Respirar

Sarah Miller




Título original: Breathe. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2011


Porque te siento respirar
Mientras me proteges
Y de repente me derrito en ti
No queda nada que demostrar
Cariño, lo único que necesitamos es estar
Atrapados en la caricia
La ola lenta y continua
Cariño, ¿no es así cómo se supone que es el amor?
Te siento respirar

—Faith Hill

Tenía los pies como de plomo mientras los veía sonreír y besarse. Apartó la mirada y cerró los ojos, sintiendo que el corazón se le iba partiendo cada vez más. Levantó la mirada y vio que Gabrielle la estaba mirando, y por un momento se olvidó de todo y le sonrió con cariño al tiempo que le daba un abrazo.

Le dieron ganas de desenvainar la espada cuando Pérdicas se adelantó, pero en cambio, le estrechó la muñeca y sonrió.

Pérdicas se alejó, dejándolas a solas.

Xena se volvió hacia Gabrielle, abriendo la boca para decir algo que no lograba salir.

Al ver que Joxer se marchaba, se volvió y tomó aliento.

—Me alegro mucho por ti.

—Te voy a echar de menos... muchísimo.

—Oye, que no es que no nos vayamos a volver a ver. Vendré a visitarte sin parar.

—¿Lo prometes?

—Llamaré a tu puerta tan a menudo que acabarás harta de mí.

—Mmm... jamás. —Se volvió hacia donde Joxer y Pérdicas charlaban y se reían—. Sabes, creo que me enamoré de él en Troya.

—No me digas.

—Mm.

—Gabrielle... no voy a dejar que te despidas. Esto no es una despedida. Volveremos a vernos pronto. —Se agachó para besar a Gabrielle en los labios, pero se refrenó y depositó un beso en la comisura de la boca de la bardo.

Gabrielle obligó a Xena a coger las flores.

—Ja ja. —Se quedó mirando mientras Gabrielle agarraba a Pérdicas y desaparecía de su vista—. Adiós, Gabrielle. —Posó la mirada en las flores, intentando pensar.

Respiró hondo y, al oír pasos, levantó los ojos y vio a Joxer, que se acercaba a ella.

—Bonita ceremonia, ¿verdad?

Ella respondió con un gruñido y apartó la mirada.

—¿Xena?

—¿Mmm?

—¿Estás bien?

Ella contempló las flores, que ahora estaban tiradas en el suelo.

—Mejor que nunca.


—La vas a echar de menos, ¿verdad?

—Sí. Aunque me preocupa más que ella me eche de menos a mí. Se va a quedar muy sola. Yo te tengo a ti.

—¿Eso te hace feliz?

—Mucho... si... si tenemos una hija, ¿crees que podríamos llamarla...?

—Xena... No querría otra cosa.

—Mm... Pérdicas... yo... yo nunca he estado con un hombre, hasta ahora. ¿Y tú? ¿Has estado con mujeres?

—Aah... pues... era... era soldado, y...

—No necesito oír más.

—¿Te molesta... que yo haya... que haya estado con... otras mujeres?

—Un poco. Pero supongo que a uno de los dos se le tendría que dar bien.

—Oye... que yo no he dicho que se me dé bien.


Xena se recostó sobre el lateral de la bañera. El agua estaba caliente y tendría que haberla relajado, pero no era así. No podía evitar pensar en Gabrielle.

Se hundió bajo el agua, para aclararse el jabón del pelo, y oyó una tenue llamada a la puerta. Sacó la cabeza del agua y escuchó de nuevo. Se oyó otra vez, más tenue que la primera. Se apartó el pelo mojado de la cara y se levantó, agarrando una toalla.

Se aseguró de que la tenía bien enrollada, abrió la puerta y vio a...

—Gabrielle.

Gabrielle sonrió.

—Hola, ¿te he... te he... molestado?

—No, en absoluto. —Retrocedió, dejando pasar a Gabrielle.

La bardo se sentó con cuidado en la cama.

Xena se dio cuenta por la expresión de la bardo de que algo iba mal.

—¿Qué pasa?

Gabrielle se lamió los labios y tomó aliento.

—Creo que he cometido un error, Xena.

—¿Qué quieres decir?

Gabrielle levantó la mirada.

—Pues que estaba bien en la boda. Me despedí y nos fuimos a nuestra habitación. Nos pusimos a hablar y luego... —Se detuvo y bajó la mirada.

—Ya sé. —Se sentó a su lado.

