Brunilda

Alan Plessinger



Descargo: Xena, la Princesa Guerrera y los nombres, títulos y argumentos usados en Brunilda son propiedad exclusiva de MCA/Universal. El autor no pretende infringir sus derechos de autor al escribir este fanfic.
Alan Plessinger

Título original: Brunhilda. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2004


Brunilda estaba sentada en el bosque sobre un tronco caído, llorando suavemente, con el cuerpo inclinado hacia delante mientras se enjugaba las lágrimas. Intentaba no hacer mucho ruido.

Era medianoche, pero la luz de la luna llena se colaba en bandas a través de los árboles, iluminando el paisaje y reflejándose en la armadura de la valquiria y sus lágrimas.

—Brunilda.

Levantó la vista al oír ese murmullo ronco. Sabía que era Xena, y estaba bastante segura de que no corría peligro por parte de la Princesa Guerrera. En su voz sólo se oía preocupación.

—¿Estás bien? —preguntó Xena.

Brunilda miró a otro lado, tratando de ocultar sus lágrimas.

—No quiero que me veas así.

—Brunilda, en otro tiempo me enorgullecía de no haber llorado desde que era niña. Gabrielle me enseñó a llorar de nuevo. Y me alegro muchísimo de que lo hiciera.

Brunilda suspiró. Miró a Xena con ojos desolados. Xena fue hasta ella y se sentó a su lado.

—Os he estado espiando —dijo Brunilda—. No debería hacerlo.

—Efectivamente. No deberías.

—Me ha costado tanto mantenerme alejada de ella. En mi forma etérea podía estar cerca de las dos y sentir el profundo amor que sentís la una por la otra. Es asombrosa, Xena.

—Lo sé. Pero tienes que dejarla ir, Brunilda. No puedes vivir así. Sé que no merezco su amor, pero lo tengo. Es mío. Y no podría renunciar a él aunque quisiera.

—No te estoy pidiendo que renuncies a él.

—Tal vez podrías viajar con nosotras durante un tiempo, Brunilda.

Hizo un gesto negativo.

—No puedo estar tan cerca de ella sin desearla, Xena. Sólo causaría problemas.

—¿Así que nos vas a observar de lejos?

—No. —Se levantó—. Me marcharé si quieres.

Xena se levantó y preguntó:

—Entonces, ¿no nos vas a espiar más?

—De verdad que no sé si puedo prometer eso —dijo y, siguiendo un impulso, se echó hacia delante y olisqueó a Xena. Ésta retrocedió, con aire molesto.

—Perdona —dijo Brunilda—. La huelo en ti.

Xena dijo:

—Brunilda, quiero que te quedes aquí hasta que se haga de día. ¿Me lo prometes?

—Claro, pero ¿por qué?

—Tú confía en mí.

Xena se marchó y Brunilda se quedó dormida llorando. Por la mañana sintió que se acercaba una bonita y maravillosa joven. Sólo de oír sus pasos se estremeció de placer. Miró hacia Gabrielle y la vio avanzando por el bosque, sonriendo mientras caminaba. Brunilda se dio cuenta de que ella misma sonreía al verla.

—Hola —dijo Gabrielle. Y allí seguía esa sonrisa increíble. Gabrielle llevaba un par de pieles de oso y las depositó a sus pies.

—Hola —dijo Brunilda y, sin poder contenerse, estrechó a Gabrielle entre sus brazos. Gabrielle le devolvió el abrazo y Brunilda no quiso soltarla, porque no tardaría en oír que Gabby sólo podía quedarse unos minutos y que tenía que volver con Xena, que era el amor de su vida y su alma gemela. Cerró los ojos, siguió abrazada a Gabrielle y hundió la cara en ese pelo precioso y esa piel suave, y por un momento intentó fingir que Gabrielle era suya.

—Me alegro de volver a verte —dijo Gabrielle, y aunque en sus palabras no se percibía nada desagradable, tampoco se percibía nada romántico. La desilusión al oír el tono hizo que Brunilda soltara a Gabrielle.

