El suplicio de Hades

Leslie Ann Miller



Descargo: Los personajes de Xena y Gabrielle pertenecen a Universal y Renaissance Pictures. No se pretende infringir sus derechos de autor.
Violencia: Sí, un poco. Pero no esperéis descripciones detalladas de extremidades cortadas, al menos no en este relato.
Subtexto: Nada gráfico, pero para mí, la serie trata de dos mujeres enamoradas la una de la otra. Si tenéis un problema con eso, probablemente deberíais leer otra cosa.
Ésta es la primera vez que me adentro en el mundo del fanfic, así que agradezco cualquier comentario. Si os gusta, a lo mejor escribo otra cosa. Mi dirección de correo electrónico es: gunhilda@brightok.net
Sobre el relato: Este relato comienza después del episodio Sacrificio, Parte 2. En algunos casos, he desechado la mitología e historia del Xenaverso y he aplicado mis propias versiones. Me parece que al llegar a este punto los guionistas desperdiciaron una oportunidad maravillosa de incluir a Xena en la tradición heroica de Hércules, Odiseo, Orfeo y Teseo, todos los cuales viajaron al Inframundo (estando vivos) y escaparon para poder contarlo.

Título original: The Harrowing of Hades. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Xena se apartó del cuerpo sin vida de Calisto, enferma de mente y alma. El templo entero temblaba ahora, no sabía si debido a la muerte de Esperanza o a la de Calisto. Le daba igual. Le daba igual que el templo se viniera abajo encima de ella. Hasta a Joxer, que seguía asomado al abismo, parecía darle igual.

Xena cerró los ojos. Oh, dioses... ¡¿Cómo había podido pasar una cosa así?! ¡Gabrielle! Vio de nuevo la imagen de su queridísima amiga cayendo... su grito que se desvanecía... el estallido de las llamas cuando su cuerpo alcanzó la lava ardiente del fondo.

—¡Oh, Gabrielle!

Al menos... al menos debía de haber sido rápido. Pero la caída... oh, dioses, ¿cuánto había durado? ¿Cuatro latidos? ¿Cinco? Una eternidad de terror.

Xena se estremeció y cayó de rodillas. El nudo que tenía en la garganta amenazaba con ahogarla, pero de algún modo consiguió no estallar en sollozos. Pero las lágrimas, calientes y húmedas... ésas no las podía controlar por mucha fuerza que tuviera. Se puso a temblar a pesar del calor que subía del abismo. Había estado dispuesta a morir. Habría sido una buena muerte. Una muerte heroica. Incluso podría haber sido una muerte que expiara los pecados de su sanguinario pasado. Pero Gabrielle... Gabrielle no tendría que haber muerto. Tan joven, tan hermosa, tan llena de vida y bondad...

La imagen volvió de nuevo y se tapó la cara con las manos.

—¡Oh, Gabrielle!

Esto no podía, no debía haber pasado. ¡No podía! Algo parecido a un sollozo se le escapó a Xena de la garganta, y golpeó el suelo de piedra con el puño. No podía pasar... pero había pasado. Y aún peor, Gabrielle se lo había hecho a sí misma.

La ira se apoderó de ella inesperadamente. ¿¡Cómo me has podido hacer esto?! ¿Cómo has podido? ¡Maldita seas! ¡¿Cómo has podido hacer esto?! ¡Gabrielle!

La respuesta, por supuesto, era sencilla. Xena la conocía, pero una parte de su mente le decía que si se ponía a examinarla ahora, acabaría deshecha. No podría soportarlo. Todavía no.

Con todo, la ira le dio presencia de ánimo. Se estaban empezando a desprender grandes trozos del techo, hasta el cabrón de Ares se había escabullido y ella se obligó a concentrarse en el presente. Se puso en pie y agarró a Joxer por el cuello de la camisa, apartándolo a rastras del abismo.

—¡Tenemos que salir de aquí, ya!

Él se levantó dando traspiés y se tambaleó corriendo tras ella. Juntos esquivaron las piedras que caían, dirigiéndose a la entrada del templo. Fuera, la luz del sol cegó a Xena y se sintió traicionada. ¿Cómo podía haber tanta luz en el exterior cuando ella se sentía tan negra por dentro?

Cerca de allí había un grupo pequeño y aturdido de seguidores de Dahak. Xena cubrió la distancia que la separaba de ellos con dos grandes zancadas y pegó un fuerte puñetazo en la cara al que tenía más cerca. Observó satisfecha cuando cayó hecho un guiñapo de vestimentas negras. Otro se fijó en Xena y salió corriendo.

—¡Eso es! —le gritó ella—. ¡Corre! ¡Corre hasta que te caigas de la faz de la tierra! —Pegó puñetazos a unos pocos que eran demasiado lentos para apartarse de ella y dio patadas a dos más porque sí. Cuando se preparaba para pegar a otro más, Joxer la agarró del brazo.

—¡Xena, ya no están sometidos a la voluntad de Dahak!

—¡Me da igual! ¡Merecen ser castigados!

—Gabrielle no querría que hicieras esto.

—¡Gabrielle está muerta!

—Pues más razón para honrar su recuerdo.

No era propio de Joxer ponerse tan serio... y decir la verdad tan claramente. Xena se quedó parada. El hombre tenía el rostro marcado por la amargura y el dolor de la pérdida, que reflejaban los sentimientos que ella misma llevaba en el corazón. Él también quería a Gabrielle. Sintió que algo se quebraba en su interior... cierta parte de su ira, tal vez, o de su fuerza de voluntad. Se le hundieron los hombros.

—Oh, Joxer, ¿qué voy a hacer?

Él se quedó un momento boquiabierto por la sorpresa y luego cerró la boca con un chasquido. Hizo una mueca.

—No lo sé.


El recuerdo de un dolor increíble, intenso y abrasador, estaba grabado en la mente de Gabrielle, pero poco más. Dolor, cuánto dolor... pero al poco también ese recuerdo se le escapó, sustituido por un vacío oscuro e interminable.

Por fin, otro pensamiento surgió de la nada: ¿Dónde estoy? Era un pensamiento fuerte, un pensamiento vigoroso, y no podía ser ignorado. Estoy... De repente fue consciente de la oscuridad... al menos, parecía estar oscuro. No sabía si tenía los ojos abiertos. No los sentía. Intentó levantar las manos y ahí tampoco sintió nada. Al principio pensó que esto debería alarmarla, pero no fue así.

