Caí en un anillo de fuego

Alan Plessinger



Descargo: Xena, la Princesa Guerrera y los nombres, títulos y argumentos usados en Caí en un anillo de fuego son propiedad exclusiva de MCA/Universal. El autor no pretende infringir sus derechos de autor al escribir este fanfic.
Esto es otra forma de contar el episodio El regreso de la valquiria.
Alan Plessinger

Título original: I Fell into a Burning Ring of Fire. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2004


Xena acercó una mano a las llamas y no sintió el calor. Metió la espada en las llamas, la sostuvo allí un minuto y luego la sacó. Palpó la espada. Acero frío y duro.

Beowulf tenía razón. Sólo era una ilusión. ¿Pero dónde estaba Beowulf? Parecía haberse escabullido sin hacer ruido mientras Xena examinaba el muro de fuego.

Antes de que le diera tiempo de cambiar de opinión, Xena atravesó las llamas corriendo y se detuvo en seco al ver a Gabrielle echada en la plataforma de piedra.

Xena se acercó a la figura durmiente con cautela, todavía temerosa de que fuera una trampa. Con la espada desenvainada, se fue acercando cada vez más a la preciosa rubia y por fin colocó la punta de la espada en la base de la garganta de Gabrielle.

Qué adorable. Lástima que tuviera que morir. Todas las cosas bonitas acaban muriendo.

—¿Por qué me has estado atormentando? ¿Qué quieres de mí? —preguntó. Pero Gabrielle no se movió.

Echó un vistazo al bonito vestido blanco de Gabrielle. Era distinto de la ropa que llevaba en las visiones, pero era bonito. Le sentaba bien. Apartó la espada y trató de despejar las vides y zarzas, cortándolas con el chakram. Le colocó el pelo bien, para que fuera un cadáver presentable.

Notó que Gabrielle tenía un anillo en la mano. Abrió los dedos delicados y cogió el anillo, que examinó. Le recordaba a algo. Colocó el anillo en el dedo de Gabrielle.

—No... —oyó que decía alguien, como un susurro en el viento, que apenas se oía por encima del rugido de las llamas.

Pareció que una descarga de poder atravesaba a esta preciosa joven. Xena volvió a colocar la punta de su espada en la base de la garganta de Gabrielle y la sostuvo allí. Sabía lo que tenía que hacer, pero por alguna razón no podía hacerlo.

Mátala, se repetía a sí misma. ¡No dudes!

Por fin, la descarga de poder pareció terminar y se abrieron unos ojos verdes. La joven rubia parecía extrañamente despreocupada al encontrarse con una espada al cuello. Miró a Xena con curiosidad.

—Vale, tienes toda mi atención —dijo Gabrielle—. ¿Quién eres?

—¿Quién eres ? —preguntó Xena, bajando el arma. Gabrielle se incorporó.

—No... no lo sé —dijo Gabrielle, mirando a su alrededor—. ¿Cómo he llegado aquí? ¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?

Xena la miró con rabia y dijo:

—Soy una guerrera. He venido a matarte.

Gabrielle sonrió, reacción que no era de esperar.

—¿Y cómo es que no estoy muerta? No serás muy buena guerrera.

Xena rugió y blandió su arma. Gabrielle se levantó de la plataforma de piedra y avanzó hacia Xena. Ésta retrocedió unos pasos.

—¡Quieta ahí! ¿Tan inconsciente eres que no me tienes miedo?

—Eso parece.

—¡Te juro que te mato como no te pares ahora mismo!

—Pues mátame.

Xena dejó de retroceder y apuntó con la espada directamente al corazón de Gabrielle.

—Al menos dime cómo te llamas antes de atravesarme —dijo Gabrielle.

—Wealthea. Por lo menos, ése es el nombre que he usado durante el último año.

—¿Cómo te llamas de verdad?

—No lo sé.

—Estupendo. Dos mujeres atrapadas en un anillo de fuego y tú quieres matarme pero no sabes quién soy y tampoco sabes quién eres. ¿Sabes al menos por qué me quieres matar?

—Has estado persiguiéndome en mis sueños y pesadillas. Eres una especie de hechicera.

