Locura (Un cruel despertar)

Sarah Miller



Descargo: Estos personajes son propiedad de Universal/Renaissance Pictures, que son los que se llevan el mérito. Más que nada, yo los he usado para mi propio beneficio.
Violencia: Hay momentos de gran violencia, pero en su mayoría es moderada. Violencia sexual (una pequeña escena de violación).
Este relato ocurre durante Las Furias, como si fuese una escena perdida. Es un relato con sorpresa. Os va a encantar. Espero. Enviadme comentarios, porque una bardo no es nada si otros bardos no leen su trabajo. Carpe diem: aprovecha el día. Recordad que mi dirección es siempre angeleyes_charmed@yahoo.com. Estaré esperando vuestras respuestas. :)

Título original: Madness (A Cruel Awakening). Copyright de la traducción: Atalía (c) 2011


Gabrielle estaba sentada al otro lado de la hoguera observando cómo Xena se hundía cada vez más en la locura. No podía hacer nada y lo sabía. También sabía que ella misma sintió miedo cuando vio cómo había asustado Xena a aquellos aldeanos inocentes. Los iba a matar. Apartó la mirada, concentrándose en las llamas, y oyó que Xena se levantaba y se alejaba. Al levantar la cabeza, Gabrielle vio que Xena se sentaba en el suelo al lado de un árbol y hacía algo. No veía qué era porque Xena le daba la espalda, pero le dio la sensación de que algo iba mal. Parecía que hasta estaba tarareando. Eso no era propio de Xena en absoluto.

Xena se levantó con un puñado de algo y volvió a sentarse.

Gabrielle alzó los ojos cuando vio que Xena empezaba a ponerse florecillas blancas en el pelo. Disimuló una carcajada cuando Xena terminó y se volvió hacia ella.

—¿Te gusta?

—Sí, es... mm... pues... bonito. Sí, bonito.

Xena cogió una pequeña placa de metal y se miró en ella.

—Es precioso. —Se volvió hacia Gabrielle—. Ven aquí. Te voy a poner unas cuantas.

—No, deja.

—Ven aquí.

—Que no.

—¡AHORA!

Gabrielle oyó cómo subía la voz y se estremeció. No quería enfurecer a Xena dado el estado en el que se encontraba. No había modo de saber qué podría hacer sin pretenderlo. Suspiró y se movió para sentarse al lado de Xena. Se quedó mirando cuando Xena volvió a levantarse para recoger más flores.


El cielo de mediodía amenazaba lluvia. Las dos observaban y esperaban. Pero Gabrielle estaba más preocupada. Xena en realidad no parecía prestar mucha atención a nada, y menos a una tormenta. Lo único que hacía era moverse alrededor de la hoguera y tararear una melodía que Gabrielle no había oído nunca.

La amenaza de lluvia pasó de largo, sustituida por un tiempo mucho menos agradable. Había salido el sol y en la última media hora la temperatura había subido mucho. Ya estaba casi en los treinta grados y parecía seguir subiendo. Gabrielle no pudo más, cogió una camisa y fue en busca de algún tipo de fuente de agua.

Tuvo suerte al dar con un pequeño estanque. Tras mirar a su alrededor, decidió que no había peligro y empezó a desnudarse.

Cuando ya se había sumergido, oyó que alguien venía hacia ella. Abrió los ojos y se volvió, y vio que Xena venía caminando hacia ella.

—¿Te importa si me meto yo también?

—No, para nada.

—Siento haberte gritado antes. No sé qué me ha dado.

—No pasa nada, Xena. Ya sé que no estás en tu ser.

Xena se desnudó y se metió en el estanque junto a Gabrielle.

Gabrielle oyó un leve suspiro y al volver la cabeza, vio a Xena relajada, apoyada en la ladera, con los ojos cerrados. Sonrió por el aspecto tan apacible que tenía. También ella cerró los ojos y se recostó, y cuando prácticamente se había quedado dormida, notó una mano en el muslo. Abrió los ojos de golpe y miró a Xena, que seguía pareciendo dormida. Agarró la mano y la sacó. Era de Xena, pero ésta no parecía darse cuenta de que había colocado el brazo sobre la pierna de la bardo. O se daba cuenta, pero no quería que ella lo supiera.

Gabrielle volvió a dejar el brazo al lado de Xena, donde le correspondía, e intentó relajarse de nuevo. Volvió a notar una mano. Pero no en la pierna, sino en la cintura. Abrió los ojos otra vez, pero ahora se encontró cara a cara con Xena.

—¿Qué haces? —soltó.

—Nada. —Sonreía levemente.

Gabrielle sonrió sin ganas y apartó la mano.

—Gabrielle.

—¿Qué?

