Gabrielle mientras duerme

Alan Plessinger



Descargo: Xena, la Princesa Guerrera y los nombres, títulos y argumentos usados en Gabrielle mientras duerme son propiedad exclusiva de MCA/Universal. El autor no pretende infringir sus derechos de autor al escribir este fanfic.
Alan Plessinger

Título original: Watching Gabrielle Sleep. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Capítulo 1

Xena entró corriendo en el claro, espada en ristre, justo cuando Gabrielle estaba acabando con el último de los ladrones, golpeándolo con fuerza en la cabeza y derribándolo. El ladrón se apartó de ella lo más deprisa que pudo, se levantó y salió corriendo detrás de sus amigos.

—¡Sí! ¡Corred, mutantes repugnantes! —les gritó. Lo cual era totalmente innecesario, porque estaban corriendo.

—¡Gabrielle! ¿Estás bien?

—Oh, claro. ¿Te puedes creer lo de estos idiotas? ¿Pero cómo se les ocurre a diez ladrones viajar juntos? ¿Cuántos hombres hacen falta para robar a una persona? Cada vez que uno de sus pequeños robos no sale como estaba planeado, se dicen: "Lo que nos hace falta son unos cuantos imbéciles más para el grupo". Y entonces hacen pruebas para elegir al idiota más desorganizado que pueden encontrar y lo nombran líder.

—Gabrielle, he visto a esos hombres. Eran grandes. Me parece que eso querrá decir algo.

—¡Ah, que querrá decir algo! ¿Qué quiere decir querer decir? Querer decir no quiere decir nada, eso es lo que quiere decir querer decir.

—Gabrielle, deja de hacer el tonto. Esos hombres te tenían rodeada. Estaban armados.

—Tres de ellos tenían espadas y a lo mejor uno sabía cómo usarla.

—Hasta ahora nunca habías acabado con diez hombres.

—Oh, no he acabado con nadie. Sólo les he metido un poco de sentido común a base de golpes.

—Estaba preocupada, Gabrielle.

—¡Xena, no pasa nada! No corría peligro alguno. Estos tipos, con suerte y si fueran unos cuantos más, podrían tal vez robar a Joxer. Tal vez. Yo no corría peligro. Estaba bien.

Gabrielle sonrió con esa sonrisa adorable e hizo un molinete con la vara, haciéndola girar como si fuera un bastón de mando.

—Ya —dijo Xena—, estabas bien, ¿verdad?

Gabrielle se dio cuenta de que en los ojos de Xena todavía había preocupación, o tal vez fuera decepción.

—Ah, ya lo entiendo. Estabas deseando rescatarme. Bueno, pues me puedes rescatar de la inanición. ¿Qué me has traído?

—Nada. Dejé la caza al oír a esos hombres.

—Oh, vaya. Estofado de verduras para esta noche.

—No. Encontraré algo —dijo, y se volvió para adentrarse de nuevo en el bosque. Gabrielle la detuvo poniéndole una mano suave en el cuello y moviéndola hasta la mejilla de Xena para cogerle la cara e impedir que Xena se fuera.

—Xena, tranquila. Estoy bien. Esto no ha sido nada.

—Lo sé.

—¿Entonces qué te pasa?

—¿Por qué siempre tienes que saber todo lo que me pasa? ¿Es que no puedo guardar nada en privado?

—No. Te quiero y no puedo ser feliz si tú sufres. Y quiero ser feliz.

—No es nada, Gabrielle.

—Sabes que no lo voy a dejar. Te estaré dando la lata toda la noche si es necesario. Pero como tengo hambre y no quiero pasarme toda la noche intentando averiguar la verdad, te voy a demostrar una vez más que no hay nadie que te conozca como yo. Sé que distas mucho de ser perfecta y que a veces puedes ser muy mezquina. Y voy a leer tu pequeña y mezquina mente.

Gabrielle apartó el pelo negro de la bella cara de Xena. Los ojos de la bardo estaban llenos de comprensión y aceptación al decir:

—No te gusta que cada vez lo haga mejor, ¿verdad?

