La última noche

Mayt



Descargos: Xena y Gabrielle pertenecen a Ren Pics/Universal/USA. El siguiente relato también contiene cosas de Entre las líneas.
Mayt@aol.com

Título original: The Final Night. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


Xena yacía en el suelo. Con la armadura quitada. Gabrielle la tapó con una manta. Vacilante, su mano tocó la frente de Xena. Gabrielle bajó la mirada, descansando, y luego la alzó hacia la ventana de su celda. Levantándose, miró el horizonte. Era demasiado familiar. Alti le había mostrado el paisaje gris y cubierto de nieve, poblado de soldados romanos y cruces de las que pendían los vencidos. Se acercó a la ventana enrejada, consciente de que con la luz del día Xena y ella serían crucificadas. Un destino que las dos habían visto en la estremecedora visión de Alti. Se dio la vuelta y miró de nuevo a Xena. La distancia que había entre las dos era cosa de ella y no sabía cómo contener la verdad de su corazón.

Gabrielle se sentó en la postura del loto y se esforzó por calmarse. Respiró hondo y soltó el aliento despacio. Otra vez, una profunda inhalación y una lenta exhalación. Y otra vez. Sus pensamientos volvieron a la confrontación. Los soldados romanos, bajo órdenes de César, atacaron. Xena los habría vencido de no haber sido por Gabrielle. El camino del amor les iba a costar la vida a las dos. Gabrielle estaba dispuesta a morir por su fe en la no violencia. Pero ahora también Xena moriría. El soldado tenía el cuchillo en la garganta de Gabrielle. Se oyó la demanda. Si Xena no aceptaba los grilletes, Gabrielle moriría. Xena miró a Gabrielle en un instante congelado de rendición. Xena oyó el ruego de Gabrielle de que no se rindiera. La rendición de Xena no fue ante los soldados; tampoco ante Gabrielle, sino ante una visión que la había atormentado demasiado tiempo. La suya fue una rendición ante una muerte inevitable.

Gabrielle rezó en silencio, intentando recuperar la fuerza que había conseguido en los últimos años. Se le cayó una lágrima. Notó cómo se deslizaba por su mejilla. Continuó sus oraciones. Se esforzó por concentrarse. Por encontrar el amor que no se podía cambiar por la vida, ya fuera la suya o la de Xena. Sintió una caricia en la cara y abrió los ojos para ver a Xena arrodillada a su lado.

—¿Y esa lágrima? —dijo Xena dulcemente.

Gabrielle luchó por conservar la calma.

—No tenía que ser así.

—Las dos vimos la visión.

—Tú no tenías que morir por mí.

Xena colocó las manos sobre las palmas de Gabrielle, que habían quedado abiertas y hacia arriba durante la oración.

—No, Alti tenía razón. Yo soy el motivo de que nos vayan a crucificar.

—Tú no fuiste en busca de César. Te buscamos nosotros.

—Krisna me dijo que cuando se combate hay que actuar sin ataduras. He fracasado. Nunca he podido distanciarme de ti. Nunca he querido hacerlo. Gabrielle, has podido respetar tus creencias frente a la muerte. Jamás dudes de que lo que has hecho estaba bien.

Gabrielle bajó los ojos al tiempo que cerraba las manos dentro de las de Xena. Sin levantar la vista, dijo:

—Nos queda esta noche.

—Sí —contestó Xena—, y es un regalo.

Gabrielle miró a Xena a los ojos. Nunca habían sido tan tiernos y generosos.

—Hay tantas cosas que quiero decirte.

—Pues éste es el momento.

—Se supone que soy bardo, pero no he conseguido encontrar las palabras para expresar lo que siento.

—Lo sé.

Gabrielle se incorporó y abrazó a Xena. Xena la estrechó, acariciándole el pelo en silencio. Gabrielle apoyó la cabeza en el pecho de Xena.

—Oigo cómo te late el corazón. —Levantó la cabeza y apoyó la mano en su lugar—. Siempre he contado con tu fuerza. No siempre he sido justa ni he permitido que te apoyes en mí.

Colocó su propia mano sobre la de Gabrielle.

—Ya conoces mis historias. Siempre has sido mi mayor fuerza.

—¿Tienes miedo?

Xena desvió la mirada.

—No soporto la idea de que tú...

—Ha sido decisión mía.

—Todavía a veces lamento el día en que te dejé viajar conmigo.

—¿Sí? ¿Después de todo lo que hemos pasado, lo que hemos sido la una para la otra, elegirías otra cosa?

—Te he hecho daño.

—Y yo te he hecho daño a ti.

—Alti tenía celos de ti. A veces me he preguntado si eligió la visión porque creía que nada podría resultarme más doloroso.

—Estaba equivocada. Para mí, morir sola sería mi peor destino.

—Tu familia. Lila y tu madre y tu padre. Debes de estar pensando en ellos.

—¿Tú estás pensando en tu madre?

