El enemigo

Mary Morgan



Descargo: Xena y Gabrielle pertenecen a Renaissance Pictures/Universal/MCA.

Título original: The Enemy. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Puede que yo sea la única persona que salió beneficiada de todo lo que ocurrió. Soy dueña de la taberna, lo soy desde que murió mi marido, y en aquella época estaba siempre llena. El miedo da sed a la mayoría de los hombres y los hombres de la aldea tenían mucha sed por aquel entonces. De modo que, a decir verdad, tengo que reconocer que aquel asunto fue más una bendición que una maldición para mí. Tal vez fue una simple y pura bendición. Obtuve algo más que beneficios económicos de ello, como veréis.

Aunque estuve allí desde el principio y hasta el final, creo que voy a empezar por el principio del fin. Como a medias res, como dicen los bardos. Era el mediodía de un día caluroso y húmedo. La mayoría de las moscas habían renunciado a intentar agitar aquel aire bochornoso y sofocante. Era fácil aplastar a las pocas que conseguían posarse en mi barra. Cuando las hojas de enredadera que cuelgan sobre mi puerta se movieron, aquello me llamó la atención de inmediato. Otro cliente, pensé. Levanté la vista al instante y vi una silueta recortada contra el umbral. Esta figura era tan alta y ancha de hombros que casi tapaba el resplandor blanco y brumoso que llenaba la plaza de fuera. También era claramente femenina. Por detrás sobresalía la empuñadura de una espada, pero no me hacía falta esa pista para saber que era una guerrera. La actitud y fuerza de su postura me lo habían dejado claro nada más verla.

Se acercó a la barra despreocupadamente. Una vez dentro de la taberna, las lámparas de aceite que siempre tenía encendidas me revelaron que tenía el pelo fuerte y negro y que sus ojos eran de un azul fascinante. No paraban de moverse mirando a su alrededor. Pensé que a estas alturas aquello debía de ser algo instintivo para ella. Al fin y al cabo, parecía tener veintimuchos años. Una guerrera consigue llegar a esa edad sólo si está muy, muy alerta y si es muy, muy buena. Esto me dio una idea, que oculté dedicando toda mi atención a limpiar un charco de cerveza que tenía justo delante.

—Así que aquí es donde está todo el mundo —dijo la guerrera. Tenía una voz grave y musical. De haber cerrado los ojos, me podría haber imaginado a una exótica emperatriz oriental, en lugar de una espadachina—. No es muy normal, a esta hora del día —continuó. Tenía razón. No lo era. La nuestra es una aldea agrícola, no rica, pero sí acomodada. Ha llegado a ser así gracias al trabajo duro, no a base de que la gente se quede sentada en la taberna. De modo que, aunque el tono era neutro, resultaba evidente que estaba haciendo una pregunta. Me dio la impresión de que esta mujer no solía tener que esperar a que le respondieran a sus preguntas. Con todo, me arriesgué a provocar su cólera ligeramente, con la esperanza de que su curiosidad fuera mayor. Conseguir lo que se quiere a veces es un poco peligroso.

—Llevamos así varios días ya —dije, como sin darle importancia—. ¿Qué te pongo?

Su mirada gélida se encontró con mis ojos y se detuvo en ellos, y noté que se me aflojaban las piernas como si fueran de masa sin cocer. Apoyé las manos en la barra y deposité todo mi peso en ellas. Con los últimos vestigios de mi valor, la miré alzando las cejas y le sonreí estúpidamente.

—Una cerveza —dijo entonces. Mientras esperaba a que se la sirviera, se dio la vuelta, apoyó la espalda en mi barra y recorrió con mirada indolente a los hombres sentados a su alrededor. Nadie se animó a devolverle la mirada. Pensé que nadie podría confundir esto con un festejo de boda. Con los hombros hundidos y la mirada clavada únicamente en sus jarras, eran hombres sencillos que intentaban olvidar sus problemas, no celebrar su buena fortuna.

Cuando me miró de nuevo, me di cuenta de que había decidido seguir mi juego y esperar.

—He venido para reunirme con una amiga —dijo, con tono neutro—. Bardo. Pelirroja. Habla mucho. —Me echó una mirada significativa.

