Dolor

Alan Plessinger



Descargo: Xena, la Princesa Guerrera y los nombres, títulos y argumentos usados en Dolor son propiedad exclusiva de MCA/Universal. El autor no pretende infringir sus derechos de autor al escribir este fanfic.
Alan Plessinger

Título original: Pain. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Intento no juzgarla. La vida que lleva, el camino que ha elegido, ya son suficientemente duros para que encima yo la juzgue, y desde que he dado la espalda a la violencia, está más sola en su lucha que nunca. Pero soy humana, y a veces no puedo evitar tener mis opiniones sobre algunas de las cosas que hace, y a veces he pensado que no siempre es tan honorable como podría, como cuando mata en combate a un adversario que claramente no supone ninguna amenaza para ella y es evidente que se trata más de una ejecución que de defensa propia. Pero me guardo mis opiniones, porque sé lo difícil que es llevar una vida buena y hacer siempre lo correcto, cuando tu trabajo consiste en enfrentarte al mal e intentar hacer del mundo un lugar distinto. A veces la tentación de tomar atajos morales y éticos es irresistible.

Pero esta semana pasada me he sentido más orgullosa de ella que nunca. Cada vez que creía que iba a ceder a la tentación y optar por la vía fácil, recuperaba esa fiera resolución y era capaz de canalizar su furia y llegar a la victoria, frenándose justo antes de caer en la crueldad. Cuando la oí suplicando misericordia para los hombres que había derrotado, cuando sentí que se apartaba del odio que les tenía, volví a enamorarme de ella como la primera vez.

Todavía puedo ser útil, aunque ya no luche. Encontrar cosas que hacer no es lo difícil. Lo difícil es que cuando empieza la lucha tengo que estar dispuesta a tragarme mi orgullo y apartarme del peligro. Si no estoy dispuesta a matar, no puedo estar en el campo de batalla, y si hay que matar, no puedo ser una carga para los que lo tienen que hacer.

De modo que no vi a mi guerrera en acción, pero tengo entendido que estuvo tan espectacular como siempre. Pero esta batalla le ha pasado una gran factura, desde el punto de vista emocional. Derrotó al enorme ejército de Talmadeus, pero no pudo hacerlo sola. Los aldeanos estuvieron a su lado. Lucharon con valentía. Y algunos de ellos no sobrevivieron.

Le rogué que no asistiera a los funerales, pero sabía que tenía que hacerlo. Y sabía lo que estaba pensando. Había muchos funerales cuando la Destructora de Naciones dejaba una aldea en ruinas. Nunca tenía que aprenderse los nombres de los hombres que había matado, nunca tenía que oír a sus amigos y familiares hablar de su vida y de lo buenas personas que eran, esos hombres cuyo único crimen había sido plantar cara a una tirana y luchar por sus familias y sus propiedades.

—Estos hombres trabajan dieciocho horas al día para conseguir una cosecha. No tienen tiempo ni energías para aprender a usar una espada. ¿Sabes cómo llamaba yo a esa clase de hombres? Presas fáciles.

Estábamos en la ladera de una colina, contemplando un hermoso prado. La batalla había terminado, la victoria era nuestra y nos merecíamos un descanso. Su túnica de cuero estaba en la alforja, empapada de sangre. Lo intenté, pero nunca conseguí limpiarla del todo.

—Xena, estaban decididos a luchar. Sin ti, las bajas habrían sido espantosas y no habrían ganado. Lo has hecho bien, Xena. Lo has hecho bien.

—No lo suficiente.

Los aldeanos estaban deprimidos cuando se despidieron de Xena. Me di cuenta de que algunos deseaban haberse rendido a Talmadeus.

—Xena, nadie los obligó a luchar contra Talmadeus.

—Talmadeus. Cada vez que nos enfrentamos a él, parece más poderoso. Ojalá me hubiera podido enfrentar a él en combate. Ojalá lo hubiera podido matar. Por los dioses, ojalá lo hubiera podido matar, y podría haberlo hecho en cualquier momento, pero no en combate.

—Xena, si de verdad crees que hay que asesinarlo, no seré yo la que te diga que no.

Meneó la cabeza.

