Círculo completo

Leslie Ann Miller



Descargos: Los personajes de Xena y Gabrielle pertenecen a Universal y Renaissance Pictures. No se pretende infringir sus derechos de autor.
Historia: Algunos de los personajes de este relato (en concreto, Zenobia y Aureliano) se basan muy libremente en personajes históricos reales, pero su historia real es mucho más interesante que ésta... ¡os animo a que leáis algo sobre ellos!
Violencia: Aquí hay mucha violencia, pero no diría que mucho peor de lo que hemos visto en la serie. El relato gira en torno a la muerte de un personaje principal, quedáis avisados. Debo decir que X y G acaban juntas al final, por si os sirve de consuelo.
Subtexto/Sexo: Hay dos mujeres enamoradas, pero nada de sexo.
Gracias: A mi correctora, Ellen, y al apoyo y la inspiración del Bardic Circle. Doy también las gracias a Jill, por estar ahí para hablar conmigo de Xena, y, por supuesto, a Kate, por aguantarme.
Se admiten comentarios en: gunhilda@brightok.net

Título original: Full Circle. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Vienen a mí, flotando como semillas de diente de león al viento, pensamientos de tierras lejanas, que me acarician la consciencia.

Maldita seas, Xena, por este dolor que tengo en la pierna... Por favor, Eli, cuida de mi madre... Bendita sea por salvarme... Xena lo mató... Gracias, dioses, por toda su ayuda... Yo la maldigo por mi sufrimiento... ¿Dónde estáis, Xena? ¿Todavía estás con ella, protegiéndola?

Ese último era Virgilio, creo, preguntándose dónde estamos. Si tuviera ojos, lloraría. Dicen que los muertos pueden oír los pensamientos de los vivos. Me pregunto cuánto tardarán en volverme loca.

Te echo de menos, Xena.

Sus pensamientos siempre son los más fuertes y mi espíritu se estremece ante la tristeza abrumadora que colma las palabras y les da significado. Me siento atraída hacia ella, atada a ella, su alma reluciente es un faro en medio de la niebla gris que es mi existencia. Gabrielle. Ahora la veo, inclinada sobre la borda del barco, vomitando.

Me arranco a mí misma de la nada —¿qué es espíritu? ¿Qué es alma?— y aparezco a su lado.

—Te he enseñado los puntos de presión para el mareo, ¿por qué no los usas? —le pregunto.

Levanta la vista con los ojos atormentados.

—No me sirven de nada —susurra y por primera vez veo lo chupada, lo flaca y pálida que está.

¿Cuánto tiempo llevamos en este barco? ¿Una semana? ¿Un mes? ¿Dónde estamos? Caigo en la cuenta de que no tengo ni idea. También me doy cuenta de que no es el movimiento del barco lo que la pone enferma: es todo lo demás. Es su vida, mi muerte, nuestra separación. Las pesadillas que no la dejan dormir por la noche. El mundo. El universo. Nuestro destino.

Algo va mal, madre, lo percibo. Por favor, espero que estés bien.

Eva. Acudiría a ella, si supiera cómo, pero me da miedo dejar a Gabrielle, miedo de lo que podría hacer, de lo que podría ocurrir.

No puedo seguir así.

No ha hablado, ni ha pensado en mí directamente, pero de todas formas oigo sus palabras.

—Debes —le digo.

—¿Por qué? —pregunta en voz alta, y un marinero que pasa a su lado la mira con cara rara. Ella lo mira fijamente a su vez, desafiándolo a que haga un comentario. La tripulación del barco cree que está loca, siempre hablando a solas, pero también le tiene miedo. La locura es peligrosa, especialmente en una guerrera tan mortífera como ella.

—Tienes dones que entregar al mundo —le vuelvo a decir. Repito las palabras, como lo he hecho con frecuencia desde mi muerte, rogándole que las crea—. Tienes tus historias, tus pergaminos. Tienes muchas cosas que hacer en nombre del bien, muchos males que solucionar.

—Preferiría estar contigo.

—Estamos juntas.

—No, no es cierto. No puedo tocarte, Xena. A veces apenas puedo verte: apareces y te desvaneces. Ayer no te vi en absoluto, ni antes de ayer.

Esto me sorprende. No lo sabía. Mi sentido del tiempo ha disminuido; mi sentido de la realidad es tan... irreal.

—No puedo olerte, ni saborearte... —continúa—. A veces me pregunto si no te estaré soñando...

Cómo deseo poder secarle las lágrimas de la cara.

—No me estás soñando —le aseguro con toda la calma que puedo, preguntándome qué me pasará si deja de creer en mí. ¿Desapareceré por completo? ¿Dejaré de existir? ¿Es su creencia, su fe en mí lo que me permite seguir a su lado, aunque sólo sea en espíritu? No conozco las respuestas a estas preguntas y las posibilidades me asustan, así que dejo de lado esos pensamientos—. Estoy aquí, Gabrielle. Siempre estaré aquí.

Se seca las lágrimas de la cara y se inclina sobre la borda, con el estómago revuelto de nuevo. Cuando termina, me mira con tristeza y menea la cabeza.

—No hagas promesas que no puedes cumplir, Xena.

Me quedo atónita ante sus palabras y siento que me desvanezco. ¿Tan poca fe tiene en mí?

—Volveré, amor —digo antes de desaparecer.