Xena se quedó en silencio. Gabrielle volvió la cara y vio que Xena movía los labios, pero que no le salía nada.

—Me estaba preguntando una cosa.

—¿El qué?

—Esta locura, ¿te molesta?

—No, ¿por qué?

—Pareces distante. Estás todo el rato evitándome.

Gabrielle quiso levantarse, pero Xena tiró de ella.

—Xena.

—Sé que estoy loca y sé que te doy miedo, pero no me dejes sola.

Gabrielle acabó sentada de nuevo en el agua.

—No te voy a dejar. Te prometí que siempre estaría a tu lado y eso es justamente lo que voy a hacer. Lo superaremos, ya lo verás.

—Al menos una de nosotras está segura de algo.

—Voy a salir. ¿Te quedas?

—No, yo también salgo.

Gabrielle se volvió para salir del agua, pero Xena dijo algo que la detuvo en seco. Se volvió.

—¿Cómo?

—He dicho que si no estuviera loca, ¿me desearías?

—¿Cómo que si te desearía?

—Ya sabes. Como yo te deseo a ti. Para abrazarte, tocarte, besarte. —Estaba a meros centímetros de Gabrielle.

A Gabrielle le costaba respirar.

—Ah... mm... pues... —Se calló y quiso volver a salir del agua, pero Xena tiró de ella y se la pegó al cuerpo. Notaba los latidos de su corazón y oía su aliento en la oreja. Se estremeció, pero no tenía frío. Intentó hablar, pero le fallaron las palabras. Sintió un ligero beso en el cuello, luego otro, y otro. Sabía que tenía que apartarse, pero las piernas no le respondían. La tenían presa en el sitio. Notó unas manos que le acariciaban la cintura, le rozaban el pelo, hacían que se estremeciera de nuevo—. Xena, no.

—Mmm.

—No... mm... podemos... hacer... esto. —Le costaba respirar cada vez que notaba el aliento en el cuello.

—¿Por qué no?

—No eres tú misma.

—Pero claro que lo soy. Puede que no sea... exactamente yo misma, pero sigo siendo yo. —Acarició con la nariz los cabellos rubios—. Y sigo deseándote.

—Lo digo en serio. —Gabrielle se soltó de Xena y se apartó. Consiguió ponerse a una distancia segura de Xena, o eso creía. Cuando se alejó lo suficiente, se volvió y miró a su alrededor. Veía el estanque, pero no a Xena. Empezó a preocuparse. Dado el estado mental de Xena, cualquier cosa era posible. Se dio la vuelta y pegó un respingo al ver a Xena justo delante de ella—. ¡No hagas eso! —Pasó al lado de Xena y pensó que había escapado hasta que dos fuertes manos la agarraron por detrás y la empujaron contra un árbol. Percibió una frialdad en Xena que nunca había visto hasta ese momento. Sabía que ésta no era Xena, pero también sabía que no le iba a hacer daño. Se dio cuenta de su equivocación cuando notó que Xena le apretaba con fuerza los brazos—. Xena, me haces daño.

Xena no la soltó.

—Sshh. —Se puso a besar la mandíbula de Gabrielle y sonrió cuando notó que quería apartarse—. No, no hagas eso.

—Xena, no. Basta ya.

Xena no le hizo caso, la empujó con más fuerza contra el árbol y recorrió a Gabrielle con las manos, deteniéndose en sus pechos.

—Vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí? —Apretó suavemente y notó cómo se endurecían los pezones—. Me parece a mí que sí que lo deseas, bardo mía.

—Xena, sé que estás ahí. Por favor, no hagas esto.

—Lo siento, pequeña, pero Xena no está en casa.

Gabrielle se puso pálida. Ahora sabía que corría peligro. Su única manera de sobrevivir a esto era relajarse y dejarse ir. No podía impedirlo. Notó una mano entre las piernas y sofocó una exclamación. Su cuerpo respondía a esta mujer aunque su mente le chillara que tenía que escapar. Al poco notó que los dedos se movían. Cuando los dedos la penetraron, pegó un respingo y trató de apartarse, pero Xena la tenía sujeta con fuerza. Los dedos se movieron despacio al principio y luego fueron aumentando el ritmo.

Y entonces, casi nada más empezar, se acabó. Notó que Xena la soltaba y se alejaba. Ahora no podía volver al campamento. No podía regresar allí y enfrentarse a ella. Se dio la vuelta, recogió su ropa y se vistió, luego se sentó en el suelo, cerca del estanque, y esperó. No sabía el qué, pero esperó.


