Las fiestas de Santa Gabrielle

Alan Plessinger



Descargo: Xena, la Princesa Guerrera y los nombres, títulos y argumentos usados en Las fiestas de Santa Gabrielle son propiedad exclusiva de MCA/Universal. El autor no pretende infringir sus derechos de autor al escribir este fanfic.
Este relato trata de los acontecimientos descritos en el episodio Lazos que atan. Si no habéis visto ese episodio, os sugiero que leáis otra cosa.
Alan Plessinger

Título original: The Festival of Saint Gabrielle. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2004


Capítulo 1

—¡Salmoneus! Por los dioses que quedan, sigues... ¡sigues vivo!

—¡Y tú sigues siendo una monada! —dijo él—. Gabrielle, sea cual sea la fórmula de rejuvenecimiento que has conseguido, deja que te ayude a comercializarla. Iremos a un setenta-treinta.

—Nunca se hará popular. ¿Qué vendes aquí?

Gabrielle miró las pequeñas baratijas, levantándolas para examinarlas. Parecían iconos religiosos, pero no pertenecían a ninguna religión que hubiera visto o de la que hubiera oído hablar nunca. Muchos de ellos parecían diminutos bieldos de madera. También había algunas pinturas e imágenes de una mujer que le resultaba conocida.

—¿Es que no lo sabes? —preguntó Salmoneus.

—¿Te lo preguntaría si lo supiera?

—Gabrielle, ¿es que no sabes qué pueblo es éste? ¿No sabes dónde estás?

Los interrumpió el sonido de una voz femenina muy grave que gritaba:

—¡Matadlos a todos!

—¿Qué ha sido eso? —preguntó ella. Procedía de una carpa levantada en medio del pueblo.

—Una recreación. Una obra religiosa.

—Salmoneus, ven conmigo. Tengo que ver esto.

—Ve tú. Yo no puedo dejar mi puesto.

Gabrielle corrió a la carpa a echar un vistazo. Casi todo el público estaba sentado, de modo que no tuvo problemas para ver lo que ocurría. Una mujer bajita y regordeta vestida de cuero negro se pavoneaba por el escenario con una espada falsa, soltando ruidos amenazadores y actuando muy mal.

—¡No tan rápido! —dijo otra mujer, mucho más alta, vestida con una falda y un corpiño marrones. Llevaba una peluca rubia rojiza de aspecto muy falso.

—¿Esperas derrotar a la poderosa Xena? ¿Dónde están tus armas?

—No necesito armas especiales para alguien como tú —dijo la mujer de la peluca rubia rojiza. Y cuando cogió un bieldo de madera, todo el público se puso a vitorear. Y vitorearon aún más cuando la mujer más alta se puso a dar una paliza a la mujer de cuero.

Y de repente, Gabrielle cayó en la cuenta de dónde estaba y de qué trataba todo esto.

—¡Para! ¡Basta! ¡Por favor, no me pegues más! Ten piedad de mí, Gabrielle, pues no puedo enfrentarme a tu poder y tu gloriosa rectitud.

¿Quién escribe esta porquería?, pensó Gabrielle.

No podía seguir mirando. Se marchó de la carpa lo más deprisa que pudo, y al volver donde estaba Salmoneus, vio un par de estatuas cerca de la carpa. Se detuvo para examinar el conjunto.

Bueno, el parecido es un poco mejor, pensó. No mucho, pero un poco.

Las estatuas eran de Xena y ella, una representación más exacta, pero ella seguía siendo mucho más grande y alta que Xena. Era una escena de acción, con Gabrielle con el sempiterno bieldo, a punto de pegar a Xena. Xena estaba acurrucada llena de miedo.

Entonces levantó la mirada y leyó el cartel que había encima y que se agitaba con la brisa.

FIESTAS DE SANTA GABRIELLE

¡Oh, cielos!, pensó Gabrielle.

Regresó donde Salmoneus. Esperó pacientemente a que él hiciera una venta.

—Salmoneus, ¿qué demonios está pasando aquí?

—¿No es evidente?

—¡No, no es evidente! Reconozco este pueblo y sé lo que ocurrió aquí, pero cómo es posible que la historia se haya tergiversado de tal manera en tan sólo...

Y una vez más los veinticinco años perdidos de su vida regresaron para atormentarla.

—¿En tan sólo treinta años? —dijo Salmoneus—. ¿Y dónde habéis estado vosotras todo ese tiempo?

—Es una larga historia. Me da miedo contártela. A lo mejor quieres vendérsela a todo el mundo y tergiversarla por completo para obtener beneficios.

—Ah, no, a mí no me eches la culpa de esto, Gabrielle. El pueblo de Lotia creó estas fiestas por su cuenta. Yo sólo soy un honrado comerciante que obtiene un pequeño beneficio explotando una extraña fijación religiosa de un pueblucho algo iluso.

—¿Conoces la historia real y no se la has contado?

—No conozco toda la verdad, Gabrielle, pero evidentemente sé que tú nunca le has dado una paliza a Xena. Pero me importa un bledo cuál sea la verdad. ¿Por qué habría de importarme? No gano dos dinares con la verdad. Necesito una historia que mueva la mercancía.

—¡Salmoneus, esto está mal! ¡La gente no debería adorar a otras personas! O si lo hacen, ¡al menos deberían conocer los hechos como es debido! Y además, ¿qué demonios es una "santa"?

—Una persona de excepcional honradez y virtud.

—Tengo que detener esto.

