La tierra hambrienta

Mary Morgan




Título original: The Hungry Land. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Gabrielle intentó despertarse. Sabía que estaba dormida, pero este sueño ya era excesivo. En él, soñaba que la tierra se ablandaba debajo de ella y que se empezaba a hundir. La arena le cubría la cara grano a grano. Aterrorizada, abrió la boca para llamar a su amiga y tomar aliento. La tierra se coló dentro. Se atragantó con la tierra y el ruido que hizo debió de despertar a su compañera. Atrapada aún en el sueño, vio que Xena se levantaba y se acercaba para mirar mientras la tierra le cubría los ojos y la ahogaba. Pero esto sólo era un sueño. Eso lo sabía. Muy pocos de sus sueños eran proféticos. Entonces, ¿por qué tenía miedo?

Gabrielle se despertó. Algo le zumbaba en los oídos y le dolía el cuello. Unas manchas rojas flotaban ante sus ojos. Se frotó los párpados con los dedos. Los tenía fríos: la piel estaba helada y áspera por el polvo del suelo donde habían descansado. Con cautela, abrió los ojos. El sol le daba de lleno en la cara, aunque no había conseguido calentar la roca en la que estaba apoyada. Debían de haber pasado horas. Cómo no. Me he vuelto a quedar dormida, pensó avergonzada. Me siento a descansar mientras espero a Xena, cierro los ojos un momento y adiós, se burló de sí misma.

Aunque no le sorprendía. Dormía mal, aquí en la meseta, y se despertaba agotada y atenazada por una constante angustia. Tres noches en total, cada una plagada de pesadillas. Y ahora mismo había estado soñando. Al darse cuenta de esto, Gabrielle sintió que se le paraba el corazón y luego se le aceleraba. Estoy aterrorizada, pensó consternada. ¿Pero de qué? Cogió el odre de agua, para aclararse el mal sabor de boca, y miró a su alrededor. ¿Qué más daba si sólo se veían rocas desgastadas por el viento y hoyos con costras de nieve grisácea? Cosas peores había visto. ¿Qué más daba que si se habían acabado casi todas las provisiones? Sobrevivirían, Argo incluida. ¿Qué más daba si Xena había mostrado un empeño tan extraño de seguir esta difícil ruta, aunque era evidente que las desviaba de su camino? Por lo que ahora se había adelantado, para explorar, aunque la guerrera parecía impaciente cuando le dijo que esperara y descansara. ¿Qué más daba si su compañera se retrasaba? Ya volvería, tal vez con un conejo o dos. ¿Qué más daba si había tenido sueños? Gabrielle se detuvo: no recordaba los sueños. Sólo el miedo. Volvió a golpearla, con tal intensidad que tomó aliento con fuerza. El aire frío le abrasó los pulmones y le llenó los ojos de lágrimas.

Entonces oyó cascos. Argo regresaba: conocía el paso de la yegua y no había nadie tan necio como para estar aquí arriba. Se levantó y vio a Xena, que cabalgaba con escaso esfuerzo y expresión severa. Pero su compañera estaba contenta. Incluso a esta distancia, Gabrielle sabía lo que ocultaba ese ceño. Alivio. Hasta júbilo. ¿Ahora qué?, se preguntó, y luego agitó la mano. En el fondo de su corazón, el miedo soltó una risita maliciosa. No hizo caso y se concentró en Xena, que ahora se cernía por encima de ella. Cuando la guerrera, sin decir palabra, bajó una mano, la cogió y se dejó subir a la silla. A ver qué ha encontrado, pensó Gabrielle. En su interior surgió una nueva sensación y supo muy bien qué era. Una sensación de malos presagios.

Xena cabalgó dos horas, dirigiéndose hacia el norte y alejándose de su camino. El mediodía llegó y se fue. El sol, helado y blanco en lo alto del cielo, se deslizaba por encima de su hombro y proyectaba sus sombras bajo sus pies. Gabrielle advirtió sorprendida que estaba azuzando a Argo. El pelaje de la yegua estaba oscurecido por el sudor y sus flancos se agitaban como fuelles.

—Eh —dijo suavemente y luego volvió a intentarlo, apretando con más fuerza la cintura de la guerrera para llamar su atención.

—Paciencia, no tardarás en verlo —dijo Xena.

—No hay prisa. Tenemos mucho tiempo. Deja que Argo descanse un poco. —Notó que Xena tomaba aliento y luego se movía. Los nudillos de su amiga se pusieron blancos por un instante al tirar de las riendas. Argo aminoró el paso y luego se detuvo. Xena esperó a que Gabrielle bajara al suelo y luego desmontó con su gracia de costumbre.

—Lo siento, Argo. —Xena cogió un odre, se echó agua en la mano y luego la frotó por el hocico de la yegua—. ¿En qué estaría pensando? —se dijo a sí misma. Se volvió a echar agua en la mano y dejó que Argo bebiera. Gabrielle, que observaba, sintió una nueva acometida de miedo y repitió la pregunta en silencio.