—No recuerdo haber hecho eso, pero supongo que no recuerdo nada. Si te he hecho daño, te pido disculpas. Te prometo que no volveré a hacerlo.

Xena bajó la espada.

—Bien —dijo Xena—. Entonces nos entendemos. Me marcho.

—Voy contigo.

Xena se echó a reír con desprecio.

—¿Por qué querrías hacer eso?

—Por la misma razón por la que tú no me has podido matar. No sé quién soy ni dónde estoy ni nada que se refiera a mí, pero sí sé que mi destino es estar contigo. Debemos estar juntas. Tú y yo somos iguales, las dos buscamos respuestas.

—No somos iguales y no me hace ninguna falta una mujer como tú. Y si supieras el tipo de vida que llevo, no querrías tener nada que ver conmigo.

—¿Por qué no?

—¡Porque soy una señora de la guerra, por eso! Nací para conquistar. Saqueo aldeas, mato a personas inocentes. ¿Es eso lo que quieres ayudarme a hacer?

—No. ¿Por qué vives así?

—Porque puedo. Porque tengo que hacerlo. Porque soy... soy mala. Soy pésima persona. No te conviene relacionarte conmigo.

—No eres mala.

¡Tú no sabes nada! No tienes ni idea del tipo de vida que llevo.

—Sé que no quieres vivir así.

¡Maldita seas! ¡Ya me he hartado de escucharte! Me marcho y te juro que si intentas seguirme, te mato.

Xena regresó al muro de fuego. Con un estampido, de repente las llamas se hicieron más altas y ahora eran llamas de verdad. Xena sintió el calor que le daba de lleno en la cara. Es más, el círculo se iba haciendo más pequeño, cerrándose poco a poco alrededor de las dos. Se volvió furiosa hacia Gabrielle.

—Esto es obra tuya, ¿verdad?

—Te juro que no.

—Pues sea lo que sea, no va a funcionar. Soy una guerrera: no me voy a quedar en esta trampa a la espera de morir. Prefiero cargar contra las llamas y arriesgarme. Si lo hago rápido, a lo mejor consigo sobrevivir. Si muero, muero, pero al menos moriré intentándolo.

—Llévame contigo.

—No. No voy a poner tu vida en peligro también.

—¿Y eso es mejor dejarme morir aquí?

—Me da igual que mueras. Me importas un bledo. ¿Es que no te has enterado?

Xena se volvió hacia el muro de fuego. Envainó la espada y se preparó para la carga.

Miró a Gabrielle, que aguardaba expectante. No suplicaba, exactamente. Simplemente esperaba.

Volvió a mirar las llamas. Insultándose a sí misma, cogió a Gabrielle en brazos y se lanzó directamente a las llamas.

Antes de estar cerca siquiera, algo las derribó al suelo como un ariete.

¡Maldita sea! —dijo Xena.

Gabrielle se echó a reír.

—¿Qué demonios tiene tanta gracia?

—Esto es una locura. Mi vida entera han sido estos dos últimos minutos. Tu vida ha sido el último año. Aquí estamos, a punto de morir juntas, no tengo ni idea de quién soy ni de qué hago aquí, ¡pero no lamento nada! ¿Cómo lo explicas?

Xena la miró ceñuda, para evitar sonreír. A ella también le entraron ganas de echarse a reír, pero se controló.

—No tiene maldita la gracia —dijo Xena. Pero se le escapó una sonrisa, lo cual hizo que Gabrielle dejara de reír y se la quedara mirando.

—¡Por los dioses, eres preciosa! —dijo Gabrielle. Acercó sus labios a los de Xena. Ésta se apartó de ella y se levantó.

—¡Apártate de mí!

—¿Por qué? —preguntó Gabrielle, levantándose a su vez.

—Ya te lo he dicho. No te conviene relacionarte conmigo.

—¿Aunque te ame?

—¿Estás loca?

—Tal vez. Tal vez las dos estamos locas y no nos acordamos. Los recuerdos son poderosos, pero no hay nada tan poderoso como nuestro amor. Nuestros recuerdos han desaparecido, pero si los tuviéramos, sólo confirmarían lo que ya sabemos. Dime que tú no me amas también. Venga. Dímelo.

