Después de la crucifixión

Alan Plessinger



Descargo: Xena, la Princesa Guerrera y los nombres, títulos y argumentos usados en Después de la crucifixión son propiedad exclusiva de MCA/Universal. El autor no pretende infringir sus derechos de autor al escribir este fanfic.
Alan Plessinger

Título original: After the Crucifixion. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Cuando las horas de horrible, paralizante agonía y las acometidas de náuseas terminaron por fin, abrieron los ojos e intentaron ponerse en pie. Estaban a la orilla de la Laguna Estigia y Hades estaba allí.

El dolor había desaparecido. Se miraron los brazos. No había marcas. No había heridas.

Gabrielle sonrió a Xena y a Hades.

—Cuesta mucho matarnos —le dijo Gabrielle a Hades—. Supongo que esta vez no hay forma de volver, ¿verdad?

Hades negó con la cabeza.

—Artemisa no tardará en venir para llevarte a la Tierra de los Muertos de las amazonas —dijo Hades.

—A Xena también —dijo la reina amazona.

—No, Gabrielle.

—¿Qué? No, tendría que haber funcionado. Le di mi derecho de sucesión. Ella lo aceptó.

—Sí, lo sé, Gabrielle. Y habría funcionado si tú hubieras muerto antes, como planeabas. Pero no ha sido así.

Xena bajó la mirada y no dijo nada.

—¡No! Intenté con todas mis fuerzas dejarme ir y morir primero. ¡Esto tenía que haber funcionado!

—Duraste más que Xena.

—¡No, por favor, Hades! ¡Tenemos que estar juntas! No puedo pasar la eternidad sin Xena. ¡No puedes dejarnos separadas para siempre por una estúpida norma! ¡Por favor, te lo ruego!

—Gabrielle... —dijo Xena.

—Lo siento, Gabrielle —dijo Hades—. Ella va al Tártaro.

—¡NO! ¡No puedes enviarla allí después de todo el bien que ha hecho!

—Gabrielle, tú sólo la has conocido cuando estaba intentando seguir el camino de la rectitud. No conoces todas las cosas de las que es culpable. Ha intentado redimirse y tú la has ayudado y yo tenía grandes esperanzas por las dos, de verdad. Pero no ha logrado acercarse siquiera a la expiación total de todo el mal que ha hecho.

—Gabrielle —dijo Xena—, está bien. Me lo merezco. Me vendrá bien pagar por fin por todo lo que he hecho.

—Si ella va al Tártaro, yo tengo que ir con ella. Los tormentos que haya allí los pasaremos juntas. Por favor, Hades, déjanos morir como hemos vivido. Juntas.

—Eso no es posible —dijo él.

—¡ENVÍAME AL TÁRTARO! —gritó ella, dándole una bofetada a Hades en la cara. Lo atacó intentando sacarle los ojos. Él ni se inmutó.

—No —dijo—. Las normas son claras.

—¡Malditas sean las normas! —gritó ella—. ¡Malditas sean esas estúpidas normas y maldito seas tú, Hades! ¡Yo te maldigo! Maldigo a un dios, ¿no es eso bastante? ¡Te maldigo a ti y a Zeus y a Ares y a Afrodita y a todos los demás dioses!

—No funciona así, Gabrielle.

—Por favor, Hades, envíame de vuelta un día. Lo has hecho por otros. Haré lo que sea, ¡lo que sea necesario para entrar en el Tártaro! ¡Mataré a un niño de tres años! ¡Lo que sea!

Hades meneó la cabeza.

—Gabrielle —dijo Xena—, por favor, no digas esas cosas.

—Hades, ¿y la reencarnación?

—Sí —dijo él—, vuestras almas se están reencarnando en estos mismos momentos.

Gabrielle se miró a sí misma y a su amor.

—¿Qué quiere decir eso? —preguntó—. ¡Seguimos aquí!

—No lo comprendes. La reencarnación es simplemente que una copia de vuestras almas sale al mundo para volver a intentarlo. Habéis visto fugazmente vuestras vidas futuras, pero eso no quiere decir que las vayáis a vivir. Tu alma y la de Xena estarán unidas para siempre y ella será grande y tú contribuirás a esa grandeza.

—Bien. No estoy dispuesta a aceptar ninguna otra cosa. En vida la he ayudado a hacer grandes cosas y a luchar contra grandes males y he hecho todo lo posible por aliviar su gran sufrimiento. Bueno, si las grandes cosas ya están hechas, el gran sufrimiento aún sigue y no voy a dejar que le haga frente sola. ¡No puedo!

