Recordando a un ángel

Nut56



Resumen:
En un relato inspirado en el episodio No recuerdes nada y el maravilloso fanfic Nothing Ventured, Nothing Gained de Tonya Muir (a quien por desgracia ya no puedo dar las gracias), Xena encuentra a Gabrielle convertida en una esclava amargada y de vida difícil, y debe evitar luchar a toda costa al tiempo que encuentra una manera de conseguir que las cosas vuelvan a estar bien para su amiga y para ella misma. Al final, para Xena, sólo hay una opción.
Descargos:
Yo no he escrito la serie en la que se basa este relato y no soy propietaria de los personajes o lugares que aparecen en ella. Escribo por puro placer. Siempre se agradecen los comentarios y se responde en jonut56@aol.com. ¡Espero que os guste!

Título original: Remembering an Angel. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2011


Xena no pretendía hacer ningún mal. Su madre siempre le había dicho, cuando era una niña rebelde, que no mintiera. “Nunca se sabe dónde te puede llevar una mentira”, insistía Cirene, muy atareada secando copas con un paño. Una mentira podía conducir a otra, un simple engaño podía cambiarlo todo. Xena sólo pretendía salvar a Liceus: dar otra oportunidad a su hermano, darse a sí misma una segunda oportunidad de llevar una vida sencilla y apacible en Anfípolis, de evitar todos aquellos errores...

Se tendría que haber imaginado que no iba a ser tan fácil. Ningún hecho ocurre aislado. Su alegría al verse rodeada una vez más por su familia se cobró un precio demasiado alto.

—Ésa —indicó Xena con la cabeza—. Te compro a ésa.

—¡Vaya, vaya! Vamos a ver. —Kraikus era un ser feo y desagradable, y a Xena se le revolvía la bilis sólo de verlo. A su alrededor, la gente iba y venía muy ajetreada. Los hombres de Kraikus se paseaban por allí, charlando, intercambiándose armas, dando órdenes. Los esclavos de Kraikus se movían apresurados, ocupados en sus tareas, sin hablar con nadie. Había un ambiente de expectación, mientras se cargaban los carros y se vaciaban las cabañas—. Ésta es muy briosa, una buena bestia de carga. —Kraikus cruzó los gruesos brazos, lleno de arrogancia y soberbia—. No sé si está en venta.

—Ponle precio. —Xena no se achantó. Ésta no era una batalla que se pudiera permitir perder. En esta vida, ataviada con un vestido largo de tela roja basta y calzada con sandalias, luchar no era una de sus numerosas habilidades. Si los dinares eran el idioma que tenían en común, que así fuera.

—Ya veo que estás empeñada. —El señor de la guerra asintió con aprobación, posando las manos en la empuñadura de su espada. Buscó a su esclava con la mirada—. ¡Tú! ¡Chica! Ven aquí.

La mujer rubia apartó la vista de lo que estaba haciendo y sus manos soltaron el barril que llevaba rodando hacia un carromato. Tras dudar un momento, se secó las manos en la falda desgarrada que le llegaba hasta los tobillos y se acercó a Kraikus.

Xena se quedó mirándola, olvidándose de respirar y parpadear. Podría reconocer a Gabrielle en cualquier vida, incluso con el pelo desgreñado y ondulado, la ropa hecha jirones y las manos mugrientas. Sus labios eran una línea severa sobre la piel demasiado pálida, y sus ojos estaban grisáceos y atípicamente apagados. Xena había intentado liberarla en más de una ocasión, convencerla de que la siguiera, ofrecerle protección, pero Gabrielle, confusa y desafiante, se había negado.

—Esta mujer quiere que trabajes para ella, bonita —dijo Kraikus con sorna—. Me va a ofrecer un buen precio, estoy seguro, así que anímate. —Tras la desagradable sonrisa su voz sonaba amenazadora. Gabrielle, sin embargo, apenas parecía captarlo. Tenía la cabeza gacha, pero los ojos clavados en Xena, interrogantes, temerosos, y llenos aún de la rabia que ahora parecía residir en ellos. Xena le sonrió levemente y vio que los ojos bajaban al suelo y ahí se quedaban.

El señor de la guerra volvió a centrarse en Xena. Era una socia comercial poco común, sin duda, pero los dinares eran los dinares, vinieran de donde viniesen.

—Como ves, es joven y fuerte, aunque es muy suya, hay que recordarle cuál es su lugar.

Xena apretó la mandíbula: ya había visto las marcas de cicatrices que cruzaban los hombros de Gabrielle.

—Estoy segura de que podré arreglármelas.

—¿Qué me ofreces?

—Cien dinares.

Junto a Kraikus, Gabrielle tomó aire bruscamente: nadie había pensado nunca que valiera tanto.

—Ciento cincuenta —contestó Kraikus, burlándose por dentro de la incapacidad de las mujeres para comprar nada que no fuesen verduras en un puesto del mercado.

—Muy bien.

Un lento gesto de asentimiento.

—Bien, parto para Trípoli por la mañana, y ésta no haría más que ocupar espacio y consumir provisiones. De acuerdo. —Estrechó la mano de Xena.

—Bien. Vamos, Gabrielle, en marcha. —La mujer más alta alargó la mano hacia su amiga.

—Ah ah... —Kraikus alzó una mano, uno de cuyos dedos estaba adornado con un grueso anillo de oro—. No se deben olvidar las tradiciones. ¿Verdad, bonita? —Se volvió hacia su esclava, cuyos ojos se alzaron para posarse en los suyos un instante y luego volvieron a clavarse en sus gastadas botas. El señor de la guerra sonrió a Xena, aparentando todo el encanto y los buenos modales de los que carecía—. La tendrás mañana, tres marcas después del amanecer. Trae el dinero. —Se dio la vuelta y se alejó, con los pulgares enganchados en el cinturón.

Bajo las sandalias de Xena, el polvo se alzó en un remolino.

—¿Gabrielle? —La chica se quedó donde estaba, pero no levantó la cabeza—. Estaré aquí sin falta —prometió Xena, tratando de llegar a su amiga, de tranquilizarla. Normalmente habría sido muy fácil: una sonrisa, una palmadita en el brazo, un trozo más de pan de nueces. A Xena siempre le asombraba el poco esfuerzo que debía hacer para llegar a Gabrielle. Ahora daba la impresión de que no había manera.

—¿Y quieres que te esté agradecida? —Esos conocidos ojos verdosos estaban fríos y distantes.

—Ya te dije que te iba a ayudar.

—No dijiste que me ibas a comprar.

Xena abrió las manos con un gesto de súplica. Cuanto más intentaba mejorar la situación, más parecía odiarla la mujer más menuda.

—Gabrielle, era la única manera, ¿es que no lo ves?

Al otro lado del claro, Kraikus llamó a su esclava, impaciente. Hosca y furiosa, Gabrielle le sostuvo la mirada a Xena durante un largo e incómodo momento y luego se dio la vuelta y no miró atrás.

