Se me había olvidado

My Warrior



Descargos: Las de siempre. Los personajes de Xena, Gabrielle, Cirene, Argo, etc. son propiedad exclusiva de Universal y este relato no pretende en absoluto infringir sus derechos de autor. El relato mismo es propiedad exclusiva de la autora y no se puede reproducir en modo alguno sin mi permiso.
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Título original: I Had Forgotten. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


"Si no hubiera palabras, ni forma de hablar... yo seguiría oyéndote..."
—Martina McBride

Hoy hace un día precioso, pero no creo que mi hija se haya dado cuenta. El sol está en lo alto, el sonido de las risas del pueblo reverbera a mi alrededor, pero no puedo hacer nada para apartarla del deber que se ha impuesto a sí misma. Está sentada en el borde de un camastro de sanador, traído e instalado especialmente en una habitación trasera y aislada de mi taberna para la bardo que descansa en él. La bardo está inmóvil, sólo se oye su respiración ligera y trabajosa, y la guerrera la vigila como si cada bocanada de aire fuera a ser la última. Observo a mi hija, la señora de la guerra transformada en heroína, la oscuridad transformada en luz, o al menos... en un tono más claro de gris. En la mayoría de los sitios, no revela nada, con la máscara de guerrera bien calada. A menudo es una técnica para sobrevivir, a veces es simple costumbre. Pero aquí sus emociones están al desnudo y veo cada pliegue, cada ceño, cada lágrima que amenaza con resbalar por ese rostro orgulloso. Todo lo que se puede hacer por esa dulce muchacha que yace ahí ya se ha hecho y, sin embargo, la guerrera no se aparta de su lado ni por un momento. Tal vez tema que si se va, la bardo desaparezca durante su ausencia. La guerrera aparta un mechón suelto de la cara de la bardo y sus dedos se quedan ahí un momento antes de bajarlos para entrelazarlos con los de su amiga. "Amiga" suena ridículo incluso en el momento en que la palabra se forma en mi mente, pues sé que no hay palabra que pueda describir su unión, que va más allá de cualquier etiqueta.

La guerrera levanta la mirada un momento y me ve, y durante una fracción de segundo, aparece un amago de sonrisa. Los ojos se ablandan, la guerrera se retira y la hija ocupa su lugar. Le sonrío a mi vez. Se me había olvidado lo bonita que es la sonrisa de mi hija. Hace tanto tiempo que no la veo. Ojalá pudiera absorber su dolor. Ojalá pudiera dar marcha atrás al tiempo y deshacer los sucesos que nos han llevado a este momento. Pero no es posible.

Oigo jadear a la bardo y la alta figura se inclina sobre ella y se queda clavada en el sitio hasta que la respiración se normaliza. La guerrera suelta el aliento que no sabía que estaba aguantando y vuelve a acomodarse. Aunque ya han pasado dos semanas, no consigo olvidar lo que ocurrió en el bosque de detrás de la posada. Las imágenes no han perdido vigor ni claridad, y a veces las veo de noche en mis sueños.


También hacía un día precioso entonces. La bardo estaba inquieta mientras esperaba a que la guerrera terminara unas tareas menores en las cuadras. Decidió ir a dar un paseo, completamente ajena al hecho de que alguien vigilaba todos sus movimientos desde los árboles.

Krykus no daba crédito a su suerte. Sus hombres y él llevaban cinco días ocultos en el bosque de detrás de la posada, observando atentamente las idas y venidas de la guerrera y la bardo. Al tercer día los hombres estaban ya nerviosos y expresaron su deseo de simplemente rodear la posada y jugársela con la guerrera. Pero Krykus no quiso ni oír hablar de ello. Llevaba demasiado tiempo esperando, haciendo cuidadosos planes, para echar a perder lo que podía ser su única oportunidad para vengarse. No, esperarían.

