Círculo de piedras

Mary Morgan



Descargo: Xena, la Princesa Guerrera pertenece a Renaissance Pictures.
Mary Morgan

Título original: Circle of Stones. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


Gabrielle cerró los ojos y aspiró una profunda bocanada de aire. Miel, pensó, y brezo. Oía el murmullo del viento en la hierba seca del verano y un pájaro solitario que cantaba en lo alto. Echó hacia atrás la cabeza y abrió los ojos. El cielo era de un azul puro. A esta hora tan temprana del día, aún se veía la luna, aunque se iba disolviendo a ojos vista. Como sal, pensó distraída. Como una gota de agua de mar que deja una marca de sal al secarse sobre una vela de seda. Como un... No, no servía de nada.

A pesar de sus esfuerzos por calmarse, por convertir lo que veía en un paisaje lírico, se estremeció.

Detrás de ella, oyó el leve roce de lino sobre cuero, la resonancia apagada de una armadura de bronce. Xena también lo nota, se dio cuenta. La tensión que había aquí, que atirantaba el viento, la hierba y el cielo alto y terso. Avanzó un paso, sintiendo el roce de las altas hierbas en la piel de las rodillas y los muslos, y apoyó una mano en la piedra que tenía al lado. Luego la apartó bruscamente, aferrando su vara y tomando aliento con fuerza.

—¿Qué pasa? —La presencia de Xena, alerta y en guardia detrás de ella.

—No lo sé.

Gabrielle miró la piedra con desconcierto. Era ancha y muy baja, de un gris anodino. Daba al este y llevaba absorbiendo la luz del sol desde el amanecer. Incluso a esta distancia notaba el calor que emitía su superficie. Entonces, ¿por qué, al colocarle la mano encima, se había estremecido?

—Me ha dado una sensación... extraña, supongo.

Extraña, pensó para sí misma. Menuda bardo estás hecha. ¿Pero cómo expresarlo si no? Frío apenas bastaba. Lo que había sentido, lo había sentido en las entrañas y en la cabeza. En el espíritu, más bien. Algo frío en su alma. ¿Cómo podía decirle eso a Xena? A ella misma le parecía estúpidamente sentimental.

Ya a su lado, Xena acercaba su propia mano. "¡No!", quiso decir, pero se contuvo y observó en cambio y vio que la mano de su compañera vacilaba un momento, antes de apoyarse, con los dedos extendidos, en la piedra. Ésa es mi Xena, pensó.

—¿Y bien? —preguntó en cambio.

—¿Frío? —El tono de Xena era tan incierto como el suyo. Apartó la mano y se la frotó rápidamente con la otra. Luego dijo—: Desesperado. —Con mucha más seguridad.

, pensó Gabrielle, sí, eso es. Atrapado y desesperado. Y volvió a estremecerse.

Xena le puso la mano en el hombro por un instante y dijo con tono pragmático:

—Bueno, sea lo que sea, no puede ser lo que tiene a esos aldeanos tan asustados. Sólo son piedras.

Gabrielle tragó saliva y asintió, aunque no muy convencida. Miró a Xena a la cara y le sonrió animadamente. La otra mujer la observó con los ojos entornados y por fin le devolvió la sonrisa.

—A lo mejor no hay nada terrible aquí arriba —comentó Gabrielle—. A lo mejor lo han dicho para librarse de nosotras. —Al hablar, sintió una pequeña acometida de confianza. Sí, seguro que es eso.

Xena enarcó una ceja.

—¿Tan desesperados estaban por no oír una historia?

—Qué graciosa —contestó Gabrielle obedientemente, mientras su mente se ponía en marcha—. El alcalde ése —dijo al cabo de un momento—. Tenía algo raro. No te miraba y sólo me hablaba a mí. Y todos esos gestos con las manos. ¿Como si estuviera haciéndose el sincero, en vez de serlo?

—Sí. —Xena frunció el ceño—. De todas formas, la aldea tenía miedo de algo.

Gabrielle tuvo que reconocer que era cierto. Cuando el hombre habló de las desapariciones, de la gente que subía hasta aquí y nunca más se la volvía a ver, pero en su voz se percibía algo más. Y los que estaban alrededor, en la plaza polvorienta... parecían asustados. Piel pálida, ojos enrojecidos, la boca con un rictus de dolor. Sí, desde luego que había algo más.

