El río

My Warrior



Descargo: Están en vigor las renuncias de costumbre. Los personajes de Xena y Gabrielle pertenecen a Universal y este relato no pretende en modo alguno infringir los derechos de autor. El relato es mío. No se puede reproducir ni usar de ningún modo sin permiso.
Se agradecen y aprecian comentarios en: xenasbard@earthlink.net

Título original: The River. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Las montañas se hunden en el mar
Pero tú y yo seguiremos...

—Tori Amos

Era esa hora del día en que el sol todavía tenía que decidir si se ponía, por lo que flotaba perezosamente en el cielo, diseminando una delicada bruma de colores que parecían avanzar bostezando por el territorio, esperándose el ocaso, pero huyendo de él en el último momento. El sol no tenía prisa alguna y nosotras tampoco, y levanté la vista para mirar por un instante a la alta guerrera mientras caminábamos. Era magnífica, la persona más increíble que había conocido en mi vida, y sonreí ante esa idea que a veces también me abrumaba. La antigua Destructora de Naciones, paseando por las orillas de un río con una bardo. ¿Quién se lo habría imaginado? Desde luego, nadie que hubiera conocido a Xena antes. Y sin embargo, yo sabía el privilegio que era conocerla ahora, tener permiso para entrar en un sitio donde la mayoría de la gente nunca había estado y nunca estaría.

Sus zancadas son largas y tengo que caminar un poco más deprisa para mantenerme a su altura, pero nunca parece que estoy corriendo. En algún momento acabamos caminando al mismo paso y en el fondo de mi corazón sé que será así para siempre. Llevo mi vara con facilidad y sonrío por dentro al pensar en el arsenal ambulante que tengo al lado. La vaina cuelga cómodamente de su espalda y de ella asoma la larga empuñadura de su amada espada, pulida y afilada a la perfección. Sonrío y se me escapa una leve carcajada cuando intento hacer casar la palabra "asoma" con algo tan mortífero como es el arma preferida de Xena. Se vuelve hacia mí y enarca una ceja, algo que nunca he visto lograr a nadie más. Es una pregunta silenciosa, y contesto encogiéndome de hombros y sonriendo, y mi guerrera sabe que se trata de una idea fortuita que se me ha pasado por la cabeza. Su mirada permanece posada en mí un momento y la noto, aunque estoy mirando al frente de nuevo. Me vuelvo y le echo una sonrisa que no puedo contener, y ella me mira con esa sonrisa de medio lado que sabe que adoro. Por un instante, sus ojos increíblemente azules sueltan un destello risueño y me hace un guiño. Luego vuelve a ponerse la máscara de guerrera, por costumbre más que nada.

Sus brazos cuelgan relajados a los costados y esas manos... nunca he visto unas manos que tengan tanto poder y que al mismo tiempo sean tan delicadas como la brisa que nos acompaña. Las manos de una luchadora, capaces de aplicar un poder tan mortífero que el corazón me da un vuelco. Pero las mismas manos tienen el mismo poder derramado en el molde de la ternura cuando acuden a curar o consolar.

Siempre es la guerrera... la que protege, la que iguala, la que distribuye justicia. Pero es especialmente humana de las mismas formas que todos los demás, y a veces la miro y me doy cuenta de me he olvidado de eso. Mis pensamientos regresan a la última vez en que Xena estaba tumbada en su petate después de un día especialmente largo y difícil. Había acabado con una banda de rufianes desmandados que estaban atacando una pequeña aldea a las afueras de Atenas, y aunque lo había logrado, se había llevado una buena ración de golpes, magulladuras y cortes. Yo sabía que había forzado los músculos hasta el límite porque la guerrera, normalmente estoica, hizo una mueca de dolor al quitarse la armadura y la túnica de cuero y tirarse al río para darse un baño. Se echó con cuidado en el petate, aunque sin soltar una sola palabra de queja. Xena nunca se quejaba de nada. Sin su armadura, no parece tan grande y amenazadora, aunque siempre es extraordinariamente bella. Me coloqué a su lado, de modo que su cabeza estuviera al nivel de mi hombro, y con mucho tiento, como si creyera que se iba a romper, subí la mano y le pasé los dedos por el pelo negro. Por una vez, la cautelosa guerrera no huyó de la muestra de cariño, se limitó a sonreír sin abrir los ojos y soltó un suspiro satisfecho. Me encantaba dar en el clavo.

