Recuperando a Gabrielle

Alan Plessinger



Descargo: Xena, la Princesa Guerrera y los nombres, títulos y argumentos usados en Recuperando a Gabrielle son propiedad exclusiva de Universal. El autor no pretende infringir sus derechos de autor al escribir este fanfic.
Este relato describe escenas de violencia y/o sus consecuencias. Es posible que los lectores a quienes este tipo de descripción les afecte deseen leer otra cosa. Este relato ocurre después de Sacrificio II. Ningún guionista de la serie de televisión Xena, la Princesa Guerrera sufrió daño alguno durante la elaboración de este relato. Pero el autor cree que alguno de ellos debería.
Alan Plessinger

Título original: Bringing Back Gabrielle. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Capítulo 1

Notó la conocida sensación, sintió que se le ponía la carne de gallina y que se le revolvía el estómago y supo sin mirar que él estaba detrás de ella y a la derecha. Xena apartó la mirada de los escalones del templo de la diosa Atenea y le gritó a Ares:

—Por los dioses, ¿por qué no puedes dejarme en paz? ¡Has matado a Gabrielle! ¿Qué más quieres?

—Ésa es una interpretación bastante peculiar de los hechos —dijo él—. Y creo que ya sabes lo que quiero. Te quiero a ti.

—¿Me arrebatas a Gabrielle y quiere que me una a ti?

—Ya te he dicho que traeré de vuelta a Gabrielle. Ella puede hacer su vida con las amazonas y tú puedes aceptar tu destino. Eras grande, Xena. Puedes volver a ser grande. Tan grande como César.

—A Gabrielle no le gustaría regresar de ese modo —dijo ella, y sin una palabra más se apartó de Ares y subió los escalones del templo.

—Estás soñando si crees que Atenea te va a ayudar —dijo Ares, y desapareció.

—Tiene que haber algún dios que no sea venal, vanidoso y hambriento de poder —dijo ella en voz alta, sin dirigirse a nadie concreto.

Pero por dentro mantenía una conversación continua con Gabrielle, convencida de que Gabby podía oír sus pensamientos.

Gabrielle, si Atenea no me ayuda, sé que hay otros que sí lo harán. Sólo tengo que encontrarlos. No voy a rendirme, Gabrielle. Tú nunca te rendiste conmigo. Te debo eso y mucho más. Muchísimo más. Antes de conocerte, me costaba mucho seguir el camino de la rectitud. Entonces te hiciste amiga mía y ya no puedo imaginar otro tipo de vida.


Capítulo 2

Cuando Xena entró en el templo, no tuvo necesidad de hacer ningún tipo de ofrenda ni de rezar, no tuvo necesidad de pronunciar siquiera el nombre de Atenea. La diosa ya estaba allí, esperándola.

—Atenea —dijo—, he venido para rogar por mi amiga Gabrielle.

—Sé por qué estás aquí y no tiene nada que ver con rogar por nadie salvo por ti misma. Quieres recuperar a Gabrielle porque no puedes vivir sin ella.

—Sí.

—Dime, Xena, ¿nunca te has planteado que Gabrielle podría estar mejor donde está, en los Campos Elíseos, lejos de ti?

Xena apartó los ojos de la diosa y recorrió con la mirada todo el templo de Atenea, como si pudiera encontrar inspiración entre las columnas y los altares de mármol. Por fin, volvió a mirar a la diosa.

—Dime que no ha estado pidiendo regresar.

—Claro que sí. Gabrielle es una mujer con un sentido muy fuerte de la responsabilidad. Se siente responsable de lo que ha sido de ti. Cree que podría haber conseguido muchas más cosas contigo y tal vez tenga razón. Pero lo que queremos, incluso lo que creemos que deberíamos hacer, no siempre es lo que más nos conviene. Gabrielle es una mujer con un alma maravillosa, como una gema bella y perfecta. Te quería muchísimo, te entregó todo su corazón y tú has demostrado ser muy poco digna de ese amor.

—¿Cómo puedes decir eso? ¡Yo era su protectora!

