Cómo sobrevivió Gabrielle

Alan Plessinger



Descargo: Xena, la Princesa Guerrera y los nombres, títulos y referencias usados en Cómo sobrevivió Gabrielle son propiedad exclusiva de MCA/Universal. El autor no pretende infringir en modo alguno los derechos de autor al escribir este fanfic.
Alan Plessinger

Título original: How Gabrielle Survived. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Esperanza se aferraba desesperada a su madre mientras caían y el calor y las emanaciones de la lava se iban acercando cada vez más. Aterrorizada, manoteó en el aire, intentando agarrarse a algo que pudiera salvarlas. Había algunas piedras que sobresalían y que podrían haber detenido su caída, pero no las alcanzaba.

Esperanza se dio cuenta de que la mejor posibilidad que tenía de salvarse era la túnica que llevaba puesta. Mediante telequinesis, se la arrancó del cuerpo. No había otra forma de quitársela mientras estuviera agarrada a su madre. Sujetando una manga, lanzó la tela hacia la pared del pozo y el borde se enganchó en unos depósitos minerales que sobresalían de la pared de piedra. Las dos se chocaron directamente con la pared. Gabrielle gritó al estamparse con la pared del pozo y luego su cuerpo quedó inerte.

—Lo siento, madre —dijo Esperanza.

Notó que la tela empezaba a desgarrarse. Miró la pared de piedra y decidió que si podía hacer estallar la piedra del templo en busca de la daga con la sangre de cierva, seguro que podía hacer un hueco en esta roca ígnea. Creó un nicho en la roca, a la izquierda de su mano, luego soltó la túnica y se agarró al asidero lo más deprisa que pudo.

Con la telequinesis, empezó a arrancar enormes pedazos de piedra de la pared del pozo. Tenía que darse prisa. Sus pulmones estaban a punto de arder por respirar este aire horriblemente caliente y estaba aterrorizada.

Por fin consiguió hacer un agujero lo bastante grande como para protegerse a sí misma y a su madre, pero no podía permitirse un descanso. Tenían que escapar del calor. El calor sube, de modo que por telequinesis, excavó hacia abajo y en ángulo, arrastrando el cuerpo de su madre mientras avanzaba, al tiempo que por encima de su cabeza salían volando polvo y trozos de roca que caían tras ellas. Deseó haber recibido un poco más del poder de su padre, pero ese poder se había tenido que sacrificar para que pudiera mantener su aspecto humano.

Por fin, totalmente agotada, tuvo que parar. Estaban bastante lejos del calor, de hecho, la piedra estaba algo húmeda y fría. Escudriñó la casi completa oscuridad, tratando de ver si su madre estaba bien.

¿Por qué había salvado a su madre?

La sangre no razona. La sangre simplemente es.

Comprobó la respiración y el pulso de su madre. Aparte de las magulladuras, su madre se pondría bien.

Esperanza se tocó el abdomen, esperando que todo este trauma no hubiera afectado a su hijo, el Destructor. Ya se le empezaba a notar. Era la única diferencia de aspecto entre madre e hija. Ahora hasta iban vestidas igual. Debajo de la túnica ella todavía llevaba el corpiño verde y la falda de color rojizo que solía llevar su madre.

Esperanza pegó la cara a la piedra húmeda y fría. Oyó el ruido de agua al correr. Seguir adelante podía ser peligroso. Si iban derechas hacia un río, o incluso un lago, las aguas podían obligarlas a retroceder por donde habían venido. Decidió que el ruido del agua estaba lo bastante lejos como para arriesgarse.

Tras descansar un rato, consiguió por fin atravesar la piedra y entrar en la siguiente caverna. El río corría a tan sólo unos tres metros por debajo de ellas, pero por arriba entraba luz. Atisbó con cuidado y vio una cueva que se abría por encima de ellas, pero no había forma de llegar hasta allí. Tendría que subir a base de excavar.

Esperanza estaba agotada. Contempló el río que corría por debajo. Agua fresca y transparente.

¿Podría levantar agua por telequinesis? Nunca lo había intentado, pero...

Levantó unos puñados de agua y dejó que cayeran sobre su madre y sobre sí misma como una lluvia fina. Los párpados de Gabrielle se agitaron. Se despertó y miró a su hija.

—¿Esperanza? —dijo—. ¿Estamos... estamos muertas?

—No. Lamento desilusionarte. Sé que te habría gustado convertirte en mártir.

Gabrielle se incorporó e intentó enfocar la vista sobre su hija.

—¿Qué ha pasado?

—Que te he salvado, madre. Me debes la vida.