Habían pasado días desde el incidente. Se habían ocupado de Ares y las Furias y Xena volvía a estar normal. Gabrielle había pasado casi todo el tiempo a solas, tratando de evitar a Xena. No podía contarle lo que había ocurrido, pero no podía estar cerca de ella. Cada vez que lo intentaba, notaba que su cuerpo reaccionaba. ¿Le había gustado que la tomara de esa forma? Sí, en cierto modo había sido tierno, pero... No. No podía dejarse arrastrar a eso.

Vio que Xena salía de la taberna y se quedó mirándola hasta que entró en las cuadras. Se preguntó si Xena sabría lo que había ocurrido. Era posible que todavía le quedara algún recuerdo. Cerró los ojos y se levantó. Echó a andar, sin saber a dónde, y acabó en un pequeño claro de hierba. Se sentó, arrancó unas florecillas y las entrelazó para hacer diademas para el pelo. No lo hacía desde que era niña, pero no sabía qué hacer si no. Cuando iba a coger una flor, una sombra cayó sobre ella. Levantó la mirada y se quedó sin aliento al ver que se trataba de Xena. Sonrió falsamente y cogió la flor.

—¿Te pasa algo? —preguntó Xena, sentándose delante de ella.

—No.

—Entonces, ¿por qué me evitas?

—No te evito.

—Gabrielle. —Le agarró las manos y le levantó la barbilla para que la mirara a los ojos—. Dime qué te pasa.

—Es que... no puedo. —Se soltó las manos y siguió tejiendo diademas.

—Por favor. No soporto seguir así. Si te ocurre algo, me gustaría ayudarte si puedo.

—¿Recuerdas algo de lo que sucedió cuando estuviste presa de la locura?

—Un poco, ¿por qué?

—Da igual.

—No, dímelo. Ahora.

—Bueno, pero aquí no.

—¿Cuándo?

—Esta noche cuando acampemos.

Xena se levantó y miró a la bardo.

—Esta noche nos quedamos aquí. —Se volvió para marcharse, pero luego se giró de nuevo—. Vamos. No sé qué es lo que te preocupa, pero no vamos a esperar a esta noche. —Esperó a que Gabrielle se levantara—. Vamos, Gabrielle.

—Xena, por favor. Tengo que pensar cómo te lo voy a contar.

Xena fue hasta Gabrielle, la levantó en brazos, se la echó al hombro y se encaminó hacia la taberna cargando con Gabrielle, que no paraba de gritar y dar patadas.

Entró en su habitación, cerró la puerta y luego depositó a Gabrielle en la cama.

—Ahora. Adelante.

—Xena. —Gabrielle estaba furiosa.

—Lo siento, Gabrielle, pero quiero saberlo. Ahora se me ha metido una imagen en la cabeza y si... Tú dime qué pasa.

—Primero dime qué imagen tienes en la cabeza.

—¿Y luego hablarás?

—Sí.

—No recuerdo gran cosa del tiempo que estuve fuera de mí, pero tengo una imagen de ti contra un árbol y yo... —Vio que Gabrielle agachaba la cabeza—. Por favor, dime que no es cierto.

—Ojalá pudiera.

—Yo no he podido hacer eso.

—No, claro que no. No a propósito. —Estaba a punto de echarse a llorar.

Xena estrechó a Gabrielle entre sus brazos y la sostuvo mientras notaba y oía cómo empezaban los sollozos.

—Lo siento, no lo sabía. —No sabía qué decir. No podía creer que de verdad le hubiera hecho algo tan horrible a su mejor amiga. Iba a decir algo cuando notó que Gabrielle se apartaba de ella y la miraba a los ojos.

—Crees que tú eres el monstruo. Pues yo creo que lo soy yo.

—¿Tú?

—Sí, tú hiciste eso, y sí, yo... yo... Xena, lo siento, pero creo que me gustó.

—¿Qué?

—Ya sé que me odias, pero tenía que... —Se dio por vencida y se levantó—. Yo... —Fue hacia la puerta, pero Xena tiró de ella y la abrazó.

Xena no habló, simplemente la abrazó un rato, pensando. Se le ocurrían muchas cosas, pero no decía ni una palabra.

—Xena.

—Mmm.

—Te quiero.

—Ya lo sé.

—¿Lo sabes? ¿Lo sabes de verdad? —Se movió hasta colocarse de cara a ella una vez más—. ¿Sabes que sueño contigo por las noches? ¿Que a veces es como si no lograra quitarte los ojos de encima? ¿Que estoy tan inmersa en mi amor por ti que no consigo pensar en nada? Te quiero con todo mi corazón y me duele que ese amor no vaya ser correspondido jamás. —Se calló y dejó correr las lágrimas.

Xena estaba petrificada. Nunca había esperado que la bardo sintiera lo mismo que ella. Sabía lo que sentía, pero tenía miedo de expresarlo. Como no le quedaba nada por hacer, lo intentó.

—Tengo una idea. ¿Qué te parecería si te...?