—Gracias —dijo Brunilda.

—Me alegro de que hayas podido regresar en carne y hueso.

—No podía seguir con esa otra forma para siempre.

—Gracias por lo que has hecho por mí. Por nosotras.

—Haría cualquier cosa por ti, Gabrielle.

Las palabras parecieron incomodar a Gabrielle.

—He venido a pasar unos días contigo, Brunilda, si no te parece mal.

—¿Por qué?

—Xena ha pensado que sería buena idea.

—¿Por qué? No quiero tu lástima, Gabrielle. ¿Qué piensa Xena que se va a conseguir con esto?

Gabrielle se encogió de hombros.

—¿No quieres que me quede?

—Es que no me parece buena idea —dijo Brunilda—. No puedo estar tan cerca de ti sin desearte, Gabrielle. No sé si puedo controlarme. No estoy dispuesta a pasar por una cosa así.

—Me fío de ti.

—No. No te fíes de mí, Gabrielle. Yo no me fío de mí misma.

Gabby se sentó en el tronco, cerca de donde había estado sentada Brunilda.

—Pues entonces voy a estar muy sola, porque Xena va estar de caza varios días. Si no estoy contigo, me voy a quedar sola. Seguro que me muero de hambre.

—¿Estás segura de que Xena no nos va a espiar?

—Estoy segura. Yo también lo he pensado, pero Xena me lo ha prometido. Nada de espiar.

—Tú y yo pensamos igual, Gabrielle.

—Sí, es cierto —dijo, y dio unas palmaditas en el tronco a su lado. Brunilda se sentó y sonrió sin poder evitarlo.

—¿Qué vamos a hacer?

—Un poco de caza y pesca nos podría venir bien —dijo Gabrielle.

—¿Te has traído equipo de caza?

—Sólo las manos desnudas.

Brunilda cogió una de las manos de Gabrielle entre las suyas. Acarició la palma y los preciosos dedos ahusados. Gabrielle no se lo impidió.

—No te preocupes —dijo Brunilda—. Yo puedo atrapar un pez con las manos tan bien como Xena. Sé dónde hay salmones.

—¡Salmón! ¡Estupendo! Tú lo pescas y yo lo cocino.

Poco después estaban sentadas ante una fogata, con la tripa repleta de salmón y Gabrielle con las manos y los brazos cubiertos de escamas de pescado. No estaban sentadas cerca la una de la otra y Brunilda empezó a desear que Gabrielle se sentara a su lado y le pusiera la cabeza en el hombro. Gabrielle la pilló mirándola y sonrió.

—Gracias por la comida —dijo Gabby.

—No hay de qué.

—Pero apesto.

—Un poquito, tal vez.

Gabrielle se puso en pie y se sacudió las manos.

—Tengo que lavarme.

—Siempre tienes el río.

—Conozco un lugar mejor. Vamos.

Cogió a Brunilda de la mano. La llevó por el bosque hasta una caverna. Allí había un manantial natural de agua caliente y un bonito arroyo de aguas cristalinas que corría cerca. Gabrielle metió la mano en una de las pozas naturales e hizo una mueca.

—Demasiado caliente —dijo—. Dame tu casco.

Usó el casco para recoger agua más fría del arroyo y enfríar la pequeña poza. Le devolvió el casco a Brunilda y empezó a quitarse el corpiño. Ni siquiera le dio la espalda a Brunilda cuando aparecieron sus pechos.

Brunilda estaba un poco sorprendida y nerviosa. No sabía si esto era buena señal o no.

—¿Me voy?

—Claro que no. Brunilda, ya te lo he dicho, me fío de ti. Quítate la armadura. ¿Necesitas ayuda?

Brunilda dijo que no y se quitó la armadura mientras Gabrielle se despojaba de la falda. Dio la espalda a Brunilda y se metió en la poza, y Brunilda no pudo apartar los ojos de ese precioso culito. Gabrielle se volvió y ofreció una mano con gesto de invitación a la desnuda pero vacilante Brunilda.

