¿Hay otro médico en la casa?

Alan Plessinger



Descargo: Xena, la Princesa Guerrera y los nombres, títulos y argumentos usados en ¿Hay otro médico en la casa? son propiedad exclusiva de MCA/Universal. El autor no pretende infringir sus derechos de autor al escribir este fanfic.
Este relato es otro final para ¿Hay algún médico en la casa?
Alan Plessinger

Título original: Is There Another Doctor in the House? Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Después de que la respiración artificial y la reanimación cardiopulmonar fallaran, después de que prácticamente todos los sanadores y soldados del templo le rogaran que lo dejara, Xena se dejó caer por fin encima del cuerpo de Gabrielle, agotada. No había forma de consolarla. No quería oír lo que le decía nadie.

Xena cogió el cuerpo en brazos y salió del templo pasando ante los soldados, la mayoría de los cuales bajaron la vista o la apartaron a su paso. Salió por la entrada del templo. Estaba diluviando. Levantó los ojos al cielo, a los rayos y los nubarrones.

Miró a su alrededor. ¿Qué estaba buscando? Claro, estaba buscando a Gabrielle para que pudieran marcharse.

No, no, la auténtica Gabrielle, la de la sonrisa preciosa y los ojos dulces, bondadosos, llenos de vida y amor. La de la voz relajante y el trato alegre y cariñoso. ¿Dónde estaba?

Xena cerró los ojos y llegó el llanto. Se negaba a mirar este cuerpo que tenía en brazos. Gabrielle no podía estar muerta. No tenía sentido alguno que Gabrielle estuviera muerta y que Xena siguiera viviendo. No había vida sin Gabrielle. No había nada sin Gabrielle.

Su lado pragmático no paraba de decir que era el momento de devolver el cuerpo a Potedaia para enterrarlo. Fue hacia Argo.

Argo estaba al otro lado de una alambrada, una cerca que ella había saltado y que Gabrielle había trepado. Podía coger el chakram y cortar el alambre, golpeando esa lápida de ahí...

Oh, ¿de qué servían ahora esos estúpidos trucos de salón? Vale, el chakram vuelve, ¿y qué? ¿De qué le sirve eso ahora a nadie? Podía hacer lo mismo con la espada. ¿Para quién se creía que estaba actuando?

Dejó el cuerpo en el suelo al lado de la alambrada. No pudo mirar cuando la cabeza cayó hacia atrás como la cabeza de una muñeca de trapo. Sacó la espada y luego no consiguió recordar qué quería hacer con ella. Se apoyó en un árbol e intentó pensar.

Lo único en lo que lograba pensar era en todas las cosas que Gabrielle había hecho por ella en el último año.

—Gabrielle —dijo en voz alta—, siempre pensé que estaba destinada a estar sola. No sabía lo que quería decir la gente al hablar de soledad. Ahora lo sé. La soledad es echar de menos a Gabrielle.

Levantó la espada y cortó los dos alambres superiores de la cerca. Se enrollaron y cayeron encima del cuerpo de Gabrielle. ¿De verdad creía que tener una pequeña tarea de nada en la que concentrarse iba a distraerla de la tortura que era su vida?

—Gabrielle —dijo—, sé lo que te prometí, pero no puedo hacerlo. Sin ti no. Sólo hay una cosa que pueda llegar a quitarme algo del dolor y la rabia y el odio, y es mi antigua vida. No hay salvación para mí. Fui una idiota al pensar que podía ser de otro modo. Y voy a empezar por el soldado que te ha hecho esto. Por los dioses, lo voy a destruir, Gabrielle. Lo voy a desollar vivo, centímetro a centímetro. Tardará una semana en morir. ¿Cómo puede perdonarle nadie lo que ha hecho? ¿Cómo puede perdonarlo el mundo?

El trueno la interrumpió. Cerró los ojos y trató de imaginarse el derramamiento de sangre que iba a realizar. Pero lo único que conseguía pensar era en todo lo que Gabrielle había hecho por ella. Todas las veces que Gabrielle le había salvado el alma cuando estaba inmersa en su sed de sangre y no veía nada más que odio y venganza. Todos los momentos de oscuridad de los que la había sacado con su carácter alegre. Todas las pesadillas que habían terminado cuando Gabrielle la despertaba con toda la delicadeza posible, tranquilizándola con su voz y su dulce sonrisa. Todas las ocasiones que la habían llevado a creer que el mundo no le podía hacer nada, que no había sufrimiento ni pérdida que no pudiera soportar, mientras tuviera a Gabrielle.

Mientras tuviera a Gabrielle.

Todas las cosas que le había dicho Gabrielle volvían a ella una y otra vez.

—¡Era tu último deseo! Por todo lo que me has dado y todas las veces que me has salvado la vida, iría al Tártaro para cumplirlo.

Gabrielle...

—No. Mírame. Me enfrento a un señor de la guerra homicida, como te vi a ti hacerlo contra Draco. Pero esta vez el señor de la guerra eres tú.

Gabrielle...

—No. No, escucha, prométemelo. Si me ocurre algo, no te convertirás en un monstruo.

Gabrielle...

—Sólo hay una forma de acabar con este ciclo de odio, y es a través del amor. Y del perdón.

Gabrielle...

—No. No, prométemelo.

Gabrielle...

Xena echó los brazos a los lados, lanzó hacia atrás la cabeza y gritó.

—Gyaaaaaaaaaaaaaaaaaahhhhhhhhhhhhhhhhh...

La lluvia se mezclaba con sus lágrimas y con la sangre de los soldados. La lluvia le caía en la garganta, le resbalaba a chorros por la cara y el cuello. Cayó de rodillas y se sujetó los costados como si el dolor y la desesperación la fueran a partir en dos.

—Gyaaaaaaaaaaaaaaaaaahhhhhhhhhhhhhhhhh...

Volvió a aullar y el trueno le contestó. Alzó la espada hacia el trueno y le gritó como si fuera responsable.

¡No lo haré! —vociferó—. ¡No seré lo que era! ¡Me da igual lo bien que me sienta! Eso mataría otra vez a Gabrielle, ¡y no lo haré!

Golpeó el árbol con la espada una y otra vez y gritó las palabras con la fuerza suficiente para convencerse a sí misma.

¡No... seré lo que... era! ¡No... seré lo que... era! ¡No... seré lo que... era! ¡Por los dioses, juro que no seré lo que era!

Otro trueno y un rayo alcanzó la alambrada. Unos inmensos voltios de corriente bajaron por los alambres cortados y entraron directamente en Gabrielle. El cuerpo se retorció y saltó y cuando terminó todo, Xena corrió hasta el cuerpo y lo acunó en sus brazos.

¡No, no era posible! ¡Tenía pulso! El corazón le latía muy débilmente. Todavía no había vuelto del todo, pero con un poco más de respiración artificial y reanimación, consiguió toser. Parecía confusa mientras Xena la abrazaba, pero logró decir una palabra.

—¿Xena?

Xena lloró en el hombro de su amiga al pensar que podía no haber vuelto a oír su nombre de esa manera nunca más. No quería soltar a Gabrielle.

—Gabrielle —dijo—, te prometo que jamás volveré a subestimarte.

Gabrielle estaba viva. Xena tenía una vida que merecía la pena vivir.


FIN


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