Llegaron poco después. Gabrielle sofocó una exclamación al verlo.

—Qué preciosidad —dijo, cuando recuperó el aliento. Las palabras se alzaron en enjambre en su cerebro. Aturdida, las organizó. La tierra bajaba hasta un cráter que se perdía en el horizonte. El aire que subía de él era brumoso, como si fuera caliente. Se hinchaba hasta formar una cúpula que se estremecía y temblaba. Cada vez que se movía, por su superficie se arrastraban arco iris. Al mirar hacia abajo, vio verdor. Protegida y vibrante, una cubierta de verde exuberante.

—Vamos. —La cara de Xena la dejó atónita, de lo acalorada que estaba—. Te echo una carrera. —La guerrera se volvió, preparada para zambullirse en el bosque de abajo, a través de un hueco que había en las rocas que bordeaban el cráter.

—Espera. —Gabrielle tragó, saboreando de nuevo el miedo. ¿Qué pasaba aquí? ¿Un bosque? ¿En esta meseta cubierta de una tenue capa de musgo ralo y charcos coronados de enloquecidas capas de hielo?—. Algo va mal.

—¿El qué va mal? —Xena se volvió—. Por una vez, ¿no puedes olvidarte de los pros y los contras? Esto es un regalo, y ya sabes lo que dicen sobre los regalos.

Gabrielle lo sabía, aunque el caballo en el que pensaba fuera el de Troya.

—Está muy apartado de nuestro camino —fue lo mejor que pudo ofrecer como objeción. Todo lo demás sonaba directamente estúpido.

—Está al norte de nuestro camino, pero todavía podemos dirigirnos hacia el oeste. Y descansar un poco. Cazar, reponer nuestras provisiones. Ahí abajo habrá muchas presas. —Xena alargó la mano bruscamente, con la palma ligeramente doblada, señalando con el índice. El gesto de una conquistadora, pensó Gabrielle. El que les ponían a las estatuas. Intentó sacar a relucir sus dudas, pero su compañera se hartó repentinamente de hablar, se giró en redondo y salió corriendo sendero abajo.

Sí, ahí abajo habrá muchas presas. Ahora. Gabrielle se encogió al pensarlo, preguntándose de dónde se había sacado semejante idea. Le empezaba a dar vueltas la cabeza. Las rocas parecían dientes, lo cual quería decir que el sendero era una garganta, esperando para tragar. Se estremeció. Este lugar le repugnaba, pero Xena estaba ahí abajo, a la sombra de los árboles. Gabrielle irguió los hombros y se enrolló las riendas de Argo en una mano. Derrotada pero empecinada, siguió a su compañera, guiando a la yegua, y se hundió en el cráter.


El sol brillaba con fuerza en su sueño. Si miraba directamente hacia arriba, veía un cielo azul. A su alrededor, sin embargo, el bosque crecía. Se volvió despacio, observándolo todo. La corteza relucía como el cobre, las hojas colgaban como lascas de esmeralda. Unas flores inmensas parecían flotar sin peso, talladas en rubí y amatista, en topacio y nácar. Preciosas pero armadas, pensó Gabrielle: aquí, cada superficie podía rajar o golpear o perforar. Dentro de ella surgió una sensación que fue subiéndole por la garganta. Al hacerlo, el mundo empezó a dar vueltas. Al principio pensó que se había mareado, pero no tardó en captar la verdad. El bosque se movía a su alrededor. Las formas de los árboles habían cambiado. Las ramas se doblaban por los nudos, se estiraban de nuevo, se agitaban y huían. Las hojas eran alas que se desplegaban, brillantes como joyas en la superficie, polvorientas por debajo. Unos ojos compuestos se cerraron y luego se abrieron, clavados en ella, calculando la distancia. Cuando el bosque se abalanzó sobre ella, se atragantó con el miedo que le llenaba la garganta.

¿Por qué estaba tan cansada? Gabrielle se puso en pie con esfuerzo y alcanzó la parte que le correspondía de los pertrechos, con intención de recogerlos. Cuando se tambaleó, Xena, que estaba ensillando a Argo, miró por encima del hombro.

—Siéntate, Gabrielle.

Gabrielle la miró atentamente y luego se sentó. El frío se apoderó de su interior: el rostro de Xena carecía de expresión. Tal vez no quisiera decir nada, pero Gabrielle confiaba en sus instintos cuando se trataba de Xena. Se frotó los ojos. ¿Qué sería peor? ¿Hacer mal sus tareas o quedarse a un lado como una inútil? En cualquiera de los dos casos, Xena echaría chispas por dentro. Se quedó donde estaba y se puso a pensar en el día anterior.