—Todavía no ha aparecido por aquí —dije, fingiendo alegría con bastante maña. Era cierto—. ¿Vienes de muy lejos?

—No —dijo la guerrera—. Bueno, ¿qué has dicho que está pasando aquí?

Bastante segura de que ahora me escucharía, se lo dije.

—Están esperando a que llegue el recaudador de impuestos.

Enarcó una ceja y sonrió.

—¿Es que nadie se lo ha dicho? Hay dos cosas de las que nadie puede escapar: la muerte y los impuestos. —Entonces su sonrisa se hizo más amplia—. Casi nadie. —Soltó una leve carcajada y luego bebió un buen trago de cerveza.

—Éste es diferente —dije.

—¿Ah, sí? ¿Exige demasiado? ¿Trabaja para alguien de quien nunca habéis oído hablar? ¿Pide más cada vez que llega? ¿Ofrece un descuento por ciertos favores? Todo eso ya me lo sé. —Una vez aplacada su sed, ahora bebía despacio la cerveza. Me alegré de que fuera buena (la hago yo misma) y de que pudiera prolongar su paciencia.

—Tenemos que pagarle con vidas.

Vi que le había llamado la atención. Se detuvo por un instante entre trago y trago. Pero aún parecía aburrida cuando dijo:

—Pues no le paguéis. Contratad protección. Echadlo.

Entonces dije:

—Ya lo hemos intentado. No ha funcionado. Es un monstruo. —Volvió a enarcar la ceja y en sus ojos asomó un brillo cínico. Continué—. No, en serio, un monstruo. Hemos intentado negarnos. Nuestro alguacil se enfrentó a él y luego nuestro alcalde y luego nuestros hombres más fuertes. Bueno, uno de ellos. —No dije que era una mole de hombre, bien conocido por su estupidez y sus tendencias pendencieras—. Y también un mercenario que pasaba por aquí. Los mató a todos. Y luego siguió exigiendo el impuesto.

—¿Que en qué consistía, exactamente?

—Siempre sabe cuándo tiene que venir. —Vi que se movía inquieta, cada vez más impaciente. Pero de hecho le estaba contestando—. Se lleva al último recién nacido de la aldea. Hace seis días, Mara dio a luz. —Yo lo sabía bien. Me había encargado del parto.

—¿Ya lo ha hecho antes?

—Aquí no, pero sí en algunas aldeas vecinas. Ya lleva casi seis semanas haciéndolo. —Todos habían cedido. Que yo supiera, habían muerto cuatro bebés.

—Así que no le habéis pagado —dijo, tras una pausa.

—Todavía no. Pero cuando venga esta tarde, no habrá nadie que lo detenga. Entonces tendremos que entregarle al bebé. O quemará el pueblo entero.

—Eso lo ha dicho él, supongo. —Me dio la impresión de que la mujer estaba interesada, aunque se esforzaba por no demostrarlo. Su tono todavía era burlón, pero sus ojos no.

—¿Sabes esas ruinas del otro lado de la plaza? —Estaba segura de que las habría visto al llegar. Esos ojos debían de captarlo todo, sobre todo si algo indicaba violencia.

—¿Alcanzadas por un rayo?

—Eso era nuestro templo. Cuando apareció aquí la primera vez, hace seis días, lo quemó para demostrarnos lo que podía hacer. —Observé la cara de la mujer. No parecía muy afectada por la noticia.

—¿Así es como lucha? —fue lo único que dijo.

—Bueno, no —dije—. Es decir, todavía no lo ha hecho. Aunque debe de ser un demonio con la espada, a pesar de lo esmirriado que parece. —Lo cierto era que yo no sabía cómo luchaba. Ninguno de nosotros se había quedado mirando después de lo del alguacil, que no se podía considerar una lucha. Había terminado demasiado deprisa. Y después de ese primer enfrentamiento, había algo que nos empujaba a encerrarnos entre cuatro paredes, una especie de fobia. ¿Cómo explicarlo? Yo no soporto estar en una habitación donde hay una araña. Pues era ese tipo de sensación. Pero parecía haber jugado con sus víctimas antes de atravesarlas.

La guerrera frunció los labios.

