La cierva

Mary Morgan



Descargo: Ni Xena ni Gabrielle (ni, ya que estamos, Argo) me pertenecen a mí. Pertenecen a Renaissance Pictures.

Título original: The Deer. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Era un bosque encantado. Gabrielle estuvo segura de ello desde el momento en que entró en él. El mensaje le llegaba de diversas maneras. Lo oía en el canto de los pájaros, en el rumor del agua al correr, en el susurro de las hojas. Lo olía al pasar junto a espesos matorrales de flores pálidas. Lo notaba bajo los pies al caminar por los senderos musgosos. Lo veía en todo. Los gráciles troncos de los árboles, los penachos bailarines de hojas jóvenes, los rayos de luz que atravesaban las delicadas sombras azules de alrededor. Sobre todo, lo percibía. Este lugar la inundaba de paz.

La necesitaba. Estaba enfadada con Xena, que la había dejado atrás como a una niña. Después de todos estos años, sigue sin confiar en mí, pensó Gabrielle. Ni en sí misma, añadió y suspiró. ¿Por qué no puede decirme qué le ocurre? Una vocecita preguntó: ¿Por qué no se lo has preguntado? ¿Por qué hiciste un chiste estúpido y luego le dijiste que sí, adelante, te seguiré lo más deprisa que pueda? ¿Acaso no debería saber que te importa? La discusión de siempre, reconoció, sin una respuesta que la apaciguara, sólo la belleza y la paz de estos árboles.

Al poco, empezó a notar que el bosque estaba agitado. Algo lo alteraba. Preocupada, prestó más atención al asunto y entonces se temió que conocía el origen. Se volvió para buscarlo. Su búsqueda la llevó a adentrarse cada vez más en el corazón del bosque. Cuanto más se adentraba, más notaba que había mucho más a su alrededor que lo que estaba a plena vista. Por el rabillo del ojo, veía formas que se movían, colores que brillaban. Más adelante, soñaría con estas cosas. Cosas con forma de caballitos blancos pero que se movían como ciervos danzaban delante de ella. Unos frutos redondos y brillantes como el sol iluminaban las ramas tras densos velos de hojas verde azuladas. Pájaros de alas como arco iris pasaban volando a su lado, sin trinar pero entonando cánticos en un idioma que casi comprendía. Por el momento, sin embargo, no dintinguía nada con claridad. No obstante, estaba segura de que allí había algo.

No encontró rápidamente el origen de la agitación. Al cabo de un rato, sin embargo, olió algo conocido, el olor a humo, a madera quemada. Se dirigió hacia él, consciente de que fuera del bosque el sol se estaría poniendo y la luz se iría apagando. No había pensado en lo que iba a hacer si tenía que pasar la noche sola en el bosque y se regañó a sí misma por ello. Cómo la reñiría Xena, pensó.

Y entonces, como la realización de un deseo anhelado desde hacía tiempo, fue a Xena a quien encontró junto al fuego. Estaba sentada en una extensión de hierba esmeralda salpicada de pimpinelas y verónicas. Un arroyo corría al lado, entre abedules y serbales. Allí, el dosel de árboles se retiraba. Las estrellas ardían blancas en un cielo azul oscuro. La guerrera alzó la vista cuando apareció Gabrielle, pero no dijo nada, simplemente colocó otra rama seca en la hoguera y miró a la bardo mientras ésta se acercaba. En su cara había sombras, pero era la luz del fuego la que las causaba. Sus facciones estaban inmóviles. Fue Gabrielle quien habló, por supuesto.

—Xena, qué estupendo. No esperaba alcanzarte tan pronto. ¿Me estabas esperando?

Cháchara, cháchara, se burló de sí misma. Como si realmente le pareciera probable. De todas formas, tenía esa esperanza. Y tenía que decir algo, romper el silencio de alguna manera. Sin embargo, cuando Xena contestó inesperadamente que sí, supo que algo debía de ir muy mal. Miró a la guerrera atentamente. No parecía haber nada extraño. Su rostro estaba tan pálido y bello como siempre, su pelo tan vigorosamente despeinado como de costumbre. Ahora miraba su hoguera y no a la bardo y esto también era lo habitual. Con todo, Gabrielle no conseguía desprenderse de su inquietud.

