Un largo beso bajo la cálida lluvia del verano

Alan Plessinger



Descargo: Xena, la Princesa Guerrera y los nombres, títulos y trasfondos usados en Un largo beso bajo la cálida lluvia del verano son propiedad exclusiva de MCA/Universal. El autor no pretende infringir sus derechos de autor al escribir este fanfic.
Gracias a Sharona por darme la idea y ayuda muy necesaria.
Nota: La canción que canta Gabrielle es una que recuerdo de mi infancia, pero no tengo ni idea de dónde la oí originalmente.
Alan Plessinger

Título original: A Long Kiss in the Warm Summer Rain. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2005


Capítulo 1

Gabrielle sujetaba la mano de su marido y trazaba dibujitos en ella con un dedo, con aire juguetón. Le sonrió.

—Bueno —dijo—, Pérdicas, supongo que este mundo es un poco decepcionante comparado con los Campos Elíseos, ¿no?

—Para nada. Lo más entretenido que había en los Campos era contemplar el portal y ver qué hacían los vivos.

—¿En serio?

—Ya lo creo. En los Campos no hay nada por lo que hacer un esfuerzo, nada por lo que luchar. Es apacible, es tranquilo, pero no es la vida. Los Campos Elíseos son para descansar y recordar. Por eso es tan duro morir joven. No puedes recordar si allí no conoces a nadie. Y cuesta descansar cuando se ha hecho tan poco.

Gabrielle bajó la mirada. Había dolor en sus ojos.

—Bueno, ¿y me veías en el portal? —preguntó.

—No mucho. Al principio sí, pero al cabo de un tiempo me causaba demasiado dolor. Nunca he dejado de quererte, Gabrielle. Supongo que eso lo sabes.

Gabrielle miró a su marido. No sabía qué decir. Entonces vio que Xena regresaba.

—Tengo que hablar con Xena —dijo—. Ahora mismo vuelvo.

—No me muevo de aquí —dijo él, y sonrió.

Gabrielle subió por la colina para encontrarse con Xena. Por la expresión que tenía, no traía buenas noticias.

—¿Qué dice Hades? —preguntó Gabrielle.

—Que es el auténtico Pérdicas sin duda alguna. Como fue soldado, su vida pertenece a Ares, que puede hacer con él lo que desee.

—¿Y Ares dice que tengo que quedarme con él o volverá a los Campos Elíseos?

Xena asintió. Parecía asustadísima y llena de dolor.

—No puedo soportarlo —dijo Xena—. Te vas a quedar con él, ¿verdad?

—Es mi marido.

—¿Es tu marido? ¿Eso es todo? ¿Nada más tiene importancia porque es tu marido? Gabrielle, estás haciendo justo lo que Ares quiere que hagas. Lo de divide y vencerás, igual que César.

—Xena, se lo debo. Tengo que hacerlo.

—¿Cuántas veces me has dicho que casarte con él fue un error tremendo?

—También te he dicho que nunca podría compensarlo por ello. Ahora puedo.

—¡No lo amas!

—Podría aprender a amarlo. Y Xena, yo... yo quiero tener hijos. No puedo esperar para siempre.

—Gabrielle, antes no te lo podía decir, pero ahora sí que te lo digo. Si me haces esto, me vas a arrancar el corazón del pecho.

—Xena...

—No, Gabrielle, no quiero ni oírlo. Si te vas a quedar con él, hazlo de una vez, porque yo no puedo seguir así. Ojalá nunca me hubieras seguido hasta Anfípolis. ¡Maldita seas! ¿Por qué tienes que ser tan perfecta y adorable y maravillosa si no paras de dejarme todo el tiempo?

Xena se dio la vuelta y se marchó, bajando a zancadas furiosas por la colina. Gabrielle se quedó mirándola, esperándose alguna mirada de adiós, pero Xena se montó en Argo y se alejó sin mirar atrás.

Gabrielle bajó la colina para volver con Pérdicas.

Tal vez fuera un error. Pero Gabrielle se empezaba a sentir como Helena de Troya. No soportaba la idea de que otro hombre muriera por su causa.


Capítulo 2

Pérdicas estaba trabajando en el patio delantero de su granja cuando oyó el repiqueteo del bastón de un ciego. El ciego llegó al patio y Pérdicas hizo un esfuerzo para hacer ruido, de modo que el hombre supiera que estaba allí.

—Disculpa.

Pérdicas dejó sus herramientas y dijo:

—¿Sí?

—Estoy buscando a Gabrielle. Me han dicho que vive aquí.

—Está trabajando en los campos. Voy a buscarla. Aquí tienes un asiento —dijo, guiando al hombre.

—Gracias.

—¿Quién le digo que la busca?

—Me llamo Homero.

—No tardo nada —dijo Pérdicas. Emprendió la marcha hacia los campos, pero luego retrocedió y dijo—: Perdona, pero no serás EL Homero, ¿verdad?

—Si ella es LA Gabrielle, entonces supongo que yo soy EL Homero.

Pérdicas fue a buscar a su mujer. Cuando regresó con ella, ésta agarró emocionada las manos que le tendía el bardo ciego.

—¡Homero!

—¡Gabrielle!

Los dos bardos se abrazaron y Pérdicas se marchó para que tuvieran un poco de intimidad.

—Bueno, ¿qué haces aquí?

—Se me ocurrió ver cómo te iba con tu nueva vida.

—Homero, cuánto lamento que hayas perdido la vista. Te llamaban el bardo ciego...

