Que viene el lobo

Mary Morgan



Descargo: Xena y Gabrielle pertenecen a Renaissance/Universal/MCA.
Mary Morgan

Título original: Cry Wolf. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


Se alegró de que estuviera oscuro al despertarse. La luz del día la confundía. Era demasiado brillante, demasiado deslumbrante. Las luces puras y las sombras absolutas le destrozaban la vista. La necesidad la obligaba a moverse por el día, pero lo prefería para dormir. La noche era mucho mejor. Entonces el paisaje relucía en tonos plateados y dorados. Las sombras estaban llenas de ricas tonalidades, tostadas con tonos secretos que no se pueden empañar. No se le escapaba un detalle cuando caía la noche. Sus demás sentidos estaban igual de aguzados. Era capaz de oír la aguja de un pino al caer en el bosque, oler una presa a media noche de distancia.

Se levantó y se estiró. Sus poderosos músculos respondieron. Tendió el hocico y saboreó el viento. Lo que olió le hizo retirar los labios hasta que sus dientes soltaron destellos blancos a la luz de la luna, le estremeció el lomo, poniéndole de punta los ásperos pelos. Los olores atravesaban la oscuridad a oleadas y la llamaban. Saltó por el aire y por un momento dejó que la dulce locura la controlara. Aquí estaba el morado de la sangre, allí el gris tormentoso de la manada. Ambos la arrastraban ahora. La veloz marea de la noche se arremolinaba a su alrededor y en su interior.

Pero algo la contuvo. Algo en el fondo de su mente la obligó a calmarse, la obligó a serenarse de nuevo. Al perder la embriaguez de la oscuridad, la debilidad se apoderó de ella. No había comido desde hacía mucho tiempo. Algo le impedía cazar y alimentarse. Su hambre se alzó y estuvo a punto de dominarla, pero consiguió controlarla. Otro olor le había llamado la atención. Lo había seguido hasta aquí y lo seguiría más lejos. Dorado, cautivador, la apaciguaba y evocaba susurros de algo llamado hogar.


La yegua era preciosa. Musculosa, compacta. Andreas se agachó, pasó la mano por el pelaje, luego por la pata delantera.

—Se pondrá bien —dijo, por encima del hombro—. Sólo es un tendón torcido. Un poco de linimento y una cataplasma y, sobre todo, uno o dos días de descanso y estará como nueva. —Se levantó y se volvió para mirar a la mujer pelirroja y escuálida que había traído a la yegua—. ¿Quieres que me ocupe de ella? —preguntó. Ella asintió, con alivio evidente en su cara pálida. Luego su expresión se ensombreció. Metió la mano en su zurrón y sacó una bolsa. Echándose el contenido en la palma de la mano, la alargó hacia él, con las cejas enarcadas y la cabeza ladeada—. Eso es más que suficiente —dijo él, sonriéndole. Ella se puso aún más pálida y se sentó de golpe en una bala de paja. Cuando levantó la mirada, él vio que tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Mm —gruñó, incómodo, sintiéndose más enorme y torpe que de costumbre. Tomando una decisión, carraspeó—. ¿Te apetece comer algo? —Ella asintió y luego volvió a parecer dudosa—. Tengo mucho —dijo él. Era cierto. Le daban bien de comer. Incluso le pagaban. Dinero sangriento, lo llamaba él; como si con eso pudieran pagarle lo que le debían. Se acercó a ella cojeando, alargando el tosco plato de madera para que pudiera coger un trozo de pan de centeno, un pedazo de queso de cabra. Se dio cuenta por la forma en que los atacó de que llevaba días comiendo muy poco. Medio muerta de hambre, pensó. Pero se ha ocupado de la yegua. La observó mientras comía, con pulcritud pero deprisa. Pobre chiquilla, pensó, sintiendo una fuerte punzada de culpabilidad. Aumentó cuando ella lo miró de frente y sonrió. Era una sonrisa muy dulce. Debería decírselo, decidió, sorprendiéndose a sí mismo. Si se da prisa y se marcha por la puerta de atrás, puede que consiga escapar.