—¿Has comido? —preguntó a continuación, en parte para expresar su preocupación, en parte porque éste era un tema que siempre se tomaba muy en serio.

—No —respondió Xena, en voz muy baja. Gabrielle miró a su alrededor. No había rastro de caza. Esto no era propio de la guerrera y el alma se le cayó aún más a los pies.

—A mí me queda algo en el zurrón. —Se lo quitó y sacó carne seca y fruta, pan sin levadura y un panal—. Hay de sobra para las dos.

—No tengo hambre, Gabrielle —dijo Xena, con un tono hecho áspero por algo parecido a la rabia.

A pesar de esto, porque su angustia dictaba que lo hiciera, Gabrielle dijo:

—Deberías comer algo. Debes conservar las fuerzas. Sobre todo si tienes razón y ese amigo tuyo tiene realmente problemas. —Sabía que seguía con su cháchara. Tomó aliento con fuerza y se obligó a aguantarlo.

Xena volvió la cabeza bruscamente y se quedó mirando a la bardo un momento. La mirada golpeó a Gabrielle como una piedra. Se encogió. Cuando Xena lo vio, hizo un esfuerzo evidente y sonrió, débilmente.

—Tienes razón. Así que voy a comer algo.

Ahora Gabrielle se asustó de verdad. Las palmas de las manos se le cubrieron de sudor y se las frotó en la falda antes de pasarle unas porciones a Xena. Al haber perdido ella misma el apetito, se obligó a tragar bocados de esto y lo otro, observando a Xena, que era evidente que hacía lo mismo. Cuando terminaron, envolvió lo que quedaba y preparó las cosas para hacer té. La rama, al prenderse, escupió un puñado de chispas.

Estaban bebiendo la infusión antes de que hiciera acopio de valor para hablar de nuevo.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

—Nada —replicó Xena. No había tono, no quedaba color en esa rica voz. En la hoguera, las llamas pequeñas, de color morado, corrían por encima de la rama y susurraban huecamente.

Gabrielle decidió que merecía la pena correr el riesgo. Se echó hacia delante, le puso las manos a Xena en el brazo.

—Sí ocurre algo. Sabes que lo sé. Dímelo, Xena, por favor. Es mucho peor no saberlo. —Esperó hasta que los ojos azules se volvieron para encontrarse con los suyos, entonces atrapó la mirada y la mantuvo, sin encogerse aunque la mirada de la guerrera era gélida. En el momento en que Xena se lo contó, supo que no era posible que las cosas pudieran ir peor.

—Gabrielle, he matado una cierva en el bosque —dijo.

Gabrielle extrajo pacientemente la historia completa mientras bebían el té. La guerrera había entrado en el bosque al amanecer. A ella no le había parecido encantado en absoluto. Para ella era un obstáculo, nada más. Algo que debía atravesar lo más deprisa posible para poder responder a la llamada de socorro. Ya estaba enfadada, presa de un pésimo humor, aunque no sabía por qué. Esto sólo era una fuente más de molestia. Maldito, lo más probable. Tuvo que abrirse paso con la espada a través de una barricada de zarzas para entrar, y una vez dentro no encontró un camino definido, sólo un laberinto de posibles rutas que serpenteaban entre largos y delgados pinos sobre un suelo alfombrado de pinocha rojiza. La luz era polvorienta y difusa y no dejaba ver bien lo que tenía delante, por lo que en varias ocasiones se cayó a riachuelos y torrenteras, lo cual no hizo sino confundirla aún más. Su humor fue empeorando. Mirando hacia arriba con la esperanza de recuperar el sentido de la orientación por la posición del sol, sólo vio un dosel de ramas negras. De modo que en cambio recurrió a sus sentidos internos, confiando en ellos como último recurso.