—¿De qué intentabas protegerla exactamente a lomos de un caballo, colgada del extremo de un látigo?

—Gabrielle me perdonó por eso.

—Sí, te perdonó. Gabrielle es una mujer muy misericordiosa. Te perdonó en Ilusia y si no lo hubiera hecho, las dos seguiríais allí. Ésa parece una forma de perdón muy forzada. En el mundo real, ni siquiera te molestaste en decirle que lo sentías. Xena, hay algunas ofensas que una víctima simplemente no tiene derecho a perdonar, y ésta es una de ellas. Dime, Xena, ¿cómo crees que volviste del Tártaro para empezar?

—Hades me debía un favor.

—Si todo el mundo a quien Hades debe un favor consiguiera volver, el Tártaro estaría vacío. Yo era quien debía tomar la decisión final y estaba más que dispuesta a decir que no. Hasta que conocí a Gabrielle. Xena, estoy segura de que crees saber lo maravillosa que es Gabrielle, pero yo te digo que sólo has captado retazos de su grandeza. En repetidas ocasiones he perdido la fe en la raza humana y he vuelto a Gabrielle para recordarme a mí misma que si los mortales pueden crear a una mujer bella, dulce y bondadosa como Gabrielle, puede que aún haya esperanza para ellos. Si Gabrielle estaba dispuesta a rogar por ti, yo estaba dispuesta a darte una segunda oportunidad. Pues bien, si esto es lo que has hecho con esa segunda oportunidad, no te mereces otra. No te mereces a Gabrielle y Gabrielle merece librarse de ti para siempre.


Capítulo 3

Xena no sabía qué decir. En un combate que no podía ganar con una espada y un chakram, se veía claramente superada.

—¿Los tres últimos años que he pasado intentando hacer el bien no significan nada?

—Xena, has hecho exactamente lo que querías hacer. Te hiciste guerrera porque era lo que querías ser y porque eras excelente como tal. Te reformaste, más o menos, pero has seguido siendo guerrera. Pero ¿y lo que quería Gabrielle?

—Quería ser bardo.

—Xena, hay muchas formas de ser bardo aparte del camino que eligió. Lo que Gabrielle quería era que encontraras cierto grado de paz y felicidad antes de morir. Que de algún modo consiguieras entrar en los Campos Elíseos. Creía que merecías esa oportunidad. Te quería y aunque sabía que eso podía suponer su muerte, se quedó contigo para intentar darte esa oportunidad. Todo lo que hizo, lo hizo por ti. No tenía el menor deseo de ser guerrera, pero aprendió a defenderse para no ser una carga para ti, aunque hacer daño a los demás era como hacerse daño a sí misma. Esa noche en el campamento, cuando le prometiste que no te convertirías en un monstruo, asumió la responsabilidad de tu alma, conociendo la enormidad de la tarea. Sabía que era la única que tenía una mínima posibilidad de lograrlo. Y se engañó a sí misma creyendo que eras digna de esa lucha.

—¿POR QUÉ? —gritó Xena—. ¡Qué vio ella en mí que tú no ves!

—Xena, deja que te enseñe una cosa.


Capítulo 4

A la velocidad del pensamiento, y con bastante más velocidad que un pensamiento de Joxer, se vieron transportadas a un momento y un lugar no muy lejanos. Era un arroyo, y Xena estaba metida en él hasta las rodillas, cogiendo la cena para las dos. Gabrielle estaba en la orilla hablando con un hombre llamado Hower.

—¡Por los dioses! —dijo Xena—. Recuerdo este día.

—¿Sí? ¿Por qué? ¿Ocurrió algo importante?

Xena no hizo caso de la diosa y observó a Gabrielle. Ésta reaccionó cuando un pez aterrizó en su regazo, y Xena sonrió y luego se echó a reír por primera vez desde hacía días.