—¡No, Gabrielle, por favor, no lo hagas! Estas fiestas son una mina de oro para mí todos los años. Vale, olvídate de mí, piensa en esta gente. Piensa en lo que has hecho por ellos. Vale, puede que no conozcan bien los hechos, ¿y qué? El caso es que tú lo hiciste, tú salvaste al pueblo entero ese día, ¿no?

—Más o menos.

—¡Pues déjalo estar! La historia está bien tal como está. Y no encontraría una cara más perfecta en todo el mundo para hacer el papel de "santa". Mira esta imagen tuya, Gabrielle. No hace falta exagerar nada. Siempre has tenido una especie de luminosidad.

—¿En serio? ¡Gracias! Oh, ¿pero qué estoy diciendo? No puedo permitir esto. Maldita Xena, seguro que ella lo sabía. Por eso no ha querido entrar en el pueblo conmigo.

Gabrielle se puso una mano en la frente e intentó pensar.

—Salmoneus, tiene que haber alguien en el pueblo lo bastante viejo como para haber estado aquí cuando sucedió esto. Alguien que fuera un adulto en esa época.

—Claro, hay muchos. A ver, tenemos a Areliesa. Afirma haber estado ahí cuando ocurrió todo. Y dice que habló contigo.

—Me acuerdo de Areliesa. Vamos a verla. Tengo que hablar con alguien del pueblo que conozca la verdad. Tengo que descubrir cómo se ha acabado sacando todo de quicio de esta manera.

—Yo no puedo irme ahora, Gabrielle. Estamos en la parte culminante de las fiestas.

—¿Ah, sí? ¿Me prestáis atención, por favor? Me refiero a todos vosotros. Soy bardo, de Potedaia. Me llamo...

—¡Vale! ¡Vale! ¡Ya voy! ¡Lo ves, ya estoy cerrando! No le hagáis caso, buena gente, es que está un poco emocionada por las fiestas.

Salmoneus cerró su puesto y cuando se alejaban, Gabrielle oyó a algunos de los aldeanos susurrando entre sí.

—¿Quién es ésa?

—¿Qué iba a decir?

—Se parece un poco a... no, no puede ser.


Capítulo 2

Mientras se dirigían a la cabaña de Areliesa, Salmoneus preguntó:

—¿Pero cuál es la verdad, después de todo?

Gabrielle le contó la historia y Salmoneus respondió con un silbido.

—¡Chica! ¡Eres una heroína de verdad!

—No, no es cierto.

—Oh, basta, Gabrielle. Estabas preparada para morir, ¿no? Te esperabas morir.

Gabrielle se encogió de hombros.

—Pues a mí me parece que la historia se parece mucho a la verdad tal y como está. Xena iba a arrasar la aldea y tú que la detuviste golpeándola con uno de estos.

Salmoneus levantó el bieldo de madera en miniatura que llevaba colgado alrededor del cuello, para ilustrar lo que decía.

—¡Pero no hablan para nada de Ares! —dijo Gabrielle—. Ni de que él la engañó para que lo hiciera. Ni de que Xena y yo somos amigas, ¡ni siquiera de que nos conocíamos! Ni de todo el bien que ha hecho Xena desde entonces.

—Oh, vamos, Gabrielle. Puede que Ares la engañara, pero no estaba hechizada ni nada parecido, ¿verdad? Yo ya conocía a Xena antes que tú y sé que ha hecho muchas cosas buenas en su vida, pero esto fue un ejemplo horrible de su parte peor y más desagradable al salir a la superficie. Fue una aberración, ya lo sé, pero con todo, por un día en su vida volvió a presentarse como el tipo... o la chica... o la mujer... como la mala de este drama, y si realmente te importa la verdad, no puedes fingir que no fue así. ¿Qué crees que logras contando la verdad? ¿Por quién lo haces? ¿Por Xena? ¿De verdad crees que hacer que les parezca un poco menos mala va a servir de algo? Yo siempre he pensado que no tiene sentido echar a perder una historia realmente buena con un exceso de verdad.

Gabrielle había dejado de escuchar el discurso de Salmoneus a la mitad. Empezó a mirar con aprensión a los aldeanos con los que se cruzaban.

—No paro de preguntarme si alguno de ellos me va a reconocer —dijo—. Debe de haber algunos que eran niños cuando ocurrió esto.

—No te reconocerán. Has cambiado mucho.

—Sí. Parece que he encogido mucho, por alguna razón.

—Ya hemos llegado —dijo él cuando llegaron a la cabaña.


Capítulo 3

—¿Tú eres Gabrielle? ¿La Gabrielle? No puedes ser. Te pareces a ella, pero eres demasiado joven —dijo Areliesa.

—Te lo aseguro —dijo Salmoneus—, es la auténtica.

—Soy un poco más joven de lo que debería ser a causa de una pequeña fechoría divina. Esto me lo hizo Ares.

—Ya. ¡Bueno, siéntate, Gabrielle! ¡Siéntate! Toma unos higos secos. Ojalá tuviera algo mejor que ofrecerte. No todos los días recibo la visita de una santa.

—No soy una santa, Areliesa, y quiero saber por qué se cuentan tales mentiras de Xena y de mí.

—¿Qué mentiras?

—Tú sabes que no le di una paliza con un bieldo.

—Sé que la golpeaste. Sé que la tiraste al suelo y sé lo que habría ocurrido si no lo hubieras hecho.

—Pero ¿y Ares? ¿Es que nadie sabe que él formaba parte de la historia?