Desde el principio, había sido consciente de que había presencias a su alrededor, de que estaba siendo observada y de que estaba siendo acechada. Por el rabillo del ojo veía formas que más adelante iban a poblar sus pesadillas. Había diablos que se movían como si tuvieran las articulaciones de las extremidades del revés. Tenían la cabeza extrañamente deforme y con penachos de pelos finos y nudos retorcidos. Parecían haber brotado como raíces de la tierra. Estos seres llevaban armadura al parecer construida a base de ollas, sartenes y bandejas. Luego había bestias que avanzaban pegadas al suelo arrastrándose por él y otras que se deslizaban sigilosamente por las ramas que tenía justo encima de la cabeza. Pájaros que miraban con ojos humanos y parecían ver dentro de su cabeza pasaban volando con alas correosas que chasqueaban y crujían.

Como era Xena, atacaba lo que temía. Cuando una sombra se acercó demasiado, cuando parecía que esperaba para tenderle una emboscada y abalanzarse sobre ella, persiguió a la cosa y la mató con el chakram.

—No sabía qué iba a encontrar —le dijo ahora a Gabrielle—. Una quimera, tal vez, o una serpiente. Pero era una cierva. Esbelta, blanca, una hembra que esperaba una cría. Cuando me di cuenta, se me revolvió el estómago. Pero ya no se puede hacer nada.

Tras eso, no quiso decir nada más sobre lo que había ocurrido. Le dijo a Gabrielle que debía acostarse.

—Mañana tienes un viaje muy largo —dijo. Gabrielle tomó cuidadosa nota de cada palabra dicha, consciente de que cada una había sido elegida por una razón, consciente de lo que no se estaba diciendo. Había contado demasiadas historias para no tener una idea concreta de lo que faltaba en el relato de Xena. Estas últimas palabras parecían confirmar su sospecha. Disimuló y dejó que pareciera que cedía y se fue a sentar en el petate. La guerrera no se movió, pero su cara se volvió hacia la bardo, atenta y melancólica.

—Buenas noches, Gabrielle —dijo. A oídos de Gabrielle, sonó como "Adiós".

—Buenas noches, Xena —respondió, esforzándose por evitar que la pena tiñera sus palabras. Luego se echó y respiró más despacio, pero observó a Xena con los párpados entrecerrados. La guerrera limpió su armadura y su espada, se levantó para acariciar a Argo y susurrarle algo al oído. Después de eso, se sentó junto a su hoguera, sin quitarse la armadura completa, mirando la oscuridad. Los reflejos de las llamas bailaban por encima de ella, advirtió Gabrielle, cada vez más soñolienta. Y, aunque no quería, Gabrielle se quedó dormida.

Gabrielle se despertó perfectamente consciente de que seguía soñando. Se preguntó qué la había despertado y se dio cuenta de que oía música, que venía de muy lejos. La llamaba y se sintió empujada a responder a esta llamada, aunque eso significara dejar a Xena sola. Ilógicamente, sentía que era la guerrera quien necesitaba su protección. Sin embargo, lo cierto era que no tenía elección posible. Se levantó y pasó junto a su compañera, cuyos ojos la atravesaron sin verla mientras contemplaban las llamas. Acercándose a Argo, le dijo que montara guardia. La yegua se movió y relinchó como si pudiera oírla. No es que eso fuera a servir de nada. Sabía que su auténtica defensa vendría del encantamiento que se había apoderado de Xena y que ahora la llamaba a ella. Las estaba guardando para otra cosa.

Gabrielle suspiró y miró por última vez la hoguera y a la meditabunda guerrera que estaba sentada a su lado. Luego se adentró en el bosque, orientándose fácilmente ahora que había salido la luna. Llena y en lo alto, coloreaba todas las cosas de negro y plata. Además, ahora gozaba de visión nocturna. Se preguntó por qué no le sorprendía. En cambio, estaba maravillada por el realismo del sueño. Había notado el pelo áspero bajo las manos al acariciar a Argo y ahora notaba, lisas y frías, las delgadas hojas de hierba contra las plantas de sus pies descalzos.

