Xena en el jardín del bien y del mal

Alan Plessinger



Descargo: Xena, la Princesa Guerrera y los nombres, títulos y referencias usados en Xena en el jardín del bien y del mal son propiedad exclusiva de MCA/Universal. El autor no pretende infringir en modo alguno los derechos de autor al escribir este fanfic.
Nota: Hay un poco de violencia y un poco de sexo entre dos mujeres.
Alan Plessinger

Título original: Xena in the Garden of Good and Evil. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Las campanas matutinas del templo despertaron a Gabrielle de un profundo sueño. Miró al otro lado de la habitación y vio a Xena agitándose y gimiendo en sueños, presa de otra de esas pesadillas. Gabrielle salió de la cama, todavía medio dormida. Sus pies tocaron el frío suelo de piedra y cruzó la habitación a trompicones hasta la cama de Xena.

—¿Xena? Tranquila. Despierta, sólo es un sueño.

Evitando los poderosos brazos de Xena, que se habían hecho un poco menos poderosos durante su estancia en el templo, Gabrielle se deslizó bajo las mantas con Xena. Se puso a besar y chupar los pechos de Xena y luego fue bajando con sus besos por el cuerpo de Xena hasta que la hábil lengua estuvo en posición de hacer algo útil. Los gritos de Xena no tardaron en transformarse en gemidos de placer. Una forma agradable de despertar.

Cuando Xena abrió por fin los ojos, fue para encontrarse con la bonita visión del sol entrando a través de las cortinas amarillas e iluminando las cuentas multicolores que colgaban de las ventanas, llenando la habitación con los colores del arco iris. Gabrielle se había quedado dormida de nuevo, en brazos de Xena, pero se despertó al oír la segunda campana del templo.

Fuera de la ventana empezó a sonar música de flauta, acompañada de los sonidos de los móviles de campanillas. Por el pasillo llegaba el olor a pan recién hecho. En muchas de las habitaciones ya habían empezado a quemar incienso.

—Qué lugar tan apacible —dijo Xena—. Es maravilloso despertarse todas las mañanas viendo estas cosas tan bonitas y con estos olores tan buenos. Lo único que desearía es saber de dónde provienen estos sueños tan horribles.

—¿De qué trataba éste? —preguntó Gabrielle.

—De un lugar llamado Corinto. No lo comprendo. Yo iba montada a caballo, al mando de un ejército, matando soldados. Y parecía disfrutar con ello. ¿Por qué tengo estos sueños?

—Al menos sueñas con algo —dijo Gabrielle—. No puedes seguir soñando con nada salvo el día anterior o el anterior a ése. Dijiste que querías recuperar tus recuerdos, ¿no?

—Pero no es posible que estos sean recuerdos.

Gabrielle estuvo a punto de contestar, pero se dio cuenta de que no era una pregunta. Xena se puso una túnica de gasa blanca, se calzó las sandalias y salió de la habitación sin decir palabra.

Las sacerdotisas del templo de Afrodita estaban desayunando en la gran sala, conversando alegremente sobre pintura, escultura y poesía. Xena se unió a la conversación inmediatamente, comentando unos bordados en los que había estado trabajando.

Ah, si estas sacerdotisas supieran con quién estaban hablando.

Gabrielle se reunió con Xena para tomar un cuenco de gachas con azúcar moreno. Era asombroso lo buenos que podían ser los alimentos cultivados por uno mismo. Y era asombroso lo distinta que empezaba a ser Xena, y Gabrielle no estaba segura de que eso fuera bueno.

Pero mira lo feliz que es, pensó Gabrielle.

Xena siempre hacía callar a Gabrielle cada vez que la bardo intentaba contar historias de su pasado, incluso las más inocuas. Decía que quería recordar su pasado, no aprenderlo. Pero cuanto más tiempo pasaba aquí, más le gustaba este lugar de paz y menos interés tenía por sus propios recuerdos.

Bueno, no se lo podía echar en cara. Ésta era una buena vida. Aparte de ocuparse del jardín, el único trabajo eran actividades artísticas, como la música, la pintura, la literatura. Aunque el templo estaba en lo alto de las montañas, Afrodita mantenía un clima cálido y agradable, a cambio de lo cual aparecía una vez al mes para recibir sus tributos y oír sus canciones de alabanza. Las canciones solían ser cosas como ésta:

Cantamos a la bella diosa Afrodita...
Cantamos a su maravilloso y lustroso cabello...
Su tez blanca, impecable y cremosa...
Sus hermosos ojos, sus labios adorables...
Nos quedamos sin aliento ante el resplandor de su belleza...
Oh, Afrodita, no es casualidad que seas una diosa...

Y así seguía, durante unos veinte minutos.