Pero lo había dejado para demasiado tarde. La herrería se oscureció cuando unas figuras bloquearon la puerta. Oppides y dos de los gandules que pasaban demasiado tiempo en su posada. Avanzaron hacia la mujer, arrinconándola, rodeándola.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Oppides. Frunció el ceño cuando ella alzó las cejas e hizo un gesto negativo con la cabeza.

—No puede hablar —dijo Andreas rápidamente. Se ganó un mal gesto, pero luego lo que había dicho acabó calando.

—¡Muda! —El posadero sonrió. Miró a sus amigos, invitándolos a compartir la broma—. Pues tanto mejor —le dijo a la mujer, alargando la mano hacia su mejilla—. Las mujeres silenciosas son las mejores esposas.

Aulló cuando ella lo mordió, y echó el brazo hacia atrás preparado para golpearla. Andreas se movió primero, empujando al posadero, pero haciendo que pareciera que simplemente había intentado quitarse de en medio.

—Ten cuidado, cojo —bufó Oppides. Estaba a punto de golpear al herrero, pero la pelirroja se escabulló entre los dos y corrió a la puerta, cogiendo su vara por el camino. Esquivó a Milos y golpeó a Sentes con fuerza en la rodilla y luego salió disparada a la plaza.

Podría haber escapado, pensó Andreas más tarde, si la luz no la hubiera deslumbrado. Lo que pasó fue que se estampó contra Asmonia, que había estado esperando a su marido, cruzada de brazos.

—Es que no puedes hacer nada bien, ¿verdad, Oppides? —dijo, mirando a la mujer, que sacudía la cabeza, medio atontada. Alargó una mano fuerte y agarró un mechón de pelo rojo y luego tiró de él hasta que la mujer quedó de puntillas y pudo mirarla directamente a los ojos—. No hagas caso de mi marido —dijo con una sonrisa impúdica—, es de mí de quien tienes que preocuparte. —Dejó pasar un momento y luego golpeó a la mujer con el puño—. Así que más te vale hacerlo —dijo, soltándola y dejándola jadeando y retorciéndose en el suelo.

Esa noche, Andreas fue renqueando a la posada a su hora de siempre y se sentó en su rincón de siempre. Al cabo de un rato, llegó su plato de siempre, consistente en carne cocida y pan de centeno. Lo traía la mujer menuda. La miró de reojo y se encogió de dolor. Tenía la piel pálida cubierta de moratones y un corte fino en la comisura del labio. Volvió a sentirse culpable, pero desconcertado. ¿Qué podía hacer? Había pensado en intentarlo, ¿no? Hasta ahora nunca lo había hecho. Y no habría servido de nada. Por supuesto. A él nunca le ocurría nada bueno. Ni a esta aldea. Abrumado por el asco hacia sí mismo, agachó la cabeza y evitó mirarla a los ojos. Tenía miedo de que lo acusaran.

Cuando sólo le quedaba un último trozo de pan y rebañaba la salsa con él, Oppides se plantó a su lado. Le puso delante una jarra llena de cerveza.

—Invita la casa, herrero —dijo—. Buen trabajo el de hoy. —Señaló con la cabeza a la mujer, que estaba al otro lado de la sala de la posada, recogiendo platos sucios—. ¿Sabes qué? —Le apestaba el aliento a cerveza rancia—. Es cierto que no puede hablar. Asmonia le ha dado un buen repaso, pero nada, ni un ruido. —Le dio una palmada a Andreas en el hombro y volvió detrás de la barra. El herrero se movió inquieto, rodeando la jarra con las manos enormes y callosas. Deseó poder tirar la cerveza al suelo, pero se darían cuenta. De modo que se la tragó a toda prisa. Sabía a herrumbre.

Tenía planeado marcharse inmediatamente, pero entonces llegó el consejo del pueblo. Asmonia salió corriendo, dando órdenes a Oppides para que juntara unas mesas, le dijo a la mujer que trajera una jarra de cerveza buena para cada uno de los consejeros y se acomodó en medio de ellos. Andreas sabía lo que quería decir esto. Habían venido para hablar de lo que iba a ser de la mujer. Como medio esperaba, a ella le dijeron que se fuera mientras hablaban de ello, pero él se quedó en su rincón y escuchó.

