Ring, ring, llaman a la puerta

My Warrior



Descargo: Los personajes de Xena y Gabrielle pertenecen a Universal y no se pretende infringir sus derechos de autor. Esto es un fanfic y no se puede usar en forma alguna para obtener beneficios económicos. La historia es mía. No se puede reproducir en modo alguno sin el permiso de la autora. He tomado respetuosamente prestada la expresión "guerrerota boba" de la persona que la creó, aunque por lo que tengo entendido aún no se sabe a ciencia cierta quién se la inventó originalmente. Gracias por dejarme usarla, espero que no te importe.
My Warrior reconoce que no había timbres en las puertas de la antigua Grecia, pero bueno, esto es el Xenaverso. Todo es posible. ¡Espero que os guste!
Siempre se agradecen comentarios en: xenasbard@earthlink.net

Título original: Ding Dong Door Ditch. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


La alta guerrera se apoyó con cansancio en la mesa de madera, dejando su jarra vacía y haciendo un gesto de saludo casi imperceptible con la cabeza a la tabernera. Cuando se volvía para marcharse, la mujer le habló con una muestra del respeto que Xena solía recibir fuera donde fuese.

—Guerrera. —La mujer seguía detrás de la barra, pero dejó una bandeja de vasos vacíos y sonrió cuando Xena se volvió para mirarla.

—¿Sí? —Xena estaba cansada y no estaba de humor para charlas intrascendentes. Sin embargo, su mente siempre alerta repasó rápidamente los acontecimientos de las últimas dos horas, intentando recordar algo que pudiera haber hecho para llamar la atención de la tabernera. No se le ocurría nada. Se había instalado en una mesa de un rincón y había pasado tan desapercibida como le era posible a una mujer de su estatura vestida de cuero y armada hasta los dientes.

—¿Tú eres Xena?

Xena enarcó una ceja y examinó a la mujer atentamente. Al no percibir la menor hostilidad, contestó afirmativamente.

—Sí. ¿Te conozco?

—No. Nunca nos habíamos visto, pero he oído historias...

Xena gruñó.

—Tú y prácticamente todos los habitantes del mundo conocido. —Suspiró—. ¿Puedo hacer algo por ti?

—Pues... —empezó la mujer, algo nerviosa—. Te has pasado media noche sentada en esa mesa de ahí atrás. Y supongo que me ha parecido que estabas... no sé. Como... —La mujer se calló, buscando la palabra adecuada. Por fin dijo—: Vacía.

Xena se mantuvo inexpresiva, pero había algo en sus ojos que asomó durante medio segundo antes de que volviera a cerrarle la puerta de golpe.

—Estoy bien —contestó—. Seguro que es la cerveza. —Sonrió levemente y puso la mano en el picaporte. Casi todos los clientes se habían ido a casa hacía ya largo rato y los que quedaban se habían olvidado hasta de sí mismos.

Cuando casi había cruzado la puerta, la propietaria la llamó.

—Bueno, si necesitas un sitio donde dormir, tengo muchas habitaciones libres. Al fin y al cabo, es tarde y yo dirijo una posada.

Xena se lo pensó un momento.

—Normalmente acampo —dijo. Sus cansados músculos eligieron ese momento para iniciar una silenciosa protesta, y la guerrera suspiró—. Aunque una cama blanda podría ser agradable por una vez —reconoció de mala gana.

Xena pareció algo agradecida cuando la dueña le sonrió afectuosamente y la llevó dentro de nuevo.

—Pues muy bien. —La mujer señaló la escalera que subía hasta la posada—. Si me sigues, veré qué puedo hacer.

Xena siguió a la mujer escaleras arriba hasta un largo pasillo. Abrió una puerta del final, entró y se puso a ahuecar las almohadas de la pequeña cama y apartó las mantas. Se afanó un momento más y luego hizo un gesto señalando toda la habitación.

—Espero que esto te valga. Es pequeña, pero cómoda. El desayuno está incluido, así que cuando te levantes, baja a la taberna. —Sonrió—. Hago una tortilla que está de muerte.

Xena se rió por lo bajo.

—Hasta la comida me persigue.

La mujer se echó a reír a carcajadas, pues no se esperaba un comentario así por parte de la legendaria guerrera.

—La poderosa Xena tiene sentido del humor, ¿verdad?

—No lo comentes —dijo Xena con una sonrisa—. O me pondrán al final de la lista de los Diez Más Temidos.