Dentro del templo no estaban permitidos los espejos ni los estanques reflectantes, para que ninguna sacerdotisa pudiera creerse jamás tan bella como Afrodita.

A veces Afrodita pensaba que a las canciones de tributo les faltaba algo de sinceridad u originalidad y dejaba que el clima se enfriara un poco, no lo suficiente como para dañar las cosechas, pero sí como advertencia para que lo hicieran mejor la próxima vez. No era fácil idear cumplidos totalmente originales para Afrodita todos los meses, pero desde que había llegado Xena, las compositoras de salmos habían visto renovada su inspiración.

Gabrielle y Xena siempre se unían a las canciones de alabanza, y eso satisfacía enormemente a la diosa. Gabrielle incluso se preguntaba si tal vez Afrodita no estaría alargando un poco la amnesia de Xena. Pensó en preguntárselo a la diosa, pero a lo mejor no convenía darle ideas.

Al fin y al cabo, Afrodita había tenido la amabilidad de permitir a Xena y Gabrielle alojarse aquí y de ocultar a Ares dónde estaban.

Después de desayunar se separaron, Xena a sus bordados y Gabrielle a dar una clase para bardos. Luego comieron un almuerzo delicioso a base de judías verdes, arroz salvaje y lentejas, sazonado con ajetes y cebolletas. Luego trabajaron unas horas en el jardín, Xena cavando y Gabrielle quitando malas hierbas. El viento transmitía el sonido de la música de arpa y flauta del edificio de al lado.

Xena parecía radiante de felicidad mientras trabajaba. Gabrielle no se podía creer que la Xena que conocía pudiera ser tan feliz con esta vida.

—¡A que Afrodita es maravillosa! —exclamó Xena entusiasmada.

—¿Por qué?

—¡Por qué! ¿Cómo puedes decir eso? Nos da este sitio maravilloso donde vivir, ¡y es tan bella!

—Oh, Xena, tú eres el doble de bella que Afrodita en su mejor día.

—¿Sí? —preguntó, tocándose la cara—. Ah, no, eso no es posible.

—¡XENA! —dijo—. Tenemos que hablar. ¡Estoy más que harta de esto! No me gustas así. Durante un tiempo sí, era un cambio de ritmo agradable y me alegro de que te haya hecho feliz, pero tú no estabas destinada a ser así.

—Pero yo sólo sé ser de esta forma.

—¿No quieres recuperar tu vida de antes, Xena?

—No, si eso quiere decir que tengo que marcharme de un sitio como éste. Pero dime una cosa.

—¿El qué?

—En mi vida de antes... en nuestra vida de antes... o sea, ¿teníamos esta...?

—¿Que si teníamos una relación sexual?

—Sí.

—No, no la teníamos. Lo siento si me he aprovechado de que era como si las cosas estuvieran empezando de nuevo para nosotras. Es el tipo de cosa que pensé que siempre habías deseado. Y, por los dioses, cómo lo deseaba yo.

—¿Y por qué no la teníamos?

—No lo sé. Tal vez tú pensabas que podías estar aprovechándote de nuestra diferencia de edad. Siempre me veías como a una niña.

—No me puedo creer que pensara eso. ¿Cómo has aprendido a ser tan buena en la cama?

—A base de probar. Llevo ya tres años imaginándome estas noches.

—Pero nunca me dejas que te corresponda.

—Nunca me lo has pedido.

—Me gustaría poder darte placer. Tú me has dado tanto, y he estado fijándome en lo que haces. Aunque no creo que lo pueda hacer tan bien como tú. No sé hacer muchas cosas.

Se oyó un jaleo en la entrada del templo. Un hombre intentaba entrar a la fuerza en el templo, y seguro que no había venido para rendir tributo a Afrodita. Estaba persiguiendo a una de las sacerdotisas que había salido a buscar agua y cuando la atrapó, se puso a toquetearla hasta que ella gritó pidiendo ayuda.

—Oh, no —dijo Gabrielle—. Aquí no. ¿Es que no hay forma de escapar?

Le quitó el azadón a Xena y corrió lo más rápido que le permitió su larga túnica de gasa, le dio al hombre un empujón en el pecho con el azadón y luego le pegó un golpe en la cabeza. Él agarró el azadón con las dos manos e intentó quitárselo. Preguntándose si todavía le saldría ese movimiento, torció el azadón hasta colocarse detrás de él, espalda con espalda, y cuando él tiró del azadón para arrebatárselo, ella dio una voltereta por el aire y aterrizó delante de él. Aprovechó el asombro de su adversario para quitarle el azadón de las manos, lo golpeó de nuevo en la cabeza y luego lo derribó al suelo levantándole las piernas.