—¿Puede haber algún problema con ésta? —le preguntó Demades a Asmonia.

—No. Nada que temer. Ni siquiera puede hablar. Tenía sólo dos dinares en la bolsa y la ropa destrozada.

—¿Y si es una esclava fugada? —dijo Demades preocupado.

—No es probable. No sabe obedecer y no tiene marca de collar. —Asmonia estaba colorada y sudaba a la luz ahumada de la posada. Andreas supuso que ya le llevaba varias jarras de ventaja al consejo.

—¿Y es virgen?

—Pues no. —Asmonia, consciente de que esto era un defecto, se extendió más—. Pero no puede tener marido. ¿Quién dejaría que su mujer vagase por los caminos de esta forma?

Oppides se acercó apresuradamente y le dio un beso sumiso.

—Nadie que la quiera, querida —dijo.

—Bueno, entonces tiene lo que se merece. —Demades sonaba como si estuviera intentando convencerse a sí mismo.

—Justo. Una mujer vagando sola por el camino en una región remota como ésta. No es decente. Está mejor casada —masculló uno de los consejeros. Andreas se sonrojó. Él mismo medio lo había pensado.

—En cualquier caso, estamos de acuerdo. El pueblo necesita sangre fresca. No hay suficientes mujeres y las que hay no duran mucho. —Era evidente que Oppides se sentía más seguro que de costumbre esta noche—. Salvo las mejores, por supuesto —añadió apresurado.

Andreas pensó que el posadero tenía razón en parte. El pueblo estaba aislado, rodeado de bosques, y su ganado era presa de los lobos. La vida era dura aquí y casi todos los granjeros eran solteros o viudos. Había pocos niños que pudieran ayudar con el trabajo. Rara vez llegaban buhoneros y nadie más venía aquí por voluntad propia. Por supuesto, tenían herrero, pero sólo porque se habían asegurado de que no se pudiera marchar.

Al pensar en esto y permitirse sentir el familiar dolor de los tobillos, no oyó el resto de la discusión claramente, pero reconstruyó lo que habían decidido con bastante facilidad. La mujer se quedaría con Asmonia unos días.

—Para domarla —oyó que decía Demades riendo entre dientes.

Luego los solteros se la echarían a suertes. ¿Y el caballo? Lo llevarían al mercado de Birubas la próxima primavera y se repartirían los beneficios.

—Es lo justo —dijo Asmonia—. Vamos a tener que darle de comer todo el invierno.

Después de eso, fue a buscar a la mujer.

—A ver lo que tenemos —le explicó al consejo. Bajó a los pocos minutos, hecha una furia—. Se ha escapado. —Se volvió a su marido—. ¿Por qué no has cerrado la puerta de atrás?

Resultó que sí la había cerrado. La mujer se había escapado por una ventana.

—Esa zorra se lo tiene merecido si se la comen los lobos —masculló Oppides, por lo bajo.

Andreas, que observaba mientras Asmonia organizaba un pelotón a la mañana siguiente, deseó poder hacer algo para ayudar. Pensó que ese aspecto sumiso debía de ser engañoso. La mujer había estado haciendo tiempo, esperando una oportunidad para escapar. Por un momento, tuvo la esperanza de que lo consiguiera, pero luego Sentes trajo a sus sabuesos y supo que estaba perdida. De cuello grueso y pecho amplio, los perros nunca perdían un rastro y podían correr un día entero sin descansar. Esperaba que Sentes los llevara con correa, al menos, aunque ahora mismo a Sentes le hacían falta todas sus fuerzas para controlar a las bestias. Desolado, decidió seguirlos de todas formas. Era evidente que no podría seguir el ritmo de la cacería, pero si se empeñaba, podría llegar a tiempo de hacer algún bien cuando la alcanzaran.

La atraparon justo antes del anochecer. Andreas los alcanzó cuando registraban el bosquecillo donde los perros los habían guiado por fin. Los cazadores estaban cansados y de mal humor. La mujer les había hecho esforzarse mucho, dejando rastros falsos, volviendo sobre sus pasos, atravesando agua siempre que podía. Pero éste era su territorio y los perros eran implacables. Salió de su escondrijo justo antes de que llegaran al matorral donde se había ocultado, pero ahora había hombres por todas partes y estaba agotada. Zigzagueando y escabulléndose, corrió hasta que alguien se lanzó a sus piernas y la derribó con un golpe.