¿Dónde estoy? El pensamiento volvió de nuevo, insistente.

Cayendo, estaba cayendo. No, se corrigió, había caído. Con Esperanza. Para salvar a Xena. Ese nombre tendría que decirle algo, pero parecía... difuso. Lejano.

Estoy muerta. Éste fue un pensamiento claro, muy claro, y Gabrielle supo que debería sentirse apenada. Pero no había nada. Nada en absoluto, sólo vacío. Ni emoción. Ni miedo. Ni dolor. Ni sensación. Nada. Era... curioso, tal vez. Pero la novedad de aquello también se pasó pronto.

Por fin, se empezaron a dibujar formas en la oscuridad que la rodeaba. Un paisaje retorcido de rocas y peñascos empezó a cobrar forma a partir de la sombra como si lo revelara un amanecer lento y tétrico. Unos jirones de niebla se pegaban inmóviles a rocas puntiagudas que colgaban de un techo agobiantemente bajo. La niebla le acariciaba los tobillos.

La niebla le acariciaba los tobillos.

¿Eso no debería inquietarme también?

Estaba ante un río negro, negro como la pez, pero que corría velozmente. Una barca de fondo plano con un farol se acercaba despacio a través de la niebla que se alzaba del agua, empujada con una percha por una figura vestida de negro. Esto es el río Estigia, el barquero es Caronte.

La barca se paró delante de ella, al parecer inasequible a la rápida corriente. La figura tapada se adelantó, revelando una cara pálida y malhumorada de ojos hundidos rojos como brasas. Tres largos pelos blancos le caían por delante de una oreja, de la cual colgaba un pendiente de oro.

Interesante. No recuerdo ninguna historia que mencionara que era calvo.

Caronte frunció los labios y alargó una mano con garras hacia ella.

—El pago, por favor.

Gabrielle se sintió confusa. ¿Qué pago?, intentó preguntar, a pesar de que no sentía la boca ni la lengua.

Caronte pareció entenderla, a pesar de su dificultad. Frunció el ceño y la señaló con el dedo, agitándolo muy irritado.

—¡El pago! ¡El pago! ¡Tienes que pagarme para que te lleve al otro lado del río, estúpida! ¿Pero que os están enseñando ahí arriba en estos tiempos, panda de idiotas? ¡Eres la décima esta semana!

Gabrielle recordó que a los muertos se los solía enterrar con monedas para pagar por la travesía. No me han enterrado, dijo despacio.

Caronte hizo una mueca y resopló.

—¡Ése no es mi problema! —soltó y se dio la vuelta.

¡Espera! ¿No habrá otra cosa que pueda hacer?

Él agitó una mano despreciativa sin volverse.

—Ya me lo han ofrecido mil veces, sea lo que sea. Hades exige monedas. Sólo monedas. —Empujó la barca para alejarla de la orilla.

Soy bardo... ¡te puedo contar historias!

Caronte se apoyó en su percha, deteniendo la barca.

—Está bien, inténtalo.

Gabrielle fue a empezar y se detuvo. No recordaba nada. Detalles, trozos. Imágenes. Todo se le resbalaba por la mente como si fuera seda.

—Ya me parecía a mí —rezongó Caronte y escupió al agua negra—. ¡Espectros! —Empujó con la percha y el brillo del farol no tardó en perderse en la niebla y la oscuridad.

Me he quedado en la primera orilla del río Estigia, pensó Gabrielle, recordando vagamente que esto se consideraba el peor sino que podían sufrir los muertos, peor aún que soportar los tormentos de los campos de castigo. A lo mejor es bueno que me dé igual...

Fue su último pensamiento, debidamente anotado y aceptado, antes de alejarse flotando a la deriva entre los peñascos, un espectro entre las sombras, sin propósito, uno de tantos miles condenados a vagar por la primera orilla del río para toda la eternidad, sin poder entrar en el Hades y ocupar el lugar que les correspondía en la muerte.


El agotamiento y la pena obligaron a Xena y a Joxer a acampar temprano. Ninguno de los dos comió nada y Xena durmió mal, dolorosamente consciente del espacio vacío que había a su lado donde debería haber estado Gabrielle.

Ya casi era de mañana cuando se despertó sobresaltada, olvidando una pesadilla con alivio. Sin embargo, su alivio duró poco, pues el recuerdo ocupó el lugar del sueño. ¡Gabrielle! Dioses, ni siquiera había tenido un funeral como era debido, no para una reina amazona, ni siquiera para una ciudadana normal y corriente. Si las historias eran ciertas, su alma quedaría atrapada en la orilla más próxima del río Estigia. No podría entrar en el Elíseo.

Xena tomó aliento temblorosamente, intentando imaginar a su querida amiga atrapada eternamente entre sombras tenebrosas.

Pero claro... a lo mejor no tenía por qué ser así. Se levantó rápidamente y ensilló a Argo. Cuando terminó, despertó a Joxer zarandeándolo.

—¿Eh? —preguntó adormilado, abriendo un ojo.

—Me marcho. Ahora. No intentes seguirme.

—¿Dónde vas? —preguntó, frotándose los ojos.

—A buscar a Gabrielle.

—Pero Xena, está muerta, ¿recuerdas? ¿El abismo? ¿La lava? ¡Nadie podría sobrevivir a eso!

—No creo que haya sobrevivido. Pero la voy a buscar de todas formas.

Joxer se la quedó mirando, parpadeando como si intentara decidir si estaba despierto de verdad o no. Se pellizcó el brazo.

—¡Ay!

—No estás dormido. Voy a traer a Gabrielle de vuelta. Si Orfeo pudo convencer a Hades para que dejara marchar a Eurídice, yo puedo convencerlo para que deje ir a Gabrielle.

—Mm, Xena, sé que te gusta cantar y esas cosas y... mm... incluso se te da muy bien, pero...

Xena sonrió con aire perverso.

—Pero no soy Orfeo. Lo sé. —Dio unas palmaditas en la empuñadura de la daga embadurnada con sangre de cierva que sobresalía por la parte de arriba de una bota de cuero. Todavía quedaba suficiente sangre de cierva en ella para convertirla en algo peligroso para los dioses—. Creo que tengo algo que puede convencerlo de todas formas.