Areliesa suspiró apesadumbrada.

—Santa Gabrielle, sé que puede que no conozcamos perfectamente todos los detalles de la historia, pero la hemos reconstruido lo mejor que hemos podido. Ninguno de los que estábamos allí sabemos qué pintaba Ares en todo ello. Sé que Xena luchó con él, pero no tengo ni idea de por qué. No entendía nada de lo que se estaban diciendo.

—¿Y acaso no notaste que Xena me saca por lo menos una cabeza de estatura?

Areliesa pareció avergonzada.

—Santa Gabrielle...

—Por favor, deja de llamarme así.

—Lo siento. Gabrielle, sé que hay algunos hechos que podría haber corregido de haber querido, pero tienes que comprender que hasta que a alguien se le ocurrió la idea de celebrar las fiestas de Santa... de ti, muchos de nosotros no podíamos acostarnos sin oír las palabras "¡Matadlos a todos!" resonando en nuestras pesadillas. A lo mejor nos gustan las santas un poco más grandes de como son en realidad, y a lo mejor hemos hecho todo lo posible para que Xena parezca débil y boba, pero eso no tiene importancia, ¿no? Lo importante es que tú salvaste nuestro pueblo, Gabrielle. ¿Qué más da cómo lo hicieras? ¿Sabías que cuando ocurrió aquello yo ya estaba embarazada de mi primogénita? Ese día un soldado me puso un cuchillo al cuello y cuando Xena dio la orden, sentí que el cuchillo se clavaba en mi carne y pensé en mi pobre bebé y en todos los momentos que nunca llegaría a pasar con ella, desaparecidos para siempre por culpa de esta mujer, de esta Xena. Y entonces te oí a ti y sentí que el cuchillo se detenía sobre mi cuello. Y no sé qué le dijiste, pero sí sé lo que hiciste. Y sé que hoy estoy viva y he podido ver crecer a mis hijos y mis nietos gracias a ti.

Gabrielle se llevó una mano a la frente. Sus ojos se entristecieron.

—¿Es que nadie sabe lo que ha hecho Xena con su vida desde entonces? —preguntó—. ¿Ninguno de mis pergaminos ha llegado a Lotia?

—Llegó uno, pero lo quemamos. Los consideramos mentiras. Herejías. No se permiten en el pueblo.

Gabrielle empezó a menear la cabeza.

—Esto no está bien. No es justo. Si tenéis que juzgar a Xena, muy bien, no puedo impedíroslo, pero al menos juzgadla por los hechos. Habéis creado unas fiestas que celebran la brutalidad, que van en contra de todo lo que yo he creído siempre, y las hacéis en mi nombre. Eso está mal. En lo que yo creo es en el perdón. Habéis tenido treinta años para descargar vuestra rabia contra Xena. Tal vez se lo mereciera, pero ya basta. Es hora de perdonar.

Areliesa parecía algo avergonzada y cortada.

—Gabrielle, te debo mi vida y haré todo lo que tú digas, pero no puedes esperar de verdad que perdonemos a alguien que intentó matarnos. Eso es inaudito.

Gabrielle no supo qué responder a esto, de modo que Salmoneus le puso la mano en el hombro y dijo:

—Vámonos, Gabrielle.


Capítulo 4

Gabrielle consiguió sus provisiones y regresó al campamento a toda velocidad. Saltó de su caballo y corrió hasta Xena, hecha un basilisco.

—¿Las fiestas de Santa Gabrielle? —dijo.

—Has entrado en el pueblo, ¿eh?

—Gabrielle... —dijo Eva.

—Mantente al margen, Eva. Esto es entre Xena y yo.

—Xena no ha hecho nada malo —dijo Eva.

—Podría habérmelo dicho.

—¿Habrías ido si te lo hubiera dicho? —preguntó Xena.

—No. ¿Y por qué era tan importante que entrara en el pueblo?

Xena se levantó.

—Tal vez para que vieras por qué yo no puedo.

—Ah, sí que vas a entrar en el pueblo, Xena. Vas a entrar en el pueblo y vas a pedir perdón a esa gente. Si no lo aceptan, muy bien, es cosa suya, pero tú te vas a enfrentar a ellos.

Xena se acercó un poco más a Gabrielle.

—Krykus Segundo va a tomar el pueblo mañana, Gabrielle. Por eso estamos aquí. Si no, yo no habría venido.

Gabrielle lanzó las manos al aire.

—¿Cuándo pensabas decírmelo? Tenemos que organizar a los aldeanos.

—No. De esto me encargo yo. No voy a poner en peligro a los aldeanos. Me ocuparé de Krykus yo misma. Ésa será mi forma de pedirles perdón, porque no puedo enfrentarme a ellos, Gabrielle. No puedo. Ya son bastante malas todas las cosas que hice antes de conocerte, pero esto es distinto.

—Me da igual lo distinto que sea, Xena. Después de ocuparte de Krykus, vas a entrar en el pueblo y te vas a enfrentar a ellos.

—Gabrielle, he dejado que te salgas con la tuya muchas veces a lo largo de los años, pero esta vez no. No lo voy a hacer. No puedo.

Gabrielle la miró asqueada unos segundos y luego la dejó y se puso al lado de Eva.

—Mira a tu madre, Eva. Xena, la gran Princesa Guerrera. Xena, la gran cobarde. Ocultándose aún de su pasado. No puede enfrentarse a lo que ha hecho. Yo iba a ir al pueblo para decirles que Xena ha cambiado. Pero supongo que no ha cambiado en absoluto.

