Rompiendo el hielo

Mary Morgan



Descargo: Ni Xena ni Gabrielle (ni, ya que estamos, Argo) me pertenecen a mí. Son propiedad de Renaissance Pictures.

Título original: Breaking the Ice. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


El sol se elevará a la derecha del dedo de piedra esta mañana. Así lo ha hecho en las últimas treinta mañanas: según este calendario, es primavera desde hace esos mismos días. El sol iluminará un paisaje implacable. Un viento del polo lo azota, formando montones de nieve, asolando la tierra desnuda. No crece nada, en ninguna parte. El viento provoca el castañeteo de los hierbajos blanquecinos, el tintineo de los carámbanos, aúlla al doblar las esquinas y correr por las paredes de piedra, hace vibrar las redes colgadas a la espera de que empiecen a llegar los bancos de peces. Las olas hierven en la orilla. Los habitantes del poblado se despertarán pronto, para saludar el frío, los áridos campos, el lúgubre mar. Se despertarán para saber que todavía no ha llegado la primavera.

Pero el vigilante sí. Ha bajado del Marjal, que está pasado el límite del poblado. Ahora se acerca a un campo de montículos cubiertos de hierba. Al vigilante no se le engaña. Sabe que está contemplando tejados de turba sobre paredes bajas circulares que rodean unas viviendas subterráneas mucho más profundas. Sabe que bajo el suelo hay más de cien almas, hombres, mujeres y niños, apretados unos contra otros en busca de calor. Casi todos están ahora en la casa principal, la rotonda, la sala del poblado, pero algunos se han quedado, desafiantes, en sus propias viviendas. El vigilante sonríe. Saborea el miedo que sienten en sueños y se hace más fuerte. Saborea su culpa y se hace aún más fuerte. Los ve claramente: la mera materia no puede confundir su visión. Los cuerpos de dentro son como peces en el mar para este vigilante. Puede pescarlos cuando quiera. Anoche quiso.

El vigilante levanta el objeto liso y redondo que lleva en la mano, lo coloca con cuidado sobre un muro del cercado. Este muro da directamente a la entrada de la rotonda. Sabe que verán esto lo primero. Su sonrisa se hace más amplia. Ésta es la quinta vez que viene al poblado desde el comienzo de la falsa primavera y cada vez se ha acercado más. Pronto llegará a la misma puerta. Detecta movimiento dentro de la casa. Siente el peso del amanecer en la piel. Es hora de irse, por ahora. Volverá. Mientras, ha dejado unos recuerdos. Cinco calaveras para que vigilen por él durante el día.


Parte I

Me llaman Bren. Al principio creía que quería decir esclava, luego que quería decir mujer. Cuando ya llevaba casi un año en el poblado averigüé que significaba "otro". Soy alta, de pelo claro, de huesos más anchos que esta gente menuda de pelo negro. Otro. Ese primer año les dije repetidas veces cómo me llamaba, pero jamás usaban mi nombre, no les interesaba lo que tuviera que decir. Estaba allí para trabajar para la gente, como sus cuchillos, como sus arados, como sus pequeñas y tercas ovejas. Si significaba algo más que todo esto para ellos, era porque me habían sacado del mar y me habían salvado la vida y se habían quedado conmigo como si les perteneciera. Del mismo modo que se quedan con todo lo que deja el mar para ellos.

El año siguiente fue el peor. Todavía me decía a mí misma que mi padre me encontraría y que de todos modos las cosas irían mejor. Me entenderían mejor cuando aprendiera a hablar con ellos, me reconocerían por lo que era. Aprendí a hablar con ellos, pero no sirvió de nada. Comprendían todo lo que necesitaban sobre mí: era Bren, que era otra, un regalo del mar, totalmente suya y nada más.

Al final del tercer año, dejé de pensar en casa. Sabía que mi padre no vendría a buscarme. Nadie vendría. Hasta mis sueños se apartaban del sur. No anhelaba brisas aromáticas, ni noches cálidas, ni valles exuberantes llenos de viñedos y olivos. Hice todo lo posible por olvidarme de mi propio nombre y del sonido de mi idioma. Reprimí todo sentimiento salvo el orgullo, que resultó ser pequeño y frío. Finalmente, incluso me negué la esperanza, conociendo su dolor. De esta forma la vida en el poblado me resultó posible. Después de eso, el tiempo al menos pasaba.

Durante siete años, pasó el tiempo. Pero entonces llegó un año que fue diferente. El invierno fue el más duro que recordaba. Fue el más duro que recordaba cualquiera de los habitantes. Murieron doce de ellos. Guardaron sus cuerpos en las letrinas porque no había pico que pudiera atravesar la mano de hierro con que el frío atenazaba el suelo. Los que sobrevivieron no podían hablar de las muertes. La culpa les paralizaba la lengua. Se movían poco, hablaban menos, comían apenas. Las provisiones, bien aprovechadas, duraron hasta la primavera, aunque para entonces ya recurrían a los restos de la basura. Pero la primavera no llegó. El suelo no se ablandó, los bancos de peces de escamas irisadas no llegaron. Los habitantes parlamentaron unos con otros, consultaron a los que soñaban, no encontraron respuesta alguna salvo la evidente, de la que no podían hablar, y la solución evidente, de la que huían. Ya había bastante culpa.

En cambio, se envolvieron en cueros y pieles, caminaron a trompicones hasta el círculo de piedras que está en una colina, encima del poblado y el Marjal. Allí sacrificaron ganado de cría, semillas de maíz. Durante un día rezaron a los Padres del Hielo, les rogaron que no destruyeran la tierra con el férreo poder de su frío. No pasó nada. Algunos de los habitantes empezaron a insistir abiertamente en usar las antiguas formas de aplacar a los señores del invierno y traer de nuevo la primavera. En general nadie les hizo caso. Hasta que empezaron las muertes.

Supe que había habido otra antes incluso de abrir los ojos aquella mañana. El miedo apestaba en aquel lugar tan atestado. Era mi miedo también. Me clavaba las garras, me hacía cerrar los ojos con más fuerza, acurrucarme como un ovillo lo más pequeño posible. Pero eso no sirvió de nada. Al final, me levanté y fui a mirar por la puerta de la rotonda, subiendo doce escalones resbaladizos por el hielo para alcanzarla. Cinco calaveras, observé con imparcialidad, consciente de que estaba demasiado tranquila. La más cercana, la más reciente, estaba tan blanca y lisa como las demás. Me pregunté de quién sería. Me ceñí el manto sobre los hombros y me apoyé en el marco de la puerta, dispuesta a esperar. Tork, el jefe, era una forma oscura contra el pálido cielo que iba de una casa a otra, haciendo sus preguntas. Desapareció en el interior de una y volvió a salir, con la cara seria y blanca.