Las dos miraron a su alrededor. Un recinto cubierto de hierba, cercado por un muro de piedra, en la cumbre sorprendentemente llana de una colina rocosa salpicada de olivos aquí y allá. Nada de especial, aparte de la colección de piedras más bien grandes colocadas más o menos en círculo. Ningún lugar donde esconderse. Los olivos de debajo eran pequeños y nudosos. Tampoco ellos tapaban gran cosa. Las mujeres veían claramente cabras que iban de un matojo a otro por entre los troncos retorcidos de los árboles. Se miraron la una a la otra, enarcando las cejas al mismo tiempo con un gesto de perplejidad. Gabrielle se echó a reír ante esto y los labios de Xena esbozaron una sonrisa.

—Voy a dar otra vuelta —dijo ahora—. Tú quédate aquí.

Se marchó antes de que Gabrielle pudiera objetar, y la bardo sacudió la cabeza, irritada. Xena, Xena. ¿Cómo te puedo cubrir la espalda si no la dejas cerca de mí? Se alejó de la piedra, para emprender una batida por la zona inmediata. Al cabo de un rato, dejó de caminar y se apoyó en su vara mientras contemplaba lo que tenía delante. Varias piedras más, advirtió, unas más grandes, otras más pequeñas, y entre ellas una maraña de hierbas descoloridas por el sol sembradas de amapolas y campánulas. Tan azules como sus ojos, pensó, ensayando en su cabeza las líneas que introducían a Xena en su historia más reciente. Tal vez no: las campánulas podrían ser de princesa, pero no eran en absoluto de guerrera. Tan azules como el mar en verano cuando... Se permitió soñar durante un minuto.

Tal vez fuera más tiempo. Hacía un día caluroso, y tras tantas semanas de duras caminatas y varios encuentros íntimos con diversas muestras de suciedad y bandolerismo, la verdad es que estaba muy cansada. Xena también, aunque jamás reconocería semejante cosa. Era una lástima que ésta no hubiera resultado ser una aldea donde uno pudiera tomarse un pequeño y agradable descanso. Mientras reflexionaba sobre ese descanso y el sitio adecuado para realizarlo, Gabrielle se despertó con un respingo. Se dio cuenta arrepentida de que debía de haberse quedado dormida de pie. ¿Qué era lo que la había despertado? ¿Un ruido? ¿Algo que se acercaba sigilosamente por detrás? No lo sabía muy bien.

¿O era que alguien no había regresado?

—¿Xena? —dijo en voz baja. Al decirlo, una sensación de alarma le puso la carne de gallina. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que se había ido la guerrera? ¿Por qué no había vuelto?

—¿Xena? —Esta vez su tono fue mucho más alto y se puso a mirar a su alrededor.

Nada. Piedras, hierbas y silencio. ¿Qué había sido del pájaro? ¿Del suave cri-cri de los grillos al moverse por la hierba?

—¡Xena! —Oyó el pánico de su voz y se obligó a quedarse quieta y respirar hondo. Cuando el corazón dejó de atronarle en los oídos, volvió al punto donde creía haber visto a Xena por última vez y siguió la ruta emprendida por su compañera, saliendo del recinto donde estaban las piedras y torciendo a la izquierda.

Cuando Gabrielle casi había completado el trayecto, vio algo. Un destello a la derecha, otra vez dentro del recinto. Trepó por el muro, con torpeza producto del pánico, y corrió hacia lo que había visto. Era, como sabía que lo sería, la espada de Xena. La espada nueva, hecha, según dijo el herrero, de un metal caído del cielo. Estaba tirada en el suelo junto a una piedra de un gris azulado claro que era algo más alta que las demás.

—Xena —susurró Gabrielle, apoyando la vara en la piedra y arrodillándose para coger el arma, temerosa de lo que pudiera descubrir. Pero la hoja estaba impoluta. Se puso en pie, mirando aturdida el reflejo primero del azul del cielo y luego, con un destello abrasador, la brillante esfera del sol.

