La noche más larga

L. H. Miller



Hacía ya un tiempo que tenía este breve relato en la mente y el corazón, a la espera de ser creado para cobrar vida sobre una página. En una fresca mañana de Texas, mientras las tórtolas arrullaban al otro lado de mi ventana, las ideas por fin salieron a la superficie y contaron la historia de Gabrielle tal y como yo me había imaginado lo que debió de ser para ella ese viaje, sola, bajando otra vez de la montaña.
Es delicadamente subtextual. Interpretad lo que queráis. Sólo he tomado prestadas a Gabrielle y Xena de RenPic y se las devuelvo gentilmente a quienquiera que sea su propietario ahora. El relato, sin embargo, me pertenece sólo a mí.
Ésta es mi primera contribución a mi pasión por los fanfics. Se agradecen comentarios: RiverCityBard@aol.com

Título original: The Longest Night. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2011


Me quedé allí toda la noche. En la montaña. Hacía frío y temblaba sin control, pero me daba igual.

Todavía notaba el contacto de su brazo alrededor de mis hombros, su aliento cálido junto a mi oído, sus lágrimas cayendo como lluvia sobre mi pelo.

El sol se puso y se llevó consigo la luz del día y la luz de mi vida. Se fue. Y entonces me quedé sentada en las sombras. El viento silbaba y soplaba llevándose mi realidad de la tierra. Hacía frío, pero me daba igual.

Me quedé sentada en silencio: oía latir un solo corazón cuando antes había dos. Aferré contra mi pecho lo que quedaba de ti como siempre te había abrazado por la noche para calmar tus miedos, compartidos únicamente conmigo. ¿Me ves? ¿Me oyes? Si los muertos son capaces de ello, ¿sientes mi pena... mi vacío... por la pérdida de mi amiga... mi amor?

¿Dónde voy cuando la mañana me traiga la vida sin ti? pensé, temblando, pero no por el frío que me rodeaba. Doblé las rodillas contra el pecho y me las rodeé con los brazos, sujetándote con más fuerza contra mí, como si pudiera volver a sentir tu calor pegado a mí.

Salió la luna y oí el manantial que seguía cayendo por la montaña para derramarse en la poza que te podría haber devuelto a mí. Nuestra vida en común soltaba destellos en cada gotita iluminada por la luna que alimentaba las aguas vivas.

Había estado ante la fuente que tenía el poder de renovarte la vida y había dejado que tus manos detuvieran mis actos.

—¡No está bien! —exclamé, tapando mi pena con la mano. Me volví hacia ti. Mi rostro me traicionó al desenmascarar mi ira por la injusticia cometida contra mi necesidad de ti, mi bien y mi decisión sobre lo que era correcto. ¿Pero cómo no iba a reprimir aquello que hasta lo más profundo de mi ser deseaba ferozmente, cuando hacer tal cosa contra tu voluntad habría convertido en una mentira el canto de amor por ti que era mi vida?

Y por ello, nos sentamos y observamos cómo se separaban nuestras vidas con la puesta del sol.

—No sé cómo voy a seguir adelante sin ti —dije, y tú me estrechaste contra ti diciendo suavemente:

—Ven aquí.

El silencio de mi viaje montaña abajo atronará en mis oídos... no sé si puedo ir sola, eran los pensamientos que no expresé con mi voz.

Por la noche me desperté y alargué la mano buscándote. No estabas. El viento y mis lágrimas al caer sobre el frío recordatorio de ti eran los únicos ruidos que se oían en la oscuridad. Agaché la cabeza y la hundí en mis rodillas. Esto no era un sueño.

Me daba igual que la mañana llegara conmigo o sin mí. Yo no existo sin ti, ¿es que no lo sabes ya a estas alturas? Siendo una chiquilla, te pedí una vez que me llevaras contigo. Y por la noche, siendo la mujer que te quiere, te lo vuelvo a pedir.

—Llévame contigo... ya no importa que me hayas enseñado todo lo que sabes... sólo llévame contigo.

Me desperté con el ruido del agua al golpear el suelo de madera sobre el que ahora me descubría tumbada al tiempo que un suave balanceo me recordaba nuestros viajes por mar. El sol entraba alegre por el ventanuco situado encima de mi cabeza. Estaba tapada con nuestra manta, en la que estaba bien arropada.

¿He soñado con tus largos dedos que me apartaban delicadamente el pelo para que pudieras darme un beso en la frente? Tu olor es una presencia a mi alrededor y me inunda de un anhelo de esas mañanas recordadas en las que me despertaba para ver unos ojos azules que me observaban mientras dormía.

Me incorporo y mis ojos te buscan. Me levanto tambaleándome. Al ver lo que sé que es la amarga verdad, recojo el recipiente que guarda todo lo que en otro tiempo era tu ser físico. Me vuelvo y subo las escaleras que llevan a la cubierta del barco en el que me doy cuenta de que he sido depositada gracias al poder interminable del amor. Me acerco a la borda y contemplo una montaña cubierta de nieve que se va haciendo cada vez más pequeña a media que me alejo de ayer.

Al pronunciar en voz alta las palabras del homenaje final a tu vida, percibo que estás conmigo, y sonrío. Siento tu mano fuerte que me agarra el hombro. Cuando me estrechas contra ti y me besas el pelo una vez más, me trago las lágrimas. Te oigo susurrar que siempre estarás en mi corazón y a mi lado.

Ahora sé, con certeza, que podré sustentar mi vida. En la casa de té dijiste que yo era tu alma gemela. Y por eso, tú... mi querida amiga... vives porque yo vivo. Y yo vivo... gracias a ti. Y en las estrellas, como siempre ha ocurrido, nos volveremos a encontrar.

¡Ay, Xena!


FIN


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