Xena se quedó mirando hasta que desaparecieron y luego se fue a casa a esperar el amanecer. Estuvo inquieta toda la noche, preguntándose si Kraikus cumpliría su palabra. Tendría que haberse imaginado que la idea de conseguir ciento cincuenta dinares aseguraría su regreso.

—¡Toma! —El señor de la guerra depositó la gruesa cuerda en la mano de Xena. Estaba atada con fuerza alrededor de las muñecas de Gabrielle y también le rodeaba el cuello. Ésta se quedó quieta obedientemente, pero su rebeldía estaba escrita en su expresión: Xena se sintió algo aliviada al ver que el temple de su amiga no se venía abajo más fácilmente en esta vida que en la otra—. A mí ya no me sirve. Ésta es más un castigo que una recompensa, esta mañana casi se escapa. —Miró ceñudo a Gabrielle y luego saludó a Xena de mala gana con la cabeza—. Encantado de hacer negocios contigo. —Le arrebató el dinero y se marchó.

No era pequeña victoria para la antigua Princesa Guerrera, quien tuvo que contener la emoción que la embargó. Obligándose a sujetar ligeramente la cuerda hasta que se perdieran de vista, condujo a Gabrielle a remolque hasta Argo, que esperaba al otro lado de un recodo del camino.

—Vámonos de aquí. —No tenía la menor gana de volver a ver el campamento ni a sus habitantes. Cuando llegaron a Argo, le pareció seguro detenerse un momento y relajarse un poco—. A ver, trae las manos. —Se apresuró a desatar la cuerda y la tiró con asco.

—¿Qué haces? —Al parecer auténticamente confusa, Gabrielle se frotó los brazos, mostrando la piel seca y enrojecida bajo los jirones de sus mangas de color azul celeste.

—¿Cómo que qué hago? —repitió Xena, concentrada en las riendas de Argo. El caballo aguardaba pacientemente, mordisqueando un árbol.

—Podría escaparme —argumentó Gabrielle, sin dar crédito. Se quedó mirando a Argo y retrocedió un poco cuando el gran caballo la olisqueó con curiosidad.

Xena frunció el ceño.

—¿Por qué querrías escaparte de mí? Bueno, vámonos, aquí no estamos seguras. Hará más calor en mi casa.

La mujer rubia miró inquieta a su alrededor. Estaba como quien no sólo no sabía qué hacer a continuación, sino que, peor aún, no sabía cuáles eran sus opciones o cuáles serían las consecuencias de cada opción. Parecía desconcertada.

—¿Se tarda mucho andando?

—¿Andando? —Xena se aseguró de que la silla de Argo estaba bien sujeta y luego volvió a prestar atención a su acompañante—. No lo sé, nunca lo he probado. —Se encogió de hombros—. Vamos, monta. —Dio unas palmaditas al caballo y alargó un brazo para ayudarla.

Gabrielle parpadeó, sorprendida, y se quedó mirando a Argo como si fuese un alienígena.

—No sé montar, nunca he... —Se le apagó la voz y volvió a mirar a Xena.

Xena sabía que se lo debería haber esperado, pero no lo había hecho, y se quedó parada por lo repentino de la situación.

—Está bien. —No tenía sentido preocuparse por algo que no tenía remedio—. Está bien, es fácil, pon el pie aquí... —Indicó el estribo y guió el pie de la reacia Gabrielle hasta colocarlo—. Ahora súbete, eso es. —Empujó a su amiga hasta que le pareció que estaba más o menos situada—. ¿Pasas la pierna al otro lado? Ya está. —Al menos Gabrielle no ofrecía resistencia, aunque Xena pensaba que eso se debía más que nada al pasmo. Como tenía bastante prisa por marcharse, la guerrera sacó la gastada bota de color tostado del estribo y metió su propio pie.

En la silla, la mujer más menuda parecía incomodísima, y se aferraba al fuerte cuero, con los ojos como platos cada vez que Argo se movía.

—Tienes que sujetarte bien, Gabrielle, ¿vale? —Xena rodeó con los brazos a su compañera de silla para recoger las riendas, que sujetó con las manos. Con Gabrielle delante al menos podía sujetarla y enderezarla si era necesario. Así montaban cuando enseñaba a la bardo, salvo que entonces Gabrielle estaba relajada en sus brazos y se volvía a menudo para mirarla, parloteando constantemente. Ahora, sólo había silencio. La tranquilidad que Xena intentaba transmitir parecía caer en saco roto, por lo que lo único que podía hacer era intentar que Argo llevara un paso lento y regular y llegar a casa lo antes posible.

En esta vida Xena era una sencilla aldeana, pero la casa de su familia era cómoda. Una vez allí, se bajó fácilmente del caballo y luego le indicó a Gabrielle que hiciera lo mismo.

—Vamos... —Dirigiéndole lo que esperaba que fuese una sonrisa de ánimo, levantó los brazos, preparada para bajar a Gabrielle—. Yo te sostengo. —Gabrielle no parecía muy entusiasmada, pero era la única manera de bajar del caballo. Xena la sujetó bien por debajo de los brazos y la bajó. En silencio, la chica se apartó de ella en cuanto sus pies tocaron el suelo.

Xena sabía que tenía que aceptar que ganarse a Gabrielle llevaría tiempo: tenía que ser paciente. Llevó a la chica dentro, sujetándole la pesada puerta de madera para que pasara. Gabrielle miró a su alrededor.

—¿Por qué haces esto? —preguntó, recorriendo con los ojos los acogedores y viejos muebles.

—¿El qué? —Xena se apresuró a coger una serie de cosas: un plato, un odre de vino, un paño, comida y una manta. No hacía mucho calor fuera, sobre todo después del trayecto, y le había parecido que Gabrielle tenía los brazos helados bajo las cortas mangas.

La mujer más joven estaba acostumbrada a estar en edificios mucho más impresionantes que éste, desde palacios hasta castillos, pero nunca eran suyos. Este lugar pequeño y sencillo le resultaba el más acogedor con diferencia, y a Gabrielle le recordaba un poco a una pequeña casa de labor de Potedaia, sin duda a océanos de distancia de aquí.

—Hay muchos otros esclavos que son más fuertes y más obedientes que yo —dijo, contestando la pregunta de Xena—. He visto cuánto le has pagado a Kraikus. La gente se cree que soy como un animal, pero comprendo las cosas, conozco el valor del dinero. —En aquella granja, siglos antes, sus padres a veces le daban a Gabrielle una moneda o dos por ayudar en el huerto o dar de comer a las gallinas. No había ganado ni un solo dinar en los años que habían pasado desde que se fue, a pesar de las largas horas y las penalidades de su trabajo.

Xena observó a la chica, mientras sus dedos jugaban distraídos con el paño que tenía en la mano. Gabrielle jamás se creería la verdad, aún no: se la tomaría como una mentira, y eso la espantaría.

—He estado hablando con la gente. Eres inteligente, Gabrielle, y conoces este pueblo. No tienes miedo. Yo tengo que hacer una cosa, y necesito tu ayuda. —No era mentira del todo: Xena necesitaba engatusar a las Parcas, y Gabrielle era la bardo, no ella.