Casi dejó caer la espada cuando, detrás de ella, oyó un ruido que al instante reconoció como lo que la había despertado antes. Un ruido extraño. Respiración sibilante, mezclado con otro, el de un cuerpo al pasar a través de la maleza de hierba seca. Un cuerpo vestido con algo que se enganchaba suavemente en las hierbas. Y un siseo, como guijarros agitados por el ataque de olas insistentes. Intrigada, estuvo a punto de volverse. Entonces el eco de su propio "¡No!" resonó en sus oídos, mezclado con el trasfondo de una voz más grave, la voz de Xena, y se quedó clavada en el sitio.

—¿Buscas a alguien? —preguntó otra voz, dulcemente, detrás de ella. Una mujer, advirtió, y eso era lo único que sabía. Ni joven, ni vieja; hasta el acento era neutro. Ni el dialecto de los aldeanos, ni ningún otro que pudiera recordar.

—¿Una guerrera de pelo negro? —insistió la mujer. Gabrielle se empezó a poner tensa y tuvo que contener las ganas de darse la vuelta, para preguntar, "¿Dónde está?". Pero cuanto más tiempo daba la espalda a la voz, más segura estaba de que eso era lo debía hacer.

—Es muy grosero no contestar, ¿sabes? —La voz seguía siendo amable—. ¿O es que no te interesa saber dónde está?

Gabrielle se preparó.

—¿Dónde está? —preguntó, satisfecha al notar que tenía la voz bastante firme.

—Estás muy cerca de ella. —Al haber obtenido respuesta, la voz de detrás parecía un poco más fuerte, un poco más animada—. Mucho más cerca de lo que te imaginas. —Ahora la voz se llenó de diversión satisfecha y Gabrielle sintió que la embargaba una oleada de rabia.

—¿Qué le has hecho? —Vio que sus nudillos apretaban tanto la empuñadura de la espada de Xena que se ponían blancos—. Dímelo o por los dioses que te obligaré a hacerlo.

—¿Y qué vas a hacer, pequeña mortal? —La voz sonaba henchida de burla—. ¿Clavarme la espada de tu amiga? Ella no consiguió acercarse a mí y eso que era una guerrera.

¿Era? ¿Era? Gabrielle casi cayó de rodillas, presa de un frío mortal. ¿Qué vas a hacer? ¿Desmayarte? ¡Pues sí que te va a servir de mucho! ¿Te vas a rendir?, se recriminó a sí misma. Es a Xena a quien le estás fallando. Ella nunca se rinde.

—Pues debes de haberla engañado —contestó desafiante. Además, Xena seguía cerca. La sentía.

—Un poco. —La voz destilaba soberbia—. Sólo un poquito. Sólo la llamé por su nombre. "Xena", dije. —Pero la voz, por un instante, fue como la de Gabrielle—. Pero contigo me enfrentaré de igual a igual. Cara a cara. —Ahora la voz sonaba lisonjera.

—Ni hablar —replicó Gabrielle—. Sé lo que eres. —Tenía miedo de saberlo, aunque la vocecita del fondo de su mente que siempre se mantenía aparte y lo observaba todo con calma le estaba diciendo: "Estúpida, eso es un mito. Las gorgonas con la cabeza llena de serpientes son sólo un mito. Todo esto es un truco".

—Entonces sabes que no puedes hacer nada. Ni por tu amiga, ni por ti misma. Date la vuelta y dejaré que le hagas compañía todo el tiempo que dure la piedra.

Maldición, pensó Gabrielle amargamente, lo hace bien. Un llamamiento a la desesperación heroica: resulta casi tentador.

—¿Por qué iba a hacerlo? —contestó—. ¿Cuando puedo matarte y liberarla?

Haz que siga hablando, Gabrielle, mientras piensas. Y puede que se le escape algo.

—No puedes liberarla, ni a ninguno de los otros —replicó la voz.

—Siempre hay una manera. —Gabrielle se esforzó por controlar la voz y llenarla de la arrogante confianza en sí misma típica de Xena. Eso siempre los irrita, les hace hablar. Había visto ese resultado en muchas ocasiones.