Nos quedamos así largo rato y dejé que mis dedos se enredaran suavemente con su pelo, parándose de vez en cuando para peinarle el flequillo. No recuerdo quedarme dormida, pero cuando la luz del sol nos sorprendió, ella seguía en la misma postura y mis dedos seguían enredados en su pelo. Mi guerrera grande, feroz y suave, pensé, y volví a sonreír.


Recuerdo que una vez le dije a Gabrielle que el río parece tranquilo en la superficie, pero que nunca se conocen los cambios que han ocurrido por debajo. ¿Cuántas veces me he sentido así yo misma? Después de cada paso hacia mi redención, descubro que me siento un poco mejor, pero sé con certeza que nunca será suficiente. No puedo devolver las vidas que destruí por mucho que lo desee. Miro a la bardo que camina a mi lado. Su paso es ligero y ágil y sé sin mirar que camina al mismo paso que yo. Sé sin pensar que siempre irá al mismo paso que yo, que puedo abrir los ojos en cualquier momento y ella todavía estará, siempre estará ahí conmigo. Sé sin necesidad de explicaciones que es la persona más increíble que he conocido en mi vida. No es una guerrera, pero tiene el valor de una. No es una luchadora, pero no se arredra ante nada. Conoce el peligro, pero no se queda atrás. Conoce a la guerrera, la oscuridad, el derramamiento de sangre, los pecados que no puedo borrar, pero ve el fondo de mi corazón y conoce lo que hay de verdad en él. Nunca he sido aceptada por nadie de una forma tan total. Nunca he sido perdonada y redimida de una forma tan absoluta y, sin embargo, sé que nunca podré hacer nada en este mundo para merecerla. No soy bardo, las palabras me fallan, aunque son inmensamente importantes para ella y por ella intentaré cualquier cosa. Espero poder transmitirle de otras maneras lo que mis palabras no pueden. Ella habla con elocuencia y facilidad, tejiendo una historia que cualquiera podría seguir y dejarse atrapar inmediatamente por ella, y cuando yo intento expresar mis sentimientos con palabras, suenan espantosamente inadecuados. Pero ella me admira sin límite. Si yo fuera bardo, tal vez podría dar con una frase, una expresión que reflejara mis emociones, pero sé que no las hay. Le diría que ella ha sido la luz de mi alma maltrecha, que ella ha supuesto toda la diferencia en mi vida, que ella es lo mejor que me ha pasado jamás. Pero no le digo estas cosas. Se me quedan atravesadas en la garganta. En cambio, la miro y sonrío: una sonrisa de medio lado que parece que me sale así sin querer y parece hacer que sus ojos verdes bailen. Le guiño un ojo y se le ilumina toda la cara.

Me siento abrumada, por un instante, por mis pensamientos, y siento que por una vez, debo intentarlo. Así que la miro. Ella nota mi mirada y me mira a su vez. Estoy pensando en lo que quiero decir, de modo que sé que mi cara es el vivo retrato de la seriedad. Pero ella sonríe y me desarma. No puedo evitar devolverle la sonrisa. Sigue siendo la sonrisa de medio lado. Ella se esfuerza por enarcar una ceja, pero fracasa miserablemente. Se me escapa una carcajada grave.

—¿Gabrielle?

—¿Xe?

Xe. Sólo a Gabrielle se le podía ocurrir una versión de mi nombre en forma de apodo. Pero una vez más ha hecho gala de su talento como bardo. A veces es Xe. O Xen. Me encantan todas estas cosas, pero nunca podría decírselo. Qué impropio de una guerrera. Se supone que los guerreros son mucho más estoicos. Está esperando pacientemente a que continúe. Siempre espera pacientemente. Grande y feroz se convierte en pequeña e insegura. Me callo, sin saber qué quiero decir. Así que le ofrezco la única idea que se me cruza por la cabeza, pero que para mí es como si recogiera todo lo que nunca podría decir. Hablo.