Los días y las noches pasan desapercibidos. El tiempo es un sueño. Floto en un mar de pensamiento, pensamientos sobre mí, pensamientos sobre Gabrielle. Voy a la deriva, como el barco, pero no tengo timón, sólo un ancla. Es el amor, el amor de Gabrielle por mí, que remolca mi espíritu en su estela. ¿Qué me ocurrirá si ese amor se desvanece o falla? Me consuelo al saber que de algún modo, algún día, las dos renaceremos y volveremos a encontrarnos en vidas futuras.

Por los dioses, Xena, ojalá estuvieras aquí.

Con cierta sorpresa veo que está plantada ante la entrada de un templo. ¿Cuándo hemos dejado el barco? Dioses, pero qué flaca está. Debo convencerla para que se cuide mejor, antes de que se convierta en un fantasma. Capto lo que acabo de decir y me regaño a mí misma. No le desearía esta existencia. No se la desearía a nadie.

La sigo al interior del templo y veo a mi hija de rodillas ante un altar. Como si sintiera la presencia de Gabrielle, se alza y se vuelve.

No hablan, pero corren a abrazarse, llorando. Eva lo sabe, sin que Gabrielle se lo diga. Sus pensamientos son tan dolorosos que no puedo soportarlos y las dejo a solas en su pena, consumida por la culpa de haber hecho tanto daño a las dos personas que más quiero en el mundo.


No me cree, Xena.

Gabrielle está entre dos caballos, uno cargado de provisiones. Se marcha, rumbo al oeste. Eva está a su lado. Eva no me ve y no ha creído a Gabrielle cuando ésta le ha dicho que mi espíritu está aquí. Está convencida de que el dios de Eli me ha reclamado. A fin de cuentas, fui al Cielo en una ocasión. Me duele no poder demostrarle que no es así.

—Lo sé —le digo a Gabrielle—. De todas formas, dile que la quiero.

—Dice que te quiere —le dice Gabrielle a Eva entre lágrimas.

—Dile que estoy orgullosa de ella —continúo.

—Y que está orgullosa de ti —repite mi bardo.

Eva se esfuerza por no llorar, pero no lo consigue, aunque percibo que llora más por Gabrielle que por mí. Madre, dondequiera que estés, cuida de ella.

—Estoy aquí mismo —le digo al oído—. Y lo haré.

Gabrielle me mira, desconcertada.

—Me ha pedido que cuide de ti —le sonrío, sabiendo que apreciará la preocupación de Eva.

Gabrielle se seca la cara con una mano temblorosa.

—Sí que cuida de mí, Eva —dice con tristeza, luego se vuelve y se monta en su caballo.

Eva se la queda mirando, pensativa.

Pero me doy cuenta de que no es cierto. Ya no cuido de ninguna de las dos. ¿Cómo puedo, siendo un fantasma? Lo único que puedo hacer en realidad es mirar.

Esto es tan duro, Xena, piensa Gabrielle, arreando al caballo y guiando al otro con una cuerda. Siento su pena por tener que despedirse de una persona más a la que quiere tanto. No espera volver a ver a Eva. ¿Por cuántas despedidas ha pasado a lo largo de los años? Demasiadas; algunas verbales, como hoy, muchas más que se quedaron sin decir. Muy pocos reencuentros felices.

—Lo sé —digo, compartiendo su pena. Demasiado duro, tal vez. Demasiado duro.


Viaja en soledad, rehuyendo activamente la compañía de otras personas. Come, obedientemente, cumpliendo una promesa que le hizo a Eva, pero me doy cuenta de que no encuentra placer en ello. No encuentra placer en nada, al parecer.

—Gabrielle —digo, apareciendo a su lado una noche mientras contempla ensimismada las llamas de su hoguera.

Levanta la vista, sobresaltada. Me sonríe y veo el alivio en sus ojos.

—Has vuelto. Ha pasado casi una semana, Xena. Tenía miedo de que...

¿Una semana? A mí me han parecido unas horas. Tal vez un día. O quizás una eternidad. ¿Acaso hay alguna diferencia?

—Sigo contigo —le aseguro, sentándome—. Es que es como si no percibiera el paso del tiempo.

—¿Por qué te vas? ¿Te dedicas a salvar espíritus perdidos? ¿A llevar a cabo buenas acciones en las tierras de los muertos?

—No. —Meneo la cabeza—. No sé por qué no me ves. Siempre estoy aquí, observándote. A veces pierdo el sentido de las cosas, de... mí misma, creo. Y luego vuelvo. —De repente se me ocurre—: A lo mejor me apartan los pensamientos.

—¿Qué pensamientos?

—Los pensamientos sobre mí... Oigo a la gente cuando piensa en mí. Hay un hombre en Tracia que me maldice cada mañana porque le rompí la pierna y todavía le duele. Es uno de tantos, me temo. Nunca me había dado cuenta de la cantidad de vidas a las que he afectado. Bueno, sí, en cierto modo, pero es distinto oírlos a todos pensando en mí. Hay tantos... A veces hasta oigo los pensamientos de los que están en el Tártaro...

—¿Los muertos oyen los pensamientos de los muertos?

—A veces, parece.

—¿Y te vas para escapar de ellos?

—Quizás. Tal vez. Sí. No. No lo sé, Gabrielle. Me resulta todo tan irreal. —Como un sueño, o tal vez una pesadilla.