Xena cerró los ojos e intentó apartarse, pero Gabrielle no se lo permitió. Gabrielle escogía unos momentos muy inoportunos y molestos para demostrar su inteligencia.

Xena estaba a punto de decirle a Gabrielle que lo que decía era una ridiculez, pero en cambio, Xena pensó: Prometió que se quedaría contigo para siempre y lo decía en serio. Si no, no lo habría dicho. Puedes ser sincera con ella, cosas peores ha visto de ti. Mucho peores.

Xena miró al amor de su vida directamente a los ojos, se armó de valor y se lanzó a la batalla.

—Gabrielle, te necesito tanto que casi no puedo soportarlo. Tú me haces sonreír, me haces reír, me calmas, me demuestras lo que pueden hacer el amor y el perdón. ¡Me has traído de vuelta a la vida! Literalmente y en todos los demás sentidos. No puedo mirarte sin que estos sentimientos de amor me abrumen y me hagan sentir pequeña e indefensa. Has salvado mi alma más de una docena de veces, seguro que a veces ni siquiera sabías que lo estabas haciendo. ¿Y qué te doy yo a cambio? Te protejo. ¡Y eso no es nada! Hasta un simio amaestrado podría hacerlo.

—¡Nada! ¿Cómo puedes decir que no es nada?

—¡Porque es así! ¡Comparado con todo lo que tú me has dado, no es nada! Si no lo crees, no puedes saber todo lo que has hecho por mí. No puedes saber todo lo que significas para mí. Y ahora parece que algún día ni siquiera me vas a necesitar para eso.

¡Xena! ¡Mírame! ¿De verdad crees que algún día seré capaz de hacer todo lo que tú haces? Le has estado dando al beleño, ¿a que sí?

Xena sabía que debía sonreír, pero no se sentía con ánimos para ello.

—Vamos, Xena, ¿a que las Furias han vuelto a pasar por aquí y te han pegado la chifladura?

Xena no pudo evitar sonreír un poco.

—Te quiero, Xena. Te prometí que jamás te dejaría y lo decía en serio. Y si mencionas a Pérdicas, me voy a enfadar mucho. Jamás podré compensaros ni a él ni a ti todos los errores que cometí con Pérdicas, pero eso fue hace una vida. ¿Qué tengo que hacer para convencerte de que no me voy a ir?

—Dime por qué me quieres.

Gabrielle se quedó sorprendida.

—¿Qué?

—Dime por qué me quieres. Algo que no suene a culto al héroe o la típica admiración de la alumna por su maestra. Convénceme.

Gabrielle cerró los ojos y se puso a pensar.

Era culto al héroe, al principio. Pero creo que empecé a quererte de verdad cuando me di cuenta de que no eras perfecta y que tu pasado no es algo que se haya inventado alguien. Es algo que podría regresar para apoderarse de tu alma en cualquier momento. Y yo puedo ayudarte con eso. Puedo hacer que tu vida sea distinta. Tienes un deseo auténtico, una necesidad auténtica de hacer el bien. Eso es lo que amo de ti. El hecho de que esté dispuesta a arriesgar mi vida para viajar contigo y ayudarte... ¿no te dice eso lo mucho que te quiero?

—No lo sé —dijo—. Es que no me parece que sea suficiente.


Capítulo 2

Después de que la cacería y la habilidad culinaria de Gabrielle dieran como resultado un sabroso estofado de conejo, Xena y Gabrielle se acostaron y Xena volvió a tener ese sueño.

Estaba en casa de Gabrielle, justo después de salvar a Gabrielle y a sus amigas y familia del ejército de Draco. Estaba preparándose para marcharse, diciéndole a Gabrielle que se dirigía a Anfípolis, y Gabrielle preguntó:

—¿Y por qué camino sueles ir?

—Ni lo pienses —dijo Xena.

—¿El qué?

—Seguirme. No querrás que me enfade, ¿verdad?

Oh, qué dura eres, Xena, asustando a esta jovencita.

Pero en este sueño, Gabrielle se sentaba en una silla y contemplaba su vida con resignación.

—Ya, bueno —dijo—. Supongo que la vida con Pérdicas no estará tan mal.

Xena parpadeó.

—¿Qué?