—Sí. Perdió a Lyceus. Y ahora a mí. Ningún padre debería perder a sus hijos.

El aire estaba cargado de su historia.

—Verás a Solan.

Xena tardó un momento en responder. No hablaban a menudo de Solan o Esperanza.

—Si es que voy a los Campos Elíseos —dijo Xena, expresando una idea que le daba miedo—. Es posible que no estemos juntas en la muerte.

—No. Te equivocas. Estaré a tu lado, no importa dónde te lleve Hades. Creo en nuestro futuro.

Esto era demasiado difícil para Xena. Se levantó de golpe y se acercó a la ventana enrejada. Gabrielle, confusa, continuó sentada en el suelo de tierra y siguió con los ojos los movimientos de Xena.

—Xena, ¿he dicho algo malo?

Xena agarró con las dos manos los barrotes de la celda. No tenía fuerza suficiente para moverlos. La emoción, una oleada de rabia, miedo y frustración, ya no se podía mantener más a raya. Con las emociones llegó un grito, que recuperó la parte más honda del alma misma de Xena, y con él llegaron las lágrimas, que se derramaron por la herida que tenía en el corazón y que no se podía curar. Gabrielle se levantó y se quedó a pocos pasos detrás del cuerpo convulso de Xena. Alargó la mano pero no tocó a la guerrera. Entre los jadeos irregulares de Xena, oyó el lamento de ésta:

—Que los dioses me perdonen.

Ante estas palabras, Gabrielle se adelantó y abrazó a Xena, apoyando la mejilla en su espalda. Xena soltó los barrotes de metal. Sus brazos cayeron a los costados. Gabrielle la abrazó con más fuerza, ante lo cual Xena se apoyó en la pared de la celda y dejó que su cuerpo se desplomara despacio en el suelo, arrastrando a Gabrielle con ella.

En todos los años que llevaban juntas, Gabrielle nunca había visto un dolor tan profundo en Xena. Nunca había habido duda de que la guerrera sentía el peso de errores pasados que jamás podrían remediarse. Pero la muerte ya las había visitado en el pasado sin tanta tortura. En este momento, Gabrielle dejó de pensar en sus propias dudas y remordimientos. En este momento, la realidad era que Xena sentía un grado de dolor que a Gabrielle le resultaba insondable. Era tácito y en muchos sentidos seguiría siendo un misterio. Las lágrimas y el grito de la desolada mujer decían todo lo que se tenía que decir.

La luz del día entraba por la ventana. Se acercaba el momento de los soldados. Xena dormía con la cabeza en el regazo de Gabrielle. Xena apenas se había movido durante la noche. Sólo para apoyarse en el hombro de Gabrielle. Más tarde, Gabrielle guió a Xena, en sueños, para que tuviera un descanso completo. Gabrielle se preguntó si Xena se despertaría y se desentendería de la noche como si fuera un sueño que se debía olvidar. ¿Se pondría Xena una armadura emocional para este último día? Gabrielle había vuelto a sus oraciones cuando Xena se quedó dormida. En esas pocas horas obtuvo la paz. Su compasión tenía un motivo. Xena permitía que Gabrielle diera de sí misma sin cuestionarla ni avergonzarla. Por muy grande que fuera su amor, siempre había un límite. Un límite de reserva y cautela. ¿Era posible que hubiera habido demasiado amor entre ellas?

La puerta de la celda se abrió. Entraron dos soldados de César. Xena se despertó por el ruido. Miró a Gabrielle. Sintió las manos de esta joven en ella y se sintió abrumada por su intento de protegerla y consolarla.

—Es la hora. Levantaos. A César no le gusta que le hagan esperar.

Las dos mujeres se pusieron en pie y Gabrielle dio el primer paso hacia la puerta. Xena alargó la mano y cogió la de Gabrielle, haciendo que volviera a su lado. Cuántas veces habían estado así, con Xena, más alta, bajando la vista para mirar a la jovencita. Pero Gabrielle ya no era una jovencita. Se había convertido en una bella mujer. Xena rara vez reconocía hasta qué punto la afectaba la belleza de Gabrielle. Gabrielle miró a Xena a los ojos en busca de algo que todavía quedara sin resolver entre ellas. Xena alzó la mano para acariciar la mejilla de Gabrielle y dijo:

—Esto no es sólo por lo de anoche. Es por cada día que me han dado las Parcas contigo. Es por todas las veces que los dioses me han dado la oportunidad de hablar y he guardado silencio.

Entonces se inclinó y besó a Gabrielle suavemente. Un beso bien acogido.

Uno de los soldados golpeó la puerta de la celda con su lanza, haciendo el ruido suficiente como para dar a entender su impaciencia. Las dos mujeres se volvieron. Robaron un momento más, silencioso, apasionado. Y luego, cogidas del brazo, siguieron a los que las llevaban a la cumbre de la montaña donde se cumpliría su destino.


FIN


Continuación: La cumbre de la montaña


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