente la soga que me sujetaba el cuello a la viga. Me ayudó a bajar y rápidamente observé a la multitud y vi al menos a tres soldados con ballestas que apuntaban en nuestra dirección.

¡Gabrielle, baja de la plataforma, ya! —grité, y por una vez hizo lo que le decía. Aterrizó y rodó hecha un ovillo. Las tres flechas volaron hacia mí. Salté por los aires, giré el cuerpo y atrapé una de las flechas a mi espalda.

Una flecha. Qué cosa tan perfecta para forzar una cerradura. Me libré de los grilletes de las muñecas antes de que ningún guardia consiguiera llegar a mí.

Miré a mi Gabrielle, con la esperanza de que estuviera impresionada. ¿Desde cuándo era tan engreída y mezquina que me dedicaba a realizar estas hazañas imposibles sólo para impresionarla? Mis ojos encontraron su dulce cara, pero estaba tan contenta de que hubiera decidido vivir que no tenía tiempo de sentirse impresionada.

Había sacado de alguna parte las llaves de los grilletes que me sujetaban las piernas. Yo había perdido el rastro al guardia que las tenía. Dos soldados se lanzaron contra ella desde dos direcciones distintas y ella me lanzó las llaves y se dispuso a hacer frente a los atacantes.

Atrapé las llaves y abrí los grilletes que me sujetaban los tobillos. Los soldados seguían sin poder llegar a mí a causa de Gabrielle.

Dos espadas la atacaron por dos lados. Las atrapó las dos con los sais. Y entonces me tocó a mí quedarme impresionada.

¡Dio una voltereta en el aire y arrancó las espadas de las manos de los soldados!

¿Cuándo había aprendido a hacer eso? Mi Gabrielle me ha estado ocultando cosas.

Lanzó ambas espadas hacia mí. Las cogí justo a tiempo de empezar a defenderme, pues algunos guardias habían conseguido superar a Gabrielle.

En cuanto tuve una oportunidad, silbé llamando a Argo. La oí llegar al galope. No tenía ni idea de dónde la habían alojado y me daba igual. Monté y cabalgué directa hacia Gabrielle. Con un brazo la levanté y senté detrás de mí como había hecho en tantas otras ocasiones.

Pasamos ante el magistrado que me había condenado. Lo miré directamente a los ojos. Intenté demostrarle que no sentía más que respeto por su cargo y por él, al decirle:

—Lo siento. No podía.

No tengo ni idea de si me oyó, pero creo que vi aceptación en sus ojos. O tal vez sólo quise creerlo.

Nos perseguían a caballo, pero tuvimos el tiempo justo de pasar por los establos para que Gabrielle llamara a su propio caballo, Pluma. Nos alejamos al galope del pueblo, con los soldados pisándonos los talones. Pensé que Gabrielle querría pasarse a su propio caballo. Me esperaba que en cualquier momento me soltara y saltara a lomos de Pluma, pero no lo hizo, y no era porque tuviera miedo de hacerlo.

Al notar que me estrechaba cada vez con más fuerza y que lloraba y temblaba pegada a mí, me di cuenta de lo que era.

No quería soltarme.


Capítulo 6

Perdimos a nuestros perseguidores. No fue difícil.

Cuando dejamos de oírlos, nos detuvimos y desmontamos. Gabrielle no me soltaba y no paraba de llorar. No lloraba desde el funeral de Ephiny.

—Eh, tranquila —dije—. Estoy bien. Tranquila.

—Maldita sea, ¿por qué me tienes que hacer pasar por esto? ¿Por qué hace falta algo como esto para que te des cuenta de lo que significas para mí?

—Perdona. Tú tenías razón y yo estaba equivocada. No he podido llegar hasta el final. Me conoces mejor que yo, Gabrielle.

—No, no es cierto. Creía que les ibas a permitir que lo hicieran. Estaba furiosa contigo. Xena, por favor, no vuelvas a hacerme pasar por eso nunca más.

—Sabes que si no fuera por ti...

—Lo sé.

—Gabrielle, debería haber hecho lo correcto. Esto no es algo de lo que sentirse orgullosa.

—Me da igual que te sientas orgullosa o avergonzada. Mientras estés viva.

—Pues ahora soy oficialmente una fugitiva. Y tú eres mi cómplice. Ahora nos darán caza vayamos donde vayamos. Nos perseguirán, nos acosarán, estaremos siempre huyendo, atosigadas por todas partes.

Gabrielle me soltó y retrocedió un paso. Me miró con aire extrañado.

—¿Y eso qué tiene de nuevo?


FIN


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