—Ter —dijo a los habitantes que se habían congregado al pie de la escalera. Ter. Un viejo, cuya habilidad especial era trabajar el cuero y que había vivido solo desde la muerte de su mujer. Tenía un hijo, que se ahogó hace tres años. Así pues, una familia entera desaparecida, pensé. Como si la tierra estuviera consumiendo a esta gente, como si los estuviera borrando de sí misma. La pregunta que vi en cada una de sus caras era "¿Quién será el próximo?". Debilitados ya por el hambre, esto los debilitó aún más. Sentí una especie de satisfacción helada. Llevaba diez años en la soledad y el frío. Esto era lo mejor que podía lograr como venganza. Descubrí que no me hacía sentirme mejor en absoluto.

Con un gesto, Tork reunió a su gente a su alrededor. Su mirada los sobrepasó, se posó en mi cara. Yo también avancé, me quedé detrás del grupo y escuché.

—A partir de ahora dormiremos todos juntos.

Una orden. Hasta entonces no había dado ninguna sobre este tema. Los pocos que habían elegido quedarse en sus casas se agitaron inquietos, desviaron la vista. Obedecerían.

—Tres harán guardia con las mujeres y los niños —siguió diciendo, señalando con dedos cortos y de uñas negras a los tres que había elegido. Envió a otros cinco a las barcas, para que capturaran los alimentos que el frío mar pudiera ofrecer.

—Los demás registraremos el terreno.

—Mantenlos ocupados —me dije a mí misma—. Mantenlos en movimiento y ocupados mientras esperan a que llegue la noche. Entonces ya tendrán tiempo de quedarse quietos y preocuparse.

No serviría de nada. Todos lo sabían. Nunca había el menor rastro, ni en el lugar donde la persona había sido atrapada, ni en ninguna otra parte, aunque registraban los senderos y recintos, subían la pequeña cuesta hasta el círculo de piedras, se alejaban hasta la orilla del Marjal. Pero era mejor que nada. Había que hacer algo. Eso también lo sabían.

A mediodía, uno de los que buscaban gritó.

—¡Brenner! —creí oírle decir.

¿Otros?, pensé para mí. ¿En esta época del año? En mi interior se despertó una sensación indefinida. Me arrastró fuera de la rotonda y así los vi llegar. Iban escoltados por todos los que buscaban, que se apelotonaban a su alrededor, impidiéndome ver. Entonces Tork se adelantó y los hombres se separaron ante él, lo cual me permitió entrever a quienes estaban allí.

Dos figuras, vestidas con cueros y pieles como cualquiera, pero una era extraordinariamente alta. Había cierta tensión: las lanzas bajaron, las hachas se alzaron. La figura más pequeña se agachó despacio y colocó una vara en el suelo y luego se levantó, con los brazos extendidos, las manos abiertas. Tork se acercó hasta colocarse justo fuera del alcance de los desconocidos y se quedó mirándolos, con los hombros encogidos, la cabeza gacha. Yo sabía que los estaría mirando por debajo de las cejas, tomándose su tiempo, pensando. Podía pensar con un aire más amenazador que nadie que hubiera conocido en toda mi vida.

Por fin alzó la cabeza con brusquedad y se dio la vuelta de golpe, dirigiendo a toda la procesión al interior de la rotonda. Los desconocidos se quitaron entonces la ropa externa y vi lo que eran. Dos mujeres. Una menuda, de pelo dorado rojizo, la otra alta como yo, de ojos azules y morena. Era difícil distinguir sus expresiones. El humo de la hoguera de turba se arremolinaba por la rotonda antes de salir por el respiradero del techo, la luz del fuego bailaba y cambiaba. Me pregunté por qué no me sorprendía su llegada: sin duda debería sorprenderme. Pero parecía que hubiera estado esperándolas. O al menos a la alta.

No podía quitarle los ojos de encima. Su pelo negro, su fuerza. Una guerrera sin duda, aunque no llevaba armas. No alguien a quien se pudiera encerrar, ni obligar a hacer la voluntad de otro. Para mí encarnaba la libertad y la venganza. Sentí que se me encogía el pecho y que se me sonrojaba la cara, y retrocedí entre las sombras. Desde ellas miré a su acompañante. Pálida y de aire taciturno, pensé para mí con desaprobación. Esta impresión se fue afirmando a medida que observaba. No más alta que los habitantes, cuando la guerrera era de mi estatura. El tipo de persona que vacilaría, pensaría en los demás, permitiría que las preocupaciones de éstos fueran lo primero. Encerrada por la conciencia, incluso antes de que las circunstancias le arrebataran la libertad. La odiaba. Debía de ser la criada de la guerrera, aunque no parecía servir ni siquiera para eso. No era posible que fuese su amiga.

—¿Qué hacéis aquí? —les estaba preguntando Tork.

Fue la mujer más menuda la que contestó, sorprendiéndome. Parecía una campesina demasiado estúpida para haber aprendido el idioma de los habitantes. Pero claro, una guerrera no se dignaría a hacer esta tarea.

—Comerciar.

Lo dijo titubeando, pero lo adornó con una repentina sonrisa de medio lado. Yo me burlé por dentro. La guerrera la había traído para hacerles la corte a los habitantes, evidentemente. Era para lo único para lo que servía. Advertí que hablaba en tono bajo y que no hacía movimientos bruscos. Servil, innoble. La escucharían, si podía seguir evitando ofenderlos.

—¿Qué queréis? —Tork cruzó los brazos sobre el pecho y la observó atentamente.

—Ámbar —dijo ella—, y marfil de morsa.

No me sorprendió. Los habitantes se llevaban pequeñas cantidades de estos materiales al sur para comerciar en verano, y unos barcos, dos veces, que yo supiera, también habían venido hasta aquí y se llevaron todo lo que el poblado les pudo suministrar.

—¿Qué tenéis?

La mujer miró entonces a su compañera más alta, que se adelantó en silencio y depositó con cuidado un gran fardo en el suelo. Al abrirlo, reveló una buena cantidad de objetos forjados en hierro. Anzuelos y agujas, por lo que vi, cuchillos de faena de buena calidad, alfileres, hachas. Normalmente a los habitantes todo esto les habría parecido de lo más aceptable, aunque no lo habrían demostrado. No sabían trabajar el metal. Lo que hacían, lo hacían de piedra. Ahora miraban el contenido del fardo casi con desinterés. Pocos se engañaban a sí mismos. No era probable que sobreviviera nadie para usar estas cosas.