—Porque cerraba los ojos cuando contaba historias, lo sé. No creas que no capto la ironía. Ten mucho cuidado con lo que finges ser, Gabrielle, porque podrías acabar siendo lo que finges.

—No me puedo creer que esté aquí sentada con el famoso Homero, el hombre que ha contado historias a las masas que llenaban el Coliseo romano.

—Puede que nunca hubiera sido bardo de no ser por ti, Gabrielle.

—No. El destino habría acabado colocándote en el lugar que te correspondía, con o sin mí.

—¿Tú sigues contando historias?

—Todos los viernes por la noche en la taberna del pueblo, pero voy a tener que acabar dejándolo.

—¿Te estás quedando sin historias?

—Eso me temo. Una bardo tiene que ser bardo ambulante, a menos que tenga cuarenta años de historias metidos en la cabeza. No hace falta que te lo diga.

—Eso me recuerda. A veces cuento una historia de Xena y de ti. Es una historia que tú nunca cuentas. Es uno de esos relatos en los que Xena no queda muy bien. Me preguntaba si podría contártelo ahora. Tal vez podrías ayudarme con algunos de los detalles.

—¡Una actuación privada de Homero! Espera, deja que llame a Pérdicas.

Gabrielle fue a buscar a su marido y el ciego comenzó su historia, un relato de Xena contra las Hordas. La historia era fascinante, maravillosa. Gabrielle no podía creer que éste fuera el mismo chiquillo al que había tenido que convencer para que no renunciara a presentarse a la Academia de Atenas. Cuando terminó, Homero se sentó y Gabrielle y Pérdicas aplaudieron.

—¿Tienes alguna corrección o sugerencia?

—Jamás me atrevería —dijo Gabrielle—. Salvo por una cosa.

—¿El qué?

—¿Por qué todo el mundo se empeña en decir que soy rubia? Soy pelirroja. ¡Pelirroja!

—Creo que te he llamado rubia rojiza.

—Homero, no tengo distintas tonalidades.

Homero se echó a reír.

—Vale. ¿Algo más?

—Es un poco inexacto en algunas partes, pero si lo arreglas podría ser menos entretenido. A veces ser fiel a los hechos echa a perder una historia muy buena.

—Lo comprendo. Cuánto te envidio, Gabrielle. Tú llegaste a vivir las historias que cuentas. Estuviste allí, para absorber cada detalle.

Hubo una pausa incómoda. Pérdicas dijo:

—No sé si te lo han dicho, señor, pero mi esposa y yo estamos esperando un bebé.

—¿De verdad? ¿Te importaría si...?

—No, no, adelante, pero no se nota gran cosa. Estoy de menos de un mes.

Le llevó la mano hasta su vientre.

—Parece que ya no luces esta parte concreta de tu cuerpo.

Gabrielle se echó a reír.

—Nadie va a querer ver a una mujer embarazada con ese atuendo, te lo aseguro. No era muy práctico vestirse así para la granja.

Los tres estuvieron charlando durante una hora, aunque Pérdicas tenía bastante miedo de decir nada delante del hombre famoso, y por fin Homero se levantó para despedirse.

—¿Has sabido algo de Xena? —preguntó Gabrielle.

—Oh, está bien. Está formando un ejército impresionante.

Gabrielle parpadeó.

—¿Un ejército? —dijo.

—Sí. No sé muy bien para qué es. Tengo entendido que están acampados en Tesalia.

Cuando Homero se fue, Gabrielle miró a Pérdicas.

—No es una buena noticia —dijo.

—Sólo está a cuatro horas de distancia —dijo él—. Voy a preparar el carro. Espero que no te importe que vaya contigo.

—Gracias, Pérdicas.


Capítulo 3

Gabrielle y Pérdicas llegaron al campamento de Xena y encontraron tiendas de campaña, hogueras, caballos, armas y un ejército de por lo menos veinte hombres.

—Pérdicas —dijo ella—, habla con algunos de los soldados. Averigua de qué va todo esto, de un soldado a otro.

—Muy bien —dijo él.

Ella oyó la voz de Xena que salía de una de las tiendas y se dirigió hacia allí. Algunos soldados salían de la tienda cuando Gabrielle entró.

—¡Gabrielle! —dijo Xena. Saludó a Gabrielle afectuosamente, pero con cierto exceso de despreocupación, como si estuviera haciendo un esfuerzo para dejarle claro a Gabrielle que las cosas le iban perfectamente sin ella.

—¿Qué es todo esto, Xena? ¿Para qué es este ejército?

—No saques conclusiones precipitadas, Gabrielle. Tener un ejército no me convierte en señora de la guerra.

—¿Para qué necesitas un ejército?

—Para proteger a los aldeanos. Para hacer frente a los señores de la guerra. Para realizar rescates.

—Antes no te hacía falta un ejército para eso.

—Y había señores de la guerra a los que jamás habría podido soñar con enfrentarme. Con estos hombres puedo lograr muchas más cosas, Gabrielle. Este ejército será una poderosa fuerza del bien.

Gabrielle no dijo nada y se quedó mirando a Xena, intentando entenderla.

Xena se echó a reír.

—¿Qué quieres que te diga, Gabrielle? Si has venido para pedirme que disperse a mi ejército, la respuesta es no. Vas a tener que fiarte de mí. No te queda más remedio.

—¿Cómo te voy a creer, con todo lo que sé sobre tu pasado?

—Bueno, supongo que eso es más bien problema tuyo, ¿no?

