La paradoja de morir

Leslie Ann Miller



Descargos:
Violencia: Este relato contiene una escena gráfica de violencia.
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Título original: The Paradox of Dying. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Siento que la hoja de mi sai atraviesa el delgado cuero que protege el pecho del hombre. Siento el roce del metal en el hueso cuando mi hoja se desliza hacia arriba hasta alcanzar la carne blanda entre sus costillas. Empujo la punta hacia delante automáticamente, hundiéndola hasta el fondo. La saco un instante después y observo la sangre que mana a borbotones, caliente y húmeda, sobre mi mano. El hombre grita cuando aparto de mí su cuerpo agonizante con una patada en el estómago, luego me vuelvo para enfrentarme a mi siguiente enemigo.

Sus ojos se llenan de miedo y espanto al ver la sangre que chorrea de mi arma. Sé que va a atacar incluso antes de que sus músculos se tensen para dar el golpe. Veo el pánico en sus ojos y noto por instinto dónde se posan sobre mi cuerpo... mi pierna izquierda. Me adelanto para hacer frente a su ataque y dejo que mi sai izquierdo atrape su hoja al bajar. Al mismo tiempo, mi brazo derecho golpea hacia delante y hacia arriba, alcanzándolo en el estómago desprotegido. Oigo su gruñido de sorpresa cuando saco el arma, veo sus ojos llenos de confusión y dolor cuando retrocede tambaleándose y sus dedos inertes dejan caer la espada.

Un momento después, se derrumba en el suelo, sujetándose débilmente el vientre con las manos. Con los sentidos agudizados, sé que la batalla ha terminado y me vuelvo, buscando a Xena. A sus pies yacen cuatro cuerpos ensangrentados. En sus ojos hay una expresión que últimamente veo más a menudo, y comprendo lo que siente. Repugnancia. Rabia. Asco.

Miro al hombre que acabo de herir. Sé por su respiración entrecortada que sigue vivo, pero no por mucho tiempo. Me pregunto si debería clavarle el sai de nuevo para que muera más rápido, pero no consigo hacerlo. La fiebre del combate ha desaparecido. Me siento vieja... vieja y cansada de una forma que no corresponde a mis años. Con cada nueva muerte de la que soy responsable, siento que se me escapa otra parte de mí. Es como si una parte de mí muriera con ellos y no puedo hacer nada por impedirlo.

A veces me pregunto cómo logra Xena conservar su humanidad con tanta muerte y sangre que lleva en las manos. Podría decir que es gracias a mí, pero no sé cómo yo, con mis horribles defectos y mi historial de errores, podría ser la salvación de nadie. En otro tiempo, tal vez lo habría aceptado, pero creo que la tremenda capacidad de Xena para la compasión es lo que realmente la salva, no yo.

Resulta irónico que antes de que aprendiera a matar con la eficacia de una guerrera profesional, siempre tuviera que confiar en que Xena me salvaría. Y ahora que puedo protegerme sola, descubro que necesito que me salven más que nunca...

El hombre que tengo delante jadea sin aire y llama a alguien. Su cuerpo se estremece y luego se queda inmóvil. Sé que está muerto y me pregunto a quién ha llamado con su último aliento. ¿A una esposa? ¿A un hijo? ¿A una madre o un padre? A alguien querido, sin duda, si ocupaba sus pensamientos al morir. Noto que se me llenan los ojos de lágrimas y me doy la vuelta.

A veces me pregunto si realmente se puede defender la causa del bien supremo a base de matar. Este hombre era un bandido, un ladrón y un asesino en potencia. ¿Pero quién soy yo para juzgar los sucesos desesperados que podrían haberlo empujado a esta clase de vida? Tal vez tenía hijos que ahora pasarán hambre a causa de su ausencia. Tal vez...

Tal vez. Quizás. A lo mejor. No puedo pensar en las posibilidades o me volveré loca. Tal vez son esas posibilidades las que me hacen morir un poco cada vez. Xena dice que somos artífices de nuestro propio destino, pero yo creo que nuestros destinos son interdependientes. Las Parcas tejen una red enmarañada y no puedo separar los hilos. Tal vez no tenía que matar a este hombre. Tal vez podría haberlo dejado inconsciente, en cambio. Tal vez él en ese caso habría atacado a su carcelero, o a la siguiente mujer que pasara por este camino, y los habría matado. Tal vez habría reconocido sus errores y habría acabado llevando una vida buena y feliz. Pero ahora el mundo no lo sabrá nunca. Su hilo ha sido cortado... por mí.

—¿Estás bien? —pregunta Xena, arrodillándose para limpiar su espada en la camisa de uno de los muertos.

Asiento con la cabeza, pues no confío en mi voz. Capto la preocupación en sus ojos y luego yo también me arrodillo para limpiar mis sais.

¿Por qué, me pregunto, vivo en un mundo donde tengo que matar? ¿Por qué Xena tiene que intentar arreglar los errores de su pasado con más violencia y derramamiento de sangre? ¿Acaso hay sangre buena y sangre mala y al derramar más cantidad de una se puede inclinar la balanza del juicio en un sentido u otro?

Estaría bien creer eso, pero mi corazón duda de esta conclusión. La sangre es la sangre. Podemos discutir sobre la necesidad del combate, pero al final, ¿nos corresponde a nosotros realmente hacer esos juicios? Xena diría que estos hombres renunciaron a su derecho a la vida cuando nos atacaron con intención de matarnos. Pero yo no paro de volver a todos esos tal vez y quizás. Tengo algo en común con los dos hombres que yacen ante mí. Somos humanos. Y mortales. Y somos más parecidos que diferentes. Y me pregunto si de verdad tengo derecho a matarlos. Pero a veces es claramente necesario... para proteger a los inocentes, para proteger a los demás, para protegerme a mí misma.

¿Verdad?

Eli enseñaba un camino distinto, pero ¿cómo puede una persona seguir el camino de la paz en un mundo gobernado por los señores de la guerra y la violencia? Seguir ese camino supone morir. Él lo demostró. ¿Cuántas veces habría muerto Eva sin la intervención de Xena? La respuesta es sencilla: si se quiere vivir sin depender de la protección de los demás, no se puede.

Es una paradoja terrible el hecho de que seguir el camino de la paz suponga morir bajo la espada de otro, pero que seguir el camino del guerrero victorioso suponga morir, lentamente, víctima a víctima, bajo la espada propia.

¿Existe una solución para esta paradoja? Yo no lo sé. Pero cuando me levanto despacio y Xena me coge entre sus brazos y me estrecha contra ella y me susurra al oído, siento que mi corazón responde y me doy cuenta de que sin ella realmente estaría perdida. Tal vez ya no distinga el bien del mal. Tal vez no sepa si el camino que he elegido es el correcto o si existe siquiera un camino correcto. Sólo sé que con dos breves palabras, me ha devuelto un poco de lo que ha muerto hoy en mí. Con dos palabras me da fuerzas para continuar, para bien, para mal. Tal vez esas dos palabras, cuando se dicen con sinceridad y valor, bastan para salvar a cualquiera, sea cual sea su destino, sean cuales sean sus decisiones, sea cual sea la paradoja de su vida.

—Te amo.


FIN


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