Di lo que piensas

Sarah Miller



Descargos: Estos personajes son propiedad de Renaissance Pictures.
Sexo/subtexto/violencia: No hay violencia en este relato y tampoco hay sexo. Que no haya sexo no quiere decir que no haya subtexto, y os digo que lo hay.
angeleyes_charmed@yahoo.com

Título original: Speak Your Mind. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2011


El cielo se había aclarado casi demasiado pronto, pensó Xena al despertarse. Los días anteriores habían sido duros. Sabía que Gabrielle hablaba medio en broma cuando le pidió a Xena que le enseñara a hacer la voltereta en el aire, pero se lo enseñó de todas formas. Cuando Gabrielle se lesionó el tobillo, se sintió fatal, aunque había sido Gabrielle la que se había empeñado. La alcanzó una flecha y a partir de ahí las cosas fueron empeorando, cuando descubrió que la flecha estaba envenenada.

Encontrar el antídoto no fue lo más fácil que había hecho en su vida. En realidad, le costó encontrarlo. Tuvo suerte cuando los soldados la atacaron y olió el mismo veneno en una de sus flechas. Al clavar la flecha en uno de los hombres, descubrió que éste la llevaba derecha a la solución.

Estuvo vigilando a Gabrielle después de que se tomara el antídoto para asegurarse de que nada iba mal. Comprobaba periódicamente el pulso de Gabrielle, su respiración, o se aseguraba de que su pecho se movía.

Ese día había estado a punto de perderla. Ya había perdido a Gabrielle en otra ocasión. Se sintió perdida, vacía y traicionada. Fue como si Gabrielle se hubiera rendido sin más. Tuvo un accidente cuando estaban en un templo de curación. Salió para encontrar a un niño y la alcanzó una flecha. Como esta vez. Xena estaba segura de que la había perdido, pero se negaba a reconocerlo. Intentó varias veces meterle aire dentro. Nada funcionaba. Jamás había sentido una pérdida semejante. Ni siquiera lo de su hermano le había dolido tanto. Fue extraño, ahora que lo pensaba. Cuando ya había perdido la esperanza, golpeó el pecho de Gabrielle gritándole para que se despertara. Sintió un gran alivio cuando Gabrielle tomó aire. Se quedó acunando a la mujer menuda entre sus brazos.

Se obligó a volver al presente, se incorporó y se volvió para ver que Gabrielle seguía durmiendo a su lado. Al respirar hacía un ruido suave. Contemplar a Gabrielle mientras dormía siempre hacía pensar a Xena en su pasado y en su futuro.

Al ponerse en pie, notó agujetas en las piernas. La lucha había pasado factura a su cuerpo y ahora la estaba pagando. Tenía agujetas por todas partes. Estiró los brazos y las piernas, aflojando los músculos. Salió y notó el aire matutino en la piel. Al cerrar los ojos para absorber la mañana, oyó que Gabrielle se agitaba.

—¡No! Dejadla en paz. Apartaos. Xena. Xena. ¡XENA! —Se despertó sola al gritar el nombre. Al mirar a un lado vio a Xena sentada junto a ella con cara de preocupación—. Los guardias te habían atrapado.

—Ah. —La abrazó—. ¿Crees que podrás volver a dormirte?

Silencio.

Xena bajó la mirada y vio que Gabrielle tenía los ojos cerrados y que parecía que, efectivamente, estaba dormida. Xena meneó la cabeza, sonrió y siguió sosteniendo un ratito más a Gabrielle, y luego volvió a tumbarla. Le había empezado a sangrar la herida del pecho, y estaba calando la camisa que llevaba puesta.

Xena no tardó en solucionarlo. Como no tenía nada más que hacer, se acomodó y montó guardia mientras comenzaba el día.

Una vez más, se puso a pensar en su pasado. Cuántas vidas había echado a perder por el afán de hacerse un nombre. Antes pensaba que si hacía suficientes buenas acciones como para tapar las malas, tal vez podrían eliminar todo lo malo. Ahora no sabía qué pensar. Por muchas vidas que salvara, siempre había alguien que moría. Largo tiempo atrás, se había convencido a sí misma de que nunca más volvería a hacer daño a nadie. Nunca volvería a acercarse a nadie.