Había hecho calor. Tal vez por eso se había sentido tan mal. Y aquí el aire estaba cargadísimo. Le encharcaba los pulmones, temblaba por los insectos, estaba repleto de polen. Le dolían los ojos de intentar ver a través de él. Todo lo que estaba a pocos pasos de distancia parecía estar detrás de una capa de agua o un cristal. Además, este sendero era muy difícil de seguir. Serpenteaba por el bosque y era fácil perderlo. Estaba atravesado de raíces, por lo que había que caminar con cuidado. Las ramas y las zarzas se cruzaban por en medio, enganchándole el pelo y la piel.

Xena lo atravesaba todo sin la menor dificultad. Mientras Gabrielle tropezaba y perdía el sendero, ella avanzaba por él como si fuera el camino de una conquistadora cubierto de pétalos de flores. Dejó a la yegua con la bardo y siguió adelante. Por el paso animado de la guerrera, Gabrielle sabía que Xena habría decidido caminar fuera cual fuese el estado del camino. Era evidente que le encantaba, a juzgar por el movimiento, por el paso, por la agitación de sus músculos al atacar y sojuzgar el camino. Incluso derrotaba a sus sombras. Allí delante, donde eran más densas, parecían rendirse ante el pelo negro y la armadura oscura de Xena, por lo que ésta parecía cada vez más alta y fuerte.

Gabrielle estaba cansada mucho antes del anochecer. Se detuvo un momento, con intención de llamar a Xena, pero su compañera ya había desaparecido tras un recodo del camino. Suspirando, metiéndose una mano por el pelo, que estaba empapado en sudor, la bardo siguió adelante, intentando no notar el dolor que le atravesaba los músculos y los costados. Se acordó con pesar de la meseta, de su aire despejado y gélido, y alzó el brazo para enjugarse el sudor de la frente. Le caían gotas en los ojos, que le escocían. Con la vista borrosa, dobló el recodo y vio aliviada que Xena estaba en cuclillas a unos pasos de distancia. A su alrededor brillaba una luz verde y el agua le acariciaba los pies. Un claro con un arroyo, un lugar para acampar esa noche, dijo Xena.

Había peces en el arroyo, pero aunque antes tenía hambre, Gabrielle comió poco. El pescado le sabía a gachas, y estaba agotada. No paraba de quedarse dormida y Xena la zarandeaba para despertarla. A la tercera, Xena se rindió.

—Puedes comer lo que sobre por la mañana, cuando te encuentres mejor —dijo, quitándole el plato de las manos—. Ahora vamos a ocuparnos de esto.

Gabrielle bajó la vista cuando lo dijo y se miró los brazos, las piernas dobladas por debajo de ella. Los tenía cubiertos de arañazos, casi todos leves y salpicados de gotitas de sangre, pero algunos profundos. Sintió una vaga sorpresa, porque no los había notado. Ahora observó mientras Xena mojaba un paño y le limpiaba las heridas. Lo hacía despacio, pero Gabrielle notaba que estaba incómoda. La bardo se encogió al darse cuenta y Xena reaccionó con una mueca. De todas formas, no se acercó más, sino que siguió arrodillada manteniendo la distancia.

¿Y esta mañana? Las cosas habían ido peor. No se podía tragar la comida y Xena mantenía una distancia aún mayor entre ellas. Gabrielle percibía ira en su compañera, e impaciencia, ambos sentimientos controlados apenas. Me va a dejar, pensó desesperada, pero el sentido común lo negó. Me quiere. Encontrará una forma. Pensando en esto, aunque llevaba levantada apenas una hora, notó que se iba quedando dormida y la primera caricia agobiante de un sueño.

El suelo sobre el que estaba echada estaba cada vez más caliente. ¿Un desierto? Abrió los ojos y vio arena que se alejaba en todas direcciones. Pero aquí y allá había rocas y, a su sombra, montones de nieve. Se levantó y un viento helado le azotó la piel. Se rodeó la cintura con los brazos, apretándolos con fuerza. Únicamente las plantas de sus pies seguían sintiendo calor. Bajó la mirada. El suelo se estaba rizando, se movía, parecía lleno de hoyuelos y grietas. De las grietas y los hoyos salieron unas diminutas formas negras, con muchas patas, que se agitaban buscando asideros. Se tambaleaban y tropezaban, extendiendo unos trapos húmedos y largos, que no tardaron en secarse. Estirándolos, las hormigas se hicieron legión y giraron como un torbellino, llenando el cielo. Éste se volvió del color de la leche, atravesado de arco iris. Aunque Gabrielle se tapó la cara, sintió que los insectos la invadían, taponándole la nariz y la boca. Cuando gritó, le llenaron el pecho y la consumieron.


Xena apagó el fuego pisoteándolo y echó tierra sobre los restos. A través de la neblina, distinguía el disco del sol que se alzaba por encima de los árboles. Iba a hacer calor, pensó. Otro día caluroso. Se estremeció, sintiendo que se le ponían los pelos de punta por toda la piel, y una descarga de excitación le atravesó la espalda desde el cuello hasta la rabadilla. Pero este clima estaba agotando a su compañera, haciéndola caminar más despacio, absorbiendo su fuerza y habitual animación. Xena dirigió la mirada hacia donde Gabrielle seguía sentada. La bardo se había vuelto a quedar dormida, con la cabeza caída hacia delante, las manos inertes, boca arriba sobre el regazo.