—Sí, claro —reconoció la voz afablemente—. Hay una manera. De hecho, la solución es muy sencilla. La mar de simple. —Ahora sonaba burlona y provocativa, riéndose de una broma privada—. Pero no querrás liberarlos. Sería una crueldad —prosiguió la voz. Como una planta carnosa, pensó Gabrielle con esa parte observadora de su mente. Un corte y le saldrá una savia pegajosa. En voz alta dijo:

—¿Y por qué?

Haz que siga hablando. Se le pasaron mil ideas por la cabeza. Aquella criatura probablemente tenía razón. No tenía ninguna posibilidad contra ella con una espada. ¿Pero qué decían los filósofos? ¿Que los ojos emitían luz que volaba hacia un objeto como una flecha y que así era como se veía? Posiblemente, entonces, la luz emitida por los ojos de esta criatura era diferente y tenía un efecto mortífero, pero sólo si uno se encontraba con su mirada. De ojo a ojo. Así que, ¿qué pasaría si...?

—Imagínate atrapada como ellos, sin sentido del tiempo ni esperanza de liberación. ¿Cómo te sentirías? ¿Aterrorizada? ¿Enloquecida? ¿Desesperada? ¿Cuánto tiempo lo soportarían tu mente y tu espíritu? —decía la criatura.

Y en el fondo de su propia mente, la vocecita le estaba diciendo: "Pero la verdad es que no te crees eso de los ojos. Tú crees que la luz procede del sol, ¿recuerdas? Que procede del sol y entra en los ojos".

Con un esfuerzo, Gabrielle bloqueó las dos voces. Ahora o nunca, pensó y volvió a aferrar con fuerza la espada de Xena.

La criatura debió de notar el cambio de postura, el ligero reflejo que recorrió la espada cuando el temblor de las manos de Gabrielle hizo vibrar el arma.

—Oh, no seas tan estúpida —dijo la voz con desprecio, sin el menor miedo.

—Creo que te darás cuenta de que la estúpida no soy yo —replicó Gabrielle, esforzándose por encontrar el tono de voz y el ángulo de la espada adecuados. Reflejados en la hoja, vio el sol, luego el cielo, luego la parte superior de la piedra que tenía delante. Cuidado, cuidado. Tienes una sola oportunidad. Movió la espada a un lado ligeramente, la inclinó un poco más.

Oyó:

—Oh, pero qué aburrida y... —Y entonces la voz se cortó.

Gabrielle mantuvo la posición de la espada todo el tiempo que pudo, aunque su peso y el ángulo extraño no tardaron en cansarle las muñecas y tuvo que soltarla. Siguió esperando. Podría ser un truco. Pero no ocurrió nada, y por fin, con mucha cautela, se volvió.

Había una piedra detrás de ella. Más o menos de la altura de una mujer y de un reluciente tono plateado. Sabía que antes no estaba ahí: habría tenido que rodearla para llegar a la espada de Xena.

Xena. La desesperación azotó a Gabrielle como una ola. ¿Qué había esperado? ¿Que la muerte de la criatura, de la gorgona, liberara a sus víctimas? Sí, eso había esperado. Sólo ahora lo reconoció, cuando quedó claro que había fracasado. Ahora sé lo que quiere decir la gente al decir que se le ha puesto una losa en el pecho, pensó. Tenía el pecho tan oprimido, tan poco espacio para los pulmones, que jadeó y luego se tambaleó, y mantuvo el equilibrio sólo porque alargó la mano para sostenerse en la piedra donde había encontrado la espada de Xena.

—Oh, Xena —dijo—. ¿Qué voy a hacer?

Captó un eco de su propia voz, parloteando sobre la posibilidad de derribar montañas con música. Menuda esperanza. ¿Eso era todo lo que podía hacer? ¿Llorar y gimotear e idear planes infantiles? Soltó un quejido, odiándose a sí misma. Entonces recordó la voz de la gorgona. "¿Cómo te sentirías?", había preguntado. Atrapada en la roca, consciente y sabiendo que era parte de la roca, los ojos ciegos por su causa, los oídos sordos, imposible moverse, respirar incluso. Se lo imaginaba demasiado bien. Oscuridad sofocante. Presión despiadada, aplastante. Se volverá loca, pensó. No podrá soportarlo. Medio ciega, medio sorda, luchando por respirar, Gabrielle golpeó la piedra hasta que le brotó sangre de las manos y el agotamiento por fin pudo con ella.