—Gabrielle, creía que querías que me mantuviera al margen —dijo Eva.

—¿Y esto te parece bien, Eva? ¿Es esto lo que te ha estado enseñando tu madre? Si cuesta, no lo hagas.

—Yo apoyo a mi madre.

—Quiso que te enfrentaras a Virgilio. Pero supongo que las normas siempre son distintas cuando se trata de ella.

Cuando Xena estaba a punto de decirle a Gabrielle que dejara de hablar de ella como si no estuviera allí, oyó un caballo que se acercaba. Era Salmoneus. Lo oyeron gritar el nombre de Xena mucho antes de llegara a la vista del campamento.

—¡Xena! ¡Ven rápido! ¡Nos están atacando!

Xena se montó rápidamente en su caballo y Eva se montó detrás de ella.

Cuando Gabrielle se montó en su caballo, dijo:

—Creía que habías dicho que el ataque era mañana.

—Parece que me he equivocado.

—¿Tú te has equivocado?

Xena y Eva atravesaron el pueblo al galope sin detenerse y llevaron el combate a los límites del pueblo. Gabrielle galopó hasta pararse en medio del pueblo, con la intención de ocuparse de cuatro soldados que estaban derribando los puestos y los carros y causando una destrucción general, mientras los aldeanos se acurrucaban llenos de miedo. Habían hecho pedazos las dos estatuas de Xena y Gabrielle.

Uno de ellos tenía una antorcha e iba derecho a una de las cabañas. El pueblo entero podría convertirse en otro Cirra si no lo detenía. Dirigió su montura hacia él, saltó de la silla y se estampó con él, derribándolo de su caballo. Se puso en pie y se enfrentó a él, con los sais en ristre. Él la atacó con la antorcha. La atrapó con un sai, saltó por el aire y le dio una buena patada en el estómago.

Corrió al abrevadero más cercano y apagó la antorcha. Un par de soldados desenvainaron las espadas y la atacaron. Ella usó los sais para defenderse de las espadas, buscando un hueco.

Le pareció oír unos murmullos de los aldeanos.

—¡Es ella! ¡Os digo que es ella!

—No puede ser. Es demasiado baja. ¡Es demasiado joven!

—Pero miradla. Mirad cómo lucha.

—¿Y qué?

—Mirad sus armas. ¡Son bieldos!


Capítulo 5

Gabrielle acabó con el resto de los soldados. Estaba jadeante y el cuerpo le chorreaba de sudor. Podría haber acabado con ellos más deprisa si hubiera estado dispuesta a matar a uno o dos, pero ningún niño debería vivir con esa imagen como su recuerdo más temprano.

Cuando los soldados quedaron amontonados e inconscientes, se volvió y miró a los aldeanos.

Uno por uno, fueron cayendo de rodillas. Gabrielle suspiró con fuerza.

—¡Oh, queréis levantaros! —dijo—. Sois peores que las amazonas.

Se levantaron y la miraron inquietos. Gabrielle se regañó a sí misma por perder los estribos con esta gente, que en realidad no había hecho nada malo. Decidió intentar ser un poco más gabriellesca cuando estuviera con ellos.

Sonrió y al instante vio el efecto de su sonrisa en los rostros de los aldeanos.

Todavía lo tengo, pensó. Y se riñó por su orgullo.

—¿Podría alguien traerme una cuerda? —preguntó. Tres o cuatro hombres salieron disparados hacia sus chozas. Regresaron corriendo con cuerdas y se las ofrecieron a Gabrielle, insistiendo todos en que su cuerda era la mejor, la más fuerte, la más adecuada para este trabajo, con independencia de lo que resultara ser ese trabajo.

Ella sonrió de nuevo. Estaba disfrutando demasiado de todo esto.

Cogió todas las cuerdas de los hombres y se puso a atar a los soldados. Llegó Salmoneus y la ayudó. Al terminar, ella se volvió y se encaró con los aldeanos.

Vale, se acabaron los juegos, pensó. A ponerse serios.

—Para responder a lo que todos os estáis preguntando, sí, soy Gabrielle —dijo—. Lamento no ser tan alta como os gustaría. Intenté ser más alta, pero no me salió. También soy mucho más joven de lo que debería ser, lo cual se debe a una cosa que nos hizo uno de los dioses. Pero no soy una santa, sólo una mujer normal y corriente. Y Xena tampoco es una persona horrible. Estuvo a punto de hacer algo horrible aquel día, pero desde entonces ha hecho muchas cosas maravillosas. Ha hecho una cantidad inmensa de bien en el mundo y, de hecho, ahora mismo está luchando por todos vosotros contra Krykus. La heroína es ella, no yo. Y no somos enemigas. Somos amigas. Os habéis equivocado por completo con la historia y voy a corregirla aunque me lleve toda la vida.

Buscó algo de comprensión en sus rostros.

—Mirad, vamos a la carpa. Tengo que contaros unas cuantas historias.

De camino a la carpa le pidió a Salmoneus que montara guardia fuera y la avisara si había algún problema. Estaba preocupada por Xena y Eva, pero esperaba que pudieran cuidar de sí mismas mientras ella hacía todo lo posible por arreglar la reputación de Xena.