La mujer rubia lo aceptó. Había oído historias parecidas: esclavos que habían sido utilizados para hacer bulto en las batallas, peones para algún juego, chivos expiatorios de fraudes, y cosas así. No era probable que fuera a tener un final agradable, pero al menos sería un final.

—¿Cómo quieres que te llame? —No había tardado en aprender a no dirigirse a un amo de ninguna manera que pudiera ofenderlo.

La guerrera se reprochó a sí misma que no se le hubiera ocurrido decírselo.

—Me llamo Xena. Ahora ven a sentarte y entrar en calor. —Llevó a Gabrielle hasta una zona donde había una alfombra con cojines junto al fuego. Advirtió que su amiga se movía con cierta rigidez: tal vez sólo estaba tensa—. Siéntate, eso es, así. —Xena se agachó también—. ¿Tienes hambre? —Gabrielle la miró, confusa, con las manos pegadas a la alfombra que tenía debajo—. Claro que sí. Toma. —Xena le pasó un plato de madera con pan de nueces recién hecho y un puñado de bayas y semillas, y sirvió una jarra de vino. Su invitada la miraba a ella y luego miraba la comida que tenía en las manos, pues hacía muchos años que no probaba una cosa así—. Adelante —la animó Xena—. Es todo tuyo.

Gabrielle dudó un poco más y luego abandonó toda precaución y se puso a comer. Cerró los ojos al hincar los dientes en el pan dulce y blando que le encantaba, y cogió unas cuantas bayas con los dedos preparándose para su siguiente bocado. Xena la observaba con paciencia, contenta de verla disfrutar de este pequeño placer, pero, en una parte más profunda de su ser, se reconcomía de culpa por el sufrimiento que había causado.

Hasta que Gabrielle no hubo vaciado su jarra, no pareció recordar dónde estaba.

—Gracias. —Dejó el plato en silencio—. ¿Qué quieres que haga por ti?

Xena meneó la cabeza.

—Lo primero es lo primero. Déjame que me ocupe de ese hombro tuyo. Si lo mantenemos limpio, no te quedará mucha cicatriz. —Gabrielle le había enseñado la tremenda herida la primera vez que se habían visto en esta vida —su recompensa por intentar escapar de Kraikus— y la imagen no se le había borrado de la mente a Xena desde entonces. Abrió una bolsita de cuero llena de hierbas y echó cierta cantidad en el plato de agua, removiendo la mezcla con el paño.

Gabrielle se apresuró a taparse con una mano.

—Está bien, no está tan mal.

—Lo estará si se infecta. Vamos, deja que lo mire. —Xena fue a apartar la fina tela azul, pero era obvio que Gabrielle tenía miedo, y se echó hacia atrás.

—No tienes por qué gastar tus medicinas conmigo. Soy fuerte, puedo trabajar. Dime cuáles son mis deberes para que pueda empezar.

A la guerrera le pareció que el corazón le daba un vuelco en el pecho. Conocía tan bien a Gabrielle, y sin embargo esta mujer era una desconocida.

—Gabrielle, no te voy a tratar como a una esclava.

—Eso es lo que soy —replicó Gabrielle, con naturalidad.

—Pues ya no. —Sólo de pensar en eso, Xena se ponía furiosa, y ésa era la última emoción que necesitaban en este momento. Sacó los pies de debajo del cuerpo y se sentó, para estar a la misma altura que Gabrielle—. Esto te tiene que estar doliendo, Gabrielle. Yo te puedo ayudar. Tú relájate, ¿mmm? —Manteniendo conscientemente un tono suave y tranquilizador, Xena metió despacio los dedos por debajo de las manos de la chica y le desató el cordón azul de la camisa—. Eso es, bien. Te conseguiré ropa más abrigosa, ahora hace demasiado frío para lo que llevas. —Gabrielle miraba fijamente a la mujer de más edad, paralizada como si estuviera atónita. La piel de sus brazos estaba pálida y fría, salpicada de moratones y arañazos debidos a su trabajo.

Cuando Xena fue a apartarle la tela del hombro que tenía más cerca, Gabrielle la agarró y se la sujetó contra el pecho. La guerrera se detuvo.

—Tranquila... —Captó la alarma en los ojos verdes que estaban clavados en los suyos y percibió que se le habían acelerado la respiración y el pulso—. No pasa nada. Deja que te vea el hombro. —Le soltó las manos y apartó con cuidado la tela. Gabrielle no se movió—. Sí, no es muy profundo, ¿mmm? —Escurrió el paño y lo pasó con cuidado por los bordes del verdugón, causado claramente por un latigazo tan fuerte que le había desgarrado la piel. Había visto heridas mucho peores, pero no en su mejor amiga, no en Gabrielle. La chica la observaba sin decir palabra, pero levantó la barbilla un poco para hacer sitio a las manos de Xena. La guerrera intentó entablar conversación—. ¿Qué es lo que más te gustaría hacer, Gabrielle? ¿Te gustaría ir a tu casa?

Gabrielle pareció animarse en ese momento.

—¿A Potedaia? —Hacía mucho tiempo que no pensaba en serio en su pueblo: no tenía sentido, los amos no daban vacaciones a sus esclavos—. Me gustaría saber si mis padres están bien. —Se permitió fantasear, pues el silencio y el calor la obligaban a relajarse, aunque sólo fuese un poco. Se quedó mirando el alegre fuego, cuyas llamas danzarinas iluminaban sus blancas espinillas con un resplandor anaranjado.

—Claro —asintió Xena, sonriendo—. Y tu hermana, seguro que te gustaría volver a verla. —Gabrielle se puso tensa de inmediato, y Xena supo que había cometido un error.

—Mi hermana está muerta. —Cuando Gabrielle la miró, había rabia en sus ojos inexpresivos—. Se resistió cuando Kraikus vino a nuestro pueblo. —Se encogió levemente de hombros—. Y pagó el precio.

—Oh, Gabrielle... —Los remordimientos de Xena fueron en aumento. Sabía cuánto quería su amiga a su hermana pequeña—. Lo siento...

—Así está mejor —le dijo Gabrielle con determinación—. Al menos ahora está a salvo.

Xena no sabía qué decir, por lo que siguió trabajando en silencio hasta que la herida quedó limpia y seca. Gabrielle no se había movido en todo ese tiempo, aunque le tenía que haber dolido, y ahora en sus ojos había una expresión dura e inescrutable mientras miraba al frente.

—Se te curará, Gabrielle, y no te quedará mucha marca.

—Gracias.

Gabrielle fue a recolocarse la camisa, pero la maniobra le exigía bajarse la tela un poco por el brazo, y el color de la piel llamó la atención de Xena.

—¿Qué es esto?

—¿El qué? —Gabrielle intentó no darse por enterada.

—Esto, lo que tienes en el brazo. —Sin hacer caso de las manos que le ponían obstáculos a propósito, Xena destapó el oscuro moratón que rodeaba la parte superior del brazo de Gabrielle.

