No puedo seguir así

Alan Plessinger



Descargo: Xena, la Princesa Guerrera y los nombres, títulos y referencias usados en No puedo seguir así son propiedad exclusiva de MCA/Universal. El autor no pretende infringir en modo alguno los derechos de autor al escribir este fanfic.
Ésta es una de esas conversaciones sinceras que desearíamos que hubieran tenido más a menudo.
Alan Plessinger

Título original: I Can't Go On Like This. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Cuando volvieron de Egipto, Gabrielle le pidió a Xena hacer un alto para descansar. Había algo que necesitaba decir.

—¿Qué pasa? —preguntó Xena, con tono irritado mientras sujetaba a Eva.

—Xena, tenemos uno de nuestros escondrijos por aquí cerca, ¿no?

—Sí.

Tenían unas cuantas cabañas bien aprovisionadas esparcidas por el territorio griego, por si alguna vez tenían que esconderse en alguna parte a toda prisa.

—Quiero pasar unos días ahí. Tú sigue por tu cuenta hasta el Templo de las Parcas.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Es que necesito pensar en una serie de cosas. Seguro que puedes proteger a Eva sin mí durante un tiempo.

—¿Qué te pasa? —preguntó Xena, pero no parecía haber mucha preocupación en su tono. Sólo parecía impaciente y exasperada.

—No puedo seguir así. Tengo miedo, Xena.

—Gabrielle, sé que da miedo...

—No es eso. Es que... cuando maté a Bruto... lo siento, esto me cuesta.

—Sigue.

—Cuando maté a Bruto sentía tanto odio, Xena. Más del que he sentido en toda mi vida. Nunca hasta entonces había sentido nada como eso, ni siquiera cuando quería matar a Calisto.

—Mataste a Bruto en defensa propia.

—Ya lo sé. No lo comprendo. No debería sentirme así, pero es como me siento. Es decir, acepto que a veces tenga que matar, pero... sentir este tipo de odio... Me da miedo.

—¿Quieres hablar de ello?

—No. Sé que me pasé todo el año pasado comportándome como una egoísta y exigiendo que todo se hiciera a mi modo, pero me temo que voy a tener que volver a ser egoísta. Es sólo que necesito un poco de tiempo para pensar.

—¿Cuánto?

—¿Podrías darme tres días? Con eso tienes tiempo de ir y volver del templo, ¿no?

—Gabrielle, ¿debería preocuparme? No es posible que nos vayamos a separar, ¿verdad?

—No lo sé. No creo.

—Por favor, no me asustes, Gabrielle. Ya hemos estado en esta situación.

—Tres días, Xena. Es lo único que te pido. Después podemos hablar. Por favor.

Xena cedió, sólo porque se daba cuenta de que su relación corría peligro y discutir con Gabrielle no iba a ayudar en nada. Acompañó a Gabrielle a la cabaña, se aseguró de que había suficientes provisiones y se marchó sola, dejando atrás a Gabrielle.

Gabrielle pasó el primer día meditando en silencio. Escribió un poco, cazó un poco, pescó un poco, pero sobre todo Gabrielle intentaba organizar sus ideas y averiguar qué le estaba pasando y cuál iba a ser su próximo movimiento.

Al segundo día, se materializó una inoportuna visita. A Gabrielle no le sorprendió en absoluto.

—Hola, nena —dijo la diosa.

Gabrielle suspiró.

—No tengo tiempo para jugar, Afrodita.

—¿Tiempo? Pues parece que sí que tienes suficiente para perderlo —dijo, sentándose al lado de Gabrielle.

—Afrodita, no estoy de humor para tus bañeras calientes, tus afrodisíacos de chocolate y tus pijamitas rosas. Lo único que quiero es estar sola.

—Ah, venga, Gabrielle, no te pongas así. He venido porque estoy preocupada por ti. Me tomo la molestia de dejarme caer para ver cómo estás y así es como me lo agradeces.

—¿Es que no tienes suficientes preocupaciones, Afrodita? ¿Todo eso del Crepúsculo?

La diosa se encogió de hombros.