Xena se acercó, se acuclilló a su lado y le sacudió el hombro con fuerza.

—Despierta ya —le decía cuando los ojos de Gabrielle parpadearon y se abrieron por fin—. Tenemos que ponernos en marcha.

—Oh. —Gabrielle parpadeó. La vergüenza le sonrojó la piel, disimulando su extraña palidez—. Lo siento. Debo de haberme quedado dormida. —Se levantó, alargando las manos para sujetarse. Luego apartó las manos de golpe—. ¿Xena?

La guerrera luchó por relajarse. ¿Qué era esto? ¿Se había puesto tensa cuando Gabrielle la había tocado? ¿Qué me pasa?, se preguntó. Ahora mismo, ¿había querido despertarla de una patada? ¿Y anoche? Cerró los ojos un momento, recordando cómo se le había hecho la boca agua, cómo se le había calentado la piel mientras limpiaba la sangre, cómo había querido lamerla. Se estremeció, asqueada. En voz alta, dijo:

—Ojalá pudiera dejarte descansar un día, pero tenemos que seguir. —Alargó a su vez las manos y se sintió aliviada cuando sus dedos entraron en contacto con la piel de Gabrielle sin dificultad, de buen grado, sin asomo de asco. Ahora sí, se dijo a sí misma. Debe de ser este sitio. Me está afectando.—. Cuanto antes salgamos de aquí, mejor —le dijo a Gabrielle, y la bardo se estiró y luego se unió a ella mientras se dirigían hacia la yegua.

—Sí. ¿Qué ocurre con este sitio? ¿Por qué no hemos visto ni un solo ser vivo salvo insectos y árboles? —Gabrielle hundió la punta del pie en la tierra y miró a su alrededor, ceñuda.

Xena también miró. La tierra se abría un trecho y el camino era más llano. Podría montar en Argo. Se subió a la silla, contemplando lo que había a su alrededor. Seguía sin ver gran cosa. Árboles por todas partes y, donde no había árboles, brotaban matorrales y hierbajos, algunos de los cuales le llegaban a la cabeza. Y todo esto estaba aquí arriba, en lo alto de esta gélida meseta. Sí, algo iba mal, pero no sabía el qué. De modo que se encogió de hombros y no ofreció respuesta.

La bardo siguió hablando de todas formas, en voz baja, como si estuviera reflexionando por dentro.

—Es tan abrumador. Como si tuviera fiebre. Y parece tan... bueno, tan a la defensiva. —Seguía el paso de la guerrera, plantando la vara en el suelo con firmeza, moviendo los pies con un ritmo constante. Casi como la Gabrielle de siempre. Xena se permitió sonreír, apenas un leve movimiento de los labios y apenas un instante—. No —dijo la bardo, en voz aún más baja—, a la defensiva no. Es agresivo. Feroz. —Siguió adelante, paso tras paso.

Xena bajó la vista y miró a su compañera. De vez en cuando, el pelo dorado rojizo se apartaba un poco. Vio el arco de una mejilla pálida, manchada de polvo. Cuando Gabrielle guardaba silencio, tenía la boca cerrada y apretada. Tenía unos leves surcos en la comisura y uno más profundo que le subía hasta la nariz. La piel le relucía de sudor. Mantenía la mirada gacha, sobre los pies. Debería parar, pensó Xena. Debería obligarla a montar en Argo, al menos. La preocupación agitaba la superficie de lo que sentía por su bardo y estuvo a punto de agacharse, con el deseo de echarle el pelo hacia atrás, de acariciarle la piel.

Entonces la acometió una súbita oleada de impaciencia. Debilucha, susurró su propia voz dentro de su cabeza. Eso es lo que es. ¿Por qué te atas de esta manera? Conmocionada, atravesada por la vergüenza, hincó los talones hacia dentro. Argo salió al galope de inmediato.

—Voy a explorar —se obligó a gritar por encima del hombro. Pero en el momento en que se alejaba de la bardo al galope, algo en su interior se expandió y desplegó las alas con deleite.

Pronto guió a Argo hacia el norte, abandonando el sendero. Cuando la yegua se resistió, cegada por las hierbas, le golpeó los flancos con los talones, azuzándola. No tardó en tener las piernas salpicadas de espuma, pero continuó al mismo ritmo. El mundo era un túnel pardo de calor con algún que otro recodo, que la hacía avanzar disparada. Se echó a reír a carcajadas, sin querer detenerse jamás.

Entonces llegó a un río y tuvo que detenerse, aunque se moría por continuar. Por un instante, pensó que podía y se echó hacia delante. Pero Argo sacudió la cabeza, se movió de lado, relinchó y resopló. Xena saltó de la silla y corrió a la orilla, metió la mano en el agua, la recogió y se mojó la cara. A su lado, Argo se acercó. Acordándose en el último momento, agarró una rienda y se aseguró de que la yegua bebía despacio.