Lo amenazó con el lado afilado del azadón mientras él se apartaba a rastras.

—Largo de aquí. Ahora.

—Está bien, tranquilízate, puta. Sólo era un poco de diversión.

—Cuando una sacerdotisa del templo de Afrodita grita pidiendo ayuda, eso quiere decir que no se está divirtiendo.

Volvió a amenazarlo con el azadón para que se marchara deprisa.

Se volvió para mirar a las sacerdotisas y sonrió. Todas las sacerdotisas apartaron la mirada con asco. Bueno, no se esperaba aplausos, pero un poco de reconocimiento habría sido agradable. Pero éste no era un lugar donde se tolerara la violencia, por muy justificada que estuviera.

Xena corrió hasta ella.

—¡Gabrielle, ha sido maravilloso! ¿Cómo sabías qué hacer? ¡Esa voltereta ha sido increíble!

—¿Ha sido algo que a ti te gustaría hacer, Xena?

—Bueno, yo no diría eso exactamente, pero ha sido increíble.

—¿No te ha traído ningún recuerdo?

Xena se quedó pensando.

—No, la verdad es que no.

—Xena, vamos a sentarnos.

Fueron a un rincón del jardín y se sentaron en un par de cómodas butacas de mimbre con cojines.

—Tenemos que hablar —dijo Gabrielle—. Pero primero tengo que enseñarte una cosa.

Se levantó, fue a un rincón del jardín y se puso a excavar para sacar algo del suelo. Xena la observaba con interés. No conseguía imaginar qué podía estar enterrado allí.

Gabrielle regresó con el objeto, envuelto en tela de saco. Lo desenvolvió. Era una espada.

Xena la miró. Intentó apartar los ojos, pero no pudo. Por fin cerró los ojos y se puso la mano delante de la cara.

—Ponla otra vez donde estaba —dijo con calma.

—¿Por qué?

—Ésa es la espada de mis sueños.

—Es tu espada, Xena.

—No, no lo es. No puede serlo. ¿Para qué iba nadie a necesitar una espada en un sitio como éste? Dásela a la cocinera, puede usarla para cortar verduras.

—Ya has visto lo que acaba de ocurrir. Incluso aquí puede surgir la violencia.

—Me da igual. No es mi problema.

—Xena, coge la espada con la mano. Te traerá recuerdos.

—No.

—Xena...

—¡Gabrielle, aquí he sido tan feliz! ¿Por qué intentas que me enfade?

—Xena, por favor.

—¿No podrías limpiarla al menos? Mira esa sangre seca.

—Xena, parte de esa sangre está ya tan incrustada que jamás podrá salir.

—No quiero tocarla.

—Xena, por favor, coge la espada.

—No.

—Xena, por favor, confía en mí. Tienes que hacer esto.

—¡NO!

—Xena, por favor...

—¡NO! —gritó, y golpeó a Gabrielle en la cara, con fuerza suficiente para derribarla.

Xena miró lo que había hecho. El moratón que tenía Gabrielle en la cara. Estaba boquiabierta de horror ante lo que había ocurrido. Tenía los ojos aterrorizados, y era de ella misma de quien tenía miedo. Se le empezaron a llenar los ojos de lágrimas y su cara se contrajo con una horrible expresión de pena. Le empezó a temblar la boca.

—Oh, dioses —dijo—. Otra vez no.

Cayó de rodillas ante Gabrielle.

—Lo estoy recordando todo —dijo—. Y no quiero.

—Te perdono, Xena.

—¡No! ¡Estoy harta de que me perdones! ¡No quiero que me perdones!

—Pues es una lástima. Porque estoy dispuesta a perdonarte lo que sea, con tal de que podamos estar juntas, luchando por el bien supremo.

—Me encantaría no volver a oír esas dos palabras nunca más.

—Xena, a mí no me da miedo el dolor. Tanto si me lo causa un soldado como si me lo causa un señor de la guerra o tú. Si de vez en cuando pierdes los nervios y me pegas, entonces te perdonaré y me da igual lo que piense nadie, incluida tú. Si te abandono, sé que Ares acabará apoderándose de tu alma y te quiero demasiado para dejar que eso ocurra.

—¡Pero yo nunca te he perdonado a ti, Gabrielle! Con todas las cosas horribles que he hecho, todos los hijos de tantas madres que he enviado al otro mundo, y jamás he sido capaz de perdonarte por lo de Solan. Y que no fue culpa tuya, pero no me sirve de nada. Nunca pude sentirme de verdad mal por intentar matarte hasta... hasta que te vi con...

—¿Esperanza?

Xena asintió y se le cortó el aliento. Intentó decir algo, pero sollozaba con demasiada fuerza para hablar.