—Si ocurre, pues ocurre. Ya llevamos aquí mucho tiempo. Si todo tiene que acabar, pues podría ser peor. Me he enterado de todo eso del Cielo y el Infierno, y si Él decide dejar que un solo dios o diosa entre por las Puertas del Paraíso, me parece a mí que yo tengo bastantes posibilidades, ¿no crees?

Gabrielle miró irritada a la diosa.

—Afrodita, estoy intentando resolver unas cosas. Necesito soledad. ¿Es que no captas el subtexto de lo que digo?

—Ah, no me tires de la lengua con ese tema, nena.

—Te estoy pidiendo que te largues. Fuera. Aire.

Afrodita miró a la bardo con resignación.

—Muy bien. ¿Puedo decir una cosa primero?

—¿Te lo puedo impedir?

—No.

—Pues adelante.

—Gabrielle, tú sabes que eres mi mortal preferida. Nunca te lo he dicho, pero lo sabes. Y nunca, jamás, pensé que un mortal me fuera a importar lo más mínimo. Si se me permitiera tener una elegida, serías tú. Eres mi preferida porque admiro muchísimo el amor que hay entre Xena y tú. Nunca he visto un amor tan poderoso, tan completo. Yo no podría crear un amor como el vuestro ni aunque me pasara cien años trabajando en ello. Y seamos francas: se debe sobre todo a ti. Ojalá me dieras la oportunidad de ayudarte. Se me parte el corazón de verte así. Pero tal vez tengas razón. Tal vez no te pueda ayudar. Yo nunca he tenido que matar a nadie. Y nunca he tenido que amar a nadie que haya intentado matarme. No sé si yo podría hacer algunas de las cosas que has tenido que hacer tú. Me siento humilde ante ti, Gabrielle. Has hecho que una diosa sienta humildad. No ocurre muy a menudo.

Gabrielle casi sonrió.

—Gracias, Afrodita. Seguro que eso es lo más bonito que le has dicho a nadie en toda tu vida.

—Sí, bueno, con eso de estar a punto de morir y tal...

—Pero lo que he dicho lo decía en serio. Necesito pasar un tiempo a solas.

Afrodita suspiró y se levantó.

—Vale, tú ganas, adorable. Ponte bien, ¿vale?

Y la diosa desapareció.

Al tercer día, Xena, en lugar de volver con Gabrielle a galope tendido, condujo a Argo de las riendas de regreso a la cabaña, tomándose su tiempo. Vio a Gabrielle en la parte de delante, contemplando la puesta del sol. Gabrielle echó una mirada a Xena y luego siguió disfrutando del atardecer.

—Hola —dijo Xena, cuando hubo atado a Argo. Se sentó al lado de Gabrielle y le pasó a Eva. Gabrielle se puso al bebé en el regazo.

—Hola. ¿Llegaste al Templo de las Parcas?

—No.

—¿Por qué no?

—No podía.

—¿Qué quiere decir que no podías?

—No podía ir sin ti. No puedo hacer nada sin ti, Gabrielle. No puedo levantarme por la mañana, no puedo jugar con Eva, no puedo hacer nada sin echarte de menos. Te necesito, Gabrielle.

Gabrielle suspiró.

—No me lo estás poniendo fácil.

—Lo siento —dijo Xena—. Sé que esto lo he provocado yo misma. Ahora me doy cuenta. ¿Sabes en qué estaba pensando cuando venía hacia aquí?

—¿En qué?

—En la vez que Ares hizo que me sometieran a juicio y me condenaran a muerte. Yo estaba dispuesta a rendirme, pero tú no me dejaste. Y cuando estaban listos para descuartizarme con los caballos, tú cogiste la cuerda y... y te la pusiste alrededor del cuello. Estabas dispuesta a morir por mí. Gabrielle, te debo tanto. No sé qué he hecho en mi vida para merecerme a alguien como tú. He fastidiado todo lo bueno de mi vida y ahora podría perderte a ti porque he dado tu presencia por sentada. Nunca he prestado atención a tus sentimientos, Gabrielle, y lo lamento. Te estoy pidiendo otra oportunidad.

Gabrielle miró a Eva. No podía mirar aún a Xena.