—Nunca se sabe por el aspecto —fue lo único que dijo. Luego continuó, con tono bajo y despreocupado—: Bueno, ya que me tengo que quedar aquí, para esperar a mi amiga, podría tener unas palabras con este monstruo vuestro.

Me cuidé mucho de parecer ansiosa.

—No lo hagas. Te vas a buscar problemas. Por cierto, ¿quién eres?

—Xena —dijo, pero yo ya lo sabía.

Entonces dije, con el corazón en un puño:

—No podemos pagarte gran cosa.

Su mirada me dejó petrificada, pero lo único que dijo fue:

—No quiero que me paguéis.

Solté un suspiro de alivio. Decían eso de ella, pero yo no me lo había llegado a creer.

Dos horas después, su amiga todavía no había llegado y yo estaba en la puerta observando cómo Xena se acomodaba en el pretil del pozo para esperar al recaudador. Se había apretado las hebillas de la armadura antes de salir, había sacado la espada y la había comprobado, se había quitado esa cosa redonda del cinto y le había dado unas cuantas vueltas, sujetándola entre las palmas de las manos. Luego salió por la puerta, tan relajada y tranquila como si simplemente fuera a sacar un cazo de agua.

Yo estaba más que preocupada. Me daba cuenta de que aunque no sabía mucho sobre el recaudador, podría haberle dicho más. Había temido que no me creyera. Que se riera y se marchara para encontrarse con su amiga en lugar de quedarse a esperarla. Ahora pensaba que podría subestimarlo cuando apareciera. Era fácil hacerlo. Me sentía culpable y por primera vez, decidí quedarme cerca e intentar observar lo que pasaba realmente. Los demás se habían escabullido a sus casas y estarían ocultos en los sótanos, si los tenían.

En el preciso momento en que el sol habría estado a la altura de la torre de nuestro templo, si hubiera seguido en pie, a la misma hora a la que había aparecido todos los días, llegó el recaudador. Lo supe justo antes de que se dejara ver. Me puse casi mala de asco. La guerrera no lo vio al principio y al parecer tampoco sintió nada. Cuando levantó la mirada y buscó el origen de la sombra que se estiraba por la plaza hacia ella, vi que se le formaba una expresión de desprecio risueño.

—Así que tú eres el hombre que tiene dominada a esta aldea —dijo, alzándose grácilmente y esperando a que la alcanzara. Oíamos su voz con toda claridad—. Felicidades. Dime cómo lo has hecho.

Él se acercó a ella, sin hacer ruido. Luego dijo:

—Así.

Vi que la guerrera retrocedía un paso. Supe por qué. Alrededor del recaudador la temperatura se habría hecho gélida. Un momento después, vi que su piel empezaba a relucir. En sus ojos había un resplandor rojo. Luego se volvió y miró hacia las ruinas del templo. La piedra del altar seguía intacta. Algunos habíamos dejado ofrendas sobre ella. Fruta, una jarra de vino, un cordero muerto. No había ocurrido nada, por supuesto, salvo que las cosas se habían descompuesto y ahora apestaban.

—Mm. Tal vez a sus dioses les gustaría más este sacrificio si estuviera quemado —dijo con su tono frío y preciso. De repente, se quemó. La fruta, la carne y el vino estallaron en pequeñas llamas blancas y azuladas. Un instante después, un gran crujido flotó por el aire. La piedra del altar se había rajado de parte a parte por el calor.

La pose arrogante de Xena no se redujo un ápice.

—Muy impresionante —dijo, con un tono seco y gélido—. De todas formas, ¿no crees que ya te has divertido bastante? Sigue tu camino.

—¿Tú eres Xena? —El recaudador la miró de arriba abajo, bien despacio. Advertí que a ella se le ponía la espalda rígida y supuse que esto la sacaba de quicio. Luego se relajó y se quedó mirándolo a su vez. Era un hombre pequeño. Tenía el pelo gris peinado hacia atrás para taparse la calva, ojos grises de pestañas grises, una cara de labios grises y finos. Y ropa gris, limpia y bien hecha, que cubría pulcramente su cuerpo delgaducho.

—¿Y tú eres? —preguntó Xena entonces.