—Ah, no es nada. —La chica intentó zafarse de Xena, sin el más mínimo éxito.

—Esto te lo ha hecho una mano. —Xena reconocía el tamaño y las marcas de dedos característicos de una contusión causada por el apretón excesivo de una mano—. ¿Quién te ha hecho esto? —Gabrielle no contestó—. ¿Tienes más? —La guerrera le subió la manga por encima del codo y allí descubrió una marca idéntica. El moratón era reciente también, pues aún no había adquirido el color amarillento de un golpe que se estaba desvaneciendo—. ¿Qué pasa aquí? —Esquivando las manos que Gabrielle se había pegado protectoramente al pecho, Xena alargó la mano y le subió la otra manga. Tenía la piel marcada de pequeños roces y arañazos, el simple resultado de una vida dura, pero también había heridas más recientes, cuyos bordes todavía estaban cubiertos de sangre coagulada—. Estás llena de... —Asustada, Xena sostuvo la cara joven entre sus manos—. Gabrielle, ¿quién te ha hecho esto?

En la expresión de Gabrielle no había nada de la ternura a la que estaba acostumbrada su amiga, ni miedo, ni gratitud: no había nada. Apartó la cabeza de sus manos y volvió a clavar la mirada en el fuego.

—No finjas que no lo sabes.

—No lo sé —le dijo Xena, exasperada e impotente—. ¿Qué es?

—Me dejaste —la acusó Gabrielle con amargura—. Me dejaste con Kraikus, anoche. Vuestro acuerdo tácito. —Asintió con intención, y su expresión indicaba que se sentía asqueada—. Lo único que tenías que hacer era decir que no. —Se calló de repente, recordando su posición—. Pero claro, es tu dinero, así que es tu decisión.

—Espera, no lo entiendo —insistió Xena—. ¿Qué pasó anoche? —Tal vez era sólo que su mente se negaba a comprender, se negaba a aceptar el horror de la situación.

Gabrielle meneó la cabeza, con una sonrisa desagradable.

—Una esclava vale más cuando es pura. La mercancía echada a perder tiene un precio más bajo. —Se encogió de hombros levemente con gesto de derrota y se miró los brazos—. Pero como tú ya habías aceptado el precio de Kraikus, éste no tenía nada que perder.

Xena cayó en la cuenta de golpe y sintió que se le llenaba la garganta de bilis.

—Te violó... —El corazón le empezó a martillear dolorosamente en la cabeza y sintió un hormigueo frío en los dedos.

Otro encogimiento de hombros.

—No ha sido la primera vez y no será la última.

Esta espantosa realidad nueva amenazaba con ahogar a Xena, con caer sobre ella y resucitar a la Destructora de Naciones, con despertar en ella a un animal vengativo que no quería hacer nada más que matar. Se condenaba a sí misma por no haber tomado sus decisiones pensándolas bien. Ya no era una adolescente sin responsabilidades.

—Todo esto es culpa mía.

—Sí —fue lo único que dijo Gabrielle. No parecía enfadada, simplemente confirmaba un hecho.

—Cariño, lo siento tanto...

—No ha sido responsabilidad tuya. Así es el mundo.

Xena sabía que tenía que seguir adelante, que tenía que estar ocupada: si se paraba a pensar en todo esto ahora, se quedaría paralizada. Tenía que apartar la amargura y el odio, enterrarlos en su interior, hasta que pudiera liberarlos con seguridad. Cuando pudiera, tendría que estar fuera, estar sola, encontrar un sitio privado. Entrenaría hasta que le escocieran las manos, correría hasta que le dieran calambres en las piernas, nadaría hasta que le dolieran los pulmones: cualquier cosa con tal de acabar con parte de esta ira.

—Estos cortes necesitan un poco de bálsamo. Quítate esto, yo te los lavo. —Xena señaló la tela azul.

—¡No! —Gabrielle se ciñó la tela al cuerpo. Por primera vez, la callada hostilidad se vio sustituida por un miedo callado.

—Te voy a ayudar —prometió Xena con tono suave—. Sólo quiero ayudarte. —Costaba recordar que esta mujer no la conocía ni se fiaba de ella implícitamente, como lo hacía la Gabrielle real. Ésta habría derramado sus sentimientos con una cháchara interminable, se habría acurrucado en brazos de Xena buscando sosiego. Era mucho más fácil que esto—. Escúchame, Gabrielle. No te voy a hacer daño, en serio. Tienes que confiar en mí. Intenta confiar en mí. —Tocó un arañazo enrojecido e hinchado que seguía la clavícula de la chica—. ¿Esto lo tienes por todas partes?

—Tenía mucha energía —replicó Gabrielle.

—Ya. —Xena lo interpretó como una respuesta afirmativa—. Pues deja que lo vea, ¿mm? Toma, puedes taparte... —Agarró una manta de la silla que tenía detrás y tiró de ella para dársela a Gabrielle—. ¿Puedo verte la espalda? Está bien, sí, tranquila. —Moviéndose despacio y hablando con un tono tan apacible que resultaba hipnótico, Xena apartó la fina tela azul del cuerpo de su amiga, dejando que se tapara el pecho con la manta. Gabrielle tragó varias veces, moviendo los ojos de un lado a otro como un animal enjaulado, pero al menos no intentaba atacar ni huir—. Eso es. Ah, no está tan mal —mintió Xena, y pasó la mano suavemente por la espalda enrojecida. Se ocupó con cuidado de los surcos que había dejado el látigo, sujetando el despeinado pelo rubio para apartarlo. Estaba deseando abrazar a Gabrielle, hacer algo más para reconfortarla, pero sabía que tenía que controlarse.

—¿Pasamos ahora al pecho? —Xena volvió a colocarse donde Gabrielle pudiera verla, y la chica volvió la cabeza, mirándola a los ojos azules—. Déjame ver. Túmbate, Gabrielle, túmbate... —Recolocó los cojines y esperó a que la mujer más menuda se echara despacio. Gabrielle no dijo nada y siguió las instrucciones que recibía, pero Xena no sabía si era porque empezaba a confiar o porque estaba en estado de shock—. Todo va a ir bien. Suelta...

Con infinita ternura, Xena soltó los dedos fríos de la manta y la echó a un lado. Medio sentada, el pecho de Gabrielle se agitaba por la respiración acelerada que intentaba controlar. Algunas de las marcas de su piel sonrosada eran nuevas, muchas eran más antiguas. Xena apretó por instinto el brazo que tenía más cerca, deseosa de comunicar su compasión, pero incapaz de hablar. Cada vez le costaba más mantener el control.

—No tiene mucha importancia —dijo Gabrielle como si se lo creyera.

—Para mí sí —confesó Xena. La chica se quedó mirándola, con el ceño levemente fruncido—. ¿Te...? —A Xena se le quebró la voz y tuvo que carraspear y volver a intentarlo—. ¿Te hizo daño? —La habitación se quedó en silencio salvo por el crepitar del fuego, y en ese momento fue como si nadie más existiera sobre la faz de la tierra.