La mujer le ofreció la mano.

—Me llamo Ariana —dijo afablemente—. Mi marido y yo llevamos la posada.

—Encantada de conocerte —dijo Xena—. Te agradezco mucho tu hospitalidad. He tenido un día muy largo.

En realidad, he tenido un año muy largo, pero no hace falta que lo sepas.

—No hay de qué —replicó Ariana—. Ah, por cierto, el alojamiento es gratis. No todos los días conozco a una leyenda.

Xena hizo una mueca.

—Por favor, no me va a caber la cabeza por la puerta si sigues así. E insisto en pagar por la habitación.

—No es necesario, Xena. Esta semana hemos tenido bardo y ha llenado la taberna hasta los topes cada noche. Nos va muy bien. Ahora, intenta descansar un poco. Pareces agotada.

¿Bardo?

—¿Tenéis bardo? —preguntó Xena de repente.

—Más o menos. Es una bardo ambulante que pasó por aquí hará unos ocho meses. Es una narradora estupenda. Esa semana ganamos tantos dinares extra que le pedí que volviera con cierta regularidad. De modo que viene una vez al mes, durante una semana.

¿Una bardo?

Xena se quedó un buen rato sin decir nada. Parecía estar librando una batalla silenciosa consigo misma, y Ariana le puso la mano a la guerrera en el brazo.

—Xena, ¿estás bien?

Xena se quedó mirando a la mujer como si la viera por primera vez.

—Oh, sí, lo siento... estaba pensando. —Carraspeó—. Gracias otra vez por la habitación. En serio. Eres muy amable.

—De nada. —La mujer miró a la alta figura con preocupación maternal—. No es que quiera meterme donde no me llaman, pero... ¿Estás segura de que todo va bien?

No. Todo va mal. Pero no te voy a cansar con ese tema.

—Pareces decepcionada. ¿Es por lo de la bardo? Escucha, si te interesa oírla, va a pasar aquí una noche más esta semana. Es decir, si es que tienes pensado quedarte aquí tanto tiempo.

—Yo... —empezó Xena—. La verdad es que no lo sé. —Respiró hondo. Pregúntale quién es la bardo, cobarde.

Ariana estrujó el brazo de la guerrera con cariño.

—Si necesitas cualquier cosa, nuestra habitación está al final del pasillo. Buenas noches, querida.

La puerta se cerró tras ella y Xena se quedó mirándola largo rato antes de acercarse a la cama y dejarse caer en ella. Cruzó los largos brazos detrás de la cabeza y entrelazó los dedos.

¿Si necesito cualquier cosa? Pues sí. ¿Te sobra una bardo? ¿Preferiblemente así de alta, rubia rojiza, de alegres ojos verdes? Seguro que esa descripción todavía es correcta, pero a veces cinco años cambian a las personas... ¡dioses! ¿De verdad ha pasado tanto tiempo?

Los pensamientos de Xena se detuvieron en seco. Alguien llamó a la puerta suavemente. Sin ningún motivo aparente, Xena saltó de la cama y llamó con cautela:

—¿Gabrielle?

—¿Xena? —Era Ariana—. Te he traído una manta más. Por si acaso. Todavía tengo las sábanas de verano en las camas. —Abrió la puerta y se encontró a la guerrera ahí de pie.

—Gracias —dijo Xena, algo cortada. Aceptó la manta y se sentó en la cama. La posadera se sentó a su lado y la miró a la cara.

—No quería asustarte. Parecía que estabas esperando a otra persona.

Xena se miró las manos.

—Perdona, no... Supongo que es que estaba muy metida en lo que estaba pensando.

—¿Estás segura de que no quieres hablar de nada?

¿Hablar? ¿Y qué digo? Oye, Ariana, ¿sabías que la afamada Princesa Guerrera es una completa idiota? Orgullo, terco orgullo. Tal vez si hubiera empezado por aprender a hablar, ahora no estaría en esta situación.

—Gracias, pero en serio... estoy bien.

Y también miento fatal, ¿te lo he comentado?

—Bueno, vale, pero es que... cuando he llamado a la puerta, has dicho... "Gabrielle". He pensado que podrías... o sea, a lo mejor no es nada, pero... la bardo... la bardo se llama Gabrielle. —La mujer miró a la guerrera, que pareció dejar de respirar.