Por fin Xena se calmó y miró a su alrededor. Vio que el bosque empezaba de nuevo en la orilla opuesta y que, como el río trazaba una curva hacia el norte, no necesitaban cruzarlo. Se sintió decepcionada, y observó el río que pasaba ante ella. Estaba rebosante y arrastraba troncos de árbol, haciéndolos girar en sus corrientes. Xena sabía cómo se sentía, y como ella sentía lo mismo, se zambulló. Una vez al otro lado, estuvo a punto de no regresar, estuvo a punto de seguir adentrándose en el bosque a la carrera. Sabía que podía seguir para siempre, exigir esfuerzos infinitos a su cuerpo, embriagarse de sus maravillosas reacciones.

Entonces algo saltó en el río y volvió a caer con un chapoteo. Alerta, se volvió hacia las aguas y vio la mínima conmoción. Truchas. A su compañera le encantaban las truchas. Xena sonrió, se metió en el agua y se hizo con una cena para dos. Regresó nadando vigorosamente, saltó encima de Argo y luego se giró para volver. Domesticada y amaestrada, se burló su voz de sí misma. ¿Es que no quieres ser libre? Hizo oídos sordos y regresó al galope.

Gabrielle seguía caminando. De lejos Xena observó a la pequeña figura que avanzaba penosamente envuelta en su propia polvareda. Algo la golpeó y se oyó a sí misma gruñir por puro reflejo. Cabalgó hasta la bardo, que se detuvo y la miró, pálida y jadeante. Xena suspiró y luego la subió al caballo.

—Puedo andar. Argo no podrá con las dos con este calor —dijo Gabrielle cuando se le calmó la respiración. Había tardado un poco. Tenía la voz ronca de agotamiento.

—Descansa —dijo Xena con aspereza. Intentó suavizar el tono—. Todas nos las arreglaremos. —Notó que la mujer menuda se relajaba, notó que su propia tensión empezaba a ceder. La impaciencia se apoderó de ella, un deseo de ponerse en pie y correr. Entonces la cabeza de Gabrielle se acomodó en su hombro al quedarse dormida y la guerrera logró recuperar el control de sus sentimientos. ¿Qué está pasando?, se preguntó Xena. ¿Por qué yo no me canso nunca y ella se va debilitando cada vez más? Pero la única voz que contestó se burló de ella por traicionar su fuerza preocupándose por la debilidad. Luchar contra ella la dejó cansada al final.


En este sueño, se despertó de nuevo por la sensación de sofoco. Debo de estar bajo tierra, pensó la bardo atontada, e intentó mover los brazos, luchar contra lo que la sujetaba. El tacto le dijo, así como la luz verdosa que se filtraba cuando abrió los ojos, que en cambio estaba envuelta en unas gruesas y jugosas parras. Unos aromas densos salían flotando de unas flores cuyos pétalos bermejos pendían lacios y le acariciaban la cara. Por sus venas corría un líquido más oscuro. Había sido abandonada aquí: tal vez incluso la habían atado. Se sentía enferma de miedo y desolación. Atragantándose, mordió un tallo que parecía intentar meterse a la fuerza en su boca. Algo que sabía a cobre le resbaló por la lengua. De repente salió despedido un chorro rojo que le manchó la piel y todo lo que veía. Sangre, pensó. Mi sangre.

Xena observaba a Gabrielle. La luz de las brasas moribundas del fuego acaloraba el rostro de su compañera, iluminando el sudor reluciente. ¿Qué acababa de farfullar ahora mismo? ¿Algo sobre sangre? Xena se estremeció. Ya era la segunda noche. Mientras Gabrielle apenas se había despertado desde ayer, la guerrera no había dormido en absoluto. Horas atrás, había encendido una hoguera, había preparado té y algo de comer, había obligado a comer un poco a la bardo, sin dejar de agitarse inquieta, deseando estar en otra parte, en cualquier otro lugar. Cuando Gabrielle dejó de masticar y volvió a quedarse dormida allí sentada, Xena apenas se había preocupado de tumbarla en la manta antes de alejarse a grandes zancadas.

Durante un rato, su deseo de moverse se conformó con dar vueltas en torno a su campamento, pero esto no duró mucho. Se sentía como un caballo sujeto por una cuerda, azuzado para galopar, pero obligado a quedarse siempre en el mismo sitio. Dio otra vuelta y luego otra y de repente, sin poder evitarlo, se rindió y salió corriendo, regresando por donde habían venido. Despreciando el sendero y sus recodos, se metió directamente en el bosque. Poco después llegó al borde de rocas que rodeaba esta tierra inquietante, sudando apenas.

Ahora había vuelto y seguía sin sentir el menor cansancio. Se sentía más fuerte, en todo caso. Pero tenía mucho miedo. ¿En qué había estado pensando? En Gabrielle no, ni un solo segundo durante esa carrera. Tampoco en sí misma, sino tan sólo en correr, en ser libre. Miró a la bardo. Sería tan fácil abandonarla. Darse la vuelta y desaparecer en el bosque.