—Seguro que ya te lo han dicho.

—Bueno, dímelo tú también. —Xena se estaba apartando despacio, ganando sitio, según me di cuenta, para desenvainar la gran espada y llevarla hacia delante.

Podría haber jurado que en su sosa mirada hubo un brillo malévolo cuando contestó:

—Soy el recaudador de impuestos. Como tú ya sabes, estoy seguro —dijo, recalcando la palabra "tú"—, todo tiene un precio. Cada victoria, cada alegría, cada amigo, cada amor, cada bendición. Nada es gratis. Siempre hay alguien que paga, al final —alzó la voz un poco y ladeó ligeramente la cabeza.

—Menuda noticia —gruñó Xena. Ella también ladeó la cabeza, mirándolo a los ojos, y sonrió.

—Pues yo lo cobro —dijo él—. Me gané ese derecho hace unos días, jugando a los dados con... ¿quién era? Ese farsante que se hace llamar Hades. No se le dan bien los números, sabes. La primera vez que perdió, me dio el derecho a decidir y cobrar este precio. La segunda vez, me dio un medio para defenderme de cualquier enemigo. Y por último, me devolvió la vida. Entonces dejé de jugar. Siempre he sabido cuándo dejarlo. —Soltó una risita. Luego su rostro se quedó impasible. Hizo un movimiento repentino, como si fuera a apuntarla con las manos abiertas, por lo que ella sacó la espada y la descargó contra él. Ahora él sonreía, al bajar las manos y ver una raja que se abría en el propio brazo de la mujer.


Seguía viva cuando él se fue, pero le quedaba poco tiempo, pensamos cuando la llevamos dentro. Pura terquedad, supuse, mientras la colocábamos en el banco junto a la chimenea de la taberna. Traje agua en un cuenco y me puse a limpiarle la sangre de las heridas, sin dejar de pensar que estaba malgastando el esfuerzo. Pero ella seguía aguantando. Me quedé a su lado. Se lo debía, a fin de cuentas. Más tarde, cuando la luz ya escasa que entraba por la puerta vaciló cuando otra persona desconocida cruzó mi umbral, supe la verdadera razón. La mujer abrió los ojos por primera vez desde su encuentro con el recaudador y miró hacia este segundo visitante, sacando fuerzas de flaqueza para sonreír débilmente.

Entonces me acordé. Claro, había estado esperando a su amiga.

Me di cuenta de que esta segunda mujer ya sabía que algo iba mal. Tenía la clase de piel que debería tener un aspecto suave y sonrosado, pero ahora parecía pálida y macilenta. Se detuvo en la puerta, dejando que se le acostumbraran los ojos a la penumbra. Respiraba con dificultad, como si llevara mucho tiempo corriendo. Cuando vio a la guerrera, avanzó de inmediato y al instante estaba de rodillas junto a la chimenea. Le hice sitio: no cabía duda de a quién correspondía estar al lado de la guerrera.

Advertí que, aunque había dejado su vara en la puerta, se había traído el zurrón que también tenía y que ahora lo depositaba con cuidado en el suelo. Me aparté un poco, pero me quedé lo bastante cerca como para oír. Esto era culpa mía y estaba dispuesta a hacer todo lo que pudiera. Además, todavía necesitábamos ayuda.

—No puedo dejarte sola ni un momento —dijo la recién llegada suavemente, alzando una mano para acariciar la mejilla de su amiga. Sus dedos dudaron un instante y luego les dio permiso para tocar la piel blanca y se encogió un poco al hacerlo—. ¿Qué te has hecho? —Sus ojos examinaban gravemente el cuerpo de su amiga, llenándose de lágrimas al ver cada corte, raja y herida.

—¿Te puedes creer que he tenido una discusión con un recaudador de impuestos? —dijo Xena, con apenas un hilito de voz, deteniéndose entre palabra y palabra.

—Si tú me lo dices —dijo la amiga de la guerrera. Parpadeó con fuerza y contuvo las lágrimas.

—Lo que quería decirte... —Xena hizo una pausa, aspiró una bocanada de aire con dificultad, luego otra—. Era adiós, si me dejas meter baza, Gabrielle. —La voz de Xena era apenas un susurro, pero percibí el amor que había en ella al dedicar un tiempo precioso a decir el nombre de su amiga.