Todo eso cambió cuando conoció a Gabrielle. Nunca había conocido a nadie que tuviera tal pureza de espíritu o tal inocencia. Se preocupaba por todo el mundo menos por sí misma.

—A lo mejor estoy loca —se dijo por lo bajo. Se levantó, salió a la luz del día y acabó en un pequeño campo—. Sé que no debería importarme. Tendría que dejarla marchar antes de que vuelva a hacerle daño, pero no puedo. No puedo vivir sin ella. La necesito. Ella es el aire que respiro y sin eso, moriré sin duda alguna. —Pegó una patada a una setita. Los pensamientos se agolpaban en su mente. Uno en concreto le llamó la atención—. No me puedo creer que no me haya dado cuenta antes. —Miró a su alrededor—. Creo que estoy enamorada de Gabrielle —susurró. Sonrió mientras se ponía a dar vueltas por el campo.


Gabrielle oyó el trino ligero de un pájaro y el suave ulular de un búho. Se incorporó y miró a su alrededor. Durante un segundo, no consiguió recordar dónde estaba, pero luego se le hizo la luz. Buscó a Xena, pero no la veía por ninguna parte. Hizo una mueca de dolor al ponerse en pie con esfuerzo. Las piernas amenazaron con doblársele, pero no hizo caso. En cambio, siguió deambulando a trompicones, tratando de que las piernas se le pusieran en marcha. Llevaba varios días tumbada.

En cuanto le obedecieron las piernas, salió del granero a la luz de la mañana. Intentó imaginar dónde debía ir. Vio un tenue sendero que se alejaba hacia la izquierda, un riachuelo a la derecha y un campo a través de los árboles que tenía delante. Decidió empezar con el arroyo para lavarse la cara. Se arrodilló delante del riachuelo, recogió agua con las manos y se la echó en la cara. Lo hizo varias veces y utilizó el agua para mojarse los brazos y las piernas. Hecho esto, pasó entre los árboles rumbo al campo. Vio a Xena plantada allí en medio y se detuvo para ver qué hacía. Parecía estar simplemente ahí parada con cara casi de boba.

Xena oyó un ruidito y, al volverse automáticamente, vio a Gabrielle apoyada en un árbol.

—¿Qué haces levantada? —Fue hasta ella—. Deberías estar descansando.

—Buenos días a ti también —bromeó Gabrielle. Al poco estaba con el brazo alrededor de los hombros de Xena camino de vuelta al granero.

Cuando estuvo acostada de nuevo, miró a Xena. La expresión extraña había desaparecido de su rostro, sustituida por una de preocupación.

—Estoy bien, en serio. Me encuentro mucho mejor. Si no me levanto y me muevo, ¿cómo voy a recuperar las fuerzas?

Ahí había pillado a Xena.

—Vale. Pero sin correr, y sin levantar pesos. No quiero que hagas esfuerzos.

—No me voy a romper.

—Ya lo sé. —Xena se levantó y fue a la pequeña hoguera que había encendido antes. Tenía un poco de pescado cocinándose que parecía hecho. Lo cogió y lo colocó en un cuenco—. Toma, cómete esto.

—No sé yo, que lo has cocinado tú.

Xena captó la broma en su tono y sonrió mientras Gabrielle lo cogía y se ponía a comer. Se levantó y se ocupó de otras cosas. Lo que fuera con tal de tener la mente ocupada. Al ir a coger la espada y la piedra de afilar, vio dos manos que las apartaban de ella. Levantó la mirada y vio que Gabrielle le sonreía.

—¿Qué pasa?

—Que odio ese ruido.

—Ah, lo siento. —Se apartó de Gabrielle y vio que ésta se sentaba de nuevo. Como no tenía nada más que hacer, acabó dando vueltas y pensando en distintas cosas. Fue Gabrielle quien la sacó de su trance. Se volvió hacia ella—. ¿Qué?

—Por favor, para ya, que me estás mareando.

—Lo siento. —No se sentó, pero dejó de dar vueltas.

