Sólo queda hoy

Alan Plessinger



Descargo: Xena, la Princesa Guerrera y los nombres, títulos y referencias usados en Sólo queda hoy son propiedad exclusiva de MCA/Universal. El autor no pretende infringir en modo alguno los derechos de autor al escribir este fanfic.
Este relato es un intento de recuperar un poco de la Gabrielle de la Temporada 2. Muchos la echamos de menos.
Alan Plessinger

Título original: Only Today Remains. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Capítulo 1

—Gabrielle, ¿qué te parecería si nos tomamos un día libre y nos quedamos aquí mañana?

—¿En serio?

Xena esperaba una reacción mejor de la obtenida. Un año antes, Xena habría sido objeto de una hermosa sonrisa por parte de Gabrielle, con los ojos llenos de expectación y picardía ante la idea de pasar un día de asueto con su mejor amiga. Tal vez incluso unos cuantos saltos incontrolados, como una niña que no pudiera contener del todo su alegría.

En cambio, Gabrielle parecía desconfiada, como si Xena sólo quisiera someterla a prueba.

—¿No te importa? —preguntó Gabrielle.

—¡No! No tenemos que acudir a ninguna parte urgentemente, ¿verdad? Y este sitio es muy bonito.

—Vale —dijo Gabrielle, sin mucho entusiasmo.

Oh, Gabrielle, ¿dónde estás?, pensó Xena. Si pudiera retroceder en el tiempo...

—Tengo una idea —dijo Gabrielle.

—¿El qué?

—Bah, da igual, no vas a querer hacerlo.

—Venga, dímelo.

—No, es una estupidez.

—Tú dímelo, Gabrielle.

—No, olvídalo. Da igual.

A Xena le faltaba muy poco para perder los estribos y dijo, despacio, con cuidado:

—Gabrielle, por favor, dime lo que estabas pensando.

—Estaba pensando que sería buena idea que mañana nos quedáramos sólo en el presente. Que sólo hablemos del día a medida que va transcurriendo. Nada del pasado y dejando el futuro en paz, de forma que sólo quede hoy.

—¿Y de qué vamos a hablar todo el día?

—¿Quién dice que tengamos que hablar si no nos apetece?

—¿Te vas a quedar callada todo el día?

—Eso no lo he prometido —dijo Gabrielle.

—Vale —dijo Xena—, buena idea. El pasado ha muerto. Sólo existe el presente.

—Y ni siquiera el futuro —dijo Gabrielle—, es lo que solía ser.

Xena sonrió.

—Será un alivio no hablar del pasado —dijo Xena—. Sobre todo del pasado reciente.

Gabrielle se miró las manos y los brazos y Xena se dio cuenta de que estaba pensando clarísimamente en el pasado reciente. Gabrielle se estremeció como si aún notara los golpes y las quemaduras de las cuerdas.

Maldita sea, pensó Xena, ¿por qué he tenido que decir eso?

—Otra idea —dijo Gabrielle—. Ya que estamos, ¿qué tal si mañana hacemos como que tú y yo nos acabamos de conocer?

—Gabrielle...

—¡Venga, será divertido!

—Gabrielle, soy demasiado mayor para estos juegos infantiles.

—Creo que tu problema es que nunca en tu vida has jugado lo suficiente como una niña.

—¿Así que somos dos completas desconocidas que de repente se despiertan la una al lado de la otra?

—Podría pasar.

Xena suspiró.

—Está bien. Pero si alguien nos necesita, si surge algo urgente o si aparece alguien a quien conocemos, se acabó el juego. ¿Vale?

—¡Genial! —dijo Gabrielle, con una leve sonrisa. Nada comparable a lo que era capaz de hacer. Nada comparable a esas sonrisas pícaras, cariñosas y adorables de hacía sólo un año que Xena recordaba tan bien. Pero prometía.

Mañana podría ser un buen día.


Capítulo 2

Xena se despertó la primera, como de costumbre, y se levantó para recoger más leña para el fuego, coger agua del río y comprobar sus provisiones para ver qué podían hacer para desayunar. No se molestó en ponerse la túnica de cuero y simplemente se quedó en camisa.

Gabrielle se despertó despacio, se estiró de una forma adorable y miró a Xena con curiosidad.

—¡Buenos días! —dijo Gabrielle—. No es que quiera inmiscuirme ni nada parecido, pero ¿quién eres tú y qué haces aquí?

—Me llamo Xena. Algunos me llaman la Princesa Guerrera.

—Si eres guerrera, ¿dónde está tu guerra?

—Hasta los guerreros se toman un día libre de vez en cuando.

—¿Has dormido a mi lado?

—Sí.

—¿Por qué?

—¿Cómo puede nadie resistirse a dormir a tu lado?