Tork se encogió de hombros, no como rechazo, sino para indicar que estos preliminares se habían terminado.

—Hablaremos de esto más tarde.

Ni se podía pensar en comida. Ahora sólo comían una vez al día, por la noche. Las dos mujeres se quedaron sin saber qué hacer en el centro de la sala. Cuando quedó claro que nadie les hacía el menor caso, se fueron a un lado y se sentaron. Al cabo de un minuto la mujer más baja abrió su zurrón y sacó algo que parecía carne seca y pan de ración, pasándole un poco a su compañera. Desde donde estaba, las observé, o al menos a la más alta. Tenía una gracia descuidada. Revelaba a la vez una seguridad física suprema y una total indiferencia por lo que pudiera pensar nadie de ella. Recordé esta pose de mi infancia. Yo había crecido entre gente que tenía este porte. En tiempos había tenido la esperanza de unirme a ellos, incluso de dirigirlos yo misma algún día.

Estaban sentadas muy juntas apoyadas en la pared. La mujer más baja también era más joven, decidí, pero parecía curiosamente más vieja también. Había un cansancio en su cara que no tenía nada que ver con su viaje. Ahora que estaba quieta y sin sonreír había adoptado una impasibilidad que indicaba el ejercicio de un control constante. Aunque estaba cerca de su compañera, no la tocaba en absoluto y rara vez la miraba. La mujer más alta, por otro lado, no paraba de echarle miradas. Tal vez me equivocaba. Tal vez era más que una criada. Pero no era una amiga. Y era blanda, como había sospechado. Dos de los niños más osados se habían ido acercando mientras comían. Estaba compartiendo su comida con ellos, mirando por encima de ellos y animando a más niños a que se acercaran. Supuse que la guerrera estaba haciendo lo mismo porque el espectáculo la ponía enferma, igual que a mí.

Cuanto más observaba, más resentía a esta mujer menuda, más quería ocupar su lugar. Después de diez años de humillarme ante mis inferiores, anhelaba la compañía de un igual. Pero ella se interponía. Qué desperdicio, pensé para mí, mirándolas ya abiertamente. Y por eso quedé atrapada en una mirada intensamente azul. La guerrera había dirigido su atención a otras cosas y me miró directamente desde el otro lado de la sala.

Tocó el hombro de la mujer más menuda y asintió, casi imperceptiblemente. Ninguna de las dos volvió a mirarme, pero no me engañé. Me di cuenta de que estaban aquí por mí, y por un segundo dentro de mí se alzó una gran oleada de sentimiento. Lo recordaba vagamente, con inseguridad lo llamé esperanza. Lo reprimí, al instante y sin piedad. La esperanza hacía daño. Esto lo sabía bien.

El tiempo pasaba despacio en la rotonda durante el invierno. En una parte, un grupo de mujeres preparaba la comida de la noche, lo poco que había. Tres de los pescadores habían vuelto a casa sin nada. El pescado que habían traído los demás era poco en cantidad y muy pequeño. En otra parte, se hilaba y se tejía, se arreglaba ropa y se cosía. También se hacían herramientas y se arreglaban. Los niños ayudaban aquí y allá o jugaban en grupo lo más lejos posible de cualquier otra persona. Lo hacían en silencio. Los habitantes rara vez hacían ruido, ni por pena, ni por alegría, ni por miedo.

Buscando algo que hacer que permitiera a la guerrera acercarse a mí, cogí una jarra de agua y la llevé a los camastros donde yacían los enfermos. Poco después, noté que había dos personas a mi lado, mirando a la anciana cuya cara estaba lavando. Me di cuenta con irritación de que la mujer más baja también había venido. Sin hacer caso de su compañera, miré a la guerrera, que alzó una ceja. Me encontré diciendo, en el idioma de mi infancia, que ahora parecía dar forma extraña a mi boca:

—No puedes hacer nada. Es hambre.

¿Qué le importaba a ella? A mí tampoco. Esto era una pérdida de tiempo.

La mujer alta me miró sombríamente, pero por la cara de su compañera pasó la sombra de un sentimiento más hondo. Fue un breve momento de vívida emoción. Luego se calmó, pero no antes de que por fin le pudiera dar nombre a la expresión que dominaba sus facciones. Dolor, tal vez incluso desesperación. Se esforzaba mucho, pero la suya no era una cara apta para el secreto. Estaba aprendiendo a descifrarla bastante bien. Descubrí que me daba asco. Se le humedecerán los ojos y querrá ayudarlos, me dije a mí misma. Sólo servía para eso.

La guerrera había avanzado. Ahora se inclinaba sobre la pequeña Vessli. Cuando me miró esta vez, contesté:

—Tiene la enfermedad de los ojos. Muchos la tienen, en verano, pero a ella no se le ha curado.

La guerrera volvió a inclinarse sobre la niña, sonriéndole un poco, y luego dijo:

—¿Gabrielle?

La mujer más joven se fue de inmediato y volvió rápidamente, con otro de sus zurrones. Lo abrió y descubrió una provisión de hierbas y varios botes pequeños de ungüento. La guerrera los fue tocando ligeramente con los dedos antes de seleccionar una espiga de algo que se había secado y adquirido un color morado.

—Haz una infusión de esto con agua hirviendo —dijo, en un tono que convertía sus palabras en un ruego. Esta vez Gabrielle tardó más en volver, pero no mucho. Cuando regresó, su compañera usó el agua para limpiar los ojos de Vessli antes de aplicar con cuidado un poco de ungüento alrededor.

—¿Alguien más? —preguntó, mirándome. Mantuve la cara impasible, negándome a mostrar mi desaprobación. Estos seres me habían tratado como a una esclava durante años. No había esperado que la persona que venía a rescatarme pasara el tiempo curando a quienes me habían capturado. No obstante, le dije quién más estaba afectado. Trató a cuatro habitantes de la misma manera, a varios más por otros padecimientos. Al principio los habitantes se reunieron a su alrededor, observando con dudas. Maravilloso, pensé para mí, si siguen así las matarán. Así aprenderán a tratar a unos bárbaros como a personas con alma. Pero al cabo de un rato, los demás dejaron de mirarlas y dejaron que siguieran adelante con su labor. La guerrera miró a su alrededor y vio que ya no las observaban. Volvió a mirar a su compañera y alzó una ceja. Entonces Gabrielle alargó una mano para tocarme la manga.

—No te alarmes —dijo amablemente, mirándome a los ojos con una firme mirada verde—. Nos envía tu padre.