Gabrielle sofocó un sollozo, pero luego dijo, con mucha calma:

—Ten paciencia conmigo una vez más. Tengo una historia que contarte, y mientras hablo, bébete esto.

Había cogido el zurrón y sacado un frasco. Era pequeño, de cristal opaco azul. Se volvió hacia mí.

—¿Me das una taza de agua? —me pidió. Cuando se la entregué, quitó el corcho y echó con cuidado nueve gotas en la taza. Fuera lo que fuese, tenía un tono rojizo y olía muy fuerte—. Toma —dijo, levantando la cabeza de Xena y sujetándosela con el brazo—. Bébetelo todo —continuó, poniendo el borde en los labios de la guerrera—. A sorbitos. —A Xena se le estaban cerrando los ojos y su respiración era superficial y rápida. Vi el miedo en los ojos de Gabrielle—. Hazlo por mí —insistió. Observó atentamente mientras la guerrera bebía el primer trago con gran dolor. Luego se puso a hablar.

—Cuando acababa de dejar a las amazonas, me encontré con un anciano en el camino. Conducía un carro tirado por un burro y se le había roto una rueda. Conseguimos arreglarla y luego cogí mi vara y enderecé el carro y entre los dos logramos ponerlo en marcha de nuevo. Justo antes de alejarse, sacó este frasco y dijo: "Ya veo que tienes buen corazón. Que sabes hacer amigos. Si alguna vez una de ellos resulta herida de muerte, haz que beba nueve gotas de esto y piensa en mí. Ahora, si te das prisa, podrás poner a prueba lo que te he dicho". Por supuesto, entonces supe que ocurría algo. Al fin y al cabo, había dicho "una de ellos". Pensé en ti al instante y eché a correr lo más rápido posible para llegar aquí.

Para entonces Xena se había bebido toda la solución. De repente, tomó aire con fuerza y gimió. Gabrielle se puso blanca de nuevo. Soltó la taza y agarró la mano de la guerrera. Entonces la luz pareció cambiar, como si la lámpara de la mesa cercana ardiera con más fuerza. Me eché hacia atrás asombrada. Gabrielle sonrió con alivio. Ante nuestros ojos, los bordes desgarrados de la carne de Xena se unieron y se curaron. Las cicatrices se hicieron desvaídas y desaparecieron. Sus mejillas recuperaron el color. Volvió la cabeza sobre el brazo de su amiga y la miró a los ojos.

—Una buena historia. Termina bien. —Su voz era aún débil, pero sus ojos eran de un azul brillante y su sonrisa deslumbrante.


—Era Zeus, por supuesto —dijo Xena más tarde. Estaba terminando de cenar, mientras su amiga la observaba.

—Hasta la última gota —dijo entonces Gabrielle—. Todavía tienes que recuperar todas tus fuerzas.

Xena hizo una mueca humorística, arrancó un pedazo de pan y lo untó con los últimos restos de salsa.

—¿Satisfecha, mamá?

Gabrielle sonrió.

—Por ahora.

Era una mujer pequeña, según me había dado tiempo de observar, y una amiga extraña para una guerrera. Aparte de la vara, no parecía llevar armas y tenía aire de bondad. Y también, ahora que su preocupación iba cediendo, una buena dosis de gracia irreverente. Las miré, ahí sentadas en un banco ante una de mis mesas, y me pregunté qué sería lo que las mantenía unidas.

—Ese viejo astuto —dijo ahora Xena, retomando el hilo de su conversación—. Quiere que le hagamos un favor.

Gabrielle enarcó las cejas y arrugó la frente.

—Cómo no —dijo—. Se ha asegurado de que tengamos una deuda con él. ¿Supongo que está relacionado con esto? —dijo con tono interrogante.

Xena asintió, masticando el último trozo de pan.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Gabrielle.

Su amiga bebió un trago de cerveza y luego dijo:

—No gran cosa. —Frunció el ceño y se encogió de hombros—. Le daba un corte con la espada y la que sangraba era yo. Le lanzaba el chakram y la que sangraba era yo. Le pegaba una puñalada y la que sangraba era yo. No conseguía ponerle la mano encima. Y tampoco conseguía dejar de intentarlo. Los dioses sabrán qué estaba pasando.