—¿Te ocurre algo?

—No, ¿por qué?

—Pareces distante.

—Estoy bien, es que he estado pensando. Soy yo la que tendría que preguntarte cómo estás.

—Mucho mejor. ¿Cuánto tardará en curarse la herida?

—Una semana o dos.

—¿Me quedará cicatriz?

—Estoy en ello. Las hierbas tendrían que ayudar a que el tejido se cure. Es posible que te quede una pequeña cicatriz, de todas formas.

—Xena, te pasa algo. Por favor, dímelo.

—Estoy bien, Gabrielle, es que tengo muchas cosas en la cabeza. Deja de preocuparte por mí y concéntrate en ponerte bien.

Xena empezó a alejarse.

—La noche en que me alcanzó la flecha, me desperté y te vi dormida. Qué tranquila parecías. Las arrugas de preocupación y la máscara que te pones habían desaparecido. Nunca te había visto con un aspecto tan apacible. —Miró a Xena y vio que le estaba dando la espalda—. Se te pasan muchas cosas por la cabeza cuando piensas que te vas a morir. Yo estuve pensando en todas las cosas que nunca podría hacer. Nunca podría volver a subir a un escenario y hacer que el público se pierda en una de mis historias. Nunca vería la cara sonriente de un niño cuando lo ayudamos. Nunca vería a nuestros amigos, a las amazonas. A mi familia. —Vio que Xena se volvía y la miraba. Ésta era su oportunidad—. Pero sobre todo, nunca podría estar contigo. Nunca vería tu cara, ni oiría tu voz, ni... —Notó que le caía una lágrima por la cara.

Xena se puso a su lado en cuestión de segundos.

—Sshh. Cálmate.

—No, tengo que soltar todo esto. —Miró a Xena a la cara—. Xena, ¿quieres hacer una cosa por mí?

—Lo que sea.

—¿Quieres besarme?

—¿Cómo?

—Ya me has oído. Lo único en lo que pensaba de verdad era en ti. Te echaría demasiado de menos. La razón de que viva cada día es por estar contigo. Ahora lo sé. Es el destino. El día en que nos salvaste es el día en que me rescataste de una vida que no tenía que ser. Yo tenía que estar contigo. Morir sería... —No encontró las palabras—. Pero vivir sin decirte lo que siento sería mucho peor. —Sabía que tenía toda su atención—. Te quiero, te quiero desde el día en que nos conocimos. Y aunque mi amor no sea correspondido, seguiré queriéndote. —Respiró hondo. Fue entonces cuando vio una pequeña lágrima que caía por la mejilla de Xena antes de que ésta pudiera secársela.

—Todo lo que has dicho ha sido... Gabrielle, yo también te quiero. Sé que no se me dan bien las palabras, pero sé que eres el aire que respiro. No puedo vivir sin ti. Y sí, quiero besarte. —Posó la mano en la nuca de Gabrielle y tiró de ella hasta que sus labios se tocaron. Era algo que llevaban mucho tiempo esperando y el beso no se detuvo ahí. Xena notó que la lengua tímida de Gabrielle le acariciaba el labio inferior, pidiendo permiso. Dio su permiso abriendo la boca y deslizando su lengua sobre la de Gabrielle. Las dos notaron una chispa que corría a través ambas y profundizaron el beso.

Fue Gabrielle la que se apartó primero. Lamiéndose los labios, apoyó la cabeza en el hombro de Xena y aspiró el aroma de su guerrera. El fuerte olor a cuero y a Xena. No había nada parecido, nada se podía comparar. Había intentado encontrar ese olor antes de descubrir que era simplemente Xena. Notó que Xena le acariciaba el pelo con la mano y le daba un beso en la cabeza.

—Mi querida bardo, necesitas un baño. Llevas sudando un par de días.

—¿Estás diciendo que huelo mal?

—Mal no. Pero hueles. Todavía te huele el pelo a lilas frescas.

—Xena.

—Sí.

—¿Qué va a pasar ahora?

—Supongo que nos enfrentaremos a ello cuando llegue el momento.


FIN


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