Parte II

Mi padre. Escarbé en mis recuerdos y recuperé la imagen de un hombre grande, de barba roja. Hubo un tiempo en que estaba convencida de que podía hacer cualquier cosa, incluso detener el sol en su recorrido por el cielo. Incluso encontrarme y llevarme a casa. Ahora era más fría en mi consideración por él, pero podía reconocer sus méritos. Hacía falta valor para trasplantar un pueblo de Macedonia y plantarlo como colonia nueva cerca de Siracusa. Él lo había hecho. Y se las arregló para criarme solo, a pesar de la muerte de mi madre al darme a luz. Había estado dispuesta, casi, a perdonarlo por no conseguir rescatarme. Y ahora sucedía esto. Que removía sentimientos que quería olvidar. Noté que se me encogía la cara y la mano de Gabrielle me apretó el brazo.

—Respira hondo —me aconsejó suavemente—. Otra vez.

Cuando se me calmó la respiración, cuando recuperé el control, apenas conseguí frenar el impulso de quitarme de encima la mano de la mujer menuda, el impulso de mostrarle mi desprecio por ella. ¿De verdad creía que no me lo había imaginado? Volví a mirarla y ella dejó caer la mano.

—¿Cómo? —pregunté, juzgándolo lo más natural que podía decir dadas las circunstancias. Ya sabía lo que quería, y no era regresar con mi padre.

—Nunca dejó de buscar. Con el tiempo dio con uno de los piratas que te raptaron, que le dijo que te habían vendido a un tratante de esclavos que trabajaba las rutas al norte de las Columnas de Hércules.

Asentí. El tratante se vio arrastrado mucho más al norte por una serie de galernas y acabó naufragando en esta orilla.

—¿Estarán dispuestos a intercambiarte? —Ésta era la guerrera.

La miré un momento.

—No —dije por fin. No lo harían. No comerciaban con personas. Miré con curiosidad a la mujer alta.

—Se llama Xena —dijo Gabrielle. Al parecer había sabido interpretar mi expresión—. Encontrará una forma de ayudarte.

Estudié con cuidado a la guerrera, preguntándome cómo podría obtener lo que quería de ella. Parecía terca. Tendría que tener cuidado.

—Nos iremos esta noche —dijo la guerrera—. Cuando estén durmiendo. Cogeremos una barca y por la mañana ya estaremos a una legua de distancia.

Echó una mirada a su compañera, casi disculpándose, pero la mujer más joven no dio señales de haberse enterado. Yo sí me enteraría, me dije con fiereza. A mí no tendría que suplicarme una respuesta.

—¿Lo ves? —me dijo Gabrielle. Apenas podía obligarme a mirarla y tuve que esforzarme por mantener la cara impasible—. Siempre sabe qué hacer —siguió la mujer menuda—. ¿Hay algo que quieras llevarte?

Vacilé, casi cambié de opinión. Había una sola cosa. Pero luego lo reconsideré. Habría tantas dificultades, y a saber qué sería lo mejor. Sacudí la cabeza. ¿Por qué tentar al destino? En cualquier caso, su plan no funcionaría. Se lo dije.

—¿Por qué? —Xena me estaba mirando, con aire ligeramente divertido. Me irrité. Había sobrevivido todo este tiempo sin ayuda de nadie. Conocía el lugar mejor que ella.

—¿Viste las calaveras cuando entraste?

—Estábamos esperando que no fuera su forma habitual de tratar a los vendedores y los comerciantes —dijo Gabrielle. Pero habían seguido adelante de todas formas, pensé.

—Hay algo que los acecha —dije—. De noche. Sólo deja las calaveras. No van a bajar la guardia.

Dicho en griego, la primera parte de todo esto sonaba infantil, fantástica. Aunque los relatos de los dioses no eran incruentos.

—Pues más le vale apartarse de nosotras —dijo Xena.

La miré con ecuanimidad y sentí que mis propios labios se fruncían. Gabrielle nos miraba atentamente. Ahora dijo:

—¿Quieres que nos ocupemos de eso antes de marcharnos?

La pregunta me sobresaltó. Me resultó extrañamente perspicaz, porque me di cuenta de que eso era lo que quería exactamente. No podía imaginarme por qué.

En cualquier caso, dije:

—El invierno ha durado mucho. Están casi muriéndose de hambre. Y luego esto. No es justo. —Era parte de la explicación y yo parecía creérmela.

—Éste es un lugar estéril —comentó Gabrielle, sin comprometerse.

—En verano es precioso. Lleno de luz. El mar arde como plata fundida y bulle de peces. Por la noche, un fuego frío cuelga en pliegues verdes del cielo. —Tenía que decirlo.

—¿Cómo soportas vivir sin árboles? —Gabrielle sonaba sólo curiosa.

—Pero no hay nada que tape el cielo. —Me sentía a la defensiva.

—Tiene que haber habido árboles. —La guerrera dio unos golpecitos en una viga que tenía a la espalda—. ¿No todo será madera encontrada en la playa?

Me encogí de hombros. ¿Qué me importaba? Gabrielle dijo, tras un silencio pensativo:

—Seguro que tenían. Cortaron tantos árboles que ya no hubo suficiente protección para los retoños. E introdujeron ovejas. Se comerían los brotes nuevos. —Se detuvo e hizo una mueca, disculpándose.

Por supuesto, eso era lo que había ocurrido. Pero hacía mucho tiempo. Una tontería. Justo lo que era de esperar de esta gente. Justo lo que ella comprendería. Pero Xena dijo, sonriendo ligeramente:

—Me dejas impresionada. —Y alargó la mano para apartar un mechón de pelo de la mejilla de la mujer más baja. La cara de Gabrielle se inmovilizó, pero no se apartó.

Sentí que algo me quemaba las tripas como un ácido y me aparté a medias de ellas. Al otro lado de la estancia llena de humo, los habitantes se movían con la flojedad del hambre y el agotamiento, con expresiones cansadas y sin esperanza. A pesar de mí misma, dije:

—Este año es diferente, por algún motivo. El viento ya debería haber cambiado y el aire tendría que ser más cálido. Y encima con las muertes... —Hice una pausa, expectante.

—Son cosas que pasan —dijo Xena, con sequedad—. La vida está llena de sorpresas desagradables. O se aguanta o no. —Volvió la cabeza para mirar a su compañera más joven—. Aunque supongo que podríamos quedarnos hasta que nos hayamos ocupado de ello. —Alzó una ceja y la bajó cuando Gabrielle asintió—. Muy bien. Cuéntame lo que pasa.

No supe qué decir. No pasaba nada. Se acostaban por la noche, se levantaban por la mañana. A veces alguien simplemente había desaparecido y había una calavera más en la fila del muro. Sin señales. Sin rastros. Se lo dije.

—¿Pero hasta ahora siempre han sido personas de las viviendas más externas?