La bardo tenía al principio un poco de miedo de ver el bosque como lo había visto Xena. No fue así. Sin embargo, lo veía distinto. O tal vez en esta dirección el bosque fuera diferente. Donde antes habían abundado las hayas y los carpes, aquí dominaban robles inmensos y antiguos. De tronco grueso, ramas extendidas y denso follaje, su corteza resquebrajada albergaba una galería de rostros fantásticos y todos la miraban. Gabrielle no tenía miedo de estos rostros. La fascinaban, la atraían, la invitaban a escribir sus historias. Tampoco tenía miedo del silencio del bosque a medianoche, ni de los velos de musgo gris que colgaban de los árboles y le rozaban la cara. Aparte de su miedo indefinido por Xena, nada podía aterrorizarla.

Al cabo de una larga caminata, vio luz delante de ella y entró de repente en un amplio claro. Parecía tapizado de plata. De cada brizna de hierba colgaban lunas diminutas que las combaban. Al cabo de un momento se dio cuenta de que las gotas de rocío reflejaban la luna. Miró hacia arriba. Flotaba por encima del centro del claro, inmensa y envuelta en un capullo blanquecino que relucía como nácar. Justo debajo había un montículo. Un sendero reluciente llevaba hasta él, pues se había levantado brisa, que agitaba las gotas de rocío y las hacía resplandecer. Había una abertura negra en un lado del montículo: claramente una puerta. Gabrielle pasó por ella.

La oscuridad del interior era total. Se detuvo, oliendo la tierra fresca y sintiendo que se encontraba en medio de un espacio inmenso. Entonces habló una voz, pero tan profunda y grave que no consiguió captar las palabras por separado. Pero sí captó su significado.

—Gabrielle, una bardo —contestó. La voz habló de nuevo y ella reflexionó sobre su respuesta con cuidado. Luego dijo—: Deseo paso libre para mi amiga y para mí.

La voz dijo:

—No. —La rabia la hizo inteligible y ensordeció a la bardo. Gabrielle empezó a imaginar una forma para su dueño: una forma enorme y oscura, llena de bultos, una masa restallante sujeta a la inmovilidad. Creyó oír ahora su respiración y se quedó desconcertada al darse cuenta de que su propia respiración estaba en armonía con ella. Por un momento sintió que si alargaba la mano, podría tocarlo, y que lo que tocara palpitaría como un corazón y sería tan grande y antiguo como la tierra. El miedo estalló en su interior y estuvo a punto de escapar a su control. Entonces cayó en la cuenta. Lo que hablaba era la oscuridad, la oscuridad que había en medio del montículo, que llenaba todos los espacios bajo el suelo. Era la misma oscuridad que llenaba todos esos espacios que también estaban bajo su piel. La vida nacía de esos espacios.

Cobrando valor de esta idea, se dijo a sí misma: Bueno, ¿y si la tierra me sofoca ahora? No puedo ceder sin más y marcharme. ¿Qué será entonces de Xena? ¿Qué será de mí?

De modo que:

—¿Por qué no podemos marcharnos? ¿Qué hemos hecho? —preguntó.

Ahora la presionaba. Rabia. Ofensa. Una vida que le había sido arrebatada. Una pena que había que pagar. Percibió el sabor de la sangre al fondo de la lengua. Su aroma metálico le llenó los pulmones. Tuvo que toser para poder hablar de nuevo. La tos casi se convirtió en una arcada. No obstante, se obligó a decir las palabras:

—¿Cuál es la pena? —Pero creía saberlo.

La oscuridad se cerró con más fuerza a su alrededor. Le apretaba los ojos y los cerró. Entonces lo vio, la escena estaba impresa en sus párpados cerrados, flotando, teñida de rojo. Xena debajo del montículo, de pie con el cuello rígido, rodeada de oscuridad, desafiando a la oscuridad. Y oyó la demanda que acabó con ese desafío. Vio a Xena suplicar de rodillas. Perdiendo el control, gritó:

—¡No, no lo hagas, Xena! —Aunque sabía que era demasiado tarde. La cosa estaba hecha. Entonces la oscuridad ahogó su visión.