Gabrielle sonrió y miró a Xena con coquetería.

—Bueno, me parece que eso es propasarse bastante, ¿no crees? Ni siquiera sabes cómo me llamo.

—A ver si lo adivino. Te llamas... Myrtle.

—¿Myrtle?

—Te pega llamarte Myrtle.

—Pues no.

—¿Qué tal... Gertrudis? ¿Hortensia?

—Me llamo Gabrielle. Soy bardo.

—¡Bardo! ¿Y eso de ahí son tus pergaminos?

—Sí.

—Pues enséñame lo que has escrito hoy.

—No, no te va a gustar.

—Claro que sí. Dime lo que has escrito en tus pergaminos hoy. Cuéntame una historia hoy.

—Si una guerrera se puede tomar un día libre, también puede una bardo.

—Ya. Por cierto, Gabrielle, tienes un vocabulario de lo más impresionante. Conoces muchas palabras.

—Indudablemente.

—Sí. Dime, ¿has aprendido todas esas palabras... hoy?

—No, pero hoy las voy a usar todas.

—Y este nombre que tienes. Gabrielle, ¿no? ¿Has elegido ese nombre... hoy?

—Sí, así es. En cuanto me he despertado, he decidido que hoy mi nombre va a ser Gabrielle. ¿Y tú?

—Lo mismo, pero me he levantado mucho antes, así que me ha dado tiempo de elegir un nombre mucho mejor. Si te hubieras levantado antes, tú podrías haber sido Xena.

Gabrielle sonrió y Xena pensó: Es como la aurora. El amanecer se humilla ante ella.

Las dos se sonrieron estúpidamente y Gabrielle se levantó y dijo:

—Bueno, ya que estás aquí, supongo que lo menos que puedo hacer es prepararte el desayuno.

Gabrielle sacó unas salchichas y se puso a cocinarlas en una sartén, junto con bizcochos para absorber la grasa. Cuando estuvieron hechas, Gabrielle sacó una naranja para ella y le lanzó otra a Xena.

Xena la atrapó con una mano y la peló encima del fuego con su daga de pecho. Gabrielle peló la suya con las manos. Las dos se pusieron a comer y Gabrielle terminó primero.

—Creo que no me apetece el resto de la naranja —dijo Xena—. ¿Lo quieres tú?

—No sé si debo aceptar regalos de una desconocida.

—Es tu naranja.

—Ah, pero podrías haberle echado algo. Pero creo que puedo fiarme de ti.

Xena se acercó y se sentó al lado de Gabrielle. Cogió un gajo de naranja y lo sujetó entre dos dedos, acercándolo a los labios abiertos de Gabrielle. Ésta sacó la lengua y tocó el gajo de naranja y luego Xena lo apartó y sonrió.

—A lo mejor puedes fiarte de mí y a lo mejor no puedes —dijo Xena.

—Oh, creo que puedo fiarme de ti. Pareces el tipo de persona en quien podría confiar hasta el fin de este mundo y parte del próximo.

Gabrielle arqueó la espalda y se echó hacia delante para recibir el gajo de naranja. Sacó la lengua para saborearlo de nuevo. Esperó a que Xena le metiera el gajo en la boca, luego cerró los labios y besó las puntas de los dedos de Xena. Sonrió.

—Por lo menos —dijo Gabrielle—, eso es lo que opino de ti hoy. Podría cambiar en el futuro.

—¿El futuro? ¿Qué es eso?

—Ah, el futuro es algo que ocurre cuando no es ahora.

—Pero es imposible que no sea ahora.

—Eso es cierto —dijo Gabrielle, y se inclinó hacia delante para recibir otro gajo de naranja y luego otro. Ya no quedaban más gajos, pero Gabrielle no se apartó. Seguía echada hacia delante con aire expectante.

—Ya no queda —dijo Xena.

—Oh, qué pena —dijo Gabrielle, haciendo un puchero.

—¿Alguna vez te han dicho que eres una monada?

—Hoy no.

—Pues lo eres. Eres adorable.

—Gracias.

Xena se levantó y se apartó de Gabrielle.

—Bueno, dime, ¿viajas con alguien? —preguntó Xena.

—Sí.

—¿Con quién?

—Contigo.

—Eres muy atrevida. ¿Por qué piensas que quiero que me acompañes?

—Porque eres buena persona. Pero hasta una buena persona necesita a veces una recompensa por ser buena.

—¿Y tú eres mi recompensa?

—No. La recompensa no somos ni tú ni yo. La recompensa somos nosotras. La recompensa es este pequeño espacio entre nosotras y el tiempo que pasamos juntas. La recompensa es hoy.

Xena sonrió.

—Ya sé que es una locura total —dijo Xena—, porque nos acabamos de conocer, pero creo que a lo mejor te quiero.