¿Gabrielle? ¿La bardo es Gabrielle? ¿MI Gabrielle? No, no es posible. ¿O sí? Bueno, siempre quiso recorrer el mundo con sus historias. Pero yo creía... contrólate, Xena, el mundo es grande. Seguro que ha habido más padres que han llamado Gabrielle a su hija.

—¿Hace mucho que conoces a la bardo? —preguntó Xena con voz ahogada.

—Oh, sí, hace ya casi un año. —Ariana puso la mano en el hombro de la guerrera—. ¿Tú la conoces?

—No... no lo sé. Podría no ser la misma persona —explicó Xena torpemente. ¿Por qué no se lo preguntas sin más?

—Bueno, querida, ahora está aquí en la posada, si quieres verla. Está en la segunda habitación del otro extremo del pasillo. Y si no está en su habitación, puedes verla actuar en la taberna mañana por la noche. Es muy buena. Seguro que te gusta, aunque no sea la persona que conoces.

Ariana se levantó y se dirigió a la puerta.

—Buenas noches de nuevo, Xena. Que duermas bien. —Y se fue.

¿Dormir? ¿Quién puede dormir?

Xena se quedó despierta una marca completa, debatiendo consigo misma si quedarse dormida o saltar a la puerta, correr a toda velocidad por el pasillo y llamar a esa segunda puerta del otro extremo.

Duérmete, guerrerota boba. Seguro que no es ella. Acabarás despertando a media posada con tanto llamar a la puerta y cuando resulte ser una total desconocida, quedarás como una idiota mayor de lo que ya eres. Si es que eso es posible.

Una hora más de reflexiones no mejoró en nada el humor de Xena, de modo que se levantó y salió al pasillo.

Iré hasta el otro extremo del pasillo. De todas formas, necesito estirar las piernas. No hay nada malo en darse un paseíto nocturno por el pasillo, ¿verdad?

Xena llegó al final del pasillo y se quedó plantada como una estatua delante de la segunda puerta. No parecía salir luz por debajo de la puerta, lo cual, razonó, seguramente quería decir que la bardo estaba dormida.

Brillante deducción, genio. Estás malgastando tu talento siendo guerrera.

Cuando ya llevaba nueve veces levantando el puño para llamar y apartándolo, Xena se rindió.

Puedes vencer a todo el ejército persa tú sola, pero no puedes llamar a esta puerta. ¿Siempre has sido así de valiente o esto es nuevo?

Xena suspiró y se apoyó con cansancio en el marco de la puerta. No tenía intención de golpear el borde inferior de la puerta con la bota y se quedó tan pasmada como correspondía al oír el consiguiente estruendo.

¡Oh, dioses! Esto no es bueno. Gracias por recibirme, pero me largo. Hasta otra.

Xena emprendió una rápida retirada, caminando a toda prisa por el pasillo hasta su propia habitación, tratando desesperadamente de no echar a correr, aunque todos los músculos de su cuerpo estaban intentando convencerla para que lo hiciera. A medio camino, oyó una puerta que crujía al abrirse muy despacio.

No mires atrás, Xena. Sigue andando. No es más que otro cliente que se retira a su habitación para pasar la noche. Eso no tiene nada de raro, ¿verdad? No mires, no mires...

Llegó a su habitación como vencedora absoluta de la categoría de marcha atlética, pasó por la puerta y la cerró rápidamente tras de sí.

Idiota. ¡Esto es ridículo! ¿Qué te crees que estás haciendo, el típico juego de críos de llamar al timbre y salir corriendo? ¡Por todos los dioses!

Mientras, la segunda puerta del final del pasillo se había abierto despacio y su ocupante miraba en la dirección por donde había desaparecido Xena.

¿Pero qué...?, pensó la bardo, medio dormida. Dioses, debía de estar soñando. Pero estoy segura de que he oído algo...

Se quedó un momento mirando atentamente por el pasillo y, convencida de que nadie la llamaba para nada importante, cerró suavemente la puerta.

Al otro lado del pasillo, una guerrera muy alta y muy legendaria asomó la cabeza por la puerta y atisbó tímidamente por la esquina. Había oído claramente cómo se abría la puerta de la bardo, pero en estos momentos el pasillo estaba totalmente vacío.

Xena, estás como una regadera. Tienes... ¿cuántos años tienes ya? Bueno, si tu madre estuviera aquí... ya, si madre estuviera aquí, me diría que dejara de ser tan cobarde y fuera allí, llamara a la puerta y... ¿y qué? Ni siquiera sé qué decir. Gabrielle, ¿es posible que seas tú? Dioses... cuánto te echo de menos...