Cuando volvió en sí, Gabrielle descubrió que estaba acurrucada, con los brazos alrededor de las rodillas estrechándolas con fuerza, la cara apoyada en ellas. Respiró hondo una vez y luego otra. Tenía la piel fría. Se frotó las mejillas con las manos y descubrió que las tenía mojadas. Todavía le caían lágrimas de los ojos.

—No —susurró de nuevo. Se incorporó con dificultad—. No dejaré que lo haga —gritó a la oscuridad. No pasó nada.

Entonces, como un vendaval, la oscuridad pasó como una exhalación a su lado y cobró una nueva forma. Por un momento, una luz deslumbró a la bardo. Cuando recuperó la vista, vio a una dama, dolorosamente blanca, que iluminaba la oscuridad. Ahora vio que estaba en una cámara techada con raíces de roble. El pelo de la dama era marrón como la corteza, sus extremidades gráciles como ramas.

—¿Eres una dríada? —preguntó Gabrielle.

—No lo soy. Soy mucho más antigua —dijo la dama blanca—. Más antigua que las dríadas, más antigua que esos niños conflictivos a los que adoráis como dioses.

Gabrielle pensó que esto era cierto. Se sintió más tranquila por un momento, pero entonces le vio los ojos. Eran blancos. Ciega como una estatua, pensó la bardo al principio, pero los ojos estaban clavados en ella. La frente y la espalda se le cubrieron de un sudor frío. Tomó aliento, apretó los puños. Adelante, estúpida, se dijo a sí misma.

—No dejaré que Xena renuncie a su vida por salvar la mía.

—Ése no fue exactamente el trato —dijo la dama blanca, con la frialdad de un erudito al hablar de un tratado del pasado remoto—. Compró tu vida y un día para ponerte a salvo y despedirse de ti. —Su mirada relució.

Gabrielle se quedó paralizada. Querida Xena, pensó, la próxima vez pregúntame. Casi cedió a la desesperación. Entonces se preguntó: ¿Por qué me lo dice? ¿Por qué se me aparece aquí? Miró a la dama, que sonrió como una daga a la luz de la luna. Le gusta hacer tratos. ¿Qué quiere? A medida que se le iban ocurriendo respuestas, hizo acopio de valor y ensayó cuidadosamente sus palabras.

Gabrielle se despertó temprano al día siguiente. Lo primero que vio fue la hoguera, que se había apagado. La rama se había calcinado y estaba cubierta de bandas blancas con sombras azuladas. Como la luna, pensó la bardo. Xena se acercó.

—Come deprisa —dijo—, no tenemos mucho tiempo.

Gabrielle no contestó y a los pocos minutos estaba lista para partir. Cuando Xena le dijo que montara detrás de ella, obedeció. Cuando el ritmo que estableció Argo le sacudió los huesos y le hizo bailar los dientes en la cabeza, no se quejó. Cuando se detuvieron sólo para dar de beber a Argo, no pidió un descanso más largo. Así llegaron al límite del bosque cuando el día se dirigía hacia el ocaso y allí Xena la obligó a desmontar.

—Ahora sigue —dijo Xena. A pesar de sus palabras, se quedó mirando a la bardo un momento, sin meterle prisa—. Consíguenos una habitación en la posada.

Gabrielle la miró con las cejas fruncidas. Llevaba todo el tiempo librando una batalla consigo misma. Dile que vaya ella, pensó ahora. Haz algo. Dale un golpe en la cabeza y átala a Argo y envíala lejos. Casi sonrió ante esta idea absurda. ¿Pero era más estúpida que confiar en la dama? Gabrielle tomó aliento con fuerza. Por mucha incertidumbre que hubiera, de Xena estaba segura. No huiría. Y ella tampoco querría que lo hiciera. Lo cual no le dejaba elección.

—No —contestó—, no lo voy a hacer. Me voy a quedar contigo, Xena.

Xena dijo:

—No puedes. Tengo que cumplir una promesa. —Xena se calló, mirando a su amiga. Alargó una mano y tocó suavemente la mejilla de la bardo—. Siento haberte dejado atrás. No ha sido culpa tuya. —Se calló, evidentemente buscando algo más que decir. Cuando no se le ocurrió nada, suspiró y dijo—: Adiós, Gabrielle.