—Eso no llegué a verlo. Me limité a lanzar el pez hacia atrás —dijo Xena, y luego se echó a reír de nuevo—. A veces era tan graciosa, sin pretenderlo siquiera. Tenía el don de poder estar con alguien que sufriera y con una broma, una risa, una caricia, conseguía aliviar su dolor. Ojalá yo pudiera hacerlo. Es algo que no se puede aprender y que no se puede enseñar.

—Es algo que sale del alma —dijo Atenea.

Xena miró a la diosa y dijo, algo sorprendida:

—Éste fue el día más feliz de mi vida.

—¿Acabas de darte cuenta?

—Sí. El día más feliz de mi vida no tuvo nada que ver con mi madre, ni con mi hijo, ni con Marcus. Tuvo que ver con Gabrielle. Si mi memoria pudiera albergar un solo recuerdo para siempre, quiero que sea éste. ¿Y qué hicimos para que fuera tan especial? Recuerdo que nos estuvimos peleando por algo. Ah, y utilizó mi chakram para cortar un pescado. —Xena se echó a reír—. No puedo creer que ahora me esté riendo. Con lo que me enfadé con ella.

Xena se vio entonces sentada al lado de Gabrielle. Sonriendo, riendo, empujando a su amiga en broma. Irreconocible. Una mujer feliz que jugaba, como una niña pequeña.

—¿Quieres saber por qué este día fue especial? —preguntó la diosa—. Éste fue el día en que Gabrielle consiguió progresar contigo más que nunca.

Xena se acercó a Gabrielle todo lo que le permitió la diosa, lo suficiente como para acariciarle la cara. Esa cara bella y encantadora, resplandeciente como una rosa perfecta.

—¿Cómo lo hiciste, Gabrielle? —preguntó—. Por los dioses, ¿cómo lo hiciste? Enséñame tu magia.


Capítulo 5

Sin transición alguna, de repente apareció Gabrielle al extremo de un látigo, arrastrada por el caballo y su jinete a la máxima velocidad que permitía el galope del caballo, con la carne lacerada por el terreno. Se retorcía de dolor, pero el jinete no mostraba la menor piedad.

Y tampoco la diosa, mientras Xena intentaba mirar a otra parte. Xena no paraba de apartar la mirada del horrible espectáculo, pero mirara donde mirase, lo que veía era siempre lo mismo. Gabrielle, su amada Gabrielle, estaba siendo torturada y Xena se veía obligada a mirar.

—¡BASTA! —gritó, al verse a sí misma sujetando a Gabrielle en alto, dispuesta a matarla. Xena cerró los ojos y se puso la mano delante de la cara, y por fin la diosa las devolvió a ambas al templo.

—¿Para qué me enseñas todo esto? ¡Ya sé lo que hice!

—¿Lo sabes? ¿En algún momento miraste atrás para ver el daño que estabas causando?

—Lo siento. Lo siento. Lo siento muchísimo.

—El momento y el lugar para decir eso hace tiempo que pasaron, Xena, y no soy yo quien debería oírlo.

—¿Qué quieres que haga? Haré lo que sea. Me ganaré el perdón, cueste lo que cueste.

—Xena. De verdad que no sé cómo vas a poder hacerlo, y eso que soy la diosa de la sabiduría. Pero hay una cosa más que me gustaría enseñarte. No es una historia de lo que fue, sino de lo que podría haber sido.


Capítulo 6

La siguiente escena era de Gabrielle sentada junto al lecho de una anciana, acariciándole el pelo y leyéndole historias de un pergamino. La anciana parecía algo disconforme con lo que la rodeaba y se agitaba y quejaba un poco como hacen los ancianos, pero en general parecía contenta.

—¿Quién es esa vieja?—preguntó Xena.

—¿No lo sabes? Fíjate bien.

Xena observó a la anciana y dijo, algo sorprendida:

—¿Esperanza? No puede ser.

—Envejecía mucho más deprisa que los mortales. Recuérdalo.

—Eso es imposible. Esperanza era maligna.