—Xena —dijo Gabrielle, rápidamente, en voz baja.

—Es la mejor manera de cazarlo —fue la concisa respuesta.

—Entonces me quedaré contigo —contestó su compañera. Sin suavidad ahora, sin vacilación. Decidida.

Xena la miró atentamente. Tenía los ojos inexpresivos y la cara impasible.

—Bien —dijo.

Tork aceptó su ofrecimiento sin mucho problema, cuando Gabrielle consiguió dejarlo claro. Dado que incluía la exigencia de la guerrera de quitar las calaveras y darles un entierro decente, se tardó un poco en convencerlo. Tenía miedo de causar más ofensa. Sin embargo, acabó por ceder. Evidentemente pensaba que era cosa de ellas y podría ayudar. Y si fracasaban, al menos no habría perdido a dos miembros más de su pueblo. Sabía que no me dejaría ir a mí también, aunque sólo fuera por esa razón. Pero quería quedarme con ellas, o al menos con la guerrera. Me veía demostrándole mi valía, salvándola, marchándome con ella. La mujer menuda no estaba nunca con nosotras en estos sueños, que no duraban mucho. Maldije a Tork por detenerme y a Gabrielle por robarme mi puesto, y observé a Xena durante el resto del día.


Parte III

Cuando empezó a oscurecer, Xena desenrolló el fardo envuelto en una manta que había llevado a la espalda. Dentro había una espada, tan grande que yo dudaba de que ningún hombre del poblado pudiera levantarla. Los atrajo como la miel atrae a las hormigas. Mientras miraban, Xena sacó una piedra de afilar, se la colocó cómodamente en la palma de la mano y afiló la hoja, con pases largos y cuidadosos. No tardó en estar rodeada por un pequeño círculo, los hombres dentro, los niños fuera. Sólo miraban.

Gabrielle daba la impresión de haberse quedado dormida, pero por fin, tal vez cuando consideró que estaban suficientemente embelesados, abrió los ojos y preguntó:

—Bueno, ¿qué creéis que está causando todo esto?

Casi todos los hombres se encogieron de hombros y se agitaron, pero no se fueron. Por fin, Ker dijo:

—Viene del Marjal.

—No. —El que intervino era su sobrino—. No seas necio.

Yo sabía por qué estaba tan furioso. Eran ideas que los habitantes no se atrevían a discutir ni siquiera entre sí.

Gabrielle alzó la ceja en una pasable imitación de su compañera.

—Lo huelo, el Marjal. Cuando ha venido. —Ker parecía decidido. Nadie se opuso. Recordaban el olor, oscuro y estancado. Prosiguió—. Y después de lo de Terkel... ¿quién sabe?

—Cierra la boca. Esto no es algo que se pueda hablar delante de ellas. —El sobrino miró de reojo a las mujeres. No parecía muy seguro de sí mismo.

—No tenemos nada que ocultar. —El anciano había percibido la duda. Se puso más cómodo y empezó a hablar de nuevo con el tono que empleaba cuando les contaba a los niños una de sus historias. A Gabrielle, por un momento, se le puso la misma expresión que a ellos en la cara. Luego se volvió hacia la guerrera y le dijo lo que se había dicho. Durante la narración de Ker, éste se detenía para que ella pudiera traducir sus palabras a su compañera. En realidad, yo sospechaba que esto no era necesario. Pensaba que entendía lo que se decía tan bien como Gabrielle y que simplemente habían decidido que la mujer más joven, la que resultaba menos amenazadora, debía hablar por las dos.

—Fue justo pasada la mitad del invierno. Ocurrió hace muchos inviernos. El padre del padre de Tork era el jefe entonces. Fue un invierno crudo y aún fue peor por una enfermedad que debilitaba a los niños y a los ancianos. Muchos murieron. Empezábamos a temernos que no quedaría nadie al llegar la primavera. Igual que ahora.

«Entonces empezaron los sueños. Todos los teníamos. Los Padres del Hielo nos hablaban en susurros mientras dormíamos. Nos dijeron que debíamos hacerles un sacrificio si queríamos que liberaran la tierra, si queríamos que nos ayudaran y dieran paso al sol. Los Padres del Hielo nos dijeron que eso es lo que hacían los que construyeron el círculo de piedras. Nos enviaban sueños de sangre y acabamos por responder a ellos. Elegimos a Terkel porque era raro. Ya sabéis. Nunca había crecido. La mayoría de nosotros no lo considerábamos totalmente humano.

«Su madre rogó por él, nos recordó sus habilidades, expresó sus dudas sobre el origen de los sueños, nos acusó de crueldad y cobardía. Teníamos miedo. Nos tapamos los oídos y endurecimos los corazones. Acabamos llevándolo al Marjal y lo matamos y dejamos allí su cuerpo. Ahí era donde los antiguos dejaban sus sacrificios a los Padres del Hielo y también donde hacían las ejecuciones.

Ahora yo escuchaba tan absorta como todos los demás. No había oído esta historia antes. No era una que quisieran compartir con brenner.

—Su madre no aceptaba que habíamos hecho bien. Nos insultaba y nos gritaba promesas de venganza. Le dábamos de comer y nos manteníamos alejados de ella, creyéndolo lo mejor. Una noche se perdió y nunca más la vimos. Yo supongo que también está en el Marjal. Con su hijo.

Ker dejó de hablar y miró a su auditorio. Sólo la guerrera estaba impertérrita. El roce de su piedra de afilar no había cesado durante el relato y ahora seguía.

—¿Entonces crees que se trata de una venganza?

Sus ojos, ilegibles, se posaron en Gabrielle mientras meditaba su respuesta. La mujer más joven tenía la mirada abstraída, la cara aún más pálida. Entre sus cejas se marcaban dos líneas.

—Sí —dijo él por fin—. O una maldición.

—Mm.

Con tranquilidad, Xena alzó la espada. Silbó por el aire. Contempló el movimiento de la luz del fuego en la hoja. Incluso en el ambiente lleno de humo de la rotonda, brillaba con fuerza. Satisfecha, cogió la vaina y la guardó.

—Ya veremos.

Se fueron a la vivienda justo antes de que se pusiera el sol, pasando ante el muro donde habían estado las calaveras sin mirar siquiera. Gabrielle llevaba una olla de sopa de pescado y un poco de pan que los habitantes les habían cedido de su escasa cena. Las vi cruzar el montículo exterior que señalaba el lugar que habían elegido para esperar. El hielo relucía en las piedras de los muros. Soplaba un viento glacial. Levantaba pequeños remolinos de nieve suelta y agitaba sus pieles. Tenían que inclinarse hacia delante para poder caminar.