Gabrielle le cogió la mano.

—Ya basta. No me voy a despedir. —Tomó aliento de nuevo y dijo—: Estoy enfadada contigo, Xena. Me estás ocultando cosas. —Se calmó—. Al menos dime la verdad. Demuestra que me respetas.

Xena se sonrojó.

—He dado mi palabra de que regresaría —replicó.

—Toda la verdad. —La bardo era implacable—. ¿Qué ocurrirá cuando regreses?

—Que pagaré por la cierva —dijo, observando a Gabrielle.

—Y yo sé cómo: ¿por qué no me lo quieres decir? Anoche soñé con todo esto. —Se irguió todo lo que pudo y se acercó todo lo que pudo a su amiga.

A Xena se le cortó la respiración. Agarró a la bardo por la mandíbula y la miró profundamente a los ojos. Luego suspiró.

—Maldita sea la dama. —Cerró los ojos un momento—. No quería que lo supieras —dijo suavemente.

Gabrielle detectó la derrota en su tono y sintió el escozor de las lágrimas. Las contuvo.

—Si no me dejas ir contigo, te seguiré. No vas a estar sola. No cuando tienes intención de dar tu vida por la mía.

—No se trata de ti —replicó Xena, dejando caer la mano sobre el hombro de Gabrielle—. Es mi honor lo que está en juego. —Pero se quedó donde estaba y apretó más la mano.

—Tienes razón —dijo Gabrielle—. No se trata de mí. Ni de ti. Se trata de nosotras. Estamos juntas en esto. —Observó a Xena mientras ésta lo pensaba. Luego dijo—: ¿No crees que yo también tengo honor? —Gabrielle hizo una pausa—. ¿No crees que quiero apoyar a una amiga?

Xena sonrió, con tristeza.

—Creo que tienes honor. Sé que quieres apoyar a una amiga. Pero como amiga, preferiría que te salvaras.

—Esa decisión no te corresponde tomarla a ti —dijo Gabrielle.

Regresaron juntas. El bosque les abrió paso y cabalgaron por avenidas bordeadas de castaños, arces y fresnos. No tardaron nada en volver al claro. Allí estaba el montículo y sentada en la cumbre estaba la dama. Levantó la vista cuando se acercaron. Gabrielle vio sorprendida que su ropa era rojiza como el otoño y que sus ojos ya no eran blancos. Eran verdes como las hojas de su bosque.

—Bienvenida de nuevo, Xena —dijo—. ¿Estás preparada para pagar por mi cierva?

—Sí —dijo Xena. Desmontó y Gabrielle se bajó detrás de ella. Luego se quitó la espada y con ayuda de Gabrielle se soltó la armadura. Cuando estuvo vestida únicamente con la camisa, se arrodilló y esperó. Gabrielle, que esperaba a su lado, le cogió la mano y se la apretó con firmeza.

La dama se levantó y bajó del montículo, caminando con agilidad. Cuando alcanzó a Xena, dijo:

—Gabrielle, dame la espada.

Gabrielle miró a Xena. Cuando ésta asintió, se agachó para coger la espada y se acercó a la dama. La miró a los ojos y vio que ahora eran azules como el cielo. La dama alargó las manos, con las palmas hacia arriba, y ella depositó con cuidado la espada sobre ellas. Hecho esto, volvió al lado de la guerrera. La dama alzó la espada de Xena, blandiéndola sin muestra alguna de esfuerzo. La sostuvo inmóvil un momento y luego la bajó bruscamente. Aunque intentaron no hacerlo, ambas mujeres se encogieron.

Entonces Xena subió la mirada por la hoja brillante hasta encontrarse con unos ojos dorados como el sol.

—¡Acaba ya! ¿Por qué tienes que jugar?

La dama dijo:

—Levántate, Xena. Ya has pagado por la cierva. —Ahora ya no la miraba a ella.

Xena miró de reojo y vio que Gabrielle no parecía sorprendida.