La bardo rodeó la posada y siguió un sendero de tierra que bordeaba unos cuantos matorrales altos hasta adentrarse en el bosque por el camino bien señalado. El camino serpenteaba a través de un espeso pinar y luego trazaba una curva cerrada hacia el río. A medio camino del río, cuatro hombres saltaron de los árboles y dieron vueltas a su alrededor como una manada de animales salvajes. Krykus observó mientras la mujer menuda tumbaba a dos de sus hombres con su vara antes de que el tercero y el cuarto la hicieran caer de rodillas. Aun cuando estaba totalmente dominada, la bardo siguió debatiéndose y soltó varios epítetos sonoros cuando Krykus salió de detrás de un grupo de árboles.

—¡Krykus! —gritó Gabrielle cuando se acercó a ella, con una mirada de reconocimiento y odio evidentes—. En nombre de los dioses, ¿qué crees que estás haciendo?

—Vaya, hola, Gabrielle —contestó Krykus. Una sonrisa malévola curvó sus labios al ver cómo se debatía contra los dos hombres que seguían sujetándola—. Cuánto tiempo.

—No lo bastante —dijo la bardo, furiosa—. Cuando Xena se entere de esto, vas a desear... —La interrumpió una sonora carcajada del señor de la guerra.

—No, querida mía, esta vez te equivocas de medio a medio. Porque cuando Xena se entere de que tengo a su preciosa amiguita, voy a desear haber pensado en esto hace mucho tiempo. Verás, le debo a Xena un poco de dolor y angustia personal. Y lo va a conseguir.

Gabrielle se echó a reír.

—¡Ja! Venga ya, Krykus, ya va siendo hora de que te enfrentes a la realidad. Pero oye, a lo mejor acepta luchar contra tu miserable persona con una mano atada a la espalda. Ya sabes, para darte al menos una oportunidad.

El hombre que estaba a la izquierda de Gabrielle le pegó un bofetón, partiéndole el labio inferior. La bardo sacudió la cabeza y fulminó al señor de la guerra con la mirada.

—¡Cobarde! —gritó—. Ni siquiera puedes hacer tu propio trabajo sucio, ¿eh?

—Normalmente, querida mía, ese comentario te habría merecido algo mucho peor que esa bofetada. Sin embargo, hoy estoy de buen humor, así que creo que lo pasaré por alto. Ahora tenemos que volver a la posada. Estoy seguro de que Xena se va a alegrar mucho de vernos. —Krykus se echó a reír a carcajadas y emprendió la marcha por el estrecho camino. A unos veinte metros de la posada, se detuvo de golpe. Sin dejar de luchar contra los que la sujetaban, la bardo se puso a gritar.

—¡¡¡XENA!!!

Uno de los hombres levantó la mano para hacerla callar, pero Krykus le hizo un gesto para que lo dejara.

—No os preocupéis, chicos —dijo—. Que grite. —Se rió por lo bajo cuando Xena, seguida de cerca por Cirene, entró corriendo en el claro. Se detuvo a pocos metros del señor de la guerra, con los ojos echando chispas. Blandía la espada por delante del cuerpo y la hoja metálica silbaba peligrosa en el aire de la mañana.

—Krykus —dijo, arrastrando su nombre, en un tono que rezumaba rabia. Miró a Gabrielle y por un momento en su cara se dejó ver la preocupación antes de que la máscara volviera a asentarse—. Ya veo que no consigues encontrar a alguien de tu tamaño con quien luchar —se burló—. Sin embargo, por el aspecto de dos de tus hombres, parece que la bardo les ha dado de lo lindo ella solita. —Xena miró a Gabrielle y en su rostro se leyó la aprobación silenciosa. La bardo no apartaba los ojos de la guerrera, pero recibió el cumplido con una sonrisa apenas visible.

Krykus se limitó a suspirar.

—Sí, bueno... se ha resistido un poco a ser capturada. —Se cruzó de brazos y pareció meditar sobre algo de suma importancia antes de continuar—. Y —dijo—, mi querida Xena, si quieres ver a tu bardo con algún rasgo físico reconocible, tendrás que cooperar plenamente.

—No me digas... —bufó Xena—. Supongo que no se te habrá ocurrido jugar limpio.

—Por supuesto que no —dijo Krykus riendo—. ¿Qué tiene eso de divertido? —Se rascó la barbilla pensativo.