—Tú sigue tu camino. Estaré bien. Al menos Pérdicas puede proporcionarme un techo. Protección del viento frío por la noche. Unos cuantos niños a quienes acunar en mi regazo. ¿Quién necesita aventuras cuando se tiene todo eso? Los niños son la mejor aventura que se puede tener.

Por muchas veces que tuviera este sueño, seguía sin poderse creer lo que estaba oyendo.

—No, Gabrielle, las cosas no funcionan así. Lo que ocurre es que tú me sigues hasta Anfípolis y me salvas de una lapidación.

Gabrielle pareció sorprendida.

—¿Yo te salvo a ti?

¡Sí! Tú convences a los aldeanos de mi propio pueblo para que no me lapiden. Pero es más que eso, Gabrielle, tú crees en mí cuando nadie más está dispuesto a hacerlo. Ves unas posibilidades que ni mi propia madre ve. ¡Tú impides que me rinda! ¡Tú me demuestras que hay alguien a quien le importa que viva o muera!

—Entonces, ¿por qué me acabas de decir que no te siga?

—¡Porque soy una idiota, Gabrielle! ¡Estaba tan pagada de mí misma que creía que no necesitaba nada ni a nadie! Creía que la fuerza en el campo de batalla era lo mismo que la fuerza de carácter y no lo es. Ares no para de intentar tentarme para que vuelva a ser una señora de la guerra y sin ti no tengo nada que hacer contra él.

—¿Cómo sabes todo esto?

—Porque esto es un sueño estúpido que se me repite, Gabrielle, y estoy harta de él. Por favor, por favor, di que vas a viajar conmigo y así podré soñar otra cosa. Hace un momento dijiste que querías estar conmigo.

Gabrielle sacudió la cabeza.

—No sé en qué estaba pensando. ¿Qué clase de vida es ésa, viajando por los campos, viviendo al aire libre como una persona sin hogar? ¿Qué clase de guerrera podría ser yo? Sobre todo con esta falda larga.

—¡Puedes conseguir una falda más corta, Gabrielle! ¡Nadie se va a quejar si te pones una falda más corta! Por favor, di que quieres estar conmigo.

—¿Quién querría estar contigo, Xena? Eres colérica, eres taciturna, tienes muy mal genio, tratas fatal a todo el mundo, apenas hablas y cuando lo haces sólo es para gritar órdenes. No podríamos ser más distintas.

—¡Gabrielle, por favor! ¿Quieres que te lo suplique? ¡Te lo suplico! Por favor, no puedo volver a tener este sueño. Por favor, por favor, sólo di que tú y yo estaremos juntas. Di que quieres quedarte conmigo.

—¿Me puedes dar una buena razón para que lo haga?

—Que te quiero, Gabrielle.

—No, no por qué quieres estar conmigo. Dame una buena razón de por qué yo querría estar contigo.

Xena intentó pensar en todo lo que le había dicho Gabrielle. Pero no recordaba nada.

—No... no puedo.

—Eso pensaba.

Gabrielle fue a la puerta. Se volvió en el umbral y miró a Xena a los ojos.

—Yo...

—Gabrielle, por favor, no digas lo que vas a decir ahora. Por favor, concédeme eso al menos.

Pero Gabrielle se acercó más a ella, sin apartar la mirada.

—Yo no te quiero, Xena. Nadie te quiere.

Entonces Gabrielle se volvió y salió por la puerta.

Xena se sentó en la cama y apretó los puños.

Nada de lloros, Xena. Tienes que ser fuerte. Ser dura. Al menos pasa por esto sin llorar. Consigue algo contra esta pesadilla o te va a destruir. ¿Desde cuándo necesita Xena el amor de nadie?

Y la respuesta a esa pregunta era la misma respuesta a la mayoría de las preguntas sobre la Princesa Guerrera.

Desde Gabrielle.


Capítulo 3

Xena se despertó sobresaltada, pero logró no echarse a llorar y despertar a Gabrielle. Miró a Gabrielle. Ésta estaba dormida con una gran sonrisa en la cara.