—No. Si desapareciera, pronto habría otro ocupando su puesto. Y otro y otro. Antes creía que si yo podía reformarme, cualquiera podía hacerlo. Creía que iba a ser una especie de ejemplo para los demás y que todos acabarían haciendo lo mismo que yo. Qué estupidez.

Estaba sentada con la espalda apoyada en un árbol y estiró el cuerpo y lo abrió a mí, una invitación tácita para que me echara en sus brazos. Me senté en su regazo y apoyé la cabeza en ella y noté que su cuerpo poderoso y maravilloso se plegaba a mi alrededor.

—No era una estupidez, Xena.

—Tal vez no. Pero ojalá viera algo que me animara. Ojalá alguien aparte de mí cambiara de vida. Me siento como si estuviera malgastando mi vida luchando contra todos los males del mundo y que nunca avanzo. Soy como una loca que intenta cortar el agua con una espada, como si pudiera hacerla pedazos. Inútil. Totalmente inútil.

—Deberías haberles dicho eso a los aldeanos. Díselo a la próxima aldea que necesite tu ayuda, que pueden luchar ellos solos contra el ejército del señor de la guerra. Diles que estás demasiado desanimada.

Xena apoyó la frente en mi hombro.

—Sé que no puedo rendirme, Gabrielle. Sé que no tengo derecho a rendirme. Pero a veces siento que me estoy ahogando en sangre.

—Jamás te rendirás, Xena. ¿Sabes por qué?

—Porque tú no me dejarás.

—Y no lo olvides nunca.

—No lo olvidaré. Sin ti para guiarme por el buen camino, hace mucho tiempo que habría perdido esa batalla.

Quise negarlo. Pero tal vez no era momento de falsas modestias.

En cambio, volví a hundirme entre sus brazos y dije:

—Qué maravillosa eres, Xena. Cuánto te quiero. Qué segura y arropada me siento en tus brazos. Lo que has hecho por esos aldeanos es algo que nadie más podría hacer. A nadie más le importaría lo suficiente como para hacerlo. Hoy hay hombres trabajando en los campos que volverán a casa con sus esposas y jugarán con sus hijos, hombres que hoy estarían muertos de no ser por ti.

Noté un cambio en su cuerpo, en la forma en que me abrazaba. Me pareció positivo.

—Tal vez. Pero ojalá hubiera podido salvarlos a todos.

—Yo también lo desearía. Pero no pudiste. Hiciste todo lo posible y desearía que pudieras darte cuenta de eso. Ojalá pudiera quitarte este dolor.

—Yo quiero sentir el dolor, Gabrielle. Me mantiene furiosa. Me hace fuerte. Quiero quedármelo como un recordatorio de lo mucho que odio a la mujer que era antes.

—Ojalá pudieras querer a la mujer que eres ahora, Xena. Por lo menos tanto como yo.

—Tal vez llegue a hacerlo, si alguna vez consigo entender cómo puedes querer a una persona tan horrible como yo.

Se estremeció al decirlo. Lo decía en serio, y a mí me mataba oír el sufrimiento y el aborrecimiento en su voz. Casí oía su llanto. Tal vez sí que necesitaba el dolor para cobrar fuerzas y seguir adelante, pero no tanto. Nadie tan bueno como ella merecía sentirse así. Nadie.

—Dime una sola cosa horrible que hayas hecho en la última semana. Dime una sola cosa que no me haya hecho enamorarme otra vez de ti. No puedes, ¿verdad?

—He dejado vivo a Talmadeus.

—Sí, efectivamente. Igual que Hércules te dejó vivir a ti, y doy gracias a los dioses cada día por ello. Y a lo mejor un día habrá una joven que se sentirá muy agradecida de que dejaras vivir a Talmadeus, una mujer que lo ayudará a llevar una vida buena.

—¿De verdad crees eso?

—No. Pero han pasado muchas cosas que nunca creí que pudieran ser ciertas. Una vez conocí a una guerrera. Una mujer asombrosa que sabía hacer muchas cosas, una mujer que creía que no necesitaba a nadie, ni a una ayudante, ni siquiera a una amiga. Pero me dejó viajar con ella y ser parte de su vida y confió en mí y me permitió ver facetas de ella que no le permitía ver a nadie más. Me enseñó y compartió su valor conmigo, hasta que acabé haciendo cosas tan valientes que estaba asombrada de mí misma, y todo gracias a ella. Me dejó entrar en su corazón. Y nunca me he marchado.