—Ve al grano —dijo Xena, sin dejar de mover la espada por delante de ella.

—El grano —replicó Krykus—, es que has echado a perder mi, digamos, anterior reputación estelar.

—No sabes cuánto lo lamento —dijo Xena, fingiendo tristeza—. Pobrecito. —Levantó el labio superior con desdén y miró al señor de la guerra con desprecio.

—No lo lamentas en absoluto —dijo Krykus riendo—. Sin embargo, dentro de muy poco, te aseguro que lo lamentarás.

—¿Ah, sí?

—Oh, sí.

Xena lo miró furiosa, pero siempre pendiente de la bardo.

—¿Y qué es lo que voy a hacer para devolver esa reputación tuya tan malévola a su patético estado anterior?

Krykus sonrió.

—Bueno, el daño, querida mía, ya está hecho. Varias veces, debo añadir. Deberías haberme matado cuando tuviste la oportunidad, Xena.

—¿Cómo, y echar a perder esta conmovedora reunión? Oh, Krykus, subestimas el respeto que te tengo. —Xena escupió en el suelo—. Eso es lo que opino de tu reputación.

—Cuánto lamento oírlo. Pero obtendré tu respeto, de una forma u otra.

—Gabrielle no tiene nada que ver con esto, escoria asesina. Suéltala.

—Lo siento, Xena, no puedo. Verás, te conozco demasiado bien. Luchar conmigo no es un problema para ti. Sin embargo, perderla a ella sí. —Miró a Gabrielle—. Así que... si no quieres que Mykos le corte el cuello...

Mykos sacó su puñal y lo colocó en la base de la garganta de la bardo.

—Cosa que podría hacer muy fácilmente...

Krykus se puso detrás de Mykos y le quitó el puñal. Agarró a la bardo y se lo puso él mismo en la garganta.

—O yo mismo podría hacer... mi propio trabajo sucio... —Clavó la mirada en Gabrielle, quien no hizo caso de su comentario y apartó la mirada. Krykus volvió a prestar atención a Xena—. Tú me arrebataste la dignidad, Xena —dijo—. Ahora yo te voy a quitar la tuya. —Movió el puñal que tenía en la mano—. Tira tu espada a mis pies.

—Suéltala.

Krykus volvió la hoja ligeramente y un pequeño reguero de sangre se derramó del corte. Xena apretó la mano alrededor de su arma mientras pensaba en una manera de eliminar al señor de la guerra con el chakram, pero estaba demasiado cerca de Gabrielle. Lanzó su espada a los pies de él.

—Suéltala.

—Me parece que quiero ver cómo tu chakram se reúne con tu espada. —Empezó a volver la hoja de nuevo. La bardo tragó con dificultad.

El chakram aterrizó en el suelo con un golpe metálico.

—La armadura, oh poderosa princesa...

—¿Qué?

—Ya me has oído. —Agarró la mano de Gabrielle y le torció el dedo meñique hacia atrás hasta que se rompió. La bardo gritó por un instante y luego apretó la mandíbula y guardó silencio. Krykus se echó a reír—. ¿A que te ha dolido, Gabrielle?

—Apenas lo he notado.

La armadura de Xena aterrizó en un montón a los pies de Krykus.

—¡Ahí lo tienes! —gritó—. ¿Estás satisfecho? Has quitado las armas y la armadura a la feroz Princesa Guerrera. Nadie lo había conseguido hasta ahora. Eres todo un hombre. Ahora suéltala. —Los ojos de Xena se encontraron con los de Gabrielle y se miraron intensamente antes de que la guerrera mirara al señor de la guerra. Éste habló.

—También quiero tu honor, Xena —dijo carcajeándose—. A lo mejor podrías ponerte de rodillas, si no te sirve de molestia. —Cogió el dedo índice de la bardo entre sus palmas regordetas para enfatizar la idea. Deseando evitarle a la bardo más dolor, Xena se arrodilló despacio en el suelo.