Me alegro de que mi inseguridad te haga feliz, pensó. Y si tuviera la nobleza de un sapo podría decirlo con sinceridad. Debería estar contenta simplemente porque tú estás contenta. Sé que tú podrías hacer lo mismo por mí. Pero hay tantas cosas que tú puedes hacer y yo no. Perdonar. Entretener. Inspirar.

Ah, pero Xena es buena con la espada. Y ese chakram regresa siempre, ya lo creo.

Un poco de perspectiva, Xena. Lo que haces no es que carezca de valor. Cientos de aldeanos estarían de acuerdo. Has hecho mucho bien en este mundo y todavía no has acabado.

Gabrielle, pensó, no me has convencido de que me quieres de verdad o de que soy digna de ello. Tal vez algún día me lo crea, pero hoy no. Pero a lo mejor te basta con sentirte necesitada. A lo mejor lo que tú deseas no es tanto amar o que te amen como que te necesiten. Y nadie te necesitará jamás tanto como yo, mi dulce Gabrielle.

¿Pero es que Gabrielle no te necesita? A lo mejor lo que hace falta es que la rescates unas cuantas veces más. A lo mejor lo único que te pasa es que estás sufriendo de rescate interruptus.

Claro. Lo que hace falta es un rescate espectacular, de los que dejan sin aliento y desafían a la muerte, algo que le llene los ojos de admiración y te haga olvidar que no necesitaría que la rescataran si para empezar no fuera tan tonta de viajar contigo.

Xena se tocó los ojos y la cara. Esta vez no había llorado. Bien. Xena ha sido dura. Ha sido fuerte.

Se puso de lado, se apoyó en un codo y miró a Gabrielle.

Ah, bueno, pensó, hagamos un poco de terapia.


Capítulo 4

Esta terapia es muy sencilla y eficaz. Se llama "Mirar a Gabrielle mientras duerme". Pero el primer paso es un poco difícil. El primer paso consiste en encontrar a la mujer más hermosa, maravillosa, buena, cariñosa, tierna y adorable del mundo. Si tienes mucha suerte, te encuentra ella, y si eres muy estúpida, pasas mucho tiempo intentando que se vaya para librarte de ella, hasta el momento en que te das cuenta de que no puedes vivir sin ella.

Entonces sólo tienes que mirar a Gabrielle mientras duerme. Eso es todo. Y aunque no puedas ver sus hermosos ojos verdes ni oír su preciosa voz, en cierto modo es mejor, porque sabes que durante horas no vas a tener nada que hacer más que mirar a Gabrielle mientras duerme, y como Gabrielle duerme muy bien, no tendrás que preocuparte de tener que apartar la mirada cuando te pille mirándola.

Y hubo un tiempo en que la terapia también consistía en decirle todas las cosas que no podías decirle cuando estaba despierta. Pero eso se ha acabado, porque cuando esté despierta, encontrará el modo de hacerte decir todas esas cosas que jamás creíste que pudieras decir. Le dirás que la quieres y que no puedes vivir sin ella, y le suplicarás que no te deje nunca. Y no te creerás que esas palabras estén saliendo de ti aunque las estés diciendo.

Pero a veces es reconfortante decir estas cosas, así que dirás en voz alta:

—Te quiero tanto, Gabrielle. Por favor, por favor, no me dejes nunca.

Y luego miras a Gabrielle mientras duerme y observas esa luz preciosa que resplandece en su interior y te la bebes. Y sigues mirando y pronto oirás una especie de música dentro de tu alma. O a lo mejor es una música que sientes, más que oyes, pero la música estará ahí. Puede tardar cinco minutos o una hora y media, pero la música te encontrará. Y entonces sonreirás. Ah, sí, vaya si sonreirás. Sonreirás.

Y entonces perderás todo el control y te echarás a llorar. Pero tranquila, porque no es un llanto de desesperación. Has conseguido convencerte de verdad, por un minuto, de que jamás te dejará.

Y entonces te pones a jugar a las adivinanzas e intentas adivinar qué dios o diosa benevolente es el responsable de darte este regalo que es Gabrielle. Y entonces cierras los ojos y rezas, y la oración es algo así:

—Gracias. Gracias, gracias, gracias, gracias, gracias.


FIN


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