—Ojalá me resultara así a mí —dice en voz baja y alza la mano para tocarme la cara. Suspira cuando me atraviesa con los dedos. Quiero que vuelvas.

—Lo sé. Lo siento.

La observo mientras se prepara para acostarse, acurrucándose junto al fuego. Por fin se queda dormida, pero las pesadillas no tardan en apoderarse de ella. Daría lo que fuera por poder despertarla, pero sé por experiencia que no puedo. No puedo zarandearla y no oye mi voz.

Cuando grita mi nombre llena de angustia y dolor, no puedo soportarlo más y busco la paz del olvido.


Viene César, Xena.

Está en las murallas de Alejandría, contemplando el polvo que convierte la puesta del sol en llamas sobre el desierto occidental, polvo animado por los pies en marcha de un ejército. Hay una nueva reina de Egipto, Zenobia de Palmira, y un nuevo emperador de Roma. Y Aureliano viene para reclamar la tierra de los faraones.

Malditos sean los dioses, ¡¿dónde estás?!

—Estoy aquí —digo, apareciendo a su lado. Me mira y me sorprende la rabia que veo en sus ojos—. ¿Qué ocurre?

—¿Sabes? A veces me pregunto si esto es peor que si simplemente estuvieras muerta del todo. No dejo de pensar que aparecerás cualquier día, pero no lo haces. Y entonces me pregunto si has desaparecido para siempre, si volveré a verte alguna vez. Es como si te perdiera una y otra vez. —Escupe las palabras, apretando los puños. Coge un trocito de piedra y lo tira por encima de la muralla, hacia el desierto y el polvo flotante—. Ahí fuera está Roma, Xena. Si vas a estar aquí para ayudarme, éste es el momento.

—Estoy aquí por ti —digo, desconcertada.

Intenta darme un empujón en el pecho y me atraviesa de parte a parte. Alza las manos con un gesto de frustración.

—¡No, no es cierto! No estás aquí, Xena. No estás aquí. ¡A lo mejor eres una imaginación mía! —Se pone a dar vueltas por la muralla.

Camino a su lado.

—No, no lo soy, Gabrielle. Soy real. Estoy aquí. No me estás imaginando.

Sigue dando vueltas sin responder, pasándose los dedos por el pelo corto.

—Vale —digo despacio. Está enfadada. Eso lo comprendo. Los dioses saben cómo estaría aguantando yo si nuestra situación fuera la contraria. Pero también parecía desesperada por mí. Me necesita, o al menos cree que me necesita—. ¿Y dices que Roma está ahí fuera?

Deja de pasear y contempla el desierto que se va oscureciendo.

—Sí. Vienen para reconquistar Egipto.

—Ya has luchado contra los romanos, Gabrielle. Conoces sus estrategias, sus tácticas.

—Si los informes son exactos, las fuerzas de Zenobia llevan una desventaja de veinte a uno. Y además están demasiado extendidas. Incluso con las defensas de la ciudad, Alejandría no aguantará. No tiene una buena armada para defender los puertos. Es una batalla perdida, Xena.

—Tal vez. ¿Los romanos traen una flota?

—No se ha visto ninguna, pero sabes que sí.

—Sí. Tienes razón. ¿Cómo defiendes entonces los puertos y las murallas cuando tienes pocos barcos para hacerlo?

—Zenobia podría bloquear el Gran Puerto... hundir un barco o tender cadenas de lado a lado en la entrada. Así sólo habría que defender el puerto de Eunostos. No hay forma de bloquearlo.

—Así y todo, eso sólo resolvería la mitad del problema...

—En el frente de los puertos, en cualquier caso.

—Cierto.

—Podría situar catapultas en la isla del faro. Atrapar a cualquier barco que entre en el puerto en un fuego cruzado.

—La flota romana tendría que acabar con ellas antes de atacar la ciudad principal.

—Lástima que no puedan usar el faro para la defensa... Espera, a lo mejor sí pueden... Hay un espejo enorme ahí dentro, ¿verdad?

—Eso creo. Me parece recordar que Cleopatra me dijo que es el espejo más grande que se ha hecho nunca.

—¿Lo bastante grande como para incendiar un barco si se concentrara la luz en un costado o una cubierta de madera?

Sonrío. Muy lista, Gabrielle. Pero que muy lista.

—Es muy posible.

—Si es así, podrían usarlo para atacar a la flota romana mucho antes de que se pusiera a tiro de las catapultas.

Asiento, sonriéndole. Ella me sonríe a su vez, con cierto brillo de emoción en los ojos, y parece haber olvidado su rabia contra mí. Es una idea brillante y lo sabe.

—Ahora sólo tengo que encontrar una forma de hablar con la reina para comunicarle nuestras ideas.

—Tus ideas, Gabrielle. Y encontrarás la forma —le digo, sabiendo que es cierto. Mi bardo es muy ingeniosa—. Ya te dije que aquí necesitaban una chica con un chakram —digo, riendo entre dientes.


Ojalá hubiera podido conocerte, Xena. Mi nombre proviene del tuyo, ¿sabes?

Zenobia. Me pregunto quién añadiría ese "obia" al nombre. No me gusta.

Gabrielle es buena, pero tú nos vendrías de perlas.