Gabrielle se había vuelto a quedar pálida. La guerrera se apoyó en ella cariñosamente.

—Eh. Que todo va bien. Tenía una amiga dispuesta a protegerme.

La amiga hizo un esfuerzo y levantó los ojos.

—¿Y ahora qué?

Yo estaba detrás de la barra y Xena me miró. Me acerqué y dije:

—Volverá mañana. Todavía quiere al bebé.

—¿Que está dónde? —preguntó entonces Gabrielle.

Señalé a sus pies.

—En el sótano —dije—, con su madre. —Esto lo dije en voz baja. Nadie más lo sabía y así se lo dije—. No me fío totalmente de ellos —añadí. Y no me fiaba. Como Mara se negaba a decir quién era el padre de la niña, los demás hombres estaban planteándose ceder. Yo las había metido a hurtadillas en el sótano cuando nuestro mercenario resultó muerto—. Ese bebé va a seguir con vida —insistí, pues ya había tomado esa decisión.

—Ésa no es forma de criarse para un bebé, teniendo que esconderse, soportando que la gente crea que sus manos están llenas de sangre —dijo Xena con vehemencia. Luego se quedó callada y miró a su amiga. Juraría que en su rostro había una expresión de culpa y que el de Gabrielle también se ensombreció. Pero las dos se quitaron las sombras de encima.

Gabrielle dijo, al cabo de un rato que dedicó a beber cerveza y reflexionar:

—Tú has sufrido las heridas que intentabas infligirle. —No era una pregunta, pero Xena asintió. Gabrielle volvió a quedarse pensando. Luego dijo—: Has pagado el precio de tus golpes. Él no te ha atacado y se ha mantenido a salvo. —Los ojos de Xena soltaron un destello y pareció quedarse pensativa ante esto. Pero siguió esperando. Al cabo de otro minuto, Gabrielle dijo—: Cuando me enseñabas a manejar la vara... ¿te acuerdas? —Miró a su amiga. Xena enarcó una ceja—. Bueno, no sé cómo tenías esa paciencia. Menuda manazas era yo.

—Sólo tenías que concentrarte —dijo Xena. Apartó un mechón de pelo rubio rojizo de la frente de su compañera—. Tenías la capacidad. Eso sí que lo veía. —Le sonrió de medio lado.

—Justo. Concentración. Tardé mucho en darme cuenta. Siempre intentaba dar cada golpe con todas mis fuerzas. Ya lo sabes. Canalizarlo todo a través de la vara. —Alzó las manos de golpe y luego las juntó con fuerza.

Xena miró esas manos y luego levantó los ojos para mirar la cara de la mujer menuda. Su silencio preguntaba a qué venía esta observación.

—Y entonces, un día —siguió Gabrielle, muy concentrada—, seguro que te acuerdas. Estábamos caminando y pasó algo. Moví la vara y paré una flecha. No me pareció que estuviera intentando hacer nada con ella. Simplemente... me dejé llevar y dejé que ocurriera. Después de aquello, lo comprendí, en cierto modo. Hay que concentrarse en lo que se quiere conseguir, sin tratar de forzarlo. —Se calló, se quedó mirando a Xena un momento, algo dudosa.

Cuando empezaba a sentir lástima de la guerrera, por tener que vivir con tanto parloteo, de repente se me ocurrió una cosa. Era evidente que a Xena ya se le había ocurrido.

—Me pregunto quién es —dijo.

—Se llama a sí mismo el recaudador de impuestos, así que a lo mejor es por algo —dijo Gabrielle—. Tal vez eso es lo que era.

—Aspecto de eso ya lo creo que lo tiene —dijo Xena con sequedad. Me imaginé que todavía se sentía algo avergonzada.

—O trabajaba en una casa de cálculo. O era contable. Algo así. —Gabrielle se calló de nuevo, esta vez expectante.