—Métete, Brunilda. Nunca hasta ahora me he bañado con nadie que no fuera Xena. Jamás. No me dejes en la estacada.

Brunilda se metió en la poza y Gabrielle dio la espalda a la valquiria.

—Xena siempre me enjabona el cuello.

—No tenemos jabón.

—Hazlo como puedas.

Brunilda se puso a lavarle el cuello a Gabrielle y a limpiarle las orejas y preguntó:

—¿Por qué estamos haciendo esto?

—Ya te lo he dicho. Me fío de ti.

Brunilda se echó hacia delante y se puso a besar a Gabrielle en el cuello. Le mordisqueó el lóbulo de la oreja.

—Para, Brunilda.

—No puedo.

—Pues tendrás que marcharte.

—Me estás torturando, Gabrielle.

—Por favor, para.

—¿Por qué te fías de mí cuando sabes que no soy de fiar?

Gabrielle se apartó flotando de Brunilda y se volvió para mirarla.

—Podemos quedarnos en esta poza todo el tiempo que quieras o podemos irnos ahora mismo. Tú decides.

—Pues me quedaré en este lado.

—Ven aquí, tengo que lavarte el cuello.

Mientras le lavaba el cuello a Brunilda, ésta no podía parar de pensar: ¿Qué hace? ¿Por qué me hace esto?

Pero logró superar la experiencia e incluso recibió un ligero masaje en el cuello por parte de Gabrielle antes de salir de la poza.

Se secaron y pasaron el resto del día caminando. Cuando llegó la hora de acostarse, Gabrielle extendió una de las pieles de oso en el suelo. Empezó a quitarse la ropa de nuevo y Brunilda se quitó la armadura. Empezó a protestar al ver que Gabrielle daba por supuesto que las dos iban a dormir juntas entre las dos pieles de oso, y encima desnudas. Piel de oso con piel de oso y piel desnuda con piel desnuda. Pero, cuando se acurrucaron juntas y Gabrielle pasó un brazo en torno a la cintura de Brunilda y pegó la cabeza al cuello de Brunilda y las rodillas a los muslos de Brunilda, ésta se limitó a repetirse a sí misma: Puedes hacerlo. Relájate y disfruta. Si empiezas a besarla, se apartará. Relájate.

Estrechó a Gabrielle un poco más y pensó: La tengo en mis brazos. Esto es real. Está aquí de verdad. Ojalá pudiera hacer algo al respecto. ¿No podría esperar a que se quede dormida y entonces...?

Brunilda suspiró. Cómo cuesta ser buena persona, a veces. Y lo que era peor, con Gabrielle no podía evitar ser buena. Empezó a hacerse una idea de lo que era ser Xena. Pero cómo cuesta ser Xena cuando no tienes una Gabrielle.

El día siguiente lo pasaron prácticamente igual que el primero. Después de lavarse y secarse, las dos se relajaron junto al fuego y Gabrielle pilló a Brunilda mirándola. Meneó la cabeza maravillada y sonrió.

—Cuando era niña —dijo Gabrielle—, si alguien me hubiera dicho que iba a haber tantos hombres y mujeres que se iban a enamorar de mí, jamás me lo habría creído. En Potedaia yo no tenía nada de especial. Al menos eso me parecía. Era invisible.

Brunilda sonrió.

—Eras como un bello animal salvaje y exótico. No sabían cómo apreciarte.

—Xena era el animal salvaje. No yo.

—Y tú la has domesticado.

—No, no es cierto. No paras de decir eso. Yo no he cambiado a Xena. Ha cambiado ella sola. Yo sólo la he ayudado. Y a veces me entristece pensar cuánta gente se ha enamorado de mí y qué pocos se han enamorado de ella. En los últimos años sólo he sido yo, en realidad. Y Ares, que no es ninguna ganga.

—Puede que no tenga cantidad, pero sí que tiene calidad.

—Gracias.

—¿Es que quieres que alguien más se enamore de Xena?