Esta mujer me fastidia. Desde que Gabrielle consiguió una audiencia con ella —¿hace cuánto tiempo?— ha estado pensando en mí sin cesar. ¿Qué harías tú, Xena? ¿Cómo harías esto y aquello? Me saca de quicio. Quiere construir un imperio para su hijo. No, me corrijo a mí misma, ha construido un imperio para su hijo. Ahora tiene que conservarlo, y quiere mi ayuda para hacerlo.

Por lo que parece, es una gobernante inteligente y amable. Fuerte, pero justa. Es codiciosa, pero no totalmente egoísta. Comparte su riqueza. El pueblo la prefiere a ella antes que a Roma. Pero no trata a Gabrielle con el respeto que se merece, al menos no en sus pensamientos, y eso me pone furiosa.

Si me guías, construiré un templo en tu nombre para alojar tus cenizas.

—Oh, lo que faltaba —murmuro por lo bajo.

Gabrielle hace una pausa en su tarea de apilar fardos de flechas para los arqueros árabes de Zenobia en la muralla sur de la ciudad.

—¿Qué pasa?

Noto que los arqueros la evitan. Ya ni siquiera intenta disimular sus conversaciones conmigo delante de otras personas. Acepta con resignación las miradas raras y el ostracismo.

—Zenobia promete construir un templo para alojar mis cenizas si la ayudo a ganar la guerra.

Mi bardo suelta una risita.

—Ten cuidado. Van a acabar adorándote como a una diosa antes de que te des cuenta.

—Después de rechazar la inmortalidad tantas veces, la gente ya podría haberse enterado de que eso es lo último que quiero.

Gabrielle se levanta despacio y me mira y en sus ojos no queda rastro de humor.

—¿Esto es mejor que la inmortalidad, Xena? ¿Lo que tienes ahora?

Trago con dificultad y le doy la espalda, incapaz de mirarla a los ojos. No sé cómo responderle, porque no sé qué es lo que tengo ahora. La inmortalidad supone la vida eterna y yo no estoy viva... y sin embargo, aquí sigo. No sé por qué sigo aquí, aunque como parece que estoy unida a Gabrielle, sospecho que la respuesta está ahí. Si hubiera comido la manzana dorada o la ambrosía, todavía tendría cuerpo, todavía tendría vida, todavía podría besarla y abrazarla... Dejo de pensar en eso. Tomé conscientemente cada decisión que me ha llevado a este lugar y no estoy dispuesta a dudar de mí misma ahora. Al fin y al cabo, si fuera inmortal, ¿qué sería de mí cuando Gabrielle muriera?

Pero... podría haberle dado una manzana a ella también. Podríamos haber pasado la eternidad juntas. ¿Es esto mejor que aquello? ¿Por qué desprecio a los dioses y su inmortalidad?

Porque es una mentira. El cambio es la única ley universal: todas las cosas se acaban. Sí, incluso los dioses, como he demostrado perfectamente. La "inmortalidad" sólo retrasa lo inevitable, fomenta el estancamiento e impide el crecimiento. ¿Acaso es de extrañar que los dioses sean como niños malcriados, incapaces de adquirir sabiduría? Eternamente jóvenes de mente y cuerpo. Hasta la llamada diosa de la sabiduría, Atenea, perdió todo vestigio de racionalidad al enfrentarse a la posibilidad de su propia muerte. No fue la sabiduría lo que dirigió sus acciones, fue el miedo: el miedo de una niña temerosa de la oscuridad.

¿Pero qué puedo aprender yo de esta existencia a medias que tengo ahora? ¿Es una lección que merece la pena aprender? ¿Hay algún valor en este sufrimiento? ¿No sería esa estupidez infantil de la inmortalidad mejor que esto?

Me doy la vuelta y me encuentro con su mirada cargada de tristeza.

—No lo sé —le digo con sinceridad.


Lucha con furia y desesperación. Los exploradores de Zenobia han subestimado el tamaño de las fuerzas de Aureliano. Aunque la flota romana todavía no ha tomado el puerto de Eunostos, las murallas de la ciudad sufren el asalto de una oleada tras otra de soldados romanos que se estrellan contra las defensas. Éstas van a acabar arrasadas como la arena ante el mar, es sólo cuestión de tiempo.

Gabrielle lucha en la muralla occidental que da al cementerio. La piedra está empapada en sangre y las arenas de debajo están sepultadas bajo una pila de cuerpos humanos. Nunca hasta ahora había visto a mi bardo tan cubierta de sangre y entrañas. Me revuelve por dentro y sin embargo, estoy orgullosa de ella. Este lado de la ciudad sin duda habría caído ya de no haber sido por su valor y su habilidad para animar a los soldados de Zenobia a mantenerse firmes.

Hacia el sur, veo que la ciudad estalla en llamas y oigo el estrépito frenético de las trompetas. La muralla sur ha sido franqueada. Los soldados romanos del cementerio sueltan un grito de alegría y se preparan para otro asalto.

Un mensajero sube tambaleándose por las escaleras hasta nuestra posición, resbalando en la sangre de la parte superior de los escalones. Gabrielle lo ayuda a levantarse y sus manos ensangrentadas manchan el brazal de bronce que cubre el antebrazo del hombre.

—Han tomado el faro —dice jadeante—. Y ahora la muralla sur ha caído. La reina te pide que te reúnas con ella en la puerta oriental.

—¿La puerta oriental? —repite Gabrielle aturdida—. No tiene ningún sentido que nos reunamos en la puerta oriental. El palacio sería un lugar más adecuado.