—Pero se morirá —susurró, sin dirigirse a nadie.

Pues ahórrale ese sufrimiento, replicó alguien, y su mano se cerró y se movió, flotando sobre la empuñadura de su espada. Así serás libre. Sí, formaría parte del bosque y sería libre. Apretó la mano, se quedó mirando el puño que había cerrado. Entonces Gabrielle se movió, se agitó inquieta y gimió. Por la costumbre, Xena se adelantó y alargó una mano.

En cuanto tocó el pelo de la mujer más joven, en cuanto le apartó un mechón de la frente, su mano lo supo. Le resultaba tan imposible cortarse a sí misma como hacerle daño a Gabrielle. Esto calmó a Xena. Apoyó los nudillos ligeramente sobre la mejilla de su compañera y bufó al notar el calor. La bardo estaba ardiendo. Cogiendo el odre de agua y mojando un paño, le enjugó la cara con delicadeza, concentrándose en la tarea, en la realidad de la presencia de Gabrielle y su necesidad.

Gabrielle gimió de nuevo, farfulló palabras ininteligibles, aunque Xena creyó oír su nombre. Entonces la bardo se quejó, se retorció, atacó con las manos. Xena se las agarró y se las sujetó.

—Despierta, Gabrielle. Despierta. Sólo es un sueño. —Lo dijo una y otra vez, y aunque la bardo se tranquilizó, no se despertó. A Xena le entró el miedo de que nunca se despertara.

Con la primera luz del amanecer, se dio cuenta de que los ojos de la bardo estaban abiertos y se encontró con la mirada febril de Gabrielle.

—Ayúdame, Xena. —Su voz era seca y frágil, como una hoja muerta—. No puedo despertarme.

En su sueño, veía a Xena correr. La guerrera corría sin parar, sin cansarse, a través de los densos grupos de árboles como si atravesara amplias avenidas, no estrechos senderos. La veía, al parecer, desde todas las direcciones a la vez. Como si fuera una hoja de los árboles ante los que pasaba Xena, como si fuera el musgo de una piedra que tocaba el pie de Xena. A su alrededor crecía una sensación de saciedad. Algo se había excitado, algo se estaba saciando. La tierra se agrupó, maduró, creció más. Gabrielle se dio cuenta de que lo sabía porque ella era la tierra. Porque había sido devorada viva por la tierra.

Xena preparó a Argo, asegurando sus alforjas rápidamente. Acarició las orejas de la yegua.

—Síguenos —susurró en la más cercana, con la esperanza de que la yegua pudiera hacerlo. Luego volvió a Gabrielle y la levantó en brazos. Los ojos de la bardo se habían vuelto a cerrar. Yacía en silencio. Xena, agachando la cabeza, apenas oía los latidos de su corazón. La inundó una oleada de pánico, pero la contuvo. Con Gabrielle en brazos, echó a correr.

El bosque se espesó ante ella. Los árboles le hacían frente, alargando las ramas, agitando las raíces. Siguió corriendo, esquivando y girando, con pie firme a pesar de las trampas. Entonces el bosque cambió de táctica, la halagó, le inyectó más de su fuerza, intentando drogarla, susurrando: Únete a mí, comparte mi fuerza. Ella utilizó esa fuerza, alimentó sus músculos con ella, sujetó a la bardo con más firmeza, corrió aún más rápido. El bosque intentó engañarla, volviendo el sendero sobre sí mismo, con intención de tragárselas a las dos. El oeste está por ahí, se dijo a sí misma, y se abrió paso hacia allá.

Cuando la tierra empezó a subir, supo que estaba cerca del borde.

—Casi estamos fuera —le susurró a su compañera—. Aguanta.

La ladera se hizo empinada y luego más empinada aún. A Xena se le resbalaban los pies en la tierra blanda y redujo la velocidad, buscó roca desnuda y se dirigió hacia allí. Se sentiría más segura con eso bajo los pies. Comprobó cómo estaba Gabrielle y notó su pulso acelerado y débil bajo los dedos. Sintió un ataque de rabia y levantó a la bardo, echándosela al hombro. Después, empleando una mano y los pies, trepó hasta el borde del cráter.

A este lado también había piedras, altas y blancas. Se dirigió hacia ellas, pensando que las cruzaría en pocos segundos, pues aquí la ladera se nivelaba y se convertía en un borde de tierra negra. Pero no logró acercarse a ellas. Un paso, un segundo y sus pies se pegaron a la tierra. La luz disminuyó y el tiempo se hizo más lento. El corazón le palpitaba en las sienes, le sacudía los huesos, que clamaban por liberarse de su carne. El peso de Gabrielle la hundía y cayó de rodillas, depositando a la bardo en el suelo justo delante de ella. Luego alzó la mirada al cielo y gritó.