—Xena, aunque nunca más me vuelvas a hacer caso, házmelo ahora. Esto es un inmenso error. Una vez dijiste que yo estaba haciendo justo lo que Ares quería. Ahora lo estás haciendo tú.

Xena se adelantó y se detuvo muy cerca de Gabrielle.

—¿No te fías de mí? ¿Con la cantidad de veces que me confiaste la vida y ahora no te fías de mí?

—No. No me fío.

—Voy a hacer que te tragues tus palabras, Gabrielle. Los bardos de todo el mundo van a contar la historia de mi fuerza, mi honor, mi valor y mi decencia. Mi pasado quedará tan superado que ni merecerá la pena mencionarlo. Hombres buenos y valientes del mundo entero querrán unirse a mi ejército. Yo ya tenía el deseo de hacer el bien antes de que tú aparecieras, y no te lo llevaste contigo cuando te fuiste. Siento que no te fíes de mí y siento que no creas en mí. Pero te equivocas. Puedo hacerlo. Sin ti.

Gabrielle se marchó de la tienda, pero se detuvo en la entrada para decir:

—Eso espero de verdad, Xena.

Esperó a Pérdicas junto al carro. Él llegó corriendo y la ayudó a subir.

—¿Has descubierto algo? —le preguntó.

—Parecen la clase de hombres que están hartos de combatir para conquistar y quieren tener una causa justa por la que luchar. Sólo desean poder hacer algo bueno en el mundo.

—Como Xena. Me alegro de oírlo. Pero no me parece que estos hombres estén dispuestos a plantarle cara si es necesario.

—Probablemente no.

—Tengo miedo, Pérdicas. Estoy preocupada.

—Y yo. ¿Pero qué podemos hacer?


Capítulo 4

Gabrielle se sentó en su cama, posó una mano en la cuna que había hecho Pérdicas y la meció. Se mecía con mucha suavidad y con regularidad, cosa que se daba por supuesta hasta que se veía lo difícil que era construir una cuna que se meciera con suavidad y regularidad.

Se puso a cantar.

Un día...
Voy a ser un gran sanador...
Y curaré todas las crueles enfermedades...
Ya lo verás...
Voy a ayudar a otros niños como yo...
Cuando sea mayor...
Ya lo verás...
Un día...
Cuando seamos mayores...
Haremos cosas importantes...
Ya lo verás...
Cuando seamos mayores...
Y no tan pequeños...
Haremos cosas importantes...
Se lo demostraremos a todos...

Pérdicas entró y se sentó a su lado.

—¿De dónde te has sacado esa canción? —preguntó.

—Me la cantaba mi madre.

—Me parece increíble que creciéramos casi pegados y que nunca oyera esa canción.

—Yo esperaba poder cantársela a este niño —dijo ella. Se tocó el vientre y se echó a llorar suavemente. Se enjugó las lágrimas.

Pérdicas le cogió la mano entre las suyas.

—Ha sido un aborto natural, Gabrielle. Lo volveremos a intentar.

Tuvo mucho cuidado de no decir que había sido "sólo" un aborto natural.

—Ya lo sé. Es que he visto tanta muerte a lo largo de mi vida. Estaba deseando traer una vida al mundo.

—Ocurrirá, Gabrielle. Y ese niño o esa niña va a ser la personita más afortunada del mundo, porque tú serás su madre. Ya me da envidia de él.

—O de ella.

—O de ella. Te quiero, Gabrielle.

—Yo también te quiero —mintió ella.

—¿Esa canción tiene más estrofas?

—Claro. Ojalá hubiera escuchado con más atención cuando era pequeña. Trata de hacer cosas importantes, pero no tiene nada que ver con aventuras o batallas épicas. Trata de hacer muy bien tu trabajo, encontrar algo que te encante hacer y hacerlo lo mejor posible.

Volvió a mecer la cuna y se puso a cantar.

Un día...
Voy a ser un gran maestro...
Y enseñaré a todo el mundo a leer...
Eso es lo que necesitamos...
La gente que lee no es tan fácil de engañar...
Así que les enseñaré...
En una escuela...
Un día...
Cuando seamos mayores...
Haremos cosas importantes...
Ya lo verás...
Cuando seamos mayores...
Y no tan pequeños...
Haremos cosas importantes...
Se lo demostraremos a todos...

Dijo:

—Esta estrofa es para ti, Pérdicas. Para nosotros.

Un día...
Voy a ser un gran granjero...
Y cultivaré muchas cosas buenas para comer...
¿A que será estupendo?
La gente nunca volverá a pasar hambre...
Cuando yo sea mayor...
Ya no...
Un día...
Cuando seamos mayores...
Haremos cosas importantes...
Ya lo verás...
Cuando seamos mayores...
Y no tan pequeños...
Haremos cosas importantes...
Se lo demostraremos a todos...
Se lo demostraremos a todos...
Se lo demostraremos a todos...

Se echó a llorar de nuevo, por su propia infancia perdida y por el hijo al que nunca vería, un hijo que pensó que le daría la oportunidad de volver a vivir su juventud y evitar todos los errores que había cometido su madre.

Sus reflexiones se vieron interrumpidas por el ruido de los cascos de un caballo que se acercaba. Su granja estaba tan aislada que cualquier caballo que oyeran sólo podía dirigirse hacia allí.

Gabrielle se secó las lágrimas y los dos salieron a recibir al jinete, que era una mujer. Desmontó a toda prisa.