El mensajero traga con dificultad cuando Gabrielle aparta de un empujón y casi como quien no quiere la cosa una escala apoyada al otro lado de la muralla. Una bola de fuego disparada por una catapulta salpica de llamas la pasarela que hay detrás del mensajero y casi me echo a reír. Parece estar a punto de orinarse.

—L-la reina se d-dispone a retirarse a Antioquía. Allí la esperan 70.000 soldados.

—¿Va a huir? —pregunta Gabrielle, atónita.

El mensajero no responde, sino que sale corriendo escaleras abajo.

—Es una retirada estratégica, Gabrielle —le digo—. Vivir para luchar otro día. Esta batalla no se puede ganar.

—Tú habrías descubierto un modo.

—No lo creo. Ni siquiera con ayuda de Ares. Hoy la victoria es de Roma.

—Y parece que también Egipto. Xena, ahora no me puedo ir. Demasiada gente ha muerto aquí hoy.

Quiero sacudirla, inculcarle a la fuerza un poco de sentido común.

—Gabrielle, ve con Zenobia. Vive para luchar otro día.

Ahora está llorando.

—¿Es eso lo que harías tú? —susurra.

—Sí —digo con franqueza.

Se seca las lágrimas de la cara, manchándose de paso la mejilla de sangre, e intenta calmarse. Tomando aliento con fuerza, grita la orden de retirada y los soldados que quedan con ella en la muralla abandonan sus puestos, adentrándose por delante de ella en el laberinto de calles de la ciudad que hay debajo. Tras ellos suenan las trompetas triunfales mientras los soldados romanos inundan la muralla occidental.

Alejandría ha caído.


Huyen por el desierto en camello, con la débil luz de la media luna alumbrándoles el camino. Gabrielle cabalga al lado de la reina. Trescientos soldados de caballería, una mezcla de árabes y egipcios, las siguen por detrás. La infantería se ha quedado para arreglárselas como pueda. Las estrellas del cielo brillan con fuerza a pesar de la luna y viajan en silencio.

Casi está amaneciendo cuando Gabrielle detiene a su camello y se da la vuelta.

—¿Qué haces? —pregunto.

—Lo que tengo que hacer —contesta con cansancio.

—¿Qué haces? —pregunta Zenobia, con el mismo tono que yo.

Gabrielle sonríe.

—Voy a volver con la infantería.

—No —dice Zenobia con vehemencia y por una vez, le doy toda la razón.

—Necesitan un comandante. Les has ordenado que consigan hacer más lento el avance de los romanos. ¿Cómo van a hacerlo sin alguien que los dirija? Los van a masacrar.

—Los van a masacrar en cualquier caso. ¡Te necesito conmigo, Gabrielle!

—Tu guardia está agotada por la batalla, Zenobia. Tendréis que parar a descansar en el próximo oasis. Aureliano emprenderá la persecución con tropas descansadas, caballos y carros en condiciones. A menos que la infantería luche bien, sólo será una breve distracción... nada más que un bache en el camino, y os atraparán antes de que lleguéis a Antioquía.

Zenobia palidece visiblemente ante la idea.

—Pues enviaré a otra persona.

Gabrielle sacude la cabeza.

—No, necesitas a alguien que consiga detener de verdad a los romanos. Yo puedo hacerlo y lo haré.

Tiene razón, por supuesto. Pero eso no quiere decir que me tenga que gustar.

—¡Gabrielle! No tienes por qué hacer esto —digo—. No hay nada que garantice que los romanos puedan alcanzarlos. ¡Es posible que te vayas a sacrificar por nada!

Me mira y no necesita hablar para que yo sepa lo que diría. No lo creerás en serio, ¿verdad, Xena?

Y no, no lo creo... pero quiero creerlo. La alternativa es demasiado horrible de pensar.

Pero eso no detiene a Gabrielle.

Zenobia la deja ir. Protégela, Xena. Protégenos a todos.

Maldigo su nombre ante el sol naciente junto con mi propia impotencia.


Míralos, Xena. Míralos y dime que no he hecho lo correcto.

Lo que era un grupo de trescientos soldados desorganizados, desesperados y, por lo tanto, condenados, se ha transformado una vez más en una fuerza de combate llena de determinación. Ella les ha dado esperanza, les ha dado valor, y ahora la miran con ojos llenos de adoración. Los sitúa en terreno elevado y rocoso, por encima del camino, dándoles toda la ventaja posible contra los romanos.

—Has hecho lo que tenías que hacer, Gabrielle —reconozco. Ahora no estaría bien llenarla de dudas.

Me alegro de que estés aquí. Me alegro de que te hayas quedado conmigo durante todo esto. Quédate un poco más... ¿por favor?

Dioses, ¿cómo lo hace, cómo puede sonar como una intrépida comandante en un momento dado y como una niña asustada al siguiente?

—¿Cómo podría dejarte ahora? —sonrío, intentando tranquilizarla. No le digo que quiero irme. No quiero ver lo que sé que va a ocurrir.


El sol sigue en lo alto cuando ven el primer destello de luz reflejada del ejército que se aproxima. No tardaremos en sentir el temblor producido por los cascos de dos mil caballos al galope por el camino. Es una sensación que da miedo y una visión que produce terror. El ruido del trueno llegará poco después.