Mientras, Asmonia la observaba pensativa. Se le puso una expresión calculadora al repasar lo que había ocurrido.

—¿Qué has escondido ahí? —le preguntó. La mujer menuda, jadeante aún, sacudió la cabeza, abrió los brazos, diciendo con gestos "Nada". Asmonia sonrió. Entrecerró los ojos—. Vamos a verlo —dijo, con dulzura. Cuando Andreas vio la desesperación en el rostro de la mujer menuda, supo que la mujer del posadero tenía razón, una vez más.

Salió con un gran fardo. Algo envuelto en un manto. Colocándolo en el suelo delante de su cautiva, retiró un poco el manto y miró lo que había dentro.

—Bueno, ¿qué has estado haciendo? —le preguntó a la mujer menuda—. ¿Robar a los muertos? —Agarró un borde de la tela y tiró. El fardo se desenrolló y cayeron piezas de armadura, una espada y una cosa redonda de bordes afilados—. No está bien despojar a los guerreros muertos. No eres tan inocente, ¿verdad? —Estaba inclinada sobre ella mientras hablaba.

La mujer levantó la mirada. Se le había puesto la cara de un rojo encendido. Luego se puso pálida y sus ojos soltaron destellos de rabia. Miró a Asmonia a los ojos y le sostuvo la mirada, impávida. La mujer del posadero retrocedió un paso. Luego se controló, se plantó ante la pelirroja y le dio un puñetazo que la tumbó en el suelo.

—Considérate afortunada de que no te cortemos los tendones como a Andreas —dijo, con mucha suavidad—. Pero un hombre necesita a una mujer que pueda trabajar en los campos, así que considérate afortunada. —Tras eso, la mujer del posadero regresó al pueblo a grandes zancadas, llevándose el fardo y dejando que los hombres trajeran a la cautiva de vuelta.

Oppides fue el primero en acercarse a ella, de pésimo humor. Echó el pie hacia atrás, preparado para levantarla de una patada.

—¿Habéis oído eso? —gritó Andreas. Oppides se tambaleó, se giró y miró furioso al herrero—. Justo ahora... aullidos. Parece una manada en marcha —continuó Andreas. Se agachó y levantó a la mujer, notando sus huesos a través de la tela de su camisa. Después se quedó tercamente a su lado, cojeando más despacio que nunca para seguir el paso vacilante de ella.

Le dieron una paliza por lo que había hecho y la encadenaron y dejaron sin comer durante dos días. Andreas se obligó a mirar, se obligó a observar mientras trabajaba como una mula en la posada, visiblemente debilitada, arrastrando los pies por el peso de los grilletes. No cerrar los ojos ante lo que estaba pasando era lo mínimo que podía hacer. Luego regresó a su herrería. Él había hecho esas cadenas, pensó. Calentó hierro, cogió un martillo con las manos, golpeó la blanda masa dorada sobre el yunque. El ritmo del trabajo lo tranquilizaba. Lo trasladaba a un sitio donde podía vivir consigo mismo.

Pero por la noche, se quedó despierto pensando. Al amanecer del tercer día, ya no pudo soportarlo más. Esperó a que hubiera luz suficiente para ver, salió de su herrería y se dirigió despacio a la parte trasera de la posada. Hacía frío. Soplaba un viento helado del norte que agitaba las hojas secas y aullaba como una manada de lobos. Encogió los hombros y apretó el paso.

—¡Eh! —susurró por la ventana. Algo se movió en las sombras al fondo de la habitación y vio cómo se apartaba de un camastro revuelto y se levantaba, temblando. Tampoco ella dormía, supuso—. Acércate —murmuró. Pero ella sacudió la cabeza y le mostró las manos, que estaban atadas. Tenía la piel irritada y levantada alrededor de la cuerda. Había estado intentando soltarse. Ahora que ya se le habían acostumbrado los ojos, vio que un extremo de la cadena que le rodeaba los pies estaba suelto y sujeto a una anilla de la pared. Profundamente avergonzado, mostró la hogaza de pan que había traído. Ella asintió y él se la lanzó. Rodó por el suelo y se detuvo fuera de su alcance. Pero ella le sonrió a pesar de todo—. Lo siento —musitó él, intentando pensar en algo mejor que decirle.