—Has tardado lo tuyo en decirlo. Nos conocemos desde hace más de una hora.

—Pues dime, compañera de viajes, ¿qué hacemos hoy?

—He pensado que podríamos subir por la ladera de esa montaña —dijo Gabrielle, señalando—. Hay un buen camino que sube por la ladera. Podemos llegar lo más cerca posible de la cima antes de comer, almorzar y luego volver a bajar.

De modo que prepararon dos almuerzos, los metieron en la mochila de Gabrielle y emprendieron el camino juntas.

—Antes de irnos —dijo Xena—, tengo que saber una cosa. No serás de esas personas que hablan sin parar, ¿verdad?

—No. Hablo la cantidad precisa y no más. Tú no serás del tipo taciturno y colérico, ¿verdad? No te pasarás horas de horas en plan meditabundo y obsesionándote con todo, ¿eh?

—No mientras tenga otra cosa en la que concentrarme.

—¿Como qué?

—Como mirar a la mujer más adorable y maravillosa del mundo y escuchar su voz dulce y preciosa y conseguir que de vez en cuando suelte una carcajada o una risita.

Gabrielle se sonrojó un poco.

—Gracias, Xena.

—¿Quién dice que esté hablando de ti?

Empezaron a subir juntas por la montaña y caminaron varias horas, mientras Gabrielle comentaba todo lo que sabía sobre la flora y fauna locales. Cuando el sol estaba en lo más alto, sacaron sus almuerzos y se sentaron para comer. Un arroyo corría por la ladera de la montaña y las mujeres se quitaron las botas y metieron los pies en el agua fresca mientras comían. Las raíces de un gran árbol ofrecían un respaldo perfecto para sus cuerpos. Cuando terminaron, Xena se reclinó en el árbol y Gabrielle se reclinó en Xena.

—Qué día tan perfecto y precioso —dijo Gabrielle.

—Precioso —dijo Xena.

—Te quiero, Xena.

—Vaya, cuánto has tardado.

—Es que he estado tomando una decisión con respecto a ti. No me gusta sacar conclusiones precipitadas.

—¿No? ¿Así que no eres de las que ven a una guerrera luchando contra varios hombres armados y de repente deciden que quieren pasar el resto de su vida con esa persona?

—No. Yo no haría eso. Hoy no, en cualquier caso. No a menos que la guerrera fuera muy especial, con grandes posibilidades de ser una gran persona y hacer un bien increíble en el mundo.

—Y tú ves las posibilidades de una persona en un segundo, ¿no?

—Depende de la persona.

—¿Y qué ves en mí?

—Veo que tú y yo tenemos la posibilidad de bajar de esta montaña y regresar al campamento. Más allá de eso, ¿quién sabe?

—No eres una gran vidente, ¿eh?

Gabrielle volvió la cabeza y hundió la mirada en los hermosos ojos azules claros de Xena.

—Ahora mismo veo todo lo que me hace falta ver —dijo Gabrielle.

Gabrielle se volvió de nuevo y se apoyó en Xena. Ésta cerró los ojos y sintió a Gabrielle apoyada en ella y su alma pareció vibrar de amor por esta hermosa mujer.

Oh, Gabrielle, pensó Xena, has tenido algunas ideas pésimas a lo largo de tu vida, pero ésta ha sido una de las mejores. ¿Por qué no pude encontrar este amor al que agarrarme, cuando...? No, tiene razón. El pasado ha muerto, el futuro aún no existe. Sólo queda hoy. A partir de aquí, empezamos de nuevo.

Regresaron montaña abajo y para cuando volvieron al campamento las dos estaban empapadas en sudor.

—Sabes, creo... —dijo Xena, acercando la nariz al cuerpo de Gabrielle y olfateándole el cuello, los hombros, la espalda—. Creo que hueles mal. Estoy casi segura de ello. Deja que me asegure.

Su nariz se abrió paso por las axilas de Gabrielle y su escote.

—Sí, hueles a sudor. Tienes que lavarte.

—¿Y tú no? —dijo Gabrielle, y con las dos manos bajó los tirantes de la camisa de Xena por sus hombros.

Xena se quitó la camisa y el resto de la ropa. Gabrielle se apresuró a librarse de su corpiño y su falda y de todo lo demás que llevaba.

—Te echo una carrera —dijo Gabrielle, echando a correr hacia la orilla del agua. Llevaba ventaja, pero Xena la alcanzó rápidamente, levantó a Gabrielle en brazos y se metió corriendo en el agua. Los dos cuerpos desnudos cayeron al agua juntos, formando una pequeña catarata.

Las dos salieron a la superficie abrazadas, se salpicaron la una a la otra, se hicieron aguadillas, se rieron a carcajadas. Flotando en el agua, se sonrieron.

