Lo más importante del mundo

My Warrior



Descargo: Los personajes de Xena y Gabrielle pertenecen a Universal y no se pretende infringir sus derechos de autor. Esto es un fanfic y no se obtiene beneficio económico alguno. El resto de la historia es mío y no se puede usar de ningún modo sin mi permiso. ¡Qué disfrutéis!
Se agradecen y aprecian comentarios en: xenasbard@earthlink.net

Título original: The Single Most Important Thing. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Recuerdo todos los detalles de mi vida como si hubieran sucedido esta misma mañana. A veces se me mezclan las emociones en un elaborado tapiz de color y pasan ante mí como un río caudaloso. Es en esos momentos cuando desearía poder alargar la mano y atrapar una al pasar, para poder regresar a ese lugar y ese tiempo sólo con desearlo. Pero es imposible. Todos tenemos nuestro momento, ¿no es así? Durante un tiempo gozamos de juventud, de fuerza, de vigor. Luego llega la experiencia, la sabiduría, la claridad. ¿He sacado el mayor provecho a mi vida? ¿He tomado todas las decisiones acertadas? ¿He aprendido algo? ¿He... he vivido? Existir es fácil: vivir de verdad es otro tema bien distinto.

Me miro las manos, encallecidas con la prueba de años de trabajo duro. Si me las miro mucho, todavía las veo como las tenía en mis días de gloria y casi las noto curvándose con seguridad alrededor de mi vara. En otro tiempo una extensión de mi propio ser, ahora la vara está apoyada con cansancio en la pared de la cabaña, cerca de la puerta, y como yo, hace tiempo que perdió la juventud.

Estoy de pie junto a la ventana, contemplando la luz de poniente. Se acerca el ocaso. Por un momento, un segundo en realidad, alcanzo la vara y la rodeo con mis dedos envejecidos. Todavía me da gusto sentirla en la mano y sé que en mis ojos se percibe un fuego y una luz que permanecen allí mientras mis recuerdos intentan llevarme hacia atrás en el tiempo.

De repente estoy allí, en medio del pueblo, rodeada por los traficantes de esclavos de Draco y, salida de la nada, allí está ella también. Soy poco más que una niña que acaba de emprender el viaje de la vida, incapaz de contener mi emoción por lo que sin duda está por venir. Ella está iniciando un viaje propio, vestido de redención, incapaz de olvidar lo que ha ocurrido antes. A partir de ese momento, nuestras vidas cambian para siempre.

Fuera un ruido me devuelve al presente, aunque aún no quiero volver. Quiero quedarme más tiempo. Quiero sentir el sol en mi rostro de diecisiete años. Quiero correr y nadar y bailar con mis piernas de veinte años. Quiero reír y cantar y narrar historias con mi boca de treinta años. Porque ya veis, lo recuerdo todo. Lo siento, lo absorbo, me ahogo en ello. Y mi mente de setenta años lo atesora todo con euforia.

Por la cresta de la colina viene un caballo. Primero uno, luego tres o cuatro más. Bajan lentamente hasta una grieta que hay en la ladera de la colina y luego vuelven a subir y se meten en un pequeño corral que estas manos ayudaron a construir hace muchos años. Recuerdo el día que vinimos aquí. Habíamos venido muchas otras veces, aquí con las amazonas, como sanadoras, como aliadas y a menudo simplemente como amigas. Esa vez nos trajo una guerra de fronteras, de modo que nos lanzamos a la batalla y luchamos al lado de nuestras amigas hasta que los ofensores se retiraron hasta donde pensábamos que les correspondía. Pero no sin pagar un precio, y entre las heridas estaba yo, con el pecho atravesado por una flecha de la que tardaría tres lunas llenas en recuperarme.

Iba recuperando las fuerzas despacio, pero sin pausa, y contemplaba cada amanecer con aprecio. Sabía lo poco que había faltado esa vez.

Ella estuvo allí conmigo, día tras día, sin flaquear jamás. Nunca flaqueaba en nada. Una noche, cuando estaba sentada junto a mi cama hasta bien avanzada la oscuridad, me puso la mano en la mejilla, me la acarició suavemente con los dedos con un gesto de absoluta ternura y dijo, simplemente:

—Ya basta.

Eso fue hace cuarenta veranos, y llevamos aquí desde entonces.

La luz del sol da en el borde afilado de metal perfectamente pulido y se refleja hacia mí. Descubro que no puedo controlar la sonrisa que se ha apoderado de mi cara. Al instante, una figura alta y ligeramente encorvada surge de la nube de polvo que han levantado los caballos a su paso. El cuero y la armadura de combate hace mucho tiempo que han sido sustituidos por ropa más cómoda, pero la espada aún sigue en la vaina que cuelga de la espalda envejecida.