—Xena, hubo un tiempo en que pensaba que ibas a volver a convertirte en una psicópata brutal si te dejaba. Pero ya no lo pienso. Ahora tienes a Eva.

—Eva es una de las cosas más maravillosas que me han ocurrido en toda mi vida. Es casi el regalo más precioso que me ha sido concedido. Casi. Sabes, siempre me gusta pensar que tengo el control de mi vida y de mi destino, pero las dos personas más importantes de mi vida son las que nunca he pedido. Eva. Y tú.

—Xena, deja que te pregunte una cosa. En Egipto estábamos a salvo. Eva estaba a salvo. ¿Por qué no nos hemos quedado?

Xena bajó la mirada al regazo.

—¿Todo esto es por eso?

—No. Pero me gustaría saberlo.

—No nos hemos quedado porque creo que le debo al Único Dios Verdadero que me dio a Eva estar aquí y luchar y ofrecer resistencia. Porque todos mis instintos me dicen que debo confiar en Él, que me ha dado a Eva. Si va a provocar el Crepúsculo, entonces va a traer la libertad para todos. La libertad es algo por lo que merece la pena luchar. Sí, incluso si eso supone poner en peligro la vida de mi hija. ¿Crees que eso está mal?

—No. Eres una guerrera. Nunca podría pedirte que huyeras de una lucha. Pero no sé si yo puedo seguir participando en esta batalla, porque me está destruyendo por dentro.

—Sé hacer muchas cosas, Gabrielle, pero parece que eso no incluye hablar de tus sentimientos y ser capaz de decir lo adecuado para que te sientas mejor. Parece que no puedo hacer por ti lo que tú haces por mí. Pero puedo aprender. ¿Puedes contarme lo que sentiste cuando... tuviste que matar a Bruto?

Gabrielle estrechó un poco más a Eva.

—Jamás en toda mi vida he sentido tal odio ciego por nadie, y casi me cago de miedo, Xena. Me he dicho a mí misma que fue en defensa propia y que se lo merecía, pero no parece que eso me ayude.

—Ese odio te salvó la vida.

—Eso es otra cosa que me he dicho. Es lo que decía sobre tu lado oscuro, cada vez que me daba miedo me recordaba a mí misma la cantidad de veces que nos había salvado a las dos. Pero ahora yo estoy desarrollando mi propio lado oscuro y me da casi tanto miedo como el tuyo. No sé. Empiezo a pensar que tú te has hecho bastante parecida a mí y que yo me estoy haciendo demasiado parecida a ti.

—Lo siento, Gabrielle. Sabes que me ofrecí a quedarme contigo en la aldea amazona y ver cómo ejercías de reina, y lo decía en serio. Si quieres volver, sólo tienes que decirlo.

—Lo he pensado. Pero es que no tengo derecho a privar al mundo de tu protección, Xena. Hay demasiada gente que necesita tu ayuda. Me he sentido orgullosa de ayudarte a hacer que el mundo sea distinto, pero el precio es demasiado grande. Me da miedo de pensar en lo que algún día podría ser capaz de hacer. Si esta oscuridad es lo que te mantiene con vida, yo debería agradecerlo, pero no basta con estar simplemente viva. Ya no.

—Gabrielle, ¿por qué está mal odiar a un hombre que se echó a un lado y no hizo nada cuando nos crucificaron? ¿Que mató a Cleopatra e intentó matarte a ti? A mí me parece algo muy humano.

—No lo sé. Siempre pensé que yo era la que podía perdonar cualquier cosa. Si ya ni siquiera puedo hacer eso, ¿para qué sirvo?

Xena tomó aliento con fuerza.

—Gabrielle, por favor, no digas eso. Te quiero y no puedo vivir sin ti, y sé que crees que no me pasaría nada si te fueras, pero te juro que eso no es cierto. Eva no es suficiente. Te necesito a ti. No paro de decirme que debería ser noble y facilitarte las cosas para que te separes de mí, pero es que no puedo. Lamento el precio que has pagado al estar conmigo. Lamento todo el dolor que has sufrido y lamento no poder hacer que desaparezca. Y lamento no haberte hecho caso y haberme concentrado en Eva, pero te juro que eso va a cambiar si me das otra oportunidad. Pero por favor, no digas "¿Para qué sirvo? ", Gabrielle. ¿Para qué sirven mis lágrimas?