Ella se había puesto de rodillas y se estiraba intentando alcanzar el pan y de repente, el aullido los dejó paralizados a los dos. Andreas se volvió en redondo, a punto de perder el equilibrio. Pensó que salía del establo. Había algo ahí dentro. Con la yegua. Se dirigió hacia el ruido, maldiciendo sus piernas, maldiciendo a los aldeanos por dejarlo tullido. Perdió el equilibrio y cayó al suelo de bruces, se levantó y siguió adelante. Detrás de él, oía puertas que se abrían, hombres que salían tropezando de sus casas, gritos confusos, pero fue el primero en llegar al establo.

Estaba en la puerta, mirando hacia él, mirando más allá de él, con los ojos medio cerrados para protegerse de la luz del amanecer. Un lobo negro como la noche y grande como un poni, pensó. Gruñía y de sus relucientes dientes blancos colgaban hilos de saliva. Estaba agazapado sobre los cuartos traseros, preparado para saltar. La yegua, en las sombras detrás de él, sudaba, ponía los ojos en blanco, daba patadas y reculaba, enloquecida de miedo. Sacudió la cabeza y una espuma blanca salió volando por la oscuridad.

—Tranquila, chica —repetía él, oyendo que los demás se agolpaban a su espalda. Dentro de un momento, pensó, atacará. Casi le fallaron las rodillas. Luego le vio los ojos. Aquí hay algo raro, se le ocurrió, y entonces el animal saltó por fin, por encima de su cabeza, por encima de las cabezas de los demás, y salió a la calle. Luego desapareció y la yegua se apaciguó y los demás se dispersaron, conscientes repentinamente de la poca ropa que les había dado tiempo de ponerse.

La partida de caza salió una hora después del amanecer. Participaban casi todos los hombres, serios y con los labios apretados. Esto no era lo mismo que dar caza a la mujer. Todos odiaban a los lobos. Cada animal que perdían les suponía el riesgo de morir de hambre. Un lobo dispuesto a entrar en el pueblo era un peligro demasiado grande para dejarlo pasar ni un día. Asmonia decía poca cosa mientras distribuía paquetes de pan y carne seca, acobardada y sumisa. Incluso dio un beso a Oppides en la mejilla como despedida. Más tarde, hizo pagar a la mujer pelirroja por ese momento de debilidad. Mucho antes del anochecer, tenía nuevas marcas en las mejillas por no traer agua lo bastante deprisa, no cortar leña correctamente, no sacar brillo suficiente a las mesas. La estaba insultando a gritos cuando regresaron los cazadores, con el lobo, atado y envuelto en una red.

—Creo que esa bestia está enferma —dijo Demades mientras brindaban por el éxito—. Ya lo habéis visto. Podría haberle arrancado la garganta a Sentes y escapar limpiamente. Pero no lo ha hecho.

—Es como si se le hubieran quitado las ganas de luchar —asintió alguien.

—Está muerto de hambre —añadió otro.

—¿Y qué más da? Esto es un regalo de los dioses —gritó Oppides. Había sido el primero en echar la red y se sentía como un héroe—. Yo digo que lo quememos mañana. Es una buena ofrenda a Zeus. Lo quemaremos vivo.

—No me parece que vaya a ir a la pira voluntariamente —farfulló Demades.

—Eso no es problema. Le daremos un golpe para atontarlo y luego lo atamos y le sujetamos las fauces.

—¿Y quién lo va a hacer? —intervino Milos.

—Lo echaremos a suertes —interrumpió Asmonia, pellizcando a su marido—. Así mataremos dos pájaros de un tiro. Quien saque la piedra blanca se gana una nueva esposa y el honor de atar al lobo. ¿Os parece bien?