—No. —Gabrielle comprendía a qué se refería, y Xena soltó aliento, tras haber aguantado la respiración—. Sólo te hacen daño si te resistes. Como Lila. Hay que dejar que hagan lo que quieran. —Sorprendiendo a Xena, se soltó la falda por debajo de la manta y se la quitó, colocando la gruesa tela roja para que cayera entre sus piernas, tapándola, pero dejando al aire un par de marcas en los muslos—. Yo ya no me resisto.

La guerrera asintió despacio y luego recordó lo que tenía que hacer y volvió a mojar el paño en el agua. Se acercó para empezar, pero Gabrielle le quitó el paño.

—Puedo hacerlo yo. —Su tono no era ni hostil ni defensivo, y Xena se quedó mirando mientras se lavaba, con la esperanza de haber conseguido avanzar algo. Cuando Gabrielle terminó, le devolvió el paño con una levísima sonrisa—. Gracias.

—Pareces cansada. —Apenas pasaba de mediodía, pero la mañana había sido de mucha tensión, y ahora que por fin se había relajado, a Gabrielle le pesaban los párpados.

La chica abrió la boca para protestar, pero luego pareció pensárselo mejor.

—Supongo que...

—Pues necesitas dormir, Gabrielle —le dijo Xena amablemente, y alcanzó la ropa que había traído—. Lo siento si esto te está demasiado grande, no eres de mi talla precisamente. Pero servirá. —Escogió un camisón, viejo pero abrigoso, y se lo pasó a Gabrielle por la cabeza y se lo bajó por el cuerpo. La chica no dijo nada cuando la ayudó a levantarse, y siguió a Xena hasta una habitación pequeña. En las paredes colgaban viejas telas de colores, y en el centro había una cama hecha de madera oscura.

Descalza, Gabrielle miró a su alrededor bastante maravillada.

—¿Ésta es tu habitación?

Xena sonrió. Había sido su cuarto cuando era pequeña, y todavía estaba lleno de las cosas de su infancia: un par de muñecas harapientas en un estante, un viejo oso de peluche en la repisa de la ventana. La habitación era sencilla, pero maravillosamente acogedora. La familia de Xena no tenía mucho dinero cuando ella era pequeña, probablemente menos incluso que la de Gabrielle, en la que al menos había dos padres que trabajaban para mantener a sus dos hijas. La madre de Xena tuvo que ocuparse sola de sus tres retoños. La guerrera sabía que a su amiga le gustaba fingir que era una princesa cuando era niña, y le había hablado de que le gustaba la tela rosa y los vestidos bonitos. En ese sentido, había renunciado a más cosas que Xena al optar por vivir juntas en el camino. Éste no era el cuarto de una princesa, pero serviría.

Xena miró a Gabrielle.

—No, es tu habitación. —Señaló la cama.

Gabrielle se quedó pasmada y meneó la cabeza.

—Puedo dormir en el suelo...

A Xena aquello hasta le hizo gracia.

—No vas a dormir en el suelo.

Gabrielle se volvió, mirando a Xena con tal aire de confusión que la guerrera se preguntó si se iba a dar la vuelta y salir corriendo como un animal asustado. La mujer más menuda sacudió la cabeza ligeramente. Xena alargó las manos hacia ella por instinto, sin saber muy bien qué iba a hacer. Gabrielle echó la cabeza hacia atrás y se desplomó tan de repente que Xena apenas logró agarrarla torpemente y rodearle la cintura. Inconsciente, era un peso muerto, y Xena notó que sus músculos protestaban cuando se agachó para agarrar a Gabrielle por debajo de las piernas y levantarla en brazos. La chica había trabajado demasiado y había sufrido demasiado, pensó Xena con enorme tristeza. Colocó bien el conocido peso en sus brazos y la trasladó a la cama, donde la depositó.

Xena se inclinó sobre la chica para colocarle las extremidades en una postura cómoda, pero se detuvo cuando Gabrielle soltó un estertor que la alarmó muchísimo. Asustada, Xena bajó la vista. Debajo de ella, los músculos de Gabrielle se tensaron de repente, se pusieron dolorosamente duros y le dejaron rígidos los brazos y las piernas. Su frente se arrugó con un ceño, el aliento se escapó ruidosamente de sus pulmones y entonces la convulsión se apoderó de ella del todo, arqueándole la espalda y haciendo que sus extremedidades se agitaran ferozmente.

—Oh, no, Gabrielle. —Xena se sentó en la cama—. No me digas que aquí también. —Se quedó mirando paralizada por una especie de pánico. Este tipo de ataque era algo que la otra Gabrielle sufría de vez en cuando, aunque Xena sólo lo había visto una o dos veces. Parecía acompañar al don de la profecía que poseía la bardo. Nunca dejaba de asustar a Xena—. Te vas a poner bien —intentó Xena. Luchando contra el instinto de coger a su amiga en brazos y sujetarla, trató de apartar el lacio pelo rubio, deseosa de reconfortarla de algún modo—. Tranquila. —Xena nunca la había visto tan mal, y no sabía qué hacer. Las mejillas que al principio se habían puesto coloradas estaban ahora macilentas y carentes de color. Su boca producía saliva mientras luchaba por respirar, y se convertía en espumarajos al salir de sus labios. El aire que conseguía aspirar producía un húmedo sonido de gorgoteo en su pecho—. Oh... —Xena intentaba secarle la cara—. Estoy aquí... —Pasó el pulgar por unos labios que se estaban poniendo azulados.

—Gabrielle, ya basta. —Xena se inclinó sobre la mujer convulsa y le sujetó la cara entre las manos, intentando protegerle la cabeza—. Para ya —dijo pegada al oído de Gabrielle—. Basta, Gabrielle. —El cuerpo engañosamente fuerte empujaba debajo de ella y una rodilla se hundió en su costado—. Escucha, por favor. —Xena acarició el pelo que tenía bajo las manos, desesperada—. Me estás asustando. Tranquila, Gabrielle, vamos. —Sujetó a Gabrielle lo mejor que pudo, y al cabo de un rato unos brazos pálidos se alargaron hacia ella, apoyándose en sus hombros. Xena se permitió sonreír cuando por fin Gabrielle se relajó—. Eres una buena chica. —Cogió las delgadas muñecas que tenía en la nuca y colocó las manos de Gabrielle sobre el cuerpo de ésta.

La mujer más joven respiraba profundamente pero sin dificultad, e iba recuperando el color en la cara. Xena le colocó bien el camisón, la tapó con las mantas y le levantó la cabeza para ponerle la almohada debajo. Al cabo de un momento, Gabrielle parpadeó y miró despacio a su alrededor.

—¿Dónde... dónde estoy? —Xena sujetaba la mano pequeña con la suya, pero Gabrielle la apartó para frotarse la frente.

—Estás a salvo —le contestó Xena—. Vuelve a dormirte.