—Te echo una carrera de vuelta —dijo Gabrielle. Xena dejó que cogiera ventaja de nuevo, luego saltó fuera del agua para seguirla. Gabrielle echó a correr no hacia el campamento, sino hacia una gran extensión de musgo que había allí cerca, como si supiera que la diversión aún no había acabado. Xena atrapó a Gabrielle y las dos aterrizaron blandamente en el musgo, y Xena agarró a Gabrielle y le hizo cosquillas.

Sabes, pensó Xena, me parece que esto es justo el tipo de cosa que seguro que Hércules y Iolaus no hacen. Ser hombre tiene que ser terrible.

Xena siguió haciendo cosquillas a Gabrielle y por fin ocurrió. Gabrielle soltó una risita.

Oh, Gabrielle, pensó Xena, hazlo otra vez. Ha pasado demasiado tiempo.

Xena siguió haciéndole cosquillas y Gabrielle siguió riendo. El ruido de la risa hizo que Xena se sintiera maravillosamente y le produjo un ligero aleteo en el estómago que hacía tiempo que no sentía. Se estremeció con un leve escalofrío de felicidad.

Tengo que guardar esta visión en la memoria, pensó Xena, mirando a Gabrielle, que se reía y se agitaba en el musgo, rodando de lado a lado, mientras el sol de la tarde se colaba a través de los árboles y hacía brillar sus hermosos ojos verdes y sus dientes perfectos y las gotas de agua que le cubrían la piel desnuda.

Xena dejó de hacerle cosquillas y se quedó mirando a Gabrielle.

Entonces Xena se volvió y se dejó caer boca arriba en el musgo, sonriendo al sol, a los árboles y al verdor.

La verdad es que no esperaba que Gabrielle fuera a saltarle encima, pero Gabrielle no se pudo resistir. Dejó a Xena sin aliento a base de hacerle cosquillas y las dos se dejaron caer en el musgo y se quedaron mirándose. El amor brotaba de ellas a oleadas, casi visibles.

Gabrielle sonrió a Xena de una forma adorable y la felicidad de la sonrisa se propagó a sus hermosos ojos verdes, que soltaron destellos.

—Te quiero, Xena —dijo—. No puedo creer que nos acabemos de conocer hoy. ¿Estás segura de que no nos conocemos desde hace miles de años y cientos de vidas?

—No estoy segura de nada —dijo Xena—, salvo de que no quiero separarme de ti jamás.

Se levantaron, se vistieron y se hicieron la cena, aunque durante el resto de la velada nada parecía tener mucha importancia para ninguna de las dos. Hicieran lo que hicieran, todo lo hacían sonriéndose embobadas la una a la otra.

El día llegó a su fin y colocaron sus sacos de dormir el uno al lado del otro, se metieron en ellos y se dieron las buenas noches.

Gabrielle se inclinó y le dio un beso a Xena en la mejilla, como lo había hecho aquella noche, un año antes, después de golpear a Xena en la nariz con su vara.

—¡Eh! —dijo Xena—. ¡Gabrielle, que la gente va a decir cosas!

Gabrielle se olvidó de las reglas de su juego infantil.

Dijo:

—¡Oh, ya lo creo que dirán!


Capítulo 3

A la mañana siguiente se despertaron casi al mismo tiempo. Se miraron.

—Buenos días —dijo Gabrielle.

—Buenos días —dijo Xena.

Pero se dieron cuenta de que las cosas habían cambiado por el día anterior. No hacía falta decirlo.

—Sabes —dijo Xena—, ayer renuncié a mis ejercicios con la espada por ti.

—A ver si se me ocurre alguien que alguna vez haya sacrificado incluso un poco más que eso por ti.

Las dos se levantaron.

—Gracias por lo de ayer —dijo Gabrielle.

—Gracias por ese juego infantil para el que me creía demasiado mayor —dijo Xena.

Se abrazaron.

—Nos han pasado muchas cosas —dijo Gabrielle—, pero creo que vamos a estar bien.

Gabrielle sonrió. Era una sonrisa tan cálida, dulce y adorable como recordaba Xena.

—Gabrielle... —dijo Xena y se le llenaron los ojos de lágrimas.

—¿Qué te ocurre?

—Nada. Estoy hecha una blandengue. Mira en lo que me has convertido.

—¿Te quejas?

—No. Gracias por convertirme en un ser humano.

—De nada.

—Sólo quería decirte que lo siento.

—¿El qué?

—Todo.

—Yo también lo siento.

—Y me alegro tanto de que hayas vuelto, Gabrielle. Me alegro tanto de que la mujer que quiero haya vuelto. Dure lo que dure, hasta que me las arregle para volver a fastidiar las cosas.

—Oye —dijo Gabrielle—, que no me voy a ir a ninguna parte.


FIN


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