Un viñedo junto al mar

Lori A. Meyers



Xena, la Princesa Guerrera es propiedad de Universal Pictures, Renaissance Pictures y Networks USA. Me encantaría ser dueña de los personajes de Xena y Gabrielle, pero, por desgracia, no puede ser. En este relato hay amor entre nuestras dos heroínas, y un poco de romanticismo y, también, un poco de sexo. Marchaos si sois menores de edad, o si la idea de dos mujeres juntas no es lo vuestro. Sí es lo mío...
Episodios: Colisión de destinos. Mis disculpas a Katherine Fugate, pero he cambiado un poco la escena del balcón.
¡Alimentad a la bardo! Se pueden enviar comentarios a Lori A. Meyers.

Título original: A Vineyard by the Sea. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2011


Tenía ante mí otra vida que en realidad no había vivido, pero que estaba grabada para siempre en mi memoria. Recuerdo las viñas que subían entrecruzándose por la colina, alejándose de la villa. Desde el porche, que rodea toda la villa, puedes ver cómo se estrellan las olas del mar en la orilla, luego das la vuelta hasta la parte trasera de la casa y ves cómo los jornaleros recorren los campos, recogiendo las uvas más maduras.

La casa es preciosa, por dentro y por fuera, con las paredes adornadas con frescos y los suelos cubiertos de bellos mosaicos. Hay una cocina que da a los campos, y al lado un comedor bastante grande. Hay varias habitaciones —una biblioteca, un baño, una sala de estar y unos cuantos dormitorios— en tres niveles distintos. El dormitorio principal es enorme, con su propia chimenea, y una cama bastante grande en el centro, llena de almohadas. Casi toda mi vida de adulta transcurrió en esa hermosa casa, contemplando los viñedos, escribiendo obras de teatro y poemas, y pasando varias noches en la agradable compañía de buenos amigos, que venían a degustar la cosecha del año anterior. Hasta los entretenía con mi poesía, que todos alababan debidamente, incluso cuando era un poco tonta.

—Ya estás otra vez.

El sonido de su voz me saca de golpe de mis recuerdos. En estos días se oye en ella una melancolía que me parte el corazón.

—Lo siento.

Xena me mira un momento y luego sigue afilando su espada.

—No te puedo dar ese viñedo junto al mar, Gabrielle.

Siento que se me agrieta el corazón.

—Ya sé que no puedes.

Se levanta bruscamente y envaina la espada.

—Entonces ¡por qué no paras de hacer eso, de perderte en esos malditos recuerdos!

Sé que le hago daño, pero no puedo evitarlo. Los recuerdos son reales porque los he vivido. No era infeliz del todo en esa vida, y ella lo sabe. Hasta sabe que tuve algunos amantes, aunque no conociera el amor. Miro a los ojos más tristes que he visto en mi vida.

—Dioses, Xena, no quiero hacerte daño.

—Pero me lo haces, Gabrielle.

Suelto un suspiro de frustración. ¿Cómo puedo hacerle entender mi aprieto?

—Mi vida no era exactamente el paraíso, que lo sepas.

—Y la mía era exactamente el infierno. ¿Es que no lo comprendes?

Me levanto y avanzo dos pasos hacia ella.

—Oh, Xena...

Retrocede ante mí y alza las manos.

—No, quieta. No me toques.

Desaparece en la profundidad del bosque y me quedo ahí plantada, viendo cómo su figura se difumina con la oscuridad del fondo. Ya hemos tenido esta discusión, y está abriendo una brecha entre nosotras que me parece que no puedo salvar. Pero, por otro lado, no me he esforzado mucho por hacerlo, y ella tampoco.

Las dos somos unas cobardes y lo sé. Ninguna de las dos se atreve a expresar de viva voz la verdad tácita.