—No, creo que no. Es sólo que muchas personas la admiran e incluso la adoran por sus habilidades. Pero si la conocieran de verdad como la conozco yo, si ella de verdad les permitiera conocerla, la amarían tanto como yo.

—Gabrielle, amar a Xena requiere una enorme capacidad para el perdón. No creo que eso pueda hacerlo cualquiera.

—Bueno, tal vez no.

—No creo que Xena necesite el amor de nadie salvo el tuyo. Hubo un tiempo en que creía que no necesitaba amor en absoluto. Tú fuiste una revelación para ella. Nadie que te haya conocido puede dejar de sentirse afectado por ti, Gabrielle.

Y entonces Gabrielle sorprendió a Brunilda al hacer algo que había deseado el día antes. Se acercó, se sentó al lado de Brunilda y le puso la cabeza en el hombro.

—Es que la amo tanto —dijo Gabby—. Ojalá todo el mundo descubriera también lo maravillosa que es.

Brunilda pasó un brazo por los hombros de Gabrielle. Pensó: No sé qué estáis intentando enseñarme las dos. Sólo me alegro de que estés aquí a mi lado, Gabrielle. Tal vez nunca puedas amarme, pero voy a disfrutar de tu compañía todo el tiempo que estés aquí. Todo el tiempo que me dejes. Nada de lo que tú aceptes hacer, Gabrielle, puede ser malo.

Esa noche, Gabby colocó las pieles de oso y empezó a desnudarse. Brunilda se quitó la armadura y se metió bajo la piel de oso. Gabrielle apartó la piel y se arrodilló delante de ella. Dijo que tenía una cosa que decirle.

—¿El qué? —preguntó, incorporándose.

—No iba a hacer esto, pero Xena dijo que no pasaba nada. No le importa.

—¿Que no le importa el qué?

—Esto. Nosotras. No pasa nada si nosotras... si estamos... juntas. Si tenemos relaciones íntimas.

Brunilda apartó la mirada. Por primera vez en los últimos días, sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas, otra vez.

—No te creo. Eso no me pega de Xena.

—A mí también me sorprendió. Y por eso nos peleamos al separarnos. Pero creo que está bien. Xena y yo hemos pasado por cosas más graves que ésta y seguimos juntas.

—Gabrielle, no me mientas, por favor. No lo soporto.

—Mírame.

Brunilda se volvió hacia ella y Gabrielle alargó la mano y sujetó suavemente a la valquiria por la barbilla. Se echó hacia delante y la besó en los labios, y Brunilda se estremeció y notó la excitación con la que llevaba luchando dos días. Volvió a apartarse.

—Es un farol.

—No, no lo es. Eso sería cruel. Yo nunca podría ser cruel con alguien que nos ha ayudado a las dos. Esto es real. Yo soy real.

Abrazó a Brunilda y se puso a besarla en el cuello.

—Para —dijo Brunilda, aunque sin demasiada convicción. Apartó a Gabrielle con mucha delicadeza y la miró a los ojos. Le temblaba la voz—. Gabrielle, por favor, vete de aquí. Vuelve con Xena ahora mismo, antes de que cambie de idea.

—¿Es porque crees que Xena te va a hacer daño? No dejaré que te haga daño.

—Es porque te amo, Gabrielle, y tú no me puedes amar a mí. Amas tanto a Xena que en tu corazón no hay cabida para nadie más. Y no creo en absoluto que las dos podáis comportaros como si esto no hubiera sucedido jamás.

Gabrielle se levantó.

—Lo siento. No quería hacerte daño. Me iré si es lo que quieres —dijo, y empezó a vestirse.

Brunilda seguía llorando. Gabrielle se arrodilló delante de ella y le dijo que aún no era tarde para cambiar de opinión.

Brunilda se enjugó las lágrimas y dijo:

—A veces desearía no haberte conocido. Sabes, en otra época podría haber hecho esto, pero tú me has cambiado. Lo has cambiado todo y no puedes hacer que las cosas vuelvan a ser como antes.

Se abrazaron y Brunilda preguntó:

—¿Es ésta la gran lección que tenía que aprender?