Gabrielle secó las lágrimas de la cara de Xena. Ésta apartó la cara.

—No, no iba a hacer esto —dijo Xena—. Ya estoy otra vez pensando en mí misma. Gabrielle, si de verdad sientes que te estás convirtiendo en mí, entonces tal vez debamos separarnos. Eso ya es pedirle demasiado a cualquiera.

—Xena, ¿cómo vives con ello? ¿Cómo te enfrentas a ello?

—Intento estar atareada y trato de no pensar en ello. Siempre tengo que tener muchas cosas que hacer. Tengo que mantener la mente ocupada.

—¿Por eso no podías quedarte conmigo en la aldea amazona?

—Ésa es una razón.

—¿Nunca sientes el odio, como lo sentí yo? ¿Nunca te da miedo?

—Gabrielle, intenté matarte en una ocasión. Nada podría darme más miedo que eso. No hay nada que pueda decirme a mí misma sobre esa época que pueda arreglar las cosas. Lo único que puedo hacer es recordar lo que sentía, para no llegar a ese punto nunca más.

—Xena, ¿sabes en qué he estado pensando en estos tres últimos días?

—No, ¿en qué?

—Estaba intentando recordar cómo era ser esa campesina inocente que partió en busca de grandes aventuras. Le dije a Lila que te iba a seguir porque quería ser guerrera. Todos los relatos épicos lo pintaban como una vida magnífica y gloriosa. Nunca mencionaban el precio que se paga. Lo que le exige a tu alma. Sabes, durante toda mi vida sólo he querido ayudar a la gente y mejorar su vida.

—Y lo has hecho. Y no sólo mi vida. ¿Cuántas vidas has conseguido salvar, Gabrielle?

—Lo sé. Y he viajado por todo el mundo y he conocido a muchas personas increíbles. Cuando comparo eso con lo que habría sido mi vida en Potedaia, me pregunto cómo podría plantearme siquiera renunciar a mi vida contigo. En aquel pueblecito tenía paz. Mucha paz, reconfortante y aburrida. ¡Pensar que alguna vez iba a sentir nostalgia por eso!

—¿La sientes?

—Sí, un poco. Y la aldea amazona podría ser perfecta para mí. La combinación perfecta. Mucha paz de espíritu, alguna aventurilla de vez en cuando y mujeres que me respetan y me admiran. Todo lo que necesito. Todo excepto tú.

—Gabrielle, sólo tienes que decir una palabra y estaremos de vuelta tan deprisa que...

—Vale —dijo Gabrielle cuando los últimos rayos del sol enmarcaban su bonita cara.

Se levantó y le ofreció a Eva para que Xena la cogiera.

—La palabra —dijo Gabrielle—, es Crepúsculo. Está oscureciendo. Vamos a dormir. Tenemos que ir al Templo de las Parcas por la mañana y ésta podría ser la última noche que pasemos en una cama durante un tiempo.

Xena se levantó, con Eva en brazos.

—Gabrielle...

—No hace falta que digas nada.

—Es sólo... gracias.

Se abrazaron, con mucho cuidado, con Eva entre las dos.

—¿Estás segura? —preguntó Xena.

—Estoy segura. He repasado y vuelto a repasar todo lo que he hecho en mi vida y todo lo que he sentido y todo lo que he pensado y todo lo que he querido hacer. Y en todo ello hay una sola cosa de la que no puedo escapar. Te sigo queriendo y siempre te querré. Y aunque ya no creo que no pudieras vivir sin mí, que yo nunca podría vivir sin ti. Aunque eso me destruya el alma poco a poco, Xena, nos vamos a quedar juntas.

—Y yo intentaré ayudarte. Lo haré. ¿He dicho algo que te haya hecho sentirte mejor?

—Pues no. Pero lo has intentado, y no te imaginas lo mucho que eso significa para mí.

—Te quiero tanto, Gabrielle.

—Lo sé. Y es agradable volver a oírlo.


FIN


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