—¿Qué has hecho? —preguntó a la mujer menuda con tono exigente.

Gabrielle no respondió. Estaba mirando unos ojos oscuros como un lago por la noche.

La dama blanca le dijo a la bardo:

—No creas que no voy a atenerme a los términos de nuestro trato.

—Lo sé —contestó Gabrielle. Se mantuvo inmóvil con un esfuerzo. Quería correr y cantar de pura alegría.

Xena se levantó y avanzó hacia la dama.

—¿Qué quieres de ella? —exigió, con tono grave, los ojos entornados.

Pero se lo dijo al aire. No había nadie más en el claro.

Entonces se volvió de nuevo hacia Gabrielle. Dijo:

—Cuéntamelo.

Gabrielle la miró a los ojos.

—Le pedí que te perdonara la vida. —Vio que Xena enarcaba una ceja y suspiró—. Bueno —continuó—, tuve que ofrecerle otra cosa.

—¿El qué? —preguntó Xena tensamente.

Gabrielle se encogió de hombros.

—Mis historias.

Xena avanzó un paso rápidamente y luego se contuvo. Colocó las manos en los hombros de la bardo y la miró a la cara.

—¿No las aceptó?

—Dijo que no podía, que no son mías. —Gabrielle arrugó la frente un momento. En cierto modo, eso era lo que sentía. Que las historias la encontraban a ella, no al contrario. Luego siguió, respondiendo a la flexión de los dedos de la guerrera—: Pero dijo que podía renunciar a ellas de otra manera.

—¿Cómo?

Xena la miraba atentamente. Gabrielle se sintió incómoda. Notó que se ruborizaba, pero dijo con tono tranquilo:

—De una forma poco importante. Le he entregado mi nombre, supongo. Mis historias se contarán durante años, pero todo el mundo creerá que las han escrito otras personas. Homero, por ejemplo.

—Pero son tus historias. —Era evidente que Xena estaba disgustada.

—Lo que a mí me importa es que se cuenten. No quién las cuente. —En cualquier caso, pensó Gabrielle, yo no contaría ninguna más sin Xena.

Xena sujetó a la bardo con más fuerza y echó la cabeza hacia atrás.

—Pues si hay alguien escuchando —dijo al aire, alto y claro—, y te obliga a cumplir el trato, le ofrezco una cosa más. Se puede quedar también con mi nombre. Que las historias de Homero y los demás traten de Hércules y Jasón y Teseo. No de mí.

—Pero Xena —empezó la bardo. Había sentido las palabras de la guerrera hasta la médula, las había oído resonar desde el cielo, ahora encendido por la puesta del sol.

—No —interrumpió la guerrera. Sujetó a la mujer menuda con los brazos estirados, sonriendo dulcemente. Luego agachó la cabeza y apoyó su frente en la de ella—. No, Gabrielle —dijo en voz muy baja—. Tú lo has dicho. Somos un equipo. O vamos juntas o no vamos. En cualquier caso, ¿que importa si la gente que todavía no ha nacido cree que una cosa la hice yo o la hizo Odiseo? No es por eso por lo que hago lo que hago. —Entonces sonrió—. Lo que importa es que la gente reciba ayuda, no quién la ha ayudado. —Esperó un instante, mirando a la bardo a los ojos—. ¿Vale?

—Vale, Xena —dijo Gabrielle, al cabo de un momento.

—Entonces vámonos —dijo Xena, con cierta brusquedad—. Ahí fuera hay alguien que necesita la ayuda de alguien, ¿recuerdas? —Sin embargo, sujetó a la bardo un momento más—. Gracias, Gabrielle —dijo por fin.

Gabrielle le sostuvo la mirada. La expresión de los ojos azules de la guerrera era maravillosamente cálida. Se regodeó en ella, alzando las manos para cubrir las que descansaban en sus hombros. Vio un destello blanco por el rabillo del ojo. Si se diera la vuelta, estaba convencida de que vería una cierva blanca al borde del bosque. La bardo asintió brevemente para sí misma y luego sonrió a Xena de oreja a oreja.

—Gracias —contestó.


FIN


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