—No se trata de ninguna lección, Brunilda. Por favor, no pienses nunca que mi ofrecimiento no era real.

Volvieron a abrazarse y Brunilda se disculpó por todas las veces que había espiado a Gabrielle y Xena y prometió no volver a hacerlo nunca más. Gabrielle le dijo que podía quedarse con las pieles de oso y se marchó.

La simulación de Gabrielle recorrió unos cuantos kilómetros por el bosque y se encontró con Xena, Afrodita y la Gabrielle original, que la esperaban en un claro.

—¿Y bien? —preguntó Afrodita.

—Ha dicho que no —dijo la simulación.

—Eso pensaba yo —dijo Xena—. ¿No va a volver a espiarnos?

—No va a volver a espiaros.

—Os lo juro —dijo Afrodita—, jamás entenderé a las valquirias.

—Quiero vivir —dijo la simulación. Afrodita se quedó sorprendida.

—¿Qué? —preguntó la diosa.

—Si hubiera tenido libre albedrío, jamás habría vuelto aquí. No quiero ser borrada de la existencia. No es justo. He hecho todo lo que se me ha pedido. Quiero la vida. La he probado y quiero más. Me encanta ser Gabrielle.

La diosa y la Princesa Guerrera miraron a la Gabrielle original como para preguntarle qué hacer. Gabby dijo:

—Escuchad, si lo que queréis es que dicte una sentencia de muerte para alguien que es exactamente igual que yo, no lo voy a hacer. ¡Dale lo que quiere!

Afrodita suspiró. Agitó los dedos y alteró sutilmente los rasgos del simulacro. Luego hizo un gesto y la mujer desapareció.

—¿Dónde está ahora? —preguntó Gabrielle.

—Bueno, no la he enviado a las cuevas, si es lo que te estás preguntando.

—¿Dónde la has enviado?

—Está en Atenas. Le he dado unos cuantos talentos más, para que se pueda ganar la vida. Le he dado una voz preciosa como cantante. Nadie la va a confundir nunca contigo.

—Muy graciosa. ¿Cuál es su nuevo nombre?

—Gabrielle, igual que antes. Puede haber dos Gabrielles.

—Nunca puede haber suficientes —dijo Xena.

—¿Hemos acabado ya? ¿Así estamos en paz por lo de la manzana de oro?

—¿Por qué te molestas siquiera en llevar la cuenta? —preguntó Xena—. Sí, estamos en paz. Da igual.

Afrodita refulgió y desapareció. Gabrielle se estremeció ligeramente.

—Sigo pensando que ha sido una crueldad —dijo Gabby.

—Tal vez. Pero sería más cruel hacer el ofrecimiento y no estar dispuesta a llegar hasta el final.

—¿Y a ti te gustaría que alguien ofreciera algo así, en tu nombre? ¿Y si hubiera dicho que sí?

—Pues habría sido la segunda mujer más afortunada sobre la faz de la tierra.

—Sigue sin gustarme. Creía que ya habías superado lo de los celos.

—No eran celos. Estaba preocupada por ella. Tendrías que haberla visto. Si hubieras pasado dos días con ella de verdad, se habría desquiciado aún más. De esta forma, al menos hemos podido ofrecerle lo que deseaba y durante el resto de su vida sabrá que podría haberlo tenido, pero que tuvo la decencia de rechazarlo. Es una ayuda contar con algo así, saber que has atravesado las llamas y te has hecho más fuerte. Se han derramado más lágrimas por los deseos satisfechos que por los deseos insatisfechos, sabes. A veces, tienes que hacer frente a la tentación para darte cuenta de ello.

Gabrielle abrazó a Xena y la besó. Xena sonrió.

—¿Y eso? —preguntó Xena.

—Por ser tan buena y preocuparte tanto por alguien a quien apenas conoces. Qué suerte tengo de haberte encontrado, Xena. No sé si te lo digo lo suficiente.

—Probablemente no tienes tiempo, entre ser crucificada y ser arrastrada detrás de mi caballo.

—Cállate y bésame.


FIN


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