Después del volcán

Mary Morgan



Descargo: Los personajes de Xena y Gabrielle son propiedad de MCA/Universal.

Título original: After the Volcano. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


Supo su secreto nada más verla. Estaba al otro lado de la enfermería, de pie en la puerta y mirando la larga y estrecha habitación que había ante ella. La ola, que algunos decían que se había formado por una montaña que había explotado y se había llevado su isla consigo, había causado una enorme devastación. Su cara parecía tranquila y controlada, como las de los sanadores que se esforzaban tanto por ayudar a las numerosas víctimas. Tal vez nadie más habría podido saber lo que sentía de verdad. Pero él sí. Era la forma en que se movía, como si estuviera herida, como si estuviera encogida, ligerísimamente, para proteger una dolorosa herida justo debajo del corazón. Supo que estaba reconcomida por el dolor de la pérdida.

Lo que veía no podía estar ayudándola. Aunque era mediodía, aunque había ventanas en el edificio, la habitación estaba a oscuras, iluminada sólo por las velas que humeaban y danzaban en sus soportes. Fuera también estaba oscuro, así había estado desde que el sol no consiguiera alzarse tras la noche de la ola. En su lugar, una capa de nubes de color negro se arremolinaba en lo alto, dejando caer ceniza blanca que se metía por todas partes. Había penetrado en la enfermería, colándose por puertas y ventanas, entrando con los pacientes. Algunos eran supervivientes de naufragios, otros —los muy ancianos y los muy jóvenes— se estaban ahogando con los humos tóxicos. Vio que caía más ceniza de la ropa de la mujer, vio que se pasaba una mano por la cara para quitársela de las pestañas y la piel. Su palidez era evidente incluso con esta luz tan mala.

Lo que pasó a continuación lo sorprendió. Avanzó sistemáticamente de cama en cama, despacio, tomándose su tiempo. En su lugar, él se habría sentido consumido de impaciencia, y habría echado sólo un breve vistazo a cada paciente para asegurarse de que no era la cara que buscaba. Habría odiado esas caras porque ninguna de ellas era la correcta. Todas esas caras estúpidas y atontadas, vacías y bobas, incluso dementes cuando sus dueños estaban bien y en su ser normal, de eso estaba seguro. Habría querido aplastar a golpes cada vulgar conjunto de rasgos por decepcionarlo, habría querido derribar las paredes y tirar el techo por la pena. Lo único que habría querido hacer sería sentarse con su hijo en brazos y olvidar todo lo demás. Como estaba sentado ahora.

Ella era diferente. Se detenía junto a cada cama, mirando con calma y tranquilidad, como si cada persona fuera importante. Miraba con ese aire resuelto y respetuoso incluso a los que estaban inconscientes o muertos. Y cuando había una respuesta, se arrodillaba, cogía una mano, apartaba pelo enredado, sonreía, daba un poco de agua, hablaba. Aunque, era evidente, cada parada, cada decepción, aumentaban su dolor. Sintió cierta admiración. Era una mujer tan pequeña y parecía tan joven, pero con todo, tenía fuerzas para enfrentarse a las penalidades que atestaban esa habitación.

Cuando se acercó, oyó lo que decía y se enteró de que era bardo. Contaba historias, historias sencillas e infantiles. Pero provocaban sonrisas y hacían que sus oyentes respiraran mejor y con más tranquilidad. Él quiso burlarse cuando habló de centauros y cíclopes y transformaciones milagrosas. Como si alguien creyera en esas cosas. Pero quería que estuviera con él también, sujetando la mano de su hijo, acariciándole el pelo, contándole una historia. Tal vez ella podría sacarlo de esta quietud. Llevaba ya horas sin moverse.

Cuando llegó a él, se dio cuenta de que tal vez era mayor de lo que parecía, y nada boba ni infantil. Tenía los ojos verdes, de una profundidad que no se esperaba, y rodeados de pequeñas arrugas que también rodeaban las comisuras de sus labios e indicaban un carácter que tendía fácilmente a las lágrimas o a la risa. Supuso que respondía ante el mundo sin tapujos, sin reservas ni cálculos, entregándole su confianza. Y ahora que se inclinaba sobre él, vio con más claridad la desolación que ocultaba. Se preguntó, por un momento, quién la había causado, a quién buscaba con una paciencia tan diligente. Luego apartó a un lado los pensamientos sobre ella.