Estoy estancada —estamos estancadas— en un punto que ninguna de las dos se ha atrevido a comentar, que ninguna de las dos se ha atrevido a expresar en voz alta. Nos enamoramos en ese otro universo, de repente y muy deprisa, y sentimos una pasión que no hemos experimentado en esta vida. Ojalá se quedara el tiempo suficiente para que yo pudiera armarme de valor, valor para preguntarle si me ama como me amaba la emperatriz. Lo he intentado, dioses, cómo lo he intentado. Pero me fallan las palabras, como si en esta vida jamás hubiera sido bardo.

Me pregunto si la verdad está tan clara para ella como lo está para mí. Ojalá pudiera hacerle entender por qué ese viñedo me persigue de verdad. Me llevó a Roma, a ella, así que ¿cómo podría olvidar jamás la importancia que tuvo en mi vida?

Nunca olvidaré aquella noche fatídica. Me quedé pasmada por la invitación para acudir a Roma. Mis obras nunca habían ido más allá de mi sencilla patria, o eso creía. Entonces aparece una escolta real ante mi puerta, junto con el magistrado local. Me entregan un pergamino con la insignia imperial de Roma grabada en la cera. Recuerdo que miré a Aristaios preguntándome si, tal vez, se habían equivocado de villa. Me sonrió y asintió al mensajero imperial.

Si hubiera sabido entonces lo que sé ahora, no creo que hubiera aceptado la invitación: no si eso suponía que Xena tuviera que morir. No querría ser la causa de su muerte, en ninguna vida, real o imaginaria.

Qué bella estaba aquella noche. No me fijé en ella hasta que terminó la obra. Estaba demasiado ocupada entre bastidores —asegurándome de que los trajes estaban bien, de que el maquillaje convencía— y no salí hasta que terminó la obra y el actor protagonista me llamó, para que saludara como me correspondía.

La miré cuando lanzó la rosa, y el tiempo se detuvo. De lo único de lo que era consciente era de sus ojos, de cómo me penetraban con tal intensidad que me arrebataron la capacidad de pensar o de hablar. Recuerdo que se le alteró el semblante, al mismo tiempo que se alteraba el mío, y tuve que apartar la mirada. Más tarde, cuando ya había recuperado cierto grado de cordura, se me acercó durante la recepción y me hizo una preguntas curiosísimas sobre mí misma. Me hizo pensar, y cuando nuestros ojos se encontraron por encima del borde de su copa, me hizo sentir. Pero, de repente, se marchó. Llegó su marido y se la llevó.

Intenté olvidarme de ella, de todo lo que había visto y sentido cuando me miraba, pero no pude. Me alegraba de que la función de esa noche fuese función única y de que al día siguiente no tardaría en emprender el viaje de regreso a Hellas. No creía que fuese capaz de resistir un solo momento más en su presencia sin alargar la mano, tocarla, atraer sus dulces labios sobre los míos.

Salí al balcón esa noche, con la esperanza de que me diera el aire. La noche aún era joven, y había muchos jaraneros en la calle de debajo. Estuve mirándolos un rato, mientras acariciaba la baranda con la mano, y pensé que seguramente tendría que haberme unido a ellos para una noche de libertinaje. Pero cuando levanté la mirada, ella estaba allí. Había estado oculta en las sombras.

Nunca sabré cuánto tiempo estuvimos mirándonos. Pero cuando sus labios se entreabrieron para tomar aliento entrecortadamente, supe que estaba perdida. Y entonces hizo algo que jamás olvidaré. Retrocedió unos pasos, luego echó a correr, saltó por encima del balcón y salvó sin esfuerzo el espacio que separaba nuestros dos mundos. Aterrizó con un golpe seco y yo me eché hacia atrás, más que nada por la sorpresa.

Cubre la distancia que nos separa y de repente está a meros centímetros de mi cuerpo.

—Gabrielle.

Mi nombre es como una oración al salir de sus labios hinchados. Retrocedo hasta la pared e intento recuperar el aliento.

—Yo no... no creía que te volvería a ver.

Sonríe, de medio lado.

—Lo sé. No puedo dejar de pensar en ti.

—Conozco la sensación.

Se pega firmemente a mi cuerpo y me acaricia los brazos temblorosos con las manos.

—¿Tienes frío?

Justo lo contrario.

—No.