—Podría haber una posibilidad —dijo Hades—, si Xena te denunciara. Le has hecho mucho daño sin querer. Si te denunciara, yo podría hablar con Artemisa. Tal vez podría hacer algo. Pero hasta ahora ha decidido perdonarte. ¿Xena?

Xena miró primero a Hades, luego de nuevo a Gabrielle.

—Xena —dijo Gabrielle—, ya lo has oído. Haz lo que tengas que hacer.

Xena negó con la cabeza.

—Gabrielle, sé que deberíamos estar juntas. Pero así no. ¿Cómo podría enviarte al Tártaro?

Gabrielle se acercó a Xena.

—Por favor, Xena, haz lo que dice. Te lo ruego. Xena, necesito estar contigo. No hay hada más que el Tártaro lejos de tus preciosos ojos azules y tu noble alma.

—Lo siento, Gabrielle.

—Xena —dijo con rabia—, no creo que me hayas querido nunca. Creo que te alegras de librarte de mí.

—¿De verdad crees eso?

Gabrielle miró esos bellos ojos azules al tiempo que los suyos se llenaban de lágrimas.

—Ni por un instante. ¿Por qué nos haces esto?

—Tengo que hacerlo. Gabrielle, tu amor ha sido el regalo más maravilloso que se haya podido dar a nadie jamás y me lo llevaré conmigo al Tártaro y lo recordaré cada día de la eternidad y me hará fuerte, Gabrielle, y sabré que a pesar del mal que haya hecho en mi vida, a pesar de los pecados que haya cometido, jamás he sido tan malvada y egoísta como para condenarte a ti al Tártaro para tenerte cerca, aunque quiera hacerlo, Gabrielle. Sentiré la falta de tus caricias hasta el final de los tiempos. No hay nada de lo que puedan hacerme en el Tártaro que sea peor que eso.

—Xena, lo siento —dijo Gabrielle, y estrechó a su amor entre sus brazos.

—¿El qué?

—Era tarea mía conseguir que entraras en los Campos Elíseos y te he fallado.

—No tenías mucho material para trabajar, Gabrielle.

—No digas eso. Jamás digas eso.

Gabrielle dirigió su rabia contra Hades.

—¿Cómo es posible que una persona tan buena y honorable vaya al Tártaro? ¿Cómo?

—Lo siento, Gabrielle —dijo Hades—. Hay demasiadas almas buenas y decentes que no están dispuestas a perdonarla.

—Déjame hablar con ellas.

—No, Gabrielle. Las cosas no funcionan así.

—¿Y cómo funcionan, Hades? ¿Cuáles son las malditas normas?

—Eso es algo que no se te permite saber, Gabrielle.

—Entonces, ¿cómo es posible que juguemos a este estúpido juego y entremos en los Campos Elíseos si ni siquiera se nos permite saber cuándo lo estamos haciendo bien o mal?

—Gabrielle, comprendo cómo te sientes, pero yo sólo hago mi trabajo tal y como lo ha definido Zeus. Vamos, ahora despedíos. Caronte aguarda. Artemisa no tardará en llegar.

Gabrielle se volvió a Xena.

—No puede terminar así —dijo—. No después de todo lo que hemos pasado juntas.

—Gabrielle, yo nunca he esperado que terminara de otra manera. Cuando dos personas se quieren de verdad, nunca puede haber un final feliz.

—Xena, cuando dos personas se quieren de verdad —dijo, poniendo la mano sobre el corazón de Xena—, nunca puede haber un final.

La mirada de Xena se suavizó al tiempo que cogía la mano de Gabrielle entre las suyas.

—Xena, no me puedo creer que ni siquiera vayas a resistirte.

—Se acabó, Gabrielle. Es hora de aceptarlo. Voy donde me corresponde a recibir lo que me merezco. Y la verdad es que me alegro de pagar por fin por lo que he hecho.

—Xena, ojalá pudiera al menos haberte hecho creer que te merecías los Campos Elíseos. Eres una buena persona, Xena.

Xena apartó la mirada. No quería oírlo.

—¡Lo eres! —dijo Gabrielle—. ¡Xena, mírame! Una mala persona no podría sentir la culpa que tú sientes. No te mereces esto. ¡No te lo mereces!

—Gabrielle, por favor, dime sólo una cosa. ¿Por qué?

—¿Por qué? ¿De qué hablas?

—¿Por qué me has querido? ¿Cómo has podido quererme?

—Xena, ¿cómo puedes preguntar eso?

—Yo sé por qué te quiero. ¿Por qué no iba a quererte? ¿Por qué iba a ser distinta de todos los demás?