—¿Eres tú Gabrielle? —preguntó.

—Sí.

—Me llamo Marissa. Tienes que venir conmigo. Mi aldea corre un peligro horrible.

—¿Qué ocurre?

—Xena.


Capítulo 5

Gabrielle llegó con Marissa, montadas ambas en el caballo con el que Marissa había llegado a la granja, y vieron a todos los hombres de la aldea colgados de los brazos, con las camisas rotas por la espalda. Gabrielle desmontó del caballo de un salto, vara en ristre.

—¡OTRA VEZ! —gritó Xena, y sus hombres azotaron a los aldeanos, causándoles profundas heridas.

—¡Xena, pero qué haces!

—¡No te metas en esto, Gabrielle! Aquí no va a morir nadie. Sólo estamos cobrando unas pequeñas deudas. ¡OTRA VEZ!

El chasquido de los látigos sonó de nuevo y los hombres se retorcieron de dolor.

—¡Xena, suelta a estos hombres ahora mismo o lo hago yo!

—Yo no acepto órdenes tuyas, Gabrielle. Hacen falta dinares para mantener un ejército. Nadie obligó a esta aldea a contratarme para que la protegiera. Les dije exactamente lo que les costaría. Los he protegido y he perdido hombres al hacerlo. ¿Y ahora han decidido que no me van a pagar lo que me deben? ¡A mí nadie me trata así! ¡Nadie! ¡OTRA VEZ!

Los látigos sonaron de nuevo y Gabrielle gritó:

—¿No crees que esta gente te pagaría si tuviera los dinares?

—Esta clase de gente siempre tiene dinero escondido en alguna parte. Otras aldeas siempre han podido reunir el dinero.

—¿Qué otras aldeas? ¿A cuántas les has hecho esto?

—Olvídalo.

—Te he preguntado que a cuántas.

—¡Y yo te he dicho que lo olvides! Esto no es asunto tuyo. Vete a escardar cebollinos, campesina.

La vara amazona de Gabrielle se alzó y golpeó a Xena en la cara. Xena se quedó aturdida. Atónita, en realidad. Estaba mirando a Gabrielle y atenta por si acaso y, con todo y con eso, ni lo había visto venir.

Antes de que Xena pudiera reaccionar o decir nada, Gabrielle tiró su vara y cogió un hacha cercana. El trabajo en la granja le daba muchas ocasiones para blandir un hacha y tenía los músculos fuertes. Cortó las cuerdas del primer aldeano. Se dio cuenta de que si golpeaba con el hacha el punto donde la cuerda cruzaba la viga de madera, podría soltarlo de un solo hachazo. Liberó al siguiente aldeano.

—Deja el hacha, Gabrielle.

—¿O qué? No te tengo miedo, Xena.

—Pues deberías.

—¡Maldita seas, Xena! ¡Vete al Tártaro!

Soltó a otro aldeano, pero los hombres liberados tenían miedo de moverse del sitio, por temor a Xena. Los soldados no la detuvieron. Lo cierto era que no les apetecía obedecer estas órdenes y no iban a impedírselo sin una orden directa de Xena.

Soltó al siguiente hombre y gritó a los soldados:

—¿Para esto os unisteis al ejército de Xena? ¿Estáis orgullosos de vosotros mismos? ¿Esto os convierte en guerreros, azotar a unos aldeanos desarmados?

Cuando ya había liberado a la mitad de los aldeanos, Xena intentó quitarle el hacha. La blandió contra Xena con gesto amenazador.

—Tú no usarías eso contra mí —dijo Xena.

—¡Por qué no te mueres, Xena! ¡Muérete de una vez para siempre!

Xena le arrebató el hacha y la tiró al suelo. Con un grito salvaje se lanzó contra Gabrielle y la agarró por la garganta. Sacudió a Gabrielle por el cuello y la empujó hacia atrás. Gabrielle intentaba soltar los poderosos dedos que le rodeaban la garganta. Intentó gritar, pero no conseguía respirar. Se veía obligada a retroceder hacia el abrevadero.

Antes de darse cuenta de lo que le estaba pasando, acabó metida a la fuerza en el abrevadero. Estaba sumergida en el agua y Xena la sujetaba. Gabrielle agarró uno de los dedos que le aferraban el cuello e intentó apartarlo. La estaba estrangulando.

Entonces los dedos le soltaron el cuello.

Gabrielle se agarró su propia garganta. No tenía presencia de ánimo para salir del agua.

Una mano poderosa se hundió en el agua y la sacó de un tirón.

Gabrielle se quedó mirando a Xena, con una expresión de odio puro en los ojos, mientras Xena se alejaba. Xena les dijo algo a los soldados y éstos la siguieron. Gabrielle intentó decir algo, pero no le salía la voz.

Se acabó, Xena, pensó. Es la última vez. No voy a volver a hacer una cosa así.

Por fin, cuando Xena se marchó, los hombres se apartaron de donde habían estado atados. Uno de ellos cogió el hacha y soltó a los demás.

Marissa se acercó corriendo y ayudó a Gabrielle a salir del abrevadero.

—Gracias. Lamento haber tenido que ir a buscarte. La verdad es que no les ha hecho tanto daño a los hombres. Un señor de la guerra habría hecho algo mucho peor. Por favor, dile que le pagaremos lo que le debemos, es que necesitamos un poco más de tiempo.

Gabrielle susurró:

—No... la defiendas.