—Sí, Esperanza era maligna, pero era una malignidad ajena a este mundo, y los problemas ajenos a este mundo a veces tienen soluciones ajenas a este mundo, o al menos tratamientos. En este futuro, escuchaste a Gabrielle y la ayudaste con Esperanza. Las dos acudisteis a Hércules en busca de ayuda y él consiguió la ayuda de Afrodita, que inundó el alma de la niña con tanto amor por su madre que tuvo la oportunidad de enfrentarse al mal que llevaba en el corazón. Esperanza consiguió volverse contra Dahak.

—¿Y eso fue todo?

—No, claro que no. Fue una lucha para toda la vida de la que Gabrielle jamás se retiró. Para ti, Xena, una batalla se termina en cuestión de días, semanas o meses. Las batallas de Gabrielle no terminan jamás. Tú soñabas con morir noblemente por una gran causa. Gabrielle quería vivir humildemente por una.

—¿Y Esperanza nunca volvió a matar?

—Esperanza ha matado, igual que tú, pero nunca por capricho y nunca por venganza. Y nunca intentó matar a un bebé por una sospecha.

—Así que yo estaba equivocada.

—Sí, así es. Podrías haber tenido razón fácilmente, pero ni te molestaste en investigar la situación en un sentido u otro.


Capítulo 7

Atenea las devolvió al templo. Xena miró a la diosa con los ojos cargados de odio.

—Aceptaré la oferta de Ares. Volveré a ser una señora de la guerra. La tierra se teñirá de rojo por la sangre de aldeanos inocentes, mujeres y niños incluidos. ¿Es eso lo que quieres?

Atenea perdió por fin los estribos con Xena por primera vez.

—¡Cómo OSAS intentar echarme la culpa de eso a mí! ¡O a la pérdida de Gabrielle! ¡Cómo OSAS! Siempre has encontrado excusas para todo lo que has hecho. Siempre has podido achacar a Cortese la culpa de una cosa, o a la muerte de Solan la culpa de otra. ¡Pues se acabó! Has sufrido golpes terribles a lo largo de tu vida, ¡pero también has tenido lo mejor que ha tenido nadie y lo has desaprovechado! ¡Fuera! ¡Fuera de mi templo! ¡Vete y hazte responsable de tu propia vida! ¡AHORA!


Capítulo 8

Sólo eran cinco salteadores y formaban un círculo de amenaza a su alrededor. El líder indicó con la espada lo que quería que hiciera.

—Tus dinares —dijo—. Ahora.

Xena cerró los ojos y buscó las fuentes de su rabia. ¿Dónde estaban? Lo único que sentía ahora era un cansancio tremendo, como si no tuviera fuerzas para sujetar una espada y mucho menos para usarla. Pero había algo más. Una terrible enfermedad del alma. Nunca había sentido algo así.

—¡Ahora! —repitió el hombre.

Ella se quitó la bolsa del cinto y se la tiró a los pies.

—Recoge eso —dijo él.

Ella se agachó para recogerlo. Sabía lo que iba a suceder, pero ni siquiera le importaba. La rodilla se estampó directamente en su cara, el impacto la lanzó hacia atrás y recibió un golpe por detrás. Varios de los salteadores se echaron a reír.

Se reían de la Princesa Guerrera. Se reían de Xena, la Destructora de Naciones. Se reían.

¿Dónde está, Xena? ¿Dónde está la rabia? ¿Dónde está el poder? ¡Haz aquello para la que fuiste creada! ¡AHORA!

Pero el intelecto solo no responde cuando el espíritu está aplastado. Los golpes llovieron sobre ella y empezó a sentir dolor, dolor de verdad, por primera vez desde hacía mucho tiempo. Y le gustó.

—...me resulta conocido... ese chakram... —oyó vagamente.

—...os lo digo yo... os juro que ésa es...

Y luego:

—No. No es posible.

Más golpes, hasta que perdió el conocimiento.


Capítulo 9

Salieron volando chispas cuando Xena atacó el chakram con la espada. Una vez, dos veces, y el chakram se partió en dos. Se acercó al borde del pozo de lava y tiró los dos trozos, uno a la derecha, el otro a la izquierda. Dudando apenas un segundo, tiró también la espada.