No es que la vaya a usar jamás. La puede desenvainar con facilidad, pero el peso ya no permite que tenga una utilidad real. Siempre me ha maravillado el donaire con que todavía se mueve, como flexible y fuerte al mismo tiempo, con un orgullo terco siempre presente en su forma de andar.

Cierra el portón tras los animales y se dirige a la cabaña, y esos ojos increíblemente azules se encuentran con los míos cuando todavía está a una buena distancia. Yo aún estoy sonriendo, y la sonrisa de medio lado que se me ha grabado en el alma para la eternidad llega a mí desde su mirada. Los ojos azules sueltan destellos risueños.

He leído las mejores obras de la literatura, contemplado cuadros venerados y mirado a la cara a dioses y reyes y, sin embargo, no hay nada en este mundo que me conmueva más que esa sonrisa. La he visto miles de veces, me es tan familiar como mi propio rostro y sé con certeza que jamás me cansaré de verla.

Entra por la puerta y deposita la vaina como es debido en la mesita de madera del rincón. Me saluda con la cabeza y de sus labios brota una sola palabra.

—Bardo.

Sonrío.

—Guerrera —respondo.

No hace falta decir más, pues es algo que ya hemos intercambiado a lo largo de numerosos años e incontables experiencias. Ni siquiera Sófocles, con toda su grandeza, sería capaz de definirlo, este vínculo que existe y florece incluso en el ocaso de nuestra vida.

La miro. Está sentada en una butaca junto al fuego y los últimos rayos del día se cuelan por la ventana abierta. Los ojos están cerrados, en la cara se forma una expresión apacible y la respiración profunda y regular es el único sonido. De golpe, vuelven a inundarme los recuerdos y la veo, magnífica, poderosa, fuerte... todo eso y mucho más. Aunque nunca lo reconocerá, todos estos años buenos parecen haber enterrado el pasado manchado de sangre para siempre. Repentinamente, el amor por esta mujer cae sobre mí como una ola y se asienta cómodamente en mi alma. Hablo.

—Qué orgullosa estoy de ti —digo, aunque no sé exactamente por qué.

Los ojos azules se abren. La ceja se alza. Me echa una sonrisa radiante y vuelve a cerrar los ojos.

Doy gracias a los poderes superiores porque mis recuerdos de esta vida siguen conmigo con un brillo despejado. Porque el paso inevitable del tiempo no me los ha arrebatado, ni ha creado el más mínimo hueco entre ellos. ¡Quiero decir tantas cosas! Siento que debo decir... algo, lo que sea, para expresar la ola de emoción que se levanta en mi interior. Abro la boca para hablar, pero no me salen las palabras. Menuda bardo, me reprendo a mí misma.

Ella abre los ojos y me mira. Hablo, por fin.

—¿Xena?

—¿Sí?

—Hemos visto... tantas cosas. Hemos estado... en todas partes. ¿Qué crees que es lo más magnífico, el hecho más maravilloso... lo más importante... que has vivido?

—¿De todo... todo lo que he hecho en mi vida?

—Sí.

—Ésa no es una pregunta justa, sabes.

—Lo sé. Seguro que hay demasiadas posibilidades.

—No, no es eso.

—¿A qué te refieres?

—Me refiero a que la respuesta es demasiado fácil. Si quieres hacerme ejercitar la mente, tendrás que preguntarme algo que exija pensar de verdad. —Sonríe.

—Será una broma. Está bien, da un gusto a la bardo. ¿Qué es lo más importante que has hecho en tu vida? —Me echo hacia delante, expectante, sin poder creer que esta mujer tenga una respuesta para mí. ¿Prometeo? No, no puede ser eso. Tiene que ser la liberación de la Muerte. O tal vez... dioses, ha hecho tantas cosas increíbles. ¿Cómo puede elegir una sola? Espero con emoción. Ella se apoya despreocupada en el costado de la butaca.

—Bueno —empieza, con los ojos chispeantes a la luz de la chimenea—, después de que Hércules me convenciera para que reformara mi vida, dio la casualidad de que pasé por un pueblecito... a ver... se llamaba... ah, sí... Potedaia. —Con una sonrisa satisfecha en los labios, se reclina de nuevo en su butaca y se pone a canturrear suavemente.

—Ya... mmm... ¿y?

—Es eso, Gabrielle. Eso es lo más importante que he hecho en mi vida.

Me hace un guiño travieso, pero sus ojos relucen con una sinceridad total. Y yo, la bardo, me quedo maravillada ante la guerrera, que puede decir tanto diciendo tan poco. Y me doy cuenta, con absoluta claridad, de que el amor, en cualquier forma, es lo más importante del mundo.


FIN


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