Gabrielle se subió al escenario y empezó con una breve explicación de la desafortunada historia de Xena como señora de la guerra. No intentó alterar o suavizar los duros hechos de la vida de Xena. Contó la historia del encuentro de Xena con Hércules, su decisión de cambiar su vida y buscar la redención, su encuentro con Gabrielle y la primera vez que se encontraron con Ares, cuando éste intentó que la ejecutaran por un crimen que no había cometido. Luego se lanzó de lleno a la historia de los Lazos que atan. No la contó muy bien porque no era una historia que contara a menudo en voz alta. Normalmente no quería contar historias que dejaran a Xena en mal lugar. Pero con todo, no escamoteó la verdad. Si tenían que odiar a Xena, la iban a odiar basándose en los hechos reales o dejarían de odiarla.

Luego se embarcó en una historia que podía contar con mucho más arte y confianza. La historia llamada El bien supremo, en la que participaba Salmoneus. A continuación siguió con la historia de Calisto.

—Sólo hay una manera de terminar con este ciclo de odio y es a través del amor. Y del perdón.

Mientras relataba la conversación junto al fuego entre Xena y ella, echó un vistazo crítico al público para ver si lo tenía en la palma de la mano. De ser así, se podía arriesgar a contar otra historia, si no, sería el momento de dejarlos con ganas de más.

Supo que los tenía, de modo que cuando terminó se lanzó a contar la que más le gustaba a ella, Una contra un ejército. Había partes de la historia que hacían quedar a Gabrielle maravillosamente y partes que la hacían parecer incompetente, pero lo contó todo fielmente, ateniéndose a la verdad. Lo importante era el amor que había entre ellas. Si conseguía demostrar lo mucho que quería a Xena, tal vez conseguiría que otros la quisieran también.

No llegó a terminar la historia. Salmoneus y Eva entraron en la carpa, cargando con Xena, que estaba herida.


Capítulo 6

—¡Estoy bien! —protestó Xena. Pero tenía una herida muy grave en la pierna. Gabrielle examinó la herida y los puntos y los primeros auxilios realizados por Eva. No estaban mal, pero no le vendría mal un poco de limpieza.

—¿Alguien me puede traer agua caliente y unos paños limpios? —preguntó Gabrielle al gentío. Una mujer salió corriendo para traérselos.

La gente se puso a susurrar. No era fácil para ellos asimilar que estaban viendo a Xena de esta forma, a una mujer a la que llevaban treinta años despreciando.

—¿Está a salvo el pueblo? —preguntó Salmoneus.

—Sí —dijo Eva—. He matado a Krykus. Su ejército se ha dispersado.

—Te dije que no lo mataras, Eva —dijo Xena—. Se lo acusa de secuestro en Atenas. Podríamos haberlo entregado.

—Lo siento. Me entró el pánico cuando vi que te atacaba por la espalda.

—Ya te lo he dicho, Eva, tenemos que darles una oportunidad. Todo el mundo merece tener las mismas oportunidades que he tenido yo.

Xena estaba sentada en el borde del escenario. Levantó la mirada y pareció cobrar conciencia del público por primera vez.

—Hola —dijo.

Algunas personas murmuraron saludos apagados.

—Soy Xena —dijo—. Supongo que habéis oído hablar de mí.

Algunos asintieron.

—Les estaba contando unas historias, Xena —dijo Gabrielle.

—Sí, me lo he imaginado. Escuchad, no puedo decir nada sobre lo que ocurrió aquí hace treinta años, salvo que lo lamento. Sé que eso no quiere decir prácticamente nada, teniendo todo en cuenta, pero lo lamento real y... y verdaderamente. No puedo pediros que me perdonéis. Sé que Gabrielle querría que me perdonarais, pero yo nunca os lo pediría. Gabrielle es una persona maravillosa, siempre dispuesta a perdonar. Tiene una capacidad increíble para el perdón, pero no se da cuenta de lo difícil que nos resulta a los demás, a veces. Sé que no le gustan mucho las "Fiestas de Santa Gabrielle", pero yo sólo quiero decir que a mí no me importa. Si queréis disfrazaros y vender cosas y representar obras para recordaros cuánto me odiáis, adelante. No es menos de lo que merezco.

—Xena...

—No, es cierto, Gabrielle. Y yo no cambiaría nada de las fiestas. Así son perfectas, sobre todo su nombre. Porque es una santa. Salvó mi alma ese día, hace treinta años, y me la ha estado salvando todos los días desde entonces, más veces de las que puedo contar. Cuando me golpeó con ese bieldo de madera, me levanté y pensé: "¡La voy a matar! ¡La voy a matar!" Y entonces vi la expresión de sus ojos. Estaba furiosa conmigo, pero no había odio, ni miedo. Creía que iba a morir por lo que había hecho, pero no tenía miedo. Me estaba rogando, suplicando que recuperara el juicio antes de que fuera demasiado tarde.

Xena miró a Gabrielle. Xena estaba empezando a perder un poco el control y no quería ponerse emotiva delante de toda esta gente.

—¿Por qué sigues conmigo, Gabrielle? ¿Cómo has podido quedarte con alguien que quería hacer algo así?

Llegaron el agua y los paños, de modo que la respuesta a esa pregunta iba a tener que esperar. Gabrielle limpió la herida y cambió el vendaje. Fuera oyó rugidos de truenos.

—Madre, no vas a poder apoyar esa pierna durante uno o dos días —dijo Eva.

—Lo sé.

—¿Alguien nos puede alojar por esta noche? —le preguntó Gabrielle a la gente.

—¡No! Gabrielle, en el campamento estaremos bien —dijo Xena.