—Muy, muy bien —rugió él—. ¡Mirad eso! —Los hombres se echaron a reír—. Ya no eres tan poderosa en esa posición, ¿eh, Xena?

Xena se limitó a fulminarlo con la mirada.

—¡Suéltala, Krykus! Ya tienes lo que querías.

—Oh, pero Xena —dijo Krykus—, teniendo en cuenta tu posición actual, yo diría que tienes el privilegio de ocupar un asiento en primera fila.

—Qué suerte la mía —soltó Xena—. ¿Qué se celebra?

—La muerte de tu alma.

Krykus apartó el puñal de la garganta de Gabrielle y se lo clavó directamente en el abdomen. Cuando la hoja de metal entera desapareció, la giró hacia arriba y luego la sacó de un tirón. La sangre empezó a derramarse en el suelo y la bardo cayó hacia delante y se desplomó hecha un guiñapo.


...Todavía oigo el grito de angustia de mi hija. Ese "¡No!" me sigue atormentando. Nunca he oído un sonido semejante y espero no volver a oírlo jamás. Mientras el señor de la guerra y sus hombres se alejaban al galope, la guerrera corrió hasta la bardo, ajena por completo a todo lo que la rodeaba. Cogió a la pequeña figura en sus brazos y apretó la mano sobre la herida, aunque la sangre se escurría entre sus dedos. Para mí sigue siendo un misterio que no muriera ahí mismo, pero el sanador estaba ese día en nuestra aldea y ayudó a Xena a detener la hemorragia, aunque con mucha dificultad. Eso ocurrió hace diez días. La bardo no se ha despertado, pero tampoco ha muerto. A mi hija, sin embargo, le han arrebatado algo, y la luz de sus ojos, que ya me había acostumbrado a ver, se ha apagado.

Tras pasar ocho largos días al lado de la bardo, la guerrera reconoció a regañadientes que probablemente le vendría bien darse un baño y tomar un poco el aire. La regente amazona había acudido a Anfípolis, y Xena dejó a Ephiny al lado de Gabrielle tras una discusión de quince minutos en la que la amazona tuvo que prometerle que si Gabrielle movía aunque sólo fuese una ceja, iría inmediatamente a buscarla a los baños. Xena respiró hondo y luego hizo una cosa que jamás olvidaré mientras viva. Recuerdo los tenues pasos en el pasillo, una pausa vacilante al otro lado de la puerta y luego un golpecito suave.

—¿Madre?

—¿Xena? —dije, y la puerta se abrió y mi guerrera grande y feroz cruzó la habitación y se metió en la cama conmigo. La abracé y la estreché durante un rato. Se me había olvidado lo que era abrazar a una hija. Había pasado mucho tiempo. Por un momento, pensé en lo irónico que resultaba que una mujer de metro sesenta acunara a una hija de metro ochenta como si fuese un bebé. Notaba las lágrimas que caían sobre mi hombro. No hablaba. Por unos instantes, allí no hubo una guerrera ni una posadera. Sólo había una madre que abrazaba a su hija asustada. La hija habló.

—¿Madre?

—Sí, querida —dije, más como afirmación que pregunta.

—Si le ocurre algo a mi Gabrielle... —No dijo nada más. Y entonces, tan rápido como había venido, se marchó.


Estoy de pie junto al camastro y miro a la figura inmóvil que yace en él. Sólo el ligero movimiento de su pecho indica que ahí todavía hay vida. Llevo puesta mi túnica de cuero, pero mi armadura y mis armas siguen en el suelo ahí al lado. Las miro. Mi espada está afilada y limpia. El sol que entra por la ventana se refleja en ella y crea un dibujo interesante en la pared del fondo. El chakram, la armadura. Lo tenía todo a mi disposición y, sin embargo, no pude usarlo. Todos mis años de entrenamiento, todas esas cosas que sé hacer... todo ello no fue nada comparado con lo que no pude hacer. Mis manos... han matado tanto y han curado tanto... pero cuando de verdad importaba, también ellas me han fallado. Yo me he fallado. Le he fallado a ella. ¿Me oyes, Gabrielle? ¡No sé qué decir! ¡No sé qué hacer! ¡Yo liberé a Prometeo! ¡Yo desencadené a la Muerte! He estado en el Tártaro y he vuelto y sin embargo... no puedo hacer nada salvo quedarme mirando mientras caes al suelo en un charco de tu propia sangre. Quiero gritar, pero no me sale ni un sonido. Golpeo la mesa con el puño de pura rabia. La habitación está en silencio, el único ruido es el de mi alma al romperse y es tan fuerte que me retumban los oídos. ¡No me dejes!