Gabrielle alzó los ojos de nuevo.

—No, no sabes.

—Pues explícamelo.

Gabrielle cerró los ojos.

—No he podido hacerlo.

—Supongo que te refieres al sexo.

Gabrielle asintió con la cabeza.

—¿Por qué? ¿Te encuentras mal? ¿Estás con el mes?

Gabrielle negó con la cabeza.

—No, nada de eso. Yo estaba ahí y... él estaba ahí... y no pude. Me tocó el hombro y me entró el pánico. —Miró a Xena—. Me pasa algo, ¿a que sí?

—No, claro que no.

—Entonces, ¿por qué me ha pasado eso?

—Pues porque no estabas preparada. Tranquilízate. Tienes tiempo de sobra para... —Sonrió—. Hacerlo más adelante.

Gabrielle bajó los ojos.

—No es eso, Xena.

—Entonces, ¿qué es? —Con el dedo doblado, empujó hacia arriba la barbilla de Gabrielle—. Dime qué te ocurre.

—No me ocurre nada, de verdad. Es que creo que me... —Apartó la cara, pero Xena la obligó de nuevo a mirarla.

—Sigue. ¿Qué es lo que crees?

—Que me he casado con la persona equivocada.

Xena le soltó la cara a Gabrielle y se echó a reír suavemente.

—¿Y con quién crees que te tendrías que haber casado?

Gabrielle la miró con seriedad.

—Contigo.

Xena arrugó el entrecejo.

—¿Cómo?

—Contigo, he dicho. Estaba en la habitación y sólo podía pensar en ti. En qué harías sin mí, en cómo saldrías adelante. Cosas así. —Apartó la cara—. No me di cuenta de lo que había hecho hasta que estuvo hecho. —Sonrió—. Te quiero a ti, no a él.

—¿Y él lo sabe?

Asintió.

—¿Cómo se lo ha tomado?

—Deja de cambiar de tema. ¿Tú me quieres... como yo te quiero a ti? ¿Como yo te deseo? ¿Como deseo abrazarte, besarte, tocarte, sentirte? —Cerró los ojos.

Xena se levantó.

Gabrielle abrió los ojos.

—Dime que tú no sientes eso y me iré, pero no volveré con él.

—Gabrielle, te estás equi...

—No. —Negó con la cabeza—. No es posible que me esté equivocando más de lo que ya he hecho.

—Esto no está bien. No deberías...

—Sentir esto, pero lo siento. Reconócelo, Xena. Tenía que ocurrir. Mírate, por favor. ¿Quién sería tan tonto de no enamorarse de ti? —Tomó aliento, lamiéndose los labios—. Y yo me he enamorado. No lo puedo cambiar. Lo único que puedo hacer es decírtelo.

Xena se frotó la cara con la mano, intentando pensar.

Gabrielle se levantó y contempló el cuerpo apenas tapado de Xena. Posó las manos en la cintura de Xena y tiró de ella hasta pegársela a su cuerpo, respirando sobre su hombro.

—Por favor, dime que tú sientes lo mismo.

Xena cerró los ojos.

—Gabrielle, yo...

Gabrielle se puso a besarle los hombros desnudos y el cuello. Oyó cómo Xena tomaba aliento bruscamente.

—Tengo razón, ¿verdad?

Xena se dio la vuelta y cogió la cara de Gabrielle entre sus manos.

—Gabrielle, ¿estás segura de esto?

—Sí. —Volvió la cabeza para depositar un ligero beso en la palma de su mano—. Nunca en mi vida he estado más segura. —Levantó la mirada para encontrarse con los ojos azules—. Supe que era a ti a quien estaba esperando desde el primer momento en que te vi. Sólo que he tardado un poco en darme cuenta.

Xena estrechó a Gabrielle y apoyó la mejilla en su pelo.

—Te quiero. Hoy, mientras os miraba, no podía ni respirar. Pensaba que había perdido mi oportunidad de decirte lo que sentía. Jamás pensé que podría llegar a tenerte. —Se echó hacia atrás—. Quédate conmigo esta noche.

Gabrielle sonrió.

—No hay nada que desee más.

Cuando Xena abrazó a Gabrielle y la besó, supo que estaba donde llevaba toda la vida esperando estar. Se apartó y miró a Gabrielle a los ojos.

Se hizo un largo silencio, pues ninguna de las dos era capaz de respirar cuando Gabrielle se sentó en la cama, alargando la mano.


FIN


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