No puedes marcharte, le susurró la voz, cuando acabó y pudo oírla. Ya eres parte del bosque. Has absorbido su fuerza. Ahora es parte de ti. Se quedó rígida mientras detrás de ella algo abría la boca, disponiéndose a tragárselas. Xena sollozó. Miró la cara blanca de su compañera. Date la vuelta y regresa, oyó en su cabeza. Líbrate de tu carga. Saborea tu conquista. Su risa se burlaba de ella.

Xena dejó de luchar con el bosque y permitió que su fuerza salvaje corriera a través de ella. Sus pensamientos adquirieron poder y estallaron en llamaradas. A través de la deslumbrante erupción, descubrió un posible camino.

—Le voy a dar conquista. —Desenvainó la espada—. La debilidad le da asco. Dale lo que quiere. —Agarró con fuerza la empuñadura—. Aliméntalo. Distráelo. —Descargó la espada, vio cómo rajaba la carne, vio cómo brotaba la sangre y empapaba el suelo.


El verano había empezado en las laderas de la meseta. Aquí abajo la hierba crecía en matojos de briznas finas y dulces, salpicada de gencianas y jaras. Argo la olisqueó y bailó como una potrilla y luego se revolcó en el césped. En hoquedades protegidas sesteaba el enebro, verde azulado a la luz del sol. Los serbales se aferraban a las grietas de la roca y colonizaban barrancos que se cernían sobre arroyos crecidos. Más abajo había grupos de abedules plateados, que cubrían el suelo con sus sombras.

Gabrielle lo observaba todo atentamente. La ayudaba a disipar los retazos gélidos de los sueños que todavía llevaba consigo. La acusaban, mostrándole el invierno que se había abatido sobre la tierra de arriba, las brumas que se habían posado como escarcha de la noche a la mañana y se alzaban como niebla por la mañana, el hielo que cubría las charcas. De noche era más difícil luchar contra ellos. Entonces veía hongos que se secaban como costras y se reducían a polvo, hierbas que perdían el color y se marchitaban, crujiendo y sacudiéndose al viento, hojas que se oscurecían y temblaban, morían y caían. Lo ha hecho por ti, vociferaba la tierra en sus sueños. Es culpa tuya. Gabrielle se estremecía y se despertaba, temiendo que fuese cierto.

En un claro junto a una charca cerca del pie de la meseta estaba sentada Xena, totalmente inmóvil, mirando sin ver. Una brisa que olía a madera quemada agitó la superficie de la charca, provocándole temblores y moviéndole el pelo al pasar. Gabrielle vio que se apartaba los mechones. Entonces la bardo volvió a prestar atención a su hoguera. Ahora que el agua estaba caliente, podía hacer té. Salía vapor de la taza y lo olisqueó, frunciendo el ceño. Cogió un paquetito y le quitó la envoltura. El panal que apareció seguía repleto de miel y derramó un poco en el té. Así estaba mejor, pensó, rascándose el brazo. Dos picaduras irritadas y enrojecidas mostraban el precio que había tenido que pagar a las abejas.

Dejó que el té se enfriara, un poquito, y luego se acercó y se sentó al lado de su compañera, mirándola a la cara.

—Toma. —Le ofreció la taza. Cuando Xena no reaccionó, dijo, dulcemente—: Se va a enfriar.

La guerrera salió de su trance. Cogió la taza y la olió, luego se la llevó a los labios. Bebió un pequeño sorbo y luego otro. Guardando silencio, Gabrielle esperó a que terminara el té, luego se inclinó y recogió la taza.

Xena la miró.

—¿Te han picado? —preguntó.

Gabrielle le enseñó el brazo.

—Poca cosa. —Regaló a su compañera una sonrisa alegre.

Xena contempló las picaduras y luego su cara.

—Gracias. —Su rostro se relajó un poco. Al cabo de un momento, con dificultad, le devolvió la sonrisa a Gabrielle.

La bardo se apoyó un instante en ella y luego habló con tono práctico.

—Bueno, vamos a cambiar ese vendaje. ¿Vale?

Xena se levantó y regresó a la hoguera, donde se quedó mirando a Gabrielle mientras ésta preparaba un cuenco con agua caliente y unos paños. Hecho esto, le presentó el brazo. Despacio, Gabrielle desató el nudo y luego desenrolló el vendaje, humedeciendo la parte más interna. Respiró hondo justo antes de apartarlo. La herida era profunda. Recordaba sus bordes inflamados y húmedos, de un rojo reluciente, que estaban justo debajo del trapo que Xena había usado como torniquete.

Pero al retirar el paño, suspiró aliviada. La conocida magia de Xena se había impuesto de nuevo. La herida parecía limpia y la carne de alrededor sana. Apenas habían pasado dos días y la cosa estaba casi curada. Gabrielle examinó atentamente sus puntos pequeños y cuidadosos mientras los lavaba, poniendo en orden sus ideas. El brazo de Xena estaba bien: ¿y Xena? ¿Cómo podía hacer que hablara?