Gabrielle aprovecha la ventaja de la sorpresa. Los arqueros árabes, casi cien en total, se alzan en lo alto de la colina y disparan sus flechas sobre la primera ola de carros desprevenidos que pasan por el camino de debajo. Los hombres y los caballos chillan, los carros chocan y vuelcan. Sonrío. Aunque sólo sea, tardarán horas en retirar este desastre del camino.

Los arqueros tienen tiempo de disparar más flechas antes de que los comandantes romanos se pongan a gritar órdenes. Los romanos se retiran, agrupándose a una distancia segura bajo los estandartes del emperador. No podrán atacar la empinada y pedregosa colina con la caballería. Se verán obligados a atacar a pie o a esperar a que llegue la infantería con las máquinas de asedio. Ojalá esperen. Cuanto más, mejor.

Por desgracia, es evidente que Aureliano no quiere retrasarse más de lo necesario. Está claro que están organizando un ataque con las tropas disponibles. Roma tiene un ejército eficaz, profesional y experimentado. Rodean rápidamente la colina y observo admirada cómo avanzan subiendo por el difícil terreno, con los escudos superpuestos para protegerse de los arqueros y de las piedras que les caen encima. Cuando se forma un agujero porque ha caído un hombre, los que van detrás lo rellenan rápidamente.

Gabrielle sabe que no se pueden permitir dejar que los romanos lleguen a la cima. Cuando están cerca de la cumbre, da la señal y sus fuerzas cargan contra el muro de escudos, empujándolos hacia abajo. Vuelan los cuerpos, salpica la sangre y los romanos caen hacia atrás, en muchos casos literalmente; otros mueren a causa de las flechas en medio de su desorganizada retirada. Gabrielle llama a sus hombres para que vuelvan a la cima de la colina, sabiendo que los masacrarán si pierden terreno, y los prepara para otro asalto. Se reagrupan, gritando y soltando vítores en muchos idiomas. Oigo que gritan su nombre. Ahora luchan por ella, no por Zenobia.

La escena se repite, una y otra vez, y los romanos van dejando cada vez más muertos en la ladera, al tiempo que cada vez quedan menos tropas defendiendo la colina. Por fin, toman la cumbre, pues los defensores son muy pocos para hacerlos retroceder, y Gabrielle lucha en un pequeño círculo junto a sus hombres agotados. Uno a uno van cayendo a su lado. La hieren en el hombro y tropieza con los cuerpos que hay en el suelo, pero siguen sin poder detenerla.

La colina está ahora cubierta de muertos, de modo que se coloca sobre los cuerpos destrozados, enfrentándose sola al ejército romano. La sangre chorrea de sus sais. La rodean, pero no atacan. Es una leona dorada rodeada por su presa.

—Me tienen miedo, Xena —dice en voz alta, maravillada, y sé que está experimentando la euforia fiera de tener el control total. El poder de la intimidación es embriagador, incluso ahora, cuando el final está tan cerca. Sobre todo ahora. Se siente viva como nunca se ha sentido hasta ahora.

Lo que daría por estar ahora a su lado, espada en mano. Masacraríamos a estos cabrones como a ovejas antes de que nos arrollaran. Y entonces moriríamos juntas, espalda con espalda... moriríamos luchando hasta el final. Roma recordaría nuestra gloriosa defensa final durante generaciones enteras. Roma lloraría a sus hijos perdidos.

De repente, Gabrielle se echa a reír. Relaja la postura y levanta la vista hacia el sol, que ya hace rato que ha emprendido su descenso hacia el horizonte. Los hemos retrasado un día. Tal vez dos o tres, si se detienen para atender a los heridos. ¿Es suficiente, Xena?

—Sí —le digo.

Me sonríe entonces y mira a los enemigos que la rodean.

—Ya basta, ¿no? —pregunta simplemente, y no sé si me habla a mí o a ellos—. Así que... me rendiré si me dejáis.

Se me para el corazón al mirarlos, con sus vidas colgando de la balanza. Pienso: Podría funcionar. Podría funcionar de verdad. Casi me atrevo a esperar que pueda salir de ésta con vida.

Un comandante romano da un paso al frente.

—Suelta las armas —ordena, haciendo un gesto con la espada—, y dejaremos que el emperador decida tu destino.

Gabrielle se lo piensa, intentando decidir si se puede confiar en su palabra.

—Me parece bien —asiente por fin y suelta despacio los sais. Se quita el chakram del cinturón y me mira. No te preocupes, piensa antes de que yo pueda decir nada. No permitiré que se queden con él.

—Ares —susurra, casi como si rezara, y lo lanza hacia el sol. Zumba por el aire por encima de las cabezas de los romanos, que se agachan, y luego vuela por el desierto. Con un último relámpago de luz contra el disco del sol sangriento, desaparece.

Caigo en la cuenta de que Gabrielle jamás volverá a matar.


Los guardias la obligan a arrodillarse ante el emperador, empujándola cruelmente por el hombro herido. Jadea de dolor y se le llenan los ojos de lágrimas, pero no grita.

Aureliano la observa un momento. No percibo odio en su cara, ni rabia. Sólo cierto cansancio, tal vez, causado por la responsabilidad de tener la vida de demasiadas personas en sus manos.

—Tú eres Gabrielle —dice por fin. No es una pregunta.

Ella lo mira sorprendida.

—Sí.