Lo que de verdad quería decir era: ¡No te atrevas a defenderla! ¡Os tenía a todos muertos de miedo! ¡Vosotros no tenéis ni idea de lo que es capaz de hacer! Un día son latigazos, al día siguiente son huesos rotos y luego asesinato y rapiña. ¡Y todo porque os habéis retrasado en el pago de una deuda!

Gabrielle se sujetó la garganta. Le costaba tragar y sabía que tardaría por lo menos un par de días en poder hablar con normalidad.

—Llévame... a... casa —susurró.


Capítulo 6

Gabrielle estaba arrodillada quitando las malas hierbas del huerto y secándose el sudor de la frente. Le dolía la espalda por el trabajo y todavía tenía la garganta irritada por su encuentro con Xena.

El cielo estaba gris y nublado, aunque seguía haciendo calor y bochorno. Quería acabar antes de que empezara a llover.

—Hola, Gabrielle.

Ares había aparecido detrás de ella mientras trabajaba. Se levantó, con cierto esfuerzo, y se volvió hacia él.

—Hola, Ares —dijo con cansancio—. ¿Qué quieres?

—Te lo advierto, Gabrielle, deja de interferir en mi trabajo. Apártate de Xena. Todavía me puedo llevar a Pérdicas de vuelta a los Campos.

—No te preocupes. Xena es tuya. Yo me lavo las manos de todo este desastre.

Ares sonrió con aire victorioso.

—Bien. Por fin demuestras un poco de sentido común. Xena está esperando en el claro que hay junto al río. Quiere hablar contigo. Pero te lo advierto de nuevo, se acabó. Es la última vez. Si vuelves a acercarte a ella, por la razón que sea, Pérdicas muere. ¿Entendido?

—Ares, ¿en qué idioma hay que decirte las cosas? Te estoy diciendo que has ganado. Xena es tuya. No quiero saber nada más de ella.

—Bien.

—Supongo que nos estarás escuchando, ¿no?

—No. Le he prometido a Xena que no lo haría.

—¿Desde cuándo una promesa tiene importancia para ti?

—Sabes muy bien que Xena percibe mi presencia. Debo decir, pequeña bardo, que has sido todo un desafío. Casi voy a echar de menos enfrentarme a ti. Todavía me acuerdo de cuando golpeaste a Xena por detrás, en esa ocasión en que me hice pasar por su padre. Todavía me asombra que no te matara. Menudas agallas tienes, a veces.

—Sí —dijo Gabrielle, dirigiéndose hacia donde estaba Xena—. Ojalá pudiera decir lo mismo de ti. "¡Oh, he perdido la divinidad, he perdido la espada, qué voy a hacer, soy mortal! Buaa buaa buaa".

—Rubia molesta —masculló Ares y desapareció.

Gabrielle se cruzó con Pérdicas por el camino y le dijo dónde iba.

—Te prometo que ésta será la última vez que cualquiera de los dos vea a Xena —dijo.

—¿Estarás bien?

—Estaré bien —dijo ella.

Xena estaba esperando a Gabrielle en el claro, paseando nerviosa de un lado a otro. Cuando apareció Gabrielle, Xena le dirigió una mirada preocupada y asustada.

—Hola —dijo Xena.

—¿Qué, has vuelto para intentar matarme otra vez?

—He venido para decirte que he dispersado a mi ejército.

—Bien. Así que el mundo vuelve a estar a salvo. ¿Algo más?

—Gabrielle, lo siento. Lo siento muchísimo. He vuelto a perder el rumbo.

—Siempre dices que lo sientes, Xena, pero no cambias de comportamiento.

—Gabrielle, ¿qué quieres que haga?

—Quiero que dejes de pedirle a una campesina de Potedaia que dirija tu vida por ti. Quiero que dejes de confiar en que voy a poner mi vida en peligro para apartarte del abismo de la locura cada vez que pierdes el control y quiero que uses la cabeza y dejes de tratar a la gente que te quiere de esta manera, o dentro de nada te vas a quedar sin nada y sin nadie. ¡Y quiero que me dejes al margen de tu vida, porque estoy harta de ti, Xena! ¡Estoy harta!

—Lo siento. Sé que me odias.

—No te odio, Xena. Ahora ya me eres indiferente. Me da igual lo que te pase.

—Eso no lo dices en serio.

—¡No me digas qué es lo que siento, Xena! ¡Sé perfectamente lo que siento!

—¿Todavía me quieres?

Gabrielle vio el dolor que había en esos hermosos ojos azules, unos ojos en los que pocos días antes no había nada más que rabia inhumana, y pensó: Esto tiene que terminar. Tengo un marido que me quiere, que se cortaría el cuello a sí mismo antes que hacerme daño, y tengo una mujer que intenta matarme un día y al siguiente me pregunta si la quiero. Esto tiene que terminar, aquí y ahora.

—No —dijo Gabrielle—. No te quiero. Ya no.

Gabrielle se esforzó por no sentirse afectada por el dolor de esos ojos azules.

—Gabrielle, te necesito. No puedo hacerlo sola. Nadie más tiene el valor de plantarme cara.

—A lo mejor es que prefieren seguir viviendo.

—Gabrielle, debes saber que yo nunca te mataría de verdad.

—No te creo. No te creí al borde de un acantilado ni en el fondo de un abrevadero y no te creo ahora. Si no me alejo de ti, algún día acabarás matándome.

—Antes podías perdonarme.

—Bueno, tal vez fuera porque entonces no tenía muchas más opciones. Ahora tengo un marido que me quiere.