Ya casi atardecía cuando volvió a abrir los ojos. Yacía con la mejilla apoyada en la piedra, que proyectaba una larga sombra que se alejaba de ella hacia el este. Ha vuelto el pájaro, pensó débilmente, al oír su canción, sabiendo que sólo había una voz que quisiera oír ahora. Y como jamás la oiría, como por tanto jamás se marcharía de este lugar, como no tenía otra forma de unirse a Xena... pues sólo quedaba una cosa por hacer.

Cogió la espada por última vez y le costó muchísimo levantarla. Volvió a reflejar el cielo, el campo de piedras y luego, por un instante, a ella misma. Gabrielle siguió moviendo la hoja, vagamente asombrada de que en su cara no se percibiera el menor rastro de su dolor. ¿No debería tener otro aspecto? Pero no. Su cara seguía como siempre, bajo la sangre seca, el barro.

¿El barro? Volvió a inclinar la espada y se miró la cara. Tenía sangre de las manos en una mejilla, pero la otra estaba marcada con una mancha del color de la piedra en la que había apoyado la cara. Se volvió hacia ella, palpando la superficie gris azulada. Ahí había una ligera muesca, advirtió. Ni siquiera eso: un hoyuelo. Antes había estado llorando. El escozor de los ojos y la sensación de tener la piel tensa se lo recordaban. Debía de tener la mejilla mojada de lágrimas cuando se derrumbó contra la piedra.

¿Qué había dicho la gorgona? Recordó "solución" y "mar".

—Xena —resolló—. Ya sé qué hacer. Aguanta. Espérame.

Había hablado casi sin poder respirar y salió corriendo del recinto sin tomar una decisión consciente de hacerlo, sujetando con una mano la espada de Xena. Dejó su vara apoyada en la piedra gris azulada. El cielo había adquirido un cálido tono dorado y su sombra saltaba por delante de ella, apuntando con su largo dedo la ladera que descendía hacia la aldea. Me darán lo que quiero, se juró a sí misma.

Al principio dio la impresión de que no lo iban a hacer. Era evidente que el alcalde se sorprendió al verla. Cuando se enteró de que había vencido a la gorgona, se quedó estupefacto.

—¿Lo has hecho? ¿La has matado?

Gabrielle notó que no parecía muy contento, que de hecho parecía asustado, pero por el momento no hizo caso.

—Sí. Y ahora tenéis una deuda conmigo y vengo a cobrarla. Toda la sal que tengáis y agua y gente que me ayude a subirlo todo hasta allí.

—Estás loca, mujer —le dijo gruñendo—. ¡Nuestra aldea es pobre! ¿Que te demos nuestra sal? ¡Largo de aquí! —Miró a su alrededor y vio que se abrían puertas y salían aldeanos. Levantó la voz, con la clara intención de que lo oyeran y siguieran su ejemplo—. Lárgate o te enseñaremos lo que les hacemos a las vagabundas embusteras como tú. —Hizo una pausa y cogió una buena piedra, sopesándola con ciertas dudas, moviendo los ojos de un lado a otro.

Ella pensó en ese momento que los aldeanos debían de ser increíblemente atrasados. Ahora ya estaban todos fuera, al lado del alcalde, boquiabiertos y en silencio.

—¡Vamos! —gritó furiosa, y agitó la espada. Cuando se apartaron de ella, se enfureció aún más, y de un salto agarró a una mujer de los hombros y le gritó a la cara—: ¿Es que queréis dejarlos allí arriba? ¿Es que no queréis recuperarlos?

La mujer hizo una mueca de dolor: la empuñadura de la espada se le clavaba en el hombro y la cara sucia de la lunática estaba casi pegada a la suya. Se puso pálida y luego pareció entender lo que había oído y se puso aún más pálida.

—¿Recuperarlos? —repitió débilmente—. No podemos recuperarlos. Lo dice él. —Hizo una gesto con la barbilla señalando al alcalde—. Dice que lo único que podemos hacer es impedir que baje aquí y nos lleve a todos.

