En la granja con Gabby y Ares

Alan Plessinger



Alan Plessinger

Título original: Down on the Farm with Gabby and Ares. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2004


Ares amaba a Xena, pero su amor no le impedía gozar del aspecto de Gabrielle sentada junto al fuego con su cortísima falda y las bonitas y lisas piernas iluminadas por la luz del fuego que se reflejaba en sus preciosos ojos verdes. Sí, la chiquilla tenía algo, claramente.

Tenía a Xena, eso era lo que tenía.

Su ensoñación quedó interrumpida cuando Gabrielle dijo:

—Ares, cuando renunciaste a tu inmortalidad para salvarnos a Eva y a mí... eso fue un gran sacrificio. Gracias.

Él dijo:

—Si Eva hubiera muerto y Xena hubiera perdido su poder para matar dioses, Atenea habría matado a Xena. Así que salvé a Eva para salvar a Xena. Lo tuyo fue una idea adicional.

—Gracias, de todas formas. Gracias por pensar adicionalmente en mí.

Ares estiró los músculos doloridos y cansados y bostezó.

—Pero ojalá no hubiera dicho nada de que Xena estaba viva. Y sobre la identidad de Eva.

—Sí, ¿por qué no te lo callaste?

—Tenía una división de lealtades. Hades, Atenea, Afrodita... eran mi familia. Estaba preocupado. No quería que les pasara nada. Supongo que si me hubiera callado la boca, ahora estarían vivos. Jo, cómo odio las ironías.

—Y yo.

—Gabrielle, espero que nunca tengas que decidir si eres leal a Xena o a tu propia familia.

Gabrielle posó la vista en su regazo. Sus facciones se oscurecieron con una nube lúgubre que no tenía nada que ver con la tormenta de fuera.

Ares dijo:

—Lo siento, Gabby, se me había olvidado lo de...

—Da igual. Tomé la decisión adecuada. Al final. Sabes, Ares, casi diría que eres simpático si no supiera que con eso sólo te fastidiaría.

—Tú quieres muchísimo a Xena, ¿verdad?

—Sí. Y tú también.

—Y fíjate de qué me sirve. Lo triste es que si pudiera chasquear los dedos y darme a mí mismo todas las cualidades que le encantan de ti... todo eso de querer a la gente, hacer el bien y ser tan buenecita... ella seguiría prefiriéndote a ti. Te lo juro, a veces te he odiado.

—¿Por qué? No serás una de esas personas que creen que he cambiado a Xena en contra de su voluntad, ¿verdad? Xena se ha cambiado sola, lo sabes. Yo sólo he estado ahí.

—No te subestimes. Podría haberla tenido de nuevo a estas alturas, de no ser por ti.

—Aunque pudieras, nunca sería tan feliz como lo es ahora.

—Eso no lo sabes. Se lo podría haber dado todo, Gabrielle. Si hubiera seguido por ese camino, ahora podría ser Xena la Conquistadora. Si lo que quería era amor, yo podría haberle dado el amor de un dios.

—Ares, jugarte la vida por gente que ni siquiera conoces produce una satisfacción que ni te imaginas. Tal vez deberías probarlo alguna vez.

Ares se echó a reír.

—¿Ahora crees que me puedes reformar a mí? Te engañas gravemente.

—Sé que no te puedo reformar. Sólo tú puedes hacerlo. Pero Xena y yo podríamos ayudarte.

—¿Primero queréis que sea granjero y ahora que sea un héroe? Como le dijo Zeus a Hércules, "Para, me estás matando".

—Vale, vale, es sólo una idea. Siempre has querido saber qué es lo que le gusta a Xena.

Gabrielle se calló y los dos se quedaron ensimismados un rato. En su mente bailaban imágenes de una guerrera morena de ojos azules.

—Pero es absolutamente increíble, ¿verdad? —dijo él.

—Sí que lo es.

—Mucha gente cree que soy su padre, pero eso no es cierto. Pero te juro que tiene que tener algo de sangre divina en alguna parte. Ojalá me hubiera revelado ante ella antes, cuando era una señora de la guerra. No sé a qué estaba esperando. Esa chispa de grandeza, supongo.

—¿No te parecía que tuviera grandeza?

—No, sabía que la tenía. Es que estaba esperando a que esa grandeza saliera a la luz. Tenía la pasión, el valor y la rabia, pero siempre se refrenaba, por alguna razón. Había algo que le impedía alcanzar su verdadero potencial como señora de la guerra.

—Su corazón.

Ares puso cara de querer vomitar.

—¿Por qué tienes que decir esas cosas? Sabes que detesto las cursiladas. Y Xena también las detestaba.

—Las sigue detestando. Con todo el mundo menos conmigo.

—Si nunca te hubiera conocido, te juro que...

—Si nunca me hubiera conocido, si nunca hubiera conocido a Hércules, seguiría sin ser la Conquistadora que deseas que sea. Empezó a seguir el camino en el que está porque había un bebé que no estaba dispuesta a ver cómo asesinaban. Le hicieras lo que le hicieses, siempre habría algo que la volvería a llevar al camino del bien. Tanto si yo estuviera con ella como si no, acabaría encontrando una manera de decir que no al mundo de la brutalidad y la barbarie. Yo simplemente me alegro de estar con ella y de poder darle algo a lo que decir que sí. Nuestro amor.

—¿Por qué tú, Gabrielle? ¿Por qué tú y no yo?

—Bueno, ¿alguna vez te he contado lo que ocurrió cuando Calisto la envenenó y tuve que hacerme pasar por ella?

—Oh, no empieces con tus historias, Gabrielle. Me conozco todos tus pergaminos del derecho y del revés.

Gabrielle se quedó sorprendida.

—¿Has leído mis pergaminos?

Ares se encogió de hombros.

—El conocimiento es poder. Que no se te hinche la cabeza. No tenía nada que ver contigo.

—Pues entonces ya sabes cómo me sentí cuando la vi regresar de la muerte, levantarse y decir: "¡Nadie, absolutamente nadie toca a mi caballo!"

—Sí, ya. La amas, la amas, la amas. Eso ya lo sabe todo el mundo. ¿Y qué?

—Pues simplemente que me sentía una fracasada por no haber podido derrotar a Talmadeus, pero ella no lo vio así en absoluto. No te imaginas lo conmovida que estaba al saber que yo había estado dispuesta a jugarme la vida para llevar su cuerpo a casa. Estaba acostumbrada a que la odiaran y de repente tenía a alguien que la quería lo suficiente como para morir por ella.

—¿Y? Yo la quería lo suficiente como para renunciar a mi inmortalidad por ella. ¿Qué diferencia hay?

—La diferencia es que tú la amas por lo que quieres que sea. Yo la amo por lo que es.

El objeto de su amor entró por la puerta, sacudiéndose la lluvia y deseosa de calentarse junto al fuego.


FIN


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