—Niñata débil y patética —dijo Ares—. ¿Cómo has podido permitir que cinco hombres te hagan eso? ¡CINCO HOMBRES! Eres una inútil. ¿Y si hubiera sido Cortese?

—Si esperas que discuta contigo, puedes esperar sentado.

—Xena, ¿qué crees que vas a lograr con esto?

—Nada. No voy a lograr nada.

—No hagas esto, Xena. Tú nunca te has rendido. Si quieres recuperar a Gabrielle, yo te la traigo. Ya conoces las condiciones.

—No me merezco a Gabrielle. ¿Y qué clase de señora de la guerra sería? En aquel entonces, contaba con la rabia que podía destruir naciones. Ahora, sólo siento dolor, pesar y desesperación. Tenía la devoción de la mujer más buena, cariñosa y maravillosa del mundo y la traté peor que a cualquier enemigo. Voy a ir al Tártaro, lejos de Gabrielle para siempre, y no es ni más ni menos que lo que me merezco.

Xena contempló lo que la rodeaba, las paredes de la cueva y el pozo donde Gabrielle había hecho el sacrificio final por su amiga. Y, en su mente, volvió a verlo. Esa última mirada entre las dos. Su mirada de despedida. Xena no quería verla, pero no había forma de que desapareciera. La mirada que decía: "Lo siento. No había otra manera. Te quiero. Se buena, Xena. Haz que me sienta orgullosa de ti. Y, por los dioses, HONRA mi recuerdo".

Ninguna actriz dramática podría lanzar jamás una mirada así. Ninguna actriz podría tener jamás tanto talento.

—Xena...

Pero Xena estaba harta de palabras y estaba harta de Ares. Se tiró al pozo. Abajo, abajo, abajo, notó que el calor se acercaba.

Y de repente, el calor desapareció. Cayó apenas unos metros, para acabar en brazos de Ares.

—¿Qué haces? ¡Déjame! ¡Quítame las manos de encima!

—No voy a permitir que hagas esto.

—¿Qué derecho tienes a detenerme?

—Xena, si tú puedes reformarte, cualquier señor de la guerra puede hacerlo. ¿Y qué pasa entonces con el dios de la guerra?

—No puedes detenerme. Acabaré encontrando una manera de quitarme la vida.

—Yo sí puedo detenerte.

Ares se echó a un lado. Y allí estaba Gabrielle.


Capítulo 10

La bardo se quedó confusa apenas unos segundos. Volver a ver a Xena era lo único que necesitaba. Cualquier otra respuesta tendría que esperar.

—¡Xena! —dijo.

Las dos mujeres casi ni oyeron a Ares cuando éste dijo:

—No he acabado contigo, Xena. —Y desapareció.

La expresión de los ojos de Xena era algo para lo que la bardo no estaba preparada. Y tampoco para el hecho de que Xena estuviera más ensangrentada y magullada que nunca.

—¿Qué te ha pasado? —preguntó Gabrielle. Xena apartó los ojos de ella.

—Gabrielle, por favor, aléjate de mí.

—Xena, ¿qué estás diciendo?

—Gabrielle, no podemos seguir juntas.

—¿Por qué no?

—Porque no te merezco.

Y ante la mirada atónita de la bardo, Xena cayó a sus pies, llorando como una niña pequeña.

—Lo siento muchísimo, Gabrielle. ¡Intenté matarte! Gabrielle, lo siento tanto.

—¡Xena, levántate! Sabes que te perdoné por eso.

—¡NO! ¡No quiero que me perdones! No tengo derecho a pedirte que me perdones.

—¡Xena, levanta! ¡Basta ya! ¡Nadie quiere verte así! —Se dejó caer de rodillas y cogió la cara de Xena entre las manos.

—Así no le haces bien a nadie —dijo Gabrielle.

—¿Qué ha sido de la Gabrielle que no me dejaba hacer cosas así?