Gabrielle palpó el camisón y las mantas que la cubrían, evaluando su situación.

—¿He...?

—Sí —le dijo Xena con franqueza, deseosa de darle consuelo físico, pero sin saber si era lo que debía hacer.

—Lo siento, me...

—Sshh...

—No soy débil —insistió Gabrielle, intentando incorporarse—. No lo soy. No pienses que soy débil...

—No, no... —Consternada, Xena la agarró por los brazos y la empujó con delicadeza para que se tumbara—. Yo no creo eso, en serio. —Gabrielle se echó y miró a Xena con recelo—. Es que estás tensa, necesitas descansar.

Por fin, Gabrielle asintió.

—Me gustaría estar sola para dormir. —Sin una sonrisa ni el menor atisbo de emoción en sus ojos verdes, se dio la vuelta y se tapó protectoramente con las mantas.

Xena se quedó mirándola un momento, entristecida, siguiendo con los ojos la marca enrojecida que su amiga tenía en el hombro. Llena de distintas emociones encontradas, cada una de las cuales clamaba por ser atendida, se levantó y se fue.

Gabrielle durmió el resto del día y sin parar durante toda la noche. Al día siguiente se levantó bien temprano, aunque dijo poca cosa, y tras titubear un poco, se comió todo el desayuno que le preparó Xena. Ésta estaba desesperada por hacer algo —salir a montar, nadar, correr— pero si salía, no estaba segura de que Gabrielle siguiera allí cuando regresara. Su joven amiga no se fiaba de ella, aún no, y Xena no la culpaba.

Como necesitaba distraerse un poco de todo esto, de los planes, las posibilidades y las angustias que no paraban de dar vueltas en su mente, la guerrera se sumergió en su bañera de agua caliente y se echó el agua jabonosa por el hombro. Tener agua caliente corriente era uno de los placeres de tener un hogar fijo que se le habían olvidado. Era un lujo.

Al oír un movimiento detrás de ella, Xena se volvió. Gabrielle traía una pila de ropa recién lavada que dejó encima de una silla, y se detuvo un instante al ver a Xena.

—Lo siento, no...

—Hola, Gabrielle, ven aquí. —Xena le hizo un gesto para que se acercara—. Lávame la espalda, ¿quieres? Yo no llego. Toma... —Le ofreció una esponja.

Gabrielle tardó un buen rato en moverse. Su rostro se quedaba inexpresivo muy a menudo, en marcado contraste con la chica que Xena conocía, cuya cara siempre estaba animada y cuyos movimientos siempre eran vivaces. Tras tomar una decisión, Gabrielle se arrodilló junto al borde de la bañera y estrujó pensativa la esponja.

—Creía que habías dicho que no soy tu esclava.

Xena notó la esponja en la espalda.

—No pretendía que te lo tomaras así. —Se colocó el pelo por encima del hombro, quitándolo de en medio—. Tú me lavas la espalda y luego te la lavo yo a ti. —La mano se detuvo, y supo que había conseguido algo al decir eso—. ¿Te acuerdas de ayer? —insistió.

—Sí —dijo Gabrielle despacio, observando cómo las burbujas corrían por los hombros de Xena—. Sí que me acuerdo.

—Si te considerara una esclava, ¿te habría tratado así? —Se volvió de cara a Gabrielle, quien la miró a los ojos y no supo qué decir—. Soy tu amiga. Venga, métete.

Gabrielle retrocedió.

—Ya me he bañado hoy.

—¿Sí? —Xena frunció el ceño—. No te he visto.

Gabrielle señaló vagamente hacia atrás.

—En el patio...

—¡Gabrielle, hace muchísimo frío! —exclamó Xena, horrorizada—. Ya sé que a veces no queda más remedio, pero aquí no hay necesidad. Escucha, te lavo el pelo.

Xena tuvo que esperar: Gabrielle estuvo sin moverse largo rato, mirando estupefacta a la mujer de más edad y al parecer sopesando sus opciones. Todo lo hacía despacio y no estaba segura de nada. Justo cuando Xena pensaba que jamás volvería a moverse, se levantó y se desnudó nerviosa, aunque en sus ojos no cambió nada.

—Genial. —Xena sonrió—. Hala, ¿qué te parece? —Agarró la pequeña mano para sostener a su amiga.

—Está... está tan caliente... —Gabrielle se metió en el agua y acarició la superficie con las manos. El vapor se alzaba acariciándola, contribuyendo a derretir el hielo que ahora parecía permanentemente instalado en su corazón.

—Me alegro de que te guste. —Xena la observaba, gozando del momento. Gabrielle tenía los ojos clavados en el agua. Poco a poco, mientras Xena la observaba, su expresión cambió, se hizo más dura, más decidida. Por fin, Gabrielle levantó la cabeza y se acercó a Xena. Dándole una gran alegría a la guerrera, se acercó más y, por fin, pegó su cuerpo al suyo.

Sonriendo de alegría por esta victoria, Xena rodeó los hombros de Gabrielle con los brazos y la estrujó con fuerza, dándole su amor. Qué gusto le daba volver a tener a Gabrielle cerca, recibir su confianza, no tener que pasar sola por esto. Tanto gusto, de hecho, que Xena tardó un poco en darse cuenta de lo rígida que estaba Gabrielle entre sus brazos, de lo cautelosa que se mostraba, con los brazos inmóviles a los lados. Xena se apartó.

—¿Qué ocurre? —Unos fríos ojos verdes, resueltos y sin miedo, se clavaron en los suyos. Xena se apartó más—. ¿Qué pasa?

—Venga. Ponte a ello —le dijo Gabrielle.

—¿A qué? —Algo le dijo a Xena que la soltara—. ¿Qué te pasa? No te entiendo.

—Ahora entiendo por qué me has comprado, he tardado un poco, pero lo comprendo. —Cuando Xena no dijo nada, desconcertada, la chica continuó. Su tono era monocorde, pragmático—. He oído hablar de ello. Aunque no sabía que las mujeres... —Se le formó un leve ceño y se encogió de hombros—. No puede ser peor que estar con Kraikus y sus hombres. Ya te lo he dicho, yo no me resisto.

La guerrera se apartó un poco, meneando la cabeza. Lo comprendió de golpe y se dio cuenta de cómo su amabilidad había sido mal interpretada por esta mujer cuya vida le había enseñado a esperarse lo peor de todo el mundo. La culpa, duplicada y renovada, le asestó un puñetazo en el estómago, y supo que le faltaba poco para que el llanto y la rabia se le desbordaran. Tenía que estar a solas cuando eso ocurriera.

—Gabrielle —dijo Xena con cuidado—, soy tu amiga. Lo que hagas es ahora decisión tuya, nadie es tu dueño. Tú y yo somos iguales, sin condiciones. —Contaba con la atención completa de la chica, cuyos ojos estaban de repente muy abiertos y receptivos. Xena posó la mano suavemente en su cara—. Sin condiciones. —Un leve gesto de asentimiento—. Voy a bajar con Argo al mercado. Tú quédate aquí todo lo que te apetezca. —Dado que o se movía o se volvía loca, Xena salió de la bañera y agarró una toalla para secarse. De espaldas a la mujer más menuda, estaba casi vestida cuando Gabrielle habló.