Sigue mirándome y agacha la cabeza, hasta que nuestros labios casi se rozan.

—¡Xena!

Se aparta y se vuelve en redondo hacia su propio balcón. Hay una mujer allí plantada, con los brazos en jarras y una expresión espantosa en el rostro. La mujer da la impresión de ser el mal personificado.

Xena se vuelve de nuevo hacia mí, con cara de lamentarlo infinitamente.

—Me tengo que ir.

Antes de que pueda decir nada, se ha ido de vuelta a su propia habitación, y yo entro tambaleándome en la mía. Y el resto es... ¿cómo diría yo? Historia, por decir algo.


Intento quedarme sentada junto al fuego, pero es inútil y lo sé. Ésta es la noche. Voy a intentar llegar a ella, ayudarla a comprender por qué mis recuerdos me tienen atenazada. Me pongo en pie y me aliso la ropa. Me tiemblan las manos, pero intento relajarme. Mi mirada sigue el sendero que ha tomado y, armándome de valor, me adentro en el bosque.

No tardo en encontrarla. Está sentada en un tronco a la orilla de un arroyo, contemplando la oscuridad de la noche. Lo que está pensando o reviviendo debe de ser fascinante, porque no oye cómo me acerco hasta que estoy a su lado.

Se levanta y se aparta de mí.

—No deberías haber venido, Gabrielle.

Me hace tanto daño como yo se lo he hecho a ella.

—Por favor, Xena, no me des la espalda, esta noche no. —Vuelve la cabeza y la mirada fugaz que me dirige me indica que esta vez no va a huir.

—No puedo darte esa vida que deseas, Gabrielle.

Ahí está, al aire, su dolor interno.

—Yo nunca te lo he pedido, ¿verdad?

Se vuelve entonces hacia mí.

—No puedo mantenerte del modo que te mereces.

—¿Qué crees que merezco?

—Un hogar seguro, una vida tranquila... en la que yo no te haga daño constantemente, ni te ponga en peligro.

El dolor de su rostro es tan grande que creo que podría gritar del sufrimiento.

—Yo no quiero un hogar seguro, si eso supone tener una vida sin ti.

—Pero mírame, Gabrielle, soy el cascarón roto de una guerrera.

Se me parte el corazón.

—¿Cómo puedes decir eso de ti misma? ¿Por qué no eres capaz de ver todo el bien que has hecho, toda la gente a la que has ayudado?

—¿Y de qué me sirve? ¿Eh? Ni siquiera puedo sostener a la persona que más qui... que más me importa.

Ha estado a punto de decir la palabra que más deseo oír. ¿Cuántas veces nos hemos dicho que nos queremos? Más de las que puedo contar. Pero no es eso lo que necesito oír esta noche. Necesito volver a ver los ojos de la emperatriz, sentir su excitación. Necesito saber si me quiere así, porque no puedo vivir un día más sin ello.

Me acerco un poco más a ella y sé que tiene tentaciones de retroceder, pero si lo hiciera, acabaría dentro del arroyo.

Veo cómo se odia a sí misma y cómo se autorrecrimina y quiero zarandearla para que deje de hacerlo.

—¿Y si te dijera que no quiero echar raíces, jamás?

Cambia el peso de un pie al otro.

—No te creo. No has pensado en otra cosa en las últimas semanas más que en tu viñedo junto al mar.

—¿Es eso lo que crees que quiero, una casa?

Sus ojos se alzan de golpe y me clavan una dura mirada, y, antes de que me dé cuenta de lo que está pasando, me ha agarrado de la muñeca y tira de mí para que la siga. Al cabo de una caminata sin aliento acabamos en el campamento. Mira a su alrededor, como loca, y luego coge una de sus alforjas y me la pone delante.

—Mira dentro, Gabrielle.

Esto me deja desconcertada.

—No comprendo...

—¡He dicho que mires dentro!

El tono de su voz me dice que espera ser obedecida. Miro dentro y sólo veo un cepillo, unos trocitos de jabón, unas cuantas camisas arrugadas, un puñal que tiene pero que nunca usa y unos pocos metros de cuerda. No sé qué se supone que tengo que encontrar.