Xena se quedó mirando a Gabrielle, que le sonreía con esa sonrisa increíble que dejaba a Xena sin aliento. Las llamas se acercaban, obligándolas a estar más cerca la una de la otra.

—Algo te trajo hasta mí —dijo Gabrielle—. Algo no ha dejado que me mates. Algo me dice que te amo y me dice que eres una mujer noble y maravillosa. No sé por qué has pasado este último año haciendo cosas que te llenan de vergüenza, pero sí sé que conquistar no es tu destino. Yo soy tu destino y si tenemos que morir hoy, me conformo con tal de que lo hagamos juntas, porque yo no puedo vivir sin ti y tú no puedes vivir sin mí.

Xena sacudió la cabeza con exasperación.

—Si tuviera una segunda oportunidad —dijo Xena—, dedicaría el resto de mi vida a intentar ser digna de tu amor. Pero no la tengo.

—Eres digna.

—¿Es que no escuchas? Soy mala. Si supieras lo que he hecho durante este año...

—No eres mala. Has intentado salvarme. ¿Debo negar lo que mis propios ojos han visto? ¿Debo negar lo que mi corazón me dice que es cierto?

Las llamas estaban más cerca. Gabrielle abrazó a Xena y Xena, sin pensar, abrazó a Gabrielle.

¿Quién nos está haciendo esto? —gritó Xena—. ¡Muéstrate! ¡Mátame a mí si quieres, merezco morir, pero a ella no! ¡A ella no! ¡Llévame a mí en su lugar!

—¿Cómo sabes que yo no merezco morir también?

—No seas estúpida. Cualquiera puede darse cuenta con sólo mirarte de que eres...

—¿Que soy qué?

Xena se quedó un momento absorbiendo esa sonrisa increíble y esos preciosos ojos verdes que estaban tan cerca de ella. Las llamas estaban cada vez más cerca y las dos se pegaron aún más.

—Esto no es posible —dijo Xena—. No sé quién eres ni de dónde sales ni qué haces aquí. ¿Cómo puedo...?

—¿Qué?

—¿Cómo puedo amarte? Nunca he amado a nadie ni a nada. ¿Cómo puedo sentirme así?

—¿Cómo puedes no besarme?

Xena colocó una mano en la nuca de Gabrielle y la acercó aún más hasta que sus labios estuvieron casi en contacto.

—Eres tan perfecta. ¿Por qué no puedo saber al menos tu nombre? Seas quien seas... te amo —dijo Xena, y la besó.

Las llamas se desvanecieron. Gabrielle miró a su alrededor y luego miró a Xena.

—Hola, Xena —dijo—. Bienvenida de nuevo.

Gabrielle buscó a Brunilda con la mirada. No la vio, pero sí sintió su presencia.

—Bien hecho, Brunilda. No sé si apruebo tus métodos, pero has conseguido resultados. Gracias.

—De nada —dijo—. Que los dioses te acompañen, Gabrielle.

Gabrielle se quitó el anillo y cuando estaba a punto de dárselo a Xena, se dio cuenta de que Xena parecía horrorizada. Xena le dio la espalda a Gabrielle. Cayó despacio de rodillas.

—¿Qué te pasa? —preguntó Gabrielle, aunque se lo imaginaba.

—Gabrielle, durante este año... he vuelto... a lo que era. A mi antigua vida.

—Lo siento, Xena.

—¿Cómo ha podido ocurrir?

—Tus recuerdos desaparecieron.

—¿Qué voy a hacer, Gabrielle? Me he esforzado tanto y ahora...

—Haremos reparaciones donde podamos. Y te vas a enfrentar a las personas a las que has hecho daño y les vas a pedir perdón.

—No puedo.

—Sí que puedes. No es más de lo que le pediste a Eva y yo estaré a tu lado todo el tiempo, sosteniéndote.

Gabrielle le ofreció la mano a Xena. Ésta la agarró y Gabrielle la ayudó a levantarse.

Se alejaron juntas de la plataforma de piedra y Xena rodeó los hombros de Gabrielle con el brazo.

—Xena —dijo Gabrielle—, me has besado.

—Ya hablaremos.


FIN


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