Pero había empezado a llover, y Gabrielle dejó claro que no iban a pasar la noche bajo la lluvia, con Xena herida en la pierna y todo eso. El posadero infomó a Gabrielle de que no quedaba una sola cama libre, a causa de las fiestas.

—Yo tengo una habitación —dijo Salmoneus—. Supongo que puedo dormir en el suelo.

Xena aceptó y se levantaron y se prepararon para marcharse.

Pero primero, Xena miró a la gente y dijo:

—Escuchad. Parece que voy a quedarme aquí un día o dos. Mañana me sentaré en el porche delante de la taberna, todo el día. Gabrielle no estará conmigo. Todo el que tenga algo que decirme, que pase a verme. Sin armas: no tenéis que tenerme miedo. Preguntadme cualquier cosa. Decidme todo lo que queráis. Decidme cuánto me odiáis. Acepto vuestro odio o cualquier otra cosa que tengáis que decir.

—Seguido por la noche —dijo Salmoneus—, de otra actuación de la Bardo de Potedaia.

La gente se quedó desconcertada, así que Gabrielle dijo:

—Ésa soy yo.

—La actuación de esta noche ha sido gratis, pero la tradición es soltar algunos dinares cuando actúa un bardo —dijo Salmoneus.

Gabrielle aseguró a la gente que la actuación sería absolutamente gratuita. Oyó la queja de Salmoneus, de modo que se puso a tirar de Xena y Eva para salir de la carpa. Salmoneus las siguió, preguntando si Gabrielle no podría autografiarle algunos artículos y mencionando también la posibilidad de una franquicia exclusiva de pergaminos en el pueblo. Gabrielle empezaba a lamentar cómo habían quedado para alojarse esa noche.


Capítulo 7

Al día siguiente, Xena se instaló delante de la taberna del pueblo, recibiendo a todos los que llegaban y escuchando lo que tenían que decir. Muchos de los ancianos que habían presenciado de verdad los acontecimientos no tuvieron problema en llegar ante ella y decirle que la odiaban y deseaban verla muerta. Xena lo aceptaba con humildad y decía que lo sentía. Parecía avergonzada, y no estaba fingiendo.

Eva estaba sentada a su lado. La única razón por la que Xena había accedido a los deseos de Gabrielle era porque Eva había cambiado de idea y había decidido ponerse de parte de Gabrielle, de modo que lo justo era que la hija de Xena estuviera ahí para intentar ayudar a su madre a superar este trance. Y le servía de aprendizaje. Era posible que algún día Eva tuviera que hacer algo muy parecido.

Xena no estaba dispuesta a consentir que le escupieran encima y, de hecho, tenía un trapo en la mano para evitar justamente eso (sus fenomenales reflejos le venían muy bien, como siempre). Aparte de eso, y aparte de que tenía intención de defenderse bloqueando cualquier golpe dirigido contra ella (aunque no hubo ninguno), aceptaba todo lo que cualquiera tuviera que decirle o hacerle.

Pero en su mayoría se trataba de aldeanos que venían a preguntar cosas de Gabrielle. Xena les contaba todo lo que sabía de ella, toda clase de detalles que los aldeanos no conocían. El hecho de que era una reina amazona, su buena relación con Afrodita, el hecho de que conocía a Homero y lo había convencido para que no dejara la Academia, las ventajas del pelo corto comparado con el pelo largo. Xena no solía hablar mucho, pero cuando dos fans de Gabrielle se juntan, a veces se pueden pasar horas hablando. Xena se preguntó si debía mencionar que una vez había intentado matar a Gabrielle y que Gabrielle la había perdonado, pero a lo mejor no era algo de lo que Gabrielle querría que se hablase.

Había algunos jóvenes llenos de contradicciones que querían hablar de la vida de un guerrero. Sabían, o creían saber, el precio terrible que ser guerrero se cobra en el alma de un hombre, pero pensaban que tenían el talento y el corazón de un guerrero y se sentían obligados a usarlos en nombre del Bien Supremo. Xena se esforzaba por contarles todo lo que sabía, pero dejaba claro que no podía tomar la decisión por ellos. Les decía que si lo que esperaban era una vida llena de encanto, ya podían empezar a buscarla en un lugar que no fuera un campo de batalla. Decía que ella siempre había pensado que la única razón aceptable para librar una guerra era porque el otro bando la había empezado. Contestaba preguntas sobre la bendición y la maldición de un espíritu guerrero. Y aceptó entrenar con algunos de ellos cuando estuviera mejor, pero hasta entonces Gabrielle sería una estupenda compañera de entrenamiento. Eva se quedó un poco defraudada al ver que su madre se había olvidado de su propia habilidad, pero no dijo nada.

Al final del día algunos de los aldeanos más viejos que habían ido a verla por la mañana regresaron para decirle que estaban hartos de odiarla. Estaban dispuestos a dejar su odio porque los estaba agotando. Lo habían pensado y habían decidido que si Gabrielle podía ser amiga de Xena, tal vez había algo en Xena digno de perdón. Xena les dio las gracias en voz baja.

Gabrielle pasó el día hablando con los aldeanos. Al final tuvo que irse para estar un rato a solas. Intentó encontrar el punto exacto donde había ocurrido todo. Se dio cuenta de que sería dentro de la carpa, justo debajo del escenario. Se subió al escenario e intentó recordar lo que estaba pensando en aquel entonces.

Mátame, Xena. Págalo conmigo si tienes que hacerlo, pero por favor, por favor, deja a esta gente en paz. Te quiero, Xena. Te perdono.

