La canción de la tierra

L. H. Miller



Los descargos habituales diciendo que Xena, la Princesa Guerrera, y la Bardo Batalladora pertenecen únicamente a mi corazón y que son propiedad de sus creadores y de quienquiera que sea su dueño actualmente. Lo siguiente se ha escrito sin la menor intención de obtener beneficio económico ni cualquier otro beneficio de los personajes, aparte del placer que me da escribir sobre ellos.
En este relato aparecen implícitas actividades sexuales entre dos personas adultas del mismo sexo con consentimiento mutuo. Si esto es un problema para vuestra moralidad, o si sois menores de edad, buscad otros relatos que se ajusten mejor a vuestras ideas o vuestra edad.
El relato sí que es mío y lo comparto alegremente con los lectores. Me molestaría que fuese reproducido sin mi consentimiento expreso. Se agradecen vuestros comentarios en RiverCityBard@aol.com

Título original: Earth's Song. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2011


Nunca se cansaba de mirarla. Le daba placer quedarse de pie en silencio, con la pierna cruzada por encima del tobillo, los brazos cruzados, apoyada en el árbol, observando a esta mujer de ojos de esmeralda grisácea y pelo del color del trigo a la que tanto quería. El viento soplaba en forma de agradable brisa que traía consigo el embriagador aroma de los pinos. Le refrescaba la piel que había estallado en llamas, como siempre le pasaba, por el placer que obtenía mirando desde su escondrijo.

¿Cuánto tiempo había pasado ya? Los años transcurrían tan rápido. ¿Cuánto tiempo hacía que se habían encontrado la una a la otra en todos los sentidos? Corazón con corazón, cuerpo con cuerpo, alma con alma, dos mitades de un todo.

Xena amaba a Gabrielle. La amaba incluso antes de saber que la iba a amar. Las Parcas habían decidido que sus caminos se iban a cruzar y entrelazar para siempre.

“Pegaban”. Sus cuerpos se fundían el uno en el otro como si hubieran sido diseñados como dos piezas de un rompecabezas que encajaban a la perfección. Las manos grandes de Xena cubrían las de Gabrielle y las llevaban a un lugar seguro. Los dedos grandes y finos envolvían la pequeña mano y al poco el pulgar se ponía a acariciar la piel suave. A veces a Xena le parecía que si la soltaba, Gabrielle se evaporaría como una niebla etérea.

Xena miraba incluso en este mismo momento. La joven bardo había ido al lago situado a corta distancia del lugar donde habían acampado en un pequeño claro. No habían tenido tiempo de darse un baño antes de echarse en el suelo húmedo. Llegaron cuando la luna ya había salido, colocaron sus mantas, encendieron una pequeña hoguera, se tumbaron rápidamente y se quedaron dormidas, agotadas.

Como tenía por costumbre, Xena se despertó antes de que saliera el sol. Se volvió, se puso de lado y se quedó mirando a la bardo, que respiraba suavemente. Gabrielle tenía una expresión absolutamente apacible, y Xena se preguntó qué sueños estarían bailando tras los ojos cerrados.

Un mechón de su pelo rubio había caído sobre la frente de Gabrielle. Xena lo apartó rápidamente, y acarició suavemente con el dorso de su mano callosa la mejilla de la mujer dormida. La durmiente se movió y apartó la mano del costado para interceptar la de Xena. La agarró, se la llevó a los labios y besó este tacto tan familiar, aspirando profundamente un olor siempre conocido.

—Buenos días —dijo Gabrielle, sonriendo y poniéndose la mano de Xena bajo la barbilla para acurrucarse con ella. Se quedó ahí tumbada contemplando los ojos zarcos que estaban inequívocamente arrasados de lágrimas.

—Xena... ¿lloras? —Gabrielle tenía la voz ronca de dormir.

A la luz gris previa al amanecer, Gabrielle se incorporó y se puso de rodillas delante de la mujer que quería ser guerrera. Apartando el pelo negro como el azabache de los anchos hombros, se acercó y besó suavemente los labios acogedores que la esperaban. Una gran lágrima se derramó y emprendió el descenso deslizándose por un pómulo finamente cincelado. Con delicadeza, Gabrielle enjugó la gota cristalina y acarició el rostro preocupado al tiempo que se preguntaba en silencio si Xena sabía que su ojo izquierdo era siempre el primero en llorar. Ningún detalle sobre esta mujer escapaba a la atención de la bardo.