Esa noche extendí las pieles para dormir junto a las escaleras y me tumbé con los ojos cerrados, escuchando atentamente. Oía a los habitantes durmiendo a mi alrededor. Ese crujido era uno de los guardias, estirándose, ese grito un niño atrapado por una pesadilla. Me levanté y me dirigí a la sala de los niños, donde niños y niñas dormían entrelazados como una camada de cachorros. Los habitantes juntaban a sus hijos, que trataban a todos los adultos como a padres. Me arrodillé para acariciar una frente dormida. Todos a salvo, pensé para mí, sin preguntarme por qué me debía importar. Me acuclillé, apoyé la espalda en la pared y mis ojos se dirigieron sin querer a la puerta. ¿Qué estaba pasando al otro lado del pueblo? En mi mente, veía a las dos mujeres sentadas como yo, observando la puerta, mientras la luz del fuego daba un tinte dorado a la espada desenvainada de la guerrera. ¿Se hablarían? Me imaginé su aliento congelándose en el aire entre las dos.

Cuando se oyó el grito de batalla, estaba en pie antes de que sus ecos se hubieran apagado y pisándoles los talones a los guardias cuando salieron corriendo por la puerta. Lo que vi me dejó petrificada, y a ellos también. La guerrera, con la espada en alto ante ella, sujetándola con las dos manos. Su compañera, aferrando su vara, dirigiéndose en círculo hacia su izquierda. Entre ellas, inmensa, una figura hecha de niebla y de ventisca. Parpadeaba, surgiendo aquí y allá, consiguiendo casi estar en todas partes al mismo tiempo. Su cabeza se volvía de un lado a otro, sus brazos se agitaban en el aire. El aire crepitaba y se congelaba a su alrededor. Cada uno de sus gestos creaba tornados de granizo que se retorcían por el aire. Levantó la cabeza y soltó un rugido. El hielo alcanzó a la guerrera, cortándole las mejillas con sus finas agujas. Ella retrocedió un paso y la siguió. Detrás, la otra mujer corrió hacia delante, gritando:

—¡Xena!

La madera se limitó a pasar a través de su cuerpo. Perdiendo el equilibrio, Gabrielle cayó de rodillas, se recuperó y alzó la vara de nuevo y la plantó con firmeza cuando la forma se giró en redondo y se abalanzó contra ella.

Gritando, la guerrera saltó hacia delante, dirigiéndose, creo, a los hombros de aquel ser, con intención de montarse encima y acuchillarlo por detrás. Pero también ella pasó a través de él, recuperándose en el último segundo y haciéndose un ovillo para rodar hasta llegar al lado de su compañera. La forma se cernía sobre ellas, implacable como el invierno. Gabrielle volvió entonces la cabeza y me miró.

—¡Traed antorchas! —gritó, con voz apenas audible por encima del aullido que era parte del monstruo. Noté un movimiento detrás de mí, supe que los hombres estaban obedeciendo su grito. Yo no podía moverme. Xena se movió de nuevo, saltando de lado y dejando que su espada cortara el aire en una curva larga y lenta. De la superficie del ser surgieron nubes que se quedaron flotando un momento y luego se lanzaron hacia su garganta. Se transformaron en manos. Ella cayó al suelo, luchando por respirar. Ahora la forma se arrodilló encima de ella, apretándole el cuello con los dedos.

Gabrielle agarró la primera antorcha que llegó a ella y embistió hacia delante, clavándola en lo que deberían ser las entrañas del monstruo. Chillando, el ser se alzó, levantando a Xena en parte y soltándola luego para darse manotazos a sí mismo. Gabrielle corrió hasta ella, sujetando los restos de la antorcha, que se había consumido y apagado. Mientras la cosa miraba hacia abajo, ella le lanzó los restos humeantes con todas sus fuerzas, gritando su desafío y golpeando al ser en la cabeza. No ocurrió nada. Se encogió de nuevo, agitando los brazos, con intención de despedazarla y volver a hacerse con la guerrera. Ella no se movió. Con calma, extendió los brazos, alzó la barbilla y lo miró de frente.

Cogí una antorcha y con los guardias ataqué al ser por detrás. Descubrí que no pensaba en Xena, ni siquiera en mí misma. Lo que tenía en la mente eran las caras de los niños. Casi todos los habitantes estaban ya fuera, con teas y hachas, participando en la lucha con desesperación. El monstruo los apartaba una y otra vez, pero no podía desviarlos por completo. En cualquier caso, pensé, parecía distraído. Daba vueltas y vueltas, tratando siempre de no perder de vista a Xena y Gabrielle, que volvían a estar de pie y luchaban codo con codo.

Entonces pareció ocurrir algo dentro del ser. Los remolinos blanquecinos se inmovilizaron, su pálido contorno se solidificó. Aprovechando la oportunidad, Xena saltó hacia delante y esta vez encontró algo a lo que agarrarse. Le sujetó la cabeza con las manos y la dobló hacia atrás con todas sus fuerzas. Lenta, increíblemente, el ser se fue curvando, formando un arco de hielo líquido. Cuando Xena tenía al ser casi doblado en dos, cuando era evidente que corría peligro de romperse, cambió de nuevo. Ella cayó al suelo, sujetando nada más que niebla. La forma curvada se deshizo en columnas y hebras de niebla que se retorcieron por el aire. Por un segundo adoptaron diversas formas, entre ellas una anciana y un joven. Luego se desvanecieron. Todo el mundo miró alrededor. El sol se alzaba por detrás del círculo de piedras.


Parte IV

—¿Se ha acabado?

Tork estaba acuclillado delante de Xena, que tenía la espalda apoyada en las piedras de la rotonda. Gabrielle no le hizo caso y siguió limpiando con un paño los cortes superficiales que tenía la guerrera en las mejillas. Cuando terminó, se dio la vuelta.

—¿Tú qué crees? —preguntó.

—No parece que haya terminado —contestó él—. Todavía sentimos miedo.

Gabrielle lo miró atentamente y luego asintió.

—Sí. Se alimenta de vuestro miedo. Y de la culpa. —Se detuvo, esperando su respuesta.

Tork vaciló. Luego tragó y dijo:

—A mitad del invierno, decidimos dar de comer sólo a los que eran lo bastante fuertes como para sobrevivir. A los más viejos y los más débiles los abandonamos a la muerte. —Tragó saliva, dolorido por lo que tenía que decir—. Fue decisión mía.

Xena dijo, a través de Gabrielle:

—Era lo que había que hacer. Os salvó la vida.

El jefe levantó la mirada.

—Eso no hizo que me pareciera bien —dijo. Al cabo de un minuto, se alejó.