Al final, dijo lo que había tenido en la punta de la lengua desde que se despertó a salvo fuera del bosque.

—¿Preferirías haberte quedado?

Cuando Xena no dijo nada, notó que se le llenaban los ojos de lágrimas. Pues sí que le vas a ser de ayuda, se recriminó a sí misma, escandalizada por sus dudas y sus miedos. Mantuvo la cabeza gacha y notó que le caían las lágrimas por las mejillas y quiso secárselas, pero esperaba que la guerrera no lo notara.

Lo primero que advirtió fueron los dedos de Xena, que le enjugaban dulcemente las lágrimas. Luego su voz.

—De lo único de lo que estaba segura era de que quería quedarme contigo —decía Xena.

Gabrielle notó su propia sonrisa y levantó la mirada, para compartirla. Pero quedaba más por decir.

—¿Sientes que te has dejado algo allí? —indagó delicadamente.

Xena miró hacia dentro.

—No. —Luego bajó la mano y se la apretó con fuerza con la otra—. Por eso tengo miedo, Gabrielle.

Gabrielle se acercó todo lo que pudo, envolviendo las manos de Xena con las suyas.

—Dime —le insistió.

—Tengo miedo de haberme traído aquello con lo que entré y que eso haya envenenado ese lugar. Que lo que ocurrió fui yo. —Ahora lloraba.

Gabrielle le estrechó más las manos. Di algo, se gritó a sí misma, di algo para arreglar esto. Notó que Xena temblaba y tomaba aliento con fuerza, tensando los músculos, preparada para moverse. Va a huir, sólo por salvarte. Tienes que detener esto.

Las palabras acudieron a su lengua sin pensarlo.

—Nos sacaste a todas. A Argo, a mí y a ti misma. Fuiste tú quien nos salvó.

—Te puse en peligro. —Xena tenía los ojos clavados en sus manos, pero se quedó quieta—. La oscuridad de mi interior se sentía cómoda en ese sitio. Y no la he dejado atrás. Quería cortármela. Cuando le devolví al bosque lo que me había dado, también intentaba hacer eso. Pero no pude.

Gabrielle recordó la profundidad del corte y se estremeció.

—No. El peligro era ese sitio. No tú. —Soltó una mano y la empleó para agarrar a Xena de la mandíbula y alzarle la cabeza. Cuando Xena se quedó mirándola, prestándole atención, dijo—: Si te hubieras dejado algo allí, yo volvería a buscarlo. ¿Comprendes? —Se sorprendió a sí misma con su vehemencia.

Xena abrió mucho los ojos.

—Gabrielle —dijo suavemente—. ¿Cómo puedes decir eso?

—Lo digo en serio. —Gabrielle se obligó a hacer una pausa. Esto era demasiado importante para decirlo deprisa—. Tú no constas de un lado bueno y otro oscuro, Xena. No eres dos personas, una buena y otra mala. Eres una persona que ha conquistado su oscuridad, como has conquistado esa tierra. No serías tú misma sin ella.

Miró a Xena mientras ésta absorbía cada palabra y le daba vueltas con cuidado. Cuando estuvo segura de que su compañera estaba preparada, añadió:

—Y te quiero. Entera. —Y luego aguantó el aliento.

Xena no dijo nada durante un rato. En cambio, sonrió alegremente. Luego preguntó:

—¿Qué tal si me pones otra venda? —Levantó el brazo herido, enarcó una ceja y consiguió parecerse a Argo cuando exigía una golosina.

Gabrielle se acordó de respirar. Cuando supo que podía, replicó:

—Vale. No te muevas.

Bajo la mirada incrédula de Xena, cogió el panal y derramó miel en una tira de tela limpia.

—¿Preparas una cacería de osos? —preguntó Xena—. ¿Conmigo como cebo?

—¿Te acuerdas de la sanadora de esa última aldea donde estuvimos? Me lo dijo ella. Me dijo que detiene las infecciones y hace que el vendaje sea más fácil de quitar después. Llevo un tiempo queriendo probarlo. —Gabrielle levantó la mirada y vio que Xena había apartado el brazo—. Hazme el favor —sonrió—. Al fin y al cabo, no es que no puedas arreglártelas con uno o dos osos.

—Me gusta más con el té —refunfuñó Xena. Pero bajó el brazo y se lo ofreció.

—Hala —dijo Gabrielle, cuando terminó—. Ya está. Quién sabe, a lo mejor estamos entrando en los anales de la medicina.

Xena se miró el brazo y luego a su amiga.

—¿Xena, la cobaya guerrera? —dijo con tono ofendido.

Gabrielle se rió y luego, insegura, bajó la mirada.

—Tendría que habértelo preguntado primero. —Intentó hablar con un tono más alegre—: No tengo por qué incluirlo en la historia.

Xena apoyó las manos en los hombros de Gabrielle y agachó la cabeza hasta que su frente tocó la de la bardo.

—Qué va —dijo—. Esto es cosa de las dos.


FIN


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