Gabrielle apartó la mirada.

—Si quieres seguir viviendo —dijo Gabrielle—, más vale que me mates ahora, porque en cuanto tenga otra oportunidad, te juro que voy acabar contigo para siempre.

—De nada, madre.

—Maldita seas, Esperanza. Vete al Tártaro.

—No te comprendo, madre. Yo nunca haría nada que te hiciera daño y parece que tú únicamente sabes hacerme daño. Sientes tanto amor por tantas personas... ¿por qué no puedes quererme a mí?

—Yo te quería, Esperanza. Mentí a Xena para protegerte. Y cuando volvimos a encontrarnos, no sabes cuánto deseaba ser una madre para ti. Por los dioses, me moría por ser tu madre. Pero entonces tuviste que matar a Solan.

Gabrielle se miró el regazo y juntó las manos con fuerza.

—¿Y por qué? —preguntó Gabrielle—. ¿Por qué? ¡Porque podías! Yo te quería, Esperanza. Jamás me digas que no te quería. Pero tenía que detenerte.

—¿Por qué? ¿Porque lo dijo Xena? Xena fue la primera persona que vi cuando llegué al mundo y el mismo día en que nací, intentó matarme.

—Tú mataste a ese caballero.

—Era un bebé. Fue un acto reflejo. Estaba asustada. Pero no voy a disculparme por matar a Solan. Quería que Xena sufriera por lo que había intentado hacerme. Quería torturarla. Todavía quiero. Si puedo, juro que mataré a su madre y a su hermano y a todas las personas a las que quiere y arrasaré Anfípolis y echaré sal en la tierra para nunca más vuelva a crecer nada en ella, ¡nada! ¡Y espera a que se entere de que a la mujer que más quiere en el mundo la he salvado yo! Tiene una deuda conmigo que jamás podrá pagar.

—Yo nunca le diré que me has salvado y si se lo dices tú, lo negaré.

—¿Ah, sí? ¿Y qué le dirás cuando te pregunte cómo has sobrevivido?

—Ya me inventaré algo. Le diré que no me acuerdo. Pero no quiero que piense nunca que te debe algo. Ya carga con suficiente culpabilidad y si yo pudiera echarme encima toda esa culpa, lo haría, si creyera que con eso se iba a sentir un poco más en paz. Sabes, cuando dejó morir a Calisto se sintió tan culpable que pensé que nunca más iba a poder levantar cabeza. Intenté ayudarla, pero no podía hacer nada. Y sabía que dejar morir a Calisto me debía parecer algo malo, pero no conseguía creérmelo, después de todas las personas inocentes que había matado Calisto y todas las que todavía estaba por matar. Esperanza, Xena es una bellísima persona.

Esperanza dio a entender por la expresión de su cara que nada podría hacerle creer que Xena era buena.

—¡Lo es, Esperanza! Nadie que se sienta tan culpable como ella podría ser realmente malo. Yo misma quise matar a Calisto y sé que Xena lo hizo por mí para que yo no tuviera que pasar por lo que pasó ella. Bueno, pues se acabó lo de confiar en que Xena arregle mis errores por mí. Te voy a matar como pueda, como tenga que hacerlo, Esperanza. Dahak nunca entrará en este mundo, lo juro.

—Madre —dijo Esperanza—, podrías ser parte del glorioso renacimiento de este mundo como algo maravilloso. Xena y tú lleváis mucho tiempo luchando contra los dioses. Padre y yo os ofrecemos la posibilidad de volver a empezar este mundo sin ninguno de los dioses griegos. De la violencia del caos surgirá la forma, la belleza, la unidad, el orden. Los reyes ya no se harán ricos mientras los campesinos se mueren de hambre. Todo el mundo contribuirá con lo que le corresponde. No habrá más violencia. Todo el mundo tendrá sus necesidades cubiertas.

—Oh, qué tentador haces que parezca —dijo Gabrielle con sarcasmo—. Estás hablando de la muerte de la libertad. La muerte del libre albedrío.

—La libertad permite el asesinato, la violación, la tortura, la guerra...

—Y el heroísmo. Y la bondad. La nobleza.

—Madre, queremos crear un mundo en el que no exista la violencia. Queremos eliminar el impulso violento de la humanidad y crear una nueva raza de personas buenas, puras y perfectas que nunca más vuelvan a recurrir a la violencia. ¿No es ése el mundo con el que has estado soñando?