Xena acercó los labios a mi oído y susurró:

—Una vez intenté matar a una mujer. La culpaba de algo que no era culpa suya en absoluto. La arrastré hasta el borde de un acantilado e intenté tirarla. Y ella me perdonó y se quedó conmigo, porque sabía que la quería y que estaría perdida sin ella. Estaba dispuesta a sacrificar su propia vida para salvar la mía. Sé que no puedes creer que haya alguien así de increíble, así de valiente y cariñoso y generoso, pero es cierto. Nadie podría aprender a ser así. Es algo que sale del alma, y su alma hermosa y dispuesta a perdonar es un ejemplo que intento seguir todos los días de mi vida. La quiero tanto, y nunca, jamás volveré a hacerle daño. Me mataría primero.

Me aparté de ella. Me incorporé y la miré.

Agradecía lo que me había dicho y quería desmostrárselo. Le sonreí. Abrí mi corazón y dejé que todo el amor que tenía dentro saliera de mí con esa sonrisa. La quería tanto, y habría dado cualquier cosa por ver su sonrisa.

Pero ella no podía sonreír. Apartó la mirada. El dolor seguía allí, pesándole en el corazón. Pero la expresión asustada y torturada empezaba a desaparecer de sus ojos. Se sentía mejor.

Volví a echarme en sus brazos y me estremecí. No hacía buen tiempo. Era un día nublado, frío y oscuro. Me estrechó con más fuerza entre sus brazos.

—¿Por qué no podemos tener al menos un buen día, después de la semana tan horrible que hemos tenido? —se preguntó en voz alta.

—¿Quieres un buen día? Cierra los ojos. Venga, Xena, cierra los ojos.

Los cerró. Le susurré al oído:

—Llevamos todo el día viajando y hemos acampado junto a un arroyo precioso, a la sombra de un majestuoso roble. El sol está radiante, sopla una brisa fresca entre las hojas, el agua suelta destellos. Oímos el arroyo desde donde estamos. Glu glu glu. ¿Lo oyes, Xena? ¿No te dan ganas de hacer pis?

Comprobé si eso conseguía hacerla sonreír. No fue así. Seguí adelante.

—Yo estoy preparando algo de cenar. Estoy haciendo algo especial como postre.

—¿Qué estás haciendo?

—Esos buñuelos rellenos de esa cosa roja que tanto te gustan. Te los mereces.

—Oh, Gabrielle. Qué rico.

—Luego bajo hasta el arroyo para bañarme y tú me esperas junto al árbol. Ahora estoy regresando. ¿Me ves?

—Sí.

—Descríbeme.

Sonrió. Por fin.

—Mejor no —dijo.

—¡Xena! ¡Estás sonriendo!

Abrió los ojos.

—Ah, como si no llevaras una hora intentando hacerme sonreír.

Sé que era predecible, infantil y probablemente inapropiado, pero tuve que hacerlo. Me lancé sobre ella y me puse a hacerle cosquillas.

Sabía dónde estaba herida y tuve cuidado de evitar la zona. Me fijé en cualquier indicación que me dijera que no lo deseaba y no vi ninguna.

Chilló muerta de risa. Me empujó en broma para apartarme, pero si de verdad hubiera querido empujarme, para entonces ya estaría al otro lado del prado.

Me hizo cosquillas a su vez y me eché a reír. No soy tonta, sé el efecto que le causa mi risa. Seguí haciéndole cosquillas todo el tiempo que me permitió.

Entonces algo cambió, de forma casi imperceptible. Me detuve, porque sabía que tenía que hacerlo. El dolor había vuelto y yo no podía detenerlo. Ya llegaría un momento en que no pensara en todo lo que había hecho en la última semana y en los hombres a los que había fallado. Lo único que yo podía hacer era esperar ese momento, estar disponible para hablar y escuchar. Y quererla todo lo posible.

La miré. Parecía un poco avergonzada.

—Te quiero, Xena. Está bien reírse, sabes. Incluso después de la semana que hemos tenido. Está bien reírse y alegrarse de estar viva.

—Lo sé, Gabrielle. Pero no siento que esté bien.

La rodeé con el brazo y le puse la cabeza en el hombro.

—Ya lo sentirás —dije—. Ya lo sentirás.


FIN


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