Gabrielle dijo:

—¿Te acuerdas de cuando Talmadeus te rompió el cráneo? ¿Justo después de que yo volviera de los Campos Elíseos?

Xena asintió.

—Joxer y yo tuvimos que vendarte la cabeza. Pasaste bastante tiempo delirando y cuando saliste de ello, no recordabas quién eras. Te llevé a Mnemosine, pero dijo que una parte de ti se oponía a sus esfuerzos por traerte de vuelta a tu ser. Así que te traje a este lugar de paz. Pensé que las dos nos merecíamos un poco de tranquilidad después de todo lo que nos ha ocurrido. Nunca pensé que te fuera a gustar tanto.

Xena hundió la cara entre las manos.

—¿Por qué se le permite vivir a alguien como yo?

—Porque el mundo te necesita, Xena. Todavía quedan muchas cosas buenas por hacer y tú eres la única que las puede hacer.

—Gabrielle, ¿qué te he hecho? Recuerdo esa sonrisa adorable, esos ojos verdes chispeantes, llenos de vida y amor. Recuerdo la alegría de vivir que veía en ti. Cada movimiento, cada paso era como una celebración. Hace mucho tiempo que no veo todo eso en ti.

—Aquí tampoco has visto eso en mí. Éste no es lugar para nosotras, Xena. No puedes esconderte de la vida aquí arriba. Aquí arriba no haces daño a nadie y no ayudas a nadie. Te pondremos en el jardín y dejaremos que te cubras de musgo, porque sólo sirves para eso. Éste no es tu destino.

—¡A la mierda mi destino! Estoy harta de expiar mi pasado. Quiero quedarme aquí. Aquí era feliz. ¿Por qué no puedo quedarme?

—Oh, claro que puedes quedarte. Es tu vida. Incluso puedes hacer que Mnemosine borre tus recuerdos para siempre. Puedes quedarte aquí el resto de tu vida, si quieres. Pero será sin mí.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Aquí no me necesitas. Y yo tengo intención de lograr algo con el resto de mi vida. Tú puedes bordar sin mí.

—Dijiste que me querías. Me prometiste que nunca me dejarías.

—Oh, claro que te quiero. Pero ésta, Xena, ésta no eres tú. No sé quién eres ni qué has hecho con la auténtica Xena, pero ésta no es la mujer de la que me enamoré y a la que juré seguir hasta el confín del mundo. A ti no te seguiría ni hasta el final de la calle.

Afrodita se materializó ante ellas, ataviada con esa ropa interior hortera de color melocotón que siempre llevaba.

—Vaya, hola a las dos —dijo Afrodita—. Ya veo que habéis estado haciendo el burro como de costumbre.

—Alabemos todas a la hermosa Afrodita, gloria aleluya —dijo Gabrielle—. No te toca venir hasta la semana que viene. ¿Se trata de una inspección sorpresa? ¿Buscas dianas en forma de Afrodita?

—Anda ya. Mis sacerdotisas me adoran y me han pedido que venga aquí a comunicaros una mala noticia.

—A ver si lo adivino. Nos echan.

—Te echan a ti, Gabby querida. Xena les gusta y se temen que puedas ser una mala influencia para ella.


Gabrielle estaba al lado de Argo, esperando a que Xena saliera del templo de Mnemosine. Ya habían pasado más de ocho horas y estaba preocupada. Era mucho más tiempo del que había pasado Gabrielle ahí dentro.

Pero tenía algo que leer. Había prometido calificar los exámenes de sus alumnas bardos.

Por fin Xena salió del templo, vestida con su cuero y su armadura. Bajó caminando hasta Argo.

—¿Y bien? —preguntó Gabrielle—. ¿Has decidido qué vas a hacer?

—Bueno, sé lo que me gustaría hacer —dijo Xena—. Y sé lo que tengo que hacer y parece que voy a hacer lo segundo. Pero también me alegro de que me acompañes en este viaje. Sin ti no sirvo para nada, Gabrielle.

—Eso no es cierto. Habrías sido una bordadora de primera.

—Ah, creo que con el tiempo me habría dedicado también a la pintura y la escultura.

—Tal vez. Xena, hay una cosa que dijiste que harías por mí, cuando estábamos en el templo de Afrodita.

—¿El qué?

—Dijiste que me corresponderías.

—Tendrás que especificar más. Le pedí a Mnemosine que borrara esa época de mis recuerdos. Más vale no tener tentaciones, ya sabes. Además, son recuerdos inútiles. ¿Qué te prometí hacer?

—Oh, nada. Da igual.

Xena se montó en Argo y emprendió la marcha por el camino. Gabrielle cogió su vara y echó a andar al lado de Argo.

Me he librado, pensó Xena.


FIN


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