Hacía seis días que se había despedido de Joxer y tenía la cabeza despejada, sin las brumas de la pena y la culpa. Tenía una misión y la llevaría a cabo sin piedad.

Había cuatro maneras de llegar al Inframundo. La primera (y más sencilla) era lo que había hecho Gabrielle, pero morir no era una opción para Xena todavía, de modo que tendría que aplicar una de las otras tres. Orfeo había entrado por Ténaro en Laconia, pero también existía el camino de Aorno en Thesprotia. Luego, por supuesto, estaba el insondable Lago Alciónico. A Xena no le seducía la idea de sumergirse hasta el fondo de un lago insondable y Laconia estaba más cerca que Thesprotia, de modo que lo haría por Ténaro.

El viaje hasta Laconia se le pasó en un suspiro y mientras cabalgaba, fue planeando lo que iba a hacer. Por sus charlas con Hércules, sabía que tenía tres obstáculos que superar para llegar al palacio de Hades: en primer lugar, tenía que entrar en el Inframundo; en segundo lugar, tenía que cruzar el río Estigia; en tercer lugar, tenía que pasar ante el Can Cerbero. Ninguna de las tres cosas sería fácil.

El Estigia podía ser un problema, pero Hércules había convencido a Caronte para que lo llevara por el sencillo método de quedárselo mirando fijamente. Xena pensaba que en materia de miradas intimidatorias, ella superaba a Hércules con creces, de modo que eso no la preocupaba demasiado.

El mayor problema, pensaba, sería pasar ante Cerbero. Hércules había resultado malherido en su combate con la bestia y sólo su manto, hecho con la piel del león de Nemea, lo había salvado de las afiladísimas garras y la cola envenenada del guardián. Si a Hércules le costó hacerlo, a ella también le costaría. Ni siquiera podía contar con la ayuda de la daga con sangre de cierva, porque Cerbero no era un dios.

Cuando los aldeanos del lugar la llevaron a la cueva que se suponía que llevaba al Inframundo, todavía no había decidido cómo se iba a enfrentar a Cerbero. Pero ardía en deseos de volver a ver a Gabrielle y no estaba dispuesta a esperar. Además, las mejores ideas se le ocurrían de repente, en el fragor de la batalla, cuando la necesidad la obligaba a encontrar una solución. Ya se le ocurriría algo. Después de soltar a Argo, encendió una antorcha, respiró hondo y entró en la cueva.

Hacía falta valor para seguir el camino de los muertos, y si a Xena le hubiera dado miedo la muerte, sabía que no habría tenido el valor de seguir bajando por aquel túnel húmedo y oscuro. Pero no tenía miedo, y por ello los susurros gélidos de los fantasmas y las almas muertas hacía mucho tiempo eran poco más que una distracción. Las sombras danzarinas que no tenían nada que ver con su antorcha le resultaban más irritantes que asustadoras. Ni siquiera los frecuentes montones de mohosos huesos humanos que se encontraba por el camino la llevaron a replantearse su misión.

Conocía demasiado bien los horrores de la muerte. ¿A cuántas almas había enviado por este espantoso camino en años pasados? Gabrielle sólo era una de tantos. Huesos, cuerpos, sangre. Fantasmas y espectros. La atormentaban a diario. Le producía mucha más angustia el creciente peso de la tierra oscura y la piedra que se iba acumulando tras ella, separándola del mundo exterior, del cielo y el sol. El aire húmedo y rancio parecía absorberle la vida de los pulmones, de modo que se concentró en lo único que le seguía dando calor y aliento.

—Gabrielle, dicen que los muertos pueden oír los pensamientos de los vivos. Espero que me oigas ahora. Vengo a buscarte. ¡Vengo a buscarte! ¡Nada me impedirá llegar hasta ti!


Había vacío y de repente anhelo. Un pensamiento, que no era suyo. "Vengo a buscarte". Una promesa, y con ella... consciencia. ¿Quién soy? ¿Quién viene a buscarme?


—Sé que moriste para salvarme, pero Gabrielle, no deberías haberlo hecho. Sé que te sentías responsable por Esperanza. Era tan propio de ti... me lo tendría que haber esperado. Debería haberlo evitado. Yo soy la que tendría que haber muerto, sabes. No tú.


El vestigio de una emoción... recuerdo. Xena, Esperanza. Muerte, sacrificio. Esperanza era mi hija, mi problema. Yo soy la que la trajo a este mundo; era deber mío sacarla de él. Así es mejor. La verdad fría, descarnada.


—Sé que no estarás de acuerdo conmigo...


No lo estoy.


—...pero tenías toda tu vida por delante. Eres un regalo tal de bondad para el mundo...


Desde el vacío: risa, oscura, hueca, amarga. ¿Qué clase de bondad da a luz al mal hecho carne? Más recuerdos llegaron flotando a la superficie. Dolor. Angustia por la forma en que el mundo la había traicionado.


—...tan inocente...


Inocencia infantil, fácil de pervertir por la voluntad del mal. Dahak sabía que nunca podría matar a mi bebé. Sabía que a causa de lo que soy, a causa de mi candor y mi debilidad, Esperanza quedaría libre en el mundo. Resulta irónico, ¿verdad? Como una versión retorcida de la caja de Pandora. Pero no soy ni buena ni inocente, Xena. Ahora tengo el alma demasiado manchada de sangre. Más angustia. Más dolor. Culpa.


—Esperanza era creación de Dahak, Gabrielle. No tuya. No era culpa tuya, no era responsabilidad tuya.


Eso no es cierto. Tuve oportunidad de matarla la primera vez que me dijiste que era maligna. Tú lo sabías, Xena, y no te hice caso. No confié en ti. ¿De qué otra forma podía compensarte por eso? ¿De qué otra forma podía compensar las cosas terribles que Esperanza había hecho y amenazaba con hacer? ¿Cómo podía quedarme a un lado y dejarte morir cuando todo era culpa mía? De la oscuridad brotó más emoción como un manantial.


—Sé que quise matarla cuando sólo era un bebé, Gabrielle. Supongo... supongo que el mal que hay en mí percibió el mal que había en ella. Las personas que son iguales se reconocen, sabes. Pero hice muy mal en esperar que me dejaras hacerlo. Eso no está en ti. ¿Cómo podías? ¿Cómo podías hacer otra cosa que no fuera querer a tu hija? Yo estaba ciega, qué ciega estaba, y ahora te has visto obligada a pagar un precio que nunca tendrías que haber pagado.