—Te vi una vez en Roma, en la corte de Calígula —explica, contestando a su pregunta tácita—. No tenía idea de que fueras una guerrera tan poderosa —continúa—. Creía que tu don eran las palabras. Me dijeron que eras la bardo de Xena.

—Lo era —dice Gabrielle en voz baja—. Pero también me enseñó el arte de la guerra.

—Mmmmm —asiente él distraído, y luego se queda con la mirada perdida—. Sí, por supuesto. —Vuelve a mirarla—. No me lo creí cuando me notificaron su muerte. Es decir, no me lo creí hasta que te vi blandiendo el chakram contra mis hombres en las murallas de Alejandría. Está muerta, ¿verdad? —Esta vez, sí es una pregunta.

—Sí.

Asiente entristecido. Se pone en pie y se pasea delante de ella, con las manos a la espalda. Advierto que carece de la habitual arrogancia de un César.

—La época de los grandes héroes se ha terminado, me temo. Aquiles, Julio César, Hércules... Xena. ¿Volverá a ver el mundo a alguien como ellos?

Quiero gritarle: ¡Deja libre a Gabrielle y verás a la más grande de todos!

—Julio César no era ningún héroe —replica Gabrielle con calma, y me quedo sorprendida de no haberlo pensado yo primero.

Aureliano sonríe.

—Para Roma lo es. Y yo soy Roma.

Suspiro. Así que no tiene la arrogancia de un César, ¿eh?

—La época de los muchos dioses ha pasado —continúa el emperador—. Tú eres una reliquia de otra era, querida mía, y por lo tanto un problema para mí. —Suspira con pesadumbre—. Eres peligrosa. Mis hombres te tienen miedo. Es evidente que los hombres de Zenobia te adoran. No puedo permitir que te opongas a mí, así que no puedo dejarte libre. No creo que una guerrera como tú quisiera pasar el resto de su vida encerrada en una mazmorra... y además, no quiero tener que preocuparme de que consigas escapar, así que te ofrezco la siguiente elección: la muerte o el Coliseo. Si eliges lo segundo, acabaré con Zenobia y su pequeña revuelta mientras tú te ocupas de ganar tu libertad luchando como gladiadora. Sin duda te acabarás convirtiendo al mismo tiempo en la heroína del populacho romano. Hoy día, los héroes se hacen en la arena... y me vendrían muy bien tus habilidades en ese terreno.

El corazón me da un vuelco. Tiene una oportunidad de vivir.

—Acepta, Gabrielle. ¡El Coliseo puede ser tu podio!

Gabrielle sonríe con amargura, sin hacerme caso.

—Contentas a las masas dándoles entretenimiento en forma de muerte. Matar como deporte... de eso jamás saldrá nada bueno. No quiero tener nada que ver con ello.

En el fondo de mi corazón ya sabía cuál iba a ser su respuesta, cuál tenía que ser, pero así y todo es un golpe para mí.

—¡No! —exclamo, cayendo de rodillas, y Gabrielle se encoge, mínimamente.

Los ojos de Aureliano se endurecen.

—Así pues, idealista hasta el final. Que así sea. —Mira a los guardias situados a cada lado de ella—. Crucificadla.

Se vuelve para marcharse, pero Gabrielle exclama:

—¡Espera! ¡Por favor!

Aguanto la respiración, rogándole que cambie de idea.

Aureliano se vuelve de nuevo hacia ella, esperando a que continúe.

Gabrielle parece de repente perdida, hundida, asustada.

—P-por favor, ¿puedo... puedo pedirte un favor?

—Puedes pedir, pero no te prometo que lo vaya a hacer —dice el emperador con frialdad.

Gabrielle traga y asiente ligeramente.

—Mi camello está atado detrás de la colina. En mis alforjas, hay una urna. Una urna de cenizas. Te rogaría que las envíes a Grecia... a Anfípolis. Allí hay una tumba...

No tengo corazón, pero se me está rompiendo. Sin la menor duda.

—No hagas esto, Gabrielle, por favor, no lo hagas —susurro.

—¿Anfípolis? —repite Aureliano, y en sus ojos surge la comprensión. Se le hunden los hombros y se le vuelve a poner cara de cansancio—. Sí —dice en voz baja—. Haré que las envíen. —Se da la vuelta para marcharse de nuevo, pero se detiene—. ¿Y tú? —pregunta sin volverse—. ¿Qué quieres que haga con tus... restos?

Las lágrimas le chorrean ahora por la cara y apenas consigue contestar:

—Quisiera estar con ella.

Él asiente una vez y se marcha.


La crucifican en la colina que ha defendido.

Te quiero, Xena, piensa mientras la colocan en la cruz.

—Os perdono —les dice a los guardias que hacen los preparativos. No le hacen caso, pero sé que no la olvidarán jamás.

Las tropas que recogen cuerpos en las laderas levantan la vista cuando sus gritos de dolor y angustia resuenan por el desierto mientras le incrustan los clavos en las muñecas y los pies. Cuando levantan su cruz, los últimos rayos del sol poniente iluminan su cuerpo.

—Oh, Gabrielle —susurro mientras ella se obliga a mirar el sol poniente. ¿Fue esto lo que sintió ella al ver la puesta del sol sobre el Monte Fuji, sabiendo que eso era el final de mi vida? Que los dioses me perdonen por haberle hecho pasar por eso. Que los dioses se apiaden de mí ahora.