—¿Xena?

—¿Mmm? —Xena se volvió.

Gabrielle estaba apoyada en el borde de la bañera, toqueteando los azulejos.

—Gracias por la ropa. —Sonrió apenas, lo cual cambió toda su expresión, y resultó contagioso—. Es preciosa.

Xena asintió, consciente de que también ella sonreía. Luego se fue a cabalgar largo rato, guiando a Argo por las colinas que rodeaban a Anfípolis. Así logró consumir parte de la energía que llevaba acumulada. No sabía qué hacer con la situación en la que estaba, y peor aún, ni siquiera sabía qué resultado deseaba. Si derramaba sangre llevada de la ira, Liceus regresaría a la tumba, y el peso de sus crímenes del pasado volvería a caer sobre sus hombros. Si no hacía nada, todo lo que le había sucedido a Gabrielle durante su corta y triste vida sería culpa suya. Xena cabalgó hasta que Argo quedó agotada, y luego regresó pasando por el pequeño mercado del pueblo, pues quería comprar la cena.

Estaba oscureciendo cuando entró en su casa. Las puertas estaban abiertas, y ambas mujeres sabían que Gabrielle podría haber huido en cualquier momento. La importancia de la presencia de la chica no pasó desapercibida a Xena. Dejó el paquete de comida.

—Quería que descansaras. —Indicó la mopa que sujetaba Gabrielle—. Pero gracias.

La rubia, que tenía el pelo reluciente y más liso al habérselo lavado, estrujó el palo de madera que tenía entre las manos.

—He descansado, sentada en tu jardín. —Era una parcela pequeña y modesta, pero había un banco, construido por Toris un verano, y unos cuantos árboles—. He cogido unas flores, espero que no te importe. —Gabrielle tocó un ramillete de delicadas flores blancas y rosas, colocadas en un jarrón encima de la repisa de la chimenea.

Xena se acercó a mirarlas.

—Son muy bonitas.

—Sí —asintió Gabrielle con orgullo.

—He traído la cena. ¿Qué tal si te lavas mientras yo lo preparo?

La rubia sonrió con timidez, echando un vistazo a una mancha que tenía en la mano.

—Vale. —Se inclinó para coger el cubo de latón que tenía a los pies, pero el movimiento pareció causarle un dolor repentino en el vientre y se detuvo de golpe. Cerró los dedos en el aire por encima del asa del cubo y cerró los ojos un momento antes de erguirse.

Xena se puso alerta al instante.

—¿Qué ocurre? —Intentó analizar la expresión concentrada de la chica—. ¿Qué te duele, qué tienes? —Alargó la mano, pero Gabrielle meneó la cabeza y se escabulló.

—Nada, no es nada. —Volvió a inclinarse y agarró el asa con determinación. Se le tensaron los músculos para levantar la carga, pero el dolor que la atravesó la obligó a soltarla, y el agua salpicó el suelo de madera mientras el cubo se asentaba—. ¡Aay! —Fue un mínimo grito que intentó sofocar, y se llevó automáticamente los puños apretados al vientre.

—Gabrielle... —Xena se acercó y rodeó las frías muñecas con los dedos—. Calma. —Echó a un lado el cubo empujándolo con el pie—. Dime qué te pasa —insistió.

—¡No puedo volver a pasar por eso, no puedo! —Cuando Gabrielle levantó la cabeza, tenía las mejillas húmedas y coloradas de repente, y terminó la frase con un sollozo, que conmovió a Xena inmensamente—. ¡Por favor, es demasiado! —Se soltó las manos con rabia de las de Xena y se frotó temblorosa el abdomen. Se le escaparon los sollozos, sonoros y llenos de dolor.

—Gabrielle... —Desolada, Xena le pasó las manos por las mejillas acaloradas.

—Es siempre igual —continuó Gabrielle aceleradamente entre lágrimas, respirando con dificultad—. Siempre empeora al cabo de unos días. Como calambres, pero... —Soltó un quejido, doblada en dos—. Esta vez es horrible.

—Dioses, Gabrielle... —Desesperada, Xena hizo lo único que le parecía que podía ayudarlas a las dos, y estrechó a Gabrielle entre sus brazos—. Aguanta —insistió al oído de la chica—. Agárrate a mí. —Notó unas manos frías que subían vacilantes por su espalda y por fin se aferraban a su ropa—. Eso es, ahora escucha. —Acunó la cabeza de Gabrielle en un brazo, y le acarició el pelo rubio con gesto tranquilizador—. ¿Estás sangrando? —Xena tuvo que preguntárselo, susurrando las palabras en el pelo sedoso. La cabeza de Gabrielle, pegada a su hombro, hizo un gesto negativo—. Vale, vale. —Xena estrechó más a la mujer más menuda, abrumada por su propia sensación de culpa y por la pena de ver a Gabrielle tan desdichada. Los ásperos sollozos le escocían con un dolor casi físico—. No llores, todo irá bien. —Xena besó la sien que tenía bajo la barbilla—. Lo siento muchísimo, Gabrielle, lo siento muchísimo. —Notó sus propias lágrimas, frías y saladas, y se apresuró a secárselas.

—Ya son demasiadas veces. —Más calmada y agotada, Gabrielle apartó la cabeza del cálido cuerpo de la guerrera—. No creo que pueda...

—Lo sé...

—Xena...

—Lo sé. —Xena no la soltó, sino que por instinto meció a Gabrielle entre sus brazos.

La chica levantó la vista para mirarla, con la nariz goteante y los ojos rojos.

—Estás llorando...

—No te preocupes. —Xena consiguió sonreír, tratando de tranquilizarla.

—¿Estás llorando por mí? —Sin dar crédito, Gabrielle alzó la mano para seguir con un dedo el rastro húmedo que caía por la mejilla de Xena. Meneó la cabeza maravillada, con la expresión más franca que le había visto Xena en este mundo—. Xena, ¿quién eres...?

—Calla ahora. —Como no quería responder esa compleja pregunta en este momento, la guerrera volvió a abrazar a su amiga, gozando de la confianza y del contacto. Jamás podría haber previsto cuánto los iba a echar de menos—. No pienses en nada. —Automáticamente, Xena metió la mano por debajo del pelo de Gabrielle para frotarle la nuca con ánimo tranquilizador. Eso le relajaría los tensos músculos, y era en realidad un acto más íntimo de lo que parecía.

Casi de inmediato, Gabrielle sofocó una exclamación y apartó la barbilla de donde la tenía apoyada en el hombro de Xena, pegándose como un gato a los dedos.

—Dioses, eso me resulta tan... tan familiar. —Cerró los ojos para recordar—. A lo mejor mi madre... —Dándose por vencida, volvió a acurrucarse en el abrazo, renunciando a toda resistencia y corriendo el riesgo de confiar por completo en esta mujer increíble.