En aquella época estaba empezando a comprender que no se puede viajar en compañía de un animal salvaje sin pensar que a veces pueda atacar. Pero qué animal salvaje tan bello, elegante y mortífero. Un excitante animal salvaje de buen corazón y alma noble.

Merece la pena. Vaya si merece la pena.

Y tenía su gracia ser adorada de esta forma por un pueblo entero. Era peligroso y molesto, y sabía que tenía que detenerlo, pero mientras durara era divertido. Siempre que Xena o ella se veían adoradas por una masa de gente, aquello no presagiaba nada bueno. Los cánticos de "¡Xena! ¡Xena! ¡Xena!" siempre eran el inicio de los problemas.

Xena y Gabrielle ya se adoraban la una a la otra. Con eso bastaba.

—¿Dónde está tu vara? —preguntó la joven.

Gabrielle se volvió y miró a la aldeana que había conseguido acercarse a ella furtivamente.

—¿Has conseguido dominar el truco de atrapar flechas? —preguntó la mujer—. Yo sigo disponible, si quieres practicar.

La mujer sonrió, como si las dos compartieran un secreto. Y de repente, Gabrielle cayó en la cuenta de que la mujer no era de Lotia.

—¡Lea! —exclamó. Saltó del escenario a los brazos de Lea—. ¡Mi pequeña señora de la guerra Lea! ¿Cómo estás?

—¡Estupendamente! ¡Qué joven estás, Gabrielle!

—La vida sana. Eras una niña cuando te dejé. ¡Y mírate ahora! ¿Qué haces aquí?

—Conseguir otra de éstas.

Le enseñó una placa conmemorativa con la imagen de Gabrielle que le había comprado a Salmoneus.

—Me temo que mi pequeña Gabby rompió la última por accidente —dijo Lea—. No me lo podía creer cuando me dijeron que estabas aquí. ¡Oh, ojalá lo hubiera sabido! Habría traído mi copia de Máscara de muerte para que me la firmaras.

—Lea, ¿por qué tienes imágenes mías en tu casa?

—¡Oh, vamos, Gabrielle! ¿Cómo no iba a tenerlas? ¿De la mujer que me salvó la vida? ¿Que jugó conmigo y me hizo reír y olvidar lo asustada que estaba? Ni te imaginas lo triste que me quedé al verte marchar. Después, me pasé años practicando con una vara muy pequeña.

—¿Vas a estar aquí esta noche, Lea? Voy a contar historias.

—Oh, ojalá pudiera, pero tengo que volver con mi familia. Gabrielle... ¡es que no me lo puedo creer, después de tantos años! Sabes, cuando me dijeron que estabas aquí, me dio un poco de miedo volver a verte. A veces, ya sabes, cuando te encuentras con alguien que ha sido un héroe para ti, es distinto de lo que te esperas. Pero tú... ¡tú no has cambiado nada!

Gabrielle se echó a reír. Sabía que había cambiado mucho, pero tal vez no tanto como pensaba. Se volvieron a abrazar.

—¿Por qué te ríes?

—Por nada —dijo Gabrielle—. Es que... ha sido un fin de semana muy bueno para mí. Espero que para Xena resulte igual de bueno.

—Gabrielle, hay una cosa que siempre me he preguntado —dijo Lea—. En mi copia de Máscara de muerte hablas de nosotras dos jugando juntas, pero no mencionas ni una vez que me salvaste la vida. ¿Por qué no?

Gabrielle se encogió de hombros.

—No era importante para la historia. Con eso no quiero decir que tu vida no sea importante ni nada parecido.

—Gabrielle, te has pasado toda tu vida de adulta cantando las alabanzas de Xena. ¿Quién canta las tuyas? Tus fans necesitan saber más de ti.

—Lea, esto nunca ha tratado de mí. Una voz neutral es lo mejor para un narrador. Yo sólo soy una ayudante. No debo tener fans.

—Pues entonces nunca deberías haber sido tan maravillosa. Gabrielle, por favor, cambia el pergamino, por mí. ¿Cuánta gente hay que tenga el valor de salvarle la vida aunque sólo sea a una persona? Eso nunca debería pasar desapercibido. Por favor, dile a todo el mundo que me salvaste. ¡Nadie me cree!

Gabrielle prometió que lo añadiría. Se despidieron y Lea se marchó. Otra alma que Gabrielle nunca habría podido conocer y ayudar e influir para bien si no se lo hubiera jugado todo por una vida con Xena.

Al caer el sol, Xena y Eva se dirigieron a la carpa para participar en un gran banquete y asistir a otra actuación de Gabrielle. Ésta estaba pensando en terminar Una contra un ejército, pero como Xena iba a estar allí, pensó que le daría un respiro a la Princesa Guerrera y contaría algunas de las historias de Gabrielle y Joxer. Pensó que Por él doblan las campanas agradaría y divertiría a la gente, seguido de La pluma es más poderosa. No tenía ningún problema en contar historias sobre su propia incompetencia, y la anécdota sería el antídoto perfecto para toda esa tontería del culto a "Santa Gabrielle".

Pero primero tenían que hacer una pequeña presentación. Cuando Xena se sentó, Gabrielle anunció la decisión que se había tomado de cambiar el nombre a las fiestas. Juntos, Gabrielle y Salmoneus desenrollaron el cartel que anunciaba el nuevo nombre.

FIESTAS DEL PERDÓN

Xena se puso en pie.