A su alrededor, uno o dos aldeanos se agacharon para coger sus propias piedras. La mayoría no lo hizo.

—¿Ah, sí? Pues se equivoca. —Gabrielle hizo una pausa. ¿Qué puedo decir para convencerlos? ¿Por qué perder el tiempo? Se está agotando. Apartó con un esfuerzo sus pensamientos de Xena, amortajada en piedra, se calmó y volvió a empezar—. Escuchad, vamos a intentarlo. Si me equivoco, luego podréis lapidarme. —Se pasó la mano libre por la cara y trató de calmarse—. Por favor —dijo, bajando la voz de repente—. ¿Qué daño puede hacer?

—Ni lo pienses, Marta —dijo el alcalde—. Te lo prohíbo. Está mintiendo. La gorgona podría seguir allí arriba, esperando para atraparos a todos. Yo os he salvado durante todos estos años. —Su voz agravó un poco. Adoptó un tono de ruego santurrón—. De no haber sido por mí, el monstruo habría bajado y nos habría matado a todos. Tenéis que hacerme caso. —Apretó los puños y se puso rojo.

Gabrielle se dio cuenta de que el hombre había ido demasiado lejos. La mujer que tenía delante le dirigió una mirada de odio puro y luego asintió bruscamente y exclamó:

—Tomas, Isander, haced lo que dice ella. Vamos a llevar sal y agua allí arriba antes de que se vaya la luz del todo. —Se volvió y miró de nuevo al alcalde. Gabrielle quería gritarle que debían irse ya, que no podían perder más tiempo. Pero consiguió contenerse—. Hemos hecho muchas cosas de las que me avergüenzo por tu culpa. Pero se acabó. ¿Te enteras? —Él la miró con rabia y ella acabó por hacerle un gesto de desprecio—. Bah, ¿qué tal si te pierdes, pedazo de...? —Tragó saliva y consiguió callarse—. Nosotros te lo hemos permitido. También es culpa nuestra. Pero vete de aquí, ¿vale?

Al final, casi toda la aldea los acompañó, y ya estaba oscuro cuando llegaron al recinto, a pesar de las prisas. Mezclaron la sal y el agua a la luz de antorchas, frotaron la mezcla en la piedra con las manos. A Gabrielle le escocía la piel al aplicar la solución, pero no hizo caso, llena de alegría cuando primero notó que se ablandaba y luego tocó piel cubierta de cuero justo antes de que Xena cayera sin sentido en sus brazos.


—Toma más —la animó Gabrielle—. Tienes que recuperar las fuerzas.

—Cómetelo tú —replicó Xena—. Yo no soy la que ha dejado de piedra a una gorgona y una aldea entera en un solo día.

—Aduladora.

Gabrielle frunció el ceño, pero siguió con el dulce firmemente plantado bajo la nariz de Xena. Se alegraba de ver que la guerrera tenía mejor color, pero no podía quitarse de la cabeza la sensación del cuerpo fláccido y la piel fría de su amiga tras ser liberada de la piedra. Como una muerta. La frase no había parado de repetirse en su mente durante lo que quedaba de la noche anterior, mientras yacía abrazada a Xena en la cama libre de Marta, apartándose de su compañera sólo para alimentar el fuego. Ni siquiera ahora conseguía relajarse del todo. Xena seguía demasiado indiferente, demasiado distante, todavía no la había mirado a los ojos. Los suyos estaban apagados y oscuros como la pizarra cuando por fin los abrió por la mañana: o eso había temido Gabrielle.

Había faltado muy poco, pensó con cansancio. Demasiado poco. Algunas de las otras víctimas, aldeanos seleccionados como sacrificios propiciatorios o viajeros engañados para ocupar su lugar, no habían sobrevivido. Varias veces, y todavía le daban náuseas al recordarlo, había oído el golpe húmedo de los huesos todavía cubiertos de carne putrefacta al desplomarse. Otras piedras se habían disuelto liberando personas tan perdidas en su mundo interior que no había forma de llegar a ellas, o tan enloquecidas que no había forma de calmarlas. Uno había salido corriendo del círculo de piedras y, ahora mismo, sus apenados parientes lo seguían buscando. Tal vez la gorgona estuviera en lo cierto. Tal vez no había habido manera de rescatarlos a todos a fin de cuentas. Tal vez ni siquiera a Xena. Sintió una oleada de pánico y cerró los ojos.