—¿Y tú lo quieres a él?

—Tal vez. Siento cariño por él.

—Dijiste que aprenderías a amarlo. Quiero saberlo. ¿Lo amas?

—¿Qué pasa si no lo amo? Es un buen hombre. Me quiere. Él no pierde el control ni me hace daño.

—Gabrielle, lo intento. De verdad que lo intento. ¿Te crees que me resulta fácil cuando me arrancas el corazón del pecho?

—Te voy a decir lo que es fácil, Xena. Echarme a mí o a mi ausencia la culpa de todos tus problemas. Eso es lo fácil. Xena, yo creía que tenías algo en tu interior que se moría por ser buena persona. Creía que ardías en deseos de ser buena y sentirte orgullosa de tu vida. Pues me equivocaba. El bien que pudiera haber en ti ha desaparecido. En el fondo no eres más que una matona. Eso es lo único que eres y lo único que serás toda tu vida. Y yo ya no me voy a hacer responsable de ti ni de las cosas que haces.

Gabrielle miró a Xena, esperando a que dijera algo, esperando a ver si este encuentro había terminado. Si era así, estaba más que preparada para darse la vuelta y volver con Pérdicas.

Unas cuantas gotas de lluvia cayeron sobre la frente de Gabrielle y la de Xena. Luego unas cuantas gotas más, y al poco se vieron en medio de un aguacero. Xena casi tuvo que gritar para que se oyera lo que decía.

—Lo siento, Gabrielle. Por favor, perdóname. Te quiero. Te quiero y te necesito. Lo siento.

—Con eso ya no basta, Xena. Simplemente no basta.

Gabrielle se volvió para regresar con Pérdicas. Avanzó sólo unos metros y luego miró atrás para asegurarse de que Xena también se iba.

Vio que Xena había hecho lo mismo, que se había dado la vuelta y luego había mirado atrás. Se estaban mirando la una a la otra.

¿Y qué? Podían mirarse por última vez. No quería decir nada. De modo que Gabrielle se dio la vuelta para mirar a Xena y Xena se dio la vuelta para mirar a Gabrielle.

Tengo que alejarme de ella, pensó Gabrielle. Algún día me matará de verdad. Tengo que irme ya.

Xena fue la primera en avanzar unos pasos hacia Gabrielle. Y Gabrielle se descubrió avanzando unos pasos hacia Xena.

No, pensó. No puedo dejar que me haga esto. Soy una mujer casada. Esto está mal. Tengo que parar.

Y entonces Xena echó a correr hacia Gabrielle y Gabrielle echó a correr hacia Xena.

No. Por favor, no, pensó.

Gabrielle le echó a Xena los brazos al cuello y Xena cogió esa cara adorable entre sus manos y tiró de Gabrielle hacia ella y besó esos dulces labios. Y Gabrielle perdió el control y casi el conocimiento. Cerró los ojos y se le llenó la cabeza de los viejos y familiares sentimientos de amor y deseo y anhelo, las cosas que nunca había sentido con Pérdicas. Gabrielle se estremeció y sintió que su alma obtenía sustento del beso, que sus espíritus se hacían más fuertes y que cada una se llenaba de las mejores cualidades de la otra, y las dos sintieron que si querían, podrían alejarse flotando del suelo hasta las nubes, porque este amor, este amor imposible y desquiciante, podía conseguir cualquier cosa, trascender cualquier límite, superar cualquier obstáculo y ser más poderoso que cualquier dios, que cualquier cosa, que cualquier ser, más poderoso incluso que la muerte misma. Este amor eterno más allá de la comprensión, este amor que daba sentido a la vida, que podía hacer volver a una mujer de la tumba, que daba fuerza a la ternura y ternura a la fuerza, este amor tan inexplicable pero tan necesario para completar dos almas juntándolas en una unión eterna y desafiante.

La lluvia caía a chorros sobre estas dos mujeres, pero entre ellas no se colaba lluvia alguna por lo bien que encajaban entre sí, como si estuvieran hechas la una para la otra.

El beso terminó, se apartaron y se miraron con tal intensidad que no podía haber nada fingido entre ellas, sólo sinceridad.

—¿Me quieres? —preguntó Xena.

—¡SÍ, MALDITA SEAS! —dijo Gabrielle—. ¡Y no sé por qué! ¡Si pudiera cortarme esa parte de mí que te ama y tirarla a la basura, lo haría! ¡Pero no puedo!

—Pues vuelve conmigo. Quiero que estés conmigo esta noche.

—No. Voy a volver con Pérdicas.

—No puedes.

—Hay otra gente en el mundo aparte de ti, Xena. Esta vida no gira exclusivamente en torno a dos personas y lo que quieren, sin pensar en nadie más. ¿Cuántas veces he dicho que deseaba poder compensarlo por la forma horrible en que lo traté?

—Ésta no es la forma.

—Me da igual. Si lo dejo, muere. No puedo tomar otra decisión.

—No lo amas.

—Pero tengo que hacer esto. Es lo correcto. Las dos lo sabemos.

Gabrielle se apartó de Xena y se volvió para marcharse, ahora que todavía tenía fuerzas y autocontrol suficientes para hacerlo.

Se alejó de Xena y se volvió para verla todavía allí, la Princesa Guerrera indefensa ante la Bardo de Potedaia.

—Cuídate, Xena —dijo—. Se buena.