Es tarde. Ha pasado otro día y el estado de la bardo no ha cambiado. Mi hija está echada ahora en el camastro, acunando a la bardo. Contempla mucho el techo, acariciando distraída el pelo dorado rojizo con los dedos. No para. A veces la oigo cantar suavemente, como ahora. Reconozco la canción preferida de la bardo. Se me había olvidado lo bonita que es la voz de Xena. Gabrielle me decía que muy de vez en cuando conseguía que Xena le cantara algo. De niña, cantaba sin parar. Como señora de la guerra, la única canción que se oía era el choque metálico de las espadas. Y ahora, esta dulce bardo que le ha dado la motivación para redimir su alma manchada... No quiero ni pensar en qué ocurrirá si no sale adelante. Nunca he visto a un guerrero romperse en mil pedazos, y no quiero tener que verlo ahora.


Xena, ¿estás ahí? Sé que estás ahí, te oigo, te siento. Pero no parece que me pueda despertar de esto. Me duele todo el cuerpo y tengo sed. Oigo tu voz, aunque suena como si estuvieras muy lejos. No paro de salir a la superficie y hundirme de nuevo y no consigo diferenciar un día del siguiente, un momento de otro. No tengo fuerzas para hablar o para moverme. Eso me irrita. ¿Cuánto tiempo llevo así? ¿Un mes? ¿Un día? No lo sé. Pero te oigo cantar. ¿Tienes idea de la voz tan bonita que tienes? Aunque no pensé que iba a tener que flotar entre la vida y la muerte para conseguir que me cantaras. Oh, eh, mira, todavía tengo sentido del humor. Sé que te reirías conmigo si lo supieras. Y las historias... dioses, creo que me has hablado más en el último... ¿qué es? ¿Un mes? Más ahora que desde que te conozco. Por favor, sigue hablando. ¿Estoy muy grave? ¿Me oyes? Sé que no. Ojalá me oyeras. ¿Me estoy muriendo? Si me muero, más te vale recordar tu promesa. No te convertirás en un monstruo. Eso lo tienes ya más que superado. Estoy orgullosísima de ti. ¿Lo sabes? La Destructora de Naciones ya no existe. Ahora eres de los buenos, ¿te enteras?


Los primeros rayos del sol de la mañana se cuelan por la ventana y me asomo para descubrir a la guerrera profundamente dormida, pues ha sucumbido por fin al puro agotamiento de sus emociones. Sigue sentada en la silla junto al camastro, con la cabeza firmemente apoyada en el hombro de Gabrielle y los dedos entrelazados con los de la bardo. Anoche las estrellas brillaban con fuerza y no pude evitar pararme en el umbral cuando oí a Xena enseñándole las constelaciones a Gabrielle.

—Y ésa de ahí parece un soldado —dijo. En ese momento, Argo relinchó a lo lejos y Xena se volvió a Gabrielle y dijo con una sonrisa—: No le hagas caso, Gabrielle. Se cree que todo se parece a un caballo.

No pude evitar la enorme sonrisa que me cubrió la cara mientras me alejaba. Mi feroz Princesa Guerrera.

De repente, Xena se mueve, pero vuelve a quedarse dormida de inmediato. Me vuelvo para marcharme, pero un ligero movimiento me llama la atención y entro en la habitación sin hacer ruido. La bardo tiene los ojos abiertos y mira a la figura dormida que tiene al lado.

—Cuanto más grandes son, más roncan —dice con una sonrisa. Yo sonrío. Sí, sin duda hace un día precioso.


FIN


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos cortos
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