—Eh.

Notó que algo le rozaba los dedos y se dio cuenta de que Xena le había quitado el mazapán y lo estaba desmigajando entre sus propios dedos. También se dio cuenta de que la observaba atentamente.

—Ya basta —dijo Xena, con tono repentinamente animado y firme—. A menos que te arrepientas de haberme sacado de allí. —Alzó una ceja espectacularmente.

—Claro que sí. Porque ¿qué gano yo? Más ampollas en los pies, más pescados en la cara, más cuchillos en el cuello. Más emboscadas. Más encontronazos con los dioses. Qué ganas tengo.

Pero a pesar de todo, Gabrielle notó que se le llenaban los ojos de lágrimas. Estás demasiado cansada: ¿ya no aguantas una broma? Apartó la mirada bruscamente, concentrándose en lo que se veía por la ventana. Lo poco que se veía. Era de noche otra vez. A pesar de la vela que tenían en su habitación sólo distinguía las estrellas, esparcidas por el cielo como granos de sal.

—Eh —repitió Xena. Seguía mirando atentamente la cara de la bardo—. Se ha acabado. Todo va bien. Incluso esta aldea de mala muerte. Y todo gracias a ti.

Bueno, el alcalde se había ido y la piedra de la gorgona estaba profundamente enterrada bajo la hierba del recinto. Eso era algo. Gabrielle se volvió y meneó la cabeza mirando a la guerrera. Luego sacó fuerzas de flaqueza y se obligó a sonreír.

—Eso te demuestra lo desesperada que era ya la situación.

—No. —La vehemencia de la palabra la sorprendió—. No, no hagas eso. —Cuando Gabrielle se quedó inmóvil y se le volvieron a llenar los ojos de lágrimas, Xena se echó hacia delante y le sujetó la cara con sus grandes manos—. No te quites mérito —dijo, en voz muy baja. Atrapó la mirada de Gabrielle y la sostuvo—. Todos nosotros hemos tenido suerte de que estuvieras aquí, y no debes olvidarlo.

Algo se hinchó en el pecho de Gabrielle y le puso un nudo en la garganta. La expresión de su cara hizo que Xena se acercara aún más y dijera, muy bajito:

—Estoy bien. De verdad. Tú me ayudaste todo el tiempo. No me sentí ni un momento totalmente sola: te sentía todo el tiempo, cerca de mí.

Sí. Como campánulas, tenía razón. Gabrielle miró a Xena a los ojos con la misma intensidad con que Xena la miraba a los suyos. Vale. Hemos tenido suerte. Se encuentra bien.

Entonces se le escaparon las lágrimas y Xena las atrapó con los pulgares, secándoselas.

—¿Nada que decir? —Había aligerado el tono. Ahora era de burla afectuosa, aunque su expresión seguía siendo seria, preocupada. Y algo más—. Eso era un cumplido, y te lo mereces ampliamente. Así que di "gracias".

Gabrielle sintió una auténtica carcajada que le subía por el pecho y disipaba la última sombra del miedo. Alzó sus propias manos para cubrir las de Xena.

—Gracias —repitió obedientemente. Su cara se iluminó con una sonrisa encantada—. ¿Te gustaría que hiciera algo más?

Xena le sonrió. Luego, de repente, se puso seria. Dejó caer las manos y apartó la vista y luego la volvió a mirar. Gabrielle vio cómo tragaba saliva. Luego sonrió con rigidez y dijo:

—Ya se me ocurrirá algo.

Gabrielle supo que no era lo que había querido decir.

—Muy bien. Me quedaré cerca hasta que se te ocurra algo, no temas.

Alargó las manos y cogió las de la guerrera, dejando que el gesto dijera todo lo demás.

La sonrisa de Xena volvió a relajarse y le iluminó la cara. Sus largos dedos se entrelazaron con los de la bardo.

—Me parece bien —dijo contenta.


FIN


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