Xena se tiró en la cama con un suspiro apesadumbrado. El colchón era viejo y los muelles se quejaron bajo su peso. Respiró hondo varias veces intentando relajarse en vano, pero no podía apartar la mente de la segunda puerta del otro extremo del pasillo.

Vale, plan B. Bajas por el pasillo, llamas a la puerta y... ¿y qué? Dioses... Hola, Gabrielle, ¿te acuerdas de mí? Ya sé que ha pasado tiempo, pero... Qué pelea tan tonta, ¿te acuerdas? Nos separamos como dos idiotas y nunca miramos atrás. Siempre pensé hacerlo, pero de repente habían pasado cinco años y...

Xena saltó de la cama, salió al pasillo muy resuelta y fue a la puerta de la bardo. Alargando la mano, llamó con algo más de fuerza de la que pretendía.

¡Oh, dioses, no puedo hacerlo!

Se quedó allí lo suficiente como para oír a la bardo levantándose de la cama y luego se volvió y regresó corriendo por el pasillo. La segunda puerta del otro extremo se abrió justo cuando ella llegó a su propia puerta y la cerró al pasar.

En serio, Xena, esto empieza a ser un poco ridículo, ¿no crees?

Menos de cinco minutos después llamaron suavemente a la puerta de Xena. La guerrera suspiró y se levantó de un salto de la cama.

—Ariana, lo siento. Espero no haberte despertado. Escucha, es que no podía dormir, así que... —Xena abrió la puerta de golpe y miró hacia abajo, esperándose una regañina de la posadera. Lo que no se esperaba era ver a la persona que en realidad estaba ante su puerta, y se le pusieron los ojos como platos por la conmoción y se quedó clavada en el sitio.

Gabrielle...

El rostro de la bardo mostró una expresión equivalente, pero que duró como medio segundo. Cuando se quiso dar cuenta, la Torre Inclinada de Xena perdió por completo el equilibrio cuando el peso de la bardo chocó con ella y la hizo retroceder unos tres metros.

—¡¡¡Xena!!! —vociferó la bardo, sin importarle en absoluto lo avanzado de la noche y el silencio por lo demás total de la posada. Atrapada en los bárdicos y férreos brazos, la guerrera no podía hacer gran cosa como respuesta, de modo que rodeó a la pequeña figura con sus brazos y la estrechó con fuerza contra su pecho. Xena intentó tragarse las lágrimas.

Gabrielle... dioses... eres tú de verdad...

La bardo también estaba llorando y su vocabulario normalmente extenso se había reducido a una sola palabra que repetía una y otra vez.

—Xena...

Se quedaron así largo rato, sin que ninguna de las dos supiera qué decir y sin querer interrumpir el abrazo.

Una voz suave desde la puerta abierta anunció la presencia de Ariana.

—Me había parecido oír unos ruidos.

La guerrera y la bardo se volvieron para mirar a la posadera, deshaciendo el abrazo, pero tan cerca la una de la otra que apenas las separaba un suspiro. Ariana sonrió y se volvió hacia Xena.

—Creo que puedo atreverme a decir que ésta es la bardo que conoces —dijo en broma—. Eso o eres la guerrera más cariñosa que he conocido en mi vida.

—No conozco en absoluto a esta persona —dijo Xena muy seria—. Gabrielle, ¿no? Encantada de conocer...

Xena soltó un gritito cuando la bardo saltó por los aires, aterrizó directamente sobre el pecho de la guerrera y las dos cayeron al suelo. Gabrielle contaba con la ventaja de la sorpresa, pero no por mucho tiempo. A los pocos segundos, la guerrera ya tenía tumbada a la bardo boca arriba y estaba sentada en el estómago de Gabrielle. Sus largos dedos se cernían en el aire, amenazando con caer sobre lo que bien sabía que era una bardo con muchas cosquillas.

—Oh... —dijo Gabrielle, mirando a la guerrera—. No te atreverás.

Cuando Xena respondió al evidente desafío, a la bardo le dio un fuerte ataque de risa e intentó en vano zafarse de su torturadora.

—Por los dioses, cómo sois... —dijo la posadera, pero en su cara bailaba una sonrisa divertida.

Xena se levantó de un salto y le ofreció una mano a la bardo, que la aceptó y se puso en pie. Mientras se colocaba bien la arrugada camisa de dormir, se volvió hacia la propietaria.