—Cuéntale una historia —dijo rápidamente, agarrándola del brazo. Ella miró por encima de él, miró a su hijo, y él advirtió un instante de confusión en su clara mirada. Al cabo de un momento, sonrió. A él se le llenaron los ojos de lágrimas y tuvo que parpadear para aclararlas antes de poder volver a decir—: Por favor, cuéntale una historia.

Lo hizo. Él se encontró como en trance. Era una historia que no había oído antes, y aunque los personajes eran dioses, no pudo burlarse.

—Hace mucho tiempo, Hades tuvo un hijo con una mujer mortal —dijo la joven bardo—. Quería mucho a este niño y como el muchacho era inmortal lo envió, tras la muerte de su madre, a vivir en el Olimpo. Pero al muchacho le fascinaban las personas de la tierra y las observaba todo el tiempo. "¿Cómo es que están tan llenos de pasión, cuando lo único que yo siento es curiosidad?", se preguntó a sí mismo, y observó con más ahínco.

«Al cabo de un tiempo, la flor le llamó la atención. Entonces sólo existía una flor. Había brotado en el sitio donde Afrodita había besado a Adonis y estaba destinada a durar el mismo tiempo que su vida. Esta única flor contenía todos los colores y aromas de todas las flores que puede haber, y le conmovió el corazón profundamente. Se encontró volviendo a ella día tras día. Pronto olvidó que en la tierra el tiempo pasa y que al verano le sigue el invierno, por lo que no estaba preparado para descubrirla, una mañana, marchita y muerta. Se sintió tan lleno de dolor que, desesperado, se le ocurrió una forma de devolver la vida a la flor. Acudió a Hades y le rogó que dejara que la flor recibiera su propia inmortalidad. Hades se negó, pero el muchacho era tan terco como cualquier dios y siguió adelante de todas formas.

«Al instante, se sintió aplastado por el peso de sus años y se dio cuenta de que iba a morir pronto. Pero pensó que merecería la pena si la flor había sobrevivido. Sin embargo, cuando abrió los ojos, lo único que vio fueron los pétalos marchitos de su amada planta. Se levantó un viento helado que se los llevó y entonces sólo vio un montoncito disperso de motitas negras. Se echó y se entregó a la muerte, por lo que Hades, cuando lo encontró, se dio cuenta de que casi había llegado demasiado tarde. Pero su amor por su hijo lo llevó a hacer todo lo posible y convirtió el cuerpo en un roble. En primavera, cuando el roble despertó de su sueño invernal y miró hacia el suelo que cubría sus raíces, vio una alfombra de toda clase de flores que crecían donde habían caído las motitas, y entonces comprendió.

La bardo terminó de hablar y él se dio cuenta de que todo el tiempo lo había mirado a él fijamente y no a su hijo.

—Vuelve —dijo él, dejándole, al mismo tiempo, que siguiera adelante. Ella sonrió de nuevo.

—Lo haré —dijo, y más tarde, cuando ya había examinado las demás camas, así lo hizo. Él supo en cuanto se acercó que no había encontrado lo que buscaba, y por un instante sintió que se le encogía el corazón.

Ella se sentó a su lado y compartieron lo que había traído: agua, un poco de pan y algo de queso. Él advirtió que ella comía muy poco. Supuso que también a ella le debía de saber a ceniza. Le contó lo que había pasado, de forma muy sucinta. Su barco había naufragado en la inmensa ola que había arrasado la costa seis noches antes, asolando todo a su paso, y se había separado de su amiga casi antes de que se vieran arrastradas al mar. El mar la depositó en la orilla dos días después, medio muerta de frío y agotamiento y los efectos de un golpe en la cabeza. Él vio la herida irregular, bajo un flequillo de pelo dorado rojizo que le tapaba la frente. Algunos de los pasajeros y la tripulación habían llegado a tierra con ella y otros seguían apareciendo ahora, junto con los que habían estado a bordo de otros barcos. No dijo mucho sobre ellos, y por eso él supuso que la mayoría estaban muertos. Entretanto, ella esperaba a su amiga.

—¿Y tú? —dijo, y él sospechó que le había hablado de ella sólo para animarlo a que hablara. Se lo contó, hablando de ello con alguien por primera vez. La ola también había golpeado su barco, pero llevaba barriles de vino vacíos a los viñedos de Creta. Consiguió alcanzar con su hijo unos barriles que flotaban y los había atado juntos formando una balsa improvisada que los llevó a tierra. Pero su hijo había sido herido y ahora estaba esperando a que se pusiera mejor para poder irse a casa.