Hubo protestas, pero ahora bastantes menos. Algunos hombres echaron miradas de reojo a la mujer pelirroja, que estaba atendiendo el fuego. Hicieron como si no quisieran, pero aceptaron. Andreas tragó. Tenía algo atravesado en la garganta. Había ocurrido demasiado deprisa, pensó. Se dio cuenta ahora de que había tenido la esperanza de rescatar a la mujer, ayudarla a escapar, liberarla. Sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. En ese momento, ella miró a las sombras, hacia él. Vio que tenía las mejillas llenas de lágrimas.

A la mañana siguiente, sacaron a la mujer y al lobo. Habían vestido a la mujer con una túnica blanca. El lobo iba a rastras en una red. Había una pila de madera en medio de la plaza, con unas antorchas llameantes preparadas ya a su lado. Andreas lo observaba todo aturdido, notando una sensación extraña en su interior que iba en aumento. Se hizo más fuerte mientras Demades se encargaba de vaciar la urna, mostrando a todo el mundo que sólo había una piedra blanca y volviéndola a llenar después. Luego los solteros, en fila, fueron sacando una piedra. Cada uno mantenía la mano cerrada hasta que eligiera el último.

Demades casi había llegado a Andreas. El herrero tenía las manos sudorosas, la boca seca. En ese momento, el lobo les llamó la atención. De algún modo había rasgado y mordido la red y ahora estaba en pie, enseñando los dientes en una máscara hecha de sombras. ¡Sus ojos!, pensó Andreas. Ahora los veía claramente, veía que eran azules. Algo más le llamó la atención, y se movió un poco, para poder ver a la mujer pelirroja. Ésta había dado un paso al frente a toda prisa, pero ahora tenía una expresión estupefacta. Miraba fijamente al lobo. Sin dejar de gruñir, el lobo la miraba a ella.

Tras un segundo de silencio, los hombres soltaron las piedras y sacaron las espadas y las lanzas. Rodearon al lobo, pero se mantuvieron a un distancia prudente. Tenía las patas delanteras separadas, la cabeza gacha, los ojos clavados en la mujer pelirroja. Sentes echó el brazo hacia atrás, apoyó el peso en la pierna de detrás y se preparó para lanzar. No llegó más lejos. Con un rápido movimiento, la mujer menuda lo empujó y le arrancó la lanza de las manos. Luego pasó ante él y se enfrentó al lobo.

—Atrás —gritaron varias voces, y algunos hombres blandieron sus armas en el aire entre ellos y el lobo. Ella siguió moviéndose, dándoles la espalda, colocada siempre entre el lobo y ellos. Sosteniéndole la mirada.

Entonces habló. Andreas sofocó una exclamación. Podía hablar. Se dio cuenta de que estaba hablando con el lobo.

—Xena —dijo. Una sola palabra. Con un tono muy tranquilo. Como cuando la gente dice "buenos días" tras una noche muy oscura—. Te reconozco —siguió, sin hacer caso de nadie más—. Dije que te reconocería. Fuera donde fuese, tuvieras el aspecto que tuvieses. —Echó la cabeza hacia atrás y miró al cielo—. Has perdido. He roto la maldición. ¡Ahora libérala! —Tenía la voz ronca por la falta de uso. Se le quebró al gritar estas palabras.

Los hombres retrocedieron horrorizados. La forma del lobo pareció parpadear, adquirir un brillo cegador y luego hacerse negra como la pez, aparecer y desaparecer. Cuando volvió, en su lugar había una mujer. Alta y de pelo negro, de piel pálida y totalmente desnuda. Todos se quedaron hechizados.

Pero Asmonia gritó:

—Es un demonio.

Azuzados por ella, atacaron a aquellas dos. La mujer alta, Xena, colocó a la pelirroja detrás de ella, derribando a dos hombres de una patada. Se giró, agarró una lanza que la atacaba y se la arrancó a su dueño. Mientras, la pelirroja había golpeado el extremo de su lanza contra el suelo para romperle la punta y ahora usaba el astil para parar otros ataques. A pesar del peligro, parecía mucho más relajada y tenía la cara llena de luz. Las mujeres lucharon espalda contra espalda, rechazando a sus atacantes.

Andreas sintió que algo se rompía en su interior. Cojeó lo más deprisa que pudo hasta la posada, buscando el fardo con la espada, decidido a usarla para ayudarlas.