—¿Tú conoces a Xena? —preguntó suavemente.

—En realidad —dijo Ariana—, nos hemos conocido esta noche. Se detuvo en mi taberna para tomar un par de cervezas. Me pareció que le vendría bien descansar, así que le ofrecí una habitación. —Miró a Xena—. A mí me parece que ya has mejorado un cien por cien. —La mujer sonrió.

La puerta se cerró tras la posadera y la guerrera y la bardo se quedaron mirándose.

—Hola —consiguió decir Xena por fin, en apenas un susurro.

—Hola —contestó Gabrielle suavemente.

—Tienes un aspecto estupendo.

Dioses, Xena, ¿es que no se te ocurre algo un poco más inteligente que eso?

—Tú también, Xe.

—Gracias.

Gracias, Gab. Por cierto, ¿sabes cuánto me ha gustado siempre que me llames así?

—Estás cansada.

—Ha sido un día muy largo. Y la cerveza, supongo que la cerveza también... —Xena se quedó callada, sin querer terminar la conversación, pero sintiéndose, efectivamente, muy cansada. Y cuando vuelvas a tu habitación, seguro que me quedo aquí en la cama despierta, pensando en esto durante el resto de la noche... dioses... Eres tú, de verdad eres tú...—. Supongo que tú también estás algo cansada —dijo Xena. Pero, por favor, no te vayas todavía...

—Sí —reconoció la bardo—. Me he pasado el día en la plaza del pueblo contando historias. Uno de los clientes de aquí me reconoció y me pidió que contara una historia o dos...

—A ver si lo adivino. Y dos se convirtieron en tres, luego en cuatro...

—Luego diez, once, doce... —La bardo suspiró—. Bueno, ya sabes cómo soy cuando empiezo...

Además, casi todas las historias trataban de ti...

Xena sonrió con cariño.

—Sí... lo sé.

Conozco todas tus historias, Gabrielle. Incluso cuando creías que no estaba escuchando, sí que escuchaba, y me las sé todas de memoria. Y habría renunciado a todo lo que tengo con tal de oírte contándomelas otra vez, pero los días fueron pasando y nunca me he acostumbrado al silencio...

—Bueno —continuó Gabrielle—, creo que será mejor que durmamos un poco.

Aunque yo no voy a dormir... ya no, después de esto...

—Supongo.

Por favor, no te vayas todavía. Quédate, por favor, quédate...

—Por favor, quédate —dijo Xena, y luego tomó aliento bruscamente al darse cuenta de que lo había dicho en voz alta.

La bardo estaba mirando al suelo, moviendo los pies y preguntándose qué decir a continuación, cuando oyó a la guerrera. Levantó la cabeza de golpe y se quedó mirando a un océano de azul claro.

¿Has dicho "quédate"? ¿Quieres que me quede? ¿De verdad?

—Muy bien —contestó Gabrielle en voz baja.

¿Has dicho "muy bien"? ¿Te quieres quedar? ¿De verdad?

Xena tardó quince segundos en ponerse la camisa de dormir y se metió en la pequeña cama. La bardo se sentó en el borde, sin saber qué hacer, y luego se metió junto a la figura más grande. Se quedaron tumbadas en silencio en la habitación a oscuras hasta que Xena notó que la bardo se pegaba más a ella. Alargó las manos, cogió a Gabrielle entre sus brazos y suspiró satisfecha cuando la mujer más menuda la envolvió en un fervoroso abrazo.

—Hola... —dijo en voz baja.

—Hola. —La bardo levantó la cabeza y miró a la guerrera—. Que duermas bien.

Ahora sí.

Xena se inclinó y depositó un besito en la cabeza de la bardo.

—Buenas noches, Gabrielle. —Hubo una larga pausa y luego—: Te quiero.

La bardo bostezó adormilada.

—Te quiero, Xena —dijo mientras se iba quedando dormida—. Te he echado de menos... muchísimo...

La posadera estaba al otro lado de la puerta y, contenta de ver que todo volvía a estar en su sitio, bajó por el pasillo y se adentró en la noche. Al entrar en el bosque que había detrás de la posada, su ropa sencilla desapareció de su cuerpo y en su lugar apareció una túnica ornamental de cuero. En un suspiro, el delantal se transformó en un arco, que relucía a la luz de la luna como mil luciérnagas. El viento susurró que todo estaba bien y, con un destello de luz, Artemisa desapareció.


FIN


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