Volví a observar a las dos mujeres. Vi que había algo más distendido entre ellas. Con todo, cuando Xena alargó la mano para coger la de Gabrielle, la mujer más baja se encogió.

—¿Cómo puedes tocarme? —En voz muy baja.

—¿A qué te refieres? —La guerrera sonaba desconcertada.

—Debe de haber algo malo en mí, algo oscuro —dijo su compañera. Se sonrojó y luego se puso pálida—. ¿Por qué si no pasó todo eso? ¿Por qué si no me utilizaron? —Su voz se apagó hasta caer en el silencio. Se miró las manos y tragó con dificultad.

—¡No! —dijo la guerrera. Ahora parecía atónita, y su compañera la miró un momento. Xena parecía que iba a decir algo más, pero luego dio la impresión de que no conseguía encontrar las palabras adecuadas. En cambio, volvió a alargar la mano y cogió la de Gabrielle—. No —repitió, suavemente, sacudiendo la cabeza. Xena estaba a punto de añadir algo cuando me adelanté. No soportaba oír nada más. Por supuesto, a estas alturas ya me había dado cuenta de que estaba celosa, pero eso no me detuvo. ¿Por qué iba a hacerlo? Tenía derecho a estar celosa, me dije a mí misma. Era hija de mi padre y mucho más merecedora de la guerrera. Era de su clase.

—Lo que Tork no os ha dicho —dije, más que nada por decir algo—, es que algunos de los habitantes están hablando de volver a las antiguas costumbres. A hacer lo que le hicieron al chico de la historia de Ker. —Al decirlo, me di cuenta de que tenía miedo de que lo hicieran y que no quería que lo hicieran.

—¿Tirar a alguien al Marjal? —preguntó Xena.

Asentí.

—¿Quieres verlo? ¿El Marjal? —propuse al azar. Lo que fuera con tal de mantenerlas separadas.

—Ya que estamos —contestó. Gabrielle había estado ensimismada y ceñuda todo este tiempo, pero entonces me miró y asintió también. Sentí un momento de furia, luego se me ocurrió una posibilidad y guardé silencio.

No tardamos mucho en llegar al Marjal. Me pregunté qué les parecía esa inmensa y llana extensión salpicada de matojos de hierbas y plantas de pantano, con montoncitos aquí y allá de nieve sucia. Xena parecía poco impresionada, pero Gabrielle se estremeció.

—Qué horrible acabar en este sitio —dijo, en voz baja—. Solo, hundiéndose en eso. —Se quedó en silencio.

Xena le pasó un brazo por los hombros por un momento y luego se volvió para mirar alrededor. Divisó el círculo de piedras y se dirigió hacia allá, luego se detuvo y miró a su compañera con aire vacilante.

—Esperaré aquí, creo —dijo Gabrielle. Volvía a tener la cara ensombrecida. Xena suspiró, pero siguió adelante.

Gabrielle se sentó cerca del borde del Marjal, en una roca salpicada de liquen. Yo me quedé de pie detrás de ella. Observaba cómo se alejaba la guerrera, y yo también. Cuando consideré que ya no nos podía oír, dije:

—Por supuesto, podrían tener razón.

—¿Quiénes podrían? —preguntó con apatía.

Me acerqué más.

—Los habitantes. Al fin y al cabo, la última vez funcionó.

También esta vez podría funcionar, me dije a mí misma. Podría ser mi regalo de despedida para todos ellos. Y me llevaría mi culpa conmigo. No quedaría flotando para hacerles la vida imposible.

—Son mejores que eso —dijo.

Me sorprendí un poco. Su voz sonaba animada. No me lo esperaba.

—No son más que unos bárbaros —dije, más que nada para convencerme a mí misma.

—¿Cómo puedes decir eso? —Gabrielle se volvió y levantó la mirada. Me di cuenta de que se sobresaltaba al verme tan cerca detrás de ella. Se puso de pie. Estábamos tan cerca que vi motas doradas en sus ojos cuando se encontraron con los míos. Seguía mirando hacia arriba. Sólo tenía que echarme un poco hacia delante y ella perdería el equilibrio. Se mantuvo firme.

—Pararon los sacrificios.

—Se estaban quedando sin gente —dije cruelmente.

—Estaban aterrorizados, pero a pesar de eso, anoche lucharon para ayudarnos —siguió.

—Hasta los animales luchan con valor cuando se ven arrinconados. —Estaba haciendo acopio de valor para mi próximo movimiento.

—Te han dado de comer durante el invierno.

Eso me detuvo un instante. Era cierto. No lo había esperado. Pensé que dejarían que cuidara de los moribundos, sin comida para mí misma.

—Querías que los ayudáramos. Te importaban —siguió.

Eso debería haber bastado. Eso debería haberme recordado que la peor jaula es la que uno se construye para sí mismo. Debería haberme hecho actuar, pero no fue así. Reconocí la verdad al oírla.

—Así es —dijo Gabrielle amablemente, a través de mi silencio—. Endureces el corazón para que no te ocurra nada peor. Pero siempre hay algo que se te cuela. Siempre hay algo que consigue entrar.

Quise decir que sólo los débiles sentían eso. Lo intenté, pero no pude. Gabrielle me observaba con calma, aunque estaba un poco pálida y tenía la respiración un poco acelerada. La mujer que se interponía en mi camino. Miré por encima de ella. Del Marjal se elevaban tentáculos de niebla.

Lo sabe, pensé. ¿Por qué no hace algo? ¿Por qué se queda aquí hablando? Quise contestar, porque es una cobarde, porque cree en la conciencia, porque no es digna de la guerrera. Pero anoche la había visto luchar y sabía que no era ninguna cobarde. Yo era la que se había quedado petrificada. Y ahora ella estaba luchando, a su manera.

El tiempo se detuvo. Oí el quejido de una gaviota, el gemido de una foca, el lamento salobre del mar. Se me ocurrieron varias cosas entonces. Que no todos los héroes llevaban espada. Que resistir era una victoria por derecho propio. Que sobrevivir no era ningún motivo de vergüenza. Que aceptar una situación no significaba en absoluto una derrota. Sentí que las barreras que se habían creado en mi mente hacía diez años se diluían como el agua liberada del hielo. Sólo estaba segura de una cosa: a quienquiera que odiase, no era a Gabrielle.

Retrocedí un paso. Al hacerlo, noté una presencia no muy lejos de mí. Xena, por supuesto. Me pregunté qué había visto; qué había oído. Me volví, esperando ver su rabia dirigida contra mí. Pero estaba mirando a Gabrielle, con expresión tensa.

Gabrielle soltó un profundo suspiro. Me rodeó y se quedó entre la mujer de más edad y yo.