—No lo sé. Solan, supongo. La culpabilidad por lo de Solan.

—Gabrielle, te eché la culpa de eso y no tenía derecho a hacerlo.

Las dos se levantaron. Xena abrazó a Gabrielle y la bardo dijo:

—No pasa nada, Xena. Encontraremos una forma de volver a donde estábamos antes. Te lo juro.

Se separaron y Gabrielle dijo:

—Necesito una escalera para estos abrazos.


Capítulo 11

—Gabby, cuando intenté matarte, ¿por qué no me dejaste?

—Por esa noche junto a la hoguera, cuando hablamos de Calisto, y por la promesa que me hiciste. Me di cuenta entonces de que ahora eres responsabilidad mía y yo soy la tuya. ¿Debía abandonar mi trabajo porque las cosas se habían puesto algo peligrosas? ¿Podrías hacerlo tú?

—Gabby, prométeme, prométeme que si alguna vez vuelvo a hacerte daño, me dejarás. Prométemelo o no podremos seguir juntas.

—No.

—Pues adiós.

—Espera, espera. —Hubo una pausa de apenas tres o cuatro segundos y Gabrielle dijo—: Lo prometo.

—Dilo.

—PROMETO que si alguna vez vuelves a hacerme daño físico intencionadamente, te...

La bardo sabía que tenía que decirlo, y tenía que decirlo en serio y tenía que conseguir que Xena lo creyera. Pero le costaba muchísimo. Miró a los hermosos ojos azules de Xena, al tiempo que sus propios ojos verdes como el mar se empezaban a llenar de lágrimas, y dijo:

—Te dejaré.

Se abrazaron. Xena derramó sus lágrimas sobre los hombros de Gabrielle. Se separaron y Gabby dijo:

—No tiene que ser una escalera muy grande.

Xena se echó a reír y cayó de rodillas, por lo que ahora estaba más baja que Gabrielle. Volvieron a abrazarse.

—Cuánto deseo ser como tú —dijo Xena.

—¡Yo deseo ser como tú! —dijo la bardo.

—Pues intenta matarme. Tortúrame, tírame por un acantilado, cúlpame de algo que no es culpa mía.

—Vamos, levanta. Esto es ridículo. Vámonos. ¿Dónde está Argo? ¿Cuál es nuestro próximo trabajo?


Capítulo 12

Las dos mujeres salieron de la cueva rodeándose la una a la otra con el brazo. Sin vara, sin espada, sin chakram, pero daba igual. Normalmente se las arreglaban para volver a encontrarlos, de una forma u otra.

—¿No quieres que te cuente lo que he visto en los Campos Elíseos?

—Claro que sí.

—No me pareces muy sincera. ¿Estás segura de que quieres oírlo?

—¡Gabrielle! Claro que quiero oírlo.

—Tienes que mejorar un poco cuando finges sinceridad. Lo cual me recuerda, ¿sabes lo que me dijo Hades cuando le pregunté si podía volver contigo?

—¿Qué dijo?

—Ah, y por cierto, he aprendido nuevos movimientos con la vara en los Campos Elíseos. Qué ganas tengo de enseñártelos.

—Gabrielle, ¿quieres centrarte en un solo tema?

—Bueno, ¿cuál quieres oír? ¿Quieres saber lo de Hades o...?

—Lo que tú quieras.

—Ves, esto es el tipo de cosa que me hace dudar de tu sinceridad.

—¡Gabrielle!

—Bueno, disculpa, pero es que me parece que si fueras sincera...

—¡Gabrielle!

—...tendrías alguna preferencia...

—¡Gabrielle! Vale, cuéntame lo de Hades.

—¿Estás segura de que no quieres que te cuente lo de los Campos Elíseos? Tengo historias muy buenas.

—¡Gabrielle!

La bardo levantó los ojos para mirar a la princesa guerrera y vio que estaba sonriendo. Las lágrimas seguían ahí, pero Xena estaba sonriendo.

Sonriendo entre lágrimas. La emoción preferida de la bardo.


FIN


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos cortos
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