Xena tragó con dificultad. ¿Era simple coincidencia o de verdad una minúscula parte de Gabrielle se acordaba de ella? ¿Existía una mínima conexión? Si Gabrielle llegaba alguna vez a reconocer lo que había ocurrido, a ver lo que le habían hecho los actos de Xena, ¿cómo podría perdonarla?

—Ven a sentarte, yo voy a preparar la cena. ¿Vas mejor del dolor? —Xena estrujó un poco a Gabrielle y luego la soltó, aunque siguió sosteniéndola por un brazo.

—Sí. —Gabrielle asintió y fue hasta el banco doble forrado de cojines que le indicaba Xena.

—Bien, ahora siéntate... así, eso es. —La guerrera acomodó a Gabrielle con cuidado, luego cogió el paquete y fue al aparador para sacar platos. Necesitaba darle la espalda un momento, para serenarse, para ocultar parte de sí misma. Repartió lo que había comprado en porciones iguales entre los platos de madera: un trozo de pan, una naranja y fresas, un poco de queso duro y un poco de pollo seco.

Cuando regresó y colocó la comida, Gabrielle se había secado los ojos con la manga y miraba a Xena con una expresión maravillada que a la guerrera le parecía que no se merecía en absoluto. Xena se sentó también y sonrió a su amiga, percibiendo que tenía algo más que decir.

—Has sido muy amable —dijo Gabrielle por fin, rascándose distraída un arañazo a medio curar en el brazo—. ¿Te importa que...? ¿Puedo...? —Se arrimó más, dudó y luego se decidió rodeó los hombros de Xena con los brazos, estrechándola con inocencia. Sorprendida, Xena se echó a reír y rodeó el pequeño torso de Gabrielle con sus propios brazos, sosteniéndola—. Me siento... —La rubia farfulló algo ininteligible en el hombro de Xena, con las manos entrelazadas por detrás del cuello de la guerrera.

—¿Qué has dicho? —preguntó Xena riendo, frotando la suave espalda que tenía bajo las manos. A pesar del placer que sentía por el cálido gesto de Gabrielle, tuvo que refrenarse, consciente de la vulnerabilidad de la chica. Siempre le sorprendía, pero había acabado inexorablemente por ser muy afectuosa con su Gabrielle, y cuando se abrazaban le resultaba natural besar el pelo de la bardo y acariciarle las mejillas.

Gabrielle se relajó un momento más y luego se irguió, aunque dejó las manos sobre los brazos de Xena, y se le puso aire tímido.

—Te ayudaré con tu plan.

—¿Mi qué? —Lo cierto era que Xena se había olvidado de su plan inexistente.

—Dijiste que tenías que hacer una cosa y que querías mi ayuda —le aclaró Gabrielle—. No sé de qué se trata, pero te ayudaré. —Resuelta, Gabrielle intentó sonreír.

—Gracias. —Xena le sonrió a su vez, pero no se sentía muy alegre. Las Furias no se iban a dejar engañar por una excusa o un trato mal pergeñado.

La chica se quedó mirando su plato.

—No comprendo por qué has sido tan amable. Tienes tu plan, y no es asunto mío, eso lo respeto. —Se puso el plato en el regazo y seleccionó un poco de queso pálido—. Quiero que sepas que te lo agradezco. Eres un ángel, Xena. Eres como un ángel para mí. —Dicho lo cual, se puso a comer.

Xena sonrió con tristeza y se quedó mirándola, consciente de la ironía que suponía la nueva etiqueta que le había puesto Gabrielle. Al darse cuenta de que estaba con la mirada fija, atacó su propia comida. Había silencio entre ellas y la habitación estaba en penumbra y con un calor acogedor, producto del fuego que crepitaba de vez en cuando. Cómo se parecía a su antigua vida, cuando pasaban las noches juntas al lado de una fogata, pero todo lo que era importante para Xena había cambiado.

Cuando Gabrielle terminó, se secó el jugo de las fresas de la barbilla y se acomodó apoyada en los cojines. Era el entorno más apacible en el que estaba desde hacía años, y animada por Xena, cerró los ojos y al poco se quedó dormida. Cuando dormía, el ceño desaparecía y tenía un aire tan juvenil e inocente como la otra Gabrielle.

Xena se quedó mirándola, con el alma atormentada por la indecisión. No tenía derecho a continuar con esta vida, a obligar a Gabrielle a pasar por la esclavitud, la violación y la muerte de Lila. Liceus era valiosísimo, pero al menos había tenido la oportunidad de vivir: esta pobre chica nunca la había tenido. Xena alargó la mano para apartar un mechón de pelo rubio de los ojos de Gabrielle.

—Gabrielle... —susurró para no despertar a su amiga—. Tú sabes que te quiero, ¿verdad? Eres lo más importante para mí, eso tienes que creerlo. Todo esto es culpa mía. Tengo que arreglarlo. Lo hago por ti, espero que algún día lo comprendas. Te quiero. —Se echó hacia delante y besó delicadamente a Gabrielle en la frente mientras dormía.

Hecho esto, Xena se levantó y salió, cerrando la puerta de madera sin hacer ruido al pasar. Había una oscuridad casi completa, y se había levantado viento. Anfípolis estaba desierto, de modo que Xena se adentró en las colinas sin encontrarse a nadie, triste pero resuelta. Peores decisiones había tenido que tomar a lo largo de su vida, se iba diciendo, a tareas más temibles se había enfrentado.

Cuando llegó a la meseta más elevada, se detuvo y se arrodilló, iluminada por la insulsa luna. Para volver a su antigua vida tenía que derramar sangre con rabia. Sin excusas, sin triquiñuelas, simplemente sangre caliente y fresca. Había probado matando animales —un pollo y un ciervo— pero había sido inútil. Los habitantes de Anfípolis eran sencillos y simpáticos: la única persona a la que odiaba era Kraikus, y hacía tiempo que se había marchado.

La única persona, pensó Xena, salvo ella misma. Sus actos habían causado el sufrimiento de Gabrielle, y se despreciaba a sí misma por su egoísmo y su codicia. Quería recuperar su propia vida y, con más fuerza, quería que Gabrielle fuese la chica bondadosa y tranquila a quien conocía, la que veía el bien en todo el mundo y que era la luz en la oscuridad. No era una decisión tan difícil de tomar, la verdad.

Los dedos de Xena se hundieron en su bota y sacaron el pequeño puñal que había metido ahí. Permitiéndose creer que veía el rostro de Gabrielle en la luna que brillaba encima de ella, subió el brazo y, de un solo movimiento brusco, la pequeña hoja le cortó el cuello.

El cuerpo de la guerrera se desplomó en la hierba, sangrando deprisa al principio hasta que por fin la hemorragia se convirtió en un reflujo constante. La muerte no era ningún sacrificio si así conseguía volver a su antigua vida. Sus demonios la seguirían, pero que así fuera: para Xena era poco precio por un ángel.


FIN


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos cortos
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