Gabrielle regresó a la granja, orgullosa de sí misma por haber sido capaz de hacer lo correcto. Todavía no estaba absolutamente segura de que fuera lo correcto, pero según su experiencia, lo correcto era casi siempre lo más difícil de hacer. Esto era así.

La lluvia había empapado a Gabrielle. Estaba calada hasta los huesos, pero sobre todo estaba mojada en la entrepierna, por el beso de Xena. Necesitaba a alguien dentro de ella. En realidad necesitaba a Xena dentro de ella, pero su marido serviría.

Entró en la casa y llamó a su marido, pero no estaba allí. Se puso a buscarlo y por fin lo encontró en la parte de detrás, reparando el cobertizo bajo la lluvia. Lo obligó a dejar las herramientas y a besarla.

Era un buen hombre. Un hombre tierno. Y la quería, pero no apasionadamente. Sus besos eran muy delicados, cálidos y cariñosos.

—Venga —dijo—. Vamos a hacer un niño.


Capítulo 7

Había un viaje de dos días hasta el Templo de la Guerra, pero Gabrielle lo hizo sin dormir. Durante todo el trayecto, la rabia bullía en su interior.

¿Cómo me puede hacer esto?, pensaba. ¿Quién se cree que es? ¡Ni siquiera lo ha hablado conmigo! ¿Cómo voy a recoger la cosecha sin él?

Desmontó y entró como una exhalación en el templo, llamando a Ares a gritos.

—¿Dónde estás? —vociferó—. ¡Quiero hablar contigo, ahora mismo! ¡Asoma tu fea cara!

Ares apareció con su risa maliciosa.

—Vamos, vamos, Gabrielle, ya me has insultado otras veces, pero no con falsedades. ¿Qué pasa ahora?

Le mostró el pergamino donde Pérdicas había escrito su mensaje.

—¡Pérdicas se ha ido a la guerra!

—¿Y? ¿Qué puedo hacer yo al respecto? Se presentó voluntario.

—¿Esto es cosa tuya?

—¿Y qué iba a ganar yo con eso?

—¿Entonces por qué se ha ido?

—¿Cómo lo voy a saber yo? A lo mejor no has sido muy buena esposa para él.

—Escúchame, Ares, si va a entrar en combate, quiero que esté protegido. ¡Quiero que viva! Me da igual que reciba un lanzazo en el pecho y otro en la cabeza y flechas en los pulmones, ¡mantenlo con vida!

—¿Y por qué voy a hacer una cosa así por ti, Gabrielle? La primera regla de la guerra es que los jóvenes mueren.

—Ares, ¿tienes un ápice de inteligencia? ¿Tienes algo de sentido común? Tú lo resucitaste para separarnos a Xena y a mí. ¿Qué ocurre con tu plan si él muere?

Ares se cruzó de brazos y suspiró profundamente.

—Muy bien —dijo—. Tendrás lo que quieres. Seguramente está...

Ares echó la cabeza a un lado como si estuviera escuchando algo.

—Maldición.

—¿Qué? ¿Qué?

—Lo siento, pequeña —dijo Ares—. Demasiado tarde.


Capítulo 8

Gabrielle entró cabalgando en el campamento y se presentó ante el comandante de guardia. La llevaron inmediatamente a la tienda del general.

—Lamento tu pérdida —dijo éste—. Debes saber que tu marido era un hombre muy valiente. Llevaba muy poco tiempo aquí cuando se ofreció voluntario para realizar una misión de rescate muy peligrosa.

Gabrielle se secó las lágrimas.

—¿Una misión suicida? —preguntó.

—La mayoría de los soldados que iban con él no han sobrevivido. Todos dejaron mensajes para sus seres queridos. He mandado que traigan aquí el pergamino de tu marido.

—Gracias. ¿La misión tuvo éxito?

—Sí, alabado sea Ares.

Alabar a Ares no era una prioridad máxima para Gabrielle en ese momento, de modo que se sentó y esperó sin decir nada.

Un soldado entró y saludó, presentando el pergamino.

—¿Dónde está el cuerpo de mi marido? Me gustaría llevármelo a Potedaia para enterrarlo. Crecimos juntos allí.

—Mandaré que lo pongan en un carro. Puedes engancharle tu caballo cuando estés lista.

—Gracias.

Gabrielle salió a la cálida noche veraniega y leyó el pergamino.

A mi querida Gabrielle:

Siento muchísimo haberte mentido. Sí que te observé por el portal. Sabía que Xena y tú debíais estar juntas. Cuando Ares vino a mí y me ofreció la vida, tendría que haber sido noble y rechazarlo. Sé que eso es lo que tú habrías hecho. Pero deseaba vivir. Y te deseaba a ti.

Creía de verdad que acabarías amándome. Hubo ocasiones en las que casi estaba convencido de que así era. Pero cuando os espié a Xena y a ti y os vi juntas bajo la lluvia, besándoos, supe que no podíamos seguir así, viviendo una mentira. Tenía que irme.

Sabía que Ares me llevaría de vuelta a los Campos Elíseos. Estaba decidido a que mis últimos días significaran algo y a dar muestra de la nobleza que debería haber demostrado desde el principio. La nobleza que he aprendido de ti.

Deja de culparte por mi muerte, Gabrielle. Vive tu vida y cuida bien de Xena. Te necesita. No cambiaría por nada los pocos meses que hemos pasado juntos, pero está muy claro cuál es tu sitio, y no es conmigo.

No te deseo nada más que la felicidad, Gabrielle. Deseo que tengas algo que hacer, alguien a quien amar y siempre, siempre, algo por lo que luchar.