—¿Si me qué?

—¿Si esta vez te hiciera el amor como es debido?

—¿Qué?

—Ya sé que… da igual. —Se apartó, pero Gabrielle se colocó delante de ella.

—Espera. Me parece que has tenido una buena idea.

El estallido de un trueno despertó a Gabrielle. Miró a su alrededor y vio que estaban en una pequeña cueva. El fuego se había apagado hacía tiempo y algunas brasas seguían emitiendo una débil luz. Se incorporó y suspiró. Un sueño. Por fin había estado a punto de ver cumplido su sueño, y era, efectivamente, un sueño. Ay, qué crueles pueden ser las Parcas. Se echó de nuevo en el petate y vio a Xena sentada en una roca, mirando fuera de la cueva. Tomó aliento y se arrastró despacio hasta ella.

Xena ladeó la cabeza para escuchar.

—Te has levantado temprano.

—No podía dormir.

—Ya lo sé. Te he oído dar vueltas toda la noche.

—Toda la noche. ¿Te he despertado?

—No.

—¿Has conseguido dormir algo?

—Un poco.

—¿Cuánto es un poco?

—Unos minutos.

—Xena.

—¿Qué?

—¿Por qué no has dormido más?

—No estaba cansada. Tenía muchas cosas en la cabeza, ¿vale?

—Vale.

—¿Por qué no vuelves a dormirte?

—No estoy cansada. —Se sentó al lado de Xena—. ¿Y qué sueles hacer cuando te despiertas antes que yo?

—Me quedo sentada pensando.

Gabrielle observó cómo la luna daba un ligero resplandor a la piel de Xena. Por los dioses, qué guapa es. Ay, ojalá pudiera decírselo. Los sueños son sueños, pero algunos se hacen realidad. Ay, cuánto deseo decirle lo que siento y saber que ella siente lo mismo. Bueno, al menos estoy con ella. No voy a echarlo a perder. Soltó un profundo suspiro.

—¿Te ocurre algo?

—No.

Xena meneó la cabeza.

—Menudo sueño has debido de tener.

—¿Por qué?

—Hablas en sueños.

—¡No! ¿Y qué he dicho?

—No mucho. Más que nada... —Se echó a reír.

—¿Más que nada qué?

—Más que nada hacías ruidos.

—¿Qué clase de...? Oh. —También ella se echó a reír.

—¿Con quién soñabas? ¿Con Pérdicas?

—No, no era él. Otra persona.

—Tenemos tiempo. ¿Por qué no me hablas de él? ¿Cómo es?

—Fuerte, detallista, dulce, a veces con sentido del humor. Sin miedo a mostrar su lado tierno. Pero le cuesta expresar lo piensa y siente.

—Suena bien. ¿Y cuándo has conocido a esta persona misteriosa?

—Hace tiempo.

—¿Cuando vivías en tu aldea?

—Sí, más o menos. Hacia la época en que me marché. Xena, ¿alguna vez has estado enamorada?

—Sí.

—¿Qué se siente?

—No puedes respirar ni pensar cuando estás con esa persona. No quieres separarte de ella. Lo único en lo que piensas todo el día es en esa persona y no te importa nada más. Vivirías o morirías por esa persona capaz de completar tu vida. Y la mera idea de vivir sin ella te da miedo.

—Qué bonito. Nunca lo había oído descrito así. Y viniendo de ti es...

—¿Y tú? ¿Alguna vez has estado enamorada?

—Sí.

—¿De tu hombre misterioso?

—Por así decir, sí.

—¿Esta persona tiene nombre?

—Claro.

—¿Me lo quieres decir?

—Si lo quieres saber... o sea, si de verdad lo quieres saber... Prométeme que no vas a estallar ni a salir huyendo. Y prométeme que me dirás lo que piensas.

Algo en la forma de hablar de Gabrielle le puso a Xena un nudo en la garganta. Carraspeó.

—Lo prometo. Venga, dímelo.

—Xena. —Se volvió de cara a ella.

—Mmm.

—No, quiero decir que el nombre de la persona misteriosa es Xena. Tú.

—¿Yo? Estás enamorada de mí.

—Ya sabía yo que te iba a horrorizar.

—No, he prometido decirte lo que pienso y lo voy a hacer. —Se arrimó más a Gabrielle—. Creo que esta persona es... perfecta para ti. También sé que te quiere muchísimo a su vez. —Cogió a Gabrielle entre sus brazos y la estrechó con fuerza.

—Oh, tenía la esperanza de que dijeras eso. Gracias.

—De nada, supongo —dijo riendo, y tiró de Gabrielle para besarla—. Ahora, ¿me vas a contar de qué iba ese sueño?

—Qué va, no tiene interés.


FIN


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