—¿Xena?

—Eso es todo lo que tengo, Gabrielle. Ahí dentro no vas a encontrar ni dinares ni las escrituras de algún terreno del que pueda ser dueña. Lo que hay en esa alforja es lo único que poseo en esta vida.

Las lágrimas me caen por la cara, y agarro la alforja y la tiro a un lado.

—¡Yo no te quiero por esto!

Retrocede y se seca sus propias lágrimas, todavía demasiado temerosa de permitirme que la vea en un momento de debilidad.

—A lo mejor si volviera a ser la emperatriz, podría darte lo que deseas.

—¿Tú sabes siquiera lo que deseo?

Se me echa encima: me alcanza de dos zancadas y me agarra los hombros, apartándome de ella.

—Deseas...

Ya no lo soporto. Suelto un grito, le echo los brazos al cuello y tiro de su cabeza para bajarla hasta la mía. Mis labios tocan los suyos de una forma que jamás se podría confundir con amistad. Mi lengua solicita entrar en su boca y, tras un momento de duda, se rinde.

Esto es lo que deseo, lo que deseo desde hace demasiado tiempo.

Interrumpe el beso y se queda mirándome. Alza la mano vacilante y me seca despacio las lágrimas.

—Tenía tanto miedo...

—Pues ya somos dos.

Agacha la cabeza y me susurra al oído:

—¿Qué quieres, Gabrielle?

—Quiero que estas manos, estas manos que han aplastado la tráquea de un hombre y han secado las lágrimas de un bebé... quiero que estas manos me toquen.

Y por fin, después de tantos años, siento su peso sobre mí cuando me tumba sobre las mantas. No puedo creer que mi sueño más íntimo esté a punto de hacerse realidad. Estoy debajo de la princesa guerrera y tengo sus manos encima, trazando un camino de fuego desde mi cintura hasta mis pechos ansiosos.

Xena baja la cabeza y aplasta sus labios contra los míos, provocándome un vértigo de éxtasis. Las dos tiramos de los cordones de mi corpiño y al poco mis pechos quedan liberados de su prisión. Se regodea en ellos como si su vida misma dependiera de ello. Echo la cabeza hacia atrás y grito de placer. Se muestra impaciente en su deseo, y la ayudo a subirme la corta falda hasta la cintura. Mis manos encuentran su trasero y la pego más íntimamente a mí. Eso acaba con ella. Me arranca las bragas, se sube la túnica de combate por encima de las caderas y luego me separa las piernas con las rodillas.

Nuestra primera unión es salvaje, como una hoguera en un caluroso día de verano, y después, las dos caemos agotadas sobre el petate.

Apoya la cabeza en mi hombro y me vuelvo para mirarla a los ojos.

—Eso es lo que deseo. Llevo años deseándote, hermosa guerrera mía.

Sonríe y asiente.

—¿Incluso antes de la emperatriz?

—Sí. —Y caigo en la cuenta de lo cierta que es mi respuesta—. Sí, años antes de ella.

Las comisuras de sus labios se tuercen un poco.

—¿La echas de menos?

Sonrío y sujeto tiernamente su cara entre mis manos.

—A veces, sí.

—¿Por qué? —Apenas un susurro.

—Me amaba, de formas que pensaba que tú no podías. —Le sujeto la cara y deposito un beso tierno es sus tentadores labios.

Xena cambia el peso encima de mí, y noto su excitación pegada a mí.

—Te amo desde hace una vida, Gabrielle. ¿Podrás llegar a perdonarme?

—¿Perdonarte por qué, Xena?

—Por no ser la emperatriz, por ocultarme de ti todos estos años.

La rodeo de nuevo con las piernas y me muevo sensualmente debajo de ella.

—Estás aquí, ahora, Xena, y eso es lo único que importa.

Apoya el peso sobre las manos.

—Te amo, Gabrielle.

—Y yo te amo a ti, Xena.


FIN


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos cortos
Ir a Novedades