—Sí. Alguien sin el menor poder, que ayudaba a los poderosos a mantener el control. Alguien sin dinero que ayudaba a los ricos a contar lo que tenían. Alguien que se quedó con el odio mientras otros se quedaban con el botín. —Xena pasó los pulgares por el borde de la jarra y se quedó mirando el contenido con aire sombrío.

Gabrielle dijo, con un tono muy suave:

—Siempre habrá gente así. Personas dispuestas a mantener a los tiranos y carniceros en el poder. Personas que se dicen a sí mismas que sólo necesitan el dinero, que de todas formas es algo que otros harían, que tienen que procurarse medios para su familia o para su vejez. Personas que dirán que sólo cumplían órdenes. —Parecía hablar consigo misma.

Xena la había escuchado atentamente. Cuando Gabrielle dejó de hablar, le puso una mano en el antebrazo y se lo apretó suavemente.

—Alguien muy lleno de envidia y rabia —afirmó.

Al día siguiente por la tarde, estaba de nuevo junto al pozo, esperando una vez más. Gabrielle, quien, según habíamos averiguado de primera mano, era una bardo excelente, estaba en la taberna. Habían discutido sobre eso. Al final, Xena había dicho:

—Serás un blanco. Ya lo sabes. Y yo podría perder los nervios. Tenemos un buen plan. No lo echemos a perder.

De modo que estaba pegada a mi lado en la puerta, aferrando la vara, con el ceño fruncido del esfuerzo que hacía para no salir.

Las dos supimos cuándo llegó el recaudador. Noté que se le ponía la piel de un tono verdoso y supe que la mía también debía de estar así.

—¿Qué es eso? —masculló, y luego se puso a apretarse una muñeca con los dedos. Eso no daba la impresión de ayudarla, pero siguió haciéndolo.

Mientras, el recaudador había dado las primeras muestras de agitación que había visto en él. Se detuvo a media zancada por un instante. Pero se recuperó bien, eso debo reconocérselo.

—¿Así que has vuelto? —preguntó mientras se acercaba a la guerrera.

—Hace falta algo más que tú para acabar conmigo —le contestó ella suavemente.

—A lo mejor necesitas otra lección para aprender respeto —replicó él, con aspereza.

—En realidad —dijo Xena, sentándose en el pretil del pozo y haciéndole un gesto para que se sentara a su lado—, tenía la esperanza de que te animaras a responder a mi pregunta.

Él alzó las cejas, sin hacer caso de su invitación, y se cruzó de brazos.

—¿Cómo lo haces? —le insistió ella.

Él frunció el ceño.

—Ya lo has visto. —Se le había puesto la voz un poco más chillona.

—¿Eso es todo? ¿Lanzas fuego y vuelves las armas contra sus dueños? Trucos de feria —se burló Xena—. Hace falta algo más para gobernar un imperio. Para gobernar a decenas de miles de personas, gestionar la recogida y el gasto de los impuestos, la recogida y la distribución de suministros, para pensar por los ejércitos de hombrecillos grises que llevan la contabilidad de todo eso en sus madrigueras. —El desprecio era evidente en su tono. El hombre tenía los hombros encogidos y los puños apretados.

—Y encima ni siquiera tienes lo que has venido a buscar —dijo ella.

—Está en el sótano. Siempre esconden ahí sus cosas de valor. Pero es más divertido obligarlos a que lo traigan ellos mismos —dijo él, con un gruñido—. Luego los obligo a que lo maten ellos mismos. —Se calló de repente, como si casi hubiera dicho demasiado. A mi lado, Gabrielle tomó aliento con fuerza. Vi que se le ponían los nudillos blancos al apretar la vara.

—Eso lo habrás aprendido de alguien como yo. O para alguien como yo. —Xena se echó hacia atrás y le sonrió con aire seductor—. Tiene gracia, fuera donde fuese, siempre encontraba a alguien que hiciera esas cosas por mí. Siempre había alguien en cada aldea dispuesto a velar por mis intereses. Y todos eran iguales.

Él dijo con voz temblorosa:

—Nos necesitáis. No queréis reconocerlo, porque eso sería reconocer que estáis en nuestro poder, pero los señores de la guerra sois todos iguales también. Sin nosotros estáis perdidos.