Volvió la cabeza ligerísimamente, sus ojos se encontraron con las pozas azules de Xena y, una vez más, sin pronunciar una sola palabra, preguntaron qué preocupaba al amor de su vida. Gabrielle era maestra en la comunicación sutil.

—Nada... no pasa nada. —La guerrera de cabellos de ébano agachó la cabeza, esquivando los ojos que podían discernir la verdad. Al decidir que iba a continuar, añadió—: Cuando te veo despertar del sueño, sonreír y mirarme como me miras, me quedo abrumada por el amor que siento por ti. Pocas cosas he temido en mi vida, pero dentro del lugar que sólo tú sabes que existe en mí, tengo muchísimo miedo de que, un día, me despierte y ya no estés.

Apartando la cabeza de nuevo para esquivar los ojos que le sacaban lo que otros habían intentado sin lograrlo, Xena pronunció un juramento con tono suave y reverente:

—Mi alma no podría soportarlo.

Gabrielle agarró la barbilla de la guerrera y giró el rostro huidizo para que volviera a reunirse con el suyo. Y con una sonrisa que arrugó los rabillos de sus ojos verdes grisáceos, la bardo estrechó con cuidado a la mujer en un abrazo amoroso. Una mano fuerte se posó en la nuca de Xena, entrelazó los dedos en el espeso pelo negro y llevó a su dueña hasta su cuello. Pensó una vez más en cuánto le gustaba cómo olía Xena. Aspiró el olor a cuero y la esencia salvaje y primigenia que era su guerrera.

Xena la abrazó con fuerza y ahora oyó los latidos del corazón de Gabrielle, el corazón que le pertenecía sólo a ella. Subiendo hasta una pequeña oreja, emitió un ardiente susurro de palabras.

—Gabrielle... por favor... necesito... —Xena atrajo la cara de Gabrielle hasta la suya y la besó en los labios de una manera tierna, profunda y completa.

Gabrielle se apartó, sin aliento, y dijo:

—Te amo, Xena. —La mujer menuda volvió a echarse en la manta de color marrón y tiró de la larga figura de la guerrera para que ésta se echara encima, uniendo sus cuerpos, que iban despertando. La ropa no tardó en desaparecer con prisa, cada una deseosa de que la otra regresara y trajera el contacto que siempre parecía como si fuese la primera vez que su piel se tocaba.

Xena colocó los brazos a ambos lados de la cabeza de la bardo, aguantando su peso sobre sus fuertes antebrazos. Dudó un momento mientras contemplaba a Gabrielle. Sus ojos se unieron con una mirada familiar de profundo amor al tiempo que el largo pelo oscuro y suelto caía hacia delante y se mezclaba con el pelo dorado de su amante. La guerrera sonrió y bajó despacio para encontrarse con los labios que la esperaban. Nunca se cansaba de la suavidad que encontraba en su conexión.

Levantándose un poco, la morena pasó la mano por debajo de la túnica de la bardo y la levantó antes de volver a bajar el cuerpo, pero esta vez rozando ligerísimamente con los labios lo que había a la espera bajo la tosca tela. La respuesta fue rápida y cargada de pasión. El contacto produjo una acometida de deseo que nunca dejaba de asombrar a la guerrera por lo inmediato de la reacción. Xena gimoteó al oír el suave gemido emitido por la mujer que tenía debajo. Sus labios siguieron explorando y no tardaron en emprender un lento trayecto por el cuerpo bronceado y bien definido de la bardo. Intercambiaron palabras de cariño en voz baja mientras una daba placer, y al hacerlo, lo recibía también. El cuerpo de Gabrielle se movía reaccionando con voracidad, arqueándose en busca de lo que le proporcionaba Xena y que ahora ella deseaba con tanta desesperación. Un cuerpo empezaba donde el otro terminaba mientras su unión espiritual y física se iba desarrollando con la salida del sol de otoño como testigo.

Cuando las dos estuvieron saciadas y yacían boca arriba la una junto a la otra, se regodearon en todo el amor que cada una de ellas era capaz de expresar físicamente por la otra. Gabrielle se volvió hacia Xena, apoyándose en un codo. Se quedó mirando a esta mujer a quien sabía que amaría hasta el fin de los tiempos, y con movimientos lentos y pausados, se puso a dibujar la frente de Xena con el dorso del pulgar. Sin abrir los ojos, Xena movía la cabeza, como también había movido el cuerpo, siguiendo perfectamente el ritmo de las caricias de la bardo, disfrutando a todas luces del contacto. Xena atrapó el movimiento de la mano de la bardo y le besó la palma al tiempo que se incorporaba. Gabrielle frenó los movimientos de la guerrera y, antes de permitirle que se levantara del todo, se inclinó para depositar un beso tierno y recíproco en la cicatriz que tenía encima del pecho derecho.