Era yo la que estaba ciega.


—Oh, Gabrielle, qué camino tan horrible el que nos ha traído hasta aquí. Las dos cometimos errores. Las dos tomamos decisiones que lamentamos, pero conseguimos superarlo. Lo solucionamos. Estábamos juntas de nuevo. Y no voy a renunciar a eso sin luchar. ¿Te acuerdas de cuando te estabas muriendo por esa flecha envenenada? Te prometí entonces que siempre estaríamos juntas, incluso en la muerte. Te quiero, Gabrielle, y lo decía en serio.


El manantial de emoción se transformó en un río y el río en un torrente y Gabrielle sintió que se ahogaba. ¡Te quiero, Xena! Comprendió entonces por qué los espectros del Inframundo olvidaban tan fácilmente sus vidas pasadas, por qué el olvido era la felicidad. Por qué el vacío no era una maldición, sino una bendición, un regalo de Hades para los muertos que no habían sido juzgados. Pues sin un cuerpo que derramara lágrimas, sin un corazón que latiera con el pulso angustiado del amor no olvidado, sin un recipiente que contuviera las emociones que ahora le desgarraban el espíritu, se sentía al borde de la locura absoluta. Es por esto por lo que los fantasmas atormentan a los vivos. ¡¡¡¡¡¡Xeeeeennnnaaaaaaaa!!!!!!


Xena sintió un vuelco en el corazón que no tenía nada que ver con el agotamiento que le invadía las extremidades y el cuerpo. Se detuvo tambaleándose, doblada casi en dos, jadeando sin aliento. Se sintió abrumada por un anhelo salvaje, teñido de pánico y desorientación. Luchó por recuperar la concentración, por calmar sus emociones desbocadas. Se concentró en su respiración jadeante, dentro, fuera, dentro, fuera, dentro, fuera. Uno, dos, tres. Otra vez. Despacio, poco a poco, consiguió distanciarse de la confusión, separar su mente racional de la pena y el anhelo descarnados e incontrolados que prácticamente la estaban ahogando.

Se dio cuenta de que estas emociones no eran las suyas. Pero si no eran suyas, ¿de quién eran? Se le cortó la respiración. Gabrielle. Estaba sintiendo a Gabrielle. De algún modo, hablando con ella, había conectado con ella. Y lo que era peor, advirtió con claridad horrorizada, si no se apresuraba a hacer algo, podía perder a su bardo para siempre. Había caos en las emociones que se derramaban dentro de ella, caos... y demencia.

Miró a su alrededor rápidamente. El camino se hacía más ancho aquí, bordeado de tejos negros. Incrustó la antorcha en el suelo blando del borde y se sentó en la dura grava, cruzándose de piernas. Respiró hondo e intentó buscar su centro de tranquilidad.

—Gabrielle —susurró al caos—, estoy aquí. Todo va a ir bien. —Intentó emitir una sensación de calma hacia fuera, de quietud y paz. Calma. Calidez. Alegría. Fracasó miserablemente con esto último y se tambaleó cuando la consumió otra oleada de pena y culpa. Luchó contra su creciente ira. Estaba acostumbrada a contestar a las emociones con emociones, a contestar a la pasión con la rabia. La paz interna era algo que sólo Gabrielle la había ayudado a recuperar. Ahora tenía que devolverla. Paz, quietud. Calma. Contento. Volverían a estar juntas. Paz, quietud, calma. Se reunirían de nuevo—. Gabrielle, todo va a ir bien.

No sabía cuánto tiempo estuvo ahí sentada luchando contra las emociones con la paz interna. Sólo sabía que, como siempre, acabó ganando la batalla. La quietud que se posó sobre ella como una manta la dejó intranquila, pero no cabía duda de que era mejor que el ataque precedente.

Abrió los ojos. La antorcha chisporroteaba y se levantó rápidamente para encender otra antes de que se apagara.

Te quiero, Xena.

La guerrera se quedó petrificada. Era posible que hubiera oído esas palabras, pero estaba segura de que allí no había nadie que las hubiera pronunciado. Encendió otra antorcha y la sujetó en alto. Las sombras huyeron ante la luz. Es decir, todas menos una. Al borde de la oscuridad del camino que se extendía ante ella había una silueta inconfundible. Conocía cada curva bien formada de la figura que tenía delante, cada detalle amado que se perdía en la sombra.

—Gabrielle —susurró.

No deberías haber venido aquí, Xena. El Inframundo es para los muertos.

—¿Cómo puedo vivir sin ti?

Encontrarás un modo. Tienes muchas cosas buenas por hacer. Muchos males que solucionar. Comprendes el mal y por eso puedes derrotarlo. Eres sabia y poderosa, Xena. No tienes derecho a renunciar a esos dones.

—No tengo la menor intención de renunciar a ellos, amor mío. He venido para llevarte de vuelta con los vivos.

¡Eso no es posible!

—Hades dejo marchar a Eurídice. Si Orfeo no hubiera mirado atrás, habría sido libre.

El espectro que tenía delante se quedó inmóvil y en silencio.

—Gabrielle, te lo prometo. Te sacaré de aquí, viva y sana. He sentido lo que estás pasando... ¡no puedo dejarte aquí! ¡Y mucho menos ahora!

Volveré a olvidar, Xena. Incluso ahora noto lo fácil que sería dejarme ir.

Xena avanzó unos pasos.

—¡No! ¡No te dejes ir, Gabrielle, quédate comigo! ¡Saldremos juntas de ésta! —Quiso zarandearla, agarrarla por los hombros y obligarla a recuperar el sentido común, pero sus manos atravesaron una oscuridad fría. Se estremeció al sentir un escalofrío que le corría por la espalda. Retrocedió y cayó de rodillas—. Gabrielle, prométemelo. Prométeme que te quedarás conmigo mientras lo intento. ¡Te lo ruego, por favor!

Te lo prometo.

Xena percibió la desgana que teñía las palabras, pero con eso le bastaba. Sonrió y no reprimió el destello de alegría que le atravesó el corazón. Esperaba que Gabrielle también lo sintiera. Se puso en pie.

—Vamos a buscar a Hades.


Viene Caronte.