—No pasa nada —dijo. Sonrió a la guerrera—. No te pongas así. Estoy bien. Y tengo una idea. —Se acercó a Xena y le dio unas ligeras palmaditas en el estómago—. ¿Quieres oírla?

Xena bajó la vista para mirarla.

—¿Qué ha cambiado? —preguntó, sin hacer caso de todo los demás. Me quedé atrás, pero escuchando.

—De repente he recordado que tengo algo por lo que vivir. —La cara de Gabrielle volvió a ponerse seria por un momento y su voz más grave que de costumbre. Luego volvió a sonreír. Parpadeé. Era una sonrisa de gran encanto.

Involuntariamente, Xena le devolvió la sonrisa.

—Yo también —dijo entonces. Me dirigió una mirada, con ojos fríos como el hielo, pero supe que el peligro había pasado.

Gabrielle siguió hablando, volviéndose para incluirme en lo que tenía que decir.

—Lo visteis, ¿verdad? Anoche. Cómo la luz lo solidificó lo suficiente como para poder combatirlo. Y fue algo más que la luz, creo. Fue el hecho de que estuviéramos todos ahí fuera, luchando juntos.

Xena asintió. Había alargado la mano y la había posado en el hombro de la mujer más joven, al parecer sin darse cuenta del gesto.

—Creo que es más fuerte cuando la gente se esconde de él o le tiene miedo o se siente culpable por haberlo creado —siguió Gabrielle.

—Creo que tienes razón —dijo Xena—. Lo mejor es airear las cosas —añadió, más para sí misma, me pareció. Luego continuó—. ¿Podemos usar eso?

—Creo que sí. —La sonrisa de Gabrielle era ya de oreja a oreja—. Usaremos mi arma secreta. Le hablaremos hasta que se muera. —Echó la cabeza a un lado y alzó las cejas—. Confía en mí. —Su cara se inmovilizó y pareció encogerse hacia dentro.

—Confío en ti —dijo Xena. Cuando Gabrielle hizo una mueca, continuó—. Es en mí en quien no se debería confiar.

Gabrielle sacudió la cabeza, negándolo con vehemencia.

—Anoche confiamos la una en la otra, ¿no? —dijo—. Así es como sobrevivimos hasta el amanecer.

—Pues ya está. Vamos a probar esta cura milagrosa tuya —dijo Xena, y emprendió la marcha hacia el pueblo.

Tardaron el resto del día en convencer a Tork. Al final, él me miró.

—¿Qué te parece? —dijo.

Reprimí una exclamación y me obligué a responder con calma.

—Creo que tienen razón —dije. Sentí que todo el pueblo me miraba, consciente de un cambio. Entonces repetí las palabras de Xena—. Lo mejor es airear las cosas. —Al decir esto, al sentir los ojos marrones oscuros de Tork en mi cara, noté un deshielo en mi interior, sentí emociones que creía haber matado hacía mucho tiempo.

A la mañana siguiente, justo después del amanecer, todos subimos al Marjal. Estábamos débiles por el invierno, pero llenos de renovada esperanza. Ver al enemigo y ganar una batalla nos había animado. Cuando llegamos al borde, Tork se adelantó. Miró el Marjal, frunciendo el ceño, buscando en su interior las palabras adecuadas. Por fin dijo, con voz clara y fuerte:

—Hemos venido a perdonar y a pedir perdón.

Tras esto, ofreció una lista de nombres, los doce que habían muerto durante el invierno y uno más. El resto del pueblo siguió su ejemplo. Cada uno pronunció el nombre de Terkel. Cuando llegó mi turno, añadí:

—Mi padre.

Había alguien más, pero no recordaba el nombre.

Por fin Gabrielle se adelantó. Cuando llegó al borde del Marjal se volvió y miró a la guerrera, que se colocó detrás de ella, posando las manos en sus hombros. No reconocí ninguno de los nombres que dijeron, pero al final oí que Gabrielle y Xena decían, en voz muy baja, cada una el nombre de la otra y después:

—Yo.

Xena bajó la cabeza y apoyó la mejilla en el pelo dorado rojizo de su amiga.

Nos volvimos para irnos. Al hacerlo nos dimos cuenta de que el viento había cambiado, de que venía del sur. Por fin sentíamos el calor del sol. Por todo el Marjal, los capullos contraídos se abrieron por fin, los pétalos entumecidos se desplegaron. Capas de flores amarillas como la manteca bailaban al viento. Me imaginé que me acariciaba la cara con la delicadeza de un helecho y que olía levemente a miel. Un habitante gritó y señaló hacia el mar. Me protegí los ojos del resplandor y sacudí la cabeza. Por fin vi una sombra en el agua en forma de hoja muy cerca de la orilla. La luz se reflejaba en un millar de puntos centelleantes. Los bancos de peces habían regresado. Los hombres bajaron corriendo la cuesta hacia sus barcas, deteniéndose sólo para recoger las redes.

—¿Ahora vendrás con nosotras? —dijo la guerrera en voz muy baja.

Miré a los niños, buscando a uno en concreto.

—No —contesté. Sentí que algo dentro de mí se estaba curando, colocándose en su sitio. En mi cabeza, añadí el nombre que había estado buscando. Letis. Yo misma—. ¿Para qué? Mi vida está aquí. Pero decidle a mi padre que lo quiero.

Xena siguió la dirección de mi mirada. Un grupo de niños pequeños se había reunido al borde del Marjal y tiraban piedras con mucha solemnidad. Gabrielle ya llevaba un rato mirando al niño. Un niño pelirrojo, más alto que los demás, aunque era más joven.

—Está bien —dijo la guerrera—. Tú decides.

Gabrielle me miró y sonrió.

Partieron a la mañana siguiente, rumbo al sur. Cada día se irían adentrando más en la primavera. Dejaron las cosas que habían traído para comerciar y algunas hierbas y ungüentos, se llevaron ámbar y marfil, como deberían hacerlo dos comerciantes. Somos un pueblo orgulloso. No habríamos permitido que se fueran con menos. De todas formas, sabía que las dos mujeres se llevaban consigo algo que para ellas tenía mucho más valor. Gabrielle había pasado la noche tomando nota de algunas de las historias de Ker, con la cara tan ilusionada como la de los niños, mientras Xena la observaba con deleite. De vez en cuando la mujer más joven levantaba los ojos para devolverle la mirada y su propia cara se iluminaba con una sonrisa encantada. Les deseé a las dos lo mejor y me alegré de que hubieran encontrado su propia primavera.

¿En cuanto a mí? Miro a mi hijo y me permito sentir esperanza.


FIN


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