—Puedo hacerlo —no paraba de repetirse a sí mismo mientras levantaba las tablas del suelo, hasta descubrir el escondrijo donde la mujer del posadero guardaba su botín. Pero cuando salió, ya había acabado todo. En la plaza no quedaba si un solo hombre armado en pie.

Eso dejaba sólo a Asmonia. Ésta se puso pálida cuando Xena se abalanzó contra ella, pero no echó a correr. Xena echó la mano hacia atrás, pero la mujer menuda la alcanzó y la agarró.

—No —dijo con tono apagado—. A alguien que no lucha, no. A sangre fría, no.

—¿Qué te hace pensar que la mía no está caliente? —gruñó Xena. Su mirada recorrió la piel pálida todavía salpicada de golpes.

—Así y todo, no. No necesitas hacerlo —dijo la mujer menuda.

Xena se miró la mano, que seguía sujeta por la de su amiga. Algo retrocedió en su interior. Luego se llevó esa mano a los labios.

—Gabrielle —dijo, simplemente.

Gabrielle sonrió. Luego frunció el ceño.

—Por los dioses, Xena, qué flaca estás. Y tenemos que buscarte ropa. No sé dónde han puesto tus cosas. —Pero no se movió. Parecía que no podía apartar los ojos de la guerrera.

—¿Me las has guardado? —Xena parecía un poco insegura.

—Claro que sí. —Gabrielle parecía sorprendida—. Sabía que te encontraría.

Andreas carraspeó en ese momento, para llamar su atención.

—Toma —dijo. Alargó el fardo que contenía las cosas de Xena, intentando apartar la vista cuando ella lo cogió. Luego se dio la vuelta discretamente mientras Gabrielle la ayudaba a vestirse, oyendo el roce de la tela, el crujido del cuero, el tintineo del metal mientras lo hacía.

Mirando a otro lado, vio a Asmonia. Estaba con la cara impasible, mirando a su marido, que había apartado la cara para no mirarla.

—Ve a ayudar a tus amigos —le dijo, y se quedó pasmado cuando ella lo hizo—. Recoge todas las armas y ponlas allí —le dijo al posadero, y el hombre también lo obedeció. Consuela a tu mujer, había querido decir. Habría sido como decirle a un lobo que guardara un rebaño.

Después de eso, Andreas se volvió de nuevo. Parpadeó, al ver el esplendor. El sol se había puesto dorado al ir cayendo la tarde. Cuando su luz dio en el bronce de la armadura de la guerrera, se dividió, separándose en agujas relucientes que atravesaban el aire. Por eso al herrero le dio la impresión de que Xena estaba envuelta en hilos de metal fundido. Armada, le daba más miedo que cualquier lobo. Evidentemente, a los demás también les causaba esa impresión. Era vagamente consciente de los ruidos furtivos que hacían al escabullirse por la tierra revuelta de la plaza.

Volvió a carraspear y cuando lo miraron, le preguntó a Gabrielle:

—¿Por qué no hablabas? —Creía saberlo, pero quería oírla hablar otra vez.

Xena alzó las cejas.

—¿Que Gabrielle no hablaba? ¿Y me lo he perdido? Menuda maldición.

Gabrielle la miró con un ceño feroz.

—Vale, vale, se acabó la broma. —Se detuvo un momento. Su expresión se ensombreció de repente—. Esa mañana me desperté de lo que creía que era una pesadilla y descubrí que no era una pesadilla en absoluto. Habías desaparecido y yo era la única que podía traerte de vuelta. Sólo que tenía que guardar silencio hasta que te encontrara. La primera palabra que dijera tenía que ser tu nombre y tenía que decírtelo a ti. Ésa era la única forma de romper la maldición. —Entonces su expresión cambió de nuevo. Sonrió a la guerrera, evidentemente rebosante de felicidad—. No fue tan difícil —dijo suavemente—. Y te lo advierto. Tengo muchas palabras almacenadas. —Fingió un ceño amenazador.

Xena alzó las manos.