—Me alegro muchísimo de haber pasado por Potedaia aquel día.

La bardo sonríe alegremente, pero sus ojos se enternecen. No se espera que yo le diga una cosa así, sobre todo sin venir a cuento. Pero su alegría al oírlo es dolorosamente evidente y desearía poder decírselo más a menudo. Alarga la mano y me estruja rápidamente y luego me da un empujón en broma. Me conoce. El empujón es mi vía de escape, para que no tenga que hacer frente a mis emociones. Soy capaz de arrasar ciudades enteras, de acabar con una horda de escoria con las manos desnudas y de cortar en dos el as de espadas con mi daga de pecho a una distancia de veinte metros. Se me recibe como heroína o como enemiga. La gente me alaba o se echa a temblar al oír mi nombre. La Princesa Guerrera no tiene miedo de nada. Salvo de ella. Me pregunto cuándo me robó el corazón. No recuerdo el momento, pero tampoco recuerdo haber tenido corazón. Ahora va unos cuatro pasos por delante de mí, atraída por la orilla del río como una mosca a un establo. Se apoya en su vara y señala con un dedo la orilla opuesta. Miro. Al principio no veo nada y cuando estoy a punto de decírselo, surge un halcón de la copa de un árbol y con un grito atormentado, alza el vuelo por las crecientes sombras. Ella tiene la cara sonrojada y se vuelve hacia mí, sin aliento por la emoción de ver algo tan simple y sin embargo tan imponente. Sonríe.

—Precioso, ¿verdad? ¡Absolutamente precioso! —Ahora su sonrisa es radiante. Descubro que no puedo disimular las ganas de hacer una diablura que me han entrado de repente y sonrío a mi vez, una sonrisa casi fiera. Me relucen los ojos. Ella se pone en guardia inmediatamente, pero sus ojos verdes chispean expectantes. Se echa a reír, aunque no sabe por qué. Yo sé que es porque nota cuándo aparece mi lado travieso y, aunque una guerrera no debería tener un lado travieso, sé que con Gabrielle no tengo manera de evitarlo. Me voy acercando a ella, sin dejar de sonreír de oreja a oreja, y me echo a reír. Ella retrocede unos pasos, incapaz de contener la risa, pero sin quitarme la vista de encima. Rápida como un zorro, levanto a la bardo en brazos y salto de la orilla al agua tranquila de debajo. Un grito de guerra brota de mi garganta, pero se ve ahogado por la risa contagiosa de mi bardo, que no puedo por menos de imitar cuando caemos al agua. Salimos a la superficie al mismo tiempo, empapadas y muertas de risa. Es imposible mantener la seriedad cuando la bardo se ríe. Es una risa absolutamente contagiosa y no hay medicina en el mundo que pueda curarla. La bardo grita.

—¡Xena! ¡Mira!

Me vuelvo a donde está señalando, pero me doy cuenta demasiado tarde de que no hay nada que ver. Me ha saltado a la espalda e intenta hundirme, pero como no para de reír, no lo consigue. Pongo cara de aburrimiento, pero no logro aguantar mucho tiempo. Una amplia sonrisa me traiciona. Incapaz de hundirme bajo la superficie, mi bardo ha emprendido una guerra de agua y el chapoteo parece reverberar a nuestro alrededor cuando el anochecer hace acto de presencia.

Salgo del río y le ofrezco la mano a la bardo, que intenta salir a rastras de un punto especialmente hondo. Debería haberlo visto venir. Me agarra de la mano extendida y me vuelve a echar al agua de un tirón. Emerjo resoplando para darle gusto, pero todavía no he acabado. Por un instante nos quedamos inmóviles y luego escupo una gran cantidad de agua que tenía oculta en la boca. Le da de lleno en la cara, pero no puede hacer nada salvo reírse. Esta vez salimos las dos del agua y conseguimos quedarnos en la orilla. Sale la luna y, mientras hacemos una hoguera y preparamos el campamento, me doy cuenta de que siento algo que hasta ahora se le había escapado a mi alma torturada. Contento.


FIN


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