—No te lo creas. Siempre hay alguien que puede ocupar tu lugar. Siempre lo habrá. Yo siempre podía contar con ello. Eres absolutamente prescindible. Ahí fuera hay para dar y tomar. —Xena le sonrió con indulgencia.

Él se había quedado sin habla. Agitaba los brazos en el aire. Parecía estar atrayendo todo el aire hacia sí mismo. Unos pequeños remolinos levantaron hojas sueltas y polvo y cruzaron la plaza haciendo piruetas hacia él.

Xena no hizo ni caso.

—¿Qué te ocurrió? —preguntó—. ¿Te tendieron una emboscada? ¿Te ahorcaron? —Su tono era cuidadosamente neutro, pero desencadenó algo.

—Estaban esperándome. —Las palabras brotaron en forma de grito—. Me desnudaron y me ataron a un árbol. Me llamaron sanguijuela. Dijeron que les había chupado la vida. Que les había quitado el pan de la boca. Que había matado de hambre a sus hijos. Luego me hicieron unos cortes en el pecho y me dejaron allí, abandonado a los lobos y los cuervos y cualquier otra cosa que pudiera aparecer. Se reían y hacían apuestas sobre cuánto tardaría en morir.

Tenía la cara totalmente roja. Sus labios espurreaban saliva. Las hojas empezaron a sonar y luego las ramas se agitaron con fuerza. Se puso todo muy oscuro.

—¡Xena! —gritó Gabrielle aterrorizada.

La guerrera ya había echado a correr. El hombrecillo gris crecía por fin, y ya no era gris. Se iba hinchando cada vez más y a su alrededor bailaba una luz azul. Luego la luz se volvió hacia dentro, con un brillo ardiente que se volvió blanco. Justo después hubo un ruido ensordecedor.

Xena ya se estaba lanzando hacia la puerta de la taberna cuando ocurrió esto. Cuando recuperamos la vista, lo primero que vimos fue a Gabrielle en el suelo junto a su amiga, abrazándola estrechamente. Luego todos miramos hacia el lugar donde había estado el hombre. Ahora ya no había nada. Tan sólo un hoyo poco profundo en el suelo y trozos de madera del tejado del pozo.

Todos nos acercamos.

—¡Uuuy! —dijo Xena, mirando el agujero que había dejado—. Menudo reventón.

Gabrielle, que seguía cogida del brazo de su amiga, se quedó callada.

—Pobre hombre —dijo por fin.

La miré asombrada. Yo pensaba que el hombre se había llevado su merecido. Y había sido idea de ella, más que de nadie. Estuve a punto de decirlo, pero vi que la guerrera me estaba mirando. De modo que me callé, pensando que Gabrielle era bardo y que los bardos son algo raros. La cara de Xena se relajó entonces y miró a su amiga sonriendo. Era una sonrisa llena de cariño y de respeto, pero también de desconcierto.

El grave rugido de un trueno nos estremeció los huesos. En el horizonte se cernía una banda de nubes inmensas. Para medianoche estaría lloviendo. Gabrielle se sacudió la tristeza de encima y dijo:

—Al menos ahora hemos descubierto que tienes una labia que estremece el cielo. —Miró a Xena y sonrió.

—Con entrenamiento —contestó Xena. Rodeó a su amiga con el brazo y la llevó de vuelta a la taberna.

Xena y Gabrielle se marcharon al día siguiente. El aire era húmedo y fresco, pues el bochorno se había pasado efectivamente durante la noche. Se habían unido a nuestra fiesta y luego bailaron con nosotros. Luego Gabrielle nos contó historias hasta quedarse ronca. Casi todas eran sobre Xena.

Cuando les dimos provisiones por la mañana, Gabrielle preguntó si podía ver al bebé de Mara. Sostuvo a la niña un rato en brazos y me sorprendí al ver lágrimas en sus ojos.

—Al menos la hemos salvado —dijo Xena en voz baja y Gabrielle sonrió.

—Gracias, Xena —dijo.

De modo que sí, supongo que esto fue lo mejor que me pudo pasar desde que el inútil de mi marido falleció sin conseguir darme un hijo. Mara y su niña viven conmigo. Y si hay un precio por todo esto, estoy dispuesta a pagarlo.


FIN


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