—Es lo único que tengo —siguió. Luego, apresuradamente, ahondó y profundizó más, hablando de temas sobre los que rara vez se permitía pensar—. Llevaba años sin verlo. Apenas pensaba en él. Cuando su madre murió... cuando fue asesinada por esa zorra de Xena, cuando atacó nuestra aldea hace tantos años, lo único en lo que podía pensar era en vengarme. Lo dejé con su tío para poder perseguirla y matarla, pero nunca conseguí atrapar a ese demonio. —Se detuvo, esperando el golpe de nuevo, la visión de uno de los soldados de Xena arrollando a su mujer, sin darse cuenta siquiera de que estaba bajo las pezuñas de su caballo. Cuando no fue así, siguió hablando, con la voz cansada—. Entonces el tío se puso enfermo y volví a casa. Pero no conseguía asentarme, cuando todo lo que me rodeaba me recordaba lo que había perdido. Y él se empezaba a parecer tanto a ella. A mi mujer. Así que emprendí de nuevo la búsqueda, aunque esta vez me llevé a Eumaeus conmigo. Viajamos un año juntos... hasta que ocurrió esto.

La pequeña bardo no apartó ni un momento los ojos de su cara, aunque en un momento dado posó la mano en su brazo y lo apretó con gesto tranquilizador mientras él hablaba. Cuando mencionó el nombre de Xena creyó ver un destello de reconocimiento, lo cual era de esperar. Todo el mundo había oído hablar de la Princesa Guerrera. Y ella era bardo: tal vez supiera más que la mayoría de la gente. Los bardos tendían a ello. Traían noticias con ellos, además de sus historias. Preguntó:

—¿Sabes dónde está? ¿Xena?

Su cara se quedó inmóvil por un instante. Luego dijo, en voz muy baja:

—No.

Sintiéndose agradecido a pesar de esto, ya que hablar había hecho que se sintiera mejor, le preguntó sobre su amiga. Ahora ella juntó las manos y dejó de mirarlo, y pareció quedarse contemplando algo muy lejano. Habló de alguien que no era capaz de actuar con maldad, que jamás desatendía ningún deber, que llevaba a cabo cada tarea con una elegancia consumada. Una persona que daba todo lo que podía, ya fuera como ayuda, o por compasión, o por amor. La pálida cara de la mujer se sonrojó al hablar y sus ojos se pusieron tan verdes como un prado en verano y su voz se hizo más profunda y cálida.

Él quiso sonreír mientras ella describía a este imposible dechado de virtudes, pero no lo hizo. Su amor era tan fuerte y claro.

—Espero que encuentres a tu amiga —dijo, y era sincero, aunque pensaba que no lo conseguiría. Después de eso, ella se marchó por esa noche y él se acomodó contra la pared, recuperó el caballo de madera que había tallado para su hijo del suelo donde había caído y se lo colocó en el pecho. Por primera vez desde la ola, consiguió dormir.

La bardo volvió a la mañana siguiente, comprobando cada cama, hablando con cada ocupante, ayudando aquí y allá.

—El sol está intentando salir —le dijo, al sentarse a su lado—. Tal vez esta ceniza terrible deje de caer pronto.

Él miró a su alrededor. Había una ventana en lo alto de una pared y vio que estaba inundada de una luz pardusca. Efectivamente, la oscuridad parecía estar cediendo.

Al cabo de un rato, se descubrió hablándole a la bardo de su hijo. No estaba preparado, aún, para contarlo todo. Que lamentaba su rabia cuando Eumaeus se negó en principio a aprender el manejo de la espada y luego resultó ser un torpe cuando intentó agradar a su padre aprendiendo a usarla. Que lamentaba haberse burlado del interés de su hijo por los animales y la delicadeza con que los trataba. Que se avergonzaba de su resentimiento cuando Eumaeus hacía nuevas amistades con tanta facilidad, lo llevara a donde lo llevase. En cambio, habló de la inteligencia y la dulzura del muchacho, de las cosas que había dicho y hecho. Cada recuerdo provocaba otro, y se detuvo sólo cuando se le puso la voz ronca.