—Esto, bueno, gracias —dijo—. Os agradezo que hagáis esto por Gabrielle. Estoy segura de que probablemente no es lo que la mayoría habríais querido, pero... gracias.

Gabrielle dejó el cartel y fue al lado de Xena.

—Xena, no lo entiendes. Hicimos una votación secreta y sólo votaron los que estuvieron presentes hace treinta años. Xena... ha sido unánime.

No ocurre a menudo que una princesa guerrera se quede de piedra. Fue paseando la vista por la sala, de un aldeano a otro. Al contrario que antes, todos la miraban a los ojos.

—¿Unánime?

Miró a los ojos de algunos de los aldeanos más viejos que se habían desahogado contra ella por la mañana, en especial los de aquellos que no lo habían retirado.

—Pero... con todo lo que dijisteis... ¿Cómo habéis cambiado de idea? ¿Cómo? ¿Por qué?

Eran aldeanos estoicos, poco dispuestos a hacerse notar tomando la palabra. Pero, por fin, uno de ellos dijo:

—Porque no lo pides. Pero lo necesitas. Y nosotros también.

Xena empezó a caer en la cuenta de que no se trataba de un gesto a la ligera y sin importancia, sino de un cambio auténtico en todas sus vidas. Cosas que les habían hecho a otros y que creían que no tenían perdón... bueno, tal vez ahora tuvieran derecho a pedir perdón. Rencores que algunos de ellos habían sentido durante años empezaban a parecer triviales y sin sentido. Empezaban a surgir toda clase de posibilidades nuevas. Cualquier cosa era posible, si se tenía el valor suficiente. Y el valor es de muchas clases.

Xena no sabía qué decir.

—Gracias —dijo por fin.

Empezó a sentarse otra vez, pero Gabrielle la separó de la silla de un tirón y le echó los brazos al cuello para abrazarla con todas sus fuerzas. Xena sonrió.

Mucha menos gente ha visto la sonrisa de Xena que la sonrisa de Gabrielle, pero puede ser de lo más deslumbrante por derecho propio. Cuando sonrió dio la impresión de que toda la tensión se liberaba como al soltar la cuerda de una catapulta.

El aire se llenó de gritos y aplausos. La banda se puso a tocar y las Fiestas del Perdón iniciaron su primera gran celebración.


Capítulo 8

Salmoneus tuvo que escabullirse pronto de la fiesta. Había conseguido hacerse con una buena comisión al lograr que un nuevo escultor llegara al pueblo en un tiempo récord, para crear nuevas estatuas de Xena y Gabrielle. Tenía que reunirse con él para hablar de negocios.

Se sentaron en su puesto y negociaron. Salmoneus le reconoció al escultor que no sabía muy bien qué tipo de escena querían, pero la verdad era que no comprendía por qué eso debía afectar a sus honorarios en un sentido u otro.

Mientras regateaban, Xena y Gabrielle regresaron a la posada. Eva se había pasado un poco con la bebida y en lugar de intentar trasladarla decidieron ponerla cómoda dónde estaba y dejarla roncando. Gabrielle sostenía a Xena, para que no apoyara la pierna herida.

Se detuvieron ante las estatuas mutiladas. Xena contempló lo que quedaba de sus imágenes, que para empezar no habían sido muy reconocibles y ahora mucho menos. Le había pasado un brazo a Gabrielle por los hombros y Gabrielle le rodeaba la cintura con el suyo.

Y de repente, Xena bajó la cabeza y se puso a hacer ruidos raros. Es curioso que a veces el llanto pueda parecerse tanto a la risa, y Gabrielle no sabía de qué se trataba. Eran las dos cosas. Nunca había visto ese tipo de reacción en la Princesa Guerrera. Ni en nadie.

Cuando Xena alzó la cabeza, estaba sonriendo, pero tenía los ojos un poco llorosos.

—Gracias, Gabrielle —dijo—. Eres pura magia.

—Yo no soy la que te ha transformado, Xena. Cuando te conocí estaba impresionada por lo que podías hacer con una espada, pero eso no es nada comparado con lo que has hecho con tu vida.

—Te quiero, Gabrielle.

—Lo sé.

Mientras las dos estaban allí contemplando sus imágenes, Salmoneus, desde el otro lado de la plaza, le dijo al escultor:

—¡Eso es! ¡Ésa es la escena! Rápido, haz un boceto.

El escultor hizo unos cuantos trazos rápidos en un pergamino y luego dijo:

—Necesito una vista por delante.

Xena y Gabrielle se dieron la vuelta. Xena preguntó:

—¿Qué tal así?

El escultor les indicó que las dos debían levantar la mirada y Xena se alegró de poder hacerlo sin sentirse estúpida. Pero no tardó en empezar a sentirse como una idiota y dijo:

—Ya vale por ahora. Mañana más, si lo necesitas.

Las dos se fueron a la cama. Salmoneus preguntó:

—¿Lo tienes?

—Tengo un buen comienzo. ¿Pero quiénes son ésas? La alta es una preciosidad.

—Las dos tienen sus cosas. ¿Te interesaría comprar un pincho Gabby?

—¿Un qué?

Salmoneus le enseñó uno de los diminutos bieldos de madera, que había acortado un poco y pintado de un gris metálico.

—Un pincho Gabby. Gabrielle la Buena luchó contra un ejército entero con un par de estos, a menos de tres metros de aquí. ¿No? ¡Vamos, únete a la Fiesta del Perdón!


FIN


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