—¡Me rindo! —dijo, poniendo los ojos en blanco y haciendo una mueca—. ¿Y cómo lo has sabido? —preguntó, y ahora sonrió dulcemente.

—¿Que eras el lobo? Simplemente lo sabía. De todas formas, sabía que estabas cerca y cuando te vi, estuve segura. No fue tan difícil —repitió.

Xena enarcó las cejas.

—¿No? —preguntó. Rodeó los hombros de la mujer menuda con un brazo y la apretó contra ella.

—¿Y tú? —preguntó Gabrielle, al cabo de un momento.

—Bueno, no recordaba quién era. Vivía como un lobo. Salvo que no podía. Algo me decía que si cedía demasiado, si cazaba con la manada, mataba y comía carne, esas cosas, jamás volvería. Así que no lo hice. No fue tan difícil —dijo imitando a su amiga.

—No estaba dispuesto a darte ni una oportunidad, ¿verdad? —dijo Gabrielle. Se le contrajo la cara y su mirada se endureció—. ¿Por qué...?

Xena contestó:

—Seguro que las dos podríamos adivinarlo. ¿Pero de qué serviría? De todas formas, ha perdido. —Miró a Gabrielle—. ¡Oye! —dijo—. Que yo soy la de las venganzas. Tú eres la del perdón. ¿Vale? —Esperó hasta que la cara de la mujer menuda se suavizó al sonreír a regañadientes—. Eso está mejor. —Pero enarcó una ceja y no se movió hasta que la sonrisa se extendió a los ojos de su amiga.

—¿Cómo supiste que tenías que venir por mí? —preguntó Gabrielle, al cabo de un momento.

Xena arrugó el entrecejo.

—Bueno —dijo vagamente—, me parecía que era lo que debía hacer. —Entonces volvió a estrechar a la mujer menuda contra ella y se agachó un momento, besándola en la cabeza—. Sí, eso es. Lo que debía hacer —repitió.


Se fueron antes del anochecer. Gabrielle no quería quedarse una noche más en el pueblo y Xena no intentó convencerla de lo contrario, aunque era una hora extraña para emprender un viaje. Tampoco quiso la mujer menuda volver a entrar en la posada, ni siquiera para recuperar sus cosas. Andreas entró por ella. Salió con algo de comida que había conseguido que le diera Asmonia, pero no la aceptó. Vio que se ponía pálida y se le formaban arrugas en el entrecejo y alrededor de la boca, y volvió a sentirse culpable por haber contribuido a su aparición. Xena lo echó a un lado y alargó la mano para acariciarlas y hacerlas desaparecer. Tenía una expresión furiosa, pero cumplió su promesa.

—Ven con nosotras —le dijo la mujer menuda al herrero un poco después, cuando se preparaban para marcharse.

—Éste es mi sitio —replicó Andreas. Era cierto, pero le entraron tentaciones. Se permitió mirarla. Era la última vez, lo sabía. Advirtió que su pelo era ahora más dorado que rojo. Pero tal vez fuera la luz del sol de poniente. También hacía que en sus ojos hubiera motas doradas—. Me necesitan —añadió, señalando el pueblo con la cabeza. Cosa que era cierta. Y marcharse con ella le haría demasiado daño, al final—. No camino bien. Sólo conseguiría retrasaros. —Se dio cuenta de que estaba revelando demasiado—. Tengo que quedarme —insistió, captando la mirada de la guerrera al decirlo. Era sorprendentemente amable, casi compasiva—. Es lo mejor —terminó, y vio que su cabeza morena asentía ligeramente con respestuoso reconocimiento.

Las dos mujeres partieron a caballo juntas, rumbo al sur. Andreas sintió un cosquilleo de orgullo profesional al ver que la yegua estaba totalmente recuperada. Se quedó mirando hasta que se perdieron de vista. Luego suspiró. Regresó cojeando a la herrería, sorteando la pira sin encender, y tropezó con algo. Bajó la mirada para ver qué era. Una piedra blanca relucía en el polvo. Se agachó, la recogió, la limpió y se la quedó un momento en la palma de la mano, como sopesándola. Luego apretó la mano y cerró los ojos un instante. Cuando reemprendió la marcha, llevaba la piedra guardada en el bolsillo.


FIN


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