Pérdicas


Capítulo 9

PÉRDICAS
28 AÑOS DE EDAD
MARIDO DEVOTO
SOLDADO VALIENTE
HOMBRE DECENTE
MERECÍA ALGO MUCHO MEJOR
POR PARTE DE LAS DOS

Gabrielle colocó las flores sobre la tumba y quitó algo de polvo de la lápida. Sus lágrimas caían sin cesar.

—Más remordimientos, en una vida llena de ellos —dijo.

Xena llegó detrás de ella y se quedó en silencio.

—Hola, Xena. Me empezaba a preguntar cuándo volvería a verte.

—Hola, Gabrielle.

—Sigo con la racha. La maldición de Gabrielle se ha cobrado otra víctima.

—Fue decisión suya, Gabrielle.

—Ojalá pudiera haber tenido un hijo suyo. Eso al menos se lo merecía. Era un buen hombre. Su único crimen fue amarme.

—Eso no es ningún crimen, Gabrielle.

—¿Entonces por qué mueren tantos por ello?

Gabrielle suspiró apesadumbrada. Xena dijo, por decir algo:

—Asistí a su entierro. De lejos. No pensé que fuera a ser muy bien recibida. Pero vi todo el servicio.

—Sabía que estabas allí. No eres tan sigilosa como te crees.

—Lo enterraste con su camisa preferida, según dicen.

—Sí —dijo Gabrielle—, su camisa roja preferida. Qué bien le sentaba esa camisa.

Gabrielle se volvió hacia Xena, con los hermosos ojos verdes como el mar llenos de lágrimas una vez más. Alargó una mano hacia la tumba, con la palma hacia arriba, como una maestra impartiendo una lección.

—¿Lo ves, Xena? ¡Esto es ser noble! ¡Esto es pensar en alguien aparte de ti mismo!

—Eso no es justo, Gabrielle.

—Ya, bueno, la vida no es justa, ¿verdad?

Se volvió de nuevo hacia la tumba. Tenía ahora el cuerpo estremecido por los sollozos. Xena le rodeó la cintura con un brazo y le acarició la cabeza con la nariz.

—Gabrielle, jamás volveré a hacerte daño. Te lo prometo.

Gabrielle se echó a reír al tiempo que se secaba las lágrimas.

—Siento curiosidad por ver cuánto tardas en romper esa promesa.

—¿Eso quiere decir que volvemos a estar juntas?

—Claro. ¿Quién más podría sobrevivirme?

Xena se inclinó y besó a Gabrielle en el cuello. Se pegó a la espalda de Gabrielle y ésta subió una mano suave y acarició el pelo de Xena.

Estamos condenadas a estar juntas, pensó Gabrielle. No hay forma de escapar.

—¿Me perdonas? —preguntó Xena.

—Lo intento. No es tan fácil como antes.

—Las cosas van a cambiar, te lo prometo.

—Hay una cosa. Tú y yo vamos a recoger la cosecha de nuestra granja. No voy a dejar que lo haga nadie más. Habría sido nuestra primera cosecha. No es un gran tributo, pero así y todo, lo vamos a hacer.

—¿Quieres que haga de bracera? —preguntó Xena.

—Si hacer un trabajo honrado no te supone demasiada pérdida de dignidad, sí.

—¿Y si alguien necesita de verdad nuestra ayuda?

—Puedes tomarte unos días libres para hacer de heroína, pero a la mañana siguiente te quiero de vuelta en el trabajo.

—¿Y si pierdo el control? ¿Quién me va a ayudar?

—Pues mira, te voy a dar una idea. ¡No pierdas el control! Por las tetas de Hera, Xena, ¿es que no puedes comportarte como un ser humano durante un triste par de días? ¿Pero qué te pasa? Además, esos estúpidos ataques de rabia enloquecida que te entran son todos falsos. Algo que te has inventado para hacer que me sienta culpable y me quede contigo.

Gabrielle se dio la vuelta y se alejó de la tumba, encaminándose hacia donde estaba Argo. Xena la siguió.

—Me gustaban mucho más los viejos tiempos —dijo Xena—, cuando la que daba las órdenes era yo.

—¿Y qué más da? Si yo nunca las obedecía.

—¿Y por qué voy a obedecer yo tus órdenes?

—¡Más te vale! Puedo ser granjera todo el tiempo que sea necesario.

—Detestas trabajar en una granja.

—Ah, ahora sabes todo lo que yo detesto. ¿Pero quién te va a pedir ayuda a ti? "Oh, mira, hay un gato atrapado en lo alto de un árbol. Vamos a pedirle a Xena que lo rescate. No, espera, ¿qué día es hoy? Los lunes, miércoles y viernes le entra un ataque de ira homicida y mata a todo lo que se le pone por delante. Los martes, jueves y sábados no tendremos problema. Los domingos alterna. Cada dos horas".

Xena se echó a reír por primera vez desde hacía meses. Argo las saludó a las dos con un relincho.

Gabrielle continuó:

—"Claro, que si llamamos a Gabby para que lo haga, seguro que el gato la secuestra y entonces sí que la habremos fastidiado".

—Te quiero, Gabrielle —dijo Xena.

—¿Sí? Bueno, más te vale quererme, porque yo te quiero a ti y nos tenemos que aguantar. ¿Quién más nos iba a soportar? Jo, vaya par. Menuda pareja de heroínas.


FIN


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos cortos
Ir a Novedades