—¿Un mundo en el que Xena sea inútil? ¿Un mundo de esclavos para Dahak? ¿En el que la gente no pueda decidir su vida ni su destino? No, gracias. Odio la violencia, Esperanza, pero he acabado entendiendo que tiene su razón de ser en el mundo y que algunas cosas son peores que la violencia. Merece la pena matar por algunas causas. Incluso morir por ellas. Y la más importante de todas es la libertad, más importante incluso que el amor. La libertad da miedo y a veces causa problemas, pero siempre es preferible. Prefiero estar muerta antes que vivir en un mundo sin libertad, un mundo en el que Dahak lo domine todo.

Esperanza tuvo una contracción. Hizo un gesto de dolor y se puso la mano en el vientre hinchado.

—¿Estás bien?

—¿Por qué? —preguntó Esperanza—. ¿Tienes miedo de que no sobreviva el tiempo suficiente para que puedas matarme?

Esperanza se volvió hacia la pared de piedra y con un fuerte crujido desgajó por telequinesis un gran trozo de roca y lo dejó caer al río.

—Tengo que salir de aquí, madre —dijo—. El hijo de Ares va a llegar deprisa.

—Esperanza, quédate conmigo. Yo te ayudaré —dijo Gabrielle. Intentó levantarse, pero estaba demasiado débil.

—¿Quieres que me quede para poder matarnos a los dos? No, gracias. Tengo que salir de aquí ya, madre. Me da la sensación de que va a ser un parto muy difícil.

Esperanza arrancó otro gran pedazo de roca al mismo tiempo que sufría otra contracción.

—Deja que te ayude, Esperanza.

—Madre, o eres la peor asesina del mundo o la mejor. Mátame o ayúdame, decide.

Esperanza desgajó otro gran trozo de roca de la pared del pozo. Ahora casi tenía el camino despejado hasta la entrada de la caverna. Poco a poco, iba tallando una estupenda escalera que subía hacia la luz.

—Esperanza, por favor, escúchame. Si te vuelves contra Dahak ahora, podrías tener una oportunidad. Todos podríamos tener una oportunidad. Únete a nosotros, Esperanza. Vuélvete contra tu padre. Vuélvete hacia el amor. Me querías lo suficiente como para salvarme. ¿De verdad quieres a Dahak tanto como a mí?

—No. Pero soy lo que soy, madre. No puedo cambiarlo y tú tampoco. Puede que hayas podido cambiar a Xena, pero a mí no.

—¿Cómo lo sabes si no lo intentas?

Esperanza consiguió por fin atravesar la entrada de la caverna.

—Lo sé —dijo Esperanza—. Y de todas formas, Xena nunca se creería que hubiera cambiado. Y tendría razón.

—De Xena me ocupo yo.

—No, de Xena me ocupo yo —dijo Esperanza. Empezó a arrastrarse hacia la entrada de la caverna.

—Esperanza, ¿dónde vas a ir?

—No lo sé. Creo que necesito descansar un poco y estar con mi familia. Necesito estar con gente que me quiera.

—¿Dahak?

—No, Dahak no. Adiós, madre. Ya he dicho demasiado.

Llegó a la entrada de la caverna y miró hacia abajo para contemplar a Gabrielle.

—Descansa, madre. En cuanto puedas, puedes salir por donde he salido yo. Ojalá las cosas hubieran sido de otra manera entre nosotras. Te quiero muchísimo, madre. Te perdono. Y no te culpo en absoluto por querer verme muerta. No te equivocas al considerarme tu enemiga. Pero tú nunca podrías ser la mía.

Se marchó y Gabrielle gritó el nombre de su hija y le rogó que volviera. No hubo respuesta.

¿Cómo les había sucedido esto? Esperanza era tan malvada, pero daba la impresión de que ni siquiera quería ser malvada. Era presa de unas fuerzas que no podía controlar. En una ocasión, Gabrielle le dijo a Xena que el amor no consigue nada ante la crueldad. Pero a veces hasta la crueldad no consigue cambiarse a sí misma.

¿Podrían haber salido las cosas de otro modo si Gabrielle hubiera tenido la oportunidad de criarla como hija? ¿De influir en ella? ¿De quererla? Hubo un tiempo en que Gabrielle pensaba que eso lo habría arreglado todo. Ahora no estaba tan segura.

Y sin embargo, Esperanza tenía debilidad por su madre y, por mucho que le doliera a Gabrielle, por mucho que fuera en contra de todos sus instintos, iba a tener que utilizar esa debilidad como pudiera para detener a Esperanza. Para matarla, antes de que alguien más sufriera.

¿Qué había querido decir con eso de la familia? La única familia...

Oh, no. Por los dioses, no.

¡Esperanza! —gritó Gabrielle.


FIN


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