A ella se le habían llenado los ojos de lágrimas, y él supo que eran de compasión y no de lástima. Pensó que parecía más pálida y más cansada y sintió una punzada de preocupación por ella. Se dio cuenta de que había vuelto a la playa. Tenía arena en las botas, así como una capa de ceniza. Probablemente había estado allí abajo, vigilando el mar, desde el amanecer. Si es que había dormido en absoluto, cosa que dudaba. Y cuando lo dejara, volvería y emprendería de nuevo su infatigable vigilancia. ¿Qué haría, se preguntó, si jamás encontraba a su amiga? ¿Qué haría si encontraba a su amiga muerta? Él sabía algo del amor y mucho más de la pena. No creía que ella fuera capaz de soportarlo.

Al final, resultó que él vio a su amiga antes que ella. La alta guerrera entró por la puerta mientras la mujer estaba inclinada sobre una niña muy cerca de él, enjugando el sudor que cubría la cara de la pequeña por la fiebre. La reconoció al instante cuando se detuvo y se apoyó en el marco de la puerta, y sintió que lo invadía una oleada de odio. Después de todo este tiempo, la había encontrado. Estaba casi dispuesto a dar gracias a los dioses y a lo que había creado esa inmensa y terrible ola. Entonces vio que sus ojos recorrían la habitación y se posaban por fin en la bardo. Y también supo su secreto. A pesar de la tranquila indiferencia con que se apartó de la puerta y avanzó por la habitación, supo lo que sentía Xena al ver a la bardo.

Sería tan fácil ahora, pensó. Y tan perfecto. Lo único que tenía que hacer era atacar rápidamente y Xena sentiría aquello con lo que él había vivido durante todos estos años. Su mano casi agarró la daga que siempre llevaba encima, oculta bajo la túnica, pero luego se detuvo sin su consentimiento. Descubrió que no podía. No podía abandonar a su hijo. No podía coger la espada y acabar con la pequeña bardo, que confiaría en que no lo hiciera con toda la generosidad de su corazón. Y había habido demasiada pérdida, pensó de repente. Años perdidos. Y así, en cambio, se limitó a observar. La bardo se estaba irguiendo cuando la guerrera llegó hasta ella. Se quedó inmóvil un momento, como si supiera que tenía a alguien justo detrás, como si supiera quién podía ser. Luego se levantó, muy despacio, y él vio cómo adoptaba una expresión impasible antes de volverse. Supo por qué. Había sufrido demasiadas decepciones. Era demasiado importante.

Cuando vio quién era, se tambaleó, más pálida que nunca. Las manos de la guerrera la alcanzaron más deprisa que el pensamiento y la agarraron de los brazos. Ya estabilizada, se lanzó al pecho de Xena y hundió la cara en él, rodeando la cintura de la guerrera con los brazos con tanta fuerza que vio los músculos marcados en la piel. Al cabo de un minuto, o tal vez diez, Xena la apartó suavemente y la sostuvo con las manos, examinándola minuciosamente.

—Gabrielle —habló por primera vez, con la voz grave y ronca de cansancio. Soltó una mano de mala gana y apartó con cuidado el pelo de la frente de Gabrielle, haciendo una mueca al ver la herida que había debajo—. Tendría que haberme imaginado que no te cuidarías. —Bajó la mano y frotó las lágrimas de la bardo con el pulgar.

—Bueno, sin ti estoy perdida —contestó Gabrielle, con una sonrisa de lado a través de las lágrimas. Alzó la mano para coger la de Xena, llevándosela a los labios. La guerrera respiró hondo y se permitió sonreír. Luego volvió a abrazar a la bardo, apoyando la mejilla en el pelo dorado rojizo.

Él apartó entonces la mirada. Se sentía como si hubiera estado dormido mucho tiempo y estuviera despertando a un mundo que había cambiado de tal manera que ya no lo reconocía. Algo se liberó dentro de él y subió por su garganta para salir en forma de sollozo. Cuando levantó la mirada, las dos estaban ante él, ofreciéndole ayuda con toda seriedad. Notó que estaban firmemente cogidas de la mano, los dedos pequeños y fuertes de la bardo entrelazados con los largos dedos de la guerrera.

—Ya es hora —dijo Gabrielle, con voz firme y dulce. Él asintió y soltó a su hijo muerto. Por fin estaba preparado para seguir adelante.


FIN


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