—Xena, te quiero porque eres fuerte y valiente y nunca te rindes. Te quiero porque sabes equilibrar tu fuerza con la bondad y porque no existe nadie como tú, en ningún sitio. Te quiero porque vi a una guerrera que deseaba desesperadamente hacer el bien y sentirse orgullosa de su vida, una mujer tristísima y atormentada que necesitaba una amiga, una mujer a la que pensé que podría ayudar, una mujer que me dio la oportunidad de participar en cosas importantes y marcar una diferencia en el mundo. Y por encima de cualquier otra cosa, te quiero porque te puedo hacer sonreír. Y hacerte feliz me llena de felicidad.

Xena sonrió y se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Gracias, Gabrielle —dijo.

—Gabrielle —dijo Hades—, es la hora.

—Unos minutos más, por favor.

—No. Ahora, Gabrielle. No podemos esperar más.

Gabrielle volvió a estrechar a Xena entre sus brazos. Xena le devolvió el abrazo.

—Vámonos, Gabrielle —dijo Hades.

—¡NO! —dijo Gabrielle cuando Hades intentó apartarla. Consiguió que soltara las manos, pero ella se zafó de él. Se tiró al suelo y se abrazó a las rodillas de Xena.

—Déjala marchar, Gabrielle.

—¡NO! —gritó ella mientras Xena le acariciaba el pelo con ternura.

Hades la puso en pie y la sujetó con fuerza. Xena la miró y no pudo soportar ser de nuevo la causa del dolor de Gabrielle. Casi era suficiente para desear llevarse a Gabrielle con ella. Pero no podía. No lo haría.

Dejó que Caronte la condujera hasta la barca, pero no apartó los ojos de Gabrielle ni por un instante. Gabrielle se retorcía entre los brazos de Hades.

—¡Xena! ¡Xena, no! ¡No les dejes que hagan esto! ¡No puedo estar sin ti, Xena! ¡Xena, por favor! ¡Te necesito! ¡No puedo pasar la eternidad sin ti! ¡Xena, no! ¡NO!

Mientras la barca se adentraba en la laguna, Xena pensó que Gabrielle se había librado por fin de la maldición de su compañía. Ella no había conseguido escapar del Tártaro, pero había evitado arrastrar a Gabrielle consigo. Eso ya era algo y tendría que bastar.

Se perdieron de vista y Gabrielle gritó:

—¡Xena! ¡Te quiero!

Xena se enjugó las lágrimas. Susurró y sus palabras cruzaron la Laguna Estigia:

—Te quiero, Gabrielle. Adiós.

Gabrielle cayó de rodillas y lloró, gimoteando suavemente el nombre de Xena.

Hades le puso una mano en el hombro.

—Lo siento, Gabrielle.

—¡Deja de decir eso! ¡No lo sientes! ¡Deja de fingir que sí! Los seres humanos no son más que juguetes para los dioses. Las almas son algo con lo que se puede apostar, como los dados. ¡Maldito seas! ¡Los seres humanos tienen más nobleza y más valor y más amor de lo que los dioses conoceréis jamás y nos tratáis como a animales! ¡Nos ponéis en situaciones imposibles llenas de espanto, lucha y terror y esperáis que seamos perfectos y que jamás hagamos nada malo, y si nos equivocamos, nos condenáis al Tártaro para toda la eternidad!

Se levantó y se encaró con Hades. Las lágrimas seguían corriéndole por la cara mientras hablaba.

—¿Cuándo va a haber en el mundo algo de perdón y comprensión? ¿Cuándo? ¿Cuántas personas tienen que esforzarse por vivir aplastadas por el peso de sus pecados, rezando por una oportunidad de volver a empezar y escapar de la oscuridad de su pasado? La gente no os pide demasiado a los dioses, ¡sólo la oportunidad de volver a empezar y tal vez la oportunidad de vivir su vida sin que los dioses intervengáis en ella! ¡Tal vez incluso que a veces les echéis una mano! ¿Por qué eso es pedir demasiado? ¿Por qué?

—No lo sé, Gabrielle.

—Si estuviera en mis manos, perdonaría a todo el mundo. Cargaría con todos los pecados del mundo sobre mis hombros y sufriría por todos y le gritaría al mundo: "¡Sois libres! ¡Sois libres de vuestros pecados y no tenéis que ganaros el perdón! ¡Sólo tenéis que aprovechar esta oportunidad que se os ha dado y volver a empezar, porque por fin tenéis la oportunidad de hacer el bien y de intentar llevar una vida buena! ¡Por fin hay esperanza! ¡Por fin, por fin tenéis una oportunidad!"

Apartó la vista de Hades y siguió sollozando, y Hades meneó la cabeza ante la inocencia de esta pobre muchacha. Le pasó el brazo por los hombros e intentó consolarla.

No mucho después, llegó Artemisa para conducir a su elegida a su último lugar de descanso.


FIN


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