—Pronto me reuniré contigo, Xena —jadea en voz baja.

Los guardias se marchan sin romperle las piernas.

La luz se apaga.


Es la segunda tarde desde que alzaron su cruz. Aureliano y su ejército aguardan a que muera. El emperador, al parecer, es un hombre de palabra y se asegurará de que sus cenizas sean devueltas a Grecia junto con las mías.

El hecho de que luche con tanto valor contra la muerte es un testimonio de la vitalidad de su espíritu. Aunque sé que ansía liberarse, su cuerpo lucha contra lo inevitable como la guerrera en que se ha convertido. Se esfuerza por respirar y su pecho se agita, los músculos de sus brazos y piernas sufren calambres por el esfuerzo de mantenerse erguida. Las arenas atormentadoras reflejan el calor ardiente del sol y le queman la piel hasta ponerla de un fuerte color marrón rojizo cubierto de ampollas. Tiene los labios cortados, la cabeza caída hacia delante sin fuerzas, los ojos cerrados, pero sigue luchando.

¿Por qué no se rinde? Zenobia ha escapado y Gabrielle no teme a la muerte. Al haberla experimentado ya, sabe que no es un final. Sabe que estoy esperando, aquí, a su lado.

Pero lo que la mente sabe, el cuerpo no. Nos pasamos la vida manteniendo a la muerte a raya. Comemos para vivir, bebemos para vivir, respiramos para vivir. Luchamos para defendernos. Buscamos medicinas y comodidad cuando estamos enfermos o heridos. Es la costumbre de nuestro ser, vivir, experimentar. Tal vez, sencillamente, sea nuestro mayor propósito, la razón de nuestra existencia. Y por eso mi amor lucha, incluso ahora, por sobrevivir un poco más.

Su mente intenta escapar de la agonía de su tormento reviviendo recuerdos, contándome historias. Están fracturados, rotos como su cuerpo, y sin embargo están llenos de ánimo y del recuerdo de la pasión... la risa... la tristeza... el amor. Es como si expresara el rompecabezas de su vida, pieza a pieza con sus formas extrañas, emoción a emoción, devolviéndolas al mundo, al universo, entregando el bello y desgarrador cuadro que es ella, pasado y presente... Gabrielle. Le pedí que viviera, que compartiera sus dones con el mundo, pero al verla morir, la veo entregando el mayor don de todos. La suya es la muerte de una heroína, que se ofrece a sí misma sin el más mínimo reparo: ofrece su amor, su espíritu, sus palabras, su luz, con un soplo de aliento de cada vez. Devuelve todo lo que ha tomado en su vida y no se queda con nada. Todas las historias que nunca llegó a contar se deslizan por su mente, sus esperanzas y sueños sin realizar, todos tocados brevemente por el pensamiento que así les da la existencia. Los comparte conmigo, los comparte con cualquiera dispuesto a escuchar. Los entrega y los deja marchar.

Nunca he visto un desprendimiento tal.

Yo morí intentando redimirme, pero ahora me doy cuenta de que no puede haber redención mientras me aferre a mi culpa. Yo soy mi propio juez, jurado y verdugo. Aunque fue la espada de un samurai la que me quitó la vida, yo misma me condené a muerte aquel día y fue decisión mía permanecer así. Yo he condenado mi alma a esta pesadilla de existencia en más de un sentido. Pensaba que era mi amor por Gabrielle lo que me mantenía aquí, o su amor por mí, pero no era así. Es mi culpa, mi autocondena, lo que me impide seguir adelante, crecer y continuar.

—Confía en tu propia bondad, Xena —susurra Gabrielle y luego se deja ir con un estertor. Muere allí, en la cruz, delante de mí. Y yo moriría de nuevo, con ella, si pudiera.

Pero su espíritu es de luz al alzarse de su cuerpo y siento su alegría cuando sus manos me acarician la cara.

—Sígueme —grita y luego desaparece. Se ha ido, como si nunca hubiera existido, pero oigo su risa en mi mente.

Las cosas son como son, Xena, como tienen que ser. ¡Déjate ir!

—Lo bueno y lo malo —digo, pensando que tal vez, a lo mejor, estoy empezando a comprender. La vida y la muerte, lo bueno y lo malo, son simplemente aspectos distintos de la misma cosa, como puntos distintos de un círculo. El sufrimiento y la alegría... todo depende del punto de vista. La existencia es todas estas cosas, perfecta en su paradoja.

Yo soy buena y mala, mortal e inmortal, perfecta e imperfecta. Soy todas estas cosas y ninguna de ellas. Todos lo somos. Me defino a mí misma por aquello a lo que me aferro: el amor, la vida, la culpa. Para seguir adelante, debo dejarlo ir. Para seguir adelante, debo recorrer el círculo completo.

Todas las cosas cambian, pero el amor desinteresado es eterno.

En mi mente aparece una palabra de la India: ankara. Esa alegría de la existencia sin la cual el universo se desmoronaría. La alegría sostiene el círculo.

—Amor y alegría, Gabrielle —le susurro. Me perdono a mí misma por todos mis errores. Suelto mi culpa.

Y es como si las cadenas que me rodeaban el alma se hubieran roto y se me hubiera quitado de encima el peso del mundo. Me echo a reír, libre por fin, y sigo a Gabrielle.

Es un comienzo.


FIN


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