El sol empezó a subir y los dedos de los primeros rayos de luz se filtraron a través de los árboles. La hoguera se había apagado hacía tiempo. Los pájaros se habían despertado y entonaban su canción matutina para la tierra y para las dos mujeres que tenían debajo. Gabrielle atribuyó esta canción de la tierra al acto definitorio de amor, intercambiado con sencillez momentos antes, entre las dos compañeras.

La guerrera normalmente silenciosa fue la primera en hablar.

—En cuanto encuentre mi ropa, iré a recoger más leña para el fuego. ¿Qué tal si vas al lago y te bañas mientras yo vuelvo a prender las brasas?

—Creía que eso era lo que acabamos de hacer —dijo Gabrielle riendo al tiempo que daba una palmada juguetona en un muslo desnudo.

Esquivando hábilmente un segundo manotazo, Xena se echó a reír.

—Luego me reúno contigo, cuando haya preparado el fuego para el desayuno. —Recogió su túnica de cuero y se vistió mientras la bardo contemplaba con anhelo a la alta mujer que se cernía sobre ella. Le maravillaba la belleza del cuerpo de la guerrera y la forma en que su agilidad y fuerza auténticas sólo se podían apreciar cuando no lo cubría ninguna prenda.

Tras haber visto lo que siempre consideraba un placer privilegiado y un regalo, Gabrielle se incorporó y alcanzó su zurrón, donde encontró la última pastilla de jabón con olor a lavanda. Tomó nota mental para buscar otra cuando se detuvieran en la siguiente aldea. Se levantó y estiró el cuerpo sorprendentemente prieto pero fuerte, que todavía le hormigueaba sólo de pensar en lo que había ocurrido sobre la manta poco antes.

Está claro que esa mujer me pone... pensó Gabrielle con un profundo suspiro.

Tras recorrer la corta distancia hasta la orilla del lago, Gabrielle colocó un paño grande y suave para secarse el cuerpo, ropa limpia y un cepillo sobre las ramas de un arbusto cercano. Despacio, entró y se fue hundiendo en el agua fría. El agua le produjo impresión y sus pechos reaccionaron como cuando Xena los tocaba. Se movió poco a poco y se situó bajo la pequeña cascada que caía desde lo alto del risco. El ataque inicial del agua sobre sus sentidos disminuyó y se transformó en disfrute cuando el líquido frío y vigorizante la rodeó.

El sol subía deprisa, lanzando rayos verdes hacia el horizonte matutino, y el globo rojo anaranjado descubrió a Xena que observaba sin ser vista mientras Gabrielle se echaba hacia atrás el pelo dorado como la miel bajo la pequeña cascada. La luz se reflejaba y rielaba en el agua que bailaba subiendo y alejándose de la orilla. Por los dioses, es que es una pura belleza, pensó Xena con el corazón rebosante de amor por esta mujer que tan de buen grado seguía viajando a su lado. La alta guerrera se dio la vuelta con los brazos cargados de la leña que había prometido para alimentar la hoguera y devolverla a la vida llameante.

Cuando el fuego prendió con unas llamas equivalentes a su ardor matutino, Xena fue en silencio a la orilla del agua. Se inclinó para recoger el paño y lo sostuvo abierto cuando Gabrielle salió del agua, estrechando a la bardo en sus brazos acogedores. La guerrera hundió la cara en el pelo mojado de Gabrielle, aspirando el fresco olor a lavanda.

—Yo pensaba que las mañanas como ésta sólo existían en los pergaminos y las obras de teatro... hasta que te conocí —susurró.

Gabrielle sabía que éste era un discurso excepcional viniendo de esta compañera por lo general tan parca en palabras. También sabía que no se podía decir nada más cierto.

—Vamos, te acompaño de vuelta al calor del fuego. —Hundiéndose en el protector abrazo, la bardo rodeó con los brazos el alto cuerpo de su protectora declarada sabiendo perfectamente que era ella la única y auténtica guardiana del fuego que ardía entre ellas y que alimentaría para siempre su vida en común.

Gabrielle se apoyó en esta guerrera, esta mujer, con quien sabía que recorrería para siempre el mismo camino, hasta el fin de los tiempos. Y la tierra siguió entonando su canción matutina para celebrar la vida y los regalos que estas almas gemelas se daban la una a la otra cada vez que salía y se ponía el sol.


FIN


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