—Ya era hora. —De pie a la orilla del río con Gabrielle oscura y silenciosa a su lado, Xena vio el débil resplandor de un farol que se acercaba. La barca de fondo plano no tardó en hacerse visible, moviéndose sobrenaturalmente a través de la corriente.

Se detuvo en silencio junto a la orilla delante de ella y el barquero se adelantó, mirándola furibundo con sus ojos rojos.

—Tú no estás muerta —escupió Caronte—. ¿Qué haces aquí?

Xena le devolvió la mirada asesina con todas sus fuerzas.

—Nos vas a llevar a Gabrielle y a mí al otro lado del río. Tengo un asunto que tratar con Hades.

—Sólo los muertos tienen asuntos que tratar con Hades y ella no tiene el pago necesario para cruzar. —Ni se molestó en mirar a Gabrielle al decir esto, y la rabia de Xena fue en aumento al ver su actitud despreciativa.

Le lanzó una moneda, y con unos reflejos que desmentían su aspecto avejentado, Caronte alargó la mano velozmente para atraparla en el aire. La mordió con dos de los dientes que le quedaban. Resopló satisfecho y la moneda desapareció en su negra vestimenta.

—Muy bien, la llevaré al otro lado.

—Y a mí —dijo Xena, lanzándole otra moneda.

Cayó intacta sobre los maderos de la barca. Caronte la miró furioso.

—Yo no llevo a los vivos al otro lado del río Estigia. La última vez que lo hice, Hades me tuvo encadenado una semana en el Tártaro.

Esto de atravesarlo con la mirada como Hércules no está funcionando, pensó Xena.

Hubo una especie de movimiento a su lado y Xena se volvió velozmente y vio un rápido destello de... ¿qué? Pies alados... ¿Hermes? Y entonces apareció otro espectro al lado de Gabrielle en la orilla del río.

Caronte suspiró y alargó la mano.

—El pago, por favor —dijo con tono de aburrimiento.

El espectro se agitó un poco, pero Xena no sabía si había hablado.

Caronte, sin embargo, reaccionó violentamente.

—¡Si no se paga, no se cruza! ¿Pero qué os están enseñando ahí arriba en estos tiempos? —Se volvió hacia Xena—. ¡Deberías hacerles un favor a los vivos y enseñarles a enterrar a sus muertos como es debido! —Se volvió otra vez hacia el nuevo espectro—. No, no me puedes ofrecer otra cosa. Créeme, ya me lo han ofrecido mil veces. No, un millón de veces. Hades quiere oro. ¡Oro, oro, oro! ¡Ahora vete! —Miró a Xena—. Eso también va por ti. ¡Márchate! —La ahuyentó agitando la mano como si fuera una molesta mosca.

—Está bien —dijo ella despacio—, cuando recupere mi moneda. —Se subió a la barca y se agachó rápidamente para recoger la moneda. Antes de que Caronte pudiera apartarse, Xena lo agarró de la oreja y se la retorció dolorosamente—. Y ahora, nos vas a llevar a Gabrielle y a mí al otro lado del río —dijo sonriendo.

—¡Jamás!

Xena frunció el ceño y le retorció la oreja con más fuerza.

Caronte soltó un quejido, pero apretó los dientes.

—¡La pérdida de una oreja no es nada comparada con una semana de tormentos a manos de las Furias!

—¡Podría tirarte al río!

—¡Ja! ¿Y cómo cruzarías entonces? Éste no es un río normal, sabes, y la barca no se mueve sin mí. ¿Qué harías entonces, eh? ¿Saltar?

—Tal vez...

Xeeennnaaa, le susurró Gabrielle al oído, ofrécele algo que sólo los vivos le puedan proporcionar.

Xena sonrió. Qué lista era Gabrielle. Agarró con menos fuerza la oreja de Caronte.

—Vale, no te voy a tirar al río. Pero a lo mejor te puedo ofrecer algo que los muertos no pueden.

Caronte se lo pensó un momento.

—Adelante.

—Te podría traer alimentos frescos, tal vez manzanas y uvas. No parece que comas muy bien aquí abajo...

—Ni hablar. Hades me alimenta bastante bien.

—¿Qué tal ropa nueva?

Él se agarró la parte frontal de su cochambrosa túnica con aire protector.

—¡Mi ropa tiene bolsillos! Nada de lo que me pudieras traer tendría bolsillos.

Xena se preguntó qué eran bolsillos, pero decidió no indagar.

—Vale, ¿qué tal unos pergaminos para leer?

—No sé leer.

Xena puso los ojos en blanco.

—¡Podría enseñarte a leer!

—¡Ni hablar! ¡Sí que me va a servir de mucho saber leer cuando las Furias me arranquen los ojos!

—¡Vale, vale! ¿Cuánto tiempo llevas haciendo este trabajo? ¿Décadas? ¿Siglos? Debe de ser muy aburrido, ¿eh?

Caronte soltó un hondo gruñido.

—No tienes ni idea...

—Ya. Muy aburrido. "El pago, por favor", cientos de veces a la semana. Semana tras semana tras semana. Mes tras mes tras mes, año tras año tras año...

—Sí, sí sí. ¡Acaba de una vez!

—¡Eres muy impaciente, teniendo en cuenta que ésta es seguramente la conversación más amena que has tenido desde que Orfeo pasó por aquí!

—¡Orfeo no parloteaba como una arpía!

Xena le retorció la oreja con saña.

—No me cabrees, Caronte —le advirtió—. Seguro que te podría hacer tal daño que hasta las Furias estarían orgullosas. —Le arrancó sin más uno de los tres pelos que le quedaban y lo tiró por el costado de la barca.

—¡Ay! —se quejó Caronte, frotándose la cabeza prácticamente calva.

Xena le tiró del pendiente.

—¡Perdona! ¡Perdona!

—Eso está mejor —ronroneó Xena—. A lo que íbamos. Estoy dispuesta a hacer una oferta. A cambio de llevarnos a Gabrielle y a mí al otro lado, una vez Hades consienta en devolverle la vida a Gabrielle, te daremos dos semanas de vacaciones.

—¿Qué?

—Nosotras llevaremos a los muertos por ti al otro lado del Estigia... durante dos semanas.

—Lo dirás en broma.

—No, imagínatelo, Caronte. Podrías ir a la playa... broncearte...

Cortarte el pelo, susurró Gabrielle.

—¡Lo he oído! —soltó Caronte, acariciándose los dos pelos que le quedaban con gesto protector.

—Podrías alojarte en una posada y hartarte de oír canciones e historias. Comer hasta reventar. ¡Pasar la noche con una mujer viva de carne y hueso! —continuó Xena.

—Hades nunca lo aceptaría.

—Escucha, si consigo convencerlo para que deje marchar a Gabrielle, ¿no crees que puedo convencerlo para que haga esto? Al fin y al cabo, no sería precisamente divertido para nosotras. Hasta podría estimular su macabro sentido del humor.

—¿Y si no consigues convencerlo de nada?

Xena estrechó los ojos.

—Lo conseguiré.

Caronte se encogió un poco bajo la intensidad de su ceño.

—¿Cómo vas a pasar ante Cerbero?

—Eso déjamelo a mí. Además, si no lo logro, no tendrás que preocuparte por la furia de Hades, ¿verdad?

Caronte soltó una risotada.

—Te estaría bien empleado acabar de comida para perros.

Xena le arrancó otro pelo de la cabeza.

—¡Ay! ¡Para ya!

—¿Tenemos trato, Caronte? ¿O quieres perder el último pelo?

—¿Qué garantía tengo de que de verdad le pedirás a Hades que me deje ir?

—Te doy mi palabra.

—¡Eso no significa nada para mí!

—Muy bien, ¿qué tal si no te rompo todos los huesos del cuerpo?

Caronte tragó saliva.

—Todos a bordo —gruñó por fin, y alejó la barca de la orilla.


Al parecer, el Inframundo estaba mejor iluminado en la orilla opuesta del río. Aunque Xena no conseguía detectar ninguna fuente de luz concreta, toda la zona parecía brillar con una luz verde grisácea. El techo bajo fue desapareciendo a medida que se acercaban a la orilla, dando la sensación de que había cielo, y a lo lejos se veía la silueta de árboles y estructuras a través del imponente arco de la puerta del Inframundo.

Su preocupación inmediata, sin embargo, era una gran mole que estaba en la orilla cercana y cuyo perfil resultaba inconfundible. El Can Cerbero tenía dientes afilados como cuchillas, tres cabezas, una serpiente venenosa por cola y, para colmo, una masa de serpientes que le salían del lomo. Y al parecer, estaba esperando su llegada.

Xena y Gabrielle observaron preocupadas mientras Caronte hacía avanzar despacio la barca empujándola con su percha.

Xena... susurró Gabrielle.

—No te preocupes —replicó Xena con mucha más confianza de la que sentía. ¿Qué iba a hacer? ¡Tenía que pensar deprisa!

Dos de las cabezas de Cerbero olfateaban el aire. La otra cabeza jadeaba de emoción, formando un charco de baba junto a una garra extendida y afiladísima.

—Ya te huele —se regocijó Caronte—. Te hará trizas en cuanto desembarques.

Xena sonrió con suficiencia. Caronte le había dado la respuesta. Cogió el chakram del cinturón y lo lanzó.

—Pues entonces no desembarcaré —dijo.

¡Bam! ¡Bam! ¡Bam! El chakram golpeó una, dos, las tres cabezas de Cerbero, regresó silbando a la barca, a través del cuello de Gabrielle, y acabó en la mano de Xena.

Menos mal que ya estoy muerta... suspiró Gabrielle.

—¡Lo siento!

Cerbero se desplomó en la orilla, con las serpientes siseando furiosas y las lenguas de perro colgando en la tierra.

—Eso ha sido demasiado fácil —dijo Caronte cáusticamente—. En serio, Hades tendría que haber previsto que alguien acabaría haciendo algo así.

Nadie puede estar preparado para alguien como Xena.

Xena miró a su amiga con cariño, absurdamente halagada por el cumplido.

—No, supongo que no —rezongó Caronte, empujando la barca hasta la orilla.

La serpiente que era la cola de Cerbero atacó sin previo aviso en el momento en que Xena salía de la barca. Por puro reflejo, le asestó un golpe en la cabeza con el puño desnudo. Primero uno y luego dos colmillos cayeron al suelo. La cabeza siguió justo después.

—¡Uuu! ¡Colmillos de serpiente venenosa! —dijo Caronte, y se adelantó con cautela para recogerlos. Desaparecieron en su vestimenta y regresó rápidamente a la barca—. ¡No lo olvides, Xena! ¡Espero dos semanas de vacaciones! —La señaló agitando un dedo.

—Yo no olvido mis promesas, Caronte.

—Ya veremos —dijo él, y se alejó de la orilla.

Xena sonrió y miró a Gabrielle.

—Yo no olvido mis promesas —repitió.

Xena, sigo teniendo miedo por ti. Hades encontrará un modo de castigarte... castigarnos. ¡Recuerda lo que le hizo a Odiseo!

—Yo no soy Odiseo.

¡Hades es un dios y éste es su mundo!

—¿Y desde cuándo me dan miedo los dioses?

En ese momento, una de las cabezas de Cerbero decidió despertarse con un bufido.

—¡Corre, Gabrielle! ¡Flota! ¡Lo que sea que hagas!

El espectro puso en blanco los ojos fantasmales. Creo que la que tiene que correr eres tú, Xena.

—Tienes razón —sonrió, y siguió su propio consejo.

Un aullido anormalmente fuerte y horrible las siguió mientras subían corriendo por el camino que llevaba al palacio de Hades, pero al parecer Cerbero no podía perseguirlas con tan sólo una cabeza y un lomo lleno de serpientes sibilantes. El paisaje que las rodeaba era en su mayor parte estéril y monótono, salpicado de vez en cuando de álamos negros y asfódelos, pero a lo lejos Xena veía sauces y granados. El aire olía ligeramente a menta, cosa agradable después del aire viciado del túnel.

Xena se detuvo cuando llegaron a una bifurcación del camino. El palacio de Hades se alzaba amenazador a la derecha; a la izquierda y a lo lejos, había un alto muro negro. Xena sintió que se le ponían de punta los pelos de los brazos. Detrás del muro estaba el Tártaro. Justo delante, en el centro de la bifurcación, había tres hombres sentados en unos tronos mal colocados tras una mesita desvencijada.

—¡Gin! —dijo el hombre del centro, colocando sobre la mesa con aire solemne algo que parecía un abanico.

—¡Maldición! —dijo el hombre de la izquierda, mirando con tristeza el abanico que tenía en la mano.

—¿Qué es ese jaleo que se oye en la puerta? —preguntó el hombre de la derecha, levantando la vista muy molesto. Vio a Xena y a Gabrielle y carraspeó—. Radamante, Éaco, tenemos compañía. —Su abanico desapareció grácilmente en la manga de su larga túnica de terciopelo rojo.

La mesa quedó rápidamente retirada tras los tronos y los hombres se acomodaron con dignidad, arreglándose las túnicas y atusándose las barbas.

—Estas dos son mías —anunció el hombre de la izquierda.

El hombre de la derecha hizo una mueca y sacudió la cabeza.

—Éaco...

—No, no, no son de origen asiático, eso está claro. ¡Tú! —Señaló a Gabrielle—. Mmmmmm, sí, mmmmmmm, insólito, muy insólito, mmmmmm. No nos llegan amazonas muy a menudo, pero tú no lo eres de nacimiento y no recibiste sus derechos de entierro, ¿verdad? No. Mmmmm, pero tienes un alma buena y tuviste una muerte heroica. Sí, sí, puedes ir al Elíseo. ¡Por ahí! —Señaló con gesto grandilocuente hacia el palacio de Hades—. Y tú. —Miró a Xena ferozmente—. Mmmmmm, mmmmmm, mmmmmm. —Se acarició la barba—. Mmmmmmmm.

Xena se puso a dar golpecitos con el pie.

—¿Sí?

—Mmmmmmmmm. —Miró un poco cortado al hombre del centro—. Radamante, a lo mejor sí que es de origen asiático...

El hombre de la derecha volvió a carraspear.

—Éaco, no puedes leerle el alma porque no está muerta.

—¡¿Qué?!

—¡Que está viva, idiota!

—¡Oh! ¡Oh, caramba, pues es cierto!

El hombre de la derecha miró a Xena frunciendo el ceño.

—Soy Minos, juez principal del Inframundo. No necesito decirte que éste no es tu sitio.

—No, no lo necesitas. Pero aquí estoy. Tengo un asunto que tratar con Hades. No intentéis detenerme.

Minos se encogió de hombros.

—Detenerte no es tarea nuestra. —Señaló el palacio con el pulgar—. El señor del Inframundo está por ahí.

—Gracias —dijo Xena—. Como si no lo supiera —añadió por lo bajo—. Vamos, Gabrielle.

—Y a menos que sea completamente sordo —sonrió Minos cuando se daban la vuelta—, creo que probablemente te esté esperando.

—Eso no me ha impedido ocuparme de su perro guardián —gruñó Xena—. No me impedirá ocuparme de él.


Las puertas del palacio de Hades estaban siempre abiertas. Xena sentía desprecio por su arrogancia. No creía que tuviera nada que temer de los mortales, vivos o muertos, y ella se iba a aprovechar de eso. Se sacó de la bota la daga con sangre de cierva.

Xena, ¿eso es...?

—Shhh... Sí.

¡Ohhhhh!

Hades era reconocido como el más rico de los olímpicos, y se notaba. El palacio estaba ricamente decorado en oro, plata y piedras preciosas. El suelo del vestíbulo principal parecía pavimentado con dibujos decorativos de jade y ónice y en las paredes colgaban extraños tapices. Gabrielle los miró y le pareció que las figuras se movían: era como si las vidas completas de los héroes se desarrollaran ante sus ojos. Así que cuando las Parcas terminan de tejer el tapiz de nuestra vida, alguien lo cuelga en las paredes del palacio de Hades, pensó para sus adentros.

—Gabrielle, venga, ¿qué estás mirando?

Los tapices.

—¿Qué tienen de especial? ¡Son feos! ¡Hades debería llamar a Afrodita para que lo ayude a decorar! ¿Pero quién ha hecho estas cosas? ¿Un niño de dos años enloquecido?

Gabrielle alargó la mano para tocar uno, pero sus dedos lo atravesaron. Creyó ver a Aquiles persiguiendo a Héctor en su carro. Son preciosos. Se preguntó dónde colgarían el tapiz de la vida de Xena. Seguro que ocuparía un lugar de honor aquí, en el vestíbulo principal, con los otros grandes héroes.

—¡Gabrielle! —Xena señaló el pasillo con la daga, llena de impaciencia—. ¡Tenemos cosas que hacer!

De mala gana, Gabrielle se apartó del tapiz y la siguió.

Las puertas de la sala del trono también estaban abiertas y Xena avanzó osadamente. Se detuvo en el centro de la sala.

Hades estaba sentado en un trono de oro sobre una plataforma situada al otro extremo. Al lado del suyo había un trono vacío de plata, con una rosa roja en el cojín blanco del asiento. En la mano tenía otra rosa.

—Xena —dijo con tono informal—, te estaba esperando.

—Sí, ya, Hades. Dejémonos de charlas. Ya sabes por qué he venido.

—Quieres que le devuelva la vida a Gabrielle.

—Exactamente.

—Tú sabes que no puedo hacer eso.

—¿Por qué no?

—Ah, vamos. Sabes que las cosas no funcionan así. Además, si te dejo recuperar a Gabrielle, seguro que escribe una historia tonta sobre ello y cuando me quiera dar cuenta, tendré a los héroes aquí abajo todos los días exigiéndome que les devuelva a alguien. El Inframundo no es un circo, Xena, y la muerte no es cosa de risa. —Aplastó la rosa con la mano y dejó caer los pétalos al frío suelo de piedra. Le lanzó el tallo a Xena, que lo cogió por puro reflejo.

—¡Ay! —Se había pinchado el dedo con una espina.

—Por cada gota de sangre, Xena —sonrió Hades—, eres mía durante un mes.

Xena se chupó el dedo.

—Uno solo, Hades. —Maldición, parece que Caronte va a tener vacaciones largas. Avanzó unos pasos—. Tenía la esperanza de que accedieras a mi petición sin crear problemas —empezó.

Hades se echó a reír.

—No puedes hacerme nada, Xena. Soy un dios, ¿recuerdas? No tienes nada que ofrecerme y Perséfone no está aquí, así que no puedes intentar manipularla para conseguir que acceda a tus exigencias. No puedes hacer nada, Xena. De hecho, ¿por qué no te sientas? —De repente apareció un banco de piedra delante de la guerrera, que estuvo a punto de tropezar.

No te sientes, Xena. Así es como capturó a Odiseo, susurró Gabrielle a su lado.

—No, gracias —contestó Xena. Soltó su famoso grito de guerra y saltó dando una voltereta por encima del banco, aterrizando en la plataforma al lado de Hades y apretándole la daga en el cuello.

Hades se echó a reír.

—¿Es que nadie te ha dicho que los mortales no pueden hacer daño a los dioses con sus armas, Xena?

—Sí que pueden si en ellas hay sangre de cierva, Hades —sonrió Xena—. Me parece que estás un poco retrasado con las noticias de arriba, ¿eh? Y cuando los inmortales como Calisto mueren, no vienen al Inframundo, ¿verdad?

—¿Sangre de cierva? —repitió Hades, tratando de apartarse de la daga al tiempo que en su cara empezaban a asomar los primeros indicios de incertidumbre.

—Sí. La verdad es que no quiero matarte, pero si no le devuelves la vida a Gabrielle, lo haré.

—Xena...

—¡Hazlo de una vez, Hades, o Zeus tendrá que buscar a alguien para sustituirte! —La daga le presionó el cuello.

Si Gabrielle hubiera podido respirar, no lo habría hecho durante los pocos segundos que Hades tardó en tomar una decisión.

Por fin, suspiró.

—¡Muy bien!

—Todavía no he terminado.

—¡Maldita seas, Xena!

—Te voy a conceder esa gota de sangre, así que aquí me vas a tener durante un mes. Pero quiero que jures por el río Estigia que le devolverás la vida a Gabrielle y luego dejarás que Caronte se tome unas vacaciones mientras nosotras transportamos a los muertos por él durante un mes.

Hades se quedó confuso.

—¡¿Que quieres que haga qué?!

—¡Júralo!

Él se encogió de hombros.

—Juro por el río Estigia que le devolveré la vida a Gabrielle y luego dejaré que Caronte se tome unas vacaciones mientras vosotras transportáis a los muertos por él durante un mes.

—Ahora jura que nos dejarás a Gabrielle y a mí salir del Inframundo vivas e ilesas cuando Caronte regrese dentro de treinta días.

¡Xena, no! ¡¿Y si Caronte no regresa jamás?!

Xena no hizo caso de la protesta de la bardo.

—¡Júralo, Hades!

—Juro que os dejaré a Gabrielle y a ti salir del Inframundo vivas e ilesas cuando Caronte regrese dentro de treinta días.

—¡Júralo por el Estigia!

—Eres muy pesada, Xena. Muy bien, juro por el Estigia que os dejaré a Gabrielle y a ti salir del Inframundo vivas e ilesas cuando Caronte regrese dentro de treinta días.

—Gracias. —Apartó la daga.

Hades se frotó el cuello con aire pensativo.

—Eres muy buena, Xena. Ahora comprendo por qué Ares está tan encaprichado contigo. No puedo decir que me importe dejarte ir, la verdad. Al fin y al cabo, con cada alma que entra en mi reino, más crece mi poder. Y tú me has enviado tantas. Tantísimas. —Sonrió, pues sabía muy bien cuánto la iban a atormentar sus palabras.

Xena se mordió la lengua. Era mejor darle al dios una victoria superficial. A pesar de la daga, Hades era muy, muy peligroso, y no quería enfurecerlo más de lo necesario.

Hades agitó los dedos señalando a Gabrielle y ésta recuperó las sensaciones con un destello cegador y doloroso. Cayó de rodillas con un grito sofocado, desorientada.

—¡Gabrielle! —Xena corrió a su lado, tocándola, abrazándola, casi incapaz de creer que volviera a estar allí, intacta y viva.

—¡Xena! —Gabrielle estaba llorando, aferrada a la guerrera para sujetarse—. ¡Oh, Xena!

—Qué desagradable exhibición de afecto —rezongó Hades desde el trono—. ¿Os importa llevaros el espectáculo a otra parte?

Xena sonrió e hizo un gesto con la cabeza, señalando la rosa roja que estaba en el trono de Perséfone.

—Ah, vamos, Hades. Tú también eres un romántico.

Él suspiró, y de repente Gabrielle sintió lástima por él. Con las piernas temblorosas, se levantó.

—Debe de ser duro estar sin ella la mitad del año —dijo, tirando de Xena para que se pusiera de pie a su lado.

—Lo es —dijo él con tono apagado. Luego hizo una mueca—. Ahora seguid fuera —gruñó—. O en el dormitorio —murmuró.

Xena se sonrojó y miró a Gabrielle.

—Creo que debemos marcharnos.

La bardo sonrió.

—Sí. Seguro que Caronte se alegra de vernos.

Juntas, cogidas del brazo, se dirigieron al pasillo.

—Ah, y Xena —las llamó Hades—, hazme el favor de no matar a Cerbero. Quiero mucho a mi cachorrito.

—Pues mantenlo lejos de Gabrielle y de mí.

—Ya he enviado a Hécate a que se ocupe de sus heridas. Ahora mismo no os molestará. Mientras os quedéis en la barca, os dejará en paz. Quiero que seáis igual de corteses con él.

—Lo seremos, Hades, lo seremos.

—Xena —dijo Gabrielle cuando salieron del palacio—. ¿Qué le va a impedir a Caronte abandonarnos aquí? Es decir, ¡no tenemos forma de obligarlo a volver!

Xena sonrió.

—Ah, no creo que tengamos que preocuparnos por eso. En cuando Hades se dé cuenta de que estamos transportando a todas las almas que no han pagado, ¡hará que Caronte vuelva inmediatamente!

Gabrielle se echó a reír encantada.

—¡¿A todas las almas que no han pagado?! Y tampoco les cobraremos a las almas nuevas, ¿verdad?

—¡Claro que no! No me preocupa quedarnos aquí atrapadas, Gabrielle. Además, no creo que Hades quisiera sustituir a Caronte por nadie más. Caronte es demasiado leal; además, si hasta ahora no lo ha hecho, no es probable que lo vaya a hacer en el futuro. Las cosas no deben cambiar en el Inframundo. Y no olvides que todavía tengo la daga. No, Hades querrá que salgamos de aquí lo más deprisa posible, Gabrielle.

—¡Xena, eres un genio!

Xena se echó a reír y apretó los